Mostrando artículos por etiqueta: Mito

Lunes, 23 Noviembre 2020 15:35

La mitología de la 4T

La mitología de la 4T

Por Luis Enrique Ortiz Gutiérrez

Desde antaño, los historiadores y los antropólogos han intentado establecer qué es lo que distingue a la historia de los mitos. De acuerdo con diversas teorías, mientras la historia pretende describir objetivamente eventos pasados e indagar sus causas, los mitos se presentan como relatos fantásticos, en los que se exponen personajes con cualidades sobrehumanas y hechos inusuales. La oposición entre historia y mito se presenta desde sus pretensiones teóricas: por un lado, el estudio de la historia intenta reconstruir los acontecimientos de la forma más fidedigna posible; por otra parte, los mitos no tienen el propósito de describir hechos tal como ocurrieron, sino mostrar alguna lección, a veces de carácter moral, de los eventos relatados.

Pero también existe la “historia mitológica”, que podría definirse como una narración en la que son mezclados tanto elementos del estudio histórico como relatos fantásticos, propios de los mitos. La historia de México, tal como es narrada en los libros escolares, es el mejor ejemplo. En este caso, la descripción histórica se caracteriza por relatar hazañas espectaculares (por ejemplo, el Pípila, el Niño Artillero, etc.) y por dar explicaciones de las causas de los acontecimientos históricos en términos de roles de personajes novelescos: unos son los héroes, otros son los villanos. Esto se debe a que la pretensión de la “historia mitológica” es, en parte, la misma del mito: aleccionar a las nuevas generaciones mediante la narración de aquellas gestas legendarias. En este sentido, la “historia mitológica” se presenta como un modo de justificación ideológica en la que se intenta dar legitimidad a las políticas del presente presentando sus antecedentes históricos. Así, la “historia mitológica” pinta una imagen global de la historia del país, en la que los males y desgracias, pasados y presentes, han sido causados por villanos (los españoles, los conservadores, los norteamericanos, los franceses, Porfirio Díaz, etc.), mientras que los logros y avances importantes se han debido gracias a los actos heroicos de los próceres patrios (los insurgentes, los liberales, los revolucionarios, etc.).

La llamada Cuarta Transformación tiene su “historia mitológica” que es, de hecho, la misma de los libros de texto de primaria. Esta historia se puede descifrar desde el logo del gobierno de la república, en el que las figuras de Miguel Hidalgo, José María Morelos, Benito Juárez, Francisco I. Madero y el tata Lázaro Cárdenas aparecen en orden cronológico. Son éstos los grandes héroes –desde luego, hay otros que no alcanzaron cupo en el logo, como Zapata o Villa- que nos dieron patria y libertad, y cada uno de ellos representa las tres grandes transformaciones nacionales: la Independencia, la Reforma y la Revolución.

Por supuesto, los historiadores no se cansan de mostrar que los acontecimientos históricos manifiestan una gran complejidad, irreductible a una interpretación simplista en términos de luchas de “héroes y villanos”, tal como lo propone la “historia mitológica”. Recientes descubrimientos arqueológicos han evidenciado que la imagen romántica del mundo prehispánico, en el que las diferentes etnias vivían en paz y armonía antes de la llegada de los europeos, dista mucho de ser real; en concreto, los ominosos relatos de Bernal Díaz del Castillo acerca de la cultura mexica, otrora demeritadas por servir como justificación de la conquista española, hasta palidecen frente a lo que han revelado tales descubrimientos. Por otro lado, el hecho de que la Independencia de México se haya debido a que el clero y la aristocracia novohispana decidió apoyar, de un momento a otro, a los insurgentes –reducidos en la década de los 1820 a un puñado de guerrilleros lidereados por Vicente Guerrero, cuya lucha no tenía futuro alguno- como respuesta a las reformas liberales de Rafael de Riego en España, no cuadra muy bien con el relato mitológico acerca de la lucha insurgente. El caso de la Revolución mexicana es aún peor: la “historia mitológica” coloca en el mismo panteón a personajes históricos que realmente eran adversarios, cuyos objetivos eran muy distintos e incluso antagónicos.

En todo caso, la 4T no solo se apoya ideológicamente en esta concepción romántica, superficial y chapucera de la historia nacional, sino que pretende elaborar ya su propio episodio. ¿En qué consiste la mitología de esta “nueva etapa” histórica? Según esto, a partir de 1982 se impuso, por presiones del Fondo Monetario Internacional y otros organismos financieros mundiales, el “modelo neoliberal”. Este supuesto modelo político y económico ha sido, de acuerdo con este relato, el responsable de los problemas más recientes del país. Así, los gobiernos neoliberales se habrían encargado de desmantelar el estado de bienestar social y la economía estatista-nacionalista, privatizando las empresas paraestatales e implementado una estrategia para debilitar a las instituciones de salud y educación pública, para posteriormente privatizarlas también. Entre tanto, dichos gobiernos habrían fraguado oscuros contubernios con grupos empresariales para obtener privilegios mutuamente, ya sea al margen de la ley, ya sea modificándola para cuadrar con estos intereses. A resultas de todo lo anterior, la política mexicana se ha corrompido y la economía se ha puesto al servicio de los ricos y poderosos.

De esta manera, la “historia mitológica” de la 4T presentaría al nuevo gobierno como continuador de aquella línea heroica del pasado, solo que ahora la lucha ya no se realizaría mediante las armas sino mediante una revolución pacífica, desde las instituciones. Y como en toda mitología es necesaria una figura heroica, la 4T tiene el suyo, quien no es otro sino el mismo Andrés Manuel López Obrador quien, en las dimensiones que ha llegado a adquirir esta mitología, se ha presentado claramente como un líder mesiánico. Por ende, la mitología del lopezobradorismo se ha encargado de resucitar el caudillismo, tan caro para la historia latinoamericana. De igual forma, en este relato se muestra una cierta imagen nostálgica del modelo estatista-nacionalista, heredado de la Revolución, que se caracterizó por el intervencionismo gubernamental y el proteccionismo. Esta nostalgia por el viejo modelo permitiría entender muchas de las propuestas e iniciativas de la actual administración.

La cuestión es qué tanto estas interpretaciones históricas se corresponden con los hechos. Para empezar, ¿se sostiene la teoría conspirativa de la imposición extranjera del neoliberalismo? En principio, los proponentes del término “neoliberalismo” no se han tomado la molestia de definirlo con precisión –vagamente, dicho término alude al libertarismo, a la economía neoclásica y a las políticas de libre mercado-. En el fondo, no es más que un anatema utilizado por la izquierda latinoamericana para denostar cualquier postura rival. Sin embargo, podríamos reformular la pregunta para analizar la cuestión de forma más precisa. Entonces, la pregunta más bien sería: ¿es el caso que México se ha convertido, desde la década de los ochenta, en un sistema capitalista puro y salvaje? De acuerdo con el Índice de Libertad Económica (https://www.heritage.org/index/country/mexico Fecha de consulta: 22/11/2020), la república mexicana ocupa el lugar número 64 en el listado de países con mayor libertad económica; esa posición se explica por los altos niveles de gasto gubernamental, los altos gravámenes al ingreso y las ganancias, así como las regulaciones estatales, todavía muy numerosas, a las que están sujetas las actividades económicas. Es decir, estamos muy lejos de ser el capitalismo de laissez-faire que ha pregonado en tono de alarma la izquierda nacional.

Es propio de las interpretaciones superfluas de la historia considerar que todos los problemas son provocados por un solo factor. La hipótesis de que esa entidad ficticia llamada “neoliberalismo” representa semejante factor simplemente carece de fundamentos, pero retóricamente resulta muy eficaz. ¿Qué puede ser más persuasivo que enfocar todos los problemas en una causa única, sea real o imaginaria?

Sin embargo, hay algunos puntos del diagnóstico de la 4T que pueden ser parcialmente ciertos. Es innegable que en México han existido ciertas prácticas que los economistas denominan como crony capitalism -que se podría traducir coloquialmente como “capitalismo de cuates”-, en el que se obtienen jugosas ganancias por medio de alianzas entre hombres de negocios y la clase política. Pero esto no inició en 1982, sino que es una de las más nefastas herencias del modelo estatista-nacionalista. El proteccionismo económico significa, siempre y en todo lugar, protección de intereses particulares –por ejemplo, la imposición de aranceles se argumenta como una medida para “proteger” a los empleos locales, pero en realidad provoca que las empresas beneficiadas por los aranceles vendan sus bienes y servicios a altos precios, sin preocuparse por su calidad, lo que irremediablemente perjudica a los consumidores-. Por lo cual, la receta más efectiva contra el “capitalismo de cuates” es la libre competencia. De ahí que, si se pretende “acabar con los privilegios”, regresando a las políticas estatistas, se estará intentando combatir el incendio arrojando gasolina.

Claro está, los ideólogos del lopezobradorismo convenientemente omiten los problemas del viejo modelo estatista-nacionalista que tanto añoran. En su “historia mitológica”, no se menciona la ineficiencia de las empresas paraestatales, los vaivenes de la economía producidos por la dependencia en las exportaciones petroleras y los excesivos gastos gubernamentales, con sus respectivos déficits presupuestales, que condujeron a la adopción de políticas inflacionarias; factores que, en su conjunto, causaron las devaluaciones y crisis económicas de los años setenta y ochenta. Aquí sí aplica la amnesia histórica.

Por otra parte, la ineficiencia de las instituciones de bienestar social no necesariamente se puede atribuir a la liberación económica –y los sistemas de bienestar social europeos se pueden citar como los mejores contraejemplos-, sino que es una consecuencia de su propio carácter público. La razón principal es la siguiente: dado que sus recursos provienen del erario público, éstos están, de cierta forma, garantizados, de lo que resulta que no existen incentivos para que se ofrezca un servicio eficiente al usuario. Añádase que la burocracia, que es ineficiente por naturaleza, no toma decisiones en función de los resultados; las toma en razón de intereses políticos. Si estas instituciones son propensas a la corrupción, se debe a su misma organización burocrática, pues sus funcionarios no tienen necesidad de asumir los costos de sus decisiones: pase lo que pase, los ingresos están garantizados. En consecuencia, la teoría conspirativa de que los gobiernos neoliberales “dejaron caer” a las instituciones de bienestar social para privatizarlas simplemente no se sostiene. Más bien, si nos preocupamos por el terrible nivel en que éstas se encuentran, habría que identificar primero sus problemas específicos y luego proponer incentivos que permitan brindar un buen servicio a los usuarios.

En suma, los males que aquejan a nuestro país no pueden ser explicados en términos tan reduccionistas. El problema es que, de un diagnóstico fantasioso e incorrecto de la situación socioeconómica y política del país, no se pueden esperar políticas correctas para resolverlos. Por supuesto, no pretendo sugerir que los errores y torpezas de la actual administración se deriven directamente de su concepción de la historia nacional. Mas puede darnos una idea de cómo razonan y cómo actúan sus representantes. Esto es útil para saber a qué atenernos.

Muestra de ello es que, hoy por hoy, los canales de comunicación entre gobierno y sociedad civil están sujetos a la aceptación incondicional de las opiniones y dictados del gran líder. Si su concepción histórica se caracteriza por la lucha entre héroes y villanos, esta lucha, a los ojos de ideólogos y simpatizantes del caudillo, está más viva que nunca en el debate público. Esto los lleva a pensar que su misión, como futuros próceres de la patria, es defender a toda costa al gran jerarca ideológico. A final de cuentas, creen que están haciendo historia; aunque, para su desgracia, solo están viviendo mentalmente su propia “historia mitológica”. El gran problema es que, en el terreno de los hechos, nos están conduciendo a todos al despeñadero.

Publicado en Análisis social
Martes, 17 Mayo 2016 10:26

Máquinas; la percepción del horror

La transformación del horror en terror es un hilo que fácilmente se rompe en el cine oriental. Hablar de estos conceptos sin ligarlos implica una negación del mismo acto de la asimilación de una película del género. Es en este tipo de cine donde encontramos que el terror natural, aquel que permanece latente desde las edades más insondables del hombre, cobra vida a través del horror de lo cotidiano.

Me gustaría remitirme de lleno a lo que nos atañe: La máquina. La ciencia desempeña un papel vital en el terror actual, pero recordemos que este papel que desempeña tiene un contexto sumamente histórico. Desde el “Frankenstein” de Shelley, podemos observar cómo la máquina es la creadora de este nuevo tipo de terror. A través de la máquina se transgrede la naturaleza y esta se vuelve real y terrorífica en un mundo científico. También tenemos el caso —no de la Máquina sino de la ciencia— del doctor Hyde, quien a través de un descubrimiento, de una fórmula fallida, logra encender los mecanismos del terror; el hombre interviene de forma activa con sus inventos y creaciones para poder hacer perceptible este mundo oscuro. Este acto de hacer perceptible lo oscuro, de echar luz sobre las tinieblas de lo siniestro, es un elemento muy socorrido en la literatura de terror, aun en la detectivesca, donde lo siniestro cobra forma a partir de una investigación, por lo que encontramos que la oscuridad es perceptible a partir de las creaciones del hombre.

Recuerdo El pozo y el Péndulo, de Edgar Allan Poe, donde la máquina, de la inquisición en este caso, es el elemento no fantástico que crea una atmósfera de terror en todo el cuento. Pienso en El retrato oval, del mismo autor, o en el Dorian Grey de Oscar Wilde, y encuentro que la sorpresa, el miedo, siempre va de la mano con las fantásticas cualidades que posee el hombre para crear.

Es en este acto creativo, en esta naturaleza simple, donde Pigmalión da vida a sus monstruos llenos de belleza, hablando extrañas lenguas, donde sucede el verdadero horror. Entre más verosímil, más simple y cercana a nosotros sea creada la obra, la lectura, la experiencia, es mayor la posibilidad que tenemos de estremecernos. La máquina, el invento, la ciencia, nos hacen patente esta posibilidad —tema aparte es el género vampírico—, esa posibilidad con la cual se abre la puerta a otro mundo, un mundo donde el hombre puede ser espectador sólo si mira a través del cristal de la ciencia.

3

En Lovecraft ocurre algo distinto. En él la ciencia no abre exactamente las puertas del terror, tampoco el invento ni la máquina. En él nos encontramos que el terror es más un ser latente, telúrico, que yace dormido en el fondo del planeta como un rito misterioso. En este tipo de terror no nos enfocaremos, sino en aquel que se abre a partir de la mano misma del hombre y que no hubiese sido posible sin su ayuda.

En el cine japonés encontramos algo en verdad curioso, diferente en gran medida del cine de terror norteamericano. Podemos ver que el terror es posible sólo a través del uso de la máquina; no se trata de la creación de lo oscuro, como decíamos en el caso de la literatura, sino de vislumbrar esta oscuridad (más en el sentido de Lovecraft) mirando a través del ojo de la máquina. Encontramos un ser, en cierta medida, deficiente por sí mismo para la percepción, encontramos personajes que no son capaces de distinguir la realidad de la otra realidad. Pongamos un ejemplo. El Aro (Ringu), una de las películas que mayor impacto ha causado en Japón desde que se escribieron los libros en los cuales se basa, logra presentar el terror sólo a través de los ojos de la máquina. Un videocasette, pasado de mano en mano, es lo que hace posible que el terror aparezca. Primero existe el horror del mito urbano, el desconocimiento de la situación, pero, una vez que nos vemos inmiscuidos, el terror abre sus puertas por medio de las imágenes colocadas en un televisor. Es evidente que en una sociedad en extremo desarrollada las historias de fantasmas hayan perdido su vigencia, es imposible llegar a una verosimilitud si no se pone de por medio un objeto inmediato, dejando en la categoría de mediato al fantasma en cuestión.

Un corte. ¿Cómo es posible que en el hombre moderno suscite terror la tecnología, o que esta sea la puerta del terror? La respuesta es muy simple. Si retomamos un poco la cuestión mitológica, podremos ver de lleno este aspecto. Pensemos en el hombre desde un principio, cuando no era creador de las cosas en la tierra, un hombre ya sentía terror de la creación. La Divinidad era la fuerza que creaba este mundo desconocido, mundo oscuro en el cual el hombre se encontraba, donde estaba creada la oscuridad y esta era vista sólo a través del mito. Es este lenguaje —tomando la tesis de Barthes—, el del mito, el que abre la posibilidad de asombro ante el misterio de la creación, ante este aspecto más que soñado donde los hombres se veían incrustados. Ahora, pasando el tiempo, el aspecto de la Divinidad (a no ser por los temas de Lovecraft) se pasa al mando del hombre, se desmitifica cuando es posible el raciocinio a través de ella (Adorno), se vuelve profana y pierde su carácter sacro (Walter Benjamin) y sólo el hombre es el que tiene poder en la creación. El miedo vuelve a ser el mismo; sustituyendo a Dios por el hombre, este se encuentra ante la misma incógnita, que es recogida por los escritores, grandes mitificadores de la realidad, la de la posibilidad de un nuevo objeto que genere o no genere miedo. El hombre nunca se asume verdaderamente como creador de sus obras, de sus inventos, sino que mitifica los aspectos que ante él se encuentran. Negándose a sí mismo la posibilidad divina de la creación, el hombre necesita de la divinidad (esto hablando en términos de la sociedad) para poder explicárselo y, si en ésta no encuentra una respuesta para la creación, se convierte en mito, en terror inmediato que no es explicado. Como ejemplo podemos tomar las reacciones sociales ante objetos tan simples como las cámaras fotográficas y sus explicaciones de carácter divino, recordemos que estas "robaban el alma a los hombres”.

Siguiendo con el cine japonés, con la película de El Aro, específicamente, encontramos cómo la tesis anterior se cumple a su manera. El videocasette extraño llega a las manos de alguien y esta persona obtiene, a través de la cotidianeidad, el horror necesario que abre las puertas del terror, de este mundo lleno de fantasmas y seres que sólo serán visualizados a partir de una máquina. Es aquí donde se cumple, la máquina tiene ciertas propiedades místicas que le son añadidas por fuerzas sobrenaturales. En el caso de la película Están entre nosotros —tailandesa en este caso—, el terror es posible gracias a una cámara fotográfica que es capaz de captar las almas en pena que vagan por nuestro mundo. Estos aparatos son los que abren la puerta a toda la gama de seres inimaginables, y es en este aparato donde se encuentran escondidas propiedades sobrenaturales que no le fueron otorgadas por el hombre.elaro

En el caso de la cuestión científica, tenemos la película de El ojo —china—, en la cual podemos ver que a raíz de un trasplante de ojos, otorgados lógicamente gracias a la ciencia, el personaje es capaz de percibir un mundo de almas al que ningún sujeto “normal” podría vislumbrar. Es en estos aspectos donde las historias se vuelven verosímiles, en esta cercanía que mantienen con nosotros en nuestros actos que comúnmente efectuamos. Recuerdo un anime llamado Shigoku Shoujo, en el cual era posible contactar a espíritus del averno, a la muerte en específico, a través de un sitio web que aparecía después de medianoche.

Es en la máquina, en su poder misterioso que parece no creada por el hombre, en su naturaleza tan extraña y artificiosa, donde se sitúa una gran parte del terror moderno. La máquina abre el camino al terror natural, lo vislumbra con sus cualidades excepcionales y vuelve a despertar aquel mito dormido, latente aún en el imaginario de las personas, los mitos y miedos más simples y terribles de la humanidad: la muerte, los fantasmas y todo aquello que tenga que ver con entes que son propios de nuestro mundo y de nuestras creencias. Al final nos llevan al mismo lugar donde nos deja Lovecraft, pero nos llevan a él de una forma distinta, guiados por la mano de la máquina que ya no es concebible, desde ese momento, como parte de este mundo.

Dios, voluntad creadora, no es fácilmente sustituible en el imaginario colectivo; el hombre creador nunca se adjudica totalmente las facultades de sus invenciones y es por eso que el terror está latente en cada máquina posible, un terror que nos remite más a un tiempo en el que la electricidad no era ni siquiera un sueño, un terror que nos lleva de nuevo a descubrir la oscuridad pulsante de los mitos antiguos.

4

Epílogo, escrito 13 años después

El terror a la tecnología se deja patente desde el propio uso de las redes sociales. Infinidad de artículos, videos, cine en corto, entre otros, han denunciado los “malos” que trae consigo el uso de las nuevas tecnologías de forma recurrente. Seres humanos que se apartan de la sociedad, que viven en constante depresión, debido al abuso de estas herramientas, es la distopía que se nos presenta de manera recurrente.

El temor del ser humano a aquello que desconoce, que no entiende su funcionamiento, que se le ha presentado a la vista sólo como algo existente sin que nadie le explicara de qué se trata, sigue siendo algo normal y, hasta podríamos decir, primitivo. Nuestras creencias permanecen pese al embate de la ciencia y parece que la batalla ya está perdida, pues el terror a lo que ignoramos continuará como un acto de reconocimiento de nuestra propia naturaleza.

Publicado en Multimedia