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Viernes, 05 Junio 2020 15:41

De pandemias y profetas apocalípticos

De pandemias y profetas apocalípticos

Luis Enrique Ortiz Gutiérrez

Los profetas apocalípticos son trabajadores de tiempo completo. Cuando se viven tiempos de paz y tranquilidad, presagian acontecimientos terribles a la vuelta de la esquina. Y cuando se viven momentos difíciles, su voz se escucha con más fuerza. Pero las pretendidas causas de las hecatombes que auguran van cambiando con el tiempo. Objetos extraños en los cielos eran, en tiempos pasados, señales inequívocas de que el fin del mundo estaba cerca, hasta que la astronomía reveló que se trataba de cometas o meteoritos. Pero eso no contuvo a estos profetas de buscar nuevos síntomas de catastróficos porvenires: hambrunas provocadas por el crecimiento desproporcionado de las poblaciones humanas, holocaustos nucleares, errores informáticos que nos devolverían a la era paleolítica, robots inteligentes que subyugarán a la especie humana, y así sucesivamente.

Sin duda, estamos viviendo tiempos difíciles. La pandemia del Covid-19 ha cambiado radicalmente nuestra vida cotidiana, provocando mucha incertidumbre acerca del futuro. Ciertos temores están más que justificados, por la amenaza actual que enfrentamos y sus posibles consecuencias. Y, por supuesto, esto se ha convertido en tierra fértil para los profetas apocalípticos. ¿Qué tanto están justificados sus presagios? ¿Qué tan reales son las nefastas consecuencias que pueda acarrear la pandemia? Preguntas nada sencillas de contestar, pero el examen de los argumentos de estos profetas puede permitirnos separar los peligros potenciales de las vagas especulaciones, tal como las abuelas separaban las piedritas del puñado de frijoles.

No está de más comenzar distinguiendo lo que es una buena predicción de las que no lo son. Una buena predicción es una proposición que afirma la ocurrencia de un evento en un lapso temporal determinado bajo ciertas condiciones específicas. Esto supone que, para que la predicción resulte correcta, se deben considerar las variables que puedan intervenir en la ocurrencia del efecto, lo cual exige herramientas matemáticas. Dado que la totalidad de posibles variables no puede ser controlada, se sigue que las predicciones nunca tendrán un 100% de certeza. Según la complejidad de los sistemas que se analicen, las predicciones requerirán enunciarse en diferentes escenarios posibles, con distintos grados de probabilidad. Este hecho suele ser ignorado o pasado por alto por muchas personas, y de ahí que se origine la desconfianza injustificada hacia las buenas predicciones –o como mucha gente suele pensar: “los meteorólogos jamás le atinan”.

Antes de entrar en detalle en las pretendidas predicciones de los profetas apocalípticos, podemos adelantar que muy pocas de estas predicciones satisfacen estas características. En realidad, se trata de meras conjeturas que no son expresadas de forma hipotética, sino que se aseveran como predicciones exactas. Veamos ahora algunos de estos malos augurios que se han difundido a propósito de la pandemia:

El primero se refiere a la economía. Dicen algunos profetas que la pandemia significará el fin del capitalismo, sino es que de la misma civilización occidental (los cuales son considerados, por supuesto, como la encarnación de todos los males de la humanidad). Este grupo de profetas lo integran ambientalistas e izquierdistas radicales.

En segundo lugar, tenemos la profecía de “normalidad”. Dicen que la “normalidad” en la que habíamos vivido hasta hace poco se ha esfumado para siempre. La pandemia ha cambiado nuestra experiencia cotidiana y nuestra dinámica social de forma tan radical y profunda, que no volverá a ser recuperada.

Finalmente, aparece un tercer presagio, que podría considerarse como una variante del anterior, pero específicamente referida al ámbito político. Las actuales medidas de confinamiento y restricción social se pueden convertir en formas de limitar las libertades individuales, lo que puede dañar severamente a la democracia. Se habla entonces de una “importación del modo de vida chino”, considerando la aparente eficacia de las medidas sanitarias adoptadas por el país asiático.

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¿Están realmente justificadas estas afirmaciones? ¿Estamos a la puerta de un desértico mundo post-apocalíptico estilo Mad Max o ante lo que podría ser la instauración de una pesadilla orwelliana? Comencemos con el supuesto fin del capitalismo. Los marxistas no se han cansado de anunciar la caída de este “perverso” sistema económico con cada crisis económica que sale al paso. Pero una y otra vez sus expectativas se ven frustradas, y pareciera incluso que el capitalismo se transforma y se fortalece. En parte, esto es cierto: las crisis económicas han incrementado nuestro conocimiento sobre sus causas, lo cual ha posibilitado adoptar medidas para mitigar sus efectos (por ejemplo, la adopción de políticas fiscales o monetarias, a partir de las amargas experiencias de las depresiones de 1929 o el 2008). Por otro lado, resultaría bastante paradójico para los marxistas que resultara cierto que la pandemia pudiese acabar con el capitalismo, pues no habría sido provocado por la lucha de clases ni por el devenir dialéctico de la historia como sostiene su teoría, sino por un virus.

Desde luego, los economistas advierten de un panorama bastante oscuro para la economía mundial a raíz de la pandemia, cuyos efectos son ya perceptibles: millones de personas han perdido empleo y miles de pequeñas y medianas empresas están ya en quiebra. Se habla de cuantiosos daños en el sector de servicios, particularmente en lo que se refiere al transporte aéreo y el turismo. Qué tantas repercusiones tendrá para el comercio internacional, no lo sabemos con exactitud, pero la recuperación no parece que vaya a lograrse a corto o mediano plazo. En todo caso, estas estimaciones se basan en datos y cálculos probabilísticos, no en conjeturas fatalistas. De igual modo, aunque los cálculos de las pérdidas indican que éstas podrán ser muy elevadas, nada indica que la crisis no pueda ser resuelta por los mecanismos del mercado y la adopción de determinadas medidas económicas. Quizás el mayor temor para muchos economistas es que la crisis sea el pretexto para resucitar el keynesianismo. Sin embargo, esto tampoco sugiere la debacle del sistema capitalista. En realidad, los profetas izquierdistas más bien manifiestan cierto pensamiento desiderativo en sus supuestas predicciones: en el fondo, albergan la esperanza de que cualquier crisis económica en turno les confirme que su teoría sea verdadera (y si no ocurre en ésta, será aquella, y así sucesivamente).

La segunda preocupación, el fin de la “normalidad”, se basa en la estrechez de miras del ciudadano occidentalizado del siglo XXI y en la ignorancia de la historia. En tiempos pasados, el confinamiento y las restricciones de movilidad social ante las epidemias eran la norma, y no la excepción. Si revisamos los registros históricos, hallamos una gran cantidad de epidemias, con escandalosas cifras de víctimas mortales. Las medidas antes mencionadas –que se remontan hasta la Atenas del siglo V a.n.e.- se adoptaron debido a que no existían tratamientos para las enfermedades; más aún, se desconocían las causas de las enfermedades (la teoría microbiana apareció en el siglo XVI, pero no sería hasta Pasteur cuando fue probada científicamente). Los leprosarios, como el que se muestra en el filme Ben-Hur, eran uno de los tantos medios empleados para intentar contener enfermedades infecciosas.

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De este modo, la “normalidad”, cuya pérdida ahora se lamenta, es algo muy reciente y que en varios sitios del planeta, como es el caso de múltiples naciones africanas, jamás se ha experimentado. Esta “normalidad” es resultado del progreso científico: la medicina ha permitido diagnosticar y tratar enfermedades consideradas hasta hace no mucho como incurables –la lepra, tan temida en otros tiempos, puede ser tratada eficazmente con clofazimina, medicina que puede adquirirse en cualquier farmacia hoy en día-, así como ha desarrollado medidas preventivas para evitar su propagación, como la higiene personal y la desinfección de espacios. Muestra de los grandes avances de la medicina es que la última pandemia, la de la influenza española, ocurrió hace más de cien años. Los antibióticos, las vacunas, los analgésicos y otra clase de medicamentos han mejorado considerablemente nuestras expectativas de vida.

Es comprensible la desesperanza que genera la actual pandemia, pues nos acostumbramos a una vida más saludable. Por tal razón, la comparación del presente con los registros del pasado muestra que no se justifica el peor de los pesimismos y más bien debería alentar la confianza hacia los avances científicos. En estos momentos, la comunidad científica está trabajando, a contrarreloj, en la investigación de métodos eficaces para tratar el Covid-19. Varios países, como Estados Unidos, China, Alemania, Rusia y otros tantos, se encuentran desarrollando vacunas, algunas de las cuales, según se ha reportado, han pasado positivamente las primeras pruebas. De igual modo, se están experimentando diferentes retrovirales y otros medicamentos para tratar a los pacientes. No podemos afirmar con plena certeza que se retome el mismo estilo de vida que muchas personas llevaban antes de la pandemia, mas tampoco hay razones para pensar que éste cambiará para peor de forma irremediable.

En mi opinión, el principal problema que encara la salud pública en lo que respecta a las enfermedades infecciosas es el escepticismo hacia la medicina científica, como se muestra claramente con el absurdo movimiento anti-vacunas. Resulta preocupante que, según una reciente encuesta, el 50% de los estadunidenses ha declarado que no permitirá ser inoculado cuando esté disponible la vacuna contra el Covid-19, a pesar de las altas cifras de víctimas mortales en dicho país. Así, el problema no es la falta de ciencia, sino la inverosímil desconfianza hacia ella.

Respecto de la última profecía, hemos de conceder que sí entraña un peligro real. En efecto, resultará siempre tentador para los gobiernos, incluso democráticos, establecer restricciones a las libertades individuales; en este caso, el convertir el estado de excepción en estado permanente. A fin de cuentas, los políticos siempre buscan la manera de perpetuarse en las posiciones de poder, tal como los virus buscan perpetuar su ADN en los organismos huésped. Como liberal, considero que tales preocupaciones no son menores.

No obstante, es preciso mirar a detalle este asunto antes de entregarse al pánico. El temor de la adopción permanente de la estrategia china se argumenta a partir de la efectividad de las medidas sanitarias, que implican el confinamiento forzado, así como algunos mecanismos punitivos. Esto se refuerza con el hecho de que los países que no adoptaron tales medidas o lo hicieron tardíamente, como Italia, España, Ecuador o Estados Unidos, han sido los que han sufrido las peores repercusiones (hasta ahora). Como estas medidas sí funcionaron con procedimientos coercitivos, se sigue que el control estatal estricto sobre los ciudadanos, so pretexto de eventuales pandemias futuras u otras “amenazas existenciales”, se perpetúe.

El argumento es hasta cierto punto creíble, pero no toma en cuenta ciertos factores. En primera instancia, estas medidas fueron adoptadas en regímenes que han sido totalitarios desde hace tiempo (Singapur, Vietnam y la propia China), por lo que sus ciudadanos presumiblemente acatan esas medidas sin chistar, pues conocen las repercusiones de no hacerlo. Para que las medidas pudiesen ser implementadas en los sistemas democráticos, se requeriría persuadir a la población de que las futuras amenazas son reales, lo cual se basa en el supuesto de los ciudadanos confían en sus gobiernos y están dispuestos a asumir las restricciones sobre sus libertades. El hecho es que eso no ha ocurrido siquiera en el actual escenario, ya que los ciudadanos han reaccionado de múltiples formas, que van desde acatar conscientemente las restricciones por el riesgo de contagio hasta ciertos actos de rebeldía, espontáneos u organizados, contra el confinamiento forzado.

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De esta manera, no parece tan sencillo que la “importación del modo de vida chino” pueda establecerse tan fácilmente en los países democráticos. En una democracia, el costo político puede ser alto, considerando que estas medidas, sean aceptadas o no, han implicado muchos sacrificios para los propios ciudadanos. Y la virtud de los sistemas democráticos, como señaló Karl Popper, radica en la posibilidad de cambiar a los gobernantes sin necesidad de correrlos a punta de pistola. Por ello, si bien no está descartado que algunos gobiernos intenten implementar estas políticas, es posible que también pueda ser un factor para que los ciudadanos los depongan o, por lo menos, ejerzan fuerte resistencia. En todo caso, como el comportamiento humano es (relativamente) impredecible, no hay forma de decidir si tales temores pueden realizarse o no, lo que nos obliga a estar atentos ante estas tentativas.

Podemos ver entonces que el futuro ciertamente no es alentador, mas no por los malos augurios de los profetas apocalípticos. Estas supuestas predicciones se fundan en una comprensión limitada al presente inmediato o en expectativas ideológicas que se resisten en desaparecer. En mi opinión, su principal error es que subestiman la inventiva humana. Gracias a la inteligencia, el ser humano ha podido afrontar los grandes retos para su existencia, conociendo sus causas y ensayando múltiples estrategias para intentar resolverlos, siendo la ciencia su mejor producto. El hecho de que podamos vivir en una “normalidad” en la que ya no nos preocupemos por la posibilidad de ser devorados por animales depredadores, por enfrascarnos en una inevitable guerra con una tribu vecina o por perder la vida a raíz de una herida no tratada adecuadamente, habla de lo mucho que hemos avanzado, si bien no debemos olvidar que esta “normalidad”, que por ahora se encuentra en stand by, nos presenta nuevos retos, no menos difíciles. Si la inventiva humana nos ha permitido salir adelante en tiempos complicados, nada sugiere que esto no pueda ocurrir ahora. Por supuesto, esto no impedirá que los profetas aprovechen la próxima desgracia para anunciar la proximidad del apocalipsis. Pues, como bien saben los editorialistas de la prensa, lo que vende mejor son siempre las malas noticias.

Publicado en Análisis social