Domingo, 24 Noviembre 2019 18:07

¿Necesita Chile una nueva Constitución?

¿Necesita Chile una nueva Constitución?

Por Nicolás Maturana Muñoz

Este texto es una respuesta a la columna de opinión de Álvaro José Acuña, titulada “Sí, con esperanza y optimismo lograremos nuestras demandas

La situación que vivió Chile hace casi 50 años representa una realidad bastante cruda y disímil respecto a la que hoy en día se da. A más de 40 años del golpe de estado de Pinochet, hemos podido estudiar cómo el nivel de opresión al que estaba sometida la sociedad chilena, donde cualquier cosa que sucediera producto de su propia decisión tendría un impacto positivo o en el peor de los casos nulo, ya que tendrían que volver al campo y mantener su condición inicial, no tiene paragón a ningún evento de nuestra historia contemporánea chilena.

Hoy en día la situación es diametralmente distinta, basta con mirar a nuestros vecinos para darse cuenta que Chile goza de una situación privilegiada, no obstante, si quisiéramos hacer caso omiso a la realidad de nuestros pares, podríamos mirar los estudios publicados por el profesor de la PUC (Pontificia Universidad Católica de Chile) Claudio Sapelli o de la Comisión Nacional de Productividad del gobierno de Michelle Bachelet, donde se hace una comparación sobre la evolución que ha tenido Chile a lo largo de los últimos 30 años, en la cual la única duda que surge es dónde inicia este "milagro económico". Con esos datos en la mano podemos llegar a afirmar que, si bien los sentimientos son iguales, las causas de una lucha social y otra (con una distancia de 50 años) no son las mismas.

Si bien no estoy de acuerdo en los orígenes de la situación o en la "analogía" planteada entre dos movimientos sociales tan disímiles en el texto de Álvaro José Acuña, sí concuerdo con que la gente se moviliza debido a la esperanza y optimismo que tiene. Sin embargo, no podemos señalar que ese sentimiento de esperanza o el optimismo reinante sea algo nuevo, que acabe de surgir entre las masas, más bien lo novedoso es la oportunidad de manifestar aquello que siempre estuvo latente, oportunidad otorgada por un grupo de jóvenes cargados de rebeldía que decidieron confrontar al sistema y darle a la gente ese espacio para expresarse, para romper la rutina y salir a marchar para cambiar aquello que no funciona en una sociedad democrática.

Dice Acuña en su texto “¿Nos convertiremos en una especie de Venezuela o Cuba? No lo creo, hemos alcanzado una madurez suficiente para racionalizar nuestras solicitudes” y ciertamente tiene razón, pues de aquí a mañana no podríamos convertirnos en otro país, en otra economía, en otra sociedad, así como Venezuela y Cuba tampoco se transformaron de un día para otro en lo que hoy son, pero si a la fórmula le añadimos malas reformas prolongadas por un par de años, un malestar social creciente y las ansias de controlar la democracia, sí podríamos crear el campo fértil perfecto para obtener las consecuencias en Chile que sufren esos países citados y, si bien es difícil que lleguemos a tal extremo, sí podríamos acercarnos a lo que es Argentina hoy en día, un país donde su ex presidenta Cristina Kirchner cree que cuando falte el dinero hay que imprimir los billetes o su actual presidente, Alberto Fernández, cree que mediante el consumo se activa la economía y no importa el nivel de gasto público que se tenga. Aun así, sabemos que solo mediante la factibilidad social, política, económica y técnica es que se deben tomar las mejores decisiones para Chile.

Estamos totalmente de acuerdo en que los políticos no dieron el ancho para Chile, no fueron lo suficientemente fuertes para enfrentar un modelo que pudo ser el mejor, en lugar de eso lo corrompieron y es mediante el ejemplo de las AFP (Administradoras de Fondo de Pensiones) que se divisa fácilmente esto, pues aunque la esperanza de vida en Chile sea próxima a los 80 años de edad, en su lugar, el sistema que controla las AFP prefirió hacer cálculos basándose en una esperanza de vida de ¡110 años! No podemos afirmar que esto sea un "error" o que los estudios técnicos arrojaron esta cifra, aquí sólo podemos observar la sombra de la corrupción en la que se ha querido perjudicar intencionalmente a la población para aumentar el rendimiento de las AFP.

Solo un buen diagnóstico permite un buen resultado

¿A raíz de qué nace el descontento?

Hoy en día parece que todo fuese malo en Chile, que no hay peor situación que la que vivimos, que todos los datos y estadísticas no sirven de nada, que los diagnósticos técnicos están errados, que Chile clama un cambio radical en pos de buscar un modelo distinto que los lleve a una utopía, una utopía que es comparada con la realidad, como si fuera posible para la realidad competir contra la idealización de un modelo.

El diagnóstico que se hace en el artículo Sí, con esperanza y optimismo lograremos nuestras demandasno es tan distante con respecto a aquello que escuchamos día a día en las calles y redes sociales, a saber, que el capitalismo es malo, que Chile no podría estar peor, que producto del capitalismo estamos así de mal, entre otros comentarios carentes de análisis. En el ojo de la opinión pública es como si la situación de Chile hubiese sido muy buena antes de 1980 y desde ahí en adelante hubiésemos sufrido un declive en la calidad de vida, pero no hay nada más falso que esto. Es recién en la década de los 80s en que se empieza a combatir la pobreza, es bajo el modelo que tenemos ahora y una sólida Constitución que Chile vio un avance real, por ejemplo, la reducción de la pobreza en aproximadamente 40 puntos porcentuales, la disminución de la desigualdad se puede observar ya sea en el GINI o si se mide por cortes coetáneos. Se mantuvo un crecimiento económico envidiable en el contexto latinoamericano, y es la concertación la que tomó el modelo y le implementó fuertes medidas en el ámbito social.

Hoy en día Chile no lucha porque el modelo sea malo, sino porque se le ha hecho creer a la gente que si no fuera por este modelo estaríamos mucho mejor, que este cambio nos llevará a esa tierra prometida que ciertamente con los cambios que se proponen y los políticos que tenemos está más cerca de parecerse a Argentina o Brasil que Suecia, Suiza o Finlandia.

Hoy se habla de una Constitución nueva, los políticos hablan del cambio como si la actual tuviese la culpa de lo corruptos que han sido, pero solo quieren salvarse de perder su posición de poder. Si la historia fuese distinta, si durante estos casi 30 años ellos hubiesen hecho lo imposible por mejorar el país y la Carta Magna fuese el impedimento, podríamos estar de acuerdo en que cambiarla traería soluciones, pero no es así, ellos se han aprovechado infinitamente del sistema y son parte del problema, del porqué el país no ha funcionado como corresponde.

Los políticos que tenemos no creen en un libre mercado, no les conviene, ellos están aferrados a este capitalismo de amiguismos que tenemos (Crony Capitalism) y es bajo ese techo que se quieren quedar, un techo que no les hace rendir cuentas, que les permite desentenderse de la gente y buscar un beneficio propio junto al poder económico.

Es muy iluso creer que una nueva Constitución traerá estos grandes beneficios que se plantean y no porque no sean posibles, sino porque no hay voluntad alguna de querer realizarlos. ¿Cómo explicarle a una persona que gana 9 millones de pesos y que dice apenas llegar a fin de mes que el sueldo que le corresponde son solo 2? ¿O solo 4? ¿Podrá una persona que lleva 30 años sirviéndose del Estado servir al Estado con un cambio de Constitución? La verdad, no lo creo.

Y es a raíz de este último párrafo que podemos preguntarnos ¿dónde o a partir de qué nace este descontento? A mi parecer nace a partir de la excesiva ambición por parte de la élite política y un grupo minúsculo de poderosos, los cuales no les bastó con que el modelo no los castigara, sino que quisieron que les entregara facilidades para asegurar esa cuota de poder que el "libre mercado" no permite o no debería permitir. Aquí es donde se produce el "Crony Capitalism" o Capitalismo entre amigos, que tanto daño ha hecho a Chile, donde el tener dinero te otorga una cuota de poder «per se». Esto es lo que la gente debería querer cambiar, esta especie de "contrato" de beneficio mutuo entre el poder político y poder económico en Chile, y aunque no solo se produce en Chile es aquí donde deberíamos marcar la diferencia y centrar nuestras fuerzas en cambiar nuestra clase política para terminar con las malas prácticas.

¿Qué debería hacer Chile?

Chile debería cambiar a toda la clase política que lleva "apernada" en el Congreso, esa clase política "vieja", además de sacar a todos aquellos que no cumplen con una asistencia intachable, aquellos que han copiado informes o han pagado para que les hagan los informes; aquellos que hayan votado en favor de los grandes grupos empresariales para facilitar las cuotas de poder, deberíamos sacar a todos los que hayan hecho de la política un privilegio para sí mismos más que una representación de los ciudadanos en las decisiones del país.

Una vez sacada la basura deberíamos limitar los privilegios, la idea es que los parlamentarios representen a los ciudadanos y ciertamente alguien que vive en una burbuja no puede hacerlo.

El salario debería ser lo suficientemente alto para que no sea un impedimento al postularse, pero no tan alto como para que sea atractivo siendo evidente que no se pueden aumentar el sueldo ellos mismos. Si bien, la totalidad de las medidas son muchas como para poder escribirlas aquí, esta debería ser la línea a seguir.

Una vez cambiada la clase política, Chile debería buscar cobrar aquellos "favores" que se le han hecho a los grandes grupos económicos los cuales han eludido miles de millones en impuestos, debería dejar quebrar aquellas empresas que no son capaces de sostenerse, debería sentenciar la corrupción como corresponde y no con multas irrisorias, debería dejar de pensar que un estado más grande por si solo va a traer un progreso a la gente, debería enfocarse primero en tener un estado más eficiente, porque sólo si los recursos que se manejan son bien administrados podría valer la pena entregarle más recursos.

Una vez efectuados estos cambios, incluyendo las modificaciones necesarias a la constitución, es que podemos evaluar si Chile necesita más recursos para combatir los problemas sociales, solo si aquellos recursos que el sistema permite crear no son suficientes podríamos pensar en un cambio de Constitución, y sólo en una que nos asegure que los derechos de los ciudadanos del futuro no serán suprimidos en pos de las personas del presente.

Publicado en Análisis social
Viernes, 02 Noviembre 2018 04:33

El “pueblo bueno” y la democracia de referéndum

El “pueblo bueno” y la democracia de referéndum

Por: Luis Enrique Ortiz Gutiérrez

En política, un asunto que ha sido ampliamente debatido es el de los límites de la democracia. Básicamente, las cuestiones han sido: ¿la democracia debe limitarse a la elección de candidatos? ¿O debería ampliarse para que el ciudadano pueda participar en la toma de decisiones? Algunos intelectuales se han inclinado por una respuesta afirmativa a la segunda pregunta, proponiendo que ciertas iniciativas deberían someterse a votación directa de los ciudadanos (en su variante más extrema, esta postura sostiene incluso que debería prescindirse de la democracia representativa y sustituirla con algún tipo de democracia directa). En el presente escrito, no pretenderé dar respuesta a estas preguntas, si no analizar ciertos supuestos sobre los cuales descansan algunas de las posturas involucradas. Intentaré mostrar que uno de los supuestos principales es la creencia de que el pueblo, en tanto conjunto de individuos, posee cualidades morales y cognitivas propias de los individuos, que lo hacen plenamente capaz de tomar decisiones de trascendencia política. A su vez, problematizaré esta idea, a fin de que estos asuntos, que bien puede ser considerados como “políticamente incorrectos”, de hecho, deberían estar sujetos a debate.

El problema puede ser ilustrado a partir de la propia política nacional. El gobierno recién electo en México ha sostenido que basará ciertas decisiones de gran importancia para el país a partir de lo que dicte el llamado “pueblo bueno”. Esta plataforma de gobierno, por llamarla de alguna manera, había sido anunciada por el ahora presidente electo desde hace algún tiempo. Aquí algunas citas:

“De veras que nuestro pueblo es bueno y ha soportado con resignación a sus opresores. Es increíble que le paguen a los productores de frijol 6 pesos por kilo y no reciban ningún subsidio del gobierno como se aplica en Estados Unidos y pongo el ejemplo de este país para que no me acusen de "populista", porque en realidad en casi todo el mundo, con excepción de México, se protege y apoya a quienes invierten, trabajan la tierra y cuidan el medio ambiente”.

Andrés Manuel López Obrador, publicación de Facebook, 05/09/2015

Más recientemente, durante un acto de campaña en Rosarito, Baja California (16/05/2018), López Obrador sostuvo que las impresiones que Donald Trump tiene de nuestro país se derivan de los políticos corruptos (básicamente, según AMLO, Trump razona así: “El gobierno mexicano es corrupto, por lo tanto, México es corrupto”), y añadió que mediante el combate a la corrupción y la impunidad, el presidente norteamericano cambiará de opinión. "Nuestro pueblo tiene mucha cultura, es bueno, es trabajador y es honesto", añadió el entonces candidato de Morena.

¿En qué se basa la creencia en el “pueblo bueno”? Estas citas nos permiten delinear la concepción de López Obrador acerca del “pueblo bueno”, que resumiré en las siguientes tesis:

1.         El pueblo posee un ethos claramente definido: es bueno, trabajador, honesto, resignado.

2.         En contraste, los grupos políticos son malos y corruptos.

3.         Los problemas del país se derivan de los grupos políticos.

4.         Si se acaba la corrupción en el país, los problemas desaparecen.

5.         Para acabar con la corrupción, se requiere un gobierno con un ethos afín al pueblo.

No entraré a discutir cada una de las tesis, y me centraré sólo en la primera, pues las demás exigen un estudio más amplio y detallado. En adelante, me referiré a la primera tesis como la Tesis del Pueblo Bueno (TPB).

La TPB entraña el supuesto de que se puede establecer una caracterización moral generalizable a un conjunto, en este caso, el pueblo. Ahora bien, la lógica nos advierte que la predicación de propiedades del conjunto a sus integrantes, y viceversa, suele resultar en equívocos. En este sentido, el “error de atribución grupal” establece que: A) las características de un individuo son un reflejo de las características del grupo al que pertenece; o bien, B) que las decisiones grupales reflejan las preferencias de los individuos que lo integran.

Un par de ejemplos ilustran con mayor claridad este error. Un caso de A sería juzgar que una persona es un posible criminal a partir de su apariencia física y su forma de vestir (es moreno, lleva tatuajes, escucha X música, usa ropa típica de “cholo”, lleva playera de cierto equipo de fútbol, etc.), partiendo de que algunos grupos criminales presentan esas características. Por otra parte, un caso de B sería, dada una huelga de obreros, suponer que cada uno de los obreros ha optado por esta decisión –puede ser el caso que algunos obreros se oponían al huelga-.

A partir de lo anterior, no es difícil ver que la TPB tiene un fundamento muy poco sólido. O bien es erróneo atribuir al conjunto entero –el pueblo- las características de los individuos, o bien, es erróneo atribuir a los individuos las decisiones colectivas (supuestamente) tomadas por el pueblo.

En principio, la propia expresión “pueblo” es problemática. Es común en los diccionarios hallar definiciones como ésta:

     ‘Pueblo’ es el conjunto de personas que vive en una población, región o país determinados.

Como se puede apreciar, el rasgo distintivo más relevante que define la palabra es la pertenencia a una región geográfica. Desde luego, también existen otros usos, más propios de la lengua coloquial: comúnmente se utiliza ‘pueblo’ para designar a las poblaciones rurales en particular. Otro uso común del término es para designar los estratos sociales de bajos recursos –en este caso, se emplea tanto el sustantivo como el adjetivo ‘popular’, como en “clases populares”-. Sin embargo, trátese de cualquiera de los usos antes mencionados, la pretensión de atribuir rasgos morales o de otro tipo a un conjunto de individuos llamado ‘pueblo’ resulta en incurrir en el error de atribución grupal.

Claro está, esto parece no tener mucha relevancia en las prácticas políticas, lo cual puede deberse a que, desde la perspectiva de la práctica política, no interesa definir la extensión o el significado de las expresiones, o extraer sus implicaciones lógicas. Lo que importa en política es emplearlas para ciertos efectos. Por ello, hay que entender el uso retórico de ‘pueblo’ y, en consecuencia, de la TPB. En este terreno, la finalidad es persuadir a los ciudadanos de que determinado político representa la “voz del pueblo”. A partir de lo anterior, la TPB puede ser invocada constantemente en el discurso político para diagnosticar los problemas de un país o región y señalar a los culpables del desaguisado (como sugieren las tesis 2 y 3); a su vez, estas tesis pueden servir como argumento a favor de ciertas políticas: “si el pueblo es bueno y los políticos son los malos, entonces debemos tomar medidas contra los últimos”. Del mismo modo, la TPB puede ser apelada para avalar la toma de decisiones: las decisiones del nuevo gobierno serán las decisiones del “pueblo bueno”. Esto nos lleva al siguiente punto a tratar.

A raíz del Brexit, el científico Richard Dawkins contrasta entre lo que denomina la “democracia representativa” frente a la “democracia de referéndum”. Ésta última se define como el someter ciertas propuestas relativas a temas de interés público a votación directa de los propios ciudadanos, en lugar de ser aprobados o rechazados en los parlamentos. Dawkins argumenta en contra de la democracia de referéndum, señalando que ciertos asuntos exigen conocimientos que sólo los expertos en el área pueden emitir opiniones que son relevantes para el debate. En el caso del Brexit, estaban involucrados temas económicos y diplomáticos, cuyo análisis y discusión excede los conocimientos del ciudadano de a pie. El biólogo británico presenta una serie de analogías para defender su punto de vista: si tenemos un problema médico, la solución queda en doctores, no en una persona sin conocimientos de medicina. Dawkins concluye que la democracia debe ser solamente representativa, esto es, que la participación ciudadana debe delimitarse a elegir los parlamentarios.

Ahora bien, la democracia de referéndum parte del supuesto de la TPB, pero con un añadido importante: ya no se trata sólo de suponer que el pueblo es bueno, honesto, trabajador, etc., sino que se añade al “ethos del pueblo” el ser racional y competente en asuntos teóricos o técnicos (“tiene mucha cultura”, en términos de López Obrador). En otras palabras, se parte de que el pueblo puede racionalmente tomar decisiones en asuntos trascendentales para el país, lo cual supone que la opinión de cada integrante del pueblo está a la par de los expertos en la materia. Esto es muy debatible, como lo deja en claro Dawkins. Así pues, la democracia de referéndum resultaría poco viable, si no es que desastrosa, al estar basada en la TPB.

Pero la propuesta del científico británico también presenta varios problemas. El mismo argumento en contra de la democracia de referéndum se puede usar en contra de la democracia representativa: se asume también que los individuos actúan racionalmente y poseen los conocimientos suficientes para elegir a los candidatos idóneos. Los triunfos de Trump o Bolzonaro hacen dudar seriamente de este supuesto. En segundo lugar, no hay garantía alguna de que los parlamentarios poseen las competencias y la racionalidad necesaria para aprobar las mejores políticas. Ahí tenemos los casos de las legislaciones en contra de la ingeniería genética u otras medidas anticientíficas como claros ejemplos. Ciertamente, pueden formarse comités de expertos que asesoren a los parlamentarios, pero esto no impide que, al momento de debatir o votar las iniciativas, las pasiones ideológicas y los intereses políticos pesen más que los argumentos de los expertos. En consecuencia, ambos tipos de democracia presentan problemas análogos.

Visto así, pareciera que la propia democracia como sistema de gobierno es inviable. A decir verdad, carezco de argumentos convincentes para defenderla. Quizás el único aceptable puede ser que la democracia es, como diría Winston Churchill, el menos malo de los sistemas de gobierno. En todo caso, quizás sea hora de pensar en remedios para tratar los problemas endémicos de las democracias modernas. El primer paso, en mi opinión, es desmitificar la creencia en el “pueblo bueno”, y basar la política en los individuos más que en las colectividades, a fin de evitar el error de atribución grupal. En cuanto a la democracia de referéndum, ésta podría funcionar si se dispusiera de ciudadanos con conocimientos mínimos de ciertas disciplinas de relevancia política y social –por ejemplo, derecho, economía, ecología, etc.- y con ciertas habilidades argumentativas que les permita discernir las mejores políticas. ¿Es posible esto? Lo ignoro completamente. Pero si queremos seguir defendiendo la democracia, incluso como la menos mala de las formas de gobierno, tenemos que pensar en soluciones serias.

Publicado en Análisis social
Lunes, 04 Abril 2016 06:21

¿Es justificable la censura?

En este sitio han aparecido ya algunas reflexiones acerca del tema de la censura, derivada de la corrección política que parece imperar en Internet y en las redes sociales. Coincido en líneas generales con lo que han señalado los otros colaboradores y es posible que la reflexión que comparto poco añada a lo ya dicho. En general, concuerdo que en tiempos recientes se ha generado un preocupante clima de linchamiento moral hacia aquello que es considerado ofensivo para ciertos sectores de la sociedad, lo que prácticamente torna a estos sectores invulnerables a la crítica.

Para no redundar en lo que ya se ha dicho en este espacio, lo que pretendo realizar, siguiendo la postura del filósofo Isaiah Berlin –quien señala que una de las principales tareas de la actividad filosófica es cuestionar los supuestos en los que descansan las creencias extendidas en la sociedad, es una problematización teórica de estas tendencias moralistas que pretenden corregir los pensamientos y las conductas de los seres humanos. En particular, quiero partir de la pregunta de si existe una justificación válida de la censura, lo que lleva, en primera instancia, a tratar de explicar en qué consiste ésta (aclaro que mi análisis se dirige a estos casos particulares de censura, y no entro en la cuestión de la censura ejercida por los gobiernos para acallar a la disidencia, misma que merece un tratamiento aparte).

Una forma de definir un concepto es a partir de su relación de oposición con otros conceptos. Para el caso de la censura, el concepto antagónico es el de libertad de expresión. Dado que ésta se trata de un caso particular del concepto más amplio de libertad, voy a partir de éste último. Aclaro que no entraré a detalle en los agudos problemas teóricos del concepto de libertad –v. gr. el dilema entre libertad y determinismo, dado que exceden los propósitos de este escrito y me limitaré sólo a la cuestión de los límites permisibles de la libertad.

Cualquiera que sea la definición de libertad, en principio se plantea la no coerción como uno de sus rasgos distintivos: un acto es libre si y sólo si el agente no ha sido obligado por otro agente a actuar de cierto modo. A partir de lo anterior, en la medida en que se eliminen los factores coercitivos que condicionen los actos, los individuos gozarán de mayor libertad. Pero esto genera una consecuencia problemática: la posibilidad de que los actos libres, no coaccionados, de los individuos puedan afectar a otros. Esto sugiere un límite necesario a las acciones libres: que éstas no afecten a los otros ni en su persona, propiedad o bienes (resumido en la célebre máxima juarista: “El respeto al derecho ajeno es la paz”). El liberalismo, en sus diferentes vertientes, enarbola este principio.

Habiendo reconocido que la libertad requiere un límite necesario el respeto a los otros, podemos aterrizar el problema que aquí nos ocupa: el de la libertad de expresión. ¿Cuál es el límite de la libertad de expresión? O, en otras palabras, ¿de qué forma se violentan a otras personas por medio de la lengua? Podríamos plantear la respuesta como sigue: un individuo A excede el límite de su libertad cuando profiere en su discurso ciertas expresiones que afectan a otro individuo B (tales como los insultos, ofensas, difamaciones o tergiversaciones de las afirmaciones de B). En una situación así, B podría exigir a A o a algún intermediario entre ambos –el Estado u otras instituciones, que A sea reprendido por lo dicho. Llamaremos ‘censura’ en un sentido genérico a las acciones tendientes a restringir o impedir que un individuo profiera libremente ciertas expresiones, so pretexto de que éstas afectan a otros individuos. La justificación de la censura, en este sentido, tendrá que ver con que las expresiones proferidas realmente resultan perjudiciales, algo que el afectado tendría que probar.

No obstante, el problema comienza al momento de precisar qué clase de expresiones perjudican a terceros. Para abordar el problema, recurriré a la teoría de los actos de habla (tratando de evitar, hasta donde me sea posible, los aspectos técnicos de la teoría para facilitar la lectura). Desde este planteamiento, se señala que los actos de habla se pueden realizar de dos formas: como actos de habla directos, en los que se encuentra presente un verbo que hace patente el tipo de acto de habla (“Te prometo que haré X” es una evidente promesa, dada la presencia del verbo ‘prometer’); y los indirectos, donde el tipo de acto de habla no es patente dada la ausencia de ciertas expresiones (“Mañana haré X” es una promesa, aunque no lleve el verbo ‘prometer’ que lo haga explícito).

Ahora bien, algo curioso ocurre con los actos de habla agresivos y es el hecho de que siempre son ejecutados mediante actos de habla indirectos: insultar, amenazar, difamar o amedrentar no se ejecutan mediante el uso de estos verbos (nadie dice: “te amenazo con X”, “te insulto con Y”, “los difamo con Z”, etc.). Estos verbos caracterizan ciertas clases de actos de habla, mas no se emplean directamente en esos actos de habla. Por otro lado, tenemos una cantidad innumerable de actos locutivos que expresan actos de habla agresivos tales como las amenazas, ofensas, etc.: “eres un imbécil”, “pendejo”, “te voy a partir la madre”, “jódete”, “no te la vas a acabar”, y así sucesivamente. A pesar de que estos actos de habla no son directos en el sentido que tiene ‘directo’ en la teoría, los hablantes de español pueden identificar su fuerza ilocucionaria sin problemas. Así, aunque una ofensa no incluya el verbo ‘ofender’ en el acto de habla, puede ser  identificable por parte del oyente.

De este modo, una manera como se podría establecer una restricción justificada a la libertad de expresión es que el individuo B pueda demostrar que A ha emitido un acto de habla agresivo que alude a su persona. En términos generales, parece ser la solución al problema. Pero el diablo está en los detalles, y así nos topamos con dos problemas: 1) que el tipo de acto de habla pueda ser, en principio, identificable como agresivo; y 2) que el acto de habla afecte no a un individuo, sino a una colectividad (es decir, a ciertos grupos de individuos). Se trata, evidentemente, de dos problemas distintos: el primero es de orden lingüístico, y el segundo de orden ético.

Comencemos con el primero. Como hemos dicho, un hablante normalmente no tendrá problemas para identificar las expresiones verbales de su lengua que manifiestan insultos, difamaciones o provocaciones. Mas no siempre resulta fácil saber si se trata de este tipo de actos de habla o no. En muchas ocasiones, una expresión puede parecer un insulto cuando en realidad se trata de un sarcasmo, una ironía o un chiste. Tal fue el caso de Sean Penn en la ceremonia de los Oscares del 2015: cuando el actor estadounidense anunció que la estatuilla era para al director mexicano Alejandro González Iñárritu, dijo: “¿Quién le dio la Green Card a este hijo de perra?” Lo anterior calificaría como un insulto; sin embargo, resultó que entre Penn y González Iñárritu existe cierta amistad y, según parece, así es la forma en como se tratan ambos. En realidad, la expresión de Penn fue una manera sarcástica, pero también amistosa, de reconocer el trabajo del cineasta mexicano.

Esto nos lleva a tomar en consideración ciertos factores de orden pragmático que no habíamos tomado en cuenta hasta ahora. El acto de habla no está determinado sólo por los aspectos fonológicos o gramaticales, sino que intervienen aspectos pragmáticos como la intencionalidad del hablante, la receptividad del oyente, el contexto comunicativo, etc. En el caso de la afirmación de Sean Penn, es la intención la que determinó que la expresión tuviese un sentido diferente. De igual forma, la información contextual, por su parte, nos permite decidir si el acto de habla es directo o indirecto, si debe tomarse de forma literal o no literal. Por ende, para determinar si un acto de habla es o no agresivo se debe tomar en consideración los aspectos pragmáticos que los rodean.

El caso antes descrito es una muestra de un acto de habla que en apariencia era agresivo pero en realidad no lo fue. No es difícil pensar una situación a la inversa: un insulto, presentado de forma elegante, sutil y disimulado, puede no parecer como tal. De cualquier modo, si se cuenta con información relativa a la intencionalidad del hablante, el contexto en el que se emite y otros datos, se puede elucidar el tipo de acto de habla cuando éste no es transparente. Las dificultades surgen cuando no se cuenta con esa información o el que interpreta el acto de habla la pasa por alto pese a que ésta pueda estar disponible.

Creo que esto es lo que ocurre con la censura políticamente correcta. Los internautas que fungen como vigilantes de las buenas costumbres posmodernas hacen sonar las alarmas ante la mínima sospecha de ofensa, insulto o cualquier agresión verbal hacia la pluralidad racial, sexual, etc. Pero lo que parece ser una ofensa no necesariamente lo es, tal como lo vimos en el caso de Sean Penn. El problema con los censores de la corrección política es que no reconocen que los actos de habla pueden o no ser literales y, desde luego, no consideran los factores pragmáticos como la intencionalidad o el contexto comunicativo. En consecuencia, si no se toman en cuenta estos factores y se emite un veredicto censor sin análisis de fondo, el clamor de censura estará totalmente injustificado.

Pero ya que hemos entrado al tema de la censura políticamente correcta, paso al segundo problema. La caracterización de la libertad de expresión y la posible justificación de la censura la he formulado en términos individuales. Esto se debe a que, en principio, quien estima que lo dicho es una ofensa o un insulto es justamente el individuo que ha sido afectado. Esto es, sin duda, una trivialidad, pero no resulta tan trivial cuando lo vemos en relación con el siguiente problema: ¿qué ocurre cuando los actos de habla agresivos aluden a una colectividad?

Como se ha visto previamente, cuando un hablante emite expresiones denigrantes o insultantes hacia ciertos grupos humanos (“¡Malditos negros!” “¡Pinches indios!”, etc.), no deja lugar a dudas de que se trata de actos de habla agresivos –y, aun en estos casos, hay que considerar contextos donde estas expresiones no sean actos directos, como pueden ser las ironías. Habrá expresiones opacas que sólo la información acerca del contexto comunicativo y la intención del hablante puedan esclarecer.

Pero está también el problema de cómo saber si un colectivo de individuos considera que el acto de habla les resulta ofensivo o insultante. Aquí hay un riesgo de incurrir en la falacia de generalización, al asumir que todos los individuos reaccionarán del mismo modo a los mismos estímulos. Esto atañe a otro factor pragmático a considerar: la receptividad del oyente. Ante un insulto generalizado, algunos podrán reaccionar furiosamente exigiendo la censura, mientras que otros podrán considerar que es dar demasiado importancia y preferirán ignorarlo. Sólo si contáramos con datos estadísticos que mostrasen una tendencia general al interior de un grupo, que revelara que un alto porcentaje considera que tal o cual expresión les resulta ofensiva, tal vez podría justificarse la censura.

Hay también otro intento de justificar la censura que consiste en señalar que ciertas expresiones verbales o manifestaciones culturales –como el cine, los videos musicales, los videojuegos, los cómics, etc. inducen a conductas peligrosas, como la violencia de género o crímenes de odio. Desde luego, la idea de que tales expresiones producen estos efectos supone dos cosas: 1) que los sujetos son enteramente pasivos y sus cerebros pueden ser programados enteramente por estímulos externos, lo que los lleva a actuar como autómatas, y 2) que la receptividad de los sujetos es totalmente homogénea, por lo que todos reaccionarán del mismo modo ante los mismos estímulos. Mas es difícil sostener ambos supuestos. Los censores políticamente correctos tendrán que demostrar científicamente que existe semejante determinismo, aunque el hecho de que los sujetos reaccionan de diferentes modos ante los mismos estímulos ya es suficiente para cuestionarlos.

En términos generales, los censores de la corrección política condenan los perjuicios en contra de ciertos sectores, sin tomar en cuenta si los individuos que forman parte de dichos sectores son realmente afectados. Los censores se ponen en la posición de las víctimas, y a su vez, en la posición de jueces. Sin embargo, para poder justificar la censura, tendrán que aportar razones poderosas, lo que exige, en primera instancia, que demuestren que al menos una mayoría al interior de estos grupos considera que ciertas expresiones o discursos les afectan de alguna manera. Y aun en este escenario, ¿acaso no vale la opinión del 1% que pudiera estar en contra de la censura?

He comenzado este escrito planteando la pregunta de si es justificable la censura. Hasta ahora, la querella individual parece ser el caso donde pueda darse la justificación más fuerte, siempre y cuando el individuo pueda probar que hay un acto de habla agresivo en su contra y que lo perjudica de alguna u otra forma. Cuando se lleva al plano colectivo, las cosas se complican, pues se asume que todos los individuos se sienten perjudicados por igual y, en consecuencia, se justificaría la censura. No sostengo que la censura en este plano sea totalmente improcedente, simplemente quiero señalar las dificultades que surgen cuando ciertos individuos se colocan a sí mismos como portavoces o representantes de colectivos o de la sociedad entera.

Lo anterior muestra una de las estrategias retóricas más usuales en el discurso político, que es pretender justificar ciertas acciones en el nombre de la nación o la sociedad, o en los casos de la corrección política, en nombre de una minoría amenazada. Así, los censores pueden exigir, en nombre de un grupo vulnerable, que ciertos discursos o manifestaciones culturales sean prohibidas. Se puede, en primera instancia, cuestionar la legitimidad de los censores para actuar como representantes o incluso como defensores de ciertos grupos. Pero me interesa más mostrar un supuesto detrás de esta estrategia: asumir que los individuos de la sociedad, sean miembros o no de los grupos vulnerables, carecen de la capacidad de juzgar por sí mismos, por lo cual la censura se torna necesaria.  Dicho en otros términos, los censores presuponen que los integrantes de la sociedad son como niños a quienes hay que señalar qué deben ver, escuchar y leer, aunque los procedimientos y las formas de actuar son diferentes. Estas posturas no son, en el fondo, muy distantes de las pretendidas justificaciones de las dictaduras fascistas o socialistas, que, en nombre de la raza, la nación o la lucha proletaria internacional, operaban la más férrea censura. Semejantes supuestos difícilmente resultan compatibles con una sociedad democrática, que aspira a crear más espacios de libertad y participación ciudadana.

En el fondo, se trata del mismo supuesto determinista que se adopta cuando se cree que la violencia es inducida por videojuegos o shows televisivos: los sujetos son meros receptores pasivos cuyas conductas y pensamientos pueden ser completamente moldeados por los medios u otros sistemas sociales. Muestra de ello es este pasaje del artículo de Mónica Montaño “Alertas de género y de música violenta” (Proyecto Diez, 01/04/2016), en el que la autora define la ‘violencia simbólica’ como “aquella carga cultural que nos hace ver ciertas cosas como normales, que nos van adoctrinando para aceptar ciertas conductas sin que tengamos la capacidad de hacer una discriminación racional de la información recibida”. Como señalé anteriormente, estas aseveraciones exigen pruebas contundentes que permitan mostrar cómo se dan los mecanismos de manipulación o adoctrinamiento. Lamentablemente, los teóricos de humanidades se limitan a suponer esta clase de determinismo social estricto sin explicarlo.

Por otro lado, considero peligroso que ciertos individuos se asuman como vigías morales de los discursos y expresiones culturales. Hasta hace unos años, la vieja guardia conservadora encendía las antorchas ante cualquier cosa que atentara contra la moral cristiana, la familia y las buenas costumbres. Hoy, la censura se hace en nombre de la diversidad de formas de vida. Pero el principio es el mismo: la existencia de una élite que juzga lo que puede ser mostrado en el ámbito público. La pregunta es: ¿necesitamos que existan tales élites? ¿No podemos decidir por nosotros mismos?

Concluyo mi escrito aclarando ciertas cosas. Estoy en contra de la discriminación racial, sexual y social, y considero que se deben tomar medidas para evitar estos prejuicios. Pero no creo que la solución sea la censura. El verdadero reto para una democracia en el siglo presente es vislumbrar las estrategias para eliminar los prejuicios sin atentar contras las libertades individuales. ¿Es posible esto? No tengo una respuesta. Mas, en definitiva, me opongo categóricamente que ciertos grupos minoritarios se proclamen como vigías morales de la sociedad.

Publicado en Análisis social

Democracia.
1. f. Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno.
2. f. Predominio del pueblo en el gobierno político del estado. (RAE)

Durante las elecciones Federales de México, en el año de 2012, en las que se eligieron los cargos de Presidente de la República, Senadores y Diputados Federales, aconteció un movimiento estudiantil denominado “#YoSoy132” -quienes a su vez llamaban este movimiento como “La primavera de México”, nombre derivado de la “Arab Spring” (Primavera Árabe)- de caracter revolucionario contra la imposición y represión del Estado hacia el pueblo, así como libertador de la censura de internet.

El movimiento “#YoSoy132” exigía la democratización de los medios de comunicación y el rechazo ante la imposición mediática favorable al entonces candidato del PRI (Partido Revolucionario Institucional), Enrique Peña Nieto. Este movimiento fue protagonista de múltiples protestas pacíficas, cuya primicia implícita era la manifestación de que el pueblo mexicano había “despertado” de su apatía, indiferencia y tolerancia ante los agravios, reprimendas y corrupción de la democracia mexicana.

Desde entonces, han existido muchos otro movimientos de protesta; muchas otros casos (algunos trágicos) que han llevado al pueblo mexicano a participar y exigir su “democracia”: Con pancartas con leyendas tales como “La democracia en México continúa secuestrada”, exhibidas en una protesta por nativos mexicanos y simpatizantes en la ciudad de New York el sábado 1 de septiembre de 2012, han demostrado su descontento. Otro ejemplo, del llamado al despertar ciudadano, fue visto la máxima casa de estudios de México, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), con la convocatoria a la conferencia: “Sin protesta no hay democracia. Libertad de expresión ante las fuerzas de seguridad” programada el día 7 y 8 de agosto del 2014 en la Casa Universitaria de Libro en UNAM.

Este tipo de manifestaciones y expresiones sobre la libertad y la democracia han sido en México, desde las pasadas elecciones Federales de 2012, un parteaguas de lo que hoy no es sino otra muestra más de la inmadurez cultural y política del pueblo mexicano, secuestrando ideologías políticas y teniéndolas como rehenes de sus berrinches pseudo-patrióticos ante la injusticia y la corrupción política gubernamental del Estado. Un movimiento, un acto que jamás entenderé, exige justicia a quien la ha parcializado; exige libertad a quien la ha robado; demanda derechos a quienes te los ha arrebatado. Según lo veo yo, es exigir al lobo que por favor, no se robe a los corderos, esperando que el lobo entre en razón y deje de actuar según su código natural, su instinto. Sin embargo, de mi opinión al respecto, este ideal de “protesta = libertad/democracia” es mucho mayor que cualquier argumento o razón que le contradiga, es pues, una mayoría aplastante.

En este año, 2015, se preparan y se llevan a cabo las pre-campañas electorales de comicios federales y estatales, motivo por el cual la hipocresía mexicana ya salió a lucir su vestido de gala: adornado de mediocridad e inmadurez.

El pasado 14 de febrero de 2014, fue promulgada la aprobación de la reforma electoral que “permite” y reconoce a las “Candidaturas cívicas (independientes)” a forma de garantizar lo estipulado en el Artículo 35 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, la cual dicta el derecho fundamental de todo ciudadano para votar y ser votado para un cargo de elección popular. Esto es, si acaso no se sobre-entiende, el derecho que todo mexicano tiene de ejercer su poder democrático. Sin embargo, la respuesta al efectivo uso de este derecho así como de la reforma electoral, ha sido de dimensiones sorprendentemente incongruentes a lo manifestado, a lo protestado hace 3 años encabezado con el movimiento “#YoSoy132”.

En Guadalajara, Jalisco, sucedió un estremecimiento social ante la noticia de la postulación, como candidato independiente a la presidencia municipal de la ciudad, del ciudadano Guillermo Cienfuegos, quien es mayormente conocido por su personaje “Lagrimita”, un payaso presentador de un programa de entretenimiento en Televisa Gdl.

La incredulidad, como respuesta sorpresiva ante este anuncio, fue avasalladoramente continuada por una suerte de indignación social mostrada en comentarios sobre la noticia en medios de difusión, como redes sociales y portales de noticias.

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Los “memes” y demás comentarios siguen surgiendo en estos medios, en los que se ridiculiza y se ironiza sobre la “condición” de la política del pueblo por la permisión que se le ha otorgado a este ciudadano de presentarse como candidato a la presidencia municipal. Pero el payaso “Lagrimita” sólo fue el primero de los candidatos civiles que se han lanzado por un cargo popular. Otros candidatos que figuran en los medios, son el exfutbolista Cuauhtémoc Blanco, quien habría de postularse a la presidencia municipal de Morelos por parte del Partido Social Demócrata; En Guerreo otro exfutbolista, Jorge Campos, apadrinado por el mismo partido (PSD), optaría ir a la contienda por el cargo de presidente municipal en Acapulco, Guerrero (aunque la segunda noticia no ha sido confirmada).

Los comentarios humoristas y burlescos se encuentran en todos lados, incluso encontramos comentarios en los que se reflexiona y se dice “Preferible a los lacras ya conocidos”; sin embargo, el motivo de este artículo es sólo para señalar la incongruencia del pueblo mexicano, exhibida en la respuesta social ante estas noticias. El humor es esta hoja de doble filo que exhibe la inmadurez del mexicano así como la apatía e indiferencia y, a su vez, es una forma de crítica no formal que permite al pueblo manifestar su inconformidad e indignación.

Sin embargo ¿realmente es motivo de indignación la postulación de estos personajes a un cargo público? El “argumento” más redundante en los comentarios, que muestran desagrado ante el suceso, asegura que un cargo público debe ser tomado por una persona “preparada”… que la falta de preparación de estos personajes es una burla al sistema y al pueblo.

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En el caso de “Lagrimita” se hizo viral un video en que el candidato, durante mitin público en una plaza de Guadalajara, es cuestionado sobre qué tipo de “políticas” presentaría en su campaña, a lo que el candidato responde pobremente (mostrando una falta de preparación para tales eventos) con una apócope al reportero, llamándole “pagado” disuadiendo así el encaramiento referente a los planes que su campaña supondría. Sobre este suceso, estoy de acuerdo y manifiesto la falla en la estrategia de “popularidad” que presentó el candidato, obviando que ésta le dimitiría de responder una duda fundamental en lo que respecta a una campaña política. Este error, sin embargo, fue seguido por múltiples comentarios en los que se cuestiona, ya no la campaña del candidato cívico, sino la persona moral: se cuestionan hechos y rumores de Cienfuegos sobre jóvenes menores de edad embarazadas; sobre tragedias acontecidas en el programa de televisión del candidato.

Es aquí que llamo a la reflexión, nuevamente. Es necesario investigar toda nota virtual relacionada con estos candidatos; investigar todo “meme” que encontremos entre nuestros contactos de redes sociales (o en su defecto en nuestro timeline); es aquí que llamo a la reflexión no de la noticia, sino de la repuesta que esta noticia genera.

Observemos los comentarios escritos por ciudadanos, como tú, como yo, como los candidatos de partidos políticos, como los candidatos de partidos independientes: ciudadanos. Comentarios que hacen gala de su intolerancia social, que ridiculizan a un sujeto por su anterior trabajo (payaso o futbolista); comentarios llenos de inmadurez e incongruencia política-cultural.

Hace 3 años, todo México se cimbró en las protestas y manifestaciones públicas, las cuales exigían democracia y libertad, justicia e igualdad. Muchos mexicanos, como su servidor, vimos en estas protestas y manifestaciones, exhibiciones burdas de ignorancia, de berrinches sociales erróneamente fundamentados en ideales político-culturales, de los cuales no comprendían la amplitud y extensión que abarcan en realidad: ¿Exigen democracia y presumen de tenerla y hacerla presente en el acto de la protesta, pero se indignan y se burlan de quienes, respaldados por las mismas garantías constitucionales, hacen efectivo su derecho a postularse en un cargo público? ¿Exigen candidatos “capacitados” y no son capaces (el pueblo mexicano) de respetar el ejercicio de un derecho constitucional por parte de un sujeto “del pueblo”? ¿Acaso el derecho a exigir el cumplimiento de alguna garantía constitucional, sólo es efectiva si quien lo exige se auto-condiciona “mártir” del gobierno?

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Yo no votaré por “Lagrimita", a decir verdad estas próximas elecciones, volveré a mi condición de “demócrata apartidista” (no votante) y dejaré que el pueblo, al cual pertenezco, del cual soy, elija lo que crea conveniente y favorable para el pueblo, estando de antemano de acuerdo con el resultado ya que si el pueblo lo eligió y yo soy del pueblo, así decida en último momento votar por algún candidato, el resultado y la aceptación de dicho resultado es parte de ser “demócrata”.

No por ello, ridiculizaré a un candidato, me burlaré de su persona o caeré en la patética incongruencia de ser un mexicano más que escribe pancartitas lindas con frases de gomita rosa y masticable, adornadas de ideales huecos y berrinchudos como “libertad, democracia, pueblo”, para luego dirigirme a humillar y ridiculizar un proceso y un ejercicio legal y fielmente constitucional, democrático.

Dicho lo anterior, termino con la reflexión de que quizá, para las siguiente elecciones municipales, aquí en mi pueblo, Chapala, inicie una candidatura independiente para alimentarme del odio, el repudio y la burla pública porque: No soy una persona apta para gobernar, sólo soy un payaso que escribe payasadas llenas de repudio social y, además, soy un cobarde que sólo lo hace en Facebook, en lugar de salir a la calle y armarme con mi manto sagrado.

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