Entre Yalitza Aparicio y Ben Shapiro. Sobre los síntomas de lo políticamente correcto

Por: Paris González Aguirre

Ahora que ya ha pasado el furor de los Oscar, que ya se han apaciguado los ánimos, es pertinente hablar del revuelo que causó Yalitza y su nominación por su actuación en la película Roma. Si bien es un acto de discriminación positiva (si es que esa cosa existe), el asunto va más allá. Su raigambre es mucho más profunda y perversa. Nos habla de dos cosas: la primera es que se tiene la perenne necesidad de ser políticamente correctos, que ello se ha vuelto la directriz en nuestras relaciones sociales. La posibilidad de ofender al otro es una constante, lo cual constriñe y vuelve falsas nuestras interacciones, si es que estas están basadas en ser políticamente correctos, aclaro. La segunda y más terrible, es que uno debe tener especial cuidado con lo que dice, dónde lo dice y a quién se lo dice porque ahora, en este momento particular de la historia y debido a las formas de comunicación que tenemos y su inmediatez, podemos ser expuestos en cuestión de segundos, ante un público extenso. La opinión que solía conservarse como íntima, ahora se convierte en un lastre, algo que puede regresar a mordernos el trasero. Basta con ver a Sergio Goyri, un actor de telenovelas y cine mexicano, quien en una cena con amigos se quejaba de Yalitza, refiriéndose a ella de manera peyorativa como india e hizo hincapié en que, según él, ella no sabía actuar, puesto que lo único que hizo fue decir: “sí señora. No señora.” E infirió que eso debió salirle natural, lo que indica que, por los orígenes de Yalitza, lo único a lo que debería aspirar es a ser una trabajadora doméstica, no una actriz. Para su desgracia, su novia estaba grabando en ese momento y tuvimos la fortuna de que lo subiera Instagram. Esto muestra varias cosas importantes: el clasismo mexicano, el doble discurso, la sistemática descalificación y violencia hacia las mujeres, el menosprecio hacia lo indígena, entre otras cosas que se deben señalar. Aunado a eso, emerge una arista que generalmente se da por hecho: el límite entre lo público y lo privado y las consecuencias de externar lo que se tiene en el interior. Eso que uno piensa, la más radical subjetividad, ahora se pone en tela de juicio, en virtud de la buena conciencia, de lo políticamente correcto, de lo que muchos y muchas intuyen que es encomiable o lo que [creen que] piensan que es deseable. Aquí debo declarar que Yalitza no me parece una mujer guapa. Y, como más vale curarse en salud, esto no significa que mi ideal de belleza sea el de una mujer blanca clasemediera anglosajona. Más bien me inclino por la estética que presenta @mexicanomx[1]se acerca más a lo que yo, Paris González Aguirre podría considerar como una mexicana o un mexicano hermosos. Sé que hay a las que Yalitza les parece bonita o guapa. A mí no. Como tampoco me parecen guapas Shakira, Cardi B o las Kardashian. Y punto. Sin embargo, si vemos en las revistas o los noticieros, la forma en cómo se refiere a ella y nos los han hecho saber, ad nauseam: “¡La hermosísima, la guapísima, la bellísima!” uno puede intuir que su postura es artificial, que responde más bien a la tendencia de aceptar lo que en otro momento y contexto, se dejaría de lado. Sobre su actuación no tengo nada que decir, porque no tengo las herramientas, ni mucho menos el conocimiento para emitir una opinión informada u objetiva. Pudo haber sido buena o mala, pero a mí no me pareció terrible, como he escuchado y leído. Roma, me pareció buena (lo digo como un aficionado común). Es muy lenta, mucho, mucho muy lenta, pero hasta ahí puedo emitir un juicio. Sin embargo, esa es mi opinión, desde la ignorancia, por supuesto. Y es aquí donde se encuentra lo preocupante del asunto, que yo tuve que decir todo lo anterior para sustentar mi subjetividad, ante otro que posiblemente pueda leer esto y se sienta ligeramente ofendido y tome cartas en el asunto. Porque linchar a una persona, en la Internet, es muy, muy sencillo. Basta con subir una imagen o video, colgarse de un tema trendy en la Internet (derechos de los animales, "feminazis", secuestros de menores, tráfico de órganos) y alguien, sin duda, lo va a compartir sin pedir más explicaciones. No es gratuito que haya personas compartiendo en Facebookla foto de Mia Khalifa o Jordi ENP bajo el argumento de que son estudiantes de cierta escuela que recibieron un premio, pero nadie se los reconoce. Esto tiene que ver con la confianza que se deposita en la información que se distribuye en la red. Se asume que lo que se dice ahí debe ser verdad. Esto se pone en evidencia cuando volteamos a ver las pasadas elecciones en las que ejércitos de bots, de todos los partidos, se encargaron de descalificar a los candidatos con noticias falsas, memes, datos duros o meros chismes. Sembrar la duda sobre alguien daña la imagen que se tiene, ya sea que se desmienta o no. Esa mancha permanece. Invito a la lectora o al lector que googlee a Sergio Goyri para que den cuenta que no miento.  Esto pone en evidencia la necesidad de reservarse lo que uno piensa, pues se corre el riesgo de que se vuelva en contra nuestra. Y más si esto es publicado en alguna plataforma de la Internet. Es así que la emergencia de personajes como Benjamin Shapiro llaman tanto la atención, pues sus posturas radicales y ultra conservadoras no son sino un síntoma de lo constreñida que está la opinión pública. Con esto no insinúo ni de lejos que estoy de acuerdo con lo que propone, ni mucho menos con su empecinada forma de descalificar a los que piensan diferente a él. Sin embargo, las maneras en que se le enaltece y que haya quien le considere un individuo agudo y acertado, implica que hay cosas que quieren decirse, asuntos que deben ponerse en duda y que pocas personas lo hacen, por miedo al escarnio social, al vituperio. Es bastante difícil hablar con los y las fanáticas, de cualquier rubro, ya sean conservadores, grafiteros, mamás pro lactancia, o, mi caso, aficionados de Star Wars. Cuando alguien cree tener la verdad última, difícilmente habrá un diálogo. Por ejemplo, a mí nadie me va a convencer del orden en que uno debe ver Star Wars. O se ven Rogue One, episodios IV, V y VI, The Clone Wars, Rebels, episodios I, II, y III, VII y VIII o mejor ni para qué acercarse a la saga (ojo. Esto debe leerse con sarcasmo). Lo que intento señalar con esto es que lo liminal de lo público y lo privado se desdibuja, mientras que lo particular se vuelve presa del escrutinio del otro. Nos sentimos con todo el derecho [a veces, hasta con el deber] de señalar las faltas en el otro, como si de entrada careciéramos de defectos y cuestiones que pudieran ser señaladas. Con esto no pretendo colocarme en un lugar moralmente privilegiado. Por el contrario, mis taras son suficientes para hacer un libro, con muchos volúmenes. Mi intención es poner sobre la mesa el asunto de lo políticamente correcto y como ello, llevado a un extremo, puede derivar en que lo dicho por gente como Trump, Bolsonaro o Shapiro tengan eco en tantas personas. Por supuesto que es importante enaltecer el hecho de que una compatriota haya sido nominada para el Oscar, pero, parafraseando a Walter Benjamin, también es menester observar las partes perversas de nuestra realidad, pues eso podría permitir una mayor visión de la realidad en que vivimos. Lo indicado sería que todos los temas estuvieran sujetos a debate, con argumentos sólidos y datos objetivos, en la medida de lo posible. Creo que una de las cosas más interesantes que ha dicho Shapiro es quea los datos no le importan tus sentimientos, aunque claramente no funciona así para él, pues asume que con el simple hecho de decir “no. El género no está desconectado del sexo” ya tiene la razón, cuando es un asunto mucho más complicado que sus sentimientos y posturas personales. El problema es que muchas veces no se aceptan datos que contradigan el propio sentir y se piensa que con desearlo lo suficiente se puede sustentar una postura provocadora. En última instancia, los cuestionamientos no deberían girar en torno a si Bolsonaro, Shapiro o Trump están bien o mal, sino que más bien habría que preguntar ¿Qué tanto de su discurso es alimentado por la cautela que deriva de las “buenas costumbres”? ¿Cuánto de eso que dicen nos causa eco? ¿Qué tanto estamos dispuestos a arriesgar, con objeto de defender nuestra libertad de expresión? Quién sabe, quizá las respuestas puedan sorprendernos.



[1]https://www.instagram.com/mexicanomx/?hl=es-la

Publicado en Análisis social

Para algunas personas entender el concepto de género como constructo social es problemático. Mucho más el comprender la posibilidad de que alguien que nació con pene se identifique como mujer, pues sale de sus estructuras mentales y se refugian en el argumento anquilosado de que la función del órgano determina su lugar en el mundo: “si tiene pene, es hombre. Si tiene vagina, es mujer. Esto es natural y biológico” Y listo. Sin embargo, es mucho más complejo que eso. La cuestión es que se están mezclando funciones biológicas del cuerpo humano, que no son exclusivas de él, con constructos humanos. Sería lo mismo que si comparáramos una estalagmita con la torre Eiffel. Una es natural, generada a partir de procesos naturales, mientras que la otra es un monumento creado por el ser humano, con un fin particular, con significados que sólo nuestra especie puede comprender. Es entonces que afirmar que quien tiene pene, el instrumento del macho para preñar a la hembra, es necesariamente un hombre, no es más que una falacia apresurada, puesto que ahí se están enredando, de manera tramposa, cuestiones naturales con constructos sociales. Desde ahí emerge la confusión entre lo que es el género[1] y el sexo, cuyas características son distintas.

En virtud de la claridad, recurriré a estrategias didácticas básicas a partir de dos ejemplos: el primero girará en torno a la percepción de los colores, el segundo señala los comportamientos al interior de una comunidad de chimpancés. Cada cual busca contrastar las particularidades del ser humano y como éste las usa para construir su realidad exclusiva.

Para ello señalo la inexistencia del color, pues muestra cómo el ser humano crea conceptos para explicar lo que sucede fuera de él. No es diferente lo que sucede con los colores que vemos en nuestra vida diaria, pues ellos, por sí, no están ahí, sino que el ser humano lee la descomposición de la luz.[2] Para explicar eso que ve, se crea el concepto de color. Sin embargo, en la naturaleza, fuera del mundo humano, no existe. Es algo que el ser humano impone a su entorno, para luego elevarlo a la categoría de universal: si es así para él, será así para todos los entes. Esto muestra la forma en que el ser humano imputa sus particularidades a la realidad externa. Esta imposición cultural y conceptual se encuentra en íntima relación con el siguiente ejemplo, que nos habla del comportamiento social de una manada de monos, pues se asemeja al nuestro: al interior hay roles definidos, jerarquías y funciones de cada cual. Sin embargo, entre ellos no hay un consenso sobre las nociones de hombre y mujeres, ya que eso es una construcción social humana. Nosotros interpretamos sus comportamientos en clave antropomórfica, como hacemos con buena parte de la fauna del planeta. Aquí no se niega que existen funciones de macho y hembra, que están directamente relacionadas con la procreación y el sexo de cada uno de los individuos -eso sería negar la polinización o germinación de las semillas-. Hasta donde sabemos, la forma en la que se crean nuevos organismos de forma natural, sólo ocurre de manera sexual y asexual. Aquí nada más nos interesa la primera, pues para fertilizar se requiere, generalmente, un segundo individuo de sexo distinto. 

Desde el simple hecho de llamarles manada, incluso monos, ya estamos aludiendo a una construcción social, generada exclusivamente por el ser humano. Imaginemos que pudiéramos comunicarnos con ellos, de una forma clara y bidireccional, que pudieran entender lo que nosotros les decimos y viceversa. Si les dijéramos que son monos, difícilmente se identificarían con eso que nosotros llamamos monos o monkeys. Y aquí entra la parte compleja: nosotros los llamamos así porque necesitamos interactuar con nuestro entorno. Pero, al momento de darles un nombre, no sólo los diferenciamos de nosotros como humanos, sino que les estamos imponiendo un nombre que, en la naturaleza, en el ámbito de la biología, no existe. El león, la hiena, la jirafa, el nogal, la tierra, el polvo y cualquier otro concepto inventado por el hombre, no tienen una existencia real, que se encuentre en la naturaleza. Existen porque nosotros les damos existencia. Para las abejas, el polen no es polen. Quién sabe que sea, pero polen, en definitiva, no. Eso lo afirmamos nosotros. Le damos (una) existencia al categorizarlo, en un afán de conocer y, por ende, controlar.

Si esto es demasiado complicado, pongamos un ejemplo mucho más fácil: el maíz. En México sabemos que es una planta. Sin embargo, no en todo el mundo se conoce como maíz. En otros lugares se le conoce como choclo, avatí, malajo, borona, altoverde y muchas otras. Y no existe mayor problema en identificarlo con un nombre distinto, pues no atenta contra su naturaleza ni sus funciones especiales. Esto nos permite ver que lo que nosotros nombramos, no tiene un sentido univoco ni se relaciona con una verdad última que nosotros debamos descubrir. Todo nuestro mundo es una mera construcción social. No es diferente con el género. Si hacemos la distinción entre macho/hembra, refiriendo exclusivamente a la función natural de procrear y hombre/mujer, con sus roles particulares, creados a partir de consensos sociales, por costumbre, entonces dejará de parecernos extraño e inconcebible que alguien con pene se identifique como mujer o alguien con vagina se identifique como hombre. Ahí radica la diferencia, en la identificación, en colocarse en un lugar específico, al interior de una sociedad particular. Que estos instrumentos naturales de procreación, el pene y la vagina, se hayan relacionado con los roles de género, es la razón por la cual se insiste en que la biología, que nos remite al macho y la hembra, son los que determinan el género binario. Por eso la posibilidad de asumirse o identificarse como mujer u hombre. No hay que perder de vista que el pene o la vagina son meros instrumentos para reproducción, mientras que el concepto de hombre y mujer, con sus respectivos roles, son constructos sociales que se confunden con cuestiones biologicistas.

En última instancia, quien afirma que, al tener pene o vagina, automáticamente se es un hombre o mujer, necesariamente pone en la misma categoría a los perros, los gatos, los burros, los caballos y a cualquier ente que se reproduzca mediante copula, pues lo hacen justamente a través de la vagina y el pene. Por ende, el argumento de que el órgano genital determina su adhesión a las categorías de hombre o mujer, de manera “natural y biológica”, irremediablemente coloca en el mismo lugar a cualquiera que tenga esos elementos. Y si aún queda duda, pensemos en qué fue primero: ¿El lenguaje o el mundo? Es aquí que se vuelve necesario hacer una distinción entre planeta tierra, eso que estamos pisando y nos mantiene y el mundo, como construcción social, que es definido mediante el lenguaje. Por ende, primero fue el lenguaje, eso que nos permite construir y organizar nuestra realidad.

 


[1]Cabe mencionar que al ser este un ensayo didáctico, sólo me refiero al género binario, sin abordar el abanico de posibilidades que presenta.

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