Jueves, 07 Abril 2016 16:02

Imposición feminista (Parte II)

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El siguiente texto es un comentario de corte académico. Esto significa que todo lo dicho en éste puede ser justificado y sustentado por una hipótesis académica, mas no implica que los argumentos expresados en este texto sean construidos en una estructura ensayística; es decir: todo lo que a continuación se expondrá puede ser validado (y por “puede” se implica que el autor es demasiado perezoso para en realidad hacerlo). Un comentario, por otra parte, no requiere de todo el trabajo de investigación y sustentación argumentativa que caracteriza el ensayo o la tesina académica.

Durante nuestras vidas cotidianas, hemos sido testigos o partícipes de un fenómeno social que, improbablemente, estamos exentos de experimentar: el fanatismo. Entrevistas, mesas de discusión, cátedras, talleres, presentaciones sociales y de entretenimiento en general son actividades en las que el foco de atención está centrado en la “figura” del autor.

Quizá usted o alguien más siente una alusión a la ofensa cuando se menciona el término “fanatismo” por existir en esta palabra una carga significativa de valor negativo, como una palabra despectiva, esquiva, ociosa, mediocre y extremista. Pero esta errada concepción del término se debe al uso amarillista que algunos medios le han otorgado. El fanatismo se encuentra en todos lados y en cualquier “grado”: desde el fanático de la serie cinematográfica Star Wars o Harry Potter hasta el fanático del ponente catedrático de ésta o aquella Universidad. En ambos casos, irrelevante de su grado, el fanatismo está presente.

El “grado” de fanatismo consiste en una estipulación de convencionalismo social sobre lo “correctamente” saludable y moral. Es decir que no existe, bajo ningún estudio o experimentación, y mucho menos bajo ninguna postulación hipotética, forma alguna de medir y catalogar los niveles de “fanatismo”; mucho menos de estipular límites “saludables” o “insalubres” a las acciones que conllevan una connotación significativa de “fanatismo”. Esto, sin embargo, no nos hace dimitir de nuestra “aptitud” para establecer dichos límites según las tendencias modales establecidas en la construcción social-cultural.

Ser fanático de un sujeto ficticio o no, o de una figura o de un símbolo religiosos o no, proviene (sugiero) de esa natural inclinación a la idolatría, a la veneración y anhelación de un estatus, de un privilegio del que nuestra figura venerada goza. Nos fascina la elocuencia del escritor y su agudeza de percepción así como su destreza con la palabra para reconfigurar lo que él, en su instancia de experiencia (de vida), ha observado, asimilado y codificado.  Esto se aplica a cualquier otro “artista” en general: el pintor nos apabulla con la distorsión de la percepción visual-significativa; y el músico nos encanta (del sustantivo encantamiento) y nos aprisiona en un intangible mundo de voces que construyen imágenes pasionales en sus notas y en sus armonías.

Saber por qué nos inclinamos hacia el fanatismo no es un misterio. Aunque bien sería significativo realizar un profundo estudio de ello, no encuentro, en mi opinión, un problema en el fanatismo, excepto cuando dicho fanatismo llega a desplazarse de su foco: cuando ya no se es fanático de la obra del autor por sus cualidades estéticas o significativas, cuando el foco de nuestro fanatismo es la persona detrás del autor: el “otro” autor.

Si usted piensa en alguna persona que sea un “fanático extremista”, seguro le vendrá a la mente la imagen de un fanático religioso (por su obvia implicación de estereotipo) o, quizá, imaginará a un sujeto tímido, recluido en una oscura habitación habitada por cientos de productos y artilugios de su “obsesión”.  Estas imágenes, aunque no puedo descártalas de pertenecer a un fanatismo extremista, contaminan conceptualmente lo que usted y muchos otros consideran como un “fanático”; es una exposición contaminante que no proviene de su propia persona, sino de su cultura y, si ya antes y en otros artículos de éste portal se ha mencionado que la cultura no es personal sino que influye en la ideología personal, cabe volver a mencionar que dichas concepciones culturales son un legado que se perpetua en la sociedad a través de tradiciones culturales/ideológicas.

Pero este fenómeno de “estereotipo” no es exclusivo de sectores sociales “poco doctos” en el tema. No. Este fenómeno incluso se perpetúa en las aulas de las mayores casas de estudios en doctrinas académicas de especialización- Y las llamo doctrinas porque rara o pocas veces exhortan a sus adoctrinados, a sus alumnos, a buscar la visión objetiva (académica) de sus áreas de conocimiento; en su lugar, sin embargo, vemos, una y otra vez, repetir la doctrina del “autor”. Esta doctrina ensalza y, figurativamente (casi pragmáticamente), otorga cualidades “extra-humanas” a los autores, sean artísticos, literarios o teóricos.

Una y otra vez, he sido testigo de este fenómeno. Testigo de cómo el alumno, fascinado por la propuesta educativa o por el estilo educativo del profesor, se convierte en un fanático de esta figura; testigo de cómo cientos de trabajos de investigación y ensayísticos presentaban un enfoque teórico que propicia o genera una importancia innecesaria en la figura del autor. Incluso he sido testigo de cómo, a nivel argumentativo, mediante la falacia de autoridad, se perpetua esta ideología de que el “autor” de la obra es un ser superdotado, de cualidades superiores no accesibles ni cuestionables por nosotros, los menos agraciados.

Y es aquí que, durante mis años mozos universitarios, descubrí un autor que me fascinó y de quen me convertí en adoctrinado de su… eh… “filosofía”. Fue tan grande mi fascinación (fascinante es la palabra del mes… debería buscar un sinónimo, ya sabe, para eso de la efectiva elocuencia) que, incluso hoy, sigo siendo fiel estudioso e investigador de su propuesta teórica. Bueno, de su propuesta “filosófica”, ya que el mismo autor así lo refiere cuando confiesa que no es de su interés generar una teoría literaria, sino un modelo de reflexión filosófica cuyo enfoque es la creación estética. Mijail Mijalovich Bajtín es el nombre de este autor, tan poco valorado y del que poco se sabe.

Su obra es tan vanguardista que, en ella, se puede encontrar referencia de modelos teóricos que hoy en día son novedosos, como la fenomenología y la semiótica del cuerpo (Ponty y Greimas). A simples términos, Bajtín, en su obra Estética de la creación verbal, propone un modelo de análisis literario que trasciende su época, tanto como enfoque analítico como metodología teórica (siendo el formalismo ruso y el formalismo francés de los principales enfoques de la época).

Lo que el teórico-filósofo ruso M.M. Bajtín propone es la existencia de un “otro autor", distinto al autor de la obra (persona) y que dicho “otro autor” es una creación estética per se que determina la obra y su valor estético. En palabras simples, Bajtín propone la existencia de que yo, Mario, como autor de columnas de opinión, he creado (consciente o inconscientemente) a “otro” escritor, a ese Mario columnista que, en su papel de creador del mundo literario, funge como catalizador estético de mi percepción de vida, de mi eje hermenéutico (según Gadamer, otro filósofo al cual se adelantó Bajtín).

Esta propuesta teórica es bastante compleja, mayormente, por su falta de enfoque metodológico, por su concepción como acercamiento filosófico y no así como una teoría literaria; sin embargo, es rescatable que el autor ruso Bajtín, haya dado un paso firme hacia el futuro del análisis de la figura del autor y, con este paso, cimienta el camino hacia una metodología de la apreciación de la obra estética.

Digamos que usted es un autor, un artista, un compositor, un pintor, o un escritor, etc. Bajtín propone que todo lo que “usted” ha creado no se lo debe a su propia autoría, sino a la autoría de un personaje ficticio (relativo) que, inconsciente o conscientemente, ha creado. Su “otro” yo artista. Esto es, si usted contempla su obra estética una vez completa, usted lo hará exactamente como lo haría una tercera persona: No hay nada en ella que le sea completamente revelado, usted la desconoce y la descubre tal como una tercera persona lo haría, digamos, una tal “Pei Pei” en el otro extremo del mundo. Y la contemplación estética que Pei Pei tiene de su obra obviamente será distinta a la que usted, como “autor”, tenga de su propia obra, pero esto no es porque Pei Pei, ha malinterpretado su “intención” o “mensaje” estético, sino porque Pei Pei es otra persona y su perspectiva es distinta.

“Todo lo dicho por un autor sobre su propia obra no tiene nada que ver con ésta. Lo dicho está de más”. Es una frase de propia autoría (vale la paradoja), que una y otra vez he repetido desde el nacimiento de mi fanatismo hacia Bajtín. Frase que he promulgado en mi profesión literaria como docente o como simple comentarista. Y dicha cita surgió del desprecio hacia esta cultura de enaltecer la figura del autor: ante incontables talleres y cátedras; presentaciones de libros y mesas de discusión, en los que el tema central es el autor pese a que se empecinen en anunciar que el enfoque es X o Y tema. Siempre recurren a perpetuar esta cultura del “autor. Pero esto es lo que he vivido, lo que he atestiguado en mi vida académica. Lo que atestiguo y participo en mi vida cotidiana es lo que nos importa aquí.

Si para este momento en que lee estas líneas siente confusión sobre por qué he traído a relación toda esta historia y referencia a Bajtín, se lo explico llanamente: Ni siquiera en los grandes académicos se puede encontrar esa objetividad sobre un objeto de estudio (académico o cotidiano) que garantice la distinción entre el autor figurativo y el autor real, entre el “otro autor” y el “autor-persona”. Me resulta mediocre que suceda, incluso en los altos círculos académicos, que no se pueda distanciar o discernir que la obra de una persona no es la persona en sí ni viceversa.

Gerardo Ortíz, efectivamente, es el autor de la canción grupera Fuiste mía pero este autor no es su persona. Y juzgar a su persona por su obra es una actitud pobre, intelectualmente dicho. Gerardo Ortiz también es el “autor” del video musical de dicha canción, pero atribuirle a él los prejuicios morales, como representación de lo que su representación audiovisual trata, es igualmente mediocridad intelectual y pobreza de juicio.

Nuevamente, me siento algo asqueado tan sólo de pensar que mis anteriores líneas puedan tomarse como abogacía hacia el género musical que más detesto y repugno. Sin embargo, veo como una necesidad tener que profesar que todo aquello de lo que se le ha culpado es un error, cometido desde un patémico discurso impuesto y fascista y discriminante: por clase social y por género, como ya se mencionó en la primera parte de este comentario. Aún a semanas de la fuerte polémica suscitada por la denuncia hacia su persona-producto-(pseudo)-estético, se siguen encontrando comentarios y “memes” en redes sociales al respecto, que hablan de este grave problema (no la violencia de género) cultural.

Gerardo Ortiz fue víctima de un feminismo fascista y clasista, pero también lo está siendo de una ideología limitada a relacionar al autor de una obra como representación figurativa o simbólica de lo que se expone en su obra. Estamos constantemente intencionados a vincular al autor de una obra con su obra: lo vemos en entrevistas a celebridades, lo vemos en celebraciones de premiaciones. Como ejemplo está Iñárritu, la celebridad en boga que ha adquirido un estatus social-cultural por su obra.

Celebrar al autor por su obra, ser fanático del autor por su obra, “está bien”. Siempre y cuando dicha obra sea considerada meritoria de celebración y de estimación por un convencionalismo sujeto a las normatividades o paradigmas morales de la sociedad. Veamos el caso de la película/documental Spotlight que ha recibido excelentes críticas por su tema denunciante de una problemática; veamos el caso de Malala, “La premio Nobel más joven”, ensalzada por su activismo pro-educación y anti-islamismo-extremista; sólo algunos de los cientos de ejemplos que pueden utilizarse para entender que continuamos perpetuando la ideología de que el “autor” es su propia “obra” y en que el “autor” es el merecedor de la celebración o estimación de su obra porque es el autor. Sí, ya sé que esto suena completamente lógico pero, ¿y si le dijera que este fanatismo a la figura del autor, es en realidad una obsesión?,¿que es, en realidad, un “fanatismo extremista”?

Si seguimos la lógica popular, es fácil refutarme y acepto que en verdad dicha negación es correcta. Pero, si reflexionamos desde el enfoque “Bajtineano”, no será nada difícil aceptar que vivimos en una ideología de perpetuación y aceptación socialmente “correcta” del fanatismo extremista: dicho parámetro de aceptación de lo correcto es un clasismo, inequivocablemente.

Anteriormente, expuse que nuestro compañero y periodista Omar Sánchez se pronunció en contra de esta imposición clasista hacia la censura injustificable del video de Ortiz bajo el insostenible alegato de “violencia de género”. Sin embargo, Omar también se pronunció en contra de la actitud y expresión “artística” de otro sujeto, en contra del “poeta pederasta” (véase el artículo publicado en esta misma revista). Claramente, existe una contradicción entre lo expuesto por Omar ante el caso de la censura clasista contra Ortiz y entre la censura y reprobación del “poeta pederasta”: en el primer caso, la imposición de paradigmas es un hecho deleznable (Ortiz) pero en otro, es correcta moral y legalmente, dado que existe un tema tabú: la pedofilia. ¿No fue Omar, nuestro compañero y editor, clasista al denunciar la obra ficticia del poeta?

A Ortiz se le ha deseado una investigación para encontrar nexos con el crimen organizado y al “poeta pederasta” se le ha, por igual, deseado una investigación para encontrarle nexos con el delito de la posesión y distribución de pornografía infantil. En ambos casos, sucede así porque sus obras han sido apreciadas como una extensión de su persona: Lo que el “autor” expone es lo que la persona es o posee.

Si aplicamos el enfoque “Bajtineano” y su “metodología” (vuelvo a aclarar que el propio autor nunca construye una en realidad), podemos observar que efectivamente lo expuesto por el “otro autor” es una recodificación de la experiencia de vida del “autor-persona” y que, en efecto, su calidad estética se encuentra en menor o mayor grado, según su capacidad/habilidad para reconstruir “codificadamente” dicha experiencia.

Bajtín señala que, en el “otro autor”, se encuentra todo el contenido patémico (semiótica) y sensorial que la “persona-autor” ha recopilado en su experiencia de vida. Con esta primicia, se podría señalar que tanto Ortiz como el “poeta pederasta” han obtenido de su “inspiración” (experiencia de vida) los materiales con los cuales construyeron al “otro autor” quien, en primera instancia de la creación estética, es el responsable del contenido y la calidad estética.

Pongámoslo en palabras llanas: Usted es un artista, como ya habíamos mencionado y en su obra se encuentra toda la pasionalidad que desea expresar: sentimientos, sensaciones, emociones, conocimientos, etc. Entonces usted, al crear al “otro autor” lo hará conscientemente si se entrega a la disciplina de su arte: su “otro autor” será una construcción “consciente” mientras exista una mayor distancia entre éste y usted; puesto que usted está limitado en cuanto a percepción y conocimiento, creará un “otro autor” extra-limitado: con mayor percepción y mayor conocimiento (el arte de la creación en la investigación y la disciplina). Sin embargo, si usted crea a su “otro autor” inconscientemente, usted no se está distanciando de éste y la experiencia de vida, su conocimiento, su pasión, su emoción, su sentimiento, etc., no serán propiamente “filtrados” por este autor: usted será su propio personaje, con sus limitaciones y sus carencias.

Con este anterior ejemplo de análisis bajtineano, podemos deducir que la calidad estética de una obra, implicada en su complejidad estructural, define (arriesgadamente) si el autor de su obra puede o no estar “íntimamente” relacionado con ella; es decir, si el contenido de la obra está ligado a una experiencia de vida de la “persona autor”. Dicho lo anterior, si la calidad estética es el determinante, el parámetro para observar esta relación “intima” y, así, saber si la obra habla en realidad de un suceso que experimentó la “persona autor”, entonces podemos concluir que Ortiz y el poeta pederasta, en efecto, hablan de experiencias de vida con su obra y son “culpables” de relacionarse con lo expuesto. ¿O no?

Porque pensemos en el autor Nabokov, de la obra literaria Lolita, que presenta la historia de un hombre obsesionado sentimental-sexualmente con una niña de 16 años (¿O creo de 14…?). Su calidad estética no es de las más célebres en el área literaria. Sin embargo, existe la complejidad estructural para excluirla de una obra mediocremente estética. O utilicemos otro ejemplo literario, el más famoso… o infame, del tema: Lewis Caroll, autor de la serie literaria Alicia en el país de las maravillas, así como de la obra fotográfica, polémica por su naturaliza “pedófila”.

¿Por qué estos autores no son censurados ni reciben la reprobación cultural por su obra si, pese a lo expuesto anteriormente, son “autores” de dicho contenido polémico y tabú? ¿Acaso su calidad/complejidad estética son justificación suficiente para determinar los parámetros paradigmáticos sociales que los exoneran de reprobación? ¿Qué tan clasistas somos para determinar el correcto “fanatismo” y el réprobo “extremismo fanático?

Modificado por última vez en Miércoles, 13 Abril 2016 17:28
Mario Grana

2 de Mayo de 1986. Guadalajara, Jalisco. México. Egresado de la carrera de Letras Hispanoamericanas del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH). Profesor de Español como segunda lengua y Gramática del Español. Estudiante de literatura, investigador de Semiótica literaria.