El ser humano busca incesantemente llenar de sentido todo aquello que lo rodea. La historia de la humanidad, de la cultura y las creencias, nos ha mostrado como nuestra especie intenta justificar constantemente la necesidad de un "algo", un "alguien", que logre responder todas las preguntas que surgen de aquellos fenómenos que no tienen una explicación inmediata. La necesidad de encontrar una respuesta nos ha llevado a expandir nuestros deseos en la mente del otro, en el cercano vecino que comparte la misma inquietud o la misma necesidad de ser escuchado, recurriendo, así, a los grupos o subculturas que han encontrado el vivo reflejo en tiempos actuales.

Estas subculturas nos muestran la cara falsa de paridad, se presentan con las puertas abiertas y nos arropan en un abrazo de enajenación que impide la total libertad de nuestra expresión personal. No sin antes agregarnos, de una forma sutil, a la colectividad de su postura, logrando la aceptación mínima requerida en nuestra conceptualización ideológica.

Los mecanismos por los cuales nos atrapan este tipo de culturas posmodernas, encuentran importante eco en los medios masivos de comunicación, en especifico, a través de las redes sociales, las cuales dan certeza de sentirnos incluidos en el movimiento permitiendo que nos expresemos en la corriente que elegimos adherirnos, pero ¿qué hay en el fondo de nosotros que hace que nos movamos a realizar este tipo de actos? ¿Por qué decidimos sentirnos aceptados y reconocidos por los demás? En palabras de la sociología, vemos que la necesidad de la pertenencia a un grupo determinado es el resultado de nuestro deseo de no ser excluidos individualmente del resto del colectivo humano; es esa necesidad imperante de ser escuchados, tomados en cuenta y votados, a través de nuestros gustos y decisiones, que vamos adoptando, en el transcurso de nuestro acontecer, diferentes ideas con las cuales podamos entrelazar lazos con nuestros semejantes. La necesidad de pertenencia, de inclusión, nos hace interactuar con los otros, actualmente, a través de las redes sociales, defendiendo posturas e ideas de una manera férrea y, muchas veces, alejada de la razón.

Aristóteles reconocía al individuo como un animal político (Zoon politicón) el cual necesita del colectivo para ser reconocido, ser y actuar, ser y ser contado. Vemos entonces que en aras de la modernidad, en la tendencia del capitalismo, se hace presente la necesidad de reconocimiento de los individuos, el cual es el que da pie a nazcan este tipo de subculturas, mismas que abren las puertas para que todo aquel que se sienta no adaptado tenga un lugar asegurado en sus filas, ya que es en el residuo del mal funcionamiento del capitalismo como los seres humanos se han visto orillados a conformar movimientos en desacuerdo con los preceptos básicos del sistema, sumando esfuerzos para lograr acciones y propuestas independientes.

Estamos sujetos a cubrir necesidades complejas, individuales, personales, obscuras, en fin, somos tan complejos y tan contradictorios a la vez, que en nuestro afán de llenar y expresar nos orillamos a seguir tendencias, idealismos, movimientos, los cuales, por su falta de claridad, terminan mal interpretando el sentido o la postura por la cual se realiza, dando como resultado individuos totalmente desubicados, incoherentes e incapaces de poder definir el ideal que persigue el movimiento al cual están adheridos.

Vemos ejemplos modernos contradictorios, tales como: marxistas-guadalupanos trasnochados, chairos intelectuales, blogeros mediocres (los más peligrosos de todos), feministas extremistas, pachamamones capitalistas, greenpeaceros industriales, falsos líderes espirituales, indígenas del mundo, pro a todas las causas del mundo y de la sociedad, probici, proárboles, en fin, una lista interminable sobre luchas, que sólo los pocos que han imaginado la utopía lo entienden y los adeptos o agregados son los que, en sus palabras, pagan los platos rotos, al ridiculizarse por no poder defender su postura, al tratar de explicar en palabras de a peso logran cavar su propia tumba y no pueden siquiera mostrar la base del andamiaje ideológico del cual tanto presumen y el cual tanto defienden. La pregunta que queda en el aire es ¿será posible que los adeptos a esta posmodernidad tengan consciencia lo que en verdad persigue el movimiento al cual pertenecen? No queda más que intentar descifrar y entender estos fenómenos sociales que han nacido y se siguen propagando en está modernidad que distorsiona la información, pervierte los conceptos y no permite que la reflexión y el razonamiento logre formar parte de sus filas.

Publicado en Análisis social

Es verdad que para una mayor comodidad como individuos buscamos formas de pensar preconcebidas, mismas que nos facilitarán el acceso a los códigos y el mundo que nos rodea. De esta manera no requerimos usar, en cada esquina, todo nuestro pensamiento para resolver situaciones sencillas.

Es por ello que recurrimos a ese conjunto de ideas, de prejuicios, de oraciones preescritas, y las ensalzamos como una reacción fácil e, incluso, políticamente correcta ante cualquier situación ajena a nosotros mismos. Con las ideologías buscamos sentirnos parte de algo, ser radicales o bien conservadores, todo esto de acuerdo a un grupo social determinado al cual pertenecemos o deseamos pertenecer.

Lo que me resulta del todo curioso es la propagación de ciertas ideas, la aceptación de las mismas por un conjunto de sujetos sin que medie una reflexión acerca del porqué de dicha adopción conceptual.

El mundo actual, ese construido dentro de las redes sociales, se ha configurado desde una perspectiva maniqueísta, donde las acciones son buenas o son malas – no son dignas de la problematización y mucho menos del debate-, haciendo que nosotros tengamos solamente dos opciones: a favor o en contra.

Si yo estoy a favor, toda una carga ideológica viene a asumirme como persona, cambian mis tipos de publicaciones y no es necesario que tenga que explicar a alguien los motivos por los cuales estoy a favor, ya que se dan por entendidos. Pero si estoy en contra, además de estar en la postura incorrecta –sabemos que a nuestra mente le es más difícil aceptar esquemas negativos que positivos-, recaerá todo el peso de la explicación y de la argumentación sobre esa persona.

Pienso en casos concretos. El ciclismo. Cuando una persona, en Facebook, decide adherirse a una corriente en pro del uso de la bicicleta, no es necesario que medie la reflexión en esa decisión, ya que sabemos que “es lo correcto”, al mismo tiempo que nos lo demuestran ciertas falacias de autoridad: “los europeos usan más la bici que el coche” y, evidentemente, si los europeos lo hacen es porque están en lo correcto.

La bicicleta deja de ser un simple medio de transporte, se convierte en un vehículo por el cual se propagan nuevas ideas, mismas que traen en sí configuradas toda una carga ideológica a la que no todos pueden acceder, ya que el grupo impone ciertas condiciones sociales, económicas y educativas, a sus nuevos miembros.

El ciclista que ha acudido a su trabajo todas las mañanas, usando este transporte, en los últimos cincuenta años, no podrá formar parte de estas nuevas ideas de “liberación”, ya que no cumple con una de las condiciones primordiales: juventud.

Pero esto no resulta tan extraño. Es, hasta cierto punto, normal que adoptemos nuevas ideas y reclamemos el uso del espacio para poderlas ejecutar, lo extraño llega a resultar en el ámbito de la argumentación, cuando los sujetos que enarbolan nuevas ideas dejan de pensarse como individuos y se piensan como masa, generando respuestas casi automáticas para cualquier situación.

Cuando la ideología habla se anula cualquier posibilidad de razonamiento en el individuo, ya que sólo responderá a los estímulos externos – aquellos que atenten contra su forma de pensar- como un acto reflejo.

El ciclista, entonces, podrá ver todo el mal que hacen a la sociedad aquellos que no piensen como él, los que decidieron seguir usando sus coches – aunque tengan que moverse diariamente 100 kilómetros-, los que no quieren formar parte de una nueva “cultura vial”, los que no quieren ser sujetos “sanos” y, sobre todo, aquellos que dejaron de pensar y no se subieron a las dos ruedas.

Este tipo de ataques, lanzados a través de múltiples perfiles y justificados en “el bien común”, dan mucho que pensar, pues antes de promover una cultura de equidad o de responsabilidad social, es preferible la promoción de una visión violenta de aquellos que son “débiles”. Ese uso justificado de la violencia orilla a todo sujeto que no tenga las mismas concepciones ideológicas a guardar silencio, ante lo que pareciera uno de los nuevos tabús generados dentro de la red de redes.

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