Viernes, 10 Junio 2016 06:44

Renunciar al automóvil

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El uso de la bicicleta se ha convertido en una de las banderas ideológicas más fuertes de nuestra generación. Subirse al vehículo de dos ruedas puede tomarse, ahora, como un acto de protesta contra el consumo establecido -automóviles, gasolina-, además de identificar a sus usuarios como promotores de políticas verdes y sustentables. El vehículo impulsado por la fuerza humana ha conferido una suerte de status que brinda al usuario un aura de “belleza” y lo embriaga en un dejo de superioridad moral mientras, pedaleo tras pedaleo, disfruta de la “libertad” de movimiento en el hacinamiento de las ciudades latinoamericanas.

La idea de andar en bicicleta, en sí misma, goza de una belleza singular. Poder disfrutar del viento en nuestro rostro, sentir el cuerpo vivo y sudoroso mientras pedaleamos al ritmo de alguna canción indie que escuchamos con nuestros audífonos abombachados y coloridos, recorrer parajes a los que difícilmente accederíamos, observar todo nuestro entorno con detenimiento, oler los distintos colores de las casas y negocios colocados en cercanía con las aceras, poder detenernos cuando queramos, sin complicaciones, sin tener que buscar estacionamientos ni, incluso, vernos obligados a pagar por ello; son circunstancias que se conjugan de manera perfecta en la palabra “libertad”.

Sin embargo, dicho acto de “libertad” implica una renuncia: el automóvil. En Latinoamérica, más específicamente en México, el tamaño de las ciudades y la ineficacia del transporte público nos ha hecho dependientes del uso del automotor. No podemos concebir nuestro transcurrir cotidiano sin la ayuda de él, máxime si hacemos trayectos que nos cuestan más de una hora para poder llegar a nuestro destino; nuestros sueños de gigantes crearon aglomerados urbanos que conjuntan más de tres municipalidades en una misma, donde la constante es el hacinamiento y el exceso.

Las generaciones que vivieron su adultez en los años 70 y 80 no podrían concebir cambiar, de repente, su estilo de vida para subirse a una bicicleta y sumarse al goce estético de su uso. Renunciar a algo que les ha costado esfuerzo y se han ganado con trabajo constante para otorgarse a ellos y sus familias un lujo necesario, resulta una contradicción en su forma de pensar y de concebir la estabilidad social.

Por el contrario, parece mucho más sencillo, para aquellos nacidos en los años 80, elegir usar sin más la bicicleta. ¿Por qué? ¿Será acaso que la conciencia verde iluminó sus mentes de repente al crecer viendo Animal Planet? ¿Decidieron en masa que era mejor para la humanidad dejar de lado un objeto contaminante para sumarse a las hordas, cada día más furiosas, de pedalistas responsables? No lo creo. Las ideas son generadas por una razón en específico, y se educa a las personas en pos de ellas para beneficio de algunos.

Ante la pérdida del poder adquisitivo, que es la marca de la generación nacida en los años 80 y posteriores, se ha vuelto casi imposible, para la mayoría de la población joven, comprar y mantener un automóvil. Esto no representaría ningún problema si no fuera por dos razones: 1) el transporte público brilla por su ineficacia y 2) andar en “chato” no brinda el status necesario que nos aleje del invasivo sentimiento de pobreza.

El crecimiento desmedido de las principales metrópolis de México ha propiciado la eterna fragilidad del transporte colectivo. Colapsado de manera cotidiana, sin darse abasto para llevar a sus destinos a los miles de ciudadanos, se ha convertido en una bestia de hojalata perezosa en la que no queremos ver transcurrir nuestras horas de vida. Entonces, muchos gritarían con una furia feliz, “¡usemos la bicicleta!”.

Pero la cosa no va por ahí. México es uno de los países donde nadie quiere sentirse pobre o asumir el peso de la idea de pobreza sobre sus espaldas. Pese a que la mayoría de sus trabajadores se encuentran por debajo de la línea de la pobreza de acuerdo con los lineamientos de la OCDE, difícilmente aceptaremos nuestra condición socioeconómica; motivados por un clasismo de carácter histórico que se hermana con ideas de carácter racial, el mexicano rehúye de todo aquello que podría confinarlo al círculo de “lo naco”. En lugar de eso, preferimos disfrazarnos con la apariencia de la clase media, comprando artículos de marca y adoptando ideas que nos den status, para no sentir que nuestro estómago ya está en pleno retorcijón porque no nos ajustó para el lonche de chilaquiles en la mañana.

La idea de “libertad” es muy importante en este sentido. Para poder ejercer la libertad es necesario, primeramente, la posibilidad. Pensando en la generación que vivió su adultez en los años 70 y 80, renunciar al automóvil se daba en un ambiente de plena libertad, en tanto decidían no obtener determinado objeto en pos de una idea: el uso de la bicicleta. En tanto yo pueda comprar y mantener un automóvil y, pese a todo, elegir andar en bicicleta, puedo sumarme de manera libre a la idea de que andar en dicho medio es mejor para el medio ambiente, la salud y una larga lista de etcéteras.

Al no poder ejercer dicha libertad, simplemente sería un ciudadano sumido en la pobreza que tiene un gusto por las ideas afrancesadas o provenientes del viejo continente, por ideas que resumen un ideal de vida que desearíamos alcanzar.

En este sentido resulta del todo útil enfocar las políticas públicas en la idea de la corresponsabilidad – ayúdame y nos ayudamos-, encaminadas, en gran medida, a dejar toda la responsabilidad a los ciudadanos antes que resolver oportunamente los problemas que los aquejan, ya sea la desigualdad económica o el propio transporte público. Un ciudadano que no puede obtener un automóvil, pero sí la idea de usar una bicicleta en beneficio del mundo, del status personal y de su salud, no generará la frustración suficiente para que se una al contingente de personas cansadas de sus gobiernos, antes bien intentará mejorar su medio “desde sus trincheras”.

Subirse a una bicicleta implica que aceptamos 1) no tener la posibilidad de poseer un carro, cada día más inalcanzable (sumado a los gasolinazos cotidianos en México), y 2) que no mejorará el sistema de transporte público en un futuro cercano o lejano.

Es más fácil disfrazar la pobreza latinoamericana de concepciones ideológicas que brindan un aparente status que asumir la realidad de dientes carcomidos y estómagos vacíos.

Esto no quiere decir que el uso de la bicicleta no sea parte de la solución a los problemas de movilidad en Latinoamérica. Por el contrario, la bicicleta ha demostrado ser un medio de transporte bastante útil en diferentes etapas de la historia humana, sobre todo para trayectos cortos, además de brindar otro tipo de sensaciones a sus usuarios. Sin embargo, es necesario recalcar que, al estar en la agenda de los partidos políticos, el uso de la bicicleta se ha promovido ante la incapacidad de mejorar la situación económica y de movilidad que aqueja a Latinoamérica.

Usando ejemplos del tipo “en Berlín las personas hacen…”, “en Suiza se puede…”, entre otras tantas ejemplificaciones europeizantes, sólo buscan alejarnos de nuestras problemáticas sociales particulares, intentando implementar planes ajenos a nuestro territorio sólo porque estos fueron probados con éxito en sociedades primer mundistas que ya tenían resuelto su problema de movilidad.

Asumir nuestro poder adquisitivo real, más allá de los créditos que puedan adquirir en tiendas para comprar ropa, podría ser un buen inicio para mirar el problema desde otra perspectiva. El uso de la bicicleta debe ser una elección que parta de la libertad, de la renuncia del automóvil en tanto podamos adquirirlo; de otra manera no es más que simple imposición ideológica obligada por la precariedad de la sociedad.

Publicado en Análisis social

Es verdad que para una mayor comodidad como individuos buscamos formas de pensar preconcebidas, mismas que nos facilitarán el acceso a los códigos y el mundo que nos rodea. De esta manera no requerimos usar, en cada esquina, todo nuestro pensamiento para resolver situaciones sencillas.

Es por ello que recurrimos a ese conjunto de ideas, de prejuicios, de oraciones preescritas, y las ensalzamos como una reacción fácil e, incluso, políticamente correcta ante cualquier situación ajena a nosotros mismos. Con las ideologías buscamos sentirnos parte de algo, ser radicales o bien conservadores, todo esto de acuerdo a un grupo social determinado al cual pertenecemos o deseamos pertenecer.

Lo que me resulta del todo curioso es la propagación de ciertas ideas, la aceptación de las mismas por un conjunto de sujetos sin que medie una reflexión acerca del porqué de dicha adopción conceptual.

El mundo actual, ese construido dentro de las redes sociales, se ha configurado desde una perspectiva maniqueísta, donde las acciones son buenas o son malas – no son dignas de la problematización y mucho menos del debate-, haciendo que nosotros tengamos solamente dos opciones: a favor o en contra.

Si yo estoy a favor, toda una carga ideológica viene a asumirme como persona, cambian mis tipos de publicaciones y no es necesario que tenga que explicar a alguien los motivos por los cuales estoy a favor, ya que se dan por entendidos. Pero si estoy en contra, además de estar en la postura incorrecta –sabemos que a nuestra mente le es más difícil aceptar esquemas negativos que positivos-, recaerá todo el peso de la explicación y de la argumentación sobre esa persona.

Pienso en casos concretos. El ciclismo. Cuando una persona, en Facebook, decide adherirse a una corriente en pro del uso de la bicicleta, no es necesario que medie la reflexión en esa decisión, ya que sabemos que “es lo correcto”, al mismo tiempo que nos lo demuestran ciertas falacias de autoridad: “los europeos usan más la bici que el coche” y, evidentemente, si los europeos lo hacen es porque están en lo correcto.

La bicicleta deja de ser un simple medio de transporte, se convierte en un vehículo por el cual se propagan nuevas ideas, mismas que traen en sí configuradas toda una carga ideológica a la que no todos pueden acceder, ya que el grupo impone ciertas condiciones sociales, económicas y educativas, a sus nuevos miembros.

El ciclista que ha acudido a su trabajo todas las mañanas, usando este transporte, en los últimos cincuenta años, no podrá formar parte de estas nuevas ideas de “liberación”, ya que no cumple con una de las condiciones primordiales: juventud.

Pero esto no resulta tan extraño. Es, hasta cierto punto, normal que adoptemos nuevas ideas y reclamemos el uso del espacio para poderlas ejecutar, lo extraño llega a resultar en el ámbito de la argumentación, cuando los sujetos que enarbolan nuevas ideas dejan de pensarse como individuos y se piensan como masa, generando respuestas casi automáticas para cualquier situación.

Cuando la ideología habla se anula cualquier posibilidad de razonamiento en el individuo, ya que sólo responderá a los estímulos externos – aquellos que atenten contra su forma de pensar- como un acto reflejo.

El ciclista, entonces, podrá ver todo el mal que hacen a la sociedad aquellos que no piensen como él, los que decidieron seguir usando sus coches – aunque tengan que moverse diariamente 100 kilómetros-, los que no quieren formar parte de una nueva “cultura vial”, los que no quieren ser sujetos “sanos” y, sobre todo, aquellos que dejaron de pensar y no se subieron a las dos ruedas.

Este tipo de ataques, lanzados a través de múltiples perfiles y justificados en “el bien común”, dan mucho que pensar, pues antes de promover una cultura de equidad o de responsabilidad social, es preferible la promoción de una visión violenta de aquellos que son “débiles”. Ese uso justificado de la violencia orilla a todo sujeto que no tenga las mismas concepciones ideológicas a guardar silencio, ante lo que pareciera uno de los nuevos tabús generados dentro de la red de redes.

Publicado en Análisis social