De antemano sé que mi reflexión está sesgada y quizá tenga poco valor porque soy un hombre cisgénero; padre de familia; educado en un ambiente católico tradicional y (casi) ortodoxo. Sin embargo, esto no me impide ver la foto completa y dar cuenta de que el asunto va más allá de lo que se le está intentando imputar. (me restriego la cara y exclamo: a ver…)

¿Qué pasó en Procuraduría General de Justicia (PGJ) y posteriormente en la marcha feminista de la CDMX, ambas enmarcadas en el #NoMeCuidanMeViolan? “Agredieron” a Jesús Orta, con diamantina rosa, destruyeron las instalaciones de la procuraduría (particularmente una mujer de falda y blusa negra). Además, hubo actos violentos al interior de la marcha, lo que es lamentable. Asimismo, tuvo lugar el vandalismo a las paredes y monumentos. Desde ya debo decir que me da gusto que haya sucedido. Incluso sostengo que la nota que debería estar en boga es que una mujer estaba haciendo destrozos al interior de la procuraduría, enfrentando a granaderos y policías casi en soledad. ¡Celebro a la mujer que quiebra vidrios, que quema banderas, que raya monumentos, que rompe con el orden! Esa mujer debe estar harta. Esa mujer representa a todas las mujeres que ya no aguantan, pero no pueden decir basta. Esa mujer habla por las que no tienen voz, por quienes son violentadas, desaparecidas, muertas. Ella habla por mis hijas, por mi esposa, por mis primas, por mis tías, por mis amigas. Esa es la voz que se también se debe escuchar. Ese es el lugar que necesitamos ver. 

Sin duda alguien dirá: “¿Por qué con violencia? ¿Por qué deben salir a las calles? ¿Para qué pintar las paredes y los monumentos? Hay formas pacificas de protestar.” Hay dos cosas: la primera es que el argumento implica que hay caminos institucionalizados que deberían seguir, para ser escuchadas. Sin embargo, esos mismos caminos les han dado la espalda. Se han seguido y de poco han servido. Con el simple hecho de que se ventiló la información de la persona que hizo la denuncia contra los cuatro policías pone en evidencia la nula fiabilidad que se tiene.

En segundo lugar, si quieres la atención de la gente, ya no basta con tocarles el hombro. Más bien, hay que (metafóricamente) pegarles en la cabeza con un martillo, como sugería John Doe. Esto se traduce a que, en condiciones extremas, soluciones extremas. Si las manifestantes se hubieran sentado en un alejado callejón de alguna ciudad de CDMX a tejer, difícilmente habría tenido mucho impacto[1]y la nota sería más bien chusca “mujeres tejen por sus derechos”; “tejiendo por un sueño”. No sé. Muchos reporteros son bastante creativos para quitarle seriedad a los asuntos más solemnes. 

Parece entonces que lo importante en este caso es que, a raíz de las protestas y la marcha, hubo actos vandálicos y dos casos de violencia. Es lo que más ha estado sonando. Incluso personas que prefieren alejarse de esos temas, ahora opinan al respecto: en los grupos de WhatsApp de Pokémon, el de las tías que comparten la foto de Piolín, el de fotografía de figuras de acción, el doctorado, por mencionar algunos. Nichos desde los que jamás se comenta de la vida o la política traen a colación que le pegaron a un reportero, que se violentó a un repartidor de comida y que los monumentos fueron “mancillados”. Que la atención se centre en esos hechos es terrible, porque no se habla de la razón por la que ocurrieron las manifestaciones. Se presta especial cuidado a los hombres que estuvieron ahí, no a la manifestación y las razones de las cuales emerge. 

Hablar hasta el cansancio de lo que les sucedió a los hombres que estaban ahí se ha vuelto tendencia. Y es justo por ello que se pide, sugiere y ruega a los hombres que no asistan a las marchas de mujeres. No debemos perder de vista que en otras ediciones buena parte de las notas han sido para lo que hacen los hombres: el que llevaba un cartel que decía “estoy semidesnudo rodeado por el sexo opuesto…”, la pareja heterosexual que, en la marcha del orgullo LGBT de este año, llevaban un cartel que decía “Como pareja hetero, nunca hemos sido discriminados…”. La insistencia de los hombres de tomar parte activa en estas acciones colectivas habla del control, en última instancia. Que las cosas se deban hacer cómo nosotros queramos genera el encono. Por ello las reglas son claras: no asistas. Si asistes, ve a los lados o atrás. Jamás adelante. Esto no se dice porque sí, sino porque no es un movimiento en el que las mujeres (DE CUALQUIER TIPO) deben llevar las riendas, porque ellas se representan a sí mismas. Lo que se busca es escapara de las nociones paternalistas en las que se asume que ellas deben ser guiadas. Dudo mucho que la mujer que destruyó las instalaciones de la PGJ necesite tutela para llevar su vida. Es entonces que podemos explicar el por qué se agredió al repartidor. Era un hombre en medio de una marcha feminista, tomando fotos para el Facebook (o para justificar que no podía avanzar). No era ni un reportero ni mucho menos paramédico. Era alguien que fue a ver qué pasaba. Lo que parece que no queremos ver es que segundos antes el camarógrafo que registró el hecho a fuerza quiere sacar la toma de las personas que están golpeando y pintando una camioneta. Le pegan en el lente y le dicen, agresivamente, que se haga para atrás, pues pone en riesgo a las morras (sic). Le pintan el lente y comienzan a gritar: “¡Hombres atrás, hombres atrás!” Una persona, celular en mano, inteligentemente se aleja corriendo. El repartidor continúa tomando fotografías, quizá pensando que como él no es malono le tienen por qué hacer nada. Sin que lo espere, le pintan el celular con aerosol y luego golpean su bicicleta. Se indigna y comienza a alejarse. Se voltea, grita algo que no puedo descifrar y les enfurece. Enseguida van tras él y le pintan la cara y el casco, la rueda y la mochila. Casi al salir de la pantalla le dice a alguien: ¿Ves estas pinches locas? Termina el vídeo.[2]

Entonces, ¿Qué pasó? Un camarógrafo que estaba haciendo (mal) su trabajo provocó el enojo de las manifestantes, el repartidor no quiso prestar atención y le tocó pagar. ¿Se hubiera podido evitar? Por supuesto, si no hubiera estado ahí parado, si el camarógrafo hubiera atendido a las peticiones y si ningún hombre hubiera estado en ese lugar, haciendo algo que no le correspondía. 

Justo así le pasó a Juan Manuel Jiménez, de ADN40. Un mal reportero en un lugar equivocado, sin preparación y poco profesionalismo. Es por ello que las televisoras deberían tener personal calificado para cada momento y noticia. Los ánimos ya estaban caldeados pues en los medios aparecieron videos que “desmentían” la violación de cuatro policías a una menor de edad. Esto de por sí es horrible pues a pesar de que las pruebas de ello no son contundentes, que se perdieron expedientes, que se divulgó información sensible y que la labor de las autoridades deja mucho que desear virtualmente se cerró el caso. Para quien ha perdido familiares, han sido víctimas de violación o se sientan defraudadas por el sistema penal esto es una afrenta mayor, pues no sólo es que se desestime un caso de violación, sino que esto podría sentar precedentes para poner en duda las posteriores denuncias. Si a eso le sumamos la evidente inexperiencia del reportero y lo impresionante que es estar ante mujeres empoderadas, que le aventaran diamantina y le reclamaran, no a él, sino como representante de los medios, era lo menos que se podía esperar. Es claro que se puso nervioso y no supo contestar a los embistes. Su actitud se convirtió en paternalista: sí, pobrecitas, les creemos. Están enojadas y cosas por el estilo. Lo que le hicieron las mujeres era de esperarse. Insisto en que no debía estar ahí. Ahora, lo que realmente es preocupante del hecho son dos cosas en particular: la persona vestida de negro, que va encapuchada e intenta agredirle. Le lanza un par de golpes y luego se le abraza al cuello sin mayor problema. El reportero le sobrepasa en fuerza y altura. No tiene mayores repercusiones más que molestarle. Mientras que el segundo momento, cuando le ordenan al chico de gorra que golpeé al reportero, ese tiene mayor impacto y hace que las mujeres reaccionen ante la agresión y persigan, señalen e incluso pinten al perpetrador. Termina el video.[3]

Habría que analizar los videos para ver si es que son dos hechos aislados o son parte de una misma acción. Es importante señalarlos porque esto implica que hay intereses que se mueven tras bambalinas. La pregunta de nuevo sería: ¿Podría haberse evitado? La respuesta es la misma. Primero, si no hubieran ido esos hombres, no habría ocurrido. Segunda, si la cadena de noticias hubiera mandado a un periodista y un camarógrafo preparados, quizá la reacción hubiera sido distinta. Pero estos hechos tuvieron lugar y no puede negarse. Y eso está en las noticias. Y es lo que se está comentando. Sin embargo, eso es una contingencia, algo que pasó pero que no tiene mayor trascendencia. Más bien habría que ver a los motivos por los que esas mujeres estaban ahí. Ese es el meollo del asunto: ¿Por qué salieron esas mujeres enojadas (por decir lo menos) a las calles, a destruir la “propiedad privada”, a destrozar el bonito orden en el que estamos? Porque su realidad es distinta a las de los hombres. Porque si no lo hacen de esta manera, no importa, no llama la atención. Porque en realidad están solas. Porque incluso esos que se supone deben protegerlas, las violan, porque aquellas que se supone son aliadas les reprueban, porque aquellos servidores públicos que les deben el puesto posicionan las manifestaciones como golpeteo político. ¿Qué tendrán en la cabeza Elena, Epigmenio o Noroña para restar legitimidad a la violencia o afirmar que la marcha respondía a órdenes de lo que llaman fascismo? Este último va más allá, afirmando, partiendo de un mero supuesto que presenta una serie de videos, que la violación denunciada es falsa. 

Es por ello que insisto: las mujeres están solas en esto. Completamente solas. Por ello, si es hombre y se entera de alguna marcha feminista y no le convocan, como medios o asistente, no vaya. Las fotos que pueda subir a Facebook no apoyan al movimiento, solo le exotizan. Y si de todas formas piensa que NECESITA asistir, hágalo sabiendo que su lugar es atrás o a los lados. Que usted, como hombre, no tiene por qué ser protagonistas en una marcha de mujeres, que exigen equidad y respeto a sus derechos. Créame que ellas pueden hablar por ellas. Que no necesitan nuestro permiso. Usted, como hombre, quédese en casa, viendo los sucesos por la televisión. Ahí les sirve más. Ya ahí pregúntese: ¿Por qué se comenta más esos dos videos que la desestimación de una violación? ¿En verdad son tan poderosos esos dos videos como para restarle legitimidad a una marcha que exige se aclare una investigación, que pide por la seguridad de las mujeres?



[1]Esto no implica que manifestaciones como esa carezcan de valor o tengan incidencia en la vida política. A lo que apunto es que se está poniendo más énfasis en casos aislados. Se presta más atención en los daños colaterales que en los motivos de las manifestaciones. 

[2]https://www.facebook.com/LaEraMX/videos/1072338569823292/UzpfSTExNTMxNjM2NTM6MTAyMTkxNjA1NzE2NjI0ODE/

[3]https://twitter.com/adn40/status/1162527475349327873

Publicado en Análisis social

En medio de una rutina inesperada, me encontré atravesando, el sábado pasado, la tan esperada “Marcha por la Familia”.

Quise quedarme a observar, quería saber quiénes conformaban aquel gran llamado a los valores tradicionales de esta gran ciudad (Guadalajara). Sin sorpresa, pronto me percaté que la marcha se encabezó mayormente por madres y abuelas que, acompañadas de sus nietos adolescentes e infantes, portaban aquellas prendas blancas, símbolo de la más pura y bien intencionada homofobia.

Bajo el sol observé como poco a poco el tumulto se congregaba alrededor de la glorieta coronada con el monumento a la diosa Palas, aquella Minerva virgen, concebida desde la propia mente de su padre Zeus, quien decidiera devorar a su madre Metis y darla a luz él mismo, al ritmo del cincel del benevolente Hermes.

Diosa de la sabiduría quien, educada sin madre, forjó su carácter y conocimiento en medio de aquella gran familia olímpica; de quienes aprendiera los dotes propios de una diosa. Como de Apolo, seductor de hermosos jóvenes quienes caían rendidos ante sus encantos, o la sempiterna Afrodita, quien compartiera el lecho tanto con dioses y mortales, además de educar al propio Eros, dios del amor, al más puro estilo de una madre “luchona” contemporánea.

Al final, todo aquello parecía no tener la menor importancia ante aquellos que, cobijándose a la sombra de aquel helénico estandarte jalisciense, se disponían a defender la integridad y buenos valores acorde a los principios con los que fueron educados para aseverar, de forma tajante, cuáles eran las características exactas que debería tener una familia.

Pese a que las buenas intenciones y un sentimiento de unidad social prevalecían -decía mi abuelo: de buenas intenciones están llenos los cementerios-, es necesario hacer notar que en el progreso del contingente nacieron, de mi mirada expectante, algunas curiosidades.

Y no es sólo el hecho de ser un fanático de las paradojas sociales o el sarcasmo intelectual, aquello era una oportunidad invaluable de extraer aquellos ideales desde la consciencia colectiva de un grupo representativo de Guadalajara, de los llamados “mochos”.

Portaban pancartas que ociosamente intenté entender desde sus propios fundamentos ideológicos. Desde las más sobrias, que simplemente afirmaban que querían familias con valores y unidad -lo cual me parece respetable, pero al mismo tiempo inocente, ya que asumen que los valores sólo se pueden generar desde la familia nuclear-; hasta las más elaboradas que realmente cautivaron mi atención.

Recuerdo particularmente una cuyo sentido intenté descifrar por un par de minutos. En la parte superior decía “Pedimos educación religiosa y eliminar la educación de género de las escuelas”. Más abajo, esa misma lona proclamaba “protejamos la familia natural” y remataba con la cereza haciendo más sabroso el pastel de las ideas: “NO ES RELIGION, pero no oculto mi fe cristiana”.

Es decir, que todos los postulados en los que se basan están parapetados en la doctrina religiosa. Esto a partir de la noción de la familia natural. Entiéndase algo así como: “Dios nos creo así. Adán y Eva fueron creados para ser la primera familia”. Pero ¿Caín y Abel con quien tuvieron su estirpe? Siguiendo el bellísimo relato bíblico nos deja dos opciones: 1) o encontraron otras mujeres, lo cual no está descrito en el génesis, 2) o tuvieron que hacer lo propio con su madre. (¡PUNTO PARA FREUD!)

Lejos del mito bíblico, las repercusiones actuales son las que me agobian, ya que la idea doctrinal del momento histórico enajena a los individuos en su transitar histórico. Me propuse hacer el ejercicio mental de llegar a las mismas conclusiones para rastrear las premisas. Para lo cual, me vi en la necesidad de eliminar un montón de conocimiento de diferentes disciplinas. La familia natural en contra del desarrollo evolutivo de la especie a lo largo de los milenios. El dilema moral de la posmodernidad y de paso el de la modernidad. La condición existencial de cada individuo y su compromiso para con su propio transitar en el mundo. El propio sistema jurídico (por aquello de tener que legislar todos los días para re-acomodar la legalidad al devenir social, por una necesidad inherente de la historia). Básicamente, terminé de nuevo en la secundaria, donde escuchaba un montón de ideas complejas, sabiendo que existían, pero sin entender ninguna de fondo, entregándome plenamente al camino marcado por la melodía de la flauta que esgrimía alguna autoridad.

En conclusión, pude observar que era un contingente nutrido de gente en su mayoría bien intencionada. Madres que querían defender su principal función social ante la amenaza de la sustitución y merma de oportunidades existenciales, para cumplir dicho privilegio. Luismirreyes que gozaron las ventajas de dicho modelo y que acompañan a su familia para pregonar la superioridad moral de la misma. Todos, dirigidos bajo la guía de la comunidad eclesiástica, aquella que, como parte de sus votos sacerdotales, renuncia a la vida familiar por su incómodo compromiso con el ejercicio de la sexualidad.

Aquello fue un desfile que, a impresión personal, hacía gala de una increíble capacidad para la generalización conceptual:

Homosexuales=malos

Familia nuclear=buena

Educación laica=mala

Evangelización cristiana=buena,

Generalizaciones y pereza intelectual=buena

Análisis histórico, social, cultural, psicológico=malo

En fin, podría desgastar la pluma hasta el final intentando explicar mis impresiones personales de tan increíble desplaye de dogmatismo medieval que se vivió el sábado pasado en Guadalajara.

Estamos gritando a los cuatro vientos que queríamos tolerancia, pues ahora nos la aguantamos hasta con los mochos y su derecho a manifestar sus ideas. Lo cual no implica, el no poder analizar sus propuestas.

Publicado en Análisis social
Viernes, 17 Julio 2015 00:00

De la tolerancia y sus soldados

Hace unos días circulaba en el portal Facebook la imagen de un pequeño, cuya característica especial era la (supuesta) situación en que la fue captado. En la imagen se observa un niño, de aproximadamente 8 o 10 años, con ciertos rasgos que alguien, desde una postura de género ortodoxa, podría considerar como afeminados: la forma de pararse, su corte y hasta su cara. Incluso hay quien puede asegurar que coquetea con alguien. Según la persona que lo compartió (ver imagen adjunta)

y de donde yo la obtuve, esta imagen es del desfile del orgullo gay, en París, Francia. Aún no he podido rastrear el origen de la misma. Sin embargo, eso no es lo importante. Lo que en realidad llama la atención, es la postura que toma la persona en cuestión. Cito: 

“(sic) Haber señor congresista C. Bruce, que me puede decir sobre este niño que fue captado junto a sus "padres" en el desfile del orgullo gay realizado en París - Francia.

Es así como quiere que sea el "futuro" de muchos niños en nuestro país???

Nadie esta en contra de la orientación sexual o homosexualidad de much@s, pero no pueden crear una distorsión en el desarrollo de seres inocentes que solo siguen el ejemplo de sus "padres".

No soy ningún homófobico pero esta imagen es denigrante, que final tendrán aquellos niños que dependerán de los matrimonios gay.....si ustedes lo son, pues continúen así....pero no arrastren a los demás a seguir su ejemplo.

No al matrimonio gay.....no a la denigración de nuevos seres inocentes.”

Hasta aquí la cita. Parte de lo que dice ésta persona me parece por demás acertado. No debemos, como padres, distorsionar el desarrollo de estos pequeños seres sin experiencia. Es menester no denigrarles, obligándoles a seguir patrones se nos impusieron, es medular no permitir que sigan los ejemplos de los padres. Hacer lo contrario implica no permitirles ser creativos sobre sí mismos. Específicamente en cuestiones de género ya que, en buena medida, eso que les enseñamos podría determinar su aproximación al mundo. Incluso me aventuraría a decir que incide hasta en la percepción que tienen de sí mismos. Como estudioso de la creación de subjetividad, en eso estoy completamente de acuerdo. Sin embargo, cuando habla de arrastrar a los niños, con el ejemplo de las familias homoparentales, estoy en una encrucijada. ¿Por qué? Casi todos mis contactos saben que estoy a favor de la diversidad. Sin tapujos, ni mediación. Considero que es uno de los derechos humanos básicos, el permitir, sin juzgar o señalar, que alguien ame a otra persona, allende a que se haga distinción de su credo, orientación, estatus o cualquier cosa que implique una barrera social, que impida su pleno desarrollo emocional, humano y hasta social. Sin embargo, emitir una opinión favorable, en este caso en particular y sin más, sobre este momento que atañe a la comunidad LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales). En verdad me resulta difícil. Mi restricción no gira en torno a la posible influencia de los padres “gays”, como dice la persona que compartió la foto, sino lo que significará llevar hasta las últimas consecuencias su argumento. Lo que subyace a esto es que los padres, pero sólo los gays o familias homoparentales, necesariamente modificarán las conductas de cualquier niño que adopten, para que él mismo, como bestia sin decisión o razonamiento, se decida por una orientación sexual diferente a la normalizada. Sin embargo, se olvida también de los padres heterosexuales y la carga simbólica que sus prácticas tienen, en la identidad de los chicos. ¿Acaso ellos no modifican las conductas de los niños, para que sigan el modelo institucionalizado de, por ejemplo, ser hombre? Un acto que pareciera vacío de prejuicios y lleno de preocupación por el otro, como que se critique la imagen de este niño, ataviado con una boa de plumas, una pequeño short y cabello teñido, muestra de manera abierta el rechazo y desprecio por estas identidades emergentes, ya que se estructuran desde el discurso heteronormativo, que obliga a los machos y hembras a distinguirse como hombre o mujer, desde sus prácticas de la vida diaria, instauradas desde la economía sexual masculina. En este caso nos encontramos en el espacio de la tolerancia y la Libertad institucional.

¿A qué me refiero? La reiteración de las prácticas performativas, las sancionadas como positivas, o hasta consideradas como buenas, tienen una incidencia radical en la programación de lo que los a niños y niñas deben ser. No importa el “¿Qué quiero?”, sino que más bien lo que pareciera apelarnos es el “¿Qué me quiere?”. Esa Libertad institucional de la que hablo, tiene que ver con las condiciones que el Estado otorga. La deontología institucional implica que, como hombre o mujer, debo ocupar un lugar. Y este es constreñido mediante las prácticas que el discurso dominante, si se me permite el término, asigna a cada rol de género. Es por ello que cuando vemos a un niño como el de la imagen que compartió la persona de la que hablaba más arriba, nos escandaliza. Sale de lo regular y muestra, según la persona que la compartió en su perfil de Facebook, la desdeñable incidencia de los padres gays. Sin embargo, no aborda la relación que tienen los padres heterosexuales, para con el diseño de la subjetividad de sus hijos e hijas. Y es aquí donde se encuentra la limitante para expresar mi apoyo a la comunidad de la diversidad y las familias homoparentales. Hay un vídeo, en YouTube (ver video en la parte inferior), donde se aprecia a un niño bailando algo que se escucha como un narco corrido. El niño en cuestión lleva una gorra, algo que en México llamamos “mariconera”, pantalón pegado, tenis y la botella vacía de una cerveza, cuyo contenido es, aparente y deseablemente, una bebida gaseosa o agua fresca. Este niño pareciera emular el comportamiento y vestimenta de un cierto tipo de persona, denominada como “chaca”, cuta particularidad es tener un estilo de vida ligado al crimen organizado, que necesariamente alude a prácticas especificas, que le permiten sustanciar su masculinidad, su hombría. Es entonces que se vuelve difícil, si uno quiere ser coherente, defender a los padres gays y la relación permisiva que tienen con su hijo, puesto que el niño al que me refiero, se encuentra en el mismo y exacto lugar. Ante la distorsión de lo que la persona del perfil en Facebook refiere como realidad, debido a las prácticas y modelos que sus padres, familia o personas con las que convive sancionan como positivo, él actúa de la forma en que lo hace, intentando ocupar un lugar que, por su condición de hombre, le pertenece de manera “natural”. Lo terrible es que nos escandalicemos con uno, y no con otro. Que normalicemos y veamos como deseable el comportamiento de uno de éstos niños, mientras que el otro sancionemos desde el horror y el desprecio. Incluso que afirmemos cosas tan graves como la (sic) denigración de nuevos seres inocentes. Es aquí, estimado lector, que debe uno cuestionarse ¿De qué lado se pone usted? Porque si continuamos programando a las futuras generaciones con estos discursos anquilosados, no nos extrañe que los hombres sigan baleando mujeres, por negarse a sus avances románticos, ( http://fisgonpolitico.com/jalisco/luis-enrique-ruvalcaba-profugo-tras-asesinar-a-una-joven-por-negarse-a-salir-con-el/ ) o mujeres mayores que humillan a jovencitas, ( http://www.sinembargo.mx/12-07-2015/1411783 ) porque sostienen relaciones sexuales con los padres de sus amigas, eximiendo de responsabilidad al hombre. En última instancia, privilegiar performatividades masculinas sobre las emergentes, siendo que las primeras han mostrado su radical ineficacia, nos atrasa como nación. Inclusive como humanos. Si es que lo fuimos alguna vez.

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