Para algunas personas entender el concepto de género como constructo social es problemático. Mucho más el comprender la posibilidad de que alguien que nació con pene se identifique como mujer, pues sale de sus estructuras mentales y se refugian en el argumento anquilosado de que la función del órgano determina su lugar en el mundo: “si tiene pene, es hombre. Si tiene vagina, es mujer. Esto es natural y biológico” Y listo. Sin embargo, es mucho más complejo que eso. La cuestión es que se están mezclando funciones biológicas del cuerpo humano, que no son exclusivas de él, con constructos humanos. Sería lo mismo que si comparáramos una estalagmita con la torre Eiffel. Una es natural, generada a partir de procesos naturales, mientras que la otra es un monumento creado por el ser humano, con un fin particular, con significados que sólo nuestra especie puede comprender. Es entonces que afirmar que quien tiene pene, el instrumento del macho para preñar a la hembra, es necesariamente un hombre, no es más que una falacia apresurada, puesto que ahí se están enredando, de manera tramposa, cuestiones naturales con constructos sociales. Desde ahí emerge la confusión entre lo que es el género[1] y el sexo, cuyas características son distintas.

En virtud de la claridad, recurriré a estrategias didácticas básicas a partir de dos ejemplos: el primero girará en torno a la percepción de los colores, el segundo señala los comportamientos al interior de una comunidad de chimpancés. Cada cual busca contrastar las particularidades del ser humano y como éste las usa para construir su realidad exclusiva.

Para ello señalo la inexistencia del color, pues muestra cómo el ser humano crea conceptos para explicar lo que sucede fuera de él. No es diferente lo que sucede con los colores que vemos en nuestra vida diaria, pues ellos, por sí, no están ahí, sino que el ser humano lee la descomposición de la luz.[2] Para explicar eso que ve, se crea el concepto de color. Sin embargo, en la naturaleza, fuera del mundo humano, no existe. Es algo que el ser humano impone a su entorno, para luego elevarlo a la categoría de universal: si es así para él, será así para todos los entes. Esto muestra la forma en que el ser humano imputa sus particularidades a la realidad externa. Esta imposición cultural y conceptual se encuentra en íntima relación con el siguiente ejemplo, que nos habla del comportamiento social de una manada de monos, pues se asemeja al nuestro: al interior hay roles definidos, jerarquías y funciones de cada cual. Sin embargo, entre ellos no hay un consenso sobre las nociones de hombre y mujeres, ya que eso es una construcción social humana. Nosotros interpretamos sus comportamientos en clave antropomórfica, como hacemos con buena parte de la fauna del planeta. Aquí no se niega que existen funciones de macho y hembra, que están directamente relacionadas con la procreación y el sexo de cada uno de los individuos -eso sería negar la polinización o germinación de las semillas-. Hasta donde sabemos, la forma en la que se crean nuevos organismos de forma natural, sólo ocurre de manera sexual y asexual. Aquí nada más nos interesa la primera, pues para fertilizar se requiere, generalmente, un segundo individuo de sexo distinto. 

Desde el simple hecho de llamarles manada, incluso monos, ya estamos aludiendo a una construcción social, generada exclusivamente por el ser humano. Imaginemos que pudiéramos comunicarnos con ellos, de una forma clara y bidireccional, que pudieran entender lo que nosotros les decimos y viceversa. Si les dijéramos que son monos, difícilmente se identificarían con eso que nosotros llamamos monos o monkeys. Y aquí entra la parte compleja: nosotros los llamamos así porque necesitamos interactuar con nuestro entorno. Pero, al momento de darles un nombre, no sólo los diferenciamos de nosotros como humanos, sino que les estamos imponiendo un nombre que, en la naturaleza, en el ámbito de la biología, no existe. El león, la hiena, la jirafa, el nogal, la tierra, el polvo y cualquier otro concepto inventado por el hombre, no tienen una existencia real, que se encuentre en la naturaleza. Existen porque nosotros les damos existencia. Para las abejas, el polen no es polen. Quién sabe que sea, pero polen, en definitiva, no. Eso lo afirmamos nosotros. Le damos (una) existencia al categorizarlo, en un afán de conocer y, por ende, controlar.

Si esto es demasiado complicado, pongamos un ejemplo mucho más fácil: el maíz. En México sabemos que es una planta. Sin embargo, no en todo el mundo se conoce como maíz. En otros lugares se le conoce como choclo, avatí, malajo, borona, altoverde y muchas otras. Y no existe mayor problema en identificarlo con un nombre distinto, pues no atenta contra su naturaleza ni sus funciones especiales. Esto nos permite ver que lo que nosotros nombramos, no tiene un sentido univoco ni se relaciona con una verdad última que nosotros debamos descubrir. Todo nuestro mundo es una mera construcción social. No es diferente con el género. Si hacemos la distinción entre macho/hembra, refiriendo exclusivamente a la función natural de procrear y hombre/mujer, con sus roles particulares, creados a partir de consensos sociales, por costumbre, entonces dejará de parecernos extraño e inconcebible que alguien con pene se identifique como mujer o alguien con vagina se identifique como hombre. Ahí radica la diferencia, en la identificación, en colocarse en un lugar específico, al interior de una sociedad particular. Que estos instrumentos naturales de procreación, el pene y la vagina, se hayan relacionado con los roles de género, es la razón por la cual se insiste en que la biología, que nos remite al macho y la hembra, son los que determinan el género binario. Por eso la posibilidad de asumirse o identificarse como mujer u hombre. No hay que perder de vista que el pene o la vagina son meros instrumentos para reproducción, mientras que el concepto de hombre y mujer, con sus respectivos roles, son constructos sociales que se confunden con cuestiones biologicistas.

En última instancia, quien afirma que, al tener pene o vagina, automáticamente se es un hombre o mujer, necesariamente pone en la misma categoría a los perros, los gatos, los burros, los caballos y a cualquier ente que se reproduzca mediante copula, pues lo hacen justamente a través de la vagina y el pene. Por ende, el argumento de que el órgano genital determina su adhesión a las categorías de hombre o mujer, de manera “natural y biológica”, irremediablemente coloca en el mismo lugar a cualquiera que tenga esos elementos. Y si aún queda duda, pensemos en qué fue primero: ¿El lenguaje o el mundo? Es aquí que se vuelve necesario hacer una distinción entre planeta tierra, eso que estamos pisando y nos mantiene y el mundo, como construcción social, que es definido mediante el lenguaje. Por ende, primero fue el lenguaje, eso que nos permite construir y organizar nuestra realidad.

 


[1]Cabe mencionar que al ser este un ensayo didáctico, sólo me refiero al género binario, sin abordar el abanico de posibilidades que presenta.

Publicado en Divulgación
Viernes, 17 Julio 2015 00:00

De la tolerancia y sus soldados

Hace unos días circulaba en el portal Facebook la imagen de un pequeño, cuya característica especial era la (supuesta) situación en que la fue captado. En la imagen se observa un niño, de aproximadamente 8 o 10 años, con ciertos rasgos que alguien, desde una postura de género ortodoxa, podría considerar como afeminados: la forma de pararse, su corte y hasta su cara. Incluso hay quien puede asegurar que coquetea con alguien. Según la persona que lo compartió (ver imagen adjunta)

y de donde yo la obtuve, esta imagen es del desfile del orgullo gay, en París, Francia. Aún no he podido rastrear el origen de la misma. Sin embargo, eso no es lo importante. Lo que en realidad llama la atención, es la postura que toma la persona en cuestión. Cito: 

“(sic) Haber señor congresista C. Bruce, que me puede decir sobre este niño que fue captado junto a sus "padres" en el desfile del orgullo gay realizado en París - Francia.

Es así como quiere que sea el "futuro" de muchos niños en nuestro país???

Nadie esta en contra de la orientación sexual o homosexualidad de much@s, pero no pueden crear una distorsión en el desarrollo de seres inocentes que solo siguen el ejemplo de sus "padres".

No soy ningún homófobico pero esta imagen es denigrante, que final tendrán aquellos niños que dependerán de los matrimonios gay.....si ustedes lo son, pues continúen así....pero no arrastren a los demás a seguir su ejemplo.

No al matrimonio gay.....no a la denigración de nuevos seres inocentes.”

Hasta aquí la cita. Parte de lo que dice ésta persona me parece por demás acertado. No debemos, como padres, distorsionar el desarrollo de estos pequeños seres sin experiencia. Es menester no denigrarles, obligándoles a seguir patrones se nos impusieron, es medular no permitir que sigan los ejemplos de los padres. Hacer lo contrario implica no permitirles ser creativos sobre sí mismos. Específicamente en cuestiones de género ya que, en buena medida, eso que les enseñamos podría determinar su aproximación al mundo. Incluso me aventuraría a decir que incide hasta en la percepción que tienen de sí mismos. Como estudioso de la creación de subjetividad, en eso estoy completamente de acuerdo. Sin embargo, cuando habla de arrastrar a los niños, con el ejemplo de las familias homoparentales, estoy en una encrucijada. ¿Por qué? Casi todos mis contactos saben que estoy a favor de la diversidad. Sin tapujos, ni mediación. Considero que es uno de los derechos humanos básicos, el permitir, sin juzgar o señalar, que alguien ame a otra persona, allende a que se haga distinción de su credo, orientación, estatus o cualquier cosa que implique una barrera social, que impida su pleno desarrollo emocional, humano y hasta social. Sin embargo, emitir una opinión favorable, en este caso en particular y sin más, sobre este momento que atañe a la comunidad LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales). En verdad me resulta difícil. Mi restricción no gira en torno a la posible influencia de los padres “gays”, como dice la persona que compartió la foto, sino lo que significará llevar hasta las últimas consecuencias su argumento. Lo que subyace a esto es que los padres, pero sólo los gays o familias homoparentales, necesariamente modificarán las conductas de cualquier niño que adopten, para que él mismo, como bestia sin decisión o razonamiento, se decida por una orientación sexual diferente a la normalizada. Sin embargo, se olvida también de los padres heterosexuales y la carga simbólica que sus prácticas tienen, en la identidad de los chicos. ¿Acaso ellos no modifican las conductas de los niños, para que sigan el modelo institucionalizado de, por ejemplo, ser hombre? Un acto que pareciera vacío de prejuicios y lleno de preocupación por el otro, como que se critique la imagen de este niño, ataviado con una boa de plumas, una pequeño short y cabello teñido, muestra de manera abierta el rechazo y desprecio por estas identidades emergentes, ya que se estructuran desde el discurso heteronormativo, que obliga a los machos y hembras a distinguirse como hombre o mujer, desde sus prácticas de la vida diaria, instauradas desde la economía sexual masculina. En este caso nos encontramos en el espacio de la tolerancia y la Libertad institucional.

¿A qué me refiero? La reiteración de las prácticas performativas, las sancionadas como positivas, o hasta consideradas como buenas, tienen una incidencia radical en la programación de lo que los a niños y niñas deben ser. No importa el “¿Qué quiero?”, sino que más bien lo que pareciera apelarnos es el “¿Qué me quiere?”. Esa Libertad institucional de la que hablo, tiene que ver con las condiciones que el Estado otorga. La deontología institucional implica que, como hombre o mujer, debo ocupar un lugar. Y este es constreñido mediante las prácticas que el discurso dominante, si se me permite el término, asigna a cada rol de género. Es por ello que cuando vemos a un niño como el de la imagen que compartió la persona de la que hablaba más arriba, nos escandaliza. Sale de lo regular y muestra, según la persona que la compartió en su perfil de Facebook, la desdeñable incidencia de los padres gays. Sin embargo, no aborda la relación que tienen los padres heterosexuales, para con el diseño de la subjetividad de sus hijos e hijas. Y es aquí donde se encuentra la limitante para expresar mi apoyo a la comunidad de la diversidad y las familias homoparentales. Hay un vídeo, en YouTube (ver video en la parte inferior), donde se aprecia a un niño bailando algo que se escucha como un narco corrido. El niño en cuestión lleva una gorra, algo que en México llamamos “mariconera”, pantalón pegado, tenis y la botella vacía de una cerveza, cuyo contenido es, aparente y deseablemente, una bebida gaseosa o agua fresca. Este niño pareciera emular el comportamiento y vestimenta de un cierto tipo de persona, denominada como “chaca”, cuta particularidad es tener un estilo de vida ligado al crimen organizado, que necesariamente alude a prácticas especificas, que le permiten sustanciar su masculinidad, su hombría. Es entonces que se vuelve difícil, si uno quiere ser coherente, defender a los padres gays y la relación permisiva que tienen con su hijo, puesto que el niño al que me refiero, se encuentra en el mismo y exacto lugar. Ante la distorsión de lo que la persona del perfil en Facebook refiere como realidad, debido a las prácticas y modelos que sus padres, familia o personas con las que convive sancionan como positivo, él actúa de la forma en que lo hace, intentando ocupar un lugar que, por su condición de hombre, le pertenece de manera “natural”. Lo terrible es que nos escandalicemos con uno, y no con otro. Que normalicemos y veamos como deseable el comportamiento de uno de éstos niños, mientras que el otro sancionemos desde el horror y el desprecio. Incluso que afirmemos cosas tan graves como la (sic) denigración de nuevos seres inocentes. Es aquí, estimado lector, que debe uno cuestionarse ¿De qué lado se pone usted? Porque si continuamos programando a las futuras generaciones con estos discursos anquilosados, no nos extrañe que los hombres sigan baleando mujeres, por negarse a sus avances románticos, ( http://fisgonpolitico.com/jalisco/luis-enrique-ruvalcaba-profugo-tras-asesinar-a-una-joven-por-negarse-a-salir-con-el/ ) o mujeres mayores que humillan a jovencitas, ( http://www.sinembargo.mx/12-07-2015/1411783 ) porque sostienen relaciones sexuales con los padres de sus amigas, eximiendo de responsabilidad al hombre. En última instancia, privilegiar performatividades masculinas sobre las emergentes, siendo que las primeras han mostrado su radical ineficacia, nos atrasa como nación. Inclusive como humanos. Si es que lo fuimos alguna vez.

Publicado en Análisis social