Domingo, 29 Mayo 2016 09:09

Narrativa musical

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El camino de la musica El camino de la musica Edgar Raúl Ochoa Beraud

Constantemente nos vemos inmersos en discusiones sobre cuál es la mejor música, qué banda es legendaria y cuál simplemente debería desaparecer de la faz de la tierra.

Sin embargo, esto no pasa de ser una simple opinión, o “DOXA”, como normalmente se le conoce en el mundo de la filosofía. Pero, ¿Qué tienen que decir los filósofos al respecto? ¿Se pueden establecer parámetros claros para dictaminar qué música es mejor? o ¿la música en su totalidad es arte? Y, de no ser así, ¿cuáles son las características que debe de tener la música para ser considerada como tal?

Enredarnos en estas preguntas presenta un reto intelectual que puede ir más allá de un simple ensayo ocasional, pues deberemos tener primero algunas nociones fundamentales perfectamente clarificadas si queremos avanzar en este tema.

Si bien el universo musical ha explotado en las últimas décadas, expandido sus horizontes y vuelto cada vez más complejo su análisis a razón de las propuestas cada vez más diversas, esto puede dar pie a un análisis de lo que representa. Esto, partiendo de una premisa simple: La música tiene un mensaje.

Sí, ya sé, que me den el premio Nobel por semejante descubrimiento…

No me refiero a la letra de las canciones como tal, que ya es un inicio, sino a la realización de una interpretación general de la obra como producto terminado. En el que se involucre la letra, los mismos arreglos, los instrumentos utilizados y las técnicas o tendencias a las que se arraiga. ¿Y por qué no? Elementos externos a la canción misma que, no obstante, resultan determinantes para nuestro análisis, como lo pueden ser: la propia banda, el momento histórico en que esta surge, las condiciones políticas en que se escribe la canción, los fenómenos sociales que acontecen y enmarcan el éxito de la misma.

Es pues, en el desarrollo cultural, donde encontramos los diferentes modelos que prevalecen a la fecha, gritando su diversidad de mensajes, sofocados solamente por la obtusa audiencia que reduce el mensaje a una letra o a un título. Sin considerar todo aquello que acompaña y completa la propia obra.

Entre estos vertiginosos cambios, los ciudadanos (algunos) no se conforman sólo con consumir. Poco a poco el público se vuelve más demandante en relación a los contenidos y las expectativas que tienen. A mayor tecnología, el reto deja de ser el  "darse a conocer". El nuevo paradigma es no pasar desapercibido en el torbellino de propuestas que encontramos hoy en día.

El siglo XX es por sí mismo el crisol en el que se muelen los elementos característicos fundamentales de la música como la conocemos: 1.- El desarrollo tecnológico, para dotar de nuevos sonidos y medios de difusión a la música. 2.- Teorías y planteamientos ideológicos inherentes a la composición que se apegan a los eventos sociales y culturales del momento. 3.- Una exacerbación de “la diversidad” y “la libertad de expresión” para dar cabida a todas las propuestas con las que contamos en la actualidad.

El tablero esta puesto pero las reglas siguen sin ser claras. Bajo las mismas teorías y planteamientos ideológicos, las propuestas son planteadas tanto a favor como en contra de los movimientos clásicos de la música.

De esta manera nos encontramos en medio de un dilema (entre otros tantos): por una parte, tenemos la visión marxista en la que el arte representa un eficiente recurso inmediato (no reflexivo) para persuadir al público a consentir sin meditar ideales morales y sociales o políticos inmersos en la obra, impuestos por la ideología burguesa o dominante del sistema; y, por la otra, el reconocimiento de que nos hallamos frente a las condiciones necesarias para la realización de los ideales planteados en la piedra angular de los estetas: Cartas sobre la educacion estética del hombre de Schiller. Donde el filósofo propone la idea de la autonomía del arte, siguiendo en este sentido a Kant. Bajo su propuesta, la música sería creada sin implicaciones morales u obligaciones hacia la sociedad.

La música por la música o la música dentro de su contexto.  En lo personal, me inclino por la segunda. No por que niegue que la música pueda ser una finalidad en sí misma, sino que, en los tiempos actuales, dentro del constante bombardeo que experimentamos en las calles, los medios de comunicación  y las redes sociales, negar las influencias o tendencias intrínsecas a la música recae en negligencia.

Como lo menciona Luis Britto García en El imperio contra-cultural, del rock a la posmodernidad (1990), es después de la Segunda Guerra Mundial cuando la violencia de antaño utilizada para conquistar culturas se ha refinado. El nuevo terreno de batalla es la consciencia del ser humano (Luckacs) y las armas son el arte y la cultura. Es mediante el arte que se logran mejores resultados que con la imposición militarizada por la fuerza. El placer estético logra cautivar sin dejar cabos sueltos.

La toma de consciencia, tanto de la sociedad (o al menos una parte de ella) como de la industria cultural, ha planteado una nueva finalidad para el terreno musical. Una finalidad que no se calla y que da origen a un nutrido número tanto de movimientos como de géneros musicales.

Quizá uno de los casos más destacados y prematuros en cuanto al análisis de este tema, son los exhaustivos ensayos del músico y filosofo alemán Theodor W. Adorno. En los que desde la década de 1930, con voz de profeta y sufriendo la misma suerte de Casandra de Troya, avista lo que está por venir. En Anotaciones sobre la vida musical alemana, nos dice sobre los compositores: "[...]se vieron obligados a convertirse, hasta lo más íntimo de sí mismos, en órganos del mercado; esto hizo que los deseos del mercado irrumpiesen hasta el centro mismo de la producción de los compositores[...]". Dentro de una dinámica social, cada vez más demandante, tanto músicos como compositores han tenido que adaptarse para sobrevivir en el mercado a un costo evidente. El artista y la obra entran en el proceso de la fetichización marxista, en la que: "[...]la lógica autónoma de la música y las necesidades expresivas de las composiciones absorben las coerciones sociales que en apariencia se ejercen sobre la música desde fuera y transforman tales coerciones en necesidad artísticas: en niveles de una conciencia recta." La fetichización de la música se convierte entonces, en el principal obstáculo y humillación, pero también en el progreso musical (variedad, dinamización, originalidad, etc.).

¿Se ha abierto la caja musical de Pandora? Al dar la libertad de mercado, ¿es la gente la que decide el contenido que quiere escuchar o, al contrario, es el constante bombardeo lo que define los gustos estéticos? Son preguntas que debemos hacernos constantemente para intentar entender de qué nos habla la música más allá de su simple letra.

Como parte de la cultura, la música no puede desprenderse de su interrelación con los eventos históricos que la acompañan inherentemente. Protagonizamos una cultura global, que maduró por medio de las guerras. En la que sus ciudadanos no sólo se vieron en la necesidad de adaptarse a las nuevas formas de producción económica, sino que se han visto a merced de la parvedad intelectual para comprender el vertiginoso cambio que han sufrido las emergentes "sociedades industriales contemporaneas" o las mega urbes, como conocemos ahora.

La guerra cultural, como la internacional, no es peleada sólo por el aparato político: para ella se movilizan todos los recursos económicos y sociales. Comienza cuando ante la cultura dominante surge una subcultura que diverge de ella. La batalla se traba cuando esta subcultura contradice abiertamente a la cultura dominante: desde entonces se convierte en contracultura. (Britto, Luis. 1990)

Y estas subculturas eran más claras hace algunas décadas, cuando la propuesta inicial se apegaba a una visión unificada de la sociedad. Pero en una época en la que nos topamos con el contramovimiento del contramovimiento del contramovimiento musical, donde se han diversificado las propuestas en diferentes ejes, acentuando cada una algún aspecto en particular, resulta difícil hacer juicios claros y distintos al respecto.

Por ejemplo, podemos identificar en el desarrollo del punk sus elementos que rapidamente fueron adoptados por aquellos que, lejos de romper con la armonia tradicional, querían explayar la soberania de la estética a otros ámbitos sociales y politicos. Movimiento que con el paso del tiempo termina siendo tomado por generaciones posteriores  que desconocen los elementos históricos de su origen. En ellas, la vestimenta y el look resultan más relevantes que la misma música y su propuesta se mantiene exclusivamente durante una específica etapa del desarrollo individual.  Donde el reggae se fusiona con el pop bajo estandarte de la libertad de expresión y hasta Disney ya tiene su propia versión infantil de cada contra-movimiento (Peter Punk)  para ir adquiriendo un mercado infantil aparentemente diverso, pero homogéneo en sus hábitos de consumo.

Es, pues, un movimiento dialéctico en el que las posturas se anulan a medida que se fusionan y se subdividen en nuevas propuestas cada vez menos claras para el espectador promedio. Es así como se vuelven ingentes las dificultades para defender una postura ideológica inerte dentro de una sociedad liquida.

Esto exigiría un gran esfuerzo intelectual, para lo que en general, es tomado como un simple pasatiempo. Pero la música sigue teniendo su influencia y un impacto es contundente tanto en la consciencia de las personas, como en la dinámica de la sociedad.

 

La música está viva y vibra junto con la sociedad.

 

El hecho de que en la actualidad existan géneros musicales como la banda, los narco corridos o el reggaetón, lejos de ser una molesta expresión musical, es un claro reflejo de lo que se vive en la sociedad y no sólo en mi grupo cerrado de amigos. Resulta ser una excelente oportunidad para el que tenga la vocación de hermeneuta: Lograr identificar cuáles son los procesos mercantiles bajo los que se difunden estas propuestas. A qué mercado están dirigidos y por qué resultan tan eficientes en su distribución y aceptación por la gente. Reconocer las inclusiones u omisiones evidentes que hay en las mismas dentro en la estructura de su propia composición; en los valores estéticos, morales, políticos o incluso religiosos que promueven.

Si bien, en la misma forma que lo plantea Noam Chomsky: “El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el que los individuos tienen y ejercen sobre sí mismos”, también es una responsabilidad personal el incursionar en el conocimiento de uno mismo. Son una constante invitación a re-flexionar el pensamiento hacia lo que somos, fuimos, seremos. Una invaluable oportunidad de reconocer la otredad en su sentido más crudo. Para identificar lo que nos falta o lo que nos sobra como individuos, así como sociedad.

 

El círculo se ha cerrado, despertad al hermeneuta.

 

Así pues, querido lector, me limito (por el momento) a dejar el presente tema de este tamaño que, por mi parte, tendría el placer de explayar de manera extenuante. Pero será en otro momento. Dejo las consideraciones antes planteadas para consideración de las mismas.

Modificado por última vez en Lunes, 13 Junio 2016 02:02
Edgar Beraud

Psicólogo y filósofo de formación, humorista e ilustrador por devoción. Los temas centrales de reflexión versan principalmente sobre la dicotomía entre el individuo y la sociedad, así como la ciencia, epistemología, la política y cualquier asunto concerniente a generar las premisas que justifican la conducta humana en la vida cotidiana.