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Lunes, 23 Noviembre 2020 15:35

La mitología de la 4T

La mitología de la 4T

Por Luis Enrique Ortiz Gutiérrez

Desde antaño, los historiadores y los antropólogos han intentado establecer qué es lo que distingue a la historia de los mitos. De acuerdo con diversas teorías, mientras la historia pretende describir objetivamente eventos pasados e indagar sus causas, los mitos se presentan como relatos fantásticos, en los que se exponen personajes con cualidades sobrehumanas y hechos inusuales. La oposición entre historia y mito se presenta desde sus pretensiones teóricas: por un lado, el estudio de la historia intenta reconstruir los acontecimientos de la forma más fidedigna posible; por otra parte, los mitos no tienen el propósito de describir hechos tal como ocurrieron, sino mostrar alguna lección, a veces de carácter moral, de los eventos relatados.

Pero también existe la “historia mitológica”, que podría definirse como una narración en la que son mezclados tanto elementos del estudio histórico como relatos fantásticos, propios de los mitos. La historia de México, tal como es narrada en los libros escolares, es el mejor ejemplo. En este caso, la descripción histórica se caracteriza por relatar hazañas espectaculares (por ejemplo, el Pípila, el Niño Artillero, etc.) y por dar explicaciones de las causas de los acontecimientos históricos en términos de roles de personajes novelescos: unos son los héroes, otros son los villanos. Esto se debe a que la pretensión de la “historia mitológica” es, en parte, la misma del mito: aleccionar a las nuevas generaciones mediante la narración de aquellas gestas legendarias. En este sentido, la “historia mitológica” se presenta como un modo de justificación ideológica en la que se intenta dar legitimidad a las políticas del presente presentando sus antecedentes históricos. Así, la “historia mitológica” pinta una imagen global de la historia del país, en la que los males y desgracias, pasados y presentes, han sido causados por villanos (los españoles, los conservadores, los norteamericanos, los franceses, Porfirio Díaz, etc.), mientras que los logros y avances importantes se han debido gracias a los actos heroicos de los próceres patrios (los insurgentes, los liberales, los revolucionarios, etc.).

La llamada Cuarta Transformación tiene su “historia mitológica” que es, de hecho, la misma de los libros de texto de primaria. Esta historia se puede descifrar desde el logo del gobierno de la república, en el que las figuras de Miguel Hidalgo, José María Morelos, Benito Juárez, Francisco I. Madero y el tata Lázaro Cárdenas aparecen en orden cronológico. Son éstos los grandes héroes –desde luego, hay otros que no alcanzaron cupo en el logo, como Zapata o Villa- que nos dieron patria y libertad, y cada uno de ellos representa las tres grandes transformaciones nacionales: la Independencia, la Reforma y la Revolución.

Por supuesto, los historiadores no se cansan de mostrar que los acontecimientos históricos manifiestan una gran complejidad, irreductible a una interpretación simplista en términos de luchas de “héroes y villanos”, tal como lo propone la “historia mitológica”. Recientes descubrimientos arqueológicos han evidenciado que la imagen romántica del mundo prehispánico, en el que las diferentes etnias vivían en paz y armonía antes de la llegada de los europeos, dista mucho de ser real; en concreto, los ominosos relatos de Bernal Díaz del Castillo acerca de la cultura mexica, otrora demeritadas por servir como justificación de la conquista española, hasta palidecen frente a lo que han revelado tales descubrimientos. Por otro lado, el hecho de que la Independencia de México se haya debido a que el clero y la aristocracia novohispana decidió apoyar, de un momento a otro, a los insurgentes –reducidos en la década de los 1820 a un puñado de guerrilleros lidereados por Vicente Guerrero, cuya lucha no tenía futuro alguno- como respuesta a las reformas liberales de Rafael de Riego en España, no cuadra muy bien con el relato mitológico acerca de la lucha insurgente. El caso de la Revolución mexicana es aún peor: la “historia mitológica” coloca en el mismo panteón a personajes históricos que realmente eran adversarios, cuyos objetivos eran muy distintos e incluso antagónicos.

En todo caso, la 4T no solo se apoya ideológicamente en esta concepción romántica, superficial y chapucera de la historia nacional, sino que pretende elaborar ya su propio episodio. ¿En qué consiste la mitología de esta “nueva etapa” histórica? Según esto, a partir de 1982 se impuso, por presiones del Fondo Monetario Internacional y otros organismos financieros mundiales, el “modelo neoliberal”. Este supuesto modelo político y económico ha sido, de acuerdo con este relato, el responsable de los problemas más recientes del país. Así, los gobiernos neoliberales se habrían encargado de desmantelar el estado de bienestar social y la economía estatista-nacionalista, privatizando las empresas paraestatales e implementado una estrategia para debilitar a las instituciones de salud y educación pública, para posteriormente privatizarlas también. Entre tanto, dichos gobiernos habrían fraguado oscuros contubernios con grupos empresariales para obtener privilegios mutuamente, ya sea al margen de la ley, ya sea modificándola para cuadrar con estos intereses. A resultas de todo lo anterior, la política mexicana se ha corrompido y la economía se ha puesto al servicio de los ricos y poderosos.

De esta manera, la “historia mitológica” de la 4T presentaría al nuevo gobierno como continuador de aquella línea heroica del pasado, solo que ahora la lucha ya no se realizaría mediante las armas sino mediante una revolución pacífica, desde las instituciones. Y como en toda mitología es necesaria una figura heroica, la 4T tiene el suyo, quien no es otro sino el mismo Andrés Manuel López Obrador quien, en las dimensiones que ha llegado a adquirir esta mitología, se ha presentado claramente como un líder mesiánico. Por ende, la mitología del lopezobradorismo se ha encargado de resucitar el caudillismo, tan caro para la historia latinoamericana. De igual forma, en este relato se muestra una cierta imagen nostálgica del modelo estatista-nacionalista, heredado de la Revolución, que se caracterizó por el intervencionismo gubernamental y el proteccionismo. Esta nostalgia por el viejo modelo permitiría entender muchas de las propuestas e iniciativas de la actual administración.

La cuestión es qué tanto estas interpretaciones históricas se corresponden con los hechos. Para empezar, ¿se sostiene la teoría conspirativa de la imposición extranjera del neoliberalismo? En principio, los proponentes del término “neoliberalismo” no se han tomado la molestia de definirlo con precisión –vagamente, dicho término alude al libertarismo, a la economía neoclásica y a las políticas de libre mercado-. En el fondo, no es más que un anatema utilizado por la izquierda latinoamericana para denostar cualquier postura rival. Sin embargo, podríamos reformular la pregunta para analizar la cuestión de forma más precisa. Entonces, la pregunta más bien sería: ¿es el caso que México se ha convertido, desde la década de los ochenta, en un sistema capitalista puro y salvaje? De acuerdo con el Índice de Libertad Económica (https://www.heritage.org/index/country/mexico Fecha de consulta: 22/11/2020), la república mexicana ocupa el lugar número 64 en el listado de países con mayor libertad económica; esa posición se explica por los altos niveles de gasto gubernamental, los altos gravámenes al ingreso y las ganancias, así como las regulaciones estatales, todavía muy numerosas, a las que están sujetas las actividades económicas. Es decir, estamos muy lejos de ser el capitalismo de laissez-faire que ha pregonado en tono de alarma la izquierda nacional.

Es propio de las interpretaciones superfluas de la historia considerar que todos los problemas son provocados por un solo factor. La hipótesis de que esa entidad ficticia llamada “neoliberalismo” representa semejante factor simplemente carece de fundamentos, pero retóricamente resulta muy eficaz. ¿Qué puede ser más persuasivo que enfocar todos los problemas en una causa única, sea real o imaginaria?

Sin embargo, hay algunos puntos del diagnóstico de la 4T que pueden ser parcialmente ciertos. Es innegable que en México han existido ciertas prácticas que los economistas denominan como crony capitalism -que se podría traducir coloquialmente como “capitalismo de cuates”-, en el que se obtienen jugosas ganancias por medio de alianzas entre hombres de negocios y la clase política. Pero esto no inició en 1982, sino que es una de las más nefastas herencias del modelo estatista-nacionalista. El proteccionismo económico significa, siempre y en todo lugar, protección de intereses particulares –por ejemplo, la imposición de aranceles se argumenta como una medida para “proteger” a los empleos locales, pero en realidad provoca que las empresas beneficiadas por los aranceles vendan sus bienes y servicios a altos precios, sin preocuparse por su calidad, lo que irremediablemente perjudica a los consumidores-. Por lo cual, la receta más efectiva contra el “capitalismo de cuates” es la libre competencia. De ahí que, si se pretende “acabar con los privilegios”, regresando a las políticas estatistas, se estará intentando combatir el incendio arrojando gasolina.

Claro está, los ideólogos del lopezobradorismo convenientemente omiten los problemas del viejo modelo estatista-nacionalista que tanto añoran. En su “historia mitológica”, no se menciona la ineficiencia de las empresas paraestatales, los vaivenes de la economía producidos por la dependencia en las exportaciones petroleras y los excesivos gastos gubernamentales, con sus respectivos déficits presupuestales, que condujeron a la adopción de políticas inflacionarias; factores que, en su conjunto, causaron las devaluaciones y crisis económicas de los años setenta y ochenta. Aquí sí aplica la amnesia histórica.

Por otra parte, la ineficiencia de las instituciones de bienestar social no necesariamente se puede atribuir a la liberación económica –y los sistemas de bienestar social europeos se pueden citar como los mejores contraejemplos-, sino que es una consecuencia de su propio carácter público. La razón principal es la siguiente: dado que sus recursos provienen del erario público, éstos están, de cierta forma, garantizados, de lo que resulta que no existen incentivos para que se ofrezca un servicio eficiente al usuario. Añádase que la burocracia, que es ineficiente por naturaleza, no toma decisiones en función de los resultados; las toma en razón de intereses políticos. Si estas instituciones son propensas a la corrupción, se debe a su misma organización burocrática, pues sus funcionarios no tienen necesidad de asumir los costos de sus decisiones: pase lo que pase, los ingresos están garantizados. En consecuencia, la teoría conspirativa de que los gobiernos neoliberales “dejaron caer” a las instituciones de bienestar social para privatizarlas simplemente no se sostiene. Más bien, si nos preocupamos por el terrible nivel en que éstas se encuentran, habría que identificar primero sus problemas específicos y luego proponer incentivos que permitan brindar un buen servicio a los usuarios.

En suma, los males que aquejan a nuestro país no pueden ser explicados en términos tan reduccionistas. El problema es que, de un diagnóstico fantasioso e incorrecto de la situación socioeconómica y política del país, no se pueden esperar políticas correctas para resolverlos. Por supuesto, no pretendo sugerir que los errores y torpezas de la actual administración se deriven directamente de su concepción de la historia nacional. Mas puede darnos una idea de cómo razonan y cómo actúan sus representantes. Esto es útil para saber a qué atenernos.

Muestra de ello es que, hoy por hoy, los canales de comunicación entre gobierno y sociedad civil están sujetos a la aceptación incondicional de las opiniones y dictados del gran líder. Si su concepción histórica se caracteriza por la lucha entre héroes y villanos, esta lucha, a los ojos de ideólogos y simpatizantes del caudillo, está más viva que nunca en el debate público. Esto los lleva a pensar que su misión, como futuros próceres de la patria, es defender a toda costa al gran jerarca ideológico. A final de cuentas, creen que están haciendo historia; aunque, para su desgracia, solo están viviendo mentalmente su propia “historia mitológica”. El gran problema es que, en el terreno de los hechos, nos están conduciendo a todos al despeñadero.

Publicado en Análisis social

“¡La hora que Usted diga, Señor Presidente!”

La SCJN al servicio de AMLO

Por: Erika Crystal Zavala

El pasado jueves, los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) volvieron a dar vida a aquella anécdota que le es atribuida a Porfirio Díaz, en la que preguntó qué hora era, y la respuesta recibida fue: “la que Usted quiera, Señor Presidente”.

Hacer alusión a tan singular anécdota nos permite recordar una época de total abuso de poder, en donde la democracia era nula y la única voluntad que imperaba era la del Presidente, en donde no solo su palabra era Ley, sino que era lo único que se escuchaba y obedecía; en donde la división de poderes y la autonomía de los mismos solo existían en el papel, y contrario a cualquier precepto constitucional, el poder legislativo y judicial fungían como brazos articuladores de los antojos y despropósitos del Señor Presidente, que cabe señalar, permitieron que Porfirio Díaz asumiera SIETE (¡!) veces el cargo como Presidente.

Hoy en día, lejos de la dictadura de Porfirio Díaz y tan cerca del régimen de Andrés Manuel, algo que parecía inconcebible de suceder, sucedió. La SCJN se doblegó ante los antojos y despropósitos de un Presidente que no sólo ha sido cuestionado por las malas decisiones que ha tomado durante su administración –que, dicho sea de paso, tiene a México sumido en una crisis económica, de salud y de seguridad-, sino que también ha sido cuestionado por polarizar al país en busca de una “lealtad ciega” en la que su palabra sea verdad absoluta y su voluntad sea lo único que impere.

Cuándo Andrés Manuel hizo oficial la petición ante el senado de llevar a cabo una consulta pública para enjuiciar a los expresidentes, analistas jurídicos y especialistas del derecho predecían que la SCJN se pronunciaría en contra de dicha consulta porque la pregunta a consultar era, a todas luces, inconstitucional, basándose en la máxima de que ninguna consulta puede ser violatoria de Derechos Humanos.

Sin embargo, y para sorpresa de muchas personas, seis ministros de la SCJN llevaron a cabo un análisis a modo sobre la propuesta de consulta realizada por el Presidente y decidieron que el punto a debatir no era la pregunta a consultar – aunque por mandato de Ley es lo que debían analizar- sino que el debate debía centrarse en el derecho democrático que tiene la ciudadanía de participar y expresar su opinión, esto en razón de que, fuese cual fuese la pregunta y fuese cual fuese el resultado, la consulta no sería vinculatoria y no significaría que la autoridad tuviese la obligación de acatar o realizar algo; entonces, bajo esa lógica –qué más que jurídica fue pragmática- al ser inconstitucional la pregunta formulada por el Presidente, los seis ministros se tomaron atribuciones que no tenían y decidieron modificar la pregunta para que la consulta se pudiese realizar y de esta forma hacerle la tarea al Presidente.

De esta forma, la consulta propuesta por Andrés Manuel, que desde un inicio persigue fines electorales y no de justicia, podrá ser realizada con sus respectivas salvedades, atendiendo a la hora que diga, el Señor Presidente.

Publicado en Crítica

Plan Nacional de Desarrollo, la voz del Ejecutivo Federal y nada más

 

Por: Erika Crystal Zavala López

En los próximos días será votado por el Pleno de la Cámara de Diputados el Plan Nacional de Desarrollo presentado por el Ejecutivo Federal el pasado 30 de abril, un plan que no integra las voces de ciudadanos recabadas por el gobierno federal.

El Plan Nacional de Desarrollo ha generado una serie de críticas y discusiones en las que se evidencian las deficiencias metodológicas y técnicas del documento, pero sobre todo en el que queda clara la ausencia de estrategias, objetivos y metas para hacer que México crezca y se desarrolle de manera competitiva.

Dicho Plan, que ha sido descrito por el Presidente de la Comisión de Desarrollo Democrático de la COPARMEX, Juan Manuel Barba, como “un listado de buenos deseos, en el que México se merece más”, ha sumado pronunciamientos de inconformidad por varios de los sectores económicos, académicos, políticos y sociales en los que incluso se ha señalado por el Movimiento para el Desarrollo Liderado por las Comunidades (MovDLC) -que cuenta con el apoyo de 241 instituciones sociales, colectivos y 715 ciudadanas y ciudadanos-, la falta de apego a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, así como a la Ley de Planeación y la Guía Técnica y Metodológica del Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024 emitido por la SHCP.

Si bien, ya se ha escrito en diferentes medios sobre las carencias de fondo con las que cuenta el Plan Nacional de Desarrollo, sobre temas medulares que pueden ser englobados en el Desarrollo Sostenible, en particular el presente artículo pretende centrarse en la forma que, finalmente como diría Jesús Reyes Heroles, “en la política la forma es fondo”.

Y en esta “forma”, el presente Plan ha sido edificado bajo un proceso engañoso que alude a la participación ciudadana pero que no la integra. En apariencia, para construir el Plan Nacional de Desarrollo se llevaron a cabo 3 foros a nivel nacional, 32 foros estatales numerosas mesas sectoriales, y foros especiales que tuvieron la “intención” de priorizar a los sectores y personas que habitan todo el país, pero en la realidad, MovDLC ha denunciado en su pronunciamiento sobre la elaboración y presentación de dos documentos distintos por parte del Ejecutivo, de los cuales solo uno fue presentado y será votado por la Cámara de Diputados.

La controversia en esto surge, cuando curiosamente el documento presentado como el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, que será votado, es el documento que no guarda relación con los ejercicios de participación y consulta efectuados el pasado marzo, lo que podría suponer un acto de completa simulación que busca legitimar al Plan por medio de consultas y voces que finalmente no fueron integradas.

Sin embargo, no es de sorprender que el documento presentado a los Diputados para su aprobación se encuentre sumamente alejado de la perspectiva ciudadana, académica y empresarial, puesto que en definitiva el Plan Nacional de Desarrollo fue elaborado bajo los mismo vicios que han sido recurrentes en las administraciones pasadas –esas que el Presidente ha bautizado como la mafia del poder-, en donde su construcción y planeación depende de la pluma de “especialistas” que trabajan en la comodidad de sus oficinas tratando de plasmar en el papel lo que no se puede sostener en la realidad que, dicho sea de más, desconocen, y todo esto bajo una narrativa romántica del Ejecutivo sobre lo que espera realizar, aunque no explique y sustente cómo.

Cabe recalcar que no existe sorpresa en lo anterior, porqué el presidente de México ha demostrado en varias ocasiones que para él ejercer la participación ciudadana significa esbozar preguntas al vapor en mítines políticos y contar a ojo de buen cubero las manos levantadas. Entendiendo este contexto, lo que sorprendería es que tuviésemos una planeación de nación que cuente con fundamentos metodológicos y técnicos y que además incluya un ejercicio real de consulta ciudadana.

Al final del día, el Plan Nacional de Desarrollo se convierte en el perfecto reflejo de la línea de trabajo que el Ejecutivo ha desempeñado y desempeñará durante lo que resta del sexenio, en dónde el discurso sin sustento es el que impera y en la ejecución la realidad sea otra. Entendiendo lo anterior, resulta comprensible que si en la forma es deficiente, el fondo también lo es y, por ello, la versión presentada a la Cámara de Diputados carece de Desarrollo sostenible, se encuentra cargado de la Dogma política presidencial, se mantiene lleno de buenas intenciones pero con nula definición de estrategias, metas y objetivos, en pocas palabras: es totalmente congruente con lo que el Gobierno Federal es hoy en día y será durante el sexenio.

Publicado en Crítica
Martes, 23 Abril 2019 17:58

Cabaret PoliMex

Cabaret PoliMex

 

Por: Lalo Carrillo

 

Casi todos los días nos topamos con columnas de opinión y demás productos comunicacionales que provienen de la esfera de deliberación democrática. Vemos a muchos políticos que esgrimen sus verdades irrefutables, sublimes o hermosas y otros más que apuntan sus obuses argumentales contra sus adversarios.

La lucha siempre ha estado en el terreno de lo discursivo, en el plano de las ideas para posteriormente darle forma a nuestra realidad. Es aquí, donde los medios de comunicación y la sociedad civil no debemos cederles a los políticos por más tiempo ese espacio que no les corresponde exclusivamente y que por derecho es de todos.

Como lo dijo Baudrillard, vivimos en la hiperrealidad, en un mundo contado por otros, en este caso son las industrias de la información y comunicación las que lo hacen, ya sea en medios tradicionales o redes sociales, cuya dinámica se basa en tomar los discursos de los políticos o acontecimientos sociales, adaptándolos a diferentes formatos para facilitar su rápida distribución y consumo masivo. Aunque nosotros seamos productores y espectadores de esta realidad, estamos incapacitados para controlarla, pero no así para analizarla, entenderla y exigir nuevas narrativas con diferentes mensajes.

Hoy los abusos de poder y crímenes de Estado quedan impunes, ocupan en nuestra sobresaturada agenda de información la misma cobertura que los zapatos viejos del presidente o el noviazgo de alguna celebridad. Sin embargo, nuestro tipo de cambio en los asuntos de interés público y de relevancia gubernamental, sigue siendo la obsolescente fantasía del conflicto y el espectáculo en el que todos somos felices “audiencias”, donde siempre el show debe continuar.

Pero ¿quiénes son los que conforman este conflicto-espectáculo? ¿Es acaso que tenemos una clase política que solamente habla de sí misma y nosotros somos unos simples mirones sin voz con un voto sólo cada jornada electoral? Claro que sí, así ha sido y la respuesta siempre son los políticos y nunca la sociedad civil. Salvo algunas expresiones o escándalos mediáticos que nacieron “espontáneamente” pero que fueron impulsados por grupos políticos constituidos y en todos los casos caducaron en la agenda mediática, convirtiéndose en un adorno discursivo de las “disidencias”.

Es aquí donde debemos centrar el debate que atraviesa los tres poderes de la democracia, la sociedad y la opinión pública. Detengamos todas sus palabras y mensajes frívolos, no podemos creernos la intención de lo que nos dicen sin analizar la significación e impacto social que pudieran llegar a tener sus posicionamientos. Es tiempo de exigir a nuestra clase política que deje de bombardearnos con sus temas y sus agendas en las que ellos son la estrella, donde la construcción de su imagen abusa y remarginaliza a la propia sociedad, su figura no debe ser noticia sobre la miseria humana. Pongamos a la sociedad como razón del debate, contraargumentemos con inteligencia y pidamos muestren su trabajo con base social.

En México, para que exista la puesta en escena de la simulación política debe haber un escenario, estrellitas o actores, así como un público que paga por ver y aplaude sus gracias. Estamos viviendo en carne propia que aquí es más difícil dejar de ser foca aplaudidora o una vedette de la política que exigir o comunicar resultados.

Publicado en Crítica
Viernes, 02 Noviembre 2018 04:33

El “pueblo bueno” y la democracia de referéndum

El “pueblo bueno” y la democracia de referéndum

Por: Luis Enrique Ortiz Gutiérrez

En política, un asunto que ha sido ampliamente debatido es el de los límites de la democracia. Básicamente, las cuestiones han sido: ¿la democracia debe limitarse a la elección de candidatos? ¿O debería ampliarse para que el ciudadano pueda participar en la toma de decisiones? Algunos intelectuales se han inclinado por una respuesta afirmativa a la segunda pregunta, proponiendo que ciertas iniciativas deberían someterse a votación directa de los ciudadanos (en su variante más extrema, esta postura sostiene incluso que debería prescindirse de la democracia representativa y sustituirla con algún tipo de democracia directa). En el presente escrito, no pretenderé dar respuesta a estas preguntas, si no analizar ciertos supuestos sobre los cuales descansan algunas de las posturas involucradas. Intentaré mostrar que uno de los supuestos principales es la creencia de que el pueblo, en tanto conjunto de individuos, posee cualidades morales y cognitivas propias de los individuos, que lo hacen plenamente capaz de tomar decisiones de trascendencia política. A su vez, problematizaré esta idea, a fin de que estos asuntos, que bien puede ser considerados como “políticamente incorrectos”, de hecho, deberían estar sujetos a debate.

El problema puede ser ilustrado a partir de la propia política nacional. El gobierno recién electo en México ha sostenido que basará ciertas decisiones de gran importancia para el país a partir de lo que dicte el llamado “pueblo bueno”. Esta plataforma de gobierno, por llamarla de alguna manera, había sido anunciada por el ahora presidente electo desde hace algún tiempo. Aquí algunas citas:

“De veras que nuestro pueblo es bueno y ha soportado con resignación a sus opresores. Es increíble que le paguen a los productores de frijol 6 pesos por kilo y no reciban ningún subsidio del gobierno como se aplica en Estados Unidos y pongo el ejemplo de este país para que no me acusen de "populista", porque en realidad en casi todo el mundo, con excepción de México, se protege y apoya a quienes invierten, trabajan la tierra y cuidan el medio ambiente”.

Andrés Manuel López Obrador, publicación de Facebook, 05/09/2015

Más recientemente, durante un acto de campaña en Rosarito, Baja California (16/05/2018), López Obrador sostuvo que las impresiones que Donald Trump tiene de nuestro país se derivan de los políticos corruptos (básicamente, según AMLO, Trump razona así: “El gobierno mexicano es corrupto, por lo tanto, México es corrupto”), y añadió que mediante el combate a la corrupción y la impunidad, el presidente norteamericano cambiará de opinión. "Nuestro pueblo tiene mucha cultura, es bueno, es trabajador y es honesto", añadió el entonces candidato de Morena.

¿En qué se basa la creencia en el “pueblo bueno”? Estas citas nos permiten delinear la concepción de López Obrador acerca del “pueblo bueno”, que resumiré en las siguientes tesis:

1.         El pueblo posee un ethos claramente definido: es bueno, trabajador, honesto, resignado.

2.         En contraste, los grupos políticos son malos y corruptos.

3.         Los problemas del país se derivan de los grupos políticos.

4.         Si se acaba la corrupción en el país, los problemas desaparecen.

5.         Para acabar con la corrupción, se requiere un gobierno con un ethos afín al pueblo.

No entraré a discutir cada una de las tesis, y me centraré sólo en la primera, pues las demás exigen un estudio más amplio y detallado. En adelante, me referiré a la primera tesis como la Tesis del Pueblo Bueno (TPB).

La TPB entraña el supuesto de que se puede establecer una caracterización moral generalizable a un conjunto, en este caso, el pueblo. Ahora bien, la lógica nos advierte que la predicación de propiedades del conjunto a sus integrantes, y viceversa, suele resultar en equívocos. En este sentido, el “error de atribución grupal” establece que: A) las características de un individuo son un reflejo de las características del grupo al que pertenece; o bien, B) que las decisiones grupales reflejan las preferencias de los individuos que lo integran.

Un par de ejemplos ilustran con mayor claridad este error. Un caso de A sería juzgar que una persona es un posible criminal a partir de su apariencia física y su forma de vestir (es moreno, lleva tatuajes, escucha X música, usa ropa típica de “cholo”, lleva playera de cierto equipo de fútbol, etc.), partiendo de que algunos grupos criminales presentan esas características. Por otra parte, un caso de B sería, dada una huelga de obreros, suponer que cada uno de los obreros ha optado por esta decisión –puede ser el caso que algunos obreros se oponían al huelga-.

A partir de lo anterior, no es difícil ver que la TPB tiene un fundamento muy poco sólido. O bien es erróneo atribuir al conjunto entero –el pueblo- las características de los individuos, o bien, es erróneo atribuir a los individuos las decisiones colectivas (supuestamente) tomadas por el pueblo.

En principio, la propia expresión “pueblo” es problemática. Es común en los diccionarios hallar definiciones como ésta:

     ‘Pueblo’ es el conjunto de personas que vive en una población, región o país determinados.

Como se puede apreciar, el rasgo distintivo más relevante que define la palabra es la pertenencia a una región geográfica. Desde luego, también existen otros usos, más propios de la lengua coloquial: comúnmente se utiliza ‘pueblo’ para designar a las poblaciones rurales en particular. Otro uso común del término es para designar los estratos sociales de bajos recursos –en este caso, se emplea tanto el sustantivo como el adjetivo ‘popular’, como en “clases populares”-. Sin embargo, trátese de cualquiera de los usos antes mencionados, la pretensión de atribuir rasgos morales o de otro tipo a un conjunto de individuos llamado ‘pueblo’ resulta en incurrir en el error de atribución grupal.

Claro está, esto parece no tener mucha relevancia en las prácticas políticas, lo cual puede deberse a que, desde la perspectiva de la práctica política, no interesa definir la extensión o el significado de las expresiones, o extraer sus implicaciones lógicas. Lo que importa en política es emplearlas para ciertos efectos. Por ello, hay que entender el uso retórico de ‘pueblo’ y, en consecuencia, de la TPB. En este terreno, la finalidad es persuadir a los ciudadanos de que determinado político representa la “voz del pueblo”. A partir de lo anterior, la TPB puede ser invocada constantemente en el discurso político para diagnosticar los problemas de un país o región y señalar a los culpables del desaguisado (como sugieren las tesis 2 y 3); a su vez, estas tesis pueden servir como argumento a favor de ciertas políticas: “si el pueblo es bueno y los políticos son los malos, entonces debemos tomar medidas contra los últimos”. Del mismo modo, la TPB puede ser apelada para avalar la toma de decisiones: las decisiones del nuevo gobierno serán las decisiones del “pueblo bueno”. Esto nos lleva al siguiente punto a tratar.

A raíz del Brexit, el científico Richard Dawkins contrasta entre lo que denomina la “democracia representativa” frente a la “democracia de referéndum”. Ésta última se define como el someter ciertas propuestas relativas a temas de interés público a votación directa de los propios ciudadanos, en lugar de ser aprobados o rechazados en los parlamentos. Dawkins argumenta en contra de la democracia de referéndum, señalando que ciertos asuntos exigen conocimientos que sólo los expertos en el área pueden emitir opiniones que son relevantes para el debate. En el caso del Brexit, estaban involucrados temas económicos y diplomáticos, cuyo análisis y discusión excede los conocimientos del ciudadano de a pie. El biólogo británico presenta una serie de analogías para defender su punto de vista: si tenemos un problema médico, la solución queda en doctores, no en una persona sin conocimientos de medicina. Dawkins concluye que la democracia debe ser solamente representativa, esto es, que la participación ciudadana debe delimitarse a elegir los parlamentarios.

Ahora bien, la democracia de referéndum parte del supuesto de la TPB, pero con un añadido importante: ya no se trata sólo de suponer que el pueblo es bueno, honesto, trabajador, etc., sino que se añade al “ethos del pueblo” el ser racional y competente en asuntos teóricos o técnicos (“tiene mucha cultura”, en términos de López Obrador). En otras palabras, se parte de que el pueblo puede racionalmente tomar decisiones en asuntos trascendentales para el país, lo cual supone que la opinión de cada integrante del pueblo está a la par de los expertos en la materia. Esto es muy debatible, como lo deja en claro Dawkins. Así pues, la democracia de referéndum resultaría poco viable, si no es que desastrosa, al estar basada en la TPB.

Pero la propuesta del científico británico también presenta varios problemas. El mismo argumento en contra de la democracia de referéndum se puede usar en contra de la democracia representativa: se asume también que los individuos actúan racionalmente y poseen los conocimientos suficientes para elegir a los candidatos idóneos. Los triunfos de Trump o Bolzonaro hacen dudar seriamente de este supuesto. En segundo lugar, no hay garantía alguna de que los parlamentarios poseen las competencias y la racionalidad necesaria para aprobar las mejores políticas. Ahí tenemos los casos de las legislaciones en contra de la ingeniería genética u otras medidas anticientíficas como claros ejemplos. Ciertamente, pueden formarse comités de expertos que asesoren a los parlamentarios, pero esto no impide que, al momento de debatir o votar las iniciativas, las pasiones ideológicas y los intereses políticos pesen más que los argumentos de los expertos. En consecuencia, ambos tipos de democracia presentan problemas análogos.

Visto así, pareciera que la propia democracia como sistema de gobierno es inviable. A decir verdad, carezco de argumentos convincentes para defenderla. Quizás el único aceptable puede ser que la democracia es, como diría Winston Churchill, el menos malo de los sistemas de gobierno. En todo caso, quizás sea hora de pensar en remedios para tratar los problemas endémicos de las democracias modernas. El primer paso, en mi opinión, es desmitificar la creencia en el “pueblo bueno”, y basar la política en los individuos más que en las colectividades, a fin de evitar el error de atribución grupal. En cuanto a la democracia de referéndum, ésta podría funcionar si se dispusiera de ciudadanos con conocimientos mínimos de ciertas disciplinas de relevancia política y social –por ejemplo, derecho, economía, ecología, etc.- y con ciertas habilidades argumentativas que les permita discernir las mejores políticas. ¿Es posible esto? Lo ignoro completamente. Pero si queremos seguir defendiendo la democracia, incluso como la menos mala de las formas de gobierno, tenemos que pensar en soluciones serias.

Publicado en Análisis social

De Vasconcelos a AMLO: Los discursos del poder

Los discursos políticos suelen reciclarse con el tiempo.

Prueba de ello son los puntos de contacto entre

el discurso de José Vasconcelos y el de AMLO

La historia suele repetirse, una vez como derecha y luego como izquierda, o desde la izquierda hasta la derecha; sin modificar la identidad de los discursos que luchan por el poder.

Me resulta una retórica sumamente aburrida, aunque quizás muy persuasiva para un amplio tipo de público, el conjunto de estrategias electoreras contra AMLO al compararlo con figuras actuales del contexto internacional (Maduro) o con figuras del pasado cuya infamia ganada a pulso perseguirá durante mucho tiempo (Hitler). Cuando es posible usar estrategias retóricas más vinculadas con nuestra propia historia. En relación a ésta, reza un dogma ya popularizado: "quien no conozca la historia está destinado a repetirla”.

A ojo de buen cubero, y revisando someramente la historia, me encuentro con el primer y verdadero candidato independiente: José Vasconcelos, quien fue azuzado para la contienda presidencial por un grupo de jóvenes que habían fundado clubes para el apoyo de su candidatura, en contra de Pascual Ortiz Rubio postulado por la naciente ignominia Partido Nacional Revolucionario (PNR). Como si de arquetipos platónicos se tratara, me encuentro con un par de afirmaciones vasconcelistas que me remiten a nuestro mesiánico candidato. Después de uno de sus tantos autoexilios al extranjero, el 10 de noviembre de 1928, Vasconcelos dice en Nogales, con la mismísima voz de un cristo redivivo:

Vuelvo a la patria después de cuatro años de dolorosa ausencia y me sorprende la fortuna al llegar, para revelarme la fuerza que late en el pueblo, para decirme que por la voz de los compatriotas aquí reunidos y por las voces de otros muchos hermanos, que es la hora del destino la que vuelve a afrentarnos una ocasión salvadora. Y hay razón para que nos preguntemos todos afanosamente si va a pasar otra vez en balde la ocasión (Vasconcelos, “El proconsulado”, 1939, p. 29).

El arquetipo se repite en su forma derechosamente católica (la ocasión salvadora) y en su forma de izquierda-derechosa (la esperanza de México)... Paso seguido, afirma un amenazante Vasconcelos:

“...no acataré el resultado ni de la intriga, ni de la imposición, ni de la fuerza” (Vasconcelos, “El proconsulado”, 1939, p. 29)

Este arquetipo toma forma de tigre en la actualidad...

La prédica continúa por los mismos derroteros de voz profética:

La revolución necesita por fin llegar a los espíritus. Lo primero que hay que cambiar es nuestra disposición hacia la vida, sustituyendo al encono con la disposición generosa. Sólo el amor entiende y por eso sólo el amor corrige. Quien no se mueve por amor verá que la misma justicia se le torna venganza. (Vasconcelos, “El proconsulado”, 1939, p. 31).

Una vez más, el arquetipo persiste, de la Revolución del Amor a la otrora República del Amor, hoy República del Perdón y la Purificación.

Publicado en Análisis social

Año 2006. En el verano de este año, se efectuó una de las elecciones presidenciales más reñidas de la historia nacional. Andrés Manuel López Obrador estaba en el máximo de popularidad y encabezaba las encuestas; de cerca lo seguía el candidato oficial, el conservador Felipe Calderón Hinojosa. En una jornada electoral cargada de irregularidades y una campaña de desprestigio montada meses previos a la elección, el entonces Instituto Federal Electoral (IFE) no pudo dar un resultado claro de quién era el ganador debido a supuestos errores del sistema. De inmediato, y con el recuerdo todavía vivo del fraude del 88, la protesta de los simpatizantes del "Peje" no se hizo esperar.

Tan sólo unos días después de la elección, el escritor Fernando del Paso publicó en algunos periódicos un emotivo poema, que no daba muchos argumentos al movimiento, pero sirvió de alguna manera como empuje motivacional para el mismo. Así se expresaba Del Paso:

"Sí hubo fraude, porque el engaño es fraude.

Sí hubo fraude, porque la falacia es fraude.

Sí hubo fraude, porque el abuso de confianza es fraude.

Sí hubo fraude, porque la mentira es fraude.

No hay que buscar el fraude en un millón, dos o tres millones de votos perdidos.

No hay que buscarlo en mil, tres o cinco mil actas con errores deliberados.

El fraude, el gran fraude, ya estaba allí, entre nosotros, desde mucho antes del 2 de julio".

Tiempo después, en los momentos en que la protesta se exacerbaba por la opacidad informativa del instituto electoral, se organizó en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH) de la Universidad de Guadalajara un foro de reflexión que contaría con la participación de Julio Hernández, columnista de La Jornada, y el propio Del Paso, quien fue invitado a raíz de su publicación.

Un colega fue requerido para llevar al escritor al evento, que se realizó en el emblemático auditorio “Salvador Allende”, y me pidió que lo acompañara a recogerlo a su domicilio en la colonia La Calma. Debido a que no se nos dieron las debidas instrucciones para llegar al lugar, arribamos muy tarde. El escritor estaba furioso, pero se tranquilizó durante el trayecto.

El foro fue, hay que decirlo, más visceral que reflexivo. Hernández hizo atinados señalamientos, con ciertos datos precisos, que argumentaban la hipótesis del fraude. La intervención de Del Paso fue también crítica respecto de las instituciones gubernamentales, aunque con recursos poéticos apelaban más al pathos que al logos.

Pero el público, mayoritariamente integrado por incondicionales seguidores del candidato derrotado de la “izquierda”, AMLO, aprovechó la ocasión para dejar fluir su frustración y enojo a través de furibundas arengas contra el gobierno, expresando su total convicción de que el proceso elector había sido fraudulento. Incluso se escucharon acalorados llamados a tomar las armas. Un asistente del público retó a los invitados del foro a participar en las marchas y acciones de protesta, para probar su congruencia y su fidelidad a la causa. Hernández accedió, aunque Del Paso evadió como pudo el tema. Una vez concluido el evento, llevamos al poeta de nuevo a su hogar. Durante el recorrido, Del Paso nos confesó que ni de broma participaría en las movilizaciones, ya que ni su edad ni su salud se lo permitían.

Un año después, en el marco de la Feria Internacional del Libro, Del Paso recibió el Premio FIL de Literatura. El galardón fue entregado personalmente por Felipe Calderón, ya ungido oficialmente como presidente de la república. Cuando escuché la noticia por la radio, no pude evitar recordar el siguiente pasaje del poema de Del Paso, escrito casi año y medio atrás:

"Ese fraude es ya parte de nuestra historia. Y con él, la traición a la confianza de los electores por parte de nuestras más caras instituciones. Nos defraudó el presidente Fox al avalar y participar en la campaña contra Andrés Manuel López Obrador y en favor de Felipe Calderón".

Es comprensible la negativa de Fernando Del Paso en participar en el movimiento de protesta de aquel fatídico año. No obstante, el recibir un premio a manos del “presidente espurio” apenas al año posterior resultó muy desconcertante, pues el poeta jamás se explicó el extraño cambio de opinión. Sin duda, es respetable que una persona cambie de parecer, pero el no aclararlo y sobretodo, el no justificar por qué lo hizo es lo que desconcierta. Y claro, esto es lo que alimenta toda clase de especulaciones.

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