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Viernes, 05 Junio 2020 15:41

De pandemias y profetas apocalípticos

De pandemias y profetas apocalípticos

Luis Enrique Ortiz Gutiérrez

Los profetas apocalípticos son trabajadores de tiempo completo. Cuando se viven tiempos de paz y tranquilidad, presagian acontecimientos terribles a la vuelta de la esquina. Y cuando se viven momentos difíciles, su voz se escucha con más fuerza. Pero las pretendidas causas de las hecatombes que auguran van cambiando con el tiempo. Objetos extraños en los cielos eran, en tiempos pasados, señales inequívocas de que el fin del mundo estaba cerca, hasta que la astronomía reveló que se trataba de cometas o meteoritos. Pero eso no contuvo a estos profetas de buscar nuevos síntomas de catastróficos porvenires: hambrunas provocadas por el crecimiento desproporcionado de las poblaciones humanas, holocaustos nucleares, errores informáticos que nos devolverían a la era paleolítica, robots inteligentes que subyugarán a la especie humana, y así sucesivamente.

Sin duda, estamos viviendo tiempos difíciles. La pandemia del Covid-19 ha cambiado radicalmente nuestra vida cotidiana, provocando mucha incertidumbre acerca del futuro. Ciertos temores están más que justificados, por la amenaza actual que enfrentamos y sus posibles consecuencias. Y, por supuesto, esto se ha convertido en tierra fértil para los profetas apocalípticos. ¿Qué tanto están justificados sus presagios? ¿Qué tan reales son las nefastas consecuencias que pueda acarrear la pandemia? Preguntas nada sencillas de contestar, pero el examen de los argumentos de estos profetas puede permitirnos separar los peligros potenciales de las vagas especulaciones, tal como las abuelas separaban las piedritas del puñado de frijoles.

No está de más comenzar distinguiendo lo que es una buena predicción de las que no lo son. Una buena predicción es una proposición que afirma la ocurrencia de un evento en un lapso temporal determinado bajo ciertas condiciones específicas. Esto supone que, para que la predicción resulte correcta, se deben considerar las variables que puedan intervenir en la ocurrencia del efecto, lo cual exige herramientas matemáticas. Dado que la totalidad de posibles variables no puede ser controlada, se sigue que las predicciones nunca tendrán un 100% de certeza. Según la complejidad de los sistemas que se analicen, las predicciones requerirán enunciarse en diferentes escenarios posibles, con distintos grados de probabilidad. Este hecho suele ser ignorado o pasado por alto por muchas personas, y de ahí que se origine la desconfianza injustificada hacia las buenas predicciones –o como mucha gente suele pensar: “los meteorólogos jamás le atinan”.

Antes de entrar en detalle en las pretendidas predicciones de los profetas apocalípticos, podemos adelantar que muy pocas de estas predicciones satisfacen estas características. En realidad, se trata de meras conjeturas que no son expresadas de forma hipotética, sino que se aseveran como predicciones exactas. Veamos ahora algunos de estos malos augurios que se han difundido a propósito de la pandemia:

El primero se refiere a la economía. Dicen algunos profetas que la pandemia significará el fin del capitalismo, sino es que de la misma civilización occidental (los cuales son considerados, por supuesto, como la encarnación de todos los males de la humanidad). Este grupo de profetas lo integran ambientalistas e izquierdistas radicales.

En segundo lugar, tenemos la profecía de “normalidad”. Dicen que la “normalidad” en la que habíamos vivido hasta hace poco se ha esfumado para siempre. La pandemia ha cambiado nuestra experiencia cotidiana y nuestra dinámica social de forma tan radical y profunda, que no volverá a ser recuperada.

Finalmente, aparece un tercer presagio, que podría considerarse como una variante del anterior, pero específicamente referida al ámbito político. Las actuales medidas de confinamiento y restricción social se pueden convertir en formas de limitar las libertades individuales, lo que puede dañar severamente a la democracia. Se habla entonces de una “importación del modo de vida chino”, considerando la aparente eficacia de las medidas sanitarias adoptadas por el país asiático.

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¿Están realmente justificadas estas afirmaciones? ¿Estamos a la puerta de un desértico mundo post-apocalíptico estilo Mad Max o ante lo que podría ser la instauración de una pesadilla orwelliana? Comencemos con el supuesto fin del capitalismo. Los marxistas no se han cansado de anunciar la caída de este “perverso” sistema económico con cada crisis económica que sale al paso. Pero una y otra vez sus expectativas se ven frustradas, y pareciera incluso que el capitalismo se transforma y se fortalece. En parte, esto es cierto: las crisis económicas han incrementado nuestro conocimiento sobre sus causas, lo cual ha posibilitado adoptar medidas para mitigar sus efectos (por ejemplo, la adopción de políticas fiscales o monetarias, a partir de las amargas experiencias de las depresiones de 1929 o el 2008). Por otro lado, resultaría bastante paradójico para los marxistas que resultara cierto que la pandemia pudiese acabar con el capitalismo, pues no habría sido provocado por la lucha de clases ni por el devenir dialéctico de la historia como sostiene su teoría, sino por un virus.

Desde luego, los economistas advierten de un panorama bastante oscuro para la economía mundial a raíz de la pandemia, cuyos efectos son ya perceptibles: millones de personas han perdido empleo y miles de pequeñas y medianas empresas están ya en quiebra. Se habla de cuantiosos daños en el sector de servicios, particularmente en lo que se refiere al transporte aéreo y el turismo. Qué tantas repercusiones tendrá para el comercio internacional, no lo sabemos con exactitud, pero la recuperación no parece que vaya a lograrse a corto o mediano plazo. En todo caso, estas estimaciones se basan en datos y cálculos probabilísticos, no en conjeturas fatalistas. De igual modo, aunque los cálculos de las pérdidas indican que éstas podrán ser muy elevadas, nada indica que la crisis no pueda ser resuelta por los mecanismos del mercado y la adopción de determinadas medidas económicas. Quizás el mayor temor para muchos economistas es que la crisis sea el pretexto para resucitar el keynesianismo. Sin embargo, esto tampoco sugiere la debacle del sistema capitalista. En realidad, los profetas izquierdistas más bien manifiestan cierto pensamiento desiderativo en sus supuestas predicciones: en el fondo, albergan la esperanza de que cualquier crisis económica en turno les confirme que su teoría sea verdadera (y si no ocurre en ésta, será aquella, y así sucesivamente).

La segunda preocupación, el fin de la “normalidad”, se basa en la estrechez de miras del ciudadano occidentalizado del siglo XXI y en la ignorancia de la historia. En tiempos pasados, el confinamiento y las restricciones de movilidad social ante las epidemias eran la norma, y no la excepción. Si revisamos los registros históricos, hallamos una gran cantidad de epidemias, con escandalosas cifras de víctimas mortales. Las medidas antes mencionadas –que se remontan hasta la Atenas del siglo V a.n.e.- se adoptaron debido a que no existían tratamientos para las enfermedades; más aún, se desconocían las causas de las enfermedades (la teoría microbiana apareció en el siglo XVI, pero no sería hasta Pasteur cuando fue probada científicamente). Los leprosarios, como el que se muestra en el filme Ben-Hur, eran uno de los tantos medios empleados para intentar contener enfermedades infecciosas.

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De este modo, la “normalidad”, cuya pérdida ahora se lamenta, es algo muy reciente y que en varios sitios del planeta, como es el caso de múltiples naciones africanas, jamás se ha experimentado. Esta “normalidad” es resultado del progreso científico: la medicina ha permitido diagnosticar y tratar enfermedades consideradas hasta hace no mucho como incurables –la lepra, tan temida en otros tiempos, puede ser tratada eficazmente con clofazimina, medicina que puede adquirirse en cualquier farmacia hoy en día-, así como ha desarrollado medidas preventivas para evitar su propagación, como la higiene personal y la desinfección de espacios. Muestra de los grandes avances de la medicina es que la última pandemia, la de la influenza española, ocurrió hace más de cien años. Los antibióticos, las vacunas, los analgésicos y otra clase de medicamentos han mejorado considerablemente nuestras expectativas de vida.

Es comprensible la desesperanza que genera la actual pandemia, pues nos acostumbramos a una vida más saludable. Por tal razón, la comparación del presente con los registros del pasado muestra que no se justifica el peor de los pesimismos y más bien debería alentar la confianza hacia los avances científicos. En estos momentos, la comunidad científica está trabajando, a contrarreloj, en la investigación de métodos eficaces para tratar el Covid-19. Varios países, como Estados Unidos, China, Alemania, Rusia y otros tantos, se encuentran desarrollando vacunas, algunas de las cuales, según se ha reportado, han pasado positivamente las primeras pruebas. De igual modo, se están experimentando diferentes retrovirales y otros medicamentos para tratar a los pacientes. No podemos afirmar con plena certeza que se retome el mismo estilo de vida que muchas personas llevaban antes de la pandemia, mas tampoco hay razones para pensar que éste cambiará para peor de forma irremediable.

En mi opinión, el principal problema que encara la salud pública en lo que respecta a las enfermedades infecciosas es el escepticismo hacia la medicina científica, como se muestra claramente con el absurdo movimiento anti-vacunas. Resulta preocupante que, según una reciente encuesta, el 50% de los estadunidenses ha declarado que no permitirá ser inoculado cuando esté disponible la vacuna contra el Covid-19, a pesar de las altas cifras de víctimas mortales en dicho país. Así, el problema no es la falta de ciencia, sino la inverosímil desconfianza hacia ella.

Respecto de la última profecía, hemos de conceder que sí entraña un peligro real. En efecto, resultará siempre tentador para los gobiernos, incluso democráticos, establecer restricciones a las libertades individuales; en este caso, el convertir el estado de excepción en estado permanente. A fin de cuentas, los políticos siempre buscan la manera de perpetuarse en las posiciones de poder, tal como los virus buscan perpetuar su ADN en los organismos huésped. Como liberal, considero que tales preocupaciones no son menores.

No obstante, es preciso mirar a detalle este asunto antes de entregarse al pánico. El temor de la adopción permanente de la estrategia china se argumenta a partir de la efectividad de las medidas sanitarias, que implican el confinamiento forzado, así como algunos mecanismos punitivos. Esto se refuerza con el hecho de que los países que no adoptaron tales medidas o lo hicieron tardíamente, como Italia, España, Ecuador o Estados Unidos, han sido los que han sufrido las peores repercusiones (hasta ahora). Como estas medidas sí funcionaron con procedimientos coercitivos, se sigue que el control estatal estricto sobre los ciudadanos, so pretexto de eventuales pandemias futuras u otras “amenazas existenciales”, se perpetúe.

El argumento es hasta cierto punto creíble, pero no toma en cuenta ciertos factores. En primera instancia, estas medidas fueron adoptadas en regímenes que han sido totalitarios desde hace tiempo (Singapur, Vietnam y la propia China), por lo que sus ciudadanos presumiblemente acatan esas medidas sin chistar, pues conocen las repercusiones de no hacerlo. Para que las medidas pudiesen ser implementadas en los sistemas democráticos, se requeriría persuadir a la población de que las futuras amenazas son reales, lo cual se basa en el supuesto de los ciudadanos confían en sus gobiernos y están dispuestos a asumir las restricciones sobre sus libertades. El hecho es que eso no ha ocurrido siquiera en el actual escenario, ya que los ciudadanos han reaccionado de múltiples formas, que van desde acatar conscientemente las restricciones por el riesgo de contagio hasta ciertos actos de rebeldía, espontáneos u organizados, contra el confinamiento forzado.

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De esta manera, no parece tan sencillo que la “importación del modo de vida chino” pueda establecerse tan fácilmente en los países democráticos. En una democracia, el costo político puede ser alto, considerando que estas medidas, sean aceptadas o no, han implicado muchos sacrificios para los propios ciudadanos. Y la virtud de los sistemas democráticos, como señaló Karl Popper, radica en la posibilidad de cambiar a los gobernantes sin necesidad de correrlos a punta de pistola. Por ello, si bien no está descartado que algunos gobiernos intenten implementar estas políticas, es posible que también pueda ser un factor para que los ciudadanos los depongan o, por lo menos, ejerzan fuerte resistencia. En todo caso, como el comportamiento humano es (relativamente) impredecible, no hay forma de decidir si tales temores pueden realizarse o no, lo que nos obliga a estar atentos ante estas tentativas.

Podemos ver entonces que el futuro ciertamente no es alentador, mas no por los malos augurios de los profetas apocalípticos. Estas supuestas predicciones se fundan en una comprensión limitada al presente inmediato o en expectativas ideológicas que se resisten en desaparecer. En mi opinión, su principal error es que subestiman la inventiva humana. Gracias a la inteligencia, el ser humano ha podido afrontar los grandes retos para su existencia, conociendo sus causas y ensayando múltiples estrategias para intentar resolverlos, siendo la ciencia su mejor producto. El hecho de que podamos vivir en una “normalidad” en la que ya no nos preocupemos por la posibilidad de ser devorados por animales depredadores, por enfrascarnos en una inevitable guerra con una tribu vecina o por perder la vida a raíz de una herida no tratada adecuadamente, habla de lo mucho que hemos avanzado, si bien no debemos olvidar que esta “normalidad”, que por ahora se encuentra en stand by, nos presenta nuevos retos, no menos difíciles. Si la inventiva humana nos ha permitido salir adelante en tiempos complicados, nada sugiere que esto no pueda ocurrir ahora. Por supuesto, esto no impedirá que los profetas aprovechen la próxima desgracia para anunciar la proximidad del apocalipsis. Pues, como bien saben los editorialistas de la prensa, lo que vende mejor son siempre las malas noticias.

Publicado en Análisis social

El día de ayer, encontré una curiosa imagen en Internet cuyo breve texto rezaba así: “En tiempos donde gran parte de las personas se posicionan sin ningún ejercicio reflexivo ante un evento, no vendría mal un poco de Epojé”. No podría estar más de acuerdo con esta sugerencia, y si lo situamos en el actual contexto de la lucha magisterial y la violencia suscitada en días pasados, me atrevo a decir que es la postura más sensata que he leído en estos días.

¿A qué se refiere la epojé? En la antigua Grecia, los escépticos como Pirrón la formulaban como una “suspensión del juicio” (no afirmar ni negar nada), ante la imposibilidad del conocimiento. El concepto fue retomado por las tradiciones escépticas hasta quedar un poco en el olvido, pero no sería sino hasta el filósofo alemán Edmund Husserl que se recuperaría el término, sin comprometerse con el escepticismo radical y reinterpretándolo como “puesta entre paréntesis”, siendo un paso fundamental de su método fenomenológico. Similar a la duda cartesiana, la epojé fenomenológica supone no negar el valor de verdad de afirmaciones, sino colocarlas momentáneamente “entre paréntesis”, esto es, no declarar su verdad hasta que el objeto haya sido clarificado.

Aunque el método de Husserl me resulta un tanto intrincado –no tanto por lo que plantea, sino el modo en como el filósofo lo formula y sus aplicaciones cuestionables salvo algunas corrientes en sociología y algunas disciplinas humanísticas–, me parece que la idea de la epojé es un recurso metodológico no sólo útil sino necesario, particularmente donde hay confusión y oscuridad; recurso que nos previene de la inconveniencia de emitir juicios precipitados.

La sugerencia de hacer epojé ante los recientes acontecimientos y otros similares me parece sensata ante el embrollo informativo que ha saturado los medios y redes sociales. Desde el domingo pasado hasta el momento de redactar estas líneas, he visto cualquier cantidad de notas informativas, testimonios, columnas periodísticas, fotografías, videos y pronunciamientos de enojo e indignación. El problema es que estas notas, testimonios, análisis, etc. presentan información dispar y hasta contradictoria. Parece como si los usuarios, periodistas e intelectuales, así como los portavoces del Estado mostraran aquellos datos que respaldan sus posturas, lo cual se revela en la gran cantidad de conjeturas que se están difundiendo, muchas de ellas con tintes conspirativos.

Una muestra de este caos informativo son los números que se manejan de fallecidos en Nochixtlán (y estos datos, conviene recordar, son los disponibles al momento de escribir este texto): en un principio, fuentes oficiales manejaban 6 personas muertas, posteriormente se habló de 8, mientras la CNTE señaló a 10. ¿A cuál de las partes pertenecían? ¿A la CNTE,  a los grupos radicales que según el gobierno aparecieron en escena, a integrantes de las fuerzas públicas? La misma incertidumbre encontramos ante la pregunta de quién inició las hostilidades: según la parte oficial, fueron estos grupos simpatizantes del magisterio (mas no los maestros) quienes agredieron con armas de fuego a las fuerzas públicas. Pero según testimonios diferentes, fueron éstas las que comenzaron el zafarrancho. ¿A quién creerle? O más bien, ¿cómo corroborar la información?

Esto nos lleva a más problemas. Por un lado, dada la forma como han operado nuestros gobernantes ante acontecimientos de este tipo, es casi obligado poner en tela de juicio sus declaraciones. No obstante, es un error considerar que si una de las partes engaña (o hay sospechas de engaño), la parte contraria dice la verdad. Este razonamiento maniqueo, sustentado en un falso dilema (si X es “malo” y afirma que P es verdadero, entonces P debe ser falso; si Y, que opositor a X, afirma que Q es verdadero, Q debe ser verdadero),  lamentablemente parece generalizarse entre los ciudadanos críticos del régimen: es casi sintomático que un movimiento que se opone al régimen o sus políticas de Estado adquiere ipso facto el apoyo incondicional de la población inconforme, por lo menos mientras el movimiento tiene cierta presencia mediática –y ahí están el “Yosoy132” y las movilizaciones de Ayotzinapa como ejemplos. Así, la información “no oficial” o independiente –como la presentada en blogs, videos, fotografías o testimonios reproducidos en redes sociales se toma automática y acríticamente como verdadera. Hay que entender que no sólo el gobierno puede manipular la información a su conveniencia, y con las actuales redes sociales lo podemos corroborar. Tenemos así el ejemplo de la fotografía, que circuló en la red, de un menor de edad fallecido supuestamente en los eventos de Nochixtlán, rápidamente fue desmentida: el niño había muerto en Puebla hace algunos años, en otra trifulca.

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En cuanto a los testimonios, su principal dificultad radica en que uno tiene que asumir que el testigo o informante dice la verdad, sin tener el modo de corroborarla. No se trata de asumir que todo testigo sea un mentiroso en potencia; mas bien que los relatos testimoniales no siempre son fidedignos pues el informante podría suponer la verdad de sus proposiciones, cuando podría tratarse de rumores o engaños.

Está de más decir que la información presentada en estos casos pasa por la subjetividad de las personas, lo que implica posibles distorsiones por creencias o razonamientos equivocados. Esto aplica tanto a la emisión como la recepción de información. Así, gran parte del problema tiene que ver con las creencias del individuo y ciertos sesgos cognitivos que las refuerzan. Uno de estos sesgos, el llamado “sesgo de confirmación” consiste en desechar ciertas creencias que contradicen o falsean las creencias adoptadas por un sujeto, a pesar de que aquellas se sustenten con buenas razones. El sesgo de confirmación lleva a los sujetos a considerar sólo aquello que se ajusta a sus propias creencias. Esto se evidencia en las reacciones de los usuarios ante la información que circula: los opositores al gobierno sistemáticamente darán por verdadero todo aquello que muestre la putrefacción del régimen, aun si las fuentes son dudosas; por su parte, los inconformes con las manifestaciones de los maestros reaccionarán de la misma forma ante cualquier información que refuerce sus creencias acerca de los maestros disidentes (“esos parásitos huevones que luchan por recuperar privilegios perdidos”). Quizás esto explique en gran medida la maraña informativa que enfrentamos.

En suma, el problema no es la falta de información, sino la sobrecarga de información. Los datos veraces pueden estar entremezclados con afirmaciones sin sustento, simples sospechas y apreciaciones subjetivas. ¿Qué hacer ante la sobrecarga? En primer lugar, me parece que hay que evitar el relativismo vulgar de “cada quien tiene su verdad”o “todas las opiniones valen por igual”. Ante cualquier evento, pero sobretodo en eventos de esta naturaleza, es inadmisible asumir que las declaraciones que presentan las autoridades son tan aceptables como las que presentan los opositores, máxime si se contradicen entre sí. En segundo lugar, tampoco es conveniente adoptar una postura maniquea, que crea ciegamente que las afirmaciones de una de las partes es verdadera dadas las simpatías hacia esa parte. Menos aún resulta viable un escepticismo radical de “nada se puede saber”. Por ello, la propuesta de la epojé es ciertamente una “puesta entre paréntesis” de la información en aras de clarificar las afirmaciones, no para declarar la imposibilidad de saber la verdad.

A mi juicio, lo que conviene es contrastar la información dispar y, ante la falta de datos empíricos sólidos, está la posibilidad de analizar, con las herramientas de la lógica y el pensamiento crítico, las explicaciones presentadas para señalar las contradicciones y razonamientos defectuosos.  Lo más importante y creo resume todo lo anterior evitar los juicios precipitados.

Podrá objetarse que esta postura puede llevar a una cierta pasividad e indiferencia ante acontecimientos político-sociales relevantes (y preocupantes). Pero es preciso distinguir dos cosas: una cuestión es la sugerencia de evitar juicios precipitados ante la confusión informativa, y otra muy diferente es exigir la rendición de cuentas al gobierno para que esclarezca lo ocurrido. Lo primero se refiere a cómo procesar la gran cantidad de información y evitar discriminar ciertas proposiciones porque no cuadran con nuestras creencias, mientras que lo segundo se refiere a la responsabilidad que tenemos en tanto ciudadanos de exigir que una de las partes (el Estado) nos informe verazmente. Si circula toda clase de información en la red, es un hecho inevitable, y la recomendación es tener cautela frente a ella. Pero en lo que toca a la información presentada por las autoridades, la cosa es diferente: puesto que el Estado está obligado a informar a sus ciudadanos de la actuación de sus agentes de seguridad pública, y ante la posibilidad de que las explicaciones oficiales sean contradictorias respecto de otras, no den cuenta de ciertos detalles relevantes o pasen por alto ciertos datos, como ciudadanos debemos presionar para que se esclarezcan los hechos. La epojé se refiere a cómo valorar la información, no a justificar la impasividad.

Otra punto importante que ha salido a relucir, dentro de la sobrecarga informativa, es la cuestión de si la causa del magisterio es justa. Creo que es importante separar adecuadamente dos cosas, aunque estén estrechamente ligadas: 1) la justificación de la lucha magisterial y 2) los acontecimientos de Nochixtlán y, en general, la actuación de las autoridades frente a los maestros disidentes. La discusión en torno al primer punto versa sobre la reforma educativa, sus argumentos y sus consecuencias, y conviene situar en la discusión las razones en pro y en contra. En lo que a mí respecta, concuerdo con la disidencia en que la reforma educativa no es realmente educativa, sino una modificación de la relación laboral que afecta los derechos de los trabajadores de la educación –y, dicho sea de paso, es también importante tocar el tema de los “privilegios” sindicales, que ha sido el leit motiv de la ofensiva retórica del gobierno y medios afines contra la lucha magisterial-. Lo segundo se refiere a una crisis política y social suscitada por el mal manejo por parte de las autoridades, tanto estatales como federales, de las protestas y movilizaciones. En específico, en lo referente a los eventos del domingo 19 de Junio, estamos ante un problema de impartición de justicia, que involucra a la posible represión violenta por parte de las fuerzas pública a la disidencia docente. Independientemente de si la causa magisterial es justa o no, o si se simpatiza con ella o no, se trata de un asunto delicado, ubicado en el marco más general del fenómeno de violencia que desgraciadamente se está cotidianizando en la vida nacional. El esclarecimiento de los hechos, que implica determinar quiénes iniciaron la gresca, qué autoridades dieron las órdenes (si fuesen los elementos policiacos los causantes) y con qué intenciones subyacen es, creo yo, lo más importante, y es hacia donde debe orientarse la protesta ciudadana. Lo deseable, en todo caso, es que haya una salida pacífica, lo que en principio debería llevar a una diálogo sobre la reforma educativa, al tiempo de que las autoridades rindan cuentas verazmente de los hechos violentos y castiguen a los responsables.

Por lo pronto, queda mi sugerencia de evaluar adecuadamente la información: discriminar los testimonios dudosos, no cegarse por las propias creencias y no aceptar irreflexivamente las explicaciones. He situado este problema ante los recientes acontecimientos dramáticos de Oaxaca, pero aplica en general a la información que circulas en Internet y otros medios. Tales acontecimientos han suscitado mucha indignación que compartimos muchos mexicanos. Mas es importante que, pese a la indignación, pensemos las cosas con la cabeza fría.

Publicado en Comunicación

Bajo el hashtag de #Lady o de #Lord, usuarios de redes sociales en México han logrado etiquetar a todo aquel individuo que consideran reprobable en la sociedad, el cual, gracias al uso de las cámaras de los teléfonos, puede ser exhibido en el Ágora público virtual para entrar en el juego de la ironía y de la sátira, además de otorgarle la merecida fama negativa a manera de castigo internáutico inmediato.

Sin embargo, los alcances de este fenómeno comienzan a salirse de control y se vuelcan hacia el reflejo de una sociedad que no sólo busca mofarse de actos considerados como reprochables, sino que, a su vez, esos actos están siendo utilizados para denigrar a las personas que se vuelven protagonistas de los videos millones de veces compartidos.

El martes 14 de junio de 2016, el trending topic en Twitter lo alcanzó una menor de edad (adolescente), que, al parecer, bajo su permiso fue grabada y fotografiada realizando sexo oral a su novio en una escuela y con el uniforme de la institución, en presencia de los amigos del galán. Situación que ha llevado a catalogarla en las redes como una “Lady”.

Y sin afán de contribuir más al frenético morbo por ver las imágenes de esta chica bajo esta situación, escribo estas líneas con el único objetivo de cuestionar y reflexionar sobre diferentes situaciones que quisiera exponer, sin entrar en un aire moralista y de golpe pecho.

¿Qué es lo que está pasando con nuestros adolescentes que día con día se ven más inmersos en actos de violencia, delincuencia, drogadicción, violaciones, o falta de pudor? Pensando tan solo por citar algunos ejemplos, en los casos de los llamados “Porkys” de Veracruz, en el caso de Chihuahua en el que un grupo de adolescentes privó de la vida a un niño de 6 años en lo que ellos llamaron como un “juego”, y ahora en la exposición pública y en redes sociales de estos adolescentes en una escena que va más allá del morbo y del exhibicionismo.

¿Dónde están los padres de estos adolescentes y cuáles han sido las dinámicas familiares que han permitido que sus hijos se vean envueltos en casos así?

¿Hasta dónde, como sociedad, les estamos fallando a las futuras generaciones? Que al parecer de forma directa o indirecta incitamos, permitimos e incluso nos servimos de ellos para colocarnos en el centro de burlas y mofas.

En el caso específico de esta chica (a la cual no nombraré como ha sido denominada en redes, no sólo porque me parece denigrante, sino porque sería contribuir con el problema) y de los jóvenes involucrados en el caso específico, me queda claro que existe una total falta de madurez y consciencia sobre las dimensiones que sus actos han alcanzado y las consecuencias que los mismos traerán ante una sociedad que es catalogada todavía como machista y de doble moral; y aun cuando pudiese entender que esta falta de madurez, entre otras muchas cosas, sean las causantes de ponerlos en una situación así. Lo que no puedo entender es cómo, como sociedad, seguimos contribuyendo a que esto pase de forma diaria, a que se le dé difusión masiva a las imágenes y las mismas sirvan de burla ante frases y palabras que no sólo denigran a una menor de edad, sino que también la vulneran y contribuyen a pisotear más su dignidad.

Diría mi abuela: “Tan culpable es el que mata la vaca, como el que le agarra la pata”. En este sentido, me parece que tan culpables de reproches son ellos, como nosotros que al centrarlos en medio del escrutinio, la mofa y el prejuicio social, nos hemos olvidado de que les hemos fallado al no haber generado un contexto social que les permita tener alternativas reales, que los aliente a ser mejores, a superarse y a crecer con valores y principios, a luchar por sus ideales valorando el esfuerzo, el trabajo, la dedicación y no enalteciendo el camino fácil y la fama sin sentido.

Creo que es necesario detenernos un momento y reflexionar si nuestros actos en la vida real y cotidiana y en el mundo virtual de las redes sociales, son tendientes o suficientes para incidir y generar un mundo mejor para ellos, para nuestros hijos, para las generaciones futuras.

Si al pensar en esto la respuesta es “no”, entonces debemos empezar a cambiar lo que hacemos, debemos esforzarnos más por generar mejores condiciones, debemos comenzar a hacernos responsables de nuestras acciones y decisiones diarias sin pensar por un momento en lo que el de al lado no ha hecho o lo que el gobierno en turno (que, dicho sea de paso, nosotros escogimos directa o indirectamente) está haciendo o ha dejado de hacer.

La solución para muchos problemas que vivimos está en nuestras manos, por ello es hora de dejar de ser parte del problema y convertirnos en la solución, si no, el día de mañana no nos sorprendamos de que sean nuestros hijos o familiares las futuras “Ladies” o “Lords” de las redes sociales y sigamos inmersos en esta dinámica destructiva que como sociedad hemos alimentando. 

Publicado en Análisis social
Lunes, 04 Abril 2016 06:21

¿Es justificable la censura?

En este sitio han aparecido ya algunas reflexiones acerca del tema de la censura, derivada de la corrección política que parece imperar en Internet y en las redes sociales. Coincido en líneas generales con lo que han señalado los otros colaboradores y es posible que la reflexión que comparto poco añada a lo ya dicho. En general, concuerdo que en tiempos recientes se ha generado un preocupante clima de linchamiento moral hacia aquello que es considerado ofensivo para ciertos sectores de la sociedad, lo que prácticamente torna a estos sectores invulnerables a la crítica.

Para no redundar en lo que ya se ha dicho en este espacio, lo que pretendo realizar, siguiendo la postura del filósofo Isaiah Berlin –quien señala que una de las principales tareas de la actividad filosófica es cuestionar los supuestos en los que descansan las creencias extendidas en la sociedad, es una problematización teórica de estas tendencias moralistas que pretenden corregir los pensamientos y las conductas de los seres humanos. En particular, quiero partir de la pregunta de si existe una justificación válida de la censura, lo que lleva, en primera instancia, a tratar de explicar en qué consiste ésta (aclaro que mi análisis se dirige a estos casos particulares de censura, y no entro en la cuestión de la censura ejercida por los gobiernos para acallar a la disidencia, misma que merece un tratamiento aparte).

Una forma de definir un concepto es a partir de su relación de oposición con otros conceptos. Para el caso de la censura, el concepto antagónico es el de libertad de expresión. Dado que ésta se trata de un caso particular del concepto más amplio de libertad, voy a partir de éste último. Aclaro que no entraré a detalle en los agudos problemas teóricos del concepto de libertad –v. gr. el dilema entre libertad y determinismo, dado que exceden los propósitos de este escrito y me limitaré sólo a la cuestión de los límites permisibles de la libertad.

Cualquiera que sea la definición de libertad, en principio se plantea la no coerción como uno de sus rasgos distintivos: un acto es libre si y sólo si el agente no ha sido obligado por otro agente a actuar de cierto modo. A partir de lo anterior, en la medida en que se eliminen los factores coercitivos que condicionen los actos, los individuos gozarán de mayor libertad. Pero esto genera una consecuencia problemática: la posibilidad de que los actos libres, no coaccionados, de los individuos puedan afectar a otros. Esto sugiere un límite necesario a las acciones libres: que éstas no afecten a los otros ni en su persona, propiedad o bienes (resumido en la célebre máxima juarista: “El respeto al derecho ajeno es la paz”). El liberalismo, en sus diferentes vertientes, enarbola este principio.

Habiendo reconocido que la libertad requiere un límite necesario el respeto a los otros, podemos aterrizar el problema que aquí nos ocupa: el de la libertad de expresión. ¿Cuál es el límite de la libertad de expresión? O, en otras palabras, ¿de qué forma se violentan a otras personas por medio de la lengua? Podríamos plantear la respuesta como sigue: un individuo A excede el límite de su libertad cuando profiere en su discurso ciertas expresiones que afectan a otro individuo B (tales como los insultos, ofensas, difamaciones o tergiversaciones de las afirmaciones de B). En una situación así, B podría exigir a A o a algún intermediario entre ambos –el Estado u otras instituciones, que A sea reprendido por lo dicho. Llamaremos ‘censura’ en un sentido genérico a las acciones tendientes a restringir o impedir que un individuo profiera libremente ciertas expresiones, so pretexto de que éstas afectan a otros individuos. La justificación de la censura, en este sentido, tendrá que ver con que las expresiones proferidas realmente resultan perjudiciales, algo que el afectado tendría que probar.

No obstante, el problema comienza al momento de precisar qué clase de expresiones perjudican a terceros. Para abordar el problema, recurriré a la teoría de los actos de habla (tratando de evitar, hasta donde me sea posible, los aspectos técnicos de la teoría para facilitar la lectura). Desde este planteamiento, se señala que los actos de habla se pueden realizar de dos formas: como actos de habla directos, en los que se encuentra presente un verbo que hace patente el tipo de acto de habla (“Te prometo que haré X” es una evidente promesa, dada la presencia del verbo ‘prometer’); y los indirectos, donde el tipo de acto de habla no es patente dada la ausencia de ciertas expresiones (“Mañana haré X” es una promesa, aunque no lleve el verbo ‘prometer’ que lo haga explícito).

Ahora bien, algo curioso ocurre con los actos de habla agresivos y es el hecho de que siempre son ejecutados mediante actos de habla indirectos: insultar, amenazar, difamar o amedrentar no se ejecutan mediante el uso de estos verbos (nadie dice: “te amenazo con X”, “te insulto con Y”, “los difamo con Z”, etc.). Estos verbos caracterizan ciertas clases de actos de habla, mas no se emplean directamente en esos actos de habla. Por otro lado, tenemos una cantidad innumerable de actos locutivos que expresan actos de habla agresivos tales como las amenazas, ofensas, etc.: “eres un imbécil”, “pendejo”, “te voy a partir la madre”, “jódete”, “no te la vas a acabar”, y así sucesivamente. A pesar de que estos actos de habla no son directos en el sentido que tiene ‘directo’ en la teoría, los hablantes de español pueden identificar su fuerza ilocucionaria sin problemas. Así, aunque una ofensa no incluya el verbo ‘ofender’ en el acto de habla, puede ser  identificable por parte del oyente.

De este modo, una manera como se podría establecer una restricción justificada a la libertad de expresión es que el individuo B pueda demostrar que A ha emitido un acto de habla agresivo que alude a su persona. En términos generales, parece ser la solución al problema. Pero el diablo está en los detalles, y así nos topamos con dos problemas: 1) que el tipo de acto de habla pueda ser, en principio, identificable como agresivo; y 2) que el acto de habla afecte no a un individuo, sino a una colectividad (es decir, a ciertos grupos de individuos). Se trata, evidentemente, de dos problemas distintos: el primero es de orden lingüístico, y el segundo de orden ético.

Comencemos con el primero. Como hemos dicho, un hablante normalmente no tendrá problemas para identificar las expresiones verbales de su lengua que manifiestan insultos, difamaciones o provocaciones. Mas no siempre resulta fácil saber si se trata de este tipo de actos de habla o no. En muchas ocasiones, una expresión puede parecer un insulto cuando en realidad se trata de un sarcasmo, una ironía o un chiste. Tal fue el caso de Sean Penn en la ceremonia de los Oscares del 2015: cuando el actor estadounidense anunció que la estatuilla era para al director mexicano Alejandro González Iñárritu, dijo: “¿Quién le dio la Green Card a este hijo de perra?” Lo anterior calificaría como un insulto; sin embargo, resultó que entre Penn y González Iñárritu existe cierta amistad y, según parece, así es la forma en como se tratan ambos. En realidad, la expresión de Penn fue una manera sarcástica, pero también amistosa, de reconocer el trabajo del cineasta mexicano.

Esto nos lleva a tomar en consideración ciertos factores de orden pragmático que no habíamos tomado en cuenta hasta ahora. El acto de habla no está determinado sólo por los aspectos fonológicos o gramaticales, sino que intervienen aspectos pragmáticos como la intencionalidad del hablante, la receptividad del oyente, el contexto comunicativo, etc. En el caso de la afirmación de Sean Penn, es la intención la que determinó que la expresión tuviese un sentido diferente. De igual forma, la información contextual, por su parte, nos permite decidir si el acto de habla es directo o indirecto, si debe tomarse de forma literal o no literal. Por ende, para determinar si un acto de habla es o no agresivo se debe tomar en consideración los aspectos pragmáticos que los rodean.

El caso antes descrito es una muestra de un acto de habla que en apariencia era agresivo pero en realidad no lo fue. No es difícil pensar una situación a la inversa: un insulto, presentado de forma elegante, sutil y disimulado, puede no parecer como tal. De cualquier modo, si se cuenta con información relativa a la intencionalidad del hablante, el contexto en el que se emite y otros datos, se puede elucidar el tipo de acto de habla cuando éste no es transparente. Las dificultades surgen cuando no se cuenta con esa información o el que interpreta el acto de habla la pasa por alto pese a que ésta pueda estar disponible.

Creo que esto es lo que ocurre con la censura políticamente correcta. Los internautas que fungen como vigilantes de las buenas costumbres posmodernas hacen sonar las alarmas ante la mínima sospecha de ofensa, insulto o cualquier agresión verbal hacia la pluralidad racial, sexual, etc. Pero lo que parece ser una ofensa no necesariamente lo es, tal como lo vimos en el caso de Sean Penn. El problema con los censores de la corrección política es que no reconocen que los actos de habla pueden o no ser literales y, desde luego, no consideran los factores pragmáticos como la intencionalidad o el contexto comunicativo. En consecuencia, si no se toman en cuenta estos factores y se emite un veredicto censor sin análisis de fondo, el clamor de censura estará totalmente injustificado.

Pero ya que hemos entrado al tema de la censura políticamente correcta, paso al segundo problema. La caracterización de la libertad de expresión y la posible justificación de la censura la he formulado en términos individuales. Esto se debe a que, en principio, quien estima que lo dicho es una ofensa o un insulto es justamente el individuo que ha sido afectado. Esto es, sin duda, una trivialidad, pero no resulta tan trivial cuando lo vemos en relación con el siguiente problema: ¿qué ocurre cuando los actos de habla agresivos aluden a una colectividad?

Como se ha visto previamente, cuando un hablante emite expresiones denigrantes o insultantes hacia ciertos grupos humanos (“¡Malditos negros!” “¡Pinches indios!”, etc.), no deja lugar a dudas de que se trata de actos de habla agresivos –y, aun en estos casos, hay que considerar contextos donde estas expresiones no sean actos directos, como pueden ser las ironías. Habrá expresiones opacas que sólo la información acerca del contexto comunicativo y la intención del hablante puedan esclarecer.

Pero está también el problema de cómo saber si un colectivo de individuos considera que el acto de habla les resulta ofensivo o insultante. Aquí hay un riesgo de incurrir en la falacia de generalización, al asumir que todos los individuos reaccionarán del mismo modo a los mismos estímulos. Esto atañe a otro factor pragmático a considerar: la receptividad del oyente. Ante un insulto generalizado, algunos podrán reaccionar furiosamente exigiendo la censura, mientras que otros podrán considerar que es dar demasiado importancia y preferirán ignorarlo. Sólo si contáramos con datos estadísticos que mostrasen una tendencia general al interior de un grupo, que revelara que un alto porcentaje considera que tal o cual expresión les resulta ofensiva, tal vez podría justificarse la censura.

Hay también otro intento de justificar la censura que consiste en señalar que ciertas expresiones verbales o manifestaciones culturales –como el cine, los videos musicales, los videojuegos, los cómics, etc. inducen a conductas peligrosas, como la violencia de género o crímenes de odio. Desde luego, la idea de que tales expresiones producen estos efectos supone dos cosas: 1) que los sujetos son enteramente pasivos y sus cerebros pueden ser programados enteramente por estímulos externos, lo que los lleva a actuar como autómatas, y 2) que la receptividad de los sujetos es totalmente homogénea, por lo que todos reaccionarán del mismo modo ante los mismos estímulos. Mas es difícil sostener ambos supuestos. Los censores políticamente correctos tendrán que demostrar científicamente que existe semejante determinismo, aunque el hecho de que los sujetos reaccionan de diferentes modos ante los mismos estímulos ya es suficiente para cuestionarlos.

En términos generales, los censores de la corrección política condenan los perjuicios en contra de ciertos sectores, sin tomar en cuenta si los individuos que forman parte de dichos sectores son realmente afectados. Los censores se ponen en la posición de las víctimas, y a su vez, en la posición de jueces. Sin embargo, para poder justificar la censura, tendrán que aportar razones poderosas, lo que exige, en primera instancia, que demuestren que al menos una mayoría al interior de estos grupos considera que ciertas expresiones o discursos les afectan de alguna manera. Y aun en este escenario, ¿acaso no vale la opinión del 1% que pudiera estar en contra de la censura?

He comenzado este escrito planteando la pregunta de si es justificable la censura. Hasta ahora, la querella individual parece ser el caso donde pueda darse la justificación más fuerte, siempre y cuando el individuo pueda probar que hay un acto de habla agresivo en su contra y que lo perjudica de alguna u otra forma. Cuando se lleva al plano colectivo, las cosas se complican, pues se asume que todos los individuos se sienten perjudicados por igual y, en consecuencia, se justificaría la censura. No sostengo que la censura en este plano sea totalmente improcedente, simplemente quiero señalar las dificultades que surgen cuando ciertos individuos se colocan a sí mismos como portavoces o representantes de colectivos o de la sociedad entera.

Lo anterior muestra una de las estrategias retóricas más usuales en el discurso político, que es pretender justificar ciertas acciones en el nombre de la nación o la sociedad, o en los casos de la corrección política, en nombre de una minoría amenazada. Así, los censores pueden exigir, en nombre de un grupo vulnerable, que ciertos discursos o manifestaciones culturales sean prohibidas. Se puede, en primera instancia, cuestionar la legitimidad de los censores para actuar como representantes o incluso como defensores de ciertos grupos. Pero me interesa más mostrar un supuesto detrás de esta estrategia: asumir que los individuos de la sociedad, sean miembros o no de los grupos vulnerables, carecen de la capacidad de juzgar por sí mismos, por lo cual la censura se torna necesaria.  Dicho en otros términos, los censores presuponen que los integrantes de la sociedad son como niños a quienes hay que señalar qué deben ver, escuchar y leer, aunque los procedimientos y las formas de actuar son diferentes. Estas posturas no son, en el fondo, muy distantes de las pretendidas justificaciones de las dictaduras fascistas o socialistas, que, en nombre de la raza, la nación o la lucha proletaria internacional, operaban la más férrea censura. Semejantes supuestos difícilmente resultan compatibles con una sociedad democrática, que aspira a crear más espacios de libertad y participación ciudadana.

En el fondo, se trata del mismo supuesto determinista que se adopta cuando se cree que la violencia es inducida por videojuegos o shows televisivos: los sujetos son meros receptores pasivos cuyas conductas y pensamientos pueden ser completamente moldeados por los medios u otros sistemas sociales. Muestra de ello es este pasaje del artículo de Mónica Montaño “Alertas de género y de música violenta” (Proyecto Diez, 01/04/2016), en el que la autora define la ‘violencia simbólica’ como “aquella carga cultural que nos hace ver ciertas cosas como normales, que nos van adoctrinando para aceptar ciertas conductas sin que tengamos la capacidad de hacer una discriminación racional de la información recibida”. Como señalé anteriormente, estas aseveraciones exigen pruebas contundentes que permitan mostrar cómo se dan los mecanismos de manipulación o adoctrinamiento. Lamentablemente, los teóricos de humanidades se limitan a suponer esta clase de determinismo social estricto sin explicarlo.

Por otro lado, considero peligroso que ciertos individuos se asuman como vigías morales de los discursos y expresiones culturales. Hasta hace unos años, la vieja guardia conservadora encendía las antorchas ante cualquier cosa que atentara contra la moral cristiana, la familia y las buenas costumbres. Hoy, la censura se hace en nombre de la diversidad de formas de vida. Pero el principio es el mismo: la existencia de una élite que juzga lo que puede ser mostrado en el ámbito público. La pregunta es: ¿necesitamos que existan tales élites? ¿No podemos decidir por nosotros mismos?

Concluyo mi escrito aclarando ciertas cosas. Estoy en contra de la discriminación racial, sexual y social, y considero que se deben tomar medidas para evitar estos prejuicios. Pero no creo que la solución sea la censura. El verdadero reto para una democracia en el siglo presente es vislumbrar las estrategias para eliminar los prejuicios sin atentar contras las libertades individuales. ¿Es posible esto? No tengo una respuesta. Mas, en definitiva, me opongo categóricamente que ciertos grupos minoritarios se proclamen como vigías morales de la sociedad.

Publicado en Análisis social