En medio de una rutina inesperada, me encontré atravesando, el sábado pasado, la tan esperada “Marcha por la Familia”.

Quise quedarme a observar, quería saber quiénes conformaban aquel gran llamado a los valores tradicionales de esta gran ciudad (Guadalajara). Sin sorpresa, pronto me percaté que la marcha se encabezó mayormente por madres y abuelas que, acompañadas de sus nietos adolescentes e infantes, portaban aquellas prendas blancas, símbolo de la más pura y bien intencionada homofobia.

Bajo el sol observé como poco a poco el tumulto se congregaba alrededor de la glorieta coronada con el monumento a la diosa Palas, aquella Minerva virgen, concebida desde la propia mente de su padre Zeus, quien decidiera devorar a su madre Metis y darla a luz él mismo, al ritmo del cincel del benevolente Hermes.

Diosa de la sabiduría quien, educada sin madre, forjó su carácter y conocimiento en medio de aquella gran familia olímpica; de quienes aprendiera los dotes propios de una diosa. Como de Apolo, seductor de hermosos jóvenes quienes caían rendidos ante sus encantos, o la sempiterna Afrodita, quien compartiera el lecho tanto con dioses y mortales, además de educar al propio Eros, dios del amor, al más puro estilo de una madre “luchona” contemporánea.

Al final, todo aquello parecía no tener la menor importancia ante aquellos que, cobijándose a la sombra de aquel helénico estandarte jalisciense, se disponían a defender la integridad y buenos valores acorde a los principios con los que fueron educados para aseverar, de forma tajante, cuáles eran las características exactas que debería tener una familia.

Pese a que las buenas intenciones y un sentimiento de unidad social prevalecían -decía mi abuelo: de buenas intenciones están llenos los cementerios-, es necesario hacer notar que en el progreso del contingente nacieron, de mi mirada expectante, algunas curiosidades.

Y no es sólo el hecho de ser un fanático de las paradojas sociales o el sarcasmo intelectual, aquello era una oportunidad invaluable de extraer aquellos ideales desde la consciencia colectiva de un grupo representativo de Guadalajara, de los llamados “mochos”.

Portaban pancartas que ociosamente intenté entender desde sus propios fundamentos ideológicos. Desde las más sobrias, que simplemente afirmaban que querían familias con valores y unidad -lo cual me parece respetable, pero al mismo tiempo inocente, ya que asumen que los valores sólo se pueden generar desde la familia nuclear-; hasta las más elaboradas que realmente cautivaron mi atención.

Recuerdo particularmente una cuyo sentido intenté descifrar por un par de minutos. En la parte superior decía “Pedimos educación religiosa y eliminar la educación de género de las escuelas”. Más abajo, esa misma lona proclamaba “protejamos la familia natural” y remataba con la cereza haciendo más sabroso el pastel de las ideas: “NO ES RELIGION, pero no oculto mi fe cristiana”.

Es decir, que todos los postulados en los que se basan están parapetados en la doctrina religiosa. Esto a partir de la noción de la familia natural. Entiéndase algo así como: “Dios nos creo así. Adán y Eva fueron creados para ser la primera familia”. Pero ¿Caín y Abel con quien tuvieron su estirpe? Siguiendo el bellísimo relato bíblico nos deja dos opciones: 1) o encontraron otras mujeres, lo cual no está descrito en el génesis, 2) o tuvieron que hacer lo propio con su madre. (¡PUNTO PARA FREUD!)

Lejos del mito bíblico, las repercusiones actuales son las que me agobian, ya que la idea doctrinal del momento histórico enajena a los individuos en su transitar histórico. Me propuse hacer el ejercicio mental de llegar a las mismas conclusiones para rastrear las premisas. Para lo cual, me vi en la necesidad de eliminar un montón de conocimiento de diferentes disciplinas. La familia natural en contra del desarrollo evolutivo de la especie a lo largo de los milenios. El dilema moral de la posmodernidad y de paso el de la modernidad. La condición existencial de cada individuo y su compromiso para con su propio transitar en el mundo. El propio sistema jurídico (por aquello de tener que legislar todos los días para re-acomodar la legalidad al devenir social, por una necesidad inherente de la historia). Básicamente, terminé de nuevo en la secundaria, donde escuchaba un montón de ideas complejas, sabiendo que existían, pero sin entender ninguna de fondo, entregándome plenamente al camino marcado por la melodía de la flauta que esgrimía alguna autoridad.

En conclusión, pude observar que era un contingente nutrido de gente en su mayoría bien intencionada. Madres que querían defender su principal función social ante la amenaza de la sustitución y merma de oportunidades existenciales, para cumplir dicho privilegio. Luismirreyes que gozaron las ventajas de dicho modelo y que acompañan a su familia para pregonar la superioridad moral de la misma. Todos, dirigidos bajo la guía de la comunidad eclesiástica, aquella que, como parte de sus votos sacerdotales, renuncia a la vida familiar por su incómodo compromiso con el ejercicio de la sexualidad.

Aquello fue un desfile que, a impresión personal, hacía gala de una increíble capacidad para la generalización conceptual:

Homosexuales=malos

Familia nuclear=buena

Educación laica=mala

Evangelización cristiana=buena,

Generalizaciones y pereza intelectual=buena

Análisis histórico, social, cultural, psicológico=malo

En fin, podría desgastar la pluma hasta el final intentando explicar mis impresiones personales de tan increíble desplaye de dogmatismo medieval que se vivió el sábado pasado en Guadalajara.

Estamos gritando a los cuatro vientos que queríamos tolerancia, pues ahora nos la aguantamos hasta con los mochos y su derecho a manifestar sus ideas. Lo cual no implica, el no poder analizar sus propuestas.

Publicado en Análisis social
Viernes, 17 Julio 2015 00:00

De la tolerancia y sus soldados

Hace unos días circulaba en el portal Facebook la imagen de un pequeño, cuya característica especial era la (supuesta) situación en que la fue captado. En la imagen se observa un niño, de aproximadamente 8 o 10 años, con ciertos rasgos que alguien, desde una postura de género ortodoxa, podría considerar como afeminados: la forma de pararse, su corte y hasta su cara. Incluso hay quien puede asegurar que coquetea con alguien. Según la persona que lo compartió (ver imagen adjunta)

y de donde yo la obtuve, esta imagen es del desfile del orgullo gay, en París, Francia. Aún no he podido rastrear el origen de la misma. Sin embargo, eso no es lo importante. Lo que en realidad llama la atención, es la postura que toma la persona en cuestión. Cito: 

“(sic) Haber señor congresista C. Bruce, que me puede decir sobre este niño que fue captado junto a sus "padres" en el desfile del orgullo gay realizado en París - Francia.

Es así como quiere que sea el "futuro" de muchos niños en nuestro país???

Nadie esta en contra de la orientación sexual o homosexualidad de much@s, pero no pueden crear una distorsión en el desarrollo de seres inocentes que solo siguen el ejemplo de sus "padres".

No soy ningún homófobico pero esta imagen es denigrante, que final tendrán aquellos niños que dependerán de los matrimonios gay.....si ustedes lo son, pues continúen así....pero no arrastren a los demás a seguir su ejemplo.

No al matrimonio gay.....no a la denigración de nuevos seres inocentes.”

Hasta aquí la cita. Parte de lo que dice ésta persona me parece por demás acertado. No debemos, como padres, distorsionar el desarrollo de estos pequeños seres sin experiencia. Es menester no denigrarles, obligándoles a seguir patrones se nos impusieron, es medular no permitir que sigan los ejemplos de los padres. Hacer lo contrario implica no permitirles ser creativos sobre sí mismos. Específicamente en cuestiones de género ya que, en buena medida, eso que les enseñamos podría determinar su aproximación al mundo. Incluso me aventuraría a decir que incide hasta en la percepción que tienen de sí mismos. Como estudioso de la creación de subjetividad, en eso estoy completamente de acuerdo. Sin embargo, cuando habla de arrastrar a los niños, con el ejemplo de las familias homoparentales, estoy en una encrucijada. ¿Por qué? Casi todos mis contactos saben que estoy a favor de la diversidad. Sin tapujos, ni mediación. Considero que es uno de los derechos humanos básicos, el permitir, sin juzgar o señalar, que alguien ame a otra persona, allende a que se haga distinción de su credo, orientación, estatus o cualquier cosa que implique una barrera social, que impida su pleno desarrollo emocional, humano y hasta social. Sin embargo, emitir una opinión favorable, en este caso en particular y sin más, sobre este momento que atañe a la comunidad LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales). En verdad me resulta difícil. Mi restricción no gira en torno a la posible influencia de los padres “gays”, como dice la persona que compartió la foto, sino lo que significará llevar hasta las últimas consecuencias su argumento. Lo que subyace a esto es que los padres, pero sólo los gays o familias homoparentales, necesariamente modificarán las conductas de cualquier niño que adopten, para que él mismo, como bestia sin decisión o razonamiento, se decida por una orientación sexual diferente a la normalizada. Sin embargo, se olvida también de los padres heterosexuales y la carga simbólica que sus prácticas tienen, en la identidad de los chicos. ¿Acaso ellos no modifican las conductas de los niños, para que sigan el modelo institucionalizado de, por ejemplo, ser hombre? Un acto que pareciera vacío de prejuicios y lleno de preocupación por el otro, como que se critique la imagen de este niño, ataviado con una boa de plumas, una pequeño short y cabello teñido, muestra de manera abierta el rechazo y desprecio por estas identidades emergentes, ya que se estructuran desde el discurso heteronormativo, que obliga a los machos y hembras a distinguirse como hombre o mujer, desde sus prácticas de la vida diaria, instauradas desde la economía sexual masculina. En este caso nos encontramos en el espacio de la tolerancia y la Libertad institucional.

¿A qué me refiero? La reiteración de las prácticas performativas, las sancionadas como positivas, o hasta consideradas como buenas, tienen una incidencia radical en la programación de lo que los a niños y niñas deben ser. No importa el “¿Qué quiero?”, sino que más bien lo que pareciera apelarnos es el “¿Qué me quiere?”. Esa Libertad institucional de la que hablo, tiene que ver con las condiciones que el Estado otorga. La deontología institucional implica que, como hombre o mujer, debo ocupar un lugar. Y este es constreñido mediante las prácticas que el discurso dominante, si se me permite el término, asigna a cada rol de género. Es por ello que cuando vemos a un niño como el de la imagen que compartió la persona de la que hablaba más arriba, nos escandaliza. Sale de lo regular y muestra, según la persona que la compartió en su perfil de Facebook, la desdeñable incidencia de los padres gays. Sin embargo, no aborda la relación que tienen los padres heterosexuales, para con el diseño de la subjetividad de sus hijos e hijas. Y es aquí donde se encuentra la limitante para expresar mi apoyo a la comunidad de la diversidad y las familias homoparentales. Hay un vídeo, en YouTube (ver video en la parte inferior), donde se aprecia a un niño bailando algo que se escucha como un narco corrido. El niño en cuestión lleva una gorra, algo que en México llamamos “mariconera”, pantalón pegado, tenis y la botella vacía de una cerveza, cuyo contenido es, aparente y deseablemente, una bebida gaseosa o agua fresca. Este niño pareciera emular el comportamiento y vestimenta de un cierto tipo de persona, denominada como “chaca”, cuta particularidad es tener un estilo de vida ligado al crimen organizado, que necesariamente alude a prácticas especificas, que le permiten sustanciar su masculinidad, su hombría. Es entonces que se vuelve difícil, si uno quiere ser coherente, defender a los padres gays y la relación permisiva que tienen con su hijo, puesto que el niño al que me refiero, se encuentra en el mismo y exacto lugar. Ante la distorsión de lo que la persona del perfil en Facebook refiere como realidad, debido a las prácticas y modelos que sus padres, familia o personas con las que convive sancionan como positivo, él actúa de la forma en que lo hace, intentando ocupar un lugar que, por su condición de hombre, le pertenece de manera “natural”. Lo terrible es que nos escandalicemos con uno, y no con otro. Que normalicemos y veamos como deseable el comportamiento de uno de éstos niños, mientras que el otro sancionemos desde el horror y el desprecio. Incluso que afirmemos cosas tan graves como la (sic) denigración de nuevos seres inocentes. Es aquí, estimado lector, que debe uno cuestionarse ¿De qué lado se pone usted? Porque si continuamos programando a las futuras generaciones con estos discursos anquilosados, no nos extrañe que los hombres sigan baleando mujeres, por negarse a sus avances románticos, ( http://fisgonpolitico.com/jalisco/luis-enrique-ruvalcaba-profugo-tras-asesinar-a-una-joven-por-negarse-a-salir-con-el/ ) o mujeres mayores que humillan a jovencitas, ( http://www.sinembargo.mx/12-07-2015/1411783 ) porque sostienen relaciones sexuales con los padres de sus amigas, eximiendo de responsabilidad al hombre. En última instancia, privilegiar performatividades masculinas sobre las emergentes, siendo que las primeras han mostrado su radical ineficacia, nos atrasa como nación. Inclusive como humanos. Si es que lo fuimos alguna vez.

Publicado en Análisis social