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Entre el miedo y la violencia: Giovanni, el nombre que se olvida

Por Enrique Casillas

En mayo pasado, un grupo de policías con exceso en el uso de la fuerza detuvieron a Giovanni López por razones que ahora poco importan. Luego de la violenta detención lo siguiente que sabemos es que todo terminó en el asesinato de Giovanni, un asesinato que, como todos, no puede resolverse, por lo que la justicia significa castigar a los policías asesinos, a los políticos que lo ocultaron, toleraron e, incluso, lo solaparon a fin de que historias como éstas no vuelvan a suceder. El drama íntimo de la familia de Giovanni es ahora un drama público que nos convoca a todos y nos lleva a levantar la voz como mejor sabemos.

La manera en que decenas de personas levantaron la voz el jueves 4 de junio fue por medio de la protesta civil que desembocó en actos violentos que han servido, en un contexto de jiribilla política insana, para desacreditar y atacar; por un lado, al gobierno estatal y la manera en que su policía ha actuado o, por otro, para desacreditar la protesta y opacar la legitimidad que la ha provocado. Hubo violencia ciudadana y hubo violencia policial, eso es un hecho; la interpretación dependerá de la perspectiva política, del posicionamiento moral, de la relación con el poder y de los intereses en los que cada uno tenga puesto su esfuerzo y compromiso.

Lo sucedido el jueves fue resultado de la presión que conjuga lo sociocultural y lo neurobiológico: la presión del sentido de pertenencia a un grupo (sea como representante del Estado o al del grupo de los ciudadanos que rechazan la violencia asesina de ese Estado) y la presión derivada de la forma que tenemos genética y evolutivamente codificadas de actuar frente al peligro y la violencia, lo que genera miedo, emoción detonadora de reacciones conductuales destinadas a la autoconservación. Así, se entiende que el ser humano es complejo y multidimensional, donde la conciencia, el sentido de pertenencia, la capacidad de deliberación moral, el lenguaje y lo simbólico en general son esenciales; pero también lo es todo el sistema de reacción no consciente que hay detrás de todas nuestras conductas.

El día jueves policías y manifestantes reaccionaron a la sensación de peligro de la manera en que lo tenemos codificado: el miedo es la emoción que nos alerta de una posible fuente de riesgo para la supervivencia, por lo que, por bioeconomía, ante el riesgo se reducen las capacidades racionales y se orienta toda la energía a gestionar estrategias de sobrevivencia, es decir, el miedo a aquello que puede dañar nuestra integridad nos hace irracionales y reactivos por codificación evolutiva. Esto explica las reacciones de policías y manifestantes, quienes reaccionaron atacando a quienes consideraron fuente del peligro, otros más huyeron y otros más se escondieron. La racionalidad estuvo de alas caídas, no sólo por razones neurobiológicas, sino también por razones culturales, con policías mal formados y convencidos de que el Estado y un sistema corrupto habría de defender la represión justificada en el uso legítimo y proporcional de la fuerza por parte del Estado; justificación similar de aquellos que relativizan el intento de una persona de quemar vivo a un policía.

Estas bases neurobiológicas de la conducta violenta reactiva al miedo no higienizan las actuaciones policiales desproporcionadas y caóticas, las cuales deberían ser consideradas anómalas, pero en México son cotidianas, lo que revela una idea perversa del Estado que tiene claro que ante la falta de confianza y legitimidad, el uso de la fuerza es lo único que le queda para ejercer sus funciones de regular la convivencia social; cosa que, de ser así, representa un rotundo fracaso.  

Las escenas en video, las fotografías tomadas y viralizadas, pues, sirven como argumento para el descrédito de unos contra los otros, pero puesto todo en la perspectiva de lo que nos dice la neurociencia, entendemos que los hechos violentos quedan por debajo de la razón, de la decisión consciente, del hecho perverso deliberado (aunque la violencia de diseño por parte del Estado haya estado presente y la posibilidad de esa violencia de diseño por parte de grupos de choque también haya sucedido). Esas imágenes y esos videos representan un arsenal para la construcción de una narrativa, de una representación de la realidad que busca convencer a la masa social de aquello que los poseedores del discurso convienen que debemos creer.

Ante lo sucedido en las calles del centro de Guadalajara, apagado el fuego, los hechos pueden verse con mayor claridad o debería ser así. La protesta no pierde legitimidad con la violencia, pero sí que ayuda a dar razones al Estado y a las masas políticas y sociales afines, para que la atención se centre en las patrullas quemadas, los escritorios rotos en Palacio de Gobierno o los enfrentamientos a golpes, desviando el foco de que nunca más debe suceder un asesinato como el de Giovanni.

Aunque queda abierta la pregunta ¿un Estado violento tomará decisiones si se le busca presionar con protestas no violentas?

Publicado en Análisis social