Entre Yalitza Aparicio y Ben Shapiro. Sobre los síntomas de lo políticamente correcto

Por: Paris González Aguirre

Ahora que ya ha pasado el furor de los Oscar, que ya se han apaciguado los ánimos, es pertinente hablar del revuelo que causó Yalitza y su nominación por su actuación en la película Roma. Si bien es un acto de discriminación positiva (si es que esa cosa existe), el asunto va más allá. Su raigambre es mucho más profunda y perversa. Nos habla de dos cosas: la primera es que se tiene la perenne necesidad de ser políticamente correctos, que ello se ha vuelto la directriz en nuestras relaciones sociales. La posibilidad de ofender al otro es una constante, lo cual constriñe y vuelve falsas nuestras interacciones, si es que estas están basadas en ser políticamente correctos, aclaro. La segunda y más terrible, es que uno debe tener especial cuidado con lo que dice, dónde lo dice y a quién se lo dice porque ahora, en este momento particular de la historia y debido a las formas de comunicación que tenemos y su inmediatez, podemos ser expuestos en cuestión de segundos, ante un público extenso. La opinión que solía conservarse como íntima, ahora se convierte en un lastre, algo que puede regresar a mordernos el trasero. Basta con ver a Sergio Goyri, un actor de telenovelas y cine mexicano, quien en una cena con amigos se quejaba de Yalitza, refiriéndose a ella de manera peyorativa como india e hizo hincapié en que, según él, ella no sabía actuar, puesto que lo único que hizo fue decir: “sí señora. No señora.” E infirió que eso debió salirle natural, lo que indica que, por los orígenes de Yalitza, lo único a lo que debería aspirar es a ser una trabajadora doméstica, no una actriz. Para su desgracia, su novia estaba grabando en ese momento y tuvimos la fortuna de que lo subiera Instagram. Esto muestra varias cosas importantes: el clasismo mexicano, el doble discurso, la sistemática descalificación y violencia hacia las mujeres, el menosprecio hacia lo indígena, entre otras cosas que se deben señalar. Aunado a eso, emerge una arista que generalmente se da por hecho: el límite entre lo público y lo privado y las consecuencias de externar lo que se tiene en el interior. Eso que uno piensa, la más radical subjetividad, ahora se pone en tela de juicio, en virtud de la buena conciencia, de lo políticamente correcto, de lo que muchos y muchas intuyen que es encomiable o lo que [creen que] piensan que es deseable. Aquí debo declarar que Yalitza no me parece una mujer guapa. Y, como más vale curarse en salud, esto no significa que mi ideal de belleza sea el de una mujer blanca clasemediera anglosajona. Más bien me inclino por la estética que presenta @mexicanomx[1]se acerca más a lo que yo, Paris González Aguirre podría considerar como una mexicana o un mexicano hermosos. Sé que hay a las que Yalitza les parece bonita o guapa. A mí no. Como tampoco me parecen guapas Shakira, Cardi B o las Kardashian. Y punto. Sin embargo, si vemos en las revistas o los noticieros, la forma en cómo se refiere a ella y nos los han hecho saber, ad nauseam: “¡La hermosísima, la guapísima, la bellísima!” uno puede intuir que su postura es artificial, que responde más bien a la tendencia de aceptar lo que en otro momento y contexto, se dejaría de lado. Sobre su actuación no tengo nada que decir, porque no tengo las herramientas, ni mucho menos el conocimiento para emitir una opinión informada u objetiva. Pudo haber sido buena o mala, pero a mí no me pareció terrible, como he escuchado y leído. Roma, me pareció buena (lo digo como un aficionado común). Es muy lenta, mucho, mucho muy lenta, pero hasta ahí puedo emitir un juicio. Sin embargo, esa es mi opinión, desde la ignorancia, por supuesto. Y es aquí donde se encuentra lo preocupante del asunto, que yo tuve que decir todo lo anterior para sustentar mi subjetividad, ante otro que posiblemente pueda leer esto y se sienta ligeramente ofendido y tome cartas en el asunto. Porque linchar a una persona, en la Internet, es muy, muy sencillo. Basta con subir una imagen o video, colgarse de un tema trendy en la Internet (derechos de los animales, "feminazis", secuestros de menores, tráfico de órganos) y alguien, sin duda, lo va a compartir sin pedir más explicaciones. No es gratuito que haya personas compartiendo en Facebookla foto de Mia Khalifa o Jordi ENP bajo el argumento de que son estudiantes de cierta escuela que recibieron un premio, pero nadie se los reconoce. Esto tiene que ver con la confianza que se deposita en la información que se distribuye en la red. Se asume que lo que se dice ahí debe ser verdad. Esto se pone en evidencia cuando volteamos a ver las pasadas elecciones en las que ejércitos de bots, de todos los partidos, se encargaron de descalificar a los candidatos con noticias falsas, memes, datos duros o meros chismes. Sembrar la duda sobre alguien daña la imagen que se tiene, ya sea que se desmienta o no. Esa mancha permanece. Invito a la lectora o al lector que googlee a Sergio Goyri para que den cuenta que no miento.  Esto pone en evidencia la necesidad de reservarse lo que uno piensa, pues se corre el riesgo de que se vuelva en contra nuestra. Y más si esto es publicado en alguna plataforma de la Internet. Es así que la emergencia de personajes como Benjamin Shapiro llaman tanto la atención, pues sus posturas radicales y ultra conservadoras no son sino un síntoma de lo constreñida que está la opinión pública. Con esto no insinúo ni de lejos que estoy de acuerdo con lo que propone, ni mucho menos con su empecinada forma de descalificar a los que piensan diferente a él. Sin embargo, las maneras en que se le enaltece y que haya quien le considere un individuo agudo y acertado, implica que hay cosas que quieren decirse, asuntos que deben ponerse en duda y que pocas personas lo hacen, por miedo al escarnio social, al vituperio. Es bastante difícil hablar con los y las fanáticas, de cualquier rubro, ya sean conservadores, grafiteros, mamás pro lactancia, o, mi caso, aficionados de Star Wars. Cuando alguien cree tener la verdad última, difícilmente habrá un diálogo. Por ejemplo, a mí nadie me va a convencer del orden en que uno debe ver Star Wars. O se ven Rogue One, episodios IV, V y VI, The Clone Wars, Rebels, episodios I, II, y III, VII y VIII o mejor ni para qué acercarse a la saga (ojo. Esto debe leerse con sarcasmo). Lo que intento señalar con esto es que lo liminal de lo público y lo privado se desdibuja, mientras que lo particular se vuelve presa del escrutinio del otro. Nos sentimos con todo el derecho [a veces, hasta con el deber] de señalar las faltas en el otro, como si de entrada careciéramos de defectos y cuestiones que pudieran ser señaladas. Con esto no pretendo colocarme en un lugar moralmente privilegiado. Por el contrario, mis taras son suficientes para hacer un libro, con muchos volúmenes. Mi intención es poner sobre la mesa el asunto de lo políticamente correcto y como ello, llevado a un extremo, puede derivar en que lo dicho por gente como Trump, Bolsonaro o Shapiro tengan eco en tantas personas. Por supuesto que es importante enaltecer el hecho de que una compatriota haya sido nominada para el Oscar, pero, parafraseando a Walter Benjamin, también es menester observar las partes perversas de nuestra realidad, pues eso podría permitir una mayor visión de la realidad en que vivimos. Lo indicado sería que todos los temas estuvieran sujetos a debate, con argumentos sólidos y datos objetivos, en la medida de lo posible. Creo que una de las cosas más interesantes que ha dicho Shapiro es quea los datos no le importan tus sentimientos, aunque claramente no funciona así para él, pues asume que con el simple hecho de decir “no. El género no está desconectado del sexo” ya tiene la razón, cuando es un asunto mucho más complicado que sus sentimientos y posturas personales. El problema es que muchas veces no se aceptan datos que contradigan el propio sentir y se piensa que con desearlo lo suficiente se puede sustentar una postura provocadora. En última instancia, los cuestionamientos no deberían girar en torno a si Bolsonaro, Shapiro o Trump están bien o mal, sino que más bien habría que preguntar ¿Qué tanto de su discurso es alimentado por la cautela que deriva de las “buenas costumbres”? ¿Cuánto de eso que dicen nos causa eco? ¿Qué tanto estamos dispuestos a arriesgar, con objeto de defender nuestra libertad de expresión? Quién sabe, quizá las respuestas puedan sorprendernos.



[1]https://www.instagram.com/mexicanomx/?hl=es-la

Publicado en Análisis social

Para algunas personas entender el concepto de género como constructo social es problemático. Mucho más el comprender la posibilidad de que alguien que nació con pene se identifique como mujer, pues sale de sus estructuras mentales y se refugian en el argumento anquilosado de que la función del órgano determina su lugar en el mundo: “si tiene pene, es hombre. Si tiene vagina, es mujer. Esto es natural y biológico” Y listo. Sin embargo, es mucho más complejo que eso. La cuestión es que se están mezclando funciones biológicas del cuerpo humano, que no son exclusivas de él, con constructos humanos. Sería lo mismo que si comparáramos una estalagmita con la torre Eiffel. Una es natural, generada a partir de procesos naturales, mientras que la otra es un monumento creado por el ser humano, con un fin particular, con significados que sólo nuestra especie puede comprender. Es entonces que afirmar que quien tiene pene, el instrumento del macho para preñar a la hembra, es necesariamente un hombre, no es más que una falacia apresurada, puesto que ahí se están enredando, de manera tramposa, cuestiones naturales con constructos sociales. Desde ahí emerge la confusión entre lo que es el género[1] y el sexo, cuyas características son distintas.

En virtud de la claridad, recurriré a estrategias didácticas básicas a partir de dos ejemplos: el primero girará en torno a la percepción de los colores, el segundo señala los comportamientos al interior de una comunidad de chimpancés. Cada cual busca contrastar las particularidades del ser humano y como éste las usa para construir su realidad exclusiva.

Para ello señalo la inexistencia del color, pues muestra cómo el ser humano crea conceptos para explicar lo que sucede fuera de él. No es diferente lo que sucede con los colores que vemos en nuestra vida diaria, pues ellos, por sí, no están ahí, sino que el ser humano lee la descomposición de la luz.[2] Para explicar eso que ve, se crea el concepto de color. Sin embargo, en la naturaleza, fuera del mundo humano, no existe. Es algo que el ser humano impone a su entorno, para luego elevarlo a la categoría de universal: si es así para él, será así para todos los entes. Esto muestra la forma en que el ser humano imputa sus particularidades a la realidad externa. Esta imposición cultural y conceptual se encuentra en íntima relación con el siguiente ejemplo, que nos habla del comportamiento social de una manada de monos, pues se asemeja al nuestro: al interior hay roles definidos, jerarquías y funciones de cada cual. Sin embargo, entre ellos no hay un consenso sobre las nociones de hombre y mujeres, ya que eso es una construcción social humana. Nosotros interpretamos sus comportamientos en clave antropomórfica, como hacemos con buena parte de la fauna del planeta. Aquí no se niega que existen funciones de macho y hembra, que están directamente relacionadas con la procreación y el sexo de cada uno de los individuos -eso sería negar la polinización o germinación de las semillas-. Hasta donde sabemos, la forma en la que se crean nuevos organismos de forma natural, sólo ocurre de manera sexual y asexual. Aquí nada más nos interesa la primera, pues para fertilizar se requiere, generalmente, un segundo individuo de sexo distinto. 

Desde el simple hecho de llamarles manada, incluso monos, ya estamos aludiendo a una construcción social, generada exclusivamente por el ser humano. Imaginemos que pudiéramos comunicarnos con ellos, de una forma clara y bidireccional, que pudieran entender lo que nosotros les decimos y viceversa. Si les dijéramos que son monos, difícilmente se identificarían con eso que nosotros llamamos monos o monkeys. Y aquí entra la parte compleja: nosotros los llamamos así porque necesitamos interactuar con nuestro entorno. Pero, al momento de darles un nombre, no sólo los diferenciamos de nosotros como humanos, sino que les estamos imponiendo un nombre que, en la naturaleza, en el ámbito de la biología, no existe. El león, la hiena, la jirafa, el nogal, la tierra, el polvo y cualquier otro concepto inventado por el hombre, no tienen una existencia real, que se encuentre en la naturaleza. Existen porque nosotros les damos existencia. Para las abejas, el polen no es polen. Quién sabe que sea, pero polen, en definitiva, no. Eso lo afirmamos nosotros. Le damos (una) existencia al categorizarlo, en un afán de conocer y, por ende, controlar.

Si esto es demasiado complicado, pongamos un ejemplo mucho más fácil: el maíz. En México sabemos que es una planta. Sin embargo, no en todo el mundo se conoce como maíz. En otros lugares se le conoce como choclo, avatí, malajo, borona, altoverde y muchas otras. Y no existe mayor problema en identificarlo con un nombre distinto, pues no atenta contra su naturaleza ni sus funciones especiales. Esto nos permite ver que lo que nosotros nombramos, no tiene un sentido univoco ni se relaciona con una verdad última que nosotros debamos descubrir. Todo nuestro mundo es una mera construcción social. No es diferente con el género. Si hacemos la distinción entre macho/hembra, refiriendo exclusivamente a la función natural de procrear y hombre/mujer, con sus roles particulares, creados a partir de consensos sociales, por costumbre, entonces dejará de parecernos extraño e inconcebible que alguien con pene se identifique como mujer o alguien con vagina se identifique como hombre. Ahí radica la diferencia, en la identificación, en colocarse en un lugar específico, al interior de una sociedad particular. Que estos instrumentos naturales de procreación, el pene y la vagina, se hayan relacionado con los roles de género, es la razón por la cual se insiste en que la biología, que nos remite al macho y la hembra, son los que determinan el género binario. Por eso la posibilidad de asumirse o identificarse como mujer u hombre. No hay que perder de vista que el pene o la vagina son meros instrumentos para reproducción, mientras que el concepto de hombre y mujer, con sus respectivos roles, son constructos sociales que se confunden con cuestiones biologicistas.

En última instancia, quien afirma que, al tener pene o vagina, automáticamente se es un hombre o mujer, necesariamente pone en la misma categoría a los perros, los gatos, los burros, los caballos y a cualquier ente que se reproduzca mediante copula, pues lo hacen justamente a través de la vagina y el pene. Por ende, el argumento de que el órgano genital determina su adhesión a las categorías de hombre o mujer, de manera “natural y biológica”, irremediablemente coloca en el mismo lugar a cualquiera que tenga esos elementos. Y si aún queda duda, pensemos en qué fue primero: ¿El lenguaje o el mundo? Es aquí que se vuelve necesario hacer una distinción entre planeta tierra, eso que estamos pisando y nos mantiene y el mundo, como construcción social, que es definido mediante el lenguaje. Por ende, primero fue el lenguaje, eso que nos permite construir y organizar nuestra realidad.

 


[1]Cabe mencionar que al ser este un ensayo didáctico, sólo me refiero al género binario, sin abordar el abanico de posibilidades que presenta.

Publicado en Divulgación

El otro no existe. No, a menos que podamos modificarlo a nuestro antojo y hacer que se parezca a nosotros, educarlo por una causa; sólo en ese momento el otro, el desconocido, adquiere existencia, adquiere un nombre.

El otro es una suerte de animal salvaje que vaga por las llanuras de las avenidas pavimentadas y las accidentadas callejuelas adoquinadas, se esconde bajo la sombra de los árboles raquíticos de los camellones, como si ocultara el pecado entre sus ropas pasadas de moda; anda sobre sus pies, lanzando piropos por entre los dientes a cuantas personas ve pasar: un violento que busca pasar desapercibido a ojos de “la buena sociedad”.

-          ¡Debemos educarlo! – gritan en la esquina del listado eterno de comentarios en Facebook- No, debemos aniquilarlo, desaparecerlo- responden los extremistas, acompañando el mensaje con algunas reacciones representativas del enojo, del desprecio, del odio.

El otro, el innombrable, el macho, el asesino, el violento, el salvaje, el maltratador, fumador, contaminante, antiorgánico, no lee los mensajes bajo el video que lo muestra a él siguiendo lascivamente con la mirada el contoneo de las nalgas de una mujer en el Centro de la ciudad, un chiflido, unas palabras: su violencia es evidente, sus mecanismos de seducción no concuerdan con los ritos sociales aceptados por aquella que camina tranquilamente, “hacia la justicia, hacia la libertad”, ni por aquellos que miran con arrogancia detrás del monitor.

Despojado de su nombre pero a la vez nombrado de mil maneras, el otro desaparece en un mar de odio y desconocimiento. Se vuelve un personaje, un avatar de sí mismo; el otro, a ojos de la mayoría apabullante en redes sociales, se vuelve aquel que dedica su vida sólo a mirar: no tiene trabajo, no tiene familia, no tiene relaciones sociales, es más, no come, no respira… es pedestre, ese es su pecado.

Pero no el único. Quizá su mayor pecado sea haber nacido pobre. La falta de capital económico lo orilla a no sentir como propios los ritos establecidos por aquellos que se han ganado la vida trabajando “honradamente”, que tienen consciencia de clase, un sistema de valores internalizados de los cuales no participa.

Los mercadólogos, en un afán de nombrar grupalmente a sujetos de acuerdo a sus hábitos de consumo, definieron a la Generación X como “la generación perdida”. Su falta de conciencia de clase hacía que la generación no participara del boom de consumo de la década de 1980 -que, por cierto, más tarde se les olvidaría-, arrobados por la música, la ropa barata-rota y el alcohol callejero, compartían espacios públicos sin importar el poder adquisitivo del otro, sin establecer ritualidades distintas para cada una de las clases sociales.

Se entiende la preocupación del sector productivo y su posterior aprendizaje. Si algo les dejó ese fracaso generacional fue la necesidad de establecer una segmentación, un punto que hiciera que unos se sintieran mejor que otros a partir de los objetos que pudieran consumir. Pese a la ausencia de conciencia de clase podían dividir a la Generación X en tres sectores: aquellos que tenían capital económico, aquellos que tenían poco capital económico y aquellos que no lo tenían.

Sabemos bien que la Generación X, los Millenial y Zillenial, no son otra cosa que afanes reduccionistas para encasillar a un grupo de consumidores potenciales. ¿El problema? Funciona bastante bien a la hora de hablar de ellos en lo general -sobre todo si nos referimos a la clase media- aunque no podemos saber si fueron los mercadólogos quienes estudiaron los comportamientos generacionales o, antes bien, son ellos quienes crearon dichas generaciones y sus respectivos nichos de consumo.

Para un mercadólogo un cholo seguirá siendo cholo pese al paso del tiempo. Su bajo poder adquisitivo lo define, la ritualidad de sus acciones será aprendida a través de una mercadotecnia dirigida para su clase. Sus hábitos de consumo serán delimitados por aquello que la necesidad determine, pero no sólo eso: su comportamiento social, sus relaciones personales, su manera de amar, de seducir, también serán parte de una ritualidad aprendida de forma generacional.

El pobre, el despojo social, no entrará en las definiciones de los mercadólogos. Atado por la necesidad escapará de las condiciones de consumo establecidas para formar parte de una nomenclatura generacional. Su consumo cultural se restringirá a aquello que llegue a aprender en las calles o, muchas veces, entre las clases bajas, en la cual puede moverse sin ninguna dificultad, pero no participando de ella.

El consumo mayoritario estará enfocado en otro lado. La separación será evidente. La brecha entre las clases sociales ya no sólo será económica, sino que, ahora, será cultural; la imposibilidad de entender al otro, al cholo, al pobre, al que no tiene poder adquisitivo, sólo será posible a partir de la conciencia de clase. La clase media se alzará como poseedora de una verdad ideológica y mirará con desdén a todos aquellos que no participen de la misma.

Será la clase media educada, “la buena sociedad”, la que establezca las normativas morales de las cuales todos -sin contar con la participación de los dueños de los grandes capitales- tendrán que participar, so pena de ser excluido, de ser señalado como “el otro”.

La clase media, los Millenials -un sector ya definido enteramente por sus hábitos de consumo-, establecerá las nuevas ritualidades de las cuales sólo ellos podrán participar. Las formas de seducción que se seguirán ejerciendo en los estratos bajos de la sociedad pasarán a ser una violentación ante su presencia; el salvajismo con el que el otro-pobre coquetea con la otra-pobre no cabe en los paradigmas morales de las nuevas prerrogativas protegidas con ahínco religioso por los nuevos privilegiados sociales.

El espacio público se convertirá, entonces, en espacio de disputa – o en disputa-. El otro, el pobre, el sin nombre, el de ritualidades violentas para la seducción, mirará a una Mariana, una Sofía, una Sandra, a las cuales jamás podrá acceder debido a su condición, a la forma “violenta” en la que se han sedimentado ciertos aspectos de su cultura, de su comportamiento. En cambio, los poseedores de la verdad, “las buenas conciencias”, clamarán detrás de sus monitores, mientras observan a ese “pervertido” seguir con la mirada a la guapa joven de tez clara y lentes oscuros, por la reeducación de los sin nombre, el adoctrinamiento para que -no participando del espacio público- aprendan a negar su “animalidad”, su salvajismo de callejón oscuro, y participen, de una vez por todas, del consumo responsable, aunque para ello el dinero nunca será suficiente.

El otro vuelve a la sombra. Se acurruca en el camellón mientras, a sabiendas de su pecado, mira a la gente pasar a su alrededor.

Publicado en Análisis social

En 1996, apareció un artículo publicado en la revista Social Text titulado “Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity”, firmado por el físico Alan Sokal, que produjo gran revuelo al darse a conocer, por parte del propio autor, que se trataba de una broma. La pretensión del científico era evidenciar dos cosas: la falta de criterios en ciertas publicaciones académicas, particularmente las de orientación posmoderna o “post-estructuralista”, que tienden a aceptar cualquier texto con un estilo de redacción afín; y el empleo inadecuado de términos científicos, que caracteriza buena parte de los textos que se relacionan con estas orientaciones.

A raíz de su publicación, surgieron fuertes debates entre los intelectuales, que se dividieron en dos bandos: unos alabando la broma de Sokal como una forma de exhibir la pobreza conceptual y argumentativa de ciertas modas académicas, otros defendiendo la legitimidad de las posturas posmodernas como auténticos programas de investigación en las disciplinas humanísticas. Quizás la consecuencia más importante del llamado “affaire Sokal” fue llamar la atención del estilo oscuro e inteligible, la ausencia de bases teóricas sólidas y la vaguedad conceptual que caracterizan a las posturas que suelen rotularse bajo el término “posmodernismo”.

Pero parece que la lección no fue aprendida. Recientemente, dos filósofos norteamericanos, Peter Boghossian y James Lindsay realizaron una broma similar, con la aparición de su artículo “The Conceptual Penis as a Social Construct” para la revista Cogent Social Sciences (una publicación interdisciplinaria con claras inclinaciones posmodernas). Aún es prematuro predecir qué reacciones producirá esta nueva farsa, dado que el artículo fue publicado hace muy poco tiempo, pero los autores han puesto en claro cuáles eran sus pretensiones (el lector podrá encontrar los detalles de la broma por parte de los propios involucrados en el siguiente enlace: http://www.skeptic.com/reading_room/conceptual-penis-social-contruct-sokal-style-hoax-on-gender-studies/).

A pesar de las semejanzas con la parodia de Sokal, existen diferencias respecto de la efectuada por Boghossian y Lindsay. Aunque en ambos casos se evidenció la laxitud en cuanto a los criterios editoriales de revistas “de prestigio” académico, una de las intenciones principales del físico era criticar el mal uso de la terminología de la física y las matemáticas en contextos ajenos a estas disciplinas. Por su parte, Boghossian y Lindsay, a diferencia de Sokal, pretenden mostrar que la aceptación de ciertos textos para ser publicados en estas revistas responde a ciertas inclinaciones ideológicas: los textos son aprobados si están en conformidad con los valores morales de los editores o el público para el que están destinados. Pero incluso en los puntos en común que hay en ambos embustes, podemos encontrar ciertos detalles que merecen especial atención. Por ello, lo que propongo en este breve artículo es realizar una sucinta reflexión sobre el nuevo “affaire Boghossian/Lindsay”, pues me parece que se pueden extraer ciertas consecuencias muy importantes para diagnosticar nuestros contextos académicos locales ya que, pese a las diferencias existentes entre el medio académico norteamericano y el nuestro, creo que hay ciertos problemas en común.

 

La industria editorial académica

Los problemas de cómo se manejan las publicaciones académicas suele ser tema de pasillos en las universidades, aunque pocos se han dedicado a estudiarlos y, menos aún, de mostrarlos públicamente. Salvo algunos casos de plagio que han sido exhibidos en los medios, los problemas relativos a las políticas de la industria editorial académica han sido poco abordados. A mi juicio, esta clase de parodias han mostrado únicamente la punta del iceberg.

Según lo relatan los propios autores, “The Conceptual Penis as a Social Construct” pasó por los usuales filtros editoriales previos a su publicación, incluyendo la revisión de pares. Para quienes no estén familiarizados, este tipo de revisión consiste en un proceso de “doble ceguera”, en el que el texto es leído y evaluado por académicos –que, por lo general, son integrantes del plantel editorial de la revista, pero también pueden ser investigadores externos, que se designan por su experticia en el tema abordado-, y tanto el autor como los revisores permanecen anónimos en el proceso. En principio, este tipo de revisiones garantizaría que los trabajos dictaminados favorablemente cumplirían con los requisitos formales y de contenido exigidos por las revistas y las normas de publicaciones académicas, tanto nacionales como internacionales. Obviamente, los filtros no son infalibles y es de esperarse que puedan aparecer artículos de baja calidad, fraudes, plagios o parodias deliberadas como éstas, incluso en publicaciones rigurosas en cuanto a sus políticas editoriales. Esto ha ocurrido también en prestigiadas revistas científicas. No obstante, cabe preguntar: ¿es posible que cierto tipo de publicaciones académicas sean más propensas a aceptar bulos o textos impublicables?

En particular, Boghossian y Lindsay señalan directamente a las revistas de paga (pay-to-publish journals), que, como su nombre lo indica, son publicaciones en las que los autores pagan cierta cantidad de dinero para ver publicados sus trabajos. Aunque los autores no censuran la existencia de este tipo de publicaciones, sí lamentan que éstas suelen poseer reglamentos de dictaminen muy laxos, puesto que se guían por el principio de “al cliente lo que pida”. Esto empobrece la calidad académica de las revistas, pues abre la posibilidad de que cualquier clase de texto sea aprobado y aparezca en sus páginas. Desde luego, esto abre toda una serie de problemas, que formularé a modo de preguntas: considerando lo anterior, ¿deberían recibir certificaciones internacionales las revistas de paga? ¿Es legítimo que puedan adquirir el ISSN (International Standard Serial Number)? ¿Se deberían imponer, a estas revistas, reglas básicas para garantizar la calidad académica? ¿Se deberían considerar como parte del currículum profesional de un investigador los artículos publicados de esta forma?

Pero el problema de las revistas de paga parece ser consecuencia de uno más profundo, que destacan ambos investigadores: la política académica de “publica o perece” (publish-or-perish). Dadas las exigencias institucionales para la obtención de plazas en docencia o investigación o para tener acceso a recursos económicos –públicos o privados- para financiar proyectos académicos, entre otras cosas, los docentes e investigadores se ven presionados a redactar y publicar trabajos en periodos de tiempo muy reducidos, lo cual puede incidir en la calidad de los productos. En nuestro contexto nacional, tenemos ejemplos muy claros al respecto: el ingreso y permanencia en el perfil PRODEP o el Sistema Nacional de Investigadores de Conacyt se basa más en la cantidad de publicaciones que en la calidad de las mismas (entre otros rubros). Considerando que los investigadores están obligados a publicar con tal de seguir estos requerimientos institucionales, las revistas de paga pueden ser una opción fácil y rápida para salir al paso. Claro está, aquí partimos del supuesto de un hipotético investigador honesto, pues el problema empeora con investigadores que mantienen su perfil curricular mediante procedimientos poco éticos o incluso ilícitos, como el plagio, y las revistas de paga pueden servir como el escaparate perfecto. Desde luego, esto nos lleva a un tema mucho más amplio y complejo, que atañe a los modelos educativos y las políticas institucionales para incentivar la investigación en ciencias y humanidades. Entrar a detalle en estos asuntos excede los propósitos de este texto (y también el de Boghossian y Lindsay, que señalan someramente estos mismos problemas, aunque en las circunstancias específicas en EU son distintas), y me limito a opinar, a título personal, que si bien la competencia y la cantidad a corto plazo pueden incentivar la producción en el ámbito económico, no necesariamente es así en el ámbito académico. El problema es suponer que en ambos casos se debe proceder del mismo modo.

Como puede apreciarse, estas complejidades no son características únicamente de las modas posmodernas, ya que cualquier tipo de publicación académica puede estar propensa a estos vicios. Sin embargo, hay ciertas peculiaridades que, a juicio de los autores, parecen presentarse en las revistas de orientación posmoderna, lo cual nos lleva al siguiente punto.

 

El ethos del medio editorial posmoderno

Además de los problemas en cuanto a las políticas editoriales de la industria académica, el objetivo particular de la parodia de los filósofos norteamericanos era mostrar cómo las publicaciones de orientación posmoderna aprueban aquellos trabajos que se encuentren acorde al ethos, es decir, al sistema de valores morales, del comité editorial y sus lectores. Cabe destacar que estos valores han trascendido las fronteras del medio académico y se han extendido a la prensa no especializada, movimientos sociales, actores políticos y ciertos sectores de la opinión pública. Pudiera decirse que este ethos ha definido buena parte de la agenda de la corrección política, aunque Boghossian y Lindsay sólo están interesados en las implicaciones al interior de la academia.

La tentativa era, pues, mostrar que un absurdo resulta aceptable si es puesto en los términos morales en boga. Los autores no tuvieron problemas en confirmar su hipótesis, ya que en las revisiones, favorables en su mayoría, alababan el texto por demostrar que la “masculinidad” está a la base de los problemas mundiales (por ejemplo, la afirmación que aparece en las conclusiones del trabajo, en la que sostienen que el calentamiento global es consecuencia de la hegemonía masculina). Esto hace recordar lo que el viejo Aristóteles había sostenido respecto de la eficacia de la retórica política: el éxito persuasivo del orador público radica en que su discurso se ajusta al ethos del auditorio. En suma, un texto es aceptado si es lo bastante políticamente correcto, por más incoherente o incomprensible que sea.

Una disonancia cognitiva conocida como sesgo de confirmación permitiría explicar este fenómeno. Este sesgo consiste básicamente en que el sujeto selecciona la información que concuerda con sus creencias, descartando la que va en contra. Así, por ejemplo, los conservadores presentarán las noticias que muestren delitos cometidos por migrantes como una prueba a favor de sus creencias xenófobas, pero tenderán a pasar por alto aquellas que hablen sobre las contribuciones positivas de la población migrante. De igual forma, para los progresistas podrán ser relevantes sólo las columnas de opinión o periódicos de inclinación izquierdista, resistiéndose a consultar publicaciones que no encajen con sus lineamientos políticos.

Tal vez sea exagerado plantear que el posmodernismo han institucionalizado el sesgo de confirmación como una práctica académica, pues éste no es privativo de alguna postura o inclinación ideológica. No obstante, uno de los rasgos distintivos de los posmodernos es su preferencia por el compromiso político por encima de la solidez teórica o la comprobación de sus puntos de vista, lo cual los vuelve más proclives a aceptar únicamente lo que les resulta favorable –que, dicho sea de paso, resulta paradójico para quienes se proclaman como los defensores de la “diferencia”-. Esto hace aún menos aceptables sus propuestas teóricas.

En pocas palabras, Boghossian y Lindsay han puesto en evidencia que las revistas posmodernas aceptan acríticamente cualquier cosa que esté en conformidad con las ideas que pregonan, sin indagar sobre su autenticidad, pero cabría preguntar si esto no es consecuencia de sus propios postulados teóricos. Retomando la pregunta que lancé en el apartado anterior, acerca de si hay revistas que fueran más susceptibles de caer en engaños o publicar patrañas, creo que ésta podría ser la respuesta: si bien las revistas científicas están a expensas de esto, por lo menos disponen de ciertas reglas y ciertos procedimientos más sólidos para dictaminar si ciertos artículos pueden ser publicados o no. Mas, en el caso de las revistas posmodernas, exigir que tengan criterios editoriales claros o dictaminen mediante procedimientos rigurosos resulta contradictorio si sus propias posturas sostienen que las pretensiones de verdad, racionalidad, objetividad, etc. son nociones normativas que tienen la finalidad de reprimir los pensamientos “alternativos”; nociones que han surgido, además, en grupos o contextos “de dominación” (“la ciencia es producto del heteropatriarcado capitalista blanco”) y son, por tanto, instrumentos de poder de estos grupos. Dicho de otra forma: publicar cualquier cosa es consistente con lo que predican.

Este último punto no es presentado por los filósofos norteamericanos, quienes se limitan a señalar la infortunada combinación del estilo de redacción críptico y barroco con el sentimentalismo moral, políticamente correcto, de la retórica posmoderna. Pero lo que he señalado contribuye un poco a su análisis, y podemos decir que la jerga incomprensible, la preferencia por compromisos ideológicos sobre la investigación teórica y el relativismo son los componentes básicos de esta clase de discursos. Desde luego, esta mezcla resulta poco consistente -¿cómo pueden sustentarse pretensiones morales o políticas desde el “todo vale”?-, aunque de poco sirve mostrárselo a quienes creen que la lógica es un “instrumento de exclusión y dominación onto-logo-falo-carnivorocéntrica”.

 

Como señalé al inicio, es muy prematuro conjeturar qué consecuencias traerá esta nueva broma. Hay problemas que presentan con claridad que merecen analizarse y discutirse, dentro y fuera de la academia. Pero lo que Boghossian y Lindsay han señalado respecto de las publicaciones académicas de corte posmoderno se puede apreciar también en la docencia, en la que las aulas se convierten en sitios de adoctrinamiento en disparates. Al mismo tiempo, los estudiantes suelen ser los más receptivos a estas ideas, sea por la falta de herramientas argumentativas, sea por las ansias de transformar el mundo o sea por hacerles creer que detrás de la retórica oscura y confusa hay algo significativo. Ahí está el problema más grave, a mi juicio: educar a generaciones enteras sobre la base de que pesa más la corrección política sobre la discusión racional o de que la evaluación o la exigencia en el estudio son “formas de represión”. 

Ojalá que el asunto no concluya en una mera anécdota risible o vergonzosa -según se quiera ver-, sin generar un mínimo de reflexión. Porque, si algo ha evidenciado esta broma, es que sí es posible tropezar dos veces con la misma piedra.

Publicado en Crítica

En los últimos años, el tema de género ha cobrado una presencia muy importante no sólo en el discurso gubernamental, sino también en otros ámbitos como el educativo. Sin embargo, en pocas ocasiones se entiende adecuadamente el concepto que, por lo demás, no resulta tan oscuro cuando se logra comprender la distinción primaria entre sexo y género.

De manera errónea se asocia el sexo con el género, puesto que se cree que son sinónimos o equivalentes, cuando esto no es así. El sexo (entendido aquí como el sexo anatómico con el que nacen los sujetos y no con la noción de sexualidad y prácticas sexuales que involucran proceso sexo-afectivos) se determina al nacer o antes de nacer; y a partir de indicar si es niña, niño o un bebé que presenta un desorden del desarrollo sexual (conocido como intersexualidad), se le asignan a los sujetos roles, acciones y hasta colores: si es niña, se le suele vestir de rosa, mientras que si es niño se le viste de azul.

Esa asignación que se realiza a partir del sexo, es lo que denominamos “género” y constituye así un elemento fundamental porque determina, a lo largo de la vida de los individuos, roles y hasta gustos, preferencias o comportamientos. El género, entonces, se convierte en lo que algunas académicas denominan como “principio simbólico ordenador”, es decir, un principio sobre el cual se redactan leyes y se siguen costumbres y tradiciones. En otras palabras, el género forma parte de la cultura y, como tal, varía en tiempo y en espacio: no es lo mismo ser una mujer mexicana en el sur del país, que serlo en el occidente, como tampoco es lo mismo haberlo sido hace doscientos años que ahora, por ejemplo.

En ese sentido, como podemos observar, es que se dice que el género se construye a partir del discurso, o sea, a partir de todos esos elementos dados por la sociedad, la cultura, la historia y hasta la filosofía. Por lo que es una imprecisión decir que los estudios de género quieren cambiar el sexo de las niñas y de los niños, o de la gente. No se trata de eso, sino de hacerle comprender a todas las personas que su sexo no las limita, si ellas así lo desean, a realizar actividades que tradicionalmente no están asociadas a su sexo: si se es hombre, se puede ser un buen cocinero; o si es mujer, se puede ser una buena líder.

Los estudios de género (que no “teoría” o “ideología”, pues están conformados por muchos puntos de vista y formas de acercarse a este concepto) no son homogéneos en su conjunto. Esto es, si bien todas las posturas parten de este principio, también es verdad que dentro de ellos hay quienes, incluso, señalan que en América Latina deberíamos desligarnos de dicha categoría pues ha sido un concepto acuñado desde Europa y Estados Unidos, postura que tampoco se equivoca en su señalamiento fundamental. Sin embargo, y pese a esta disparidad de posturas que llegan a convertirse en puntos de encuentro y desencuentro, sí podemos señalar que la intención profunda que motiva a quienes nos dedicamos a ellos es la búsqueda de justicia a través de igualdad de oportunidades para las personas, independientemente de su sexo, su sexualidad y sus prácticas sexoafectivas. No porque se es mujer se debe impedir el acceso de ellas a la esfera pública; y no por ser hombre se debe impedir que desarrolle sus habilidades y potencialidades en terrenos considerados femeninos, ya sea en la esfera pública o privada. Así como tampoco por no ajustarse a determinadas prácticas heterosexuales se le debe impedir a la persona de acceder a la justicia.

Es ahí, en la discusión en torno a la garantía de los derechos humanos, donde los estudios de género han contribuido a abrir espacios para todos. Por ello, resulta preocupante que se generalicen ciertas posturas, lo cual vuelve reduccionista a dicho punto de vista, y se les tache con términos morales como la “maldad” o la “perversión”, pues, como queda dicho, hay varias formas de acercarse a este tema con las cuales no todos tenemos tampoco que coincidir (de hecho, así sucede al interior de la discusión académica).

Por ello, seguir insistiendo desde determinadas esferas de poder político o no, que los estudios de género son una amenaza al orden social conocido y establecido que desestabiliza a la familia o que daña irremediablemente a la sociedad, es un señalamiento con consecuencias igualmente graves, pues provoca una resistencia a la incorporación de la perspectiva de género en ciertos sectores. Es cierto que también aquí hay que hacer una autocrítica y comentar que, en ocasiones, quienes se encargan de poner en práctica esta perspectiva carecen del bagaje teórico-conceptual para entender a profundidad el propósito y fundamento de determinada acción. Pero crear y reforzar posturas encontradas, sin que medie el diálogo entre ambas, suscita no sólo controversias, sino auténticas confrontaciones entre los miembros de la sociedad.

Es así como, lejos de generar un clima de entendimiento, se atiza el enfrentamiento que en nada contribuye a la armonía social. La escucha atenta del otro, el entendimiento de su punto de vista y el diálogo a partir de las coincidencias, que sí las hay, facilitaría en mucho el camino para allanar las desigualdades sociales y, por ende, disminuir la injusticia. Y si bien es verdad que los estudios de género no necesitan una defensoría especial, también es cierto que cuando hay una imprecisión de esta envergadura, es nuestro deber señalarla sin temor alguno, pues quien calla ante el error, se vuelve cómplice de las consecuencias de éste.

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Viernes, 17 Julio 2015 00:00

De la tolerancia y sus soldados

Hace unos días circulaba en el portal Facebook la imagen de un pequeño, cuya característica especial era la (supuesta) situación en que la fue captado. En la imagen se observa un niño, de aproximadamente 8 o 10 años, con ciertos rasgos que alguien, desde una postura de género ortodoxa, podría considerar como afeminados: la forma de pararse, su corte y hasta su cara. Incluso hay quien puede asegurar que coquetea con alguien. Según la persona que lo compartió (ver imagen adjunta)

y de donde yo la obtuve, esta imagen es del desfile del orgullo gay, en París, Francia. Aún no he podido rastrear el origen de la misma. Sin embargo, eso no es lo importante. Lo que en realidad llama la atención, es la postura que toma la persona en cuestión. Cito: 

“(sic) Haber señor congresista C. Bruce, que me puede decir sobre este niño que fue captado junto a sus "padres" en el desfile del orgullo gay realizado en París - Francia.

Es así como quiere que sea el "futuro" de muchos niños en nuestro país???

Nadie esta en contra de la orientación sexual o homosexualidad de much@s, pero no pueden crear una distorsión en el desarrollo de seres inocentes que solo siguen el ejemplo de sus "padres".

No soy ningún homófobico pero esta imagen es denigrante, que final tendrán aquellos niños que dependerán de los matrimonios gay.....si ustedes lo son, pues continúen así....pero no arrastren a los demás a seguir su ejemplo.

No al matrimonio gay.....no a la denigración de nuevos seres inocentes.”

Hasta aquí la cita. Parte de lo que dice ésta persona me parece por demás acertado. No debemos, como padres, distorsionar el desarrollo de estos pequeños seres sin experiencia. Es menester no denigrarles, obligándoles a seguir patrones se nos impusieron, es medular no permitir que sigan los ejemplos de los padres. Hacer lo contrario implica no permitirles ser creativos sobre sí mismos. Específicamente en cuestiones de género ya que, en buena medida, eso que les enseñamos podría determinar su aproximación al mundo. Incluso me aventuraría a decir que incide hasta en la percepción que tienen de sí mismos. Como estudioso de la creación de subjetividad, en eso estoy completamente de acuerdo. Sin embargo, cuando habla de arrastrar a los niños, con el ejemplo de las familias homoparentales, estoy en una encrucijada. ¿Por qué? Casi todos mis contactos saben que estoy a favor de la diversidad. Sin tapujos, ni mediación. Considero que es uno de los derechos humanos básicos, el permitir, sin juzgar o señalar, que alguien ame a otra persona, allende a que se haga distinción de su credo, orientación, estatus o cualquier cosa que implique una barrera social, que impida su pleno desarrollo emocional, humano y hasta social. Sin embargo, emitir una opinión favorable, en este caso en particular y sin más, sobre este momento que atañe a la comunidad LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales). En verdad me resulta difícil. Mi restricción no gira en torno a la posible influencia de los padres “gays”, como dice la persona que compartió la foto, sino lo que significará llevar hasta las últimas consecuencias su argumento. Lo que subyace a esto es que los padres, pero sólo los gays o familias homoparentales, necesariamente modificarán las conductas de cualquier niño que adopten, para que él mismo, como bestia sin decisión o razonamiento, se decida por una orientación sexual diferente a la normalizada. Sin embargo, se olvida también de los padres heterosexuales y la carga simbólica que sus prácticas tienen, en la identidad de los chicos. ¿Acaso ellos no modifican las conductas de los niños, para que sigan el modelo institucionalizado de, por ejemplo, ser hombre? Un acto que pareciera vacío de prejuicios y lleno de preocupación por el otro, como que se critique la imagen de este niño, ataviado con una boa de plumas, una pequeño short y cabello teñido, muestra de manera abierta el rechazo y desprecio por estas identidades emergentes, ya que se estructuran desde el discurso heteronormativo, que obliga a los machos y hembras a distinguirse como hombre o mujer, desde sus prácticas de la vida diaria, instauradas desde la economía sexual masculina. En este caso nos encontramos en el espacio de la tolerancia y la Libertad institucional.

¿A qué me refiero? La reiteración de las prácticas performativas, las sancionadas como positivas, o hasta consideradas como buenas, tienen una incidencia radical en la programación de lo que los a niños y niñas deben ser. No importa el “¿Qué quiero?”, sino que más bien lo que pareciera apelarnos es el “¿Qué me quiere?”. Esa Libertad institucional de la que hablo, tiene que ver con las condiciones que el Estado otorga. La deontología institucional implica que, como hombre o mujer, debo ocupar un lugar. Y este es constreñido mediante las prácticas que el discurso dominante, si se me permite el término, asigna a cada rol de género. Es por ello que cuando vemos a un niño como el de la imagen que compartió la persona de la que hablaba más arriba, nos escandaliza. Sale de lo regular y muestra, según la persona que la compartió en su perfil de Facebook, la desdeñable incidencia de los padres gays. Sin embargo, no aborda la relación que tienen los padres heterosexuales, para con el diseño de la subjetividad de sus hijos e hijas. Y es aquí donde se encuentra la limitante para expresar mi apoyo a la comunidad de la diversidad y las familias homoparentales. Hay un vídeo, en YouTube (ver video en la parte inferior), donde se aprecia a un niño bailando algo que se escucha como un narco corrido. El niño en cuestión lleva una gorra, algo que en México llamamos “mariconera”, pantalón pegado, tenis y la botella vacía de una cerveza, cuyo contenido es, aparente y deseablemente, una bebida gaseosa o agua fresca. Este niño pareciera emular el comportamiento y vestimenta de un cierto tipo de persona, denominada como “chaca”, cuta particularidad es tener un estilo de vida ligado al crimen organizado, que necesariamente alude a prácticas especificas, que le permiten sustanciar su masculinidad, su hombría. Es entonces que se vuelve difícil, si uno quiere ser coherente, defender a los padres gays y la relación permisiva que tienen con su hijo, puesto que el niño al que me refiero, se encuentra en el mismo y exacto lugar. Ante la distorsión de lo que la persona del perfil en Facebook refiere como realidad, debido a las prácticas y modelos que sus padres, familia o personas con las que convive sancionan como positivo, él actúa de la forma en que lo hace, intentando ocupar un lugar que, por su condición de hombre, le pertenece de manera “natural”. Lo terrible es que nos escandalicemos con uno, y no con otro. Que normalicemos y veamos como deseable el comportamiento de uno de éstos niños, mientras que el otro sancionemos desde el horror y el desprecio. Incluso que afirmemos cosas tan graves como la (sic) denigración de nuevos seres inocentes. Es aquí, estimado lector, que debe uno cuestionarse ¿De qué lado se pone usted? Porque si continuamos programando a las futuras generaciones con estos discursos anquilosados, no nos extrañe que los hombres sigan baleando mujeres, por negarse a sus avances románticos, ( http://fisgonpolitico.com/jalisco/luis-enrique-ruvalcaba-profugo-tras-asesinar-a-una-joven-por-negarse-a-salir-con-el/ ) o mujeres mayores que humillan a jovencitas, ( http://www.sinembargo.mx/12-07-2015/1411783 ) porque sostienen relaciones sexuales con los padres de sus amigas, eximiendo de responsabilidad al hombre. En última instancia, privilegiar performatividades masculinas sobre las emergentes, siendo que las primeras han mostrado su radical ineficacia, nos atrasa como nación. Inclusive como humanos. Si es que lo fuimos alguna vez.

Publicado en Análisis social