Sábado, 17 Noviembre 2018 19:04

El consumista que no vemos

El consumista que no vemos

Por: Moy Michel

 

 

El furor por las compras suele ser una consecuencia inmediata de las rebajas programadas en tiendas y almacenes de productos y servicios —digo esto mientras llega a mi memoria las ventas nocturnas de Plaza del Sol (Gdl) a finales de los 90s, donde desde mi puesto de operador de caja contemplaba la locura derrochadora de una multitud devoradora de locales—, pero lo cierto es que estas últimas emisiones de El Buen Fin no han sabido, ni a bien ni a mal, avivar esa brasa de consumismo que todos en alguna medida tenemos.

Las razones de dicho fracaso están más que barajadas; irracionales consumidores, rapaces empresarios y gestores comerciales incompetentes. Los asalariados no saben comprar, las empresas hacen trampa y los gestores no han estado a la altura de las circunstancias.

Con todo, no es a eso a lo que vine hoy aquí. Poco me importa el destino de El Buen Fin. Lo que pretendo en esta perorata es dar contexto a una paradoja que me parece importante señalar y reflexionar. ¿Por qué seguimos comprando compulsivamente, unos más que otros, en eventos como éste si no hay una euforia que nos arroje a las tiendas de consumo (a jalonear una prenda que, por supuesto, nosotros agarramos primero)? ¿Por qué a pesar del consumo hastiado seguimos consumiendo?

Todos conocemos a más de un consumista -un primo, un amigo o una tía- hasta el cuello de deudas por cosas que no utiliza y que tiene arrumbadas en su casa que, además, está pagando con hipoteca. Pero por una curiosa situación, el afán consumista lo vemos en otros pero no en nosotros. De alguna manera sabemos que vivimos en una sociedad de consumo pero creemos que eso no se refiere a nosotros. Hay muchos consumistas pero nosotros… no.

La cuestión es que todo sistema social tiende a normalizarse y a obviar sus fundamentos porque de esa manera puede perpetuarse. Vemos a través de los lentes pero no vemos los lentes. Así, nuestra sociedad está cohesionada por el consumo de productos y servicios, pero actuamos como si nuestro lugar en la sociedad fuera algo menos fútil y grosero, como si fuera algo trascendente. Pero nos engañamos.

Todos somos, en alguna medida, consumistas porque esas son las reglas de la sociedad en la que vivimos actualmente. De tal manera que si no somos en alguna medida consumistas corremos el riesgo de vivir al margen de la sociedad. Lo que implica que todo aquél que no pueda o no quiera ser consumista se convierte, en automático, en un antisocial, un paria.

En este contexto, la exclusión de ciertos sectores sociales (como los indigentes, los inmigrantes o los hippies) corresponde a una separación de las dinámicas de consumo características de nuestra sociedad. La máxima subyacente al sistema es tajante: quien no es consumista vive en sociedad, pero prácticamente no es parte de ella.

Analicemos un poco el mecanismo del consumismo para no olvidar que nadie que viva en una sociedad de consumo se salva de él. Sirva también para empezar a dejar de actuar como si el fin último y único de toda sociedad actual pasada o futura sea, fue y será el estar comiendo y desechando productos y servicios.

Por un lado, el consumismo apela a nuestra vanidad, es una práctica individualista. Hace de todo aquello que compramos o pagamos una reafirmación de nuestra personalidad. Nuestra comida, muebles, guardarropa, tecnologías, entretenimientos y círculo social han de ser una extensión de nuestra personalidad. El contexto de nuestro propio microfilme.

El propio cuerpo lleva la representación más sumaria y siempre actualizada de nuestro universo particular. Portamos una selecta configuración de símbolos y signos culturales para que no quepa duda de nuestra auténtica personalidad. Nuestra apariencia ante el mundo ha de ser un mapa sintetizado que refleje la riqueza que constituye nuestro mundo interior (comprometiendo precisamente nuestra noción de intimidad).

—Porque yo quiero que sepas lo único y especial que soy, te lo digo con mis hábitos de consumo. Me pongo una playera de Star Wars porque sé de cine, muy entallada porque voy al gym, skinnys porque es la moda entre la chaviza, piercings porque soy antisistema, botas militar porque soy antisemita, rosario al cuello porque soy religioso, tejana porque soy de rancho. Me tatúo símbolo infinito porque soy muy espiritual, pido menú vegetariano porque soy buena persona y pienso en los animales, café en Starbucks porque soy cosmopolita, bebo Buchanas porque soy buchón, tengo Netflix y Spotify porque soy cinéfilo y melómano. Soy esto, soy lo otro. Soy, soy, soy. Que no te quepa duda de que no hay nadie como yo—.

Por otro lado, el consumismo es un sistema posicional, es decir, una manera en que las clases sociales se identifican, se separan y se perpetúan. Como hay de consumos a consumos, la sociedad consumista pone de manifiesto la clase a la que cada individuo pertenece, pretende o se imagina pertenecer. Esto lo hace a través de -¡qué novedad!- el consumo.

Así cada año el pobre cambia de celular, el no tan pobre de carro, mientras que los ricos año con año acumulan costosos bienes materiales, (entre ellos están los obscenamente ricos acumulando horrendas e inmensamente caras “obras de arte” que, como sólo ellos las pueden pagar, los posicionan en la cima de la estratificación social).

De esta manera, nos gusta engañarnos pensando que estamos comprando las cosas necesarias para la vida. Pero lo que en realidad estamos comprando es una identidad propia y un estatus social. Las cosas ya no son principalmente cosas sino la vía por la que podemos decirle al mundo quiénes somos. Nuestras cosas hablan por nosotros que ya perdimos la capacidad de hacernos entender con palabras. El modelo de nuestro carro, la colonia en que vivimos, la ropa que vestimos, el celular que portamos, los lugares que visitamos, las cosas que comemos, las amistades que tenemos, y todo aquello que afanosamente mostramos en la calle y en las redes, les dicen a los demás, y a nosotros mismos, quiénes somos, si es que es posible ser quién bajo estas circunstancias.

Éste es el panorama, a grandes rasgos, de nuestra sociedad de consumo. Ella nos permite cubrir las necesidades más urgentes (comida, ropa y vivienda) de la forma más barata en la historia de la humanidad, pero nos hace insaciables en lo más banal y superfluo.

Hoy sabemos, tristemente, que Marx se equivocó al pensar que si al proletario se le concediera tiempo libre lo dedicaría a las actividades más sublimes del ser humano; al arte, la religión, la filosofía, la ciencia, el deporte… En cambio, vemos a una clase trabajadora gastando el tiempo que les queda libre a consumir afanosamente las banalidades más abyectas de las que es capaz de inventar el mundo moderno.

Por lo anterior, cabe no perder de vista la naturaleza de la sociedad de consumo si alguna vez tenemos la voluntad de superarla. Porque su riesgo más grande no es su inherente insatisfacción en la abundancia sino el impacto ambiental que le es requisito. Nuestro afán de basar nuestra existencia en el consumo está destruyendo el planeta. Con él se va toda forma de vida, incluida la humana.

Eso no nos tocará a nuestra generación, así que… que se preocupen los nietos de nuestros nietos. Total «la vida es hoy, el mañana no existe», hoy hay Buen Fin, está en puerta la FIL y le sigue la navidad… ¡Que vivan las compras!

Publicado en Análisis social

Para algunas personas entender el concepto de género como constructo social es problemático. Mucho más el comprender la posibilidad de que alguien que nació con pene se identifique como mujer, pues sale de sus estructuras mentales y se refugian en el argumento anquilosado de que la función del órgano determina su lugar en el mundo: “si tiene pene, es hombre. Si tiene vagina, es mujer. Esto es natural y biológico” Y listo. Sin embargo, es mucho más complejo que eso. La cuestión es que se están mezclando funciones biológicas del cuerpo humano, que no son exclusivas de él, con constructos humanos. Sería lo mismo que si comparáramos una estalagmita con la torre Eiffel. Una es natural, generada a partir de procesos naturales, mientras que la otra es un monumento creado por el ser humano, con un fin particular, con significados que sólo nuestra especie puede comprender. Es entonces que afirmar que quien tiene pene, el instrumento del macho para preñar a la hembra, es necesariamente un hombre, no es más que una falacia apresurada, puesto que ahí se están enredando, de manera tramposa, cuestiones naturales con constructos sociales. Desde ahí emerge la confusión entre lo que es el género[1] y el sexo, cuyas características son distintas.

En virtud de la claridad, recurriré a estrategias didácticas básicas a partir de dos ejemplos: el primero girará en torno a la percepción de los colores, el segundo señala los comportamientos al interior de una comunidad de chimpancés. Cada cual busca contrastar las particularidades del ser humano y como éste las usa para construir su realidad exclusiva.

Para ello señalo la inexistencia del color, pues muestra cómo el ser humano crea conceptos para explicar lo que sucede fuera de él. No es diferente lo que sucede con los colores que vemos en nuestra vida diaria, pues ellos, por sí, no están ahí, sino que el ser humano lee la descomposición de la luz.[2] Para explicar eso que ve, se crea el concepto de color. Sin embargo, en la naturaleza, fuera del mundo humano, no existe. Es algo que el ser humano impone a su entorno, para luego elevarlo a la categoría de universal: si es así para él, será así para todos los entes. Esto muestra la forma en que el ser humano imputa sus particularidades a la realidad externa. Esta imposición cultural y conceptual se encuentra en íntima relación con el siguiente ejemplo, que nos habla del comportamiento social de una manada de monos, pues se asemeja al nuestro: al interior hay roles definidos, jerarquías y funciones de cada cual. Sin embargo, entre ellos no hay un consenso sobre las nociones de hombre y mujeres, ya que eso es una construcción social humana. Nosotros interpretamos sus comportamientos en clave antropomórfica, como hacemos con buena parte de la fauna del planeta. Aquí no se niega que existen funciones de macho y hembra, que están directamente relacionadas con la procreación y el sexo de cada uno de los individuos -eso sería negar la polinización o germinación de las semillas-. Hasta donde sabemos, la forma en la que se crean nuevos organismos de forma natural, sólo ocurre de manera sexual y asexual. Aquí nada más nos interesa la primera, pues para fertilizar se requiere, generalmente, un segundo individuo de sexo distinto. 

Desde el simple hecho de llamarles manada, incluso monos, ya estamos aludiendo a una construcción social, generada exclusivamente por el ser humano. Imaginemos que pudiéramos comunicarnos con ellos, de una forma clara y bidireccional, que pudieran entender lo que nosotros les decimos y viceversa. Si les dijéramos que son monos, difícilmente se identificarían con eso que nosotros llamamos monos o monkeys. Y aquí entra la parte compleja: nosotros los llamamos así porque necesitamos interactuar con nuestro entorno. Pero, al momento de darles un nombre, no sólo los diferenciamos de nosotros como humanos, sino que les estamos imponiendo un nombre que, en la naturaleza, en el ámbito de la biología, no existe. El león, la hiena, la jirafa, el nogal, la tierra, el polvo y cualquier otro concepto inventado por el hombre, no tienen una existencia real, que se encuentre en la naturaleza. Existen porque nosotros les damos existencia. Para las abejas, el polen no es polen. Quién sabe que sea, pero polen, en definitiva, no. Eso lo afirmamos nosotros. Le damos (una) existencia al categorizarlo, en un afán de conocer y, por ende, controlar.

Si esto es demasiado complicado, pongamos un ejemplo mucho más fácil: el maíz. En México sabemos que es una planta. Sin embargo, no en todo el mundo se conoce como maíz. En otros lugares se le conoce como choclo, avatí, malajo, borona, altoverde y muchas otras. Y no existe mayor problema en identificarlo con un nombre distinto, pues no atenta contra su naturaleza ni sus funciones especiales. Esto nos permite ver que lo que nosotros nombramos, no tiene un sentido univoco ni se relaciona con una verdad última que nosotros debamos descubrir. Todo nuestro mundo es una mera construcción social. No es diferente con el género. Si hacemos la distinción entre macho/hembra, refiriendo exclusivamente a la función natural de procrear y hombre/mujer, con sus roles particulares, creados a partir de consensos sociales, por costumbre, entonces dejará de parecernos extraño e inconcebible que alguien con pene se identifique como mujer o alguien con vagina se identifique como hombre. Ahí radica la diferencia, en la identificación, en colocarse en un lugar específico, al interior de una sociedad particular. Que estos instrumentos naturales de procreación, el pene y la vagina, se hayan relacionado con los roles de género, es la razón por la cual se insiste en que la biología, que nos remite al macho y la hembra, son los que determinan el género binario. Por eso la posibilidad de asumirse o identificarse como mujer u hombre. No hay que perder de vista que el pene o la vagina son meros instrumentos para reproducción, mientras que el concepto de hombre y mujer, con sus respectivos roles, son constructos sociales que se confunden con cuestiones biologicistas.

En última instancia, quien afirma que, al tener pene o vagina, automáticamente se es un hombre o mujer, necesariamente pone en la misma categoría a los perros, los gatos, los burros, los caballos y a cualquier ente que se reproduzca mediante copula, pues lo hacen justamente a través de la vagina y el pene. Por ende, el argumento de que el órgano genital determina su adhesión a las categorías de hombre o mujer, de manera “natural y biológica”, irremediablemente coloca en el mismo lugar a cualquiera que tenga esos elementos. Y si aún queda duda, pensemos en qué fue primero: ¿El lenguaje o el mundo? Es aquí que se vuelve necesario hacer una distinción entre planeta tierra, eso que estamos pisando y nos mantiene y el mundo, como construcción social, que es definido mediante el lenguaje. Por ende, primero fue el lenguaje, eso que nos permite construir y organizar nuestra realidad.

 


[1]Cabe mencionar que al ser este un ensayo didáctico, sólo me refiero al género binario, sin abordar el abanico de posibilidades que presenta.

Publicado en Divulgación
Jueves, 15 Septiembre 2016 23:23

Nacidos para fallar

No se necesita elaborar una argumentación sofisticada para decir que el mexicano vive del “pero”. Es cierto que como decía Gurdjieff todo hombre puede hacer cualquier cosa que otro hombre hace, no obstante es innegable que el mexicano haya un extraño placer en hacer las cosas a contraindicación. León Portilla comentó en su “Fenomenología del relajo” que “(…) una forma de conciencia tan incidental y pasajera como la burla o la risa puede servir de clave para comprender rasgos esenciales de la condición humana o para penetrar en la estructura espiritual de un pueblo (…)”. Es decir que el no tomar en serio, el incumplir, el hacer una gracia de algo serio habla no sólo de la situación en sí, sino de una condición cultural y espiritual. Hay un curioso revanchismo en incumplir, un “me salí con la mía” que deviene según manifestó Samuel Ramos de ser un pueblo conquistado y dominado por otros. “Indio ladino” he escuchado al ver películas viejas.

Si bien, ya hace algún tiempo se repite la idea de que lo hecho en México está bien hecho, puede interpretarse en dos sentidos. Primero según la afirmación de Gurdjieff; para demostrar el famoso “si se puede”, “si ellos pueden también nosotros podemos”. Segundo, que es una simple argucia comercial para un esquema de producción y consumo interno.

Aunque no afirmo que tenemos una determinación innata para hacer las cosas mal, por lo regular tampoco las hacemos enteramente bien. Asistimos a nuestros compromisos, pero lo hacemos impuntualmente, realizamos nuestro trabajo pero no lo hacemos lo mejor que podemos, cumplimos nuestras obligaciones pero lo hacemos a destiempo, hacemos lo sabido con anticipación a última hora, devolvemos lo prestado sólo cuando nos lo piden, pagamos nuestras deudas sólo si nos cobran repetidas veces, atendemos el teléfono o el correo sólo cuando a nosotros nos urge, nos promovemos siempre como sujetos merecedores de una segunda o tercera oportunidad y queremos generalmente ser evaluados con una vara muy pequeña para pasar fácil. El amable lector sabe que en las anteriores cosas estoy siendo positivo y que me quedo corto respecto a las muchas evidencias de estos vicios que Chava Flores proporciona en sus canciones.

Aunque se reconoce que la rigidez tampoco es un extremo aconsejable y que cierta flexibilidad es parte fundamental de lo humano, es nota importante que el sentido común por muy común que sea; no debe faltar. Parece que el mexicano ha normalizado una acostumbrada falta de consistencia en la mayoría de sus acciones cotidianas. ¿Fatalismo? No lo creo, porque el darnos a la tarea de pensar si quiera sobre si las descripciones acá comenzadas concuerdan o no con nuestra mexicanidad ya es una autorreflexión, y ésta nunca será estéril. Titulamos a nuestro texto nacidos para fallar, no por desprecio a nuestro propio origen, o porque realmente se afirme que es innato en el mexicano hacer las cosas mal, pero sí para preguntarnos, que si no es así ¿por qué tanta necedad?

Publicado en Análisis social

Hay dos cosas que no podemos elegir; la primera es nuestra familia y, la segunda, es donde nacemos. De lo contrario ¿elegiríamos ser mexicanos? Más de alguno de nosotros lo pensaríamos dos veces, porque esto conlleva no sólo un registro civil, sino una carga ideológica y una llamada “Identidad nacional”, y no, esto no se reduce a un partido del tricolor (selección mexicana) reunidos en familia sentados frente al televisor con refresco en mano y nachos, como la mayoría de los mexicanos podríamos pensar.

En la actualidad contamos con un presidente cuyo papel protagónico es el de su ignorancia, donde para bien o para mal es síntoma de la enfermedad mexicana que es la falta de educación. Y no hablo de los edificios que alguna vez fueron cementerios y que ahora son reutilizados para aulas. Ni de una reforma educativa donde el trasfondo es político y económico. Hablemos de una verdadera educación, pero ¿cuál podría ser la verdadera?

En un mundo lleno de desinformación, donde todo se vuelve líquido y fugaz, donde lo que aprendo se desmorona por la mañana, la verdadera educación es la que nos hace ser libres. Por lo tanto, a lo que nos referimos con nacionalismo en tiempos modernos es a la representación de una ideología, cultura y raíces étnicas que nos diferencian de la mayoría de los seres vivos.

Dentro de nuestra cultura debemos abordar nuestra singular y preciada alimentación. Como los chiles rellenos, las ricas tortillas de maíz, las gorditas de masa y, por supuesto, nuestras salsas en todas sus presentaciones, desde la Tabasco (pese a no ser de origen nacional) hasta el chile verde. Claro, la comida y el folclor de nuestras tierras es algo que nos identifica, aunque a veces se nos olvide que fuimos conquistados por los árabes, españoles, ingleses y franceses. Por lo tanto, que nos queda sino una diversificación de diferentes culturas, religiones y razas. Somos el conglomerado de la raza azteca, caras de apaches, con nopal en mano y huaraches. Una síntesis de un país joven que trata de resurgir entre todas sus riquezas pero que constantemente es saqueado por sus mismos gobernantes. Somos lo que Octavio Paz temía, un lugar que por sus riquezas debe sufrir las peores desgracias.

Cómo somos capaces de encontramos o identificarnos a nosotros mismos de los demás seres del planeta, si no es solamente porque nos reconocemos a través del otro, de la otredad. Al observar las diferencias y/o similitudes entre los demás seres humanos, nos reconocemos. Hablando de razas, algunos son güeros, otros castaños, otros carecemos de heterocromía y otros somos un poco más altos que la media. Pero al final todos somos seres humanos y, aún más, nos llaman mexicanos. Algunos nos dicen corruptos, tranzas, indios. Y quisiera negarlo, pero ¿por qué negar que tengo, tal vez, alguna raíz indígena? De corruptos y tranzas, me atrevería afirmar que es más que una ideología, es nuestra filosofía mexicana, el chingar o esperar a que te chingue. Es lamentable, lo sé, que ahora que lees esto pensemos lo mismo. Pero ¿cómo negar 200 años de una misma carga educativa generacional, donde el medio más eficaz para escalar a un mejor puesto o conseguir mejor trabajo, es el de fregar al otro? Nos hemos caracterizados por ser personas que en vez de buscar al súper hombre del que nos habló Zaratustra, buscamos ser lo más retrógradas posibles, y entre más fácil y sencilla sea la salida, mejor. Si habláramos de razas inferiores, como Hitler lo afirmaba, siguiendo una línea schopenhaueriana, al igual que este mismo filósofo (Schopenhauer) negaría mi propia nacionalidad al verme entre abismos de incongruencia e ineptitud sobrehumana.

La calidez de la ignorancia gobierna el gozo de los más llanos deseos de los esclavos obreros, quienes apenas sobreviviendo con un salario mínimo que no alcanza ni para la canasta básica, y trabajando el doble que muchos países del primer mundo, se encuentran sometidos a una náusea, que vomita todo el glamour de pensamiento crítico, humanista y, ya no digamos de un verdadero pensamiento, filosófico.

Pero celebremos que somos mexicanos, aunque nuestros llamados héroes patrios en su mayoría sean historias fantasiosas o falsos ídolos. Que seguimos siendo un país tercermundista, gobernados por el presidente que más nos representa como sociedad. Celebremos que será puente y no trabajaremos, así podemos tirar flojera o emborracharnos hasta vomitar. Celebremos como niños en el zócalo con música y baile, adiestrados como animales de circo, agradeciendo a nuestros dueños por tan hermosa y singular fiesta. Celebremos y gritemos al aire que viva México cabrones, aunque no reconozcamos nuestra propia historia y mucho menos seamos cabrones, porque si lo fuéramos, buscaríamos, a toda costa, la libertad.

Publicado en Crítica