Democracia.
1. f. Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno.
2. f. Predominio del pueblo en el gobierno político del estado. (RAE)

Durante las elecciones Federales de México, en el año de 2012, en las que se eligieron los cargos de Presidente de la República, Senadores y Diputados Federales, aconteció un movimiento estudiantil denominado “#YoSoy132” -quienes a su vez llamaban este movimiento como “La primavera de México”, nombre derivado de la “Arab Spring” (Primavera Árabe)- de caracter revolucionario contra la imposición y represión del Estado hacia el pueblo, así como libertador de la censura de internet.

El movimiento “#YoSoy132” exigía la democratización de los medios de comunicación y el rechazo ante la imposición mediática favorable al entonces candidato del PRI (Partido Revolucionario Institucional), Enrique Peña Nieto. Este movimiento fue protagonista de múltiples protestas pacíficas, cuya primicia implícita era la manifestación de que el pueblo mexicano había “despertado” de su apatía, indiferencia y tolerancia ante los agravios, reprimendas y corrupción de la democracia mexicana.

Desde entonces, han existido muchos otro movimientos de protesta; muchas otros casos (algunos trágicos) que han llevado al pueblo mexicano a participar y exigir su “democracia”: Con pancartas con leyendas tales como “La democracia en México continúa secuestrada”, exhibidas en una protesta por nativos mexicanos y simpatizantes en la ciudad de New York el sábado 1 de septiembre de 2012, han demostrado su descontento. Otro ejemplo, del llamado al despertar ciudadano, fue visto la máxima casa de estudios de México, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), con la convocatoria a la conferencia: “Sin protesta no hay democracia. Libertad de expresión ante las fuerzas de seguridad” programada el día 7 y 8 de agosto del 2014 en la Casa Universitaria de Libro en UNAM.

Este tipo de manifestaciones y expresiones sobre la libertad y la democracia han sido en México, desde las pasadas elecciones Federales de 2012, un parteaguas de lo que hoy no es sino otra muestra más de la inmadurez cultural y política del pueblo mexicano, secuestrando ideologías políticas y teniéndolas como rehenes de sus berrinches pseudo-patrióticos ante la injusticia y la corrupción política gubernamental del Estado. Un movimiento, un acto que jamás entenderé, exige justicia a quien la ha parcializado; exige libertad a quien la ha robado; demanda derechos a quienes te los ha arrebatado. Según lo veo yo, es exigir al lobo que por favor, no se robe a los corderos, esperando que el lobo entre en razón y deje de actuar según su código natural, su instinto. Sin embargo, de mi opinión al respecto, este ideal de “protesta = libertad/democracia” es mucho mayor que cualquier argumento o razón que le contradiga, es pues, una mayoría aplastante.

En este año, 2015, se preparan y se llevan a cabo las pre-campañas electorales de comicios federales y estatales, motivo por el cual la hipocresía mexicana ya salió a lucir su vestido de gala: adornado de mediocridad e inmadurez.

El pasado 14 de febrero de 2014, fue promulgada la aprobación de la reforma electoral que “permite” y reconoce a las “Candidaturas cívicas (independientes)” a forma de garantizar lo estipulado en el Artículo 35 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, la cual dicta el derecho fundamental de todo ciudadano para votar y ser votado para un cargo de elección popular. Esto es, si acaso no se sobre-entiende, el derecho que todo mexicano tiene de ejercer su poder democrático. Sin embargo, la respuesta al efectivo uso de este derecho así como de la reforma electoral, ha sido de dimensiones sorprendentemente incongruentes a lo manifestado, a lo protestado hace 3 años encabezado con el movimiento “#YoSoy132”.

En Guadalajara, Jalisco, sucedió un estremecimiento social ante la noticia de la postulación, como candidato independiente a la presidencia municipal de la ciudad, del ciudadano Guillermo Cienfuegos, quien es mayormente conocido por su personaje “Lagrimita”, un payaso presentador de un programa de entretenimiento en Televisa Gdl.

La incredulidad, como respuesta sorpresiva ante este anuncio, fue avasalladoramente continuada por una suerte de indignación social mostrada en comentarios sobre la noticia en medios de difusión, como redes sociales y portales de noticias.

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Los “memes” y demás comentarios siguen surgiendo en estos medios, en los que se ridiculiza y se ironiza sobre la “condición” de la política del pueblo por la permisión que se le ha otorgado a este ciudadano de presentarse como candidato a la presidencia municipal. Pero el payaso “Lagrimita” sólo fue el primero de los candidatos civiles que se han lanzado por un cargo popular. Otros candidatos que figuran en los medios, son el exfutbolista Cuauhtémoc Blanco, quien habría de postularse a la presidencia municipal de Morelos por parte del Partido Social Demócrata; En Guerreo otro exfutbolista, Jorge Campos, apadrinado por el mismo partido (PSD), optaría ir a la contienda por el cargo de presidente municipal en Acapulco, Guerrero (aunque la segunda noticia no ha sido confirmada).

Los comentarios humoristas y burlescos se encuentran en todos lados, incluso encontramos comentarios en los que se reflexiona y se dice “Preferible a los lacras ya conocidos”; sin embargo, el motivo de este artículo es sólo para señalar la incongruencia del pueblo mexicano, exhibida en la respuesta social ante estas noticias. El humor es esta hoja de doble filo que exhibe la inmadurez del mexicano así como la apatía e indiferencia y, a su vez, es una forma de crítica no formal que permite al pueblo manifestar su inconformidad e indignación.

Sin embargo ¿realmente es motivo de indignación la postulación de estos personajes a un cargo público? El “argumento” más redundante en los comentarios, que muestran desagrado ante el suceso, asegura que un cargo público debe ser tomado por una persona “preparada”… que la falta de preparación de estos personajes es una burla al sistema y al pueblo.

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En el caso de “Lagrimita” se hizo viral un video en que el candidato, durante mitin público en una plaza de Guadalajara, es cuestionado sobre qué tipo de “políticas” presentaría en su campaña, a lo que el candidato responde pobremente (mostrando una falta de preparación para tales eventos) con una apócope al reportero, llamándole “pagado” disuadiendo así el encaramiento referente a los planes que su campaña supondría. Sobre este suceso, estoy de acuerdo y manifiesto la falla en la estrategia de “popularidad” que presentó el candidato, obviando que ésta le dimitiría de responder una duda fundamental en lo que respecta a una campaña política. Este error, sin embargo, fue seguido por múltiples comentarios en los que se cuestiona, ya no la campaña del candidato cívico, sino la persona moral: se cuestionan hechos y rumores de Cienfuegos sobre jóvenes menores de edad embarazadas; sobre tragedias acontecidas en el programa de televisión del candidato.

Es aquí que llamo a la reflexión, nuevamente. Es necesario investigar toda nota virtual relacionada con estos candidatos; investigar todo “meme” que encontremos entre nuestros contactos de redes sociales (o en su defecto en nuestro timeline); es aquí que llamo a la reflexión no de la noticia, sino de la repuesta que esta noticia genera.

Observemos los comentarios escritos por ciudadanos, como tú, como yo, como los candidatos de partidos políticos, como los candidatos de partidos independientes: ciudadanos. Comentarios que hacen gala de su intolerancia social, que ridiculizan a un sujeto por su anterior trabajo (payaso o futbolista); comentarios llenos de inmadurez e incongruencia política-cultural.

Hace 3 años, todo México se cimbró en las protestas y manifestaciones públicas, las cuales exigían democracia y libertad, justicia e igualdad. Muchos mexicanos, como su servidor, vimos en estas protestas y manifestaciones, exhibiciones burdas de ignorancia, de berrinches sociales erróneamente fundamentados en ideales político-culturales, de los cuales no comprendían la amplitud y extensión que abarcan en realidad: ¿Exigen democracia y presumen de tenerla y hacerla presente en el acto de la protesta, pero se indignan y se burlan de quienes, respaldados por las mismas garantías constitucionales, hacen efectivo su derecho a postularse en un cargo público? ¿Exigen candidatos “capacitados” y no son capaces (el pueblo mexicano) de respetar el ejercicio de un derecho constitucional por parte de un sujeto “del pueblo”? ¿Acaso el derecho a exigir el cumplimiento de alguna garantía constitucional, sólo es efectiva si quien lo exige se auto-condiciona “mártir” del gobierno?

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Yo no votaré por “Lagrimita", a decir verdad estas próximas elecciones, volveré a mi condición de “demócrata apartidista” (no votante) y dejaré que el pueblo, al cual pertenezco, del cual soy, elija lo que crea conveniente y favorable para el pueblo, estando de antemano de acuerdo con el resultado ya que si el pueblo lo eligió y yo soy del pueblo, así decida en último momento votar por algún candidato, el resultado y la aceptación de dicho resultado es parte de ser “demócrata”.

No por ello, ridiculizaré a un candidato, me burlaré de su persona o caeré en la patética incongruencia de ser un mexicano más que escribe pancartitas lindas con frases de gomita rosa y masticable, adornadas de ideales huecos y berrinchudos como “libertad, democracia, pueblo”, para luego dirigirme a humillar y ridiculizar un proceso y un ejercicio legal y fielmente constitucional, democrático.

Dicho lo anterior, termino con la reflexión de que quizá, para las siguiente elecciones municipales, aquí en mi pueblo, Chapala, inicie una candidatura independiente para alimentarme del odio, el repudio y la burla pública porque: No soy una persona apta para gobernar, sólo soy un payaso que escribe payasadas llenas de repudio social y, además, soy un cobarde que sólo lo hace en Facebook, en lugar de salir a la calle y armarme con mi manto sagrado.

Publicado en Análisis social
Miércoles, 03 Diciembre 2014 00:00

FIL: El imperio de los números

Es, por lo menos, contradictorio que una feria de libros, donde la palabra es la apuesta principal, sea evaluada por la cantidad de cifras que produce. Lo primero que anuncia y presume la Feria Internacional de Libro de Guadalajara (FIL), con lo que abre y cierra cada año, es con números. Números de presentaciones, de visitantes, de actividades, de dinero, de premios, de escuelas y profesionales que la visitan, de editoriales y de muchas otras cosas. La FIL se distingue de otras ferias del país o de la ciudad de Guadalajara por el manejo de las cifras.

Para este año, en conferencia de prensa para hablar del país invitado, la pregunta que saltó de manera inmediata fue sobre el costo de hacer una feria patrocinada por la Universidad de Guadalajara. Y la respuesta va dando una idea de lo grande, que no grandiosa, que es este evento: 72 millones de pesos. Casi 7 millones de dólares gastados durante nueve días. Esto sólo refleja lo que aporta la Universidad de Guadalajara, pues la cantidad de dinero que desfila durante este tiempo alcanza cifras multimillonarias.

Y es que si algo presume la FIL cada año no son los encuentros entre escritores, ni mucho menos los debates o el nivel académico que se presenta dentro de la Expo Guadalajara. Mucho menos se anuncian intercambios de ideas, publicaciones que surgen de los encuentros entre pensadores y escritores, alguna antología con textos que broten de las actividades literarias; no, la FIL es, ante todo y por encima de todo, números. Y este año no es la excepción. Desde hace algunas semanas los autobuses de trasporte, en la publicidad que muestran al exterior, y los espectaculares anuncian números: 9 días, 44 países, más de 750 mil asistentes, más de 1,900 editoriales, más de 650 autores en vivo, 25 premios y homenajes, 550 presentaciones de libros, más de 20,000 profesionales del libros, 64 foros literarios, 34,000 metros cuadrados de exposición, 83 funciones de espectáculos en FIL Niños y más de 1,500 talleres. En la feria de la palabra el imperio es de los números.

El tiempo ha convertido esta feria en un lugar de proporciones enormes, y se recurre a los números para dar esa certeza, pues en su edición 28 la FIL ya no mira hacia dentro de sí, sino que ha puesto la mirada en el exterior, y ese espacio que se busca conquistar no responde al nivel de pensamiento y de ideas sino a la repetición de que ser la más grande de América Latina y la segunda mayor del mundo. Porque cualquier feria, o casi cualquiera, puede tener a Juan Villoro, pero sólo la FIL lo tiene en tres diferentes presentaciones en un solo día. Hay ferias de nicho, como la FILIJ en el Distrito Federal o del libro usado en Guadalajara, pero no todas pueden tener a metros de distancia a autores tan disímiles como Yordi Rosado y Mario Vargas Llosa mientras compiten por llenar los salones en los que se presentan. Además de que ésta feria le ha apostado a la parafernalia de lo famoso, al grado que desde hace dos años ha puesto en sus actividades una mesa para que los autores firmen ejemplares; los convierten de manera automática en una atracción, en un objeto tras la vitrina que no importa lo que piense, sino que pueda dejar una rúbrica sobre un libro recién desempacado.

Se podrá decir que si durante nueve días convergen tal cantidad de personas no se puede ser tan severo con el nivel de presentaciones o encuentros; sin embargo, el reducir la feria a un simple intercambio monetario muestra lo mal que se ha entendido la cultura en torno al libro, o al libro mismo, cuya misión esencial es la transmisión de conocimiento de manera masiva. Porque si en esta feria un candidato a presidente puede trastabillar al nombrar tres libros que hayan cambiado su vida, y autores como Carlos Cuauhtémoc Sánchez convocan a cientos de lectores es que algo se está haciendo mal, y por supuesto que no son las cuentas.

Para muestra basta un botón. Cada año la FIL organiza un evento que tiene como motivo reunir a un autor con una audiencia juvenil, con los chicos de las preparatorias adscritas a la Universidad de Guadalajara; el nombre resume la intención: “Mil jóvenes con…”. Aquí, volvemos, lo que importa es la cantidad de público para poder centrarse en eso, pues cada encuentro tiene como tiempo máximo cincuenta minutos, es decir, cada participante tendría tres segundos para poder preguntar algo, esto sin esperar respuesta del escritor. Nada.  

Finalmente, la FIL ofrece una posibilidad inagotable de actividades para que todo termine por perder importancia. Como se ha dicho arriba, las actividades están estandarizadas en cincuenta minutos, en salones repartidos por toda la Expo, por lo que el asistente debe jerarquizar qué es lo que más le interesa, para después constatar que todo se cruza en tiempo y en espacio. Y ya no mencionar la cantidad de libros a la venta, la gran mayoría de editoriales comerciales que bien se pueden encontrar en las librerías de la ciudad. Pocas novedades, pues en diciembre el mercado editorial ha lanzado ya sus apuestas más fuertes, pocos libros por lo que valga la pena sumergirse en los miles de metros cuadrados.

Es, pues, una feria que no busca generar lectores, ni propiciar un debate cultural, ni mucho menos dinamizar la alicaída industria editorial nacional, ya no se diga local. Es, eso sí, una feria que se admira por la cantidad de números que produce y que supera cada año. Una feria que claudicó a la palabra y que entronizó, quizá de manera irreversible, al número. 

Publicado en Crítica
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