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En estas tardes cálidas en las que no llama nadie a la puerta y la habitación se convierte en un gran sauna del que preferimos escapar, opté por convertirme en uno más de los que deambulan por la ciudad buscando las corrientes de aire, dejándome llevar por el discurrir de los pasos hasta que pronto estuve a las puertas del MUSA (Museo de las Artes), donde se presentaba la exposición “Los Modernos".

Hace unos meses formé parte del Jurado Mezcal en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, edición 31. Allí pude observar el filme de Gabriel Retes, cineasta mexicano, participante en la categoría a Mejor película mexicana. Con La cinta Enamor(d)ados, nos lleva a una época donde reviven los grandes intelectuales y artistas mexicanos. Sin embargo, justo como mencionaron algunos medios de comunicación, de arte e intelectualidad tuvo poco, ocasionando que ni a la crítica ni al público les gustase el producto. Independientemente de las actuaciones forzadas para lograr una exageración irreverente, la supuesta posición crítica de Retes es descarada y mal lograda por la utilización de chistes y humor ácido de muy bajo nivel. Ante el mal intento, ni siquiera me quedaban ganas de volver a escuchar de aquellos intelectuales mexicanos de los años veinte.

De vuelta al MUSA, me encontré frente a Autorretrato de Gerardo Murillo "Dr. Atl". A pesar de haber tenido una experiencia tan indeseable con el filme de Retes, me topé con dicho objeto y cambió mi percepción creada por una mala experiencia cinematográfica. Sin duda alguna hay que separar entre obra y artista, pero creo que el prejuicio de algo negativo ayudó, incluso más, a que la experiencia estética fuera impresionante.

No solo aprecié la técnica y el detalle tan preciso, sino que estaba superando mis expectativas como artista y, eso, era todavía más significativo. Autorretrato me exigió detenerme más tiempo del que regularmente dedico a las obras. Insisto, la experiencia estética en este caso no tuvo que ver precisamente con el aura del cuadro, sino que fue una totalidad y de un conjunto de experiencias previas que fueron re-interpretadas al momento de la relación entre observador-objeto.

En general, algunas obras me parecieron más interesantes que otras. El Picasso tenía un lugar privilegiado en la distribución de espacios, pero me fue indiferente. Uno puede reconocer la singularidad en la línea de Pablo, pero no me brindó un placer estético al observarle. Reconocí la técnica, pero nada más. Llegué hasta la sala que contenía las obras surrealistas y llamaron mi atención tres distintos cuadros que, posteriormente, me di cuenta que eran del mismo artista: Wolfgang Paalen.

El toisón de oro de Wolfgang se encontraba a uno o dos cuadros de distancia de Remedios Varo. Fue, al menos, curiosa la manera en que me detuve a contemplar El toisón de oro, ya que apenas había digerido la obra anterior. Pero fue incluso mayor. El azul celeste de fondo me provocó una sensación de equilibrio y de tranquilidad. Me permitió quedarme un momento más a observar los tonos que terminaban en algo más oscuro. En el centro, orientada más hacia la parte superior, está una mariposa con un detalle tan fino que se puede observar la textura. En las alas, donde regularmente tienen figuras particulares, hay dos ojos que posan ante el observador.

Es una mirada casi enfermiza que no permite ignorar la obra, pero sí refugiarse en los otros elementos. Hacia abajo se encuentra la parte inferior de un rostro; de los labios y medias mejillas hasta el cuello, que dan alusión a un jarrón. De esa forma, la mariposa y ese trozo de cuerpo forman un rostro que se sigue poniendo a la altura del observador. Podría decirse que es incluso irreverente, ya que no tiene intenciones de agradar por bello, sino por sus elementos tan bien trabajados y que forman un todo. Una columna de colores oscuros con un costado que simula el interior del cuerpo es el torso de la figura.

Hay una situación delicada con el surrealismo, pues el objetivo principal del artista puede ser malinterpretado por la forma. Sin embargo, el nombre mismo de la obra ayuda a comprender a qué refiere. La orden de El toisón de oro es representada de manera oscura, enigmática y sombría.

La segunda pintura que contemplé fue Gran Fumage, que estaba justo en frente de la primera. El fondo simple permite resaltar de forma excelsa a los elementos principales. Los colores forman parte intencionada de la estructura, ya que los blancos me parecen como la “médula” del objeto. Como sucede con el surrealismo y, más con Paalen, su arte es hermético. En ocasiones toma mucho tiempo para poder asimilar lo que presenta el objeto, pero transmite su complejidad a través de los colores, las texturas y los ojos.

A un costado estaba Madre de Ágata. Los colores marrones, café y amarillos me dieron una sensación de intriga. Pero aún más, se caracteriza por sus líneas y sus puntos que van de unas direcciones a otras. Aunque tampoco se pierde, ya que denota bastante claro su elemento esencial justo en el centro. La posición de la obra era igual que las dos anteriores, pero debido a su tamaño muestra superioridad.

Hay algo que pude observar al visualizar las tres obras: existe un patrón y una intención generalizada de parte del artista. Primero, el cuadro debe estar justo frente a ti para generar una horizontalidad que permite la conexión de apreciación. Segundo, los ojos como elementos explícitos es una forma grotesca de que el observador no solo admire el objeto, sino que se vea a sí mismo en ese proceso.

El proceso, entonces, se configura como si se tratara de un “observador observando la observación de lo observado” o, incluso, sería “lo observado observando la observación que hace el observador de lo observado”. Es un principio de procesamiento de información llevado al terreno del arte y la contemplación.

Por otro lado, las estructuras son otro elemento presente en las obras de Paalen. Siempre forman el torso o cuerpo del objeto, como una forma de sublimar lo medular a un pilar que sustenta el todo. Sin duda alguna puede generarse un sentimiento de purga al apreciar sus obras surrealistas. La tensión primaria donde los elementos están puestos, terminan por estabilizarse mediante la comprensión de cada uno de ellos.

Mi juicio final respecto al arte de Wolfgang Paalen es que se trata de obras herméticas, intensas, irreverentes ante la asunción de lo simple y poéticas. El uso de colores no es fortuito, porque transmiten tanto la atmósfera del fondo como la armonía del elemento principal. Y la mirada incisiva que siempre hace cuestionarse al observador si realmente está complacido con su observación.

Una tarde en el MUSA nos brinda la frescura necesaria del oasis en medio del calor insolente de Guadalajara, además que nos invita a la reflexión de los objetos que en el lugar descansan, esperando la mirada inquisitiva del sudoroso espectador.

Publicado en Arte
Lunes, 04 Abril 2016 06:21

¿Es justificable la censura?

En este sitio han aparecido ya algunas reflexiones acerca del tema de la censura, derivada de la corrección política que parece imperar en Internet y en las redes sociales. Coincido en líneas generales con lo que han señalado los otros colaboradores y es posible que la reflexión que comparto poco añada a lo ya dicho. En general, concuerdo que en tiempos recientes se ha generado un preocupante clima de linchamiento moral hacia aquello que es considerado ofensivo para ciertos sectores de la sociedad, lo que prácticamente torna a estos sectores invulnerables a la crítica.

Para no redundar en lo que ya se ha dicho en este espacio, lo que pretendo realizar, siguiendo la postura del filósofo Isaiah Berlin –quien señala que una de las principales tareas de la actividad filosófica es cuestionar los supuestos en los que descansan las creencias extendidas en la sociedad, es una problematización teórica de estas tendencias moralistas que pretenden corregir los pensamientos y las conductas de los seres humanos. En particular, quiero partir de la pregunta de si existe una justificación válida de la censura, lo que lleva, en primera instancia, a tratar de explicar en qué consiste ésta (aclaro que mi análisis se dirige a estos casos particulares de censura, y no entro en la cuestión de la censura ejercida por los gobiernos para acallar a la disidencia, misma que merece un tratamiento aparte).

Una forma de definir un concepto es a partir de su relación de oposición con otros conceptos. Para el caso de la censura, el concepto antagónico es el de libertad de expresión. Dado que ésta se trata de un caso particular del concepto más amplio de libertad, voy a partir de éste último. Aclaro que no entraré a detalle en los agudos problemas teóricos del concepto de libertad –v. gr. el dilema entre libertad y determinismo, dado que exceden los propósitos de este escrito y me limitaré sólo a la cuestión de los límites permisibles de la libertad.

Cualquiera que sea la definición de libertad, en principio se plantea la no coerción como uno de sus rasgos distintivos: un acto es libre si y sólo si el agente no ha sido obligado por otro agente a actuar de cierto modo. A partir de lo anterior, en la medida en que se eliminen los factores coercitivos que condicionen los actos, los individuos gozarán de mayor libertad. Pero esto genera una consecuencia problemática: la posibilidad de que los actos libres, no coaccionados, de los individuos puedan afectar a otros. Esto sugiere un límite necesario a las acciones libres: que éstas no afecten a los otros ni en su persona, propiedad o bienes (resumido en la célebre máxima juarista: “El respeto al derecho ajeno es la paz”). El liberalismo, en sus diferentes vertientes, enarbola este principio.

Habiendo reconocido que la libertad requiere un límite necesario el respeto a los otros, podemos aterrizar el problema que aquí nos ocupa: el de la libertad de expresión. ¿Cuál es el límite de la libertad de expresión? O, en otras palabras, ¿de qué forma se violentan a otras personas por medio de la lengua? Podríamos plantear la respuesta como sigue: un individuo A excede el límite de su libertad cuando profiere en su discurso ciertas expresiones que afectan a otro individuo B (tales como los insultos, ofensas, difamaciones o tergiversaciones de las afirmaciones de B). En una situación así, B podría exigir a A o a algún intermediario entre ambos –el Estado u otras instituciones, que A sea reprendido por lo dicho. Llamaremos ‘censura’ en un sentido genérico a las acciones tendientes a restringir o impedir que un individuo profiera libremente ciertas expresiones, so pretexto de que éstas afectan a otros individuos. La justificación de la censura, en este sentido, tendrá que ver con que las expresiones proferidas realmente resultan perjudiciales, algo que el afectado tendría que probar.

No obstante, el problema comienza al momento de precisar qué clase de expresiones perjudican a terceros. Para abordar el problema, recurriré a la teoría de los actos de habla (tratando de evitar, hasta donde me sea posible, los aspectos técnicos de la teoría para facilitar la lectura). Desde este planteamiento, se señala que los actos de habla se pueden realizar de dos formas: como actos de habla directos, en los que se encuentra presente un verbo que hace patente el tipo de acto de habla (“Te prometo que haré X” es una evidente promesa, dada la presencia del verbo ‘prometer’); y los indirectos, donde el tipo de acto de habla no es patente dada la ausencia de ciertas expresiones (“Mañana haré X” es una promesa, aunque no lleve el verbo ‘prometer’ que lo haga explícito).

Ahora bien, algo curioso ocurre con los actos de habla agresivos y es el hecho de que siempre son ejecutados mediante actos de habla indirectos: insultar, amenazar, difamar o amedrentar no se ejecutan mediante el uso de estos verbos (nadie dice: “te amenazo con X”, “te insulto con Y”, “los difamo con Z”, etc.). Estos verbos caracterizan ciertas clases de actos de habla, mas no se emplean directamente en esos actos de habla. Por otro lado, tenemos una cantidad innumerable de actos locutivos que expresan actos de habla agresivos tales como las amenazas, ofensas, etc.: “eres un imbécil”, “pendejo”, “te voy a partir la madre”, “jódete”, “no te la vas a acabar”, y así sucesivamente. A pesar de que estos actos de habla no son directos en el sentido que tiene ‘directo’ en la teoría, los hablantes de español pueden identificar su fuerza ilocucionaria sin problemas. Así, aunque una ofensa no incluya el verbo ‘ofender’ en el acto de habla, puede ser  identificable por parte del oyente.

De este modo, una manera como se podría establecer una restricción justificada a la libertad de expresión es que el individuo B pueda demostrar que A ha emitido un acto de habla agresivo que alude a su persona. En términos generales, parece ser la solución al problema. Pero el diablo está en los detalles, y así nos topamos con dos problemas: 1) que el tipo de acto de habla pueda ser, en principio, identificable como agresivo; y 2) que el acto de habla afecte no a un individuo, sino a una colectividad (es decir, a ciertos grupos de individuos). Se trata, evidentemente, de dos problemas distintos: el primero es de orden lingüístico, y el segundo de orden ético.

Comencemos con el primero. Como hemos dicho, un hablante normalmente no tendrá problemas para identificar las expresiones verbales de su lengua que manifiestan insultos, difamaciones o provocaciones. Mas no siempre resulta fácil saber si se trata de este tipo de actos de habla o no. En muchas ocasiones, una expresión puede parecer un insulto cuando en realidad se trata de un sarcasmo, una ironía o un chiste. Tal fue el caso de Sean Penn en la ceremonia de los Oscares del 2015: cuando el actor estadounidense anunció que la estatuilla era para al director mexicano Alejandro González Iñárritu, dijo: “¿Quién le dio la Green Card a este hijo de perra?” Lo anterior calificaría como un insulto; sin embargo, resultó que entre Penn y González Iñárritu existe cierta amistad y, según parece, así es la forma en como se tratan ambos. En realidad, la expresión de Penn fue una manera sarcástica, pero también amistosa, de reconocer el trabajo del cineasta mexicano.

Esto nos lleva a tomar en consideración ciertos factores de orden pragmático que no habíamos tomado en cuenta hasta ahora. El acto de habla no está determinado sólo por los aspectos fonológicos o gramaticales, sino que intervienen aspectos pragmáticos como la intencionalidad del hablante, la receptividad del oyente, el contexto comunicativo, etc. En el caso de la afirmación de Sean Penn, es la intención la que determinó que la expresión tuviese un sentido diferente. De igual forma, la información contextual, por su parte, nos permite decidir si el acto de habla es directo o indirecto, si debe tomarse de forma literal o no literal. Por ende, para determinar si un acto de habla es o no agresivo se debe tomar en consideración los aspectos pragmáticos que los rodean.

El caso antes descrito es una muestra de un acto de habla que en apariencia era agresivo pero en realidad no lo fue. No es difícil pensar una situación a la inversa: un insulto, presentado de forma elegante, sutil y disimulado, puede no parecer como tal. De cualquier modo, si se cuenta con información relativa a la intencionalidad del hablante, el contexto en el que se emite y otros datos, se puede elucidar el tipo de acto de habla cuando éste no es transparente. Las dificultades surgen cuando no se cuenta con esa información o el que interpreta el acto de habla la pasa por alto pese a que ésta pueda estar disponible.

Creo que esto es lo que ocurre con la censura políticamente correcta. Los internautas que fungen como vigilantes de las buenas costumbres posmodernas hacen sonar las alarmas ante la mínima sospecha de ofensa, insulto o cualquier agresión verbal hacia la pluralidad racial, sexual, etc. Pero lo que parece ser una ofensa no necesariamente lo es, tal como lo vimos en el caso de Sean Penn. El problema con los censores de la corrección política es que no reconocen que los actos de habla pueden o no ser literales y, desde luego, no consideran los factores pragmáticos como la intencionalidad o el contexto comunicativo. En consecuencia, si no se toman en cuenta estos factores y se emite un veredicto censor sin análisis de fondo, el clamor de censura estará totalmente injustificado.

Pero ya que hemos entrado al tema de la censura políticamente correcta, paso al segundo problema. La caracterización de la libertad de expresión y la posible justificación de la censura la he formulado en términos individuales. Esto se debe a que, en principio, quien estima que lo dicho es una ofensa o un insulto es justamente el individuo que ha sido afectado. Esto es, sin duda, una trivialidad, pero no resulta tan trivial cuando lo vemos en relación con el siguiente problema: ¿qué ocurre cuando los actos de habla agresivos aluden a una colectividad?

Como se ha visto previamente, cuando un hablante emite expresiones denigrantes o insultantes hacia ciertos grupos humanos (“¡Malditos negros!” “¡Pinches indios!”, etc.), no deja lugar a dudas de que se trata de actos de habla agresivos –y, aun en estos casos, hay que considerar contextos donde estas expresiones no sean actos directos, como pueden ser las ironías. Habrá expresiones opacas que sólo la información acerca del contexto comunicativo y la intención del hablante puedan esclarecer.

Pero está también el problema de cómo saber si un colectivo de individuos considera que el acto de habla les resulta ofensivo o insultante. Aquí hay un riesgo de incurrir en la falacia de generalización, al asumir que todos los individuos reaccionarán del mismo modo a los mismos estímulos. Esto atañe a otro factor pragmático a considerar: la receptividad del oyente. Ante un insulto generalizado, algunos podrán reaccionar furiosamente exigiendo la censura, mientras que otros podrán considerar que es dar demasiado importancia y preferirán ignorarlo. Sólo si contáramos con datos estadísticos que mostrasen una tendencia general al interior de un grupo, que revelara que un alto porcentaje considera que tal o cual expresión les resulta ofensiva, tal vez podría justificarse la censura.

Hay también otro intento de justificar la censura que consiste en señalar que ciertas expresiones verbales o manifestaciones culturales –como el cine, los videos musicales, los videojuegos, los cómics, etc. inducen a conductas peligrosas, como la violencia de género o crímenes de odio. Desde luego, la idea de que tales expresiones producen estos efectos supone dos cosas: 1) que los sujetos son enteramente pasivos y sus cerebros pueden ser programados enteramente por estímulos externos, lo que los lleva a actuar como autómatas, y 2) que la receptividad de los sujetos es totalmente homogénea, por lo que todos reaccionarán del mismo modo ante los mismos estímulos. Mas es difícil sostener ambos supuestos. Los censores políticamente correctos tendrán que demostrar científicamente que existe semejante determinismo, aunque el hecho de que los sujetos reaccionan de diferentes modos ante los mismos estímulos ya es suficiente para cuestionarlos.

En términos generales, los censores de la corrección política condenan los perjuicios en contra de ciertos sectores, sin tomar en cuenta si los individuos que forman parte de dichos sectores son realmente afectados. Los censores se ponen en la posición de las víctimas, y a su vez, en la posición de jueces. Sin embargo, para poder justificar la censura, tendrán que aportar razones poderosas, lo que exige, en primera instancia, que demuestren que al menos una mayoría al interior de estos grupos considera que ciertas expresiones o discursos les afectan de alguna manera. Y aun en este escenario, ¿acaso no vale la opinión del 1% que pudiera estar en contra de la censura?

He comenzado este escrito planteando la pregunta de si es justificable la censura. Hasta ahora, la querella individual parece ser el caso donde pueda darse la justificación más fuerte, siempre y cuando el individuo pueda probar que hay un acto de habla agresivo en su contra y que lo perjudica de alguna u otra forma. Cuando se lleva al plano colectivo, las cosas se complican, pues se asume que todos los individuos se sienten perjudicados por igual y, en consecuencia, se justificaría la censura. No sostengo que la censura en este plano sea totalmente improcedente, simplemente quiero señalar las dificultades que surgen cuando ciertos individuos se colocan a sí mismos como portavoces o representantes de colectivos o de la sociedad entera.

Lo anterior muestra una de las estrategias retóricas más usuales en el discurso político, que es pretender justificar ciertas acciones en el nombre de la nación o la sociedad, o en los casos de la corrección política, en nombre de una minoría amenazada. Así, los censores pueden exigir, en nombre de un grupo vulnerable, que ciertos discursos o manifestaciones culturales sean prohibidas. Se puede, en primera instancia, cuestionar la legitimidad de los censores para actuar como representantes o incluso como defensores de ciertos grupos. Pero me interesa más mostrar un supuesto detrás de esta estrategia: asumir que los individuos de la sociedad, sean miembros o no de los grupos vulnerables, carecen de la capacidad de juzgar por sí mismos, por lo cual la censura se torna necesaria.  Dicho en otros términos, los censores presuponen que los integrantes de la sociedad son como niños a quienes hay que señalar qué deben ver, escuchar y leer, aunque los procedimientos y las formas de actuar son diferentes. Estas posturas no son, en el fondo, muy distantes de las pretendidas justificaciones de las dictaduras fascistas o socialistas, que, en nombre de la raza, la nación o la lucha proletaria internacional, operaban la más férrea censura. Semejantes supuestos difícilmente resultan compatibles con una sociedad democrática, que aspira a crear más espacios de libertad y participación ciudadana.

En el fondo, se trata del mismo supuesto determinista que se adopta cuando se cree que la violencia es inducida por videojuegos o shows televisivos: los sujetos son meros receptores pasivos cuyas conductas y pensamientos pueden ser completamente moldeados por los medios u otros sistemas sociales. Muestra de ello es este pasaje del artículo de Mónica Montaño “Alertas de género y de música violenta” (Proyecto Diez, 01/04/2016), en el que la autora define la ‘violencia simbólica’ como “aquella carga cultural que nos hace ver ciertas cosas como normales, que nos van adoctrinando para aceptar ciertas conductas sin que tengamos la capacidad de hacer una discriminación racional de la información recibida”. Como señalé anteriormente, estas aseveraciones exigen pruebas contundentes que permitan mostrar cómo se dan los mecanismos de manipulación o adoctrinamiento. Lamentablemente, los teóricos de humanidades se limitan a suponer esta clase de determinismo social estricto sin explicarlo.

Por otro lado, considero peligroso que ciertos individuos se asuman como vigías morales de los discursos y expresiones culturales. Hasta hace unos años, la vieja guardia conservadora encendía las antorchas ante cualquier cosa que atentara contra la moral cristiana, la familia y las buenas costumbres. Hoy, la censura se hace en nombre de la diversidad de formas de vida. Pero el principio es el mismo: la existencia de una élite que juzga lo que puede ser mostrado en el ámbito público. La pregunta es: ¿necesitamos que existan tales élites? ¿No podemos decidir por nosotros mismos?

Concluyo mi escrito aclarando ciertas cosas. Estoy en contra de la discriminación racial, sexual y social, y considero que se deben tomar medidas para evitar estos prejuicios. Pero no creo que la solución sea la censura. El verdadero reto para una democracia en el siglo presente es vislumbrar las estrategias para eliminar los prejuicios sin atentar contras las libertades individuales. ¿Es posible esto? No tengo una respuesta. Mas, en definitiva, me opongo categóricamente que ciertos grupos minoritarios se proclamen como vigías morales de la sociedad.

Publicado en Análisis social
Jueves, 31 Marzo 2016 21:34

Censura, ¿el destino de Gerardo Ortiz?

No he escuchado ni visto el video «fuiste mía» de un —para mí— desconocido cantante de narcocorridos. No hace falta. En mis redes sociales y diarios digitales que sigo, circulan los resúmenes con los que afortunadamente he podido evitarme la pena de perder mi tiempo en semejante barbaridad.

 

 

Lo que sí se me hace tremendo (y por favor, dejemos de lado el nivel sociocultural y la poca destreza ortográfica de quienes escuchan este tipo de música) es que la gente preparada y bienpensante que pululamos en las redes sociales pidamos que se censure el misógino video.

 

He leído muchas voces que claman al cielo debido a la representación, sí, la representación, del asesinato de una mujer en dicho video. Ni siquiera creo que sea una historia bien contada: un tipo encuentra a «su mujer» teniendo sexo con otro hombre. Este saca su pistola y ejecuta al machín que lo hizo cornudo. A la que considera su propiedad, a la fémina, después de, al parecer, torturarla en corset rojo, la lleva a un auto, la «encajuela» y ahí le prende fuego. El cantante de narcocorridos camina lejos del infierno que ha provocado con una sonrisa malévola.

 

Una joya de misoginia y machismo pésimamente narrado con todos los estándares de un video de banda: la modelo buenota que se derrite —o no tanto, como se ve en el video— por el cantante exitoso que presume sus autos de lujo, su casa tipo la casa blanca —que resultaría estar relacionada con un narco de verdad— y la venganza del tipo en cuestión. Además, contó con la ayuda de instituciones gubernamentales como la Policía de Zapopan —o sus esbirros, que se gobiernan solos—, la fiscalía general, etćetera. Ah, y por supuesto, la voz más culera que pueda usted hacer para cantar siempre será bienvenida en el género.

 

Pero volvamos, que aquí no se trata de hacer una valoración estética del contenido del video. A mí me preocupa que esa bienpensancia, ese hitlercito que todos tenemos dentro, se enfoque y pida —casi con hoguera de 140 caracteres en mano— censurar los productos culturales que nos parecen ofensivos y peligrosos.

 

Tori Amos hace una versión del rapero Eminem de «97 Bonnie & Clyde» en el que un hombre celoso mata a su esposa y aquel le cuenta a su hijita en la playa donde van a tirar el cuerpo que le fue infiel y que a ella no le gustaría tener un hermanito de un papá ajeno, ¿verdad?, luego le pide que se olvide de todo, que ya no habrá más discusiones entre mamá y papá, que se despida de su madre y que se pongan a jugar a hacer castillos en la arena.

 

En los noventa, la banda de cyberpunk inglesa The Prodigy sacó el video «Smack my bitch up» en el que un personaje cuenta, en primera persona y pasado de rayas, heroína, alcohol y sexo, su deambular por la noche londinense haciendo gala de excesos y violencia. Fue vetado de la programación de la televisión abierta por la BBC y organizaciones feministas de EU pidieron su retiro del aire al considerar el contenido de la letra y el video misóginos. La banda defendió la canción y el audiovisual; ahora hay una revaloración de ésta.

 

Omar García, reportero de Guadalajara, rescata el incidente de Alejandro Fernández, «El Potrillo» por una canción en la que decía algo así como que había que darle unas nalgadas a la mujer con pencas de nopal. La nota la sacó El País hace seis años. Recordemos que el hijo mimado de Vicente tiene mucho más alcance que nuestro prócer actual y a Tori Amos quizá la conozcan pocas personas en México.

 

Lo del cantante de narcocorridos es repugnante y, si así lo queremos, de mal gusto. Pero, ¿por qué ensañarse con un cantante de música popular? Personalmente prefiero escuchar, ver y, si son lo suficientemente bien contadas, sentir las historias de asesinatos, guerras y celos en la música o cualquier otro soporte, sea cine, pintura o gifs; no en la realidad, como actualmente sucede.

 

¿Alguien buscó vetar la canción de Alejandro Fernández? No. ¿Es condenable la violencia contra las mujeres? Por supuesto. Pero intentar vetar una manifestación cultural es estar del lado del machismo opresor. Me llega a la mente una pésima canción de La Lupita, que se ajustaría perfectamente al momento de policía del pensamiento en que vivimos: «hay que pegarle a la mujer con el cariño», decía el coro y lo repetían sin cesar. También me acuerdo de otra letra idiota de Alejandro Fernández que iba por el estilo. A pesar del buen corazón de la banda y el cantante al querer componer una canción en contra de la violencia hacia las mujeres, poco se ha ganado. Los feminicidios siguen al alza, la violencia —sexual y de todo tipo— contra ellas en las calles y en sus propios hogares es alarmante.

 

Recuerdo la entrevista que le hizo Michael Moore a Marilyn Manson en Bowling for Columbine. El ala conservadora de EU culpaba al cantante del atentado a una escuela en Colorado porque se encontró que era el tipo de música que escuchaban los muchachos que ejecutaron a un sinnúmero de compañeros escolares.

Manson decía que era más fácil culparlo a él por la música que hacía —por la excentricidad del personaje y la violencia explícita en sus letras— que culpar a un Estado que naturalizaba la violencia, incluso atacando países extranjeros.

 

El problema es estructural. La música es una manifestación —no inocente, si se quiere— artística, pero atacando los productos culturales no creo que logremos erradicar la violencia que tanto nos duele. Lo que estaríamos golpeando es una representación de la realidad, un reflejo, no la realidad misma. Hacemos, me parece, un boxeo de sombra que no nos sirve mucho en este momento —además estaríamos fomentando el antidemocrático valor de la censura— en el que a diario mueren siete mujeres en México. Por ellas debemos levantar la voz en la realidad, no en el espejo.

 

 

 

 

 

 

*Al final, el que esto escribe no se aguantó las ganas y vio la versión mocha del video de Gerardo Ortiz sólo como un ejercicio periodístico y no se aguantó las ganas de vomitar.

Publicado en Comunicación
Viernes, 17 Julio 2015 00:00

De la tolerancia y sus soldados

Hace unos días circulaba en el portal Facebook la imagen de un pequeño, cuya característica especial era la (supuesta) situación en que la fue captado. En la imagen se observa un niño, de aproximadamente 8 o 10 años, con ciertos rasgos que alguien, desde una postura de género ortodoxa, podría considerar como afeminados: la forma de pararse, su corte y hasta su cara. Incluso hay quien puede asegurar que coquetea con alguien. Según la persona que lo compartió (ver imagen adjunta)

y de donde yo la obtuve, esta imagen es del desfile del orgullo gay, en París, Francia. Aún no he podido rastrear el origen de la misma. Sin embargo, eso no es lo importante. Lo que en realidad llama la atención, es la postura que toma la persona en cuestión. Cito: 

“(sic) Haber señor congresista C. Bruce, que me puede decir sobre este niño que fue captado junto a sus "padres" en el desfile del orgullo gay realizado en París - Francia.

Es así como quiere que sea el "futuro" de muchos niños en nuestro país???

Nadie esta en contra de la orientación sexual o homosexualidad de much@s, pero no pueden crear una distorsión en el desarrollo de seres inocentes que solo siguen el ejemplo de sus "padres".

No soy ningún homófobico pero esta imagen es denigrante, que final tendrán aquellos niños que dependerán de los matrimonios gay.....si ustedes lo son, pues continúen así....pero no arrastren a los demás a seguir su ejemplo.

No al matrimonio gay.....no a la denigración de nuevos seres inocentes.”

Hasta aquí la cita. Parte de lo que dice ésta persona me parece por demás acertado. No debemos, como padres, distorsionar el desarrollo de estos pequeños seres sin experiencia. Es menester no denigrarles, obligándoles a seguir patrones se nos impusieron, es medular no permitir que sigan los ejemplos de los padres. Hacer lo contrario implica no permitirles ser creativos sobre sí mismos. Específicamente en cuestiones de género ya que, en buena medida, eso que les enseñamos podría determinar su aproximación al mundo. Incluso me aventuraría a decir que incide hasta en la percepción que tienen de sí mismos. Como estudioso de la creación de subjetividad, en eso estoy completamente de acuerdo. Sin embargo, cuando habla de arrastrar a los niños, con el ejemplo de las familias homoparentales, estoy en una encrucijada. ¿Por qué? Casi todos mis contactos saben que estoy a favor de la diversidad. Sin tapujos, ni mediación. Considero que es uno de los derechos humanos básicos, el permitir, sin juzgar o señalar, que alguien ame a otra persona, allende a que se haga distinción de su credo, orientación, estatus o cualquier cosa que implique una barrera social, que impida su pleno desarrollo emocional, humano y hasta social. Sin embargo, emitir una opinión favorable, en este caso en particular y sin más, sobre este momento que atañe a la comunidad LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales). En verdad me resulta difícil. Mi restricción no gira en torno a la posible influencia de los padres “gays”, como dice la persona que compartió la foto, sino lo que significará llevar hasta las últimas consecuencias su argumento. Lo que subyace a esto es que los padres, pero sólo los gays o familias homoparentales, necesariamente modificarán las conductas de cualquier niño que adopten, para que él mismo, como bestia sin decisión o razonamiento, se decida por una orientación sexual diferente a la normalizada. Sin embargo, se olvida también de los padres heterosexuales y la carga simbólica que sus prácticas tienen, en la identidad de los chicos. ¿Acaso ellos no modifican las conductas de los niños, para que sigan el modelo institucionalizado de, por ejemplo, ser hombre? Un acto que pareciera vacío de prejuicios y lleno de preocupación por el otro, como que se critique la imagen de este niño, ataviado con una boa de plumas, una pequeño short y cabello teñido, muestra de manera abierta el rechazo y desprecio por estas identidades emergentes, ya que se estructuran desde el discurso heteronormativo, que obliga a los machos y hembras a distinguirse como hombre o mujer, desde sus prácticas de la vida diaria, instauradas desde la economía sexual masculina. En este caso nos encontramos en el espacio de la tolerancia y la Libertad institucional.

¿A qué me refiero? La reiteración de las prácticas performativas, las sancionadas como positivas, o hasta consideradas como buenas, tienen una incidencia radical en la programación de lo que los a niños y niñas deben ser. No importa el “¿Qué quiero?”, sino que más bien lo que pareciera apelarnos es el “¿Qué me quiere?”. Esa Libertad institucional de la que hablo, tiene que ver con las condiciones que el Estado otorga. La deontología institucional implica que, como hombre o mujer, debo ocupar un lugar. Y este es constreñido mediante las prácticas que el discurso dominante, si se me permite el término, asigna a cada rol de género. Es por ello que cuando vemos a un niño como el de la imagen que compartió la persona de la que hablaba más arriba, nos escandaliza. Sale de lo regular y muestra, según la persona que la compartió en su perfil de Facebook, la desdeñable incidencia de los padres gays. Sin embargo, no aborda la relación que tienen los padres heterosexuales, para con el diseño de la subjetividad de sus hijos e hijas. Y es aquí donde se encuentra la limitante para expresar mi apoyo a la comunidad de la diversidad y las familias homoparentales. Hay un vídeo, en YouTube (ver video en la parte inferior), donde se aprecia a un niño bailando algo que se escucha como un narco corrido. El niño en cuestión lleva una gorra, algo que en México llamamos “mariconera”, pantalón pegado, tenis y la botella vacía de una cerveza, cuyo contenido es, aparente y deseablemente, una bebida gaseosa o agua fresca. Este niño pareciera emular el comportamiento y vestimenta de un cierto tipo de persona, denominada como “chaca”, cuta particularidad es tener un estilo de vida ligado al crimen organizado, que necesariamente alude a prácticas especificas, que le permiten sustanciar su masculinidad, su hombría. Es entonces que se vuelve difícil, si uno quiere ser coherente, defender a los padres gays y la relación permisiva que tienen con su hijo, puesto que el niño al que me refiero, se encuentra en el mismo y exacto lugar. Ante la distorsión de lo que la persona del perfil en Facebook refiere como realidad, debido a las prácticas y modelos que sus padres, familia o personas con las que convive sancionan como positivo, él actúa de la forma en que lo hace, intentando ocupar un lugar que, por su condición de hombre, le pertenece de manera “natural”. Lo terrible es que nos escandalicemos con uno, y no con otro. Que normalicemos y veamos como deseable el comportamiento de uno de éstos niños, mientras que el otro sancionemos desde el horror y el desprecio. Incluso que afirmemos cosas tan graves como la (sic) denigración de nuevos seres inocentes. Es aquí, estimado lector, que debe uno cuestionarse ¿De qué lado se pone usted? Porque si continuamos programando a las futuras generaciones con estos discursos anquilosados, no nos extrañe que los hombres sigan baleando mujeres, por negarse a sus avances románticos, ( http://fisgonpolitico.com/jalisco/luis-enrique-ruvalcaba-profugo-tras-asesinar-a-una-joven-por-negarse-a-salir-con-el/ ) o mujeres mayores que humillan a jovencitas, ( http://www.sinembargo.mx/12-07-2015/1411783 ) porque sostienen relaciones sexuales con los padres de sus amigas, eximiendo de responsabilidad al hombre. En última instancia, privilegiar performatividades masculinas sobre las emergentes, siendo que las primeras han mostrado su radical ineficacia, nos atrasa como nación. Inclusive como humanos. Si es que lo fuimos alguna vez.

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“Lo más molesto de estos juicios que reprueban el uso de los helicópteros es que traen un hedor a complejo de inferioridad sin igual”. Carlos Mota

El columnista del portal virtual del periódico nacional El financiero expresa su molestia hacia la respuesta social que ha ocasionado el caso del gobernador de Morelos, Graco Ramírez ( http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/si-que-usen-los-helicopteros.html ). Además de señalar que dicha indignación, más que ser un reclamo del pueblo para el esclarecimiento del uso de recursos públicos -erario-, es un grito “hediondo” a envidia y complejo de inferioridad, el autor observa dos errores “fundamentales” en los reclamos. El primer error es, a consideración de Carlos Mota, el error de creer que México es accesible. La “orografía”, tal como lo menciona el autor es el primer error “fundamental” en que se encuentra la ideología de estos pobres, hediondos a envidia y acomplejados mexicanos -sarcasmo-. ¿Cómo se les ocurre pensar que un servidor público, por necesidad e incapacidad “orográfica”, pueda llegar en un transporte “público” y no en uno privado? ¿En qué mente alcanza la ignorancia -si ésta fuese mesurable- para creer que nuestro magnánimo Gobierno, en su justa y transparente rendición de cuentas, haya empleado la cantidad necesaria para el planeamiento y ejecución de sistemas de comunicación vial que efectivamente permitan el transporte y comunicación aprovechando el conocimiento orográfico que se tiene del territorio nacional? Y lo que menos puedo entender, ¿por qué los “radicales” no pueden entender, que pese a la agenda de los servidores públicos, sus asistentes y economía administrativa en general, son incapaces de hacer un viaje que puede tomarle horas, quizá días, si utilizan los mismos medios y recursos que el propio Gobierno -al cual representan- ha dispuesto en el sistema de caminos, cuando ellos pueden utilizar recursos “privados” y evitar así, “malgastar” su tiempo utilizando un método común y normal de transporte? Dejemos el sarcasmo de lado.

Sr. Carlos Mota. Si usted encuentra un error “fundamental” en los comentarios de indignación y reprobación, porque el sistema de caminos y transporte no le permite al Señor Gobernador, llegar a tiempo a X reunión a la que estuviese comprometido, le informo que su argumento, además de clasista e ignorante, carece de “fundamento” epistemológico, argumentativo y lógico. Si existe un problema con la “orografía” de México, no tiene nada que ver con el sistema de transporte que existe en éste o aquel país extranjero: Si en París, como menciona, un tren te lleva a tu destino en 2 horas, no es por la orografía del país, sino por el efectivo uso de los recursos para implementar un sistema de transporte adecuado a la topografía, orografía, demografía y en general, los diversos conocimientos y estudios necesarios.

El segundo error “fundamental” que observa el columnista y autor de la nota, Carlos Mota, reside en la ambigüedad de su propia incongruencia discursiva y la contradicción de aquello que denuncia: parámetros morales. ¡Denle una cerveza a este hombre, caray! “La sociedad mexicana está entrando en una paranoia moral caracterizada por juicios sumarios hacia personajes públicos, quienes son duramente juzgados acerca del uso de recursos que tienen a la mano.”

Una “paranoia moral”, porque no era suficiente diagnosticar, ignorantemente, de “acomplejamiento de inferioridad” a quienes se mostraron en contra de lo sucedido, ahora y para cerrar con una paradoja retórica psuedo-filosófica, hay que diagnosticarlos de paranoicos. Y no cualquier paranoia, una “paranoia moral”. Sr. Mota, me encantaría una exposición, con lujo de referencia bibliográfica sobre cómo se diagnostica y cuál es el cuadro semiótico sintomático de quien padece dicho trastorno. ¡Oh…! Disculpe usted mi malinterpretación ¿Acaso ese concepto fue meramente metafórico, destinado a señalar que existe una psicosis, un trastorno social que afecta el juicio moral con ideas delirantes sobre la realidad y la experiencia propia de quien lo padece? ¿O acaso su uso metafórico fue, en realidad, de uso poético-estilístico para acentuar, enfatizar su reprobación hacia estos sujetos (“La sociedad mexicana”) a los cuales, obviamente, usted no pertenece y sobre los cuales, obviamente, puede ejercer el mismo y paradójico juicio moral? Dejemos el sarcasmo, nuevamente. El segundo error “fundamental” que señala el autor apunta a que no existe el parámetro moral para denunciar, acusar, enjuiciar y condenar hechos político-sociales:

“¿Quién establece la barra de lo moralmente adecuado y lo separa de lo que no lo es? ¿Es un periodista, un político incorruptible, un organismo internacional como la OCDE? ¿Quién? En esta ocasión fueron los helicópteros; pero mañana podrá ser otra cosa: comer en el Estoril; vacacionar en San Francisco; hospedarse en algún FiestAmericana Grand; comprar unos zapatos en Ferragamo; o utilizar un auto Acura.”

La pregunta capciosa con la que pobre, ingenua y mediocremente intenta argumentar su segunda hipótesis, no está elaborada para responder “¿Quién?” La capciosidad se encuentra en la retórica de la confirmación que presenta una tercera hipótesis implícita, misma que se argumenta y se confirma en la pseudo-argumentación, del segundo error “fundamental”, visto en la pregunta misma: “Nadie”. Nadie puede establecer nada (moralmente), ni bueno ni malo… ¿Cómo lo harían si son presos de una “paranoia moral”? ¿Sus delirios pueden acaso, ser tomados como verdad? No. Nadie puede reclamar el uso, debido o indebido de recursos públicos. ¡¿Cómo se atreven?! Si los servidores públicos quieren hacerlo ¿Quién se opondrá; quién les pedirá cuentas, quién? ¡Nadie! Porque son ellos y somos nosotros. Son ellos: políticos, gobernadores, periodistas, servidores públicos; y somos nosotros: “pueblo delirante y hediondo de envidia”. ¿Complejo de inferioridad? ¿Acaso un reclamo de equidad, de claridad, de justicia, es sinónimo de un complejo patémico depresivo? Y en todo caso, si habremos de lanzar diagnósticos psicológicos -como lo hace el autor de la nota- ¿no es más lógico que los servidores públicos, en sus actos de prepotencia; en sus vidas de lujos inútiles -artículos domésticos y personales sobrevaluados: “de marca”-; en la hegemonía del “yo hago lo que quiero por mi posición” sean diagnosticados de “complejo de inferioridad”?

La tercer hipótesis que el autor maneja en su artículo, implícitamente, ya debe ser clara para este momento de la lectura. Esa hipótesis que argumenta y confirma los dos “errores” de la respuesta mexicana; la hipótesis que señala que el pueblo mexicano no debe reclamar nada, no debe reflexionar nada: El pueblo mexicano es pendejo. Ya llamó al mexicano, a nosotros y a él, entre-ellos, “paranoicos”. Ya nos cuestionó sobre qué autoridad -moral o social- tenemos para reclamar el uso del erario público. Y concluye como inicia: reafirmando que no tenemos nada que ver con lo que los servidores públicos, gobernantes, periodistas y políticos hagan. Obviamente México no tiene otros problemas que solucionar, dado que sus máximos líderes se ven libres de utilizar recursos públicos para resolver grandes problemas como: “la orografía y el cuestionamiento moral... o el llegar a tiempo a una reunión”.

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Hubo una palabra que se volvió moda en los años 90: lo "alternativo". El rango de aplicación del adjetivo era bastante amplio y abarcaba desde la música, el arte, hasta disciplinas como la medicina, la ciencia y hasta la filosofía. Empezaron a aparecer, cual hongos en temporada de lluvias, corrientes, estilos, teorías o posturas a las que gustosamente se les añadía el mentado término. La moda aún sigue viva, pues día con día no dejan de aparecer promotores de "lo alternativo". Se trata, claro está, de ámbitos muy diferentes entre sí, por lo que es necesario ser precavido antes de establecer juicios. Pero hay que notar que existe una especie de patrón constante, y es lo que es preciso  desmenuzar con cuidado. Aclaro que no censuro el uso del término como tal, pues más bien me interesa cuestionar acerca de si en algunos casos este está justificado.

Por lo general, la justificación dada por los impulsores de "lo alternativo" es la ruptura con lo previo. Su argumentación, usualmente, presenta dos estrategias: a) se postula la existencia de una tradición anterior, que es presentada como caduca y desgastada (también es común el empleo del tan manoseado término de “paradigma”) y, para mayor persuasión, se caracteriza como “hegemónica”, “totalitaria”, “cerrada”, “monolítica”, etc.; y b) el nuevo “paradigma alternativo” ofrece una opción distinta al del “paradigma tradicional”, en el que las formas viciadas de éste son superadas o dejadas de lado. Planteado de esta forma, los defensores de “lo alternativo” incurren en la falacia ad novitatem –considerar que un concepto o idea es mejor simplemente porque es nueva-. Si realmente lo que se presenta como alternativo resulta ser mejor que el modelo “tradicional”, deberían suministrarse buenas razones para argumentar en su favor. No obstante, la justificación parece centrarse en desacreditar lo anterior e intentar persuadir de las bondades de la novedad “alternativa”, lo que muchas veces sólo significa invertir las características atribuidas al “paradigma tradicional” (por ejemplo, si el último es presentado como “hegemónico” o “monolítico”, el nuevo paradigma es inversamente “contrahegemónico” o “plural”, y así sucesivamente).

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Veamos algunos casos concretos. La medicina "alternativa" es propuesta como una opción “más” benigna y efectiva que la medicina alópata. La estrategia de “desacreditar lo anterior/hegemónico” es casi invariablemente apelar a mitos urbanos y teorías conspirativas, tales como que la industria farmacéutica efectúa experimentos secretos para probar los medicamentos; que ésta, en complicidad con los gobiernos, inventan enfermedades para vender nuevos fármacos; que organizaciones ocultas secuestran personas para extraerles órganos, etc. En casos extremos, se llega incluso a cuestionar los métodos y procedimientos de la medicina alópata, como la aplicación en grupos de control, la experimentación, el uso de sustancias químicas (y aquí se asoma la falacia naturalista), etc. Así, muchos argumentos en contra de la medicina alópata, en muchos casos, son "hombres de paja". Por otra parte, los argumentos en pro de la medicina alternativa se basan en una selección de datos favorables (por ejemplo, marcar énfasis en los efectos secundarios nocivos de antibióticos, vacunas y cirugías, mas no mostrar las consecuencias perjudiciales de los remedios "alternativos"). Al renunciar a estándares y protocolos de la medicina alópata, la “alternativa” termina empobreciéndose, ya que no se ofrece ninguna garantía de sus beneficios. Si algunos remedios alternativos son eficaces para tratar ciertos padecimientos, deberían someterse a controles y pruebas estrictas e incorporarse a la práctica médica. En este sentido, como afirma Richard Dawkins: "No hay medicina alternativa. Sólo hay medicina que funciona y medicina que no funciona".

A propósito de la ciencia, la situación resulta más compleja. Algunos divulgadores de ciencia e incluso científicos (Prigogine, en cierta manera Margulis, Maturana, Varela, Capra, Lakoff, Lovelock y otros), presentan sus descubrimientos no sólo como nuevas teorías, sino como nuevas formas de hacer ciencia. De este modo, se pretende oponer la "nueva ciencia" -holística, basada en incertidumbres y en algunos casos, hasta mística- frente a la ciencia "tradicional" -positivista, mecanicista, materialista, etc.-. Claro está que estos puntos son importantes para la reflexión epistemológica, para ser someramente tratados aquí. Pero podemos apuntar que si hay no sólo teorías “alternativas” -que dicho sea de paso, la formulación de múltiples teorías ha sido incluso un ingrediente fundamental de actividad científica, a lo largo de la historia- sino nuevos métodos y procedimientos científicos, no constituyen una "alternativa" a la ciencia "tradicional": si son explicativos, se incorporan al cuerpo de la ciencia. Por otro lado, las concepciones del Universo han ido cambiando desde los tiempos de Galileo y Descartes, y esto forma parte de la historia de la ciencia (en este sentido, la concepción mecanicista vino en declive desde el siglo XIX, con Darwin y la termodinámica, y se superó definitivamente con la relatividad einsteiniana y la física cuántica, ninguna de ellas "ciencias alternativas"). Pero de esto a interpretar que el “viejo paradigma” y el “nuevo” se distinguen por valores contrapuestos como “racional vs intuitivo” (como sugiere Capra) o “masculino vs femenino” (Luce Irigaray dixit) es francamente insostenible: la ciencia no ha abandonado la racionalidad e incluso no se contrapone a lo intuitivo –que puede darse en la formulación de hipótesis-; respecto a la dualidad “ciencia masculina/ciencia femenina” sugieren una aplicación de valores de un ámbito ajeno a la ciencia, que tendría que justificarse –las epistemólogas feministas tendrán que explicarnos qué relación guarda, por ejemplo, lo “masculino” con lo racional-.

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En síntesis, y parafraseando la cita de Dawkins: No hay ciencia alternativa. Sólo hay ciencia que explica y seudociencias que no explican. Cabe aclarar que las teorías de Prigogine, Margulis y otros son aceptadas por las comunidades científicas, lo que no ha significado que sus concepciones sobre la ciencia gocen de igual aceptación.

Si la ciencia dista de ser una visión monolítica y rígida, la filosofía lo es menos. Hablar de una "filosofía tradicional" resulta una simplificación excesiva, pues sugiere que ha habido una línea de pensamiento (o varias líneas en la misma sintonía) que ha permanecido constante a lo largo del tiempo. ¿Es sostenible esta caracterización? A menos que se recurra a una historiografía maniquea, basada en “hombres de paja” y selección favorable de datos, difícilmente puede darse una respuesta afirmativa. Basta revisar las propuestas de los relativistas, irracionalistas y escépticos contemporáneos -deconstructivas, posestructuralistas y demás-, para darnos cuenta que no hay nada nuevo bajo el Sol: encontramos posturas relativistas y escépticas en la Antigüedad (Gorgias, Pirrón, Sexto Empírico, etc.) y en el Renacimiento (Montaigne). La "desconfianza" hacia la Razón la hallamos en la misma Ilustración, con Hume y Kant. Vistas las cosas así, uno se pregunta si tiene sentido hablar de filosofías "alternativas" frente a una "tradición" filosófica, ¡cuando la tradición histórica de la filosofía ha estado llena de ellas!

Los defensores de la filosofías "alternativas" podrán objetar que la novedad de las posturas contemporáneas radica en que contemplan temas ignorados por la tradición como los derechos de la mujer, el cuidado del medio ambiente, el reconocimiento de la diversidad cultural, la ruptura con el ascetismo, etc. Como en otros casos, esto se complementa con la estrategia de “desacreditar lo anterior/hegemónico”: se crea alguna historia del “ocultamiento", a la manera de Heidegger o Derrida, en la que se plantea que estos temas no han sido sólo ignorados, sino deliberadamente vetados y encubiertos. A esto se pueden plantear dos objeciones. En primer lugar, las reivindicaciones en materia social, ambiental o de género no implican de ningún modo la “claudicación” de la razón, y ejemplo claro de ello es la filosofía analítica (y podemos citar a gente como Otto Neurath, Rudolph Carnap, Peter Singer, Elizabeth Anderson, John Roemer, Ann Garry, etc.), que ha incluido estos temas como parte de la investigación filosófica desde directrices analíticas. 

En segundo lugar, la teoría del “ocultamiento”  no es otra cosa que una teoría conspirativa. El hecho de que pensadores del pasado no hayan planteado problemas del presente o hayan excluido temas puede deberse a las limitaciones de su tiempo o prejuicios arraigados por generaciones; no suponen necesariamente una intención deliberada de encubrimiento. En todo caso, los defensores de esta teoría deberían proporcionar  razones sustanciales para demostrar que existe tal intención, lo que implica sortear el riesgo de emitir juicios anacrónicos (juzgar autores del pasado por no pensar en términos del presente). Una vez más, hallamos un claro ejemplo de falacia ad novitatem.

En suma, impulsar lo “alternativo” por lo alternativo en sí mismo resulta insuficiente. En los tres casos analizados –medicina, ciencia y filosofía-, hemos visto que las pretendidas propuestas alternativas se sostienen por una denostación de lo previo o lo hegemónico, fundada en simplificaciones y valoraciones sesgadas. Al mismo tiempo, lo “alternativo” es defendido por la simple oposición a la tradición supuestamente caduca. De este modo, el discurso de “lo alternativo” no es sino mera retórica.

Esto no sugiere, en modo alguno, el rechazo de nuevas propuestas; no se trata de una apología romántica de lo viejo frente a lo nuevo. La historia es una renovación constante de ideas, posturas o estilos. Si se formulan propuestas alternativas que se encuentren bien fundamentadas, no hay razones para descartarlas a priori. El problema es vender creencias bajo el rótulo de “alternativas”, basadas en simples recursos persuasivos y malos argumentos.

Publicado en Crítica

Es verdad que para una mayor comodidad como individuos buscamos formas de pensar preconcebidas, mismas que nos facilitarán el acceso a los códigos y el mundo que nos rodea. De esta manera no requerimos usar, en cada esquina, todo nuestro pensamiento para resolver situaciones sencillas.

Es por ello que recurrimos a ese conjunto de ideas, de prejuicios, de oraciones preescritas, y las ensalzamos como una reacción fácil e, incluso, políticamente correcta ante cualquier situación ajena a nosotros mismos. Con las ideologías buscamos sentirnos parte de algo, ser radicales o bien conservadores, todo esto de acuerdo a un grupo social determinado al cual pertenecemos o deseamos pertenecer.

Lo que me resulta del todo curioso es la propagación de ciertas ideas, la aceptación de las mismas por un conjunto de sujetos sin que medie una reflexión acerca del porqué de dicha adopción conceptual.

El mundo actual, ese construido dentro de las redes sociales, se ha configurado desde una perspectiva maniqueísta, donde las acciones son buenas o son malas – no son dignas de la problematización y mucho menos del debate-, haciendo que nosotros tengamos solamente dos opciones: a favor o en contra.

Si yo estoy a favor, toda una carga ideológica viene a asumirme como persona, cambian mis tipos de publicaciones y no es necesario que tenga que explicar a alguien los motivos por los cuales estoy a favor, ya que se dan por entendidos. Pero si estoy en contra, además de estar en la postura incorrecta –sabemos que a nuestra mente le es más difícil aceptar esquemas negativos que positivos-, recaerá todo el peso de la explicación y de la argumentación sobre esa persona.

Pienso en casos concretos. El ciclismo. Cuando una persona, en Facebook, decide adherirse a una corriente en pro del uso de la bicicleta, no es necesario que medie la reflexión en esa decisión, ya que sabemos que “es lo correcto”, al mismo tiempo que nos lo demuestran ciertas falacias de autoridad: “los europeos usan más la bici que el coche” y, evidentemente, si los europeos lo hacen es porque están en lo correcto.

La bicicleta deja de ser un simple medio de transporte, se convierte en un vehículo por el cual se propagan nuevas ideas, mismas que traen en sí configuradas toda una carga ideológica a la que no todos pueden acceder, ya que el grupo impone ciertas condiciones sociales, económicas y educativas, a sus nuevos miembros.

El ciclista que ha acudido a su trabajo todas las mañanas, usando este transporte, en los últimos cincuenta años, no podrá formar parte de estas nuevas ideas de “liberación”, ya que no cumple con una de las condiciones primordiales: juventud.

Pero esto no resulta tan extraño. Es, hasta cierto punto, normal que adoptemos nuevas ideas y reclamemos el uso del espacio para poderlas ejecutar, lo extraño llega a resultar en el ámbito de la argumentación, cuando los sujetos que enarbolan nuevas ideas dejan de pensarse como individuos y se piensan como masa, generando respuestas casi automáticas para cualquier situación.

Cuando la ideología habla se anula cualquier posibilidad de razonamiento en el individuo, ya que sólo responderá a los estímulos externos – aquellos que atenten contra su forma de pensar- como un acto reflejo.

El ciclista, entonces, podrá ver todo el mal que hacen a la sociedad aquellos que no piensen como él, los que decidieron seguir usando sus coches – aunque tengan que moverse diariamente 100 kilómetros-, los que no quieren formar parte de una nueva “cultura vial”, los que no quieren ser sujetos “sanos” y, sobre todo, aquellos que dejaron de pensar y no se subieron a las dos ruedas.

Este tipo de ataques, lanzados a través de múltiples perfiles y justificados en “el bien común”, dan mucho que pensar, pues antes de promover una cultura de equidad o de responsabilidad social, es preferible la promoción de una visión violenta de aquellos que son “débiles”. Ese uso justificado de la violencia orilla a todo sujeto que no tenga las mismas concepciones ideológicas a guardar silencio, ante lo que pareciera uno de los nuevos tabús generados dentro de la red de redes.

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Guadalajara, Jalisco, Octubre 15 de 2014.- Ante los recientes acontecimientos de revuelo político social y en busca de la paz común, considere usted lo siguiente.

1.- Haga usted el favor de razonar sus peticiones. Elimine el lenguaje soez. Borre de sus pancartas todo aquello que pueda interpretarse como descalificación hacia las autoridades (vocabulario como “asesinos”, “corruptos”, “terrorismo de estado” no es recomendable) y si tiene usted la capacidad de expresarse académicamente –con engolamiento de voz incluido- diríjase a los funcionarios encargados de responder a sus peticiones con el grado de estudios por delante (licenciado, maestro, doctor) o con el nombre del puesto y su respectivo calificativo de respetabilidad rastrera (señor presidente, honorable gobernador, distinguido alcalde).

2.- Sea consciente de su entorno y respete a la sociedad que lo rodea. Evite gritar, romper en llanto o usar altavoces, recuerde que el ruido es una forma de violencia. El Estado, consciente del derecho de la ciudadanía a la tranquilidad, lanzará con total precaución gas lacrimógeno, buscando generar el menor ruido posible, y no ejercerá su legítimo derecho a las armas a menos que se vea forzado a hacerlo –como cuando lo nombren asesino o corrupto, graves faltas a la autoridad- antes buscará no pasar del macanazo y del levantamiento masivo de personas en camionetas que se retirarán lo antes posible para no molestar a los ciudadanos que están en sus hogares o lugares de trabajo. En caso de desapariciones masivas, iniciará una investigación que podrá desarrollarse en un plazo de entre 5 días hábiles y medio siglo… quizás más, de ser necesario. Por lo que, sea usted una persona consciente, tenga paciencia y no contribuya a generar pánico social.

3.- Recuerde que una sociedad ordenada y civilizada es una sociedad próspera. Ejerza su derecho a la manifestación sin afectar las actividades académicas o laborales. Así pues, busque manifestarse en callejones o zonas habitacionales semi-despobladas, en el bosque o, de ser necesario, en algún lote baldío cercano a su comunidad. Si vive en Guadalajara, recuerde que el Mirador de Huentitán suele ser un sitio tranquilo y poco frecuentado; la barranca también resulta una opción viable, siempre y cuando no alce usted mucho la voz, porque el eco podría resonar en las comunidades aledañas. Procure hacerlo antes de las 7 de la mañana, a la hora de la comida o durante el Prime Time o el horario de la telenovela. Puede hacerlo también en días festivos no religiosos mientras la manifestación se desarrolle en completo orden y silencio, en filas bien formadas y de preferencia en grupos no mayores a 10 miembros.

4.- Es importante no generar basura. ¿Los panfletos… quién los lee? Y aquellas consignas escritas en cartulinas y papel imprenta representan un importante daño al ecosistema generando un impacto negativo en el medio ambiente. Por favor, concienticémonos y no utilicemos más papel. Puede usted organizarse mediante redes sociales (consulte las Normas para la Correcta Manifestación y Muestras de Indignación en Tapatilandia en Facebook, Twitter u otras plataformas).

En el siglo XXI, la era de la información nos permite expresar nuestros desacuerdos en un marco de diálogo e intercambio respetuoso y ordenado sin precedentes en la historia.

Modosos activistas de todos los municipios y rancherías ¡Uníos!

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Muchas veces me he preguntado las razones que tienen las personas que protegen a los animales. No los entiendo y me causan mucho conflicto. ¿Por qué? Quienes me conocen saben que la gran mayoría de la gente me cae mal. Sin conocerla. En conjunto. Como masa, como especie. Considero que somos lo peor que le pudo haber pasado al planeta. Que somos, parafraseando al agente Smith, en la película the Matrix, un virus que está terminando con la vida en la tierra. Incluso me atrevo a asegurar que ni deberíamos existir. Mucho es lo que puedo escribir en torno a ello, pero este no es el espacio así que continúo con mi idea: ¿Por qué me causan conflicto los defensores de los animales? En primer lugar debo aclarar que no todas las personas que defienden animales me molestan. No, sólo algunos de los que se promocionan por la Internet o los medios de comunicación masiva, como samaritanos y redentores de la raza humana, diciendo que su labor es casi mesiánica, pues defienden a los que no tienen voz y así nos y les salvan de nuestro salvajismo e inconciencia, argumentando que esos animales son nuestros iguales y como tales tienen los mismos derechos. Esas personas que no sabrían si es más importante un niño pequeño o un cachorro. Esos son los que me sacan de mis casillas. Son tantas las cosas que me vienen a la mente al pensar en esas admirables personas. Sólo diré que el único derecho que los animales deberían tener es el ser deliciosos. Sin embargo, eso no significa que sea un desalmado psicópata que le guste abusar de los animales. No. Es necesario aclarar cuál es mi problema con los animales. Con ellos ninguno. Me parece terrible que los abandonen; que no sean más que juguetes que luego se olvidan y hasta repudian; que no tengamos el raciocinio suficiente como para prever que crecerán, que tienen necesidades. En fin, que no sean más que una mercancía, que su función sea entretenernos o alimentarlos. Eso me parece nefasto. Pero más despreciables me parecen las personas que se hinchan de gusto al señalar que los animales no pueden exigir sus derechos, que tienen alma y sentimientos, que son nuestros iguales y merecen respeto. ¿En serio se creen esas cosas? ¿De verdad les interpela tanto, que dejan de lado problemas más importantes que si un animalito vive o no vive? Pensemos en el caso específico de los perros. ¿Cuántos no viven en la calle, porque alguien no supo tener una mascota? ¿Cuántos sufren porque nadie los adopta? Eso preocupa. Pero es mucho peor que desaparezcan 43 estudiantes, las personas se manifiesten y esos mismos defensores de los animales aleguen que mejor maten a los manifestantes. Eso es más grave a que haya perros en la calle. Lo que hace que hierva mi sangre es el desdén que estas personas muestran ante la vida humana. Como si en verdad un perrito valiera más que alguien que se parte el lomo trabajando 12 horas diarias, para llevar algo de comer a casa. Esas personas que se quejan de que comamos sabrosa carne, porque las reses son martirizadas, pero que ven a un niño en la calle y desvían su mirada, prepotentes. Estoy de acuerdo en que se respete la vida de todos los seres vivos, pero tampoco que se pase por encima de las personas, sólo para que unos pocos sientan que están cambiando al mundo. Y este cambio es sólo para señalar su superioridad, pues ellos hablan por lo que no tienen voz. Aunque, los restos que encontraron en las fosas en iguala, tampoco tienen voz. ¿O ellos no merecen ser escuchados? ¿Ellos no importan? ¿No hay necesidad de respetar sus derechos? Pongamos los pies sobre la tierra y quitémonos la venda de los ojos. La culpa es nuestra. Nosotros construimos un mundo cruel, en el que los animales no tienen cabida, más que como mascotas. Pero también creamos un gobierno que desaparece a sus jóvenes, que es intolerante para con lo diferente o lo que se sale de lo sancionado como positivo. Considero que las personas que sienten que su titánica labor de rescatar perros contribuye a crear un mundo mejor no son sino ególatras que necesitan el agradecimiento irracional de un animal. Sin embargo, si nosotros, desde un principio, educáramos a nuestros hijos para convivir con los animales y les enseñáramos su lugar en el mundo, no habría necesidad de que los que defienden por sobre todo a los animales, existieran. Mi pregunta para esas personas sería: ¿Por qué no ver más allá de mis metas particulares? ¿Por qué no aceptar que vivo con otros humanos y que ellos valen tanto como yo? Muchas gracias.

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