Martes, 30 Octubre 2018 05:47

El vestido de novia y la cultura blanda

El vestido de novia y la cultura blanda

Por: Edson Javier Aguilera Zertuche

“El vestido es muy importante porque voy a elegir la locación de la boda de acuerdo al estilo del vestido.” Dijo una mujer norteamericana de unos 40 años a su madre y a la modista. El contexto de este diálogo es explicado por un programa televisivo sobre moda, lo que aparentemente podría justificar el contenido de lo expresado. Sin embargo, lo que culturalmente refleja este comentario no es un hecho aislado, sino uno cuyas representaciones pueden encontrarse por doquier.

Que el vestido sea más importante que el lugar donde se celebrará la segunda boda de una cuarenteañera de clase alta norteamericana, aparentemente tiene que ver con la clase económica, pero no nos engañemos; este tipo de elecciones suelen repetirse en las diferentes clases sociales con diferentes objetos y niveles de gasto. En esta frase se expresa que la comodidad de los invitados e incluso la ciudad donde se efectuaría el evento serían de segunda importancia, reflejaba también que en el evento había algo más importante aún que la unión, más importante que el novio; la apariencia de la novia. Su madre le expresaba que lo más importante era verse como una princesa, quería ver a su hija entrar al altar y deslumbrar a todos con su encanto. Ella que pone su persona como centro del universo no es una excepción, hay que ser profundos y hacer preguntas, porque si un individuo expresa tal o cual cosa es culturalmente posible que otro individuo pueda expresar cosas similares. El mismo Jhon Dollard indicaba que todo individuo pertenece a una serie cultural. Entonces, ¿cómo es culturalmente posible que se dé una situación así?, ¿de cuántos modos diferentes se expresa este valor donde la persona es el centro de un universo simbólico? La cultura “produce” las condiciones para que esto suceda de una y mil maneras, los imaginarios colectivos posibilitan este tipo de expresiones; así como impiden otras, por ejemplo, un comentario racista dicho públicamente.

Un imaginario como conjunto de significaciones compartidas, subterráneas y flexibles influye en lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Llamaré a este imaginario la cultura blanda. Y confieso que sobre esto no soy original, pues la misma categoría de imaginario social como saben, fue trabajada por Mircea Eliade, Mary Migdley y así mismo el binomio “instituyente e instituido” por Cornelius Castoriadis. También, esta reflexión se nutre de revisiones dispersas y asistemáticas de Zygmund Bauman, Michel Mafessoli, Erving Goffman, Samuel Ramos, Erich Fromm, Pierre Bourdieu y otros.

Bauman habla de cultura líquida, que es por analogía, cambiante, escurridiza, sin algo propio y que toma la forma del recipiente. Esto implica la posibilidad de individuos sin personalidad que son guiados por el mínimo común denominador social, es decir: aquello que esté de moda. Bauman habla acerca de un proceso de “licuefacción” de la cultura de la modernidad, esta licuefacción implica como se sospecha la carencia de estabilidad, es más fácil dar forma, claro, pero más difícil conservar una forma. A su vez esta licuefacción, esta superficialidad invade todos niveles sociales, incluso el microsocial, y se refleja en las interacciones, en el lenguaje y en las expresiones diversas sobre la vida cotidiana.

El sociólogo francés Michel Maffesoli, dirá en “El crisol de las apariencias” que existe entonces un “hedonismo de lo cotidiano” que es irreprimible, potente y que sostiene a la vida cotidiana, ¿y qué significa esto? Significa que lo confortable y lo agradable son el vehículo de las eleccio­nes de la vida cotidiana, que, por ejemplo, las institucio­nes, los centros de trabajo, las academias, las filiaciones políticas, las amistades, etcétera, siguen una lógica de las emociones, que implica un rechazo o un acogimiento que no tiene que ver con elegir lo mejor, lo racional, lo justo o lo más plausible. Se reconoce como derecho incuestionable el ser feliz, pero una felicidad rápida, fácil, volátil, basada en cosas instantáneas, ausente de un sentido crítico, por tanto, una felicidad blanda, ficticia, que se defiende a capa y espada y de la que se buscan pruebas en cada frase, en cada foto, en cada adulación.

Así al conformar un grupo de trabajo, un círculo de amistades no elijo a los mejores sino a aquellos con quie­nes siento un confort, y no siempre esto coincide con el alcance de los fines que se propone un proyecto, ni coinci­de con aquello que me hará crecer, desarrollar cualidades apreciables. Cuando la elección pasa de lo ético a lo esté­tico hay una estetización de la vida, la estética ha conta­minado todo, todo pretende convertirse en obra de crea­ción dice Maffesoli. Pero esta estetización no tiene nada de inocente, pues descarta a quienes poseen habilidades para la cuestión a trabajar e incluye a quienes ofertan un agrado o una manejabilidad, muy socorrido en términos de las instituciones educativas el dicho “Es buen maestro, pero no es buen empleado”.

También es recurrente construir nuestra vida y nuestra personalidad como algo para que los demás aprecien, solemos encantarnos ante las narraciones y nos fascina narrar nuestra propia vida como una amalgama de momentos, elecciones, progresos paulatinos y lógicos, pero sobre todo como una autobiografía, bella, atrayente, digna de admiración. Como una sucesión de imágenes y videos -bien escogidas claro está- cuya creación está a la mano de cualquiera y cuya sobreexposición y exhibicionismo indica que no se tiene algo más para compartir. Se pueden encontrar fácilmente centenas de aplicaciones que inciden en la adoración de la imagen individual, cuyas herramientas implican la invención de imágenes propias, editores de fotografías, endulzantes de momentos que por sí solos no tendrían interés. Millones de usuarios en todo el mundo han hecho de su imagen un trabajo de tiempo completo, y hay quienes no comparten nada más que esto, su imagen enmarcada y remasterizada ¿tendrían algo que compartir, una idea que poner a prueba, un mensaje que dar, un contenido relevante que nos indique que conocen y valoran algo más allá del microcosmos donde son el centro del mismo? No es que el compartir esté destinado para los eruditos, para los ostentantes de grados académicos, porque hasta ahora eso es criticable. “Tener un título no te hace buena persona” versa una frase encontrada en redes sociales, que indica lo que sostenía Ortega y Gasset, el hombre masa, el hombre mayoría siempre jalará hacia abajo, hacia el mínimo de exigencia. Cuando pregunto si tendrían que compartir algo o no, los enamorados de sí mismos, los narcisos, hablo de que el herrero puede compartir un humilde trabajo, preguntar por alguna técnica de soldadura, el electricista puede compartir cómo poner un apagador de escalera porque son su arte, su oficio y ahí muestra un interés más allá de su yo.

En efecto, como indica Isela Rodríguez (dixit), que los medios digitales suelen ser espacios de esa liquidez donde las fórmulas verbales que expresan un “superarse” “cambiar”, “estar pleno”, “amar la vida”, “ser madre”, “ser envidiado por los demás”, “estar destinado a…” , “todo llega a su tiempo”, “ser espontaneo”, “dejárselo al tiempo”, “alejarse de…”, “soltar tal….”, “justo cuando lo necesitaba”, “dios decide por mí”, funcionan como un constante buscar referencia de que se va bien, de que se es feliz, o están los que guían a los otros a serlo, el coaching ha sacado jugo de esta desorientación.

En este sentido hacerse cargo de la propia personalidad, implica ya un falso hacerse cargo que redunda en una búsqueda del destino a través de test de matrimonios futuros, significados fantasiosos del nombre propio, nuevas modalidades de horóscopos y otros tantos instrumentos para ficcionar una personalidad más que para conocerla, más para inventarla que para construirla. Repito, esta cultura blanda necesita de la idea destino más de lo que la vida griega necesitaba de los oráculos. En estos espacios, hablando de la licuefacción, se puede pasar rápidamente de ser un estudiante empeñoso y aferrado, a un fiestero sin remedio, por ejemplo. También estos espacios son propicios para adulaciones y complicidades que luego en persona se esfuman, no se sostienen. Quien tenga una postura crítica, será la piedrita en el arroz, el amargado, el mala vibra, apelativos que implican que la crítica y el cuestionamiento no son bien recibidos, sin importar la objetividad de la crítica. Recordar que la verdad o falsedad de una afirmación no depende de quien la diga o con qué intención se diga, de ahí que el recurso argumentativo llamado “hombre de paja” se ha considerado una falacia argumentativa. La crítica siempre ha sido una función social desagradable, pero sin la cual el cambio cultural no fuera posible, en el mundo del toreo le llaman a estos críticos reventadores, pero ellos precisamente son quienes ayudan a distinguir la cizaña del trigo porque un torero que va a consolidarse pasa sin preocuparse de los reventadores.

Pierre Bourdieu hará mención en “La ilusión biográfica” de que el sólo hecho de pensar que la vida de un indivi­duo es continua y sigue un orden lógico, tiene que ver más con una aspiración de identidad que con una reali­dad, que el paso del tiempo va de peor a mejor es una tontería y sobre esto el mismo Jiddu Krishnamurti afirma que un hombre que le deja al tiempo resolver algo, es un hombre muerto. El sujeto se ficciona en la cultura blanda seleccionando de su repertorio de vivencias, imágenes y demás recursos gráficos o discursivos aquello que encaje en una visión idealista de su vida, aquella que da un sentido confortable, el sujeto de la cultura blanda tiene que vivir y tiene que creer su propia ilusión biográfica. De ahí que el tiempo, dios y el destino sean indispensables, puesto que son responsables en cierto modo de las etapas sufridas o premiadores de las etapas buenas.

Erving Goffman afirma en “La presentación de la persona en la vida cotidiana” que nuestra primera impresión con las personas es posible a través de una tipología de los individuos que hemos construido a través de nuestra experiencia, pero más que nada a través de lo que la cultura “dice” sobre estos tipos de individuos. En este sentido, es triste ver que los tipos diferentes de individuos son cada vez más escasos, dado que el común denominador es el sujeto expuesto a licuefacción, el sujeto de la cultura blanda, que idolatra su imagen y que es crecientemente el sujeto más común. En la presentación de la persona en la vida cotidiana hay explícitos e implícitos que demarcan una serie de expectativas sobre qué esperar y que ofrecer, sin embargo, un sujeto expuesto a licuefacción, propio de la cultura blanda, ¿tiene algo que ofrecer, está interesado en recibir y saber apreciar algo? Creo que su ensimismamiento se lo impide. Recuerden, un buen vestido de novia determina todo lo demás.

Publicado en Análisis social

El día 7 de mayo de 2011, la Mary Boon Gallery, ubicada en la exclusiva Quinta Avenida de Nueva York, abrió sus puertas al público para exhibir la colección “New Paintings” del bad boy de los ochentas, David Salle

Considerado uno de los máximos representantes del posmodernismo pictórico americano, partícipe y difusor de algunas de las breves y cambiantes corrientes que en este periodo se fueron sucediendo: New image, Bad painting, Neo- expressionism… David Salle imprimiría el sello personal de sus primeros trabajos en la exhibición, compuesta fundamentalmente de dípticos: figuras femeninas semidesnudas, sin rostro o con pequeños atisbos de éste, en posiciones de un erotismo incómodo, que pone al espectador de frente ante un sexo descubierto, de mujeres anónimas. Críticos de arte, admiradores y detractores de Salle son testigos de una exhibición inaudita que generó en su momento tres lecturas diferentes.

 

El misógino

A finales de los años setenta, David Salle, incluido en la corriente expresionista-figurativa del momento, comenzó a trabajar lo que se convertiría en uno de sus ejercicios pictóricos recurrentes: “cunts” (coños). Un sector amplio de la población, jóvenes al igual que él, se mostraron preocupados y renuentes a quedarse mudos frente a lo que el pintor exhibía: mujeres sometidas a una violencia visual injustificada y excesiva, que los hacía intuir una especie de agresión sexual o amenaza de muerte en cada figura femenina que representaba en los paneles inferiores de sus dípticos.

La pintora y escritora neoyorquina Mira Schor, por ejemplo, recrimina que sean pocos los que se den cuenta de la gravedad con la que el cuerpo femenino es tratado por Salle en sus obras y de que, al parecer, el “mercado” para el cual él produce sea cómplice, afirmando que la misoginia explícita de las imágenes de Salle es igualada por la misoginia implícita de muchos críticos al aceptar y alabar el polémico trabajo.

Pintor, críticos y público admirador, se convierten en blanco de los reproches de un sector joven y comprometido que el país norteamericano comienza a mostrar durante la segunda mitad de la década de los ochenta; debido a que son ellos los herederos de la segunda oleada del movimiento feminista, iniciada en los años setenta.

Tanto el gobierno como las altas esferas del sector artístico, intelectual y religioso, se vieron involucrados en una especie de tejido de resistencia que minimizaba o subestimaba las solicitudes y posturas de los defensores de las mujeres durante los años ochenta. Precisamente, de acuerdo con representantes de esta segunda ola del feminismo, David Salle se erigía como ejecutor de esa sinergia opresora, tal y como lo afirma en dos escritos diferentes una de sus más férreas detractora: Mira Schor.

En su libro WET. On painting, feminism, and Art, afirma que las actitudes sexuales mostradas por David Salle eran consistentes con la negación y rechazo contra el feminismo durante los ochentas; y que sus obras, ejecutadas con una estética de nostalgia y cinismo, realmente llegaron a representar con éxito algunos aspectos de la realidad contemporánea en detrimento de las mujeres. Más tarde reafirmaría su crítica y agregaría en su libro M/E/A/N/I/N/G. An anthology of Artist´s writings, theory and criticism que el abuso de Salle a las mujeres desnudas formaba parte de una estrategia política que se alimentaba de las reacciones negativas contra el feminismo, cada vez más evidente en la esfera de gobierno de los Estados Unidos. Con ello, David Salle se convertiría en agente y ejecutor del estatuto que dominaba la época, haciendo de la profanación del cuerpo femenino su código artístico y de mercado (2000). Así, la obra dejaba de ser mero ejercicio creativo y se convertía en reflejo de lo que la sociedad sexista y patriarcal de la época llevaba a cabo contra la existencia de las mujeres.

El ingenuo

Sin embargo, de manera totalmente opuesta, otros autores atribuyeron a la ingenuidad o falta de atención de David Salle, la aparición de las mujeres violentadas, cosificadas y convertidas en meros objetos de uso dentro de sus cuadros. Es decir, lejos de tildarlo de misógino y legitimador del sistema opresor femenino, lo describieron, no sin cierta cautela y extrañeza, como un mal lector del espíritu de la época en la que su obra se desenvolvía. Tal es el caso de Dan Cameron, quien en un artículo titulado “’80s something” para la Artforum International Magazine, concluye que “la misoginia sugerida en muchos de los lienzos y la ambición flagrante que Salle siempre ha mostrado, parecen conspicuamente fuera de sincronía con el estado de ánimo del momento; que, de hecho, parecía imposible pensar en que un artista con sus cualidades hubiera fallado al leer el espíritu de la época”. Quizá, efectivamente, preocupado en mantener el estatus de gran visionario e innovador con el que parte del público lo describía, David Salle no supo distinguir las preocupaciones de sus contemporáneos y siguió enarbolando imágenes aberrantes para esa otra parte del público que lo repudió en su momento. En este punto, donde la crítica se debatía entre tomar a Salle como un misógino descarado o como un ser ajeno a la época en que vivía, surgió una nueva idea respecto a su posición y a lo que realmente representaban sus trabajos.

 

El provocador

Dicha idea, viene a rescatar un poco la figura tanto de la persona (hombre) como de la persona (pintor) que es Salle y se concreta en afirmar que éste no es más que un “busca problemas”, un “provocador”, alguien que conscientemente involucra en su trabajo pictórico elementos que sabe que llamarán la atención y causarán molestia entre quienes sepan leerlos o identificarlos. Kay Larson, crítico de arte y periodista cultural quien, cuando David Salle estaba encumbrado en la escena neoyorquina, escribió un artículo al respecto para la New York Magazine, pone en la mesa de discusión dicho pensamiento: “no es accidente que su trabajo artístico esté lleno de pornografía –piernas abiertas, genitales al descubierto, y mujeres retorciéndose en desnudas y gatunas posturas-. Esta posición social desfasada, retrógrada, tan ofensiva para feministas como para pensadores avanzados, es sólo otro aspecto de sus tácticas de burla y afrenta”.

Pensar que la provocación es un elemento constructor de las obras de Salle, es pensar que toda una imaginería pornográfica y violenta se redime en el recurso cínico y burlón de un trabajo totalmente consiente por parte del artista. Ya no es importante el hecho, entonces, de que él en su condición hombre-pintor sea un misógino, quizá no lo es… lo que importa ahora es ese sistema iconográfico con el que logra molestar e involucrar en su juego, a todos aquellos que abanderaban la lucha feminista de la época.

Todo el planteamiento anterior, permite responder de tres maneras a un cuestionamiento importante: ¿Por qué David Salle pintó de tal manera a la figura femenina durante la década de 1980? a) Porque era un misógino, b) Porque no supo reconocer el espíritu de la época y, c) porque era un provocador y quería conocer los alcances de su juego. Ahora bien, existen preguntas aún más importantes por responder, ¿qué hacen de nuevo en pleno siglo XXI las "mujeres" de David Salle? ¿Qué lectura podría generar en esta época con una fórmula ya probada, acrisolada en la admiración y el rechazo durante la década de los años ochenta? Esas figuras femeninas traídas del pasado, están nuevamente sin ropa tendidas en posiciones inquietantes y aún molestas o perturbadoras para algunos. Es decir que, Salle no propone nada nuevo con las “cunts” plasmadas en “New paintings”, por el contrario, parecen ser una versión pulida de aquello que lo enfrentó a sus contemporáneos en la década de los ochenta. Lo lamentable es que en esta ocasión, David Salle no es ni el misógino, ni el distraído, ni el provocador de aquella época. Pareciera más bien, que en la exhibición de mayo 2011 en Nueva York, David Salle recurrió a sus antiguas musas quizá con el afán de seguir siendo “relevante”.

 

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Referencias

Bauman, Z. (2001) “El arte posmoderno o la imposibilidad de la vanguardia” en La Posmodernidad y sus descontentos. España: AKAL.

Bonito Oliva, A. (20009 “Transvanguardia: Italia/América” en Los manifiestos del Arte Posmoderno. Textos de exposiciones 1980-1995. España: AKAL.

Calabrese, O. (1987) El lenguaje del Arte. España: Paidós.

Cameron, D. (1999) “‘80s somenthing?” en Artforum Internatinal Magazine. Vol.37, No.9, May 1999. From https://www.questia.com/magazine/1G1-54772286/80s-something

Foster, H. (2000) “El futuro de una ilusión o el artista contemporáneo como cultor de carga” en Los manifiestos del Arte Posmoderno. Textos de exposiciones 1980-1995. España: AKAL.

Hernández Guerrero, J.A. (1990) “Teoría del Arte y Teoría de la Literatura” en Seminario de Teoría de la Literatura Universidad de Cádiz. Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/teoria-del-arte-y-teoria-de-la-literatura/html/c3664cba-1dd2-11e2-b1fb-00163ebf5e63_2.html

Kandinsky, W. (1994) Punto y línea sobre el plano. Contribución a un análisis de los elementos pictóricos. México: Ediciones Coyoacán.

Larson, K. (1987) “The big tease” en New York Magazine. Vol.20, No.6. February 1987. From https://books.google.com.mx/books?id=J-UCAAAAMBAJ&pg=PA58&lpg=PA58&dq=the+big+tease+david+salle&source=bl&ots=04yVIFcBHU&sig=oiaE5Xa49mNbcjSspvZDjvGb_pI&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwjvsse3h6jMAhVHg4MKHTasAkwQ6AEIGjAA#v=onepage&q=the%20big%20tease%20david%20salle&f=false 9

Schor, M. (1997) WET. En Painting, feminism, and Art culture. Londres, Inglaterra: Duke University Press

________ (2000)”Appropriated sexuality” en M / E / A / N / I / N / G an anthology of artist´s writings, theory and criticism. Londres, Inglaterra: Duke University Press

Publicado en Arte

El Hombre tiene una tendencia natural a rodearse de cosas; completa sus vacíos físicos y emocionales con materializaciones utilitarias, de ornato y hasta de carácter sagrado que lo acompañan a lo largo de su existencia. Modas y valores asociados a ellas cambian con las épocas, pero la necesidad no cambia, sólo ve modificados sus patrones estilísticos, su material y proceso de producción.

En este ciclo sucede que los objetos que alguna vez fueron considerados de simple manufactura destinados a cubrir alguna necesidad básica, son atesorados como artículos de colección después, cuando el mundo se da cuenta que han dejado de producirse, o que eran el objeto favorito de un personaje admirado o que forman parte de un momento idílico del transcurrir diacrónico de la humanidad; allí es cuando una percepción poderosamente ideológica -pero subjetiva y transitoria- dota a los objetos de un valor que va más allá del aspecto tangible, los eleva a  la parte superior de ese cúmulo de artículos que nos facilitan la existencia. Se convierten en objeto-fetiche, piezas invaluables recorriendo las altas esferas y mercados negros a pesar de su origen humilde, meramente funcional. Se vuelven objetos de vitrina y aislamiento, de admiración. Un objeto prescindible se transforma entonces en objeto de culto, en pieza de museo, en artículo de colección que triunfa sobre esa otra tendencia atávica del ser humano: deshacerse de las cosas, avanzar dejando rastros visibles de lo que consume, ser productor de basura.

La basura es también poderosa impronta del paso del Hombre por la Tierra. Los vestigios arquitectónicos, artefactos artísticos y utilitarios en sitios arqueológicos dicen mucho de las civilizaciones; sin embargo, también es muy enriquecedor y quizá más revelador, en palabras de Daniel Schávelzon (arqueólogo urbano argentino), leer una sociedad en un momento determinado a partir de lo que decidieron desechar y no de lo que decidieron preservar. Por ejemplo, en el contexto capitalista actual, donde consumir es esencial, dice mucho de nosotros lo que adquirimos pero dice aún más lo que dejamos ir. Siguiendo el pensamiento de Schávelzon, una sociedad puede ser reconstruida enteramente por sus desechos, la loza rota, las envolturas de productos, las hojas de plantas marchitas, las cortinas, la ropa vieja y los envases de artículos de limpieza generan una mejor y más fehaciente narrativa de la vida de las personas y de su época que aquello que conscientemente fue rescatado y conservado para vivir en museos, esos artículos de categoría “durable” según el antropólogo Michael Thompson, valiosos por sí mismos y por la carga simbólica que la sociedad les impuso. Es decir que, aquellos objetos y materiales que decidimos desechar como basura y sacarlos permanentemente de nuestro alcance, revelan mucho de lo que como individuos hacemos y deseamos, pero sobretodo, devela ese microcosmos al que pertenecemos, esa sociedad que consume, desperdicia y tira lo mismo que nosotros, porque el adquirir y desprenderse de algo es cultural, deviene de la memoria colectiva que se decanta en los individuos a través de la familia, de los amigos, de las instituciones que nos rigen, de los mecanismos de promoción y adquisición que percibimos, etc.

La basura y el Hombre tienen una relación profunda y atávica, alimentada de valores simbólicos fluctuantes entre individuos, entre regiones, entre épocas. La basura ha cambiado de forma, ha sido distinto todo lo consideramos desechable, sin embargo, nunca nos hemos podido alejar de aquello que tiramos, es natural y necesario desprendernos de las cosas.

Cuando Zizek señala que “el sistema” siempre crea deshechos inutilizables, así como cuando Schávelzon afirma que ninguna sociedad puede preservarlo todo; nos damos cuenta de lo naif y hasta utópico que resulta el contexto de las sociedades modernas empeñadas en el reciclaje, en la reutilización de materia a través de lo cual se pueda reducir al máximo ese desecho inutilizable que disgusta al Hombre: esos materiales totalmente descartables (rubbish para Thompson) que nos recuerdan, finalmente, una completa futilidad creada por nuestras manos. Y en este punto, en un afán reconfigurador, es donde aparece el Arte para construir algo con aquellos desechos inútiles y totalmente descartables.

Sea visto como redención o como denuncia, dio comienzo un movimiento artístico-intelectual muy fuerte, en los últimos años, que se ha encargado de llenar las salas de museo con piezas e instalaciones artísticas cuyo material es basura.

Esta postura artística, de trabajar con desechos y exponerlos formando un objeto integrado (como los collages y esculturas de Tom Deininger) o una instalación auto-destructible (como el trabajo de Michael Landy) puede ser rastreada hasta un origen provocador asentado por Marcel Duchamp a principios del siglo XX, cuando puso en exhibición un retrete; abriendo camino con ello, a lo que actualmente es el llamado Trash Art, un conjunto de técnicas y productos artísticos que juegan con el valor simbólico y anti-simbólico de los desechos materiales para criticar nuestra cultura de “úsese y tírese”, o para burlarse de la ceremoniosidad y esnobismo en que había caído el arte, o simplemente, para no permitir que la humanidad olvide que la belleza puede surgir de cualquier parte. Encontramos así, las bellas sombras generadas por basura amontonada estratégicamente en el trabajo de Tim Noble y Sue Webster; o los retratos maravillosos hechos por Erika Iris Simmons con cintas de casete. Así, entre la incredulidad y rechazo de los puristas del arte, y la fascinación y aplauso de los detractores de la sociedad actual y de su impacto ecológico-social; el Trash Art se fortalece apostando por el reciclaje puro y el simulado, apostando por la re-construcción del mundo a partir de lo que suele ser parte de lo que lo destruye: la basura.

 

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REFERENCIAS

Boldrick, S. (2015) “Trash as trash as Art: Reflections on the preservation and destruction of waste in artistic practice” en Interdisciplinary Journal NANO of the New York City College of Technology. USA. Recuperado de http://www.nanocrit.com/issues/7-2015/trash-trash-art

Greene, R. (2009) “La cultura de la basura. Entrevista a Daniel Schávelzon, arqueólogo urbano” en Bifurcaciones. Revista de estudios culturales urbanos. Chile. Recuperado de http://www.bifurcaciones.cl/009/pdf/bifurcaciones_009_Schavelzon.pdf

Jara, M. (2016) “El arte que nació de la basura” en Cultura Trópica. Recuperado de https://culturatropica.com/2016/03/31/el-arte-que-nacio-de-la-basura/

Lack, J. (2008) “Modern art is rubbish” en The guardian. Reino Unido. Recuperado de https://www.theguardian.com/artanddesign/artblog/2008/jun/13/modernartisrubbish

 Staff editorial (2017) “Tras Art: Basura y arte, una tendencia que crece” en Revista Cabal. Argentina. Recuperado de http://www.revistacabal.coop/actualidad/trash-art-basura-y-arte-una-tendencia-que-crece

Publicado en Arte

En múltiples ámbitos de nuestra cultura actual, se han propagado ciertas creencias que podrían resumirse en el célebre verso del poeta asturiano Ramón de Campoamor, que reza así: “En este mundo traidor / nada es verdad ni nada es mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira”. Este principio, que en la tradición filosófica es conocido como relativismo, establecería que cualquier opinión o punto de vista es aceptable, no siendo ninguno mejor que otro. Así, se considera que la ciencia está al mismo nivel que la chamanería o las supersticiones, y que no hay hechos objetivos, sino una multiplicidad de formas de interpretar el mundo, pues la interpretación es “infinita”.

Desde luego, el relativismo no es nuevo. Surgido presumiblemente con los sofistas –particularmente Protágoras-, el relativismo renace a lo largo de la historia, adquiriendo nuevas formas y planteamientos. En nuestros días, el relativismo ha sido puesto en boga por diferentes autores y tendencias de la filosofía francesa contemporánea, que han sido clasificadas bajo el ambiguo rótulo de “posmodernismo”. Tales posturas también han ejercido cierta influencia en algunas escuelas filosóficas regionales, como es el caso de la filosofía latinoamericana en algunas de sus vertientes.

Aunque la tesis relativista es la constante que une a todas estas posturas, las actuales se diferencian de las de antaño por el empleo de una jerga estrafalaria y un estilo de redacción intrincado y deliberadamente oscuro.

Mas no es ésta la única diferencia: el discurso posmoderno establece un vínculo entre la tesis relativista con cierta concepción del poder. Así, a la afirmación "no hay verdades objetivas", se añade: "la verdad es una forma de opresión", pues se sostiene que un enunciado que sea asumido como verdadero representa, en el fondo, una imposición de un punto de vista sobre otros. De esta manera, colocar al conocimiento científico sobre “otros saberes” es un tipo de represión que efectúa la sociedad occidental sobre otras culturas o formas de vida.

De ahí que esta idea –de eminente cuño nietzscheano y popularizada por Michel Foucault en los años 70- suele ser relacionada con los reclamos en pro de la diversidad cultural, social, racial, sexual, etc. Esto explica porqué en las posturas políticas posmodernas se considera necesario romper con lo que denominan “el pensamiento occidental” y someter a un análisis crítico –“deconstruir”, “decolonizar” dicen sus proponentes- sus conceptos y categorías (v.gr.: “racionalidad”, “objetividad”, “verdad”, “ciencia”, etc.). El argumento es el siguiente: la pretensión de verdad y objetividad en el conocimiento es, en realidad, una compleja estrategia de la cultura occidental para justificar su dominio sobre la diversidad étnica, racial, sexual, etc.; por tanto, afirman los posmodernos, es preciso prescindir de toda pretensión de verdad y objetividad en aras de defender la diversidad.

Claro está, estos planteamientos no resisten la clásica objeción que se ha hecho a todo relativismo, que es derivar la contradicción que entraña su propia tesis: si el relativista afirma que "cada quien tiene su verdad" (y vale también para los relativismos sociales o culturales: "cada cultura tiene su verdad", “cada género…” etc.), uno podría preguntarle si es verdadera tal afirmación. Si su respuesta es negativa, el relativista asumiría que su planteamiento es falso, y no sería necesario avanzar más. Si responde  afirmativamente, surge entonces la pregunta de si es verdadera sólo para él o para las demás personas. Si es verdadera para él, carece de sentido que la pronuncie siquiera, pues posee valor cognitivo sólo para sí mismo. Y si vale para los demás, esto contradice el propio principio al admitir una verdad objetiva, ya que no tendría valor sólo para él. Podría salir al paso admitiendo que hay, por lo menos, una verdad que no es subjetiva, que sería la misma tesis relativista, lo que lo obligaría a un relativismo más mesurado. Pero si a lo anterior añadimos la segunda tesis (“la verdad es un instrumento de poder”), podríamos señalar que al momento de enunciar que "cada quien tiene su verdad", está ejerciendo poder sobre el auditorio, pues la afirmación tendría un carácter objetivo por las razones antes expuestas, y por tanto, represivo -según lo afirmado por la segunda tesis-. Nos topamos así con un terrible círculo vicioso.

La raíz del problema radica en los propios enunciados, pues se trata de afirmaciones que por el hecho de predicar sobre ciertos temas (por ejemplo, sobre el conocimiento), terminan predicando algo sobre sí mismas. Estos enunciados, que en términos lógicos se denominan autorreferenciales, son problemáticos precisamente porque de ellos se pueden extraer implicaciones que contradicen lo afirmado en el propio enunciado. Tales implicaciones podrían evitarse si se introducen algunas expresiones modales que maticen la afirmación (‘Tal vez’, ‘quizás’, ‘posiblemente’, etc.); sin embargo, el discurso posmoderno se caracteriza, paradójicamente, por ser sumamente asertivo.

Pero lo más grave del relativismo son las consecuencias que se presentan en otros campos como la ética o la política. Aquí es donde los teóricos de izquierda se disparan un tiro en el pie cuando recurren al relativismo posmoderno. Si son consistentes con su planteamiento, no podrían denunciar ningún acto éticamente reprobable, ni ninguna injusticia ("lo que es injusto para él, es justo para otros"). Si sólo hay interpretaciones mas no hechos objetivos, ¿cómo podrían denunciarse acontecimientos tales como la explotación, la represión, la corrupción política, la violencia sexual, los genocidios, etc.? Un gobierno represor relativista bien podría apelar a este mismo principio para defenderse: “Ustedes me acusan de ser corrupto y represor, y respeto su punto de vista. Pero es su punto de vista, y como no hay mejores puntos de vista, cada quien para su casa”.

Desde luego, el relativista podrá objetar que para él no aplican los principios de la lógica, señalando que ésta es sólo un tipo de discurso de una tradición cultural determinada. Esto significa que, si su discurso no puede evaluarse en términos lógicos, no habría forma de señalar sus posibles contradicciones o si sus argumentos son válidos. El relativista, al presentar su discurso como exento de análisis lógico, evadiría el compromiso de justificar sus posturas, por lo que no habría manera de someterlas a discusión. Su discurso quedaría, entonces, como una cuestión de fe: o se aceptan sus tesis o no. Lo anterior volvería a la postura totalmente irrefutable e inescrutable, y le restaría definitivamente toda credibilidad.

En suma, si el relativismo radical es tomado en serio, sólo queda el silencio –en caso de que el relativista pretenda ser coherente con sus propias creencias, claro está-. No habría posibilidad alguna de diálogo o discusión; no habría manera de denunciar los abusos del poder, los engaños, la charlatanería o los perjuicios contra otros, ni siquiera en nombre de la diversidad que se pretende defender; no podría establecerse, pues, una postura justificada. Por ello, el relativismo es una de las principales fuentes de error y confusión en la filosofía, las ciencias sociales y otras áreas; espacios en los que lamentablemente se ha viralizado. Por muy atractivo que se vea, el eslogan de que “todo depende del cristal con que se mira” conlleva más problemas que soluciones.

Publicado en Crítica
Domingo, 18 Septiembre 2016 19:27

¿Cómo leían los antiguos griegos y romanos?

Imagina que eres un romano de clase acomodada alrededor del siglo I a. C. Como muchos de ellos, tienes una villa en la cual podías distanciarte de la política y de los tiempos tumultuosos que se estaban viviendo en ese entonces (guerra civil, la caída de la república, etc.). Al igual que otros romanos, también, probablemente pasaste un tiempo en tu juventud en Grecia estudiando con filósofos y retóricos, de modo que dominas el griego y seguramente tienes el hábito de la lectura.

Estás, pues, en tu villa alejada de la capital y decides dedicarte por un tiempo a leer y escribir: ése es el distanciamiento que nos legó textos como los de Salustio o las obras filosóficas de Cicerón. Examinas tu biblioteca y digamos que seleccionas a un autor griego específico: Hipérides. ¿Cuál es tu experiencia de lectura?

Veamos lo estrictamente físico en la experiencia: el libro como objeto. Los discursos de Hipérides, uno de los oradores más famosos de su tiempo, los encontrarías en un rollo de papiro. Al abrirlo de manera horizontal, lo que verías sería una serie de columnas de texto escrito de unos 20cm de alto por 5 a 7cm de ancho: muy delgadas. Entre cada una habría unos 2cm de separación y así se extendería el texto a lo largo del rollo. Y he aquí el primer rasgo que distinguiría enormemente aquel libro de lo que ahora leemos: ¡las palabras en el texto no estarían separadas entre sí! Se le conoce como scriptio continua y era particularmente común. No era que los antiguos no supieran separar las palabras, sino que simplemente no lo necesitaban y podían leer cómodamente esas tiras y tiras de letras seguidas. ¿Cómo es posible —nos preguntaríamos ahora— que les pareciera cómodo?

Ejemplo de Scriptio Continua en un texto biligüe griego-latín

En cada columna, por lo angostas que eran, cabían alrededor de 15 o 25 caracteres corridos que podían cortar a media palabra y seguir en la línea siguiente hacia abajo; eso sí, se respetaba la separación silábica en las palabras al hacer esos cortes, con reglas tan estrictas como las que aprendemos nosotros al separar una palabra como a-pren-der. Cada renglón era entonces breve: tenía de 2 a 5 palabras.

Ahora bien, nosotros sabemos actualmente, a partir de los estudios modernos sobre la lectura, que cuando leemos el ojo se mueve de manera discontinua: avanza dando saltos rápidos y luego haciendo breves pausas. Seguramente los has visto también al observar las pupilas de alguien que está en proceso de lectura. La captación de las letras impresas se da precisamente en esos momentos en que el ojo hace las pausas y toma de golpe un bloque de palabras. Cuando leemos en voz alta, gracias a este proceso, el ojo siempre va adelantado con respecto a la voz: tiene que mandar la información al cerebro antes de que realice el siguiente salto. Pues resulta que, por promedio, la cantidad de letras que el ojo logra ver en una de esas pausas es de 20, que es justamente la media de caracteres presentados en un renglón en un texto antiguo de prosa. Esto, por supuesto, no lo sabían ellos, pero sin duda nos ayuda a explicar por qué les podía parecer cómodo leer esas tiras de palabras sin separar: un lector experimentado podía seguramente hacer un salto ocular por cada renglón leído. A esto, agreguémosle el hecho de que el papiro no era barato, y entonces podremos entender un poco más por qué preferían así sus textos. Era más práctico.

Ahora, una vez que abres tu rollo de Hipérides, puedes optar por lo que ahora nos parecería más elemental: leer en silencio y en soledad. Pero además de tal opción, tendrías otra que ahora parece estar progresivamente en desuso. 

Nos dicen los eruditos que, según todos los indicios que poseemos, la literatura antigua estaba hecha muchas veces para ser leída en voz alta. A veces podía ser el lector mismo el que lo hiciera para sí mismo; pero para esto era más frecuente que algún esclavo leyera cuidadosamente para su amo, como vemos que ocurre al inicio del diálogo Teeteto de Platón, donde la “lectura” se vuelve prácticamente una recreación histriónica de algo sucedido. Este esclavo, que con frecuencia podía tener un grado considerable de práctica y especialización, era el llamado anagnōstēs (el verbo griego para leer era anagignōskō, literalmente “conocer de nuevo” o “reconocer”). Dice William A. Johnson, un estudioso de este tema: “Bookrolls were not, in gross terms, conceptualized as static repositories of information, but rather as vehicles for performative reading in high social contexts.”.

Precisamente por estas prácticas de lectura fue como ya en la Antigüedad se elaboraron posturas críticas en torno a la prosa artística: se dieron cuenta de que mantener un ritmo en la prosa análogo al de la poesía era un modo excelente de crear efectos literarios. Y éste es justo mi punto: para un lector-oyente antiguo, la diferencia entre prosa y poesía se daba sobre todo en el sonido, en los patrones musicales que se crearan mediante el lenguaje. Esto es cierto, sin duda, incluso en la actualidad, pero no puedo evitar pensar que siempre le será más fácil hacer la distinción a alguien habituado a oír literatura, que a alguien que sólo la lee en silencio. ¿No será que la razón por la cual actualmente la narrativa goza evidentemente de mayor favor y popularidad —a diferencia de la Antigüedad, donde sin duda lo más aclamado era la poesía— es sencillamente que nosotros ya no estamos tan acostumbrados como lo estaban ellos a oír lo que leemos? Cualquier amante de la poesía sabe que la experiencia de lectura en silencio y en voz alta es muy diferente...

Leer era para los antiguos, entonces, típicamente una actividad donde el oído tenía un papel fundamental. El mito griego de Acontio y Cidipe viene aquí a colación. Acontio era un joven de familia pudiente, pero no noble, que una vez acudió a las fiestas de Delos y quedó pasmado ante la hermosura de una muchacha llamada Cidipe. Enamorado, Acontio la siguió hasta una ceremonia ritual en el templo de Ártemis, y lo que hizo fue muy curioso: recogió un membrillo y con la punta del cuchillo grabó en la superficie: “Juro por el templo de Ártemis que me casaré con Acontio”. En seguida, arrojó el fruto en dirección de Cidipe, quien actuó de manera totalmente inconsciente: lo levantó y maquinalmente leyó la inscripción, por supuesto, en voz alta. De modo que, al pronunciar tales palabras, Cidipe quedó obligada ante la diosa a cumplir su palabra y casarse con Acontio. El padre de la muchacha tuvo que renunciar a sus esperanzas de casarla con alguien más.

Algunos estudiosos han llegado incluso a afirmar que los antiguos acostumbraban leer en voz alta porque no podían leer en silencio. Esto, que ha generado ríos y ríos de tinta, suele apoyarse típicamente en un famoso pasaje de san Agustín donde describe su admiración por san Ambrosio. Aquí en la traducción de Ángel Custodio Vega:

“Cuando éstos le dejaban libre [a Ambrosio], que era muy poco tiempo, se dedicaba o a reparar las fuerzas del cuerpo con el alimento necesario o las de su espíritu con la lectura. Cuando leía, lo hacía pasando la vista por encima de las páginas, penetrando su alma en el sentido sin decir palabra ni mover la lengua. Muchas veces, estando yo presente —pues a nadie se le prohibía entrar ni había costumbre de avisarle quién venía—, le vi leer calladamente, y nunca de otro modo; y estando largo rato sentado en silencio —porque ¿quién se atrevía a molestar a un hombre tan atento?—, optaba por marcharme, conjeturando que aquel poco tiempo que se le concedía para reparar su espíritu, libre del tumulto de los negocios ajenos, no quería se lo ocupasen en otra cosa, leyendo mentalmente, quizá por si alguno de los oyentes, suspenso y atento a la lectura, hallara algún pasaje oscuro en el autor que leía y exigiese se lo explicara o le obligase a disertar sobre cuestiones difíciles, gastando el tiempo en tales cosas, con lo que no pudiera leer tantos volúmenes como deseaba, aunque más bien creo que lo hiciera así por conservar la voz, que con facilidad se le enronquecía. En todo caso, cualquiera que fuese la intención con que aquel varón lo hacía, ciertamente era buena” (Confesiones, VI, 3).

La sorpresa de Agustín ante la lectura en silencio de Ambrosio se debería entonces a que no todos eran capaces de hacerlo. Pero, hay que decirlo, actualmente ya casi ningún estudioso serio está de acuerdo con tal visión. Podría ser sencillamente porque no todos solían hacerlo. Hay una gran diferencia entre incapacidad para hacer algo y la falta de costumbre de hacerlo. La sorpresa ante el silencio de Ambrioso podría incluso deberse al hecho sencillo de que, al haber pupilos frente a él, se esperaba que les leyera y los instruyera. 

En todo caso, lo que es interesante de analizar cómo leían los griegos y los romanos es darse cuenta de que la lectura era un evento muy frecuentemente oral y social. Los antiguos sí leían en silencio, y de esto hay muchas pruebas (pensemos en la imagen aquella de Catón el Joven leyendo apasionadamente el Fedón de Platón justo antes de suicidarse), pero la importancia que le daban a la manifestación oral y social de la literatura es claramente mucho mayor que ahora.

Es cierto que lo social en la lectura sigue ocurriendo en cierto modo. Vamos a presentaciones de libros, lecturas públicas, congresos, conferencias y otros eventos semejantes, pero a veces tengo la impresión de que tales eventos son como piezas arqueológicas de una época en proceso de olvidarse. A todos nos ha ocurrido que vamos a uno de esos eventos y de alguna manera sentimos que no lo entendemos realmente todo porque el presentador o el conferencista sólo está leyendo en voz alta un texto destinado a ser leído en silencio, con las pausas y reflexiones que puede hacer un lector cuidadoso. Sin modular la voz, sin poner énfasis en nada y sin apelar a la atención del público, el presentador no hace, con mucha frecuencia, el mínimo esfuerzo por recrear el texto y darle vida oralmente, porque, claro, sólo los “inteligentes” entenderán. En tales lecturas, en cierto modo es como si cada uno estuviera leyendo solo, pero con la dificultad de hacerlo al ritmo de alguien que de antemano ya entiende el texto (claro, porque él lo redactó). 

Pero en la Antigüedad, donde la formación cultural más elemental de un individuo se centraba en la retórica, esos eventos solían ser auténticos performances. Las recitaciones del círculo de Asinio Polión en la época de Augusto eran famosas. Ahí habríamos visto a un Virgilio recitando-cantando (y no sólo leyendo) sus obras. Ahí habríamos visto en práctica la singular fascinación que tenían los antiguos por el poder de la palabra para hipnotizar a un público y guiarlo completamente en la dirección que se quisiera.

Es ésa la experiencia de la lectura y de la literatura que predominó durante siglos. Imaginemos el año 1605 en el puerto san Juan de Ulúa, en la Nueva España. Llega un barco proveniente de Sevilla con cajas y cajas de libros recién impresos en España, como era tan común en la época. En algún lugar leí que, en uno de esos barcos, venía ya la primera edición de la cumbre de la literatura española: El Quijote. Los tripulantes del barco, ante el mismo tribunal del Santo Oficio, se preocuparon primero por ratificar por escrito —en un documento que hemos conservado— que no llevaban ahí ninguna obra prohibida, pero extrañamente traían la famosa obra de Cervantes a una tierra donde, supuestamente, se prohibían las novelas. Y en el documento, se añade incluso que los tripulantes se mantuvieron “muy entretenidos” durante el viaje con El Quijote. Siempre me acuerdo de esos marineros: seguramente pocos sabían leer, pero daba la casualidad que uno sí sabía, así que se ofreció. Había que matar el tiempo de algún modo en semejante travesía. Se formó un grupo alrededor de él e hicieron de la lectura una experiencia verdaderamente colectiva, porque así es como la literatura se hace música capaz de hechizar. 

Publicado en Divulgación
Domingo, 29 Mayo 2016 09:09

Narrativa musical

Constantemente nos vemos inmersos en discusiones sobre cuál es la mejor música, qué banda es legendaria y cuál simplemente debería desaparecer de la faz de la tierra.

Sin embargo, esto no pasa de ser una simple opinión, o “DOXA”, como normalmente se le conoce en el mundo de la filosofía. Pero, ¿Qué tienen que decir los filósofos al respecto? ¿Se pueden establecer parámetros claros para dictaminar qué música es mejor? o ¿la música en su totalidad es arte? Y, de no ser así, ¿cuáles son las características que debe de tener la música para ser considerada como tal?

Enredarnos en estas preguntas presenta un reto intelectual que puede ir más allá de un simple ensayo ocasional, pues deberemos tener primero algunas nociones fundamentales perfectamente clarificadas si queremos avanzar en este tema.

Si bien el universo musical ha explotado en las últimas décadas, expandido sus horizontes y vuelto cada vez más complejo su análisis a razón de las propuestas cada vez más diversas, esto puede dar pie a un análisis de lo que representa. Esto, partiendo de una premisa simple: La música tiene un mensaje.

Sí, ya sé, que me den el premio Nobel por semejante descubrimiento…

No me refiero a la letra de las canciones como tal, que ya es un inicio, sino a la realización de una interpretación general de la obra como producto terminado. En el que se involucre la letra, los mismos arreglos, los instrumentos utilizados y las técnicas o tendencias a las que se arraiga. ¿Y por qué no? Elementos externos a la canción misma que, no obstante, resultan determinantes para nuestro análisis, como lo pueden ser: la propia banda, el momento histórico en que esta surge, las condiciones políticas en que se escribe la canción, los fenómenos sociales que acontecen y enmarcan el éxito de la misma.

Es pues, en el desarrollo cultural, donde encontramos los diferentes modelos que prevalecen a la fecha, gritando su diversidad de mensajes, sofocados solamente por la obtusa audiencia que reduce el mensaje a una letra o a un título. Sin considerar todo aquello que acompaña y completa la propia obra.

Entre estos vertiginosos cambios, los ciudadanos (algunos) no se conforman sólo con consumir. Poco a poco el público se vuelve más demandante en relación a los contenidos y las expectativas que tienen. A mayor tecnología, el reto deja de ser el  "darse a conocer". El nuevo paradigma es no pasar desapercibido en el torbellino de propuestas que encontramos hoy en día.

El siglo XX es por sí mismo el crisol en el que se muelen los elementos característicos fundamentales de la música como la conocemos: 1.- El desarrollo tecnológico, para dotar de nuevos sonidos y medios de difusión a la música. 2.- Teorías y planteamientos ideológicos inherentes a la composición que se apegan a los eventos sociales y culturales del momento. 3.- Una exacerbación de “la diversidad” y “la libertad de expresión” para dar cabida a todas las propuestas con las que contamos en la actualidad.

El tablero esta puesto pero las reglas siguen sin ser claras. Bajo las mismas teorías y planteamientos ideológicos, las propuestas son planteadas tanto a favor como en contra de los movimientos clásicos de la música.

De esta manera nos encontramos en medio de un dilema (entre otros tantos): por una parte, tenemos la visión marxista en la que el arte representa un eficiente recurso inmediato (no reflexivo) para persuadir al público a consentir sin meditar ideales morales y sociales o políticos inmersos en la obra, impuestos por la ideología burguesa o dominante del sistema; y, por la otra, el reconocimiento de que nos hallamos frente a las condiciones necesarias para la realización de los ideales planteados en la piedra angular de los estetas: Cartas sobre la educacion estética del hombre de Schiller. Donde el filósofo propone la idea de la autonomía del arte, siguiendo en este sentido a Kant. Bajo su propuesta, la música sería creada sin implicaciones morales u obligaciones hacia la sociedad.

La música por la música o la música dentro de su contexto.  En lo personal, me inclino por la segunda. No por que niegue que la música pueda ser una finalidad en sí misma, sino que, en los tiempos actuales, dentro del constante bombardeo que experimentamos en las calles, los medios de comunicación  y las redes sociales, negar las influencias o tendencias intrínsecas a la música recae en negligencia.

Como lo menciona Luis Britto García en El imperio contra-cultural, del rock a la posmodernidad (1990), es después de la Segunda Guerra Mundial cuando la violencia de antaño utilizada para conquistar culturas se ha refinado. El nuevo terreno de batalla es la consciencia del ser humano (Luckacs) y las armas son el arte y la cultura. Es mediante el arte que se logran mejores resultados que con la imposición militarizada por la fuerza. El placer estético logra cautivar sin dejar cabos sueltos.

La toma de consciencia, tanto de la sociedad (o al menos una parte de ella) como de la industria cultural, ha planteado una nueva finalidad para el terreno musical. Una finalidad que no se calla y que da origen a un nutrido número tanto de movimientos como de géneros musicales.

Quizá uno de los casos más destacados y prematuros en cuanto al análisis de este tema, son los exhaustivos ensayos del músico y filosofo alemán Theodor W. Adorno. En los que desde la década de 1930, con voz de profeta y sufriendo la misma suerte de Casandra de Troya, avista lo que está por venir. En Anotaciones sobre la vida musical alemana, nos dice sobre los compositores: "[...]se vieron obligados a convertirse, hasta lo más íntimo de sí mismos, en órganos del mercado; esto hizo que los deseos del mercado irrumpiesen hasta el centro mismo de la producción de los compositores[...]". Dentro de una dinámica social, cada vez más demandante, tanto músicos como compositores han tenido que adaptarse para sobrevivir en el mercado a un costo evidente. El artista y la obra entran en el proceso de la fetichización marxista, en la que: "[...]la lógica autónoma de la música y las necesidades expresivas de las composiciones absorben las coerciones sociales que en apariencia se ejercen sobre la música desde fuera y transforman tales coerciones en necesidad artísticas: en niveles de una conciencia recta." La fetichización de la música se convierte entonces, en el principal obstáculo y humillación, pero también en el progreso musical (variedad, dinamización, originalidad, etc.).

¿Se ha abierto la caja musical de Pandora? Al dar la libertad de mercado, ¿es la gente la que decide el contenido que quiere escuchar o, al contrario, es el constante bombardeo lo que define los gustos estéticos? Son preguntas que debemos hacernos constantemente para intentar entender de qué nos habla la música más allá de su simple letra.

Como parte de la cultura, la música no puede desprenderse de su interrelación con los eventos históricos que la acompañan inherentemente. Protagonizamos una cultura global, que maduró por medio de las guerras. En la que sus ciudadanos no sólo se vieron en la necesidad de adaptarse a las nuevas formas de producción económica, sino que se han visto a merced de la parvedad intelectual para comprender el vertiginoso cambio que han sufrido las emergentes "sociedades industriales contemporaneas" o las mega urbes, como conocemos ahora.

La guerra cultural, como la internacional, no es peleada sólo por el aparato político: para ella se movilizan todos los recursos económicos y sociales. Comienza cuando ante la cultura dominante surge una subcultura que diverge de ella. La batalla se traba cuando esta subcultura contradice abiertamente a la cultura dominante: desde entonces se convierte en contracultura. (Britto, Luis. 1990)

Y estas subculturas eran más claras hace algunas décadas, cuando la propuesta inicial se apegaba a una visión unificada de la sociedad. Pero en una época en la que nos topamos con el contramovimiento del contramovimiento del contramovimiento musical, donde se han diversificado las propuestas en diferentes ejes, acentuando cada una algún aspecto en particular, resulta difícil hacer juicios claros y distintos al respecto.

Por ejemplo, podemos identificar en el desarrollo del punk sus elementos que rapidamente fueron adoptados por aquellos que, lejos de romper con la armonia tradicional, querían explayar la soberania de la estética a otros ámbitos sociales y politicos. Movimiento que con el paso del tiempo termina siendo tomado por generaciones posteriores  que desconocen los elementos históricos de su origen. En ellas, la vestimenta y el look resultan más relevantes que la misma música y su propuesta se mantiene exclusivamente durante una específica etapa del desarrollo individual.  Donde el reggae se fusiona con el pop bajo estandarte de la libertad de expresión y hasta Disney ya tiene su propia versión infantil de cada contra-movimiento (Peter Punk)  para ir adquiriendo un mercado infantil aparentemente diverso, pero homogéneo en sus hábitos de consumo.

Es, pues, un movimiento dialéctico en el que las posturas se anulan a medida que se fusionan y se subdividen en nuevas propuestas cada vez menos claras para el espectador promedio. Es así como se vuelven ingentes las dificultades para defender una postura ideológica inerte dentro de una sociedad liquida.

Esto exigiría un gran esfuerzo intelectual, para lo que en general, es tomado como un simple pasatiempo. Pero la música sigue teniendo su influencia y un impacto es contundente tanto en la consciencia de las personas, como en la dinámica de la sociedad.

 

La música está viva y vibra junto con la sociedad.

 

El hecho de que en la actualidad existan géneros musicales como la banda, los narco corridos o el reggaetón, lejos de ser una molesta expresión musical, es un claro reflejo de lo que se vive en la sociedad y no sólo en mi grupo cerrado de amigos. Resulta ser una excelente oportunidad para el que tenga la vocación de hermeneuta: Lograr identificar cuáles son los procesos mercantiles bajo los que se difunden estas propuestas. A qué mercado están dirigidos y por qué resultan tan eficientes en su distribución y aceptación por la gente. Reconocer las inclusiones u omisiones evidentes que hay en las mismas dentro en la estructura de su propia composición; en los valores estéticos, morales, políticos o incluso religiosos que promueven.

Si bien, en la misma forma que lo plantea Noam Chomsky: “El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el que los individuos tienen y ejercen sobre sí mismos”, también es una responsabilidad personal el incursionar en el conocimiento de uno mismo. Son una constante invitación a re-flexionar el pensamiento hacia lo que somos, fuimos, seremos. Una invaluable oportunidad de reconocer la otredad en su sentido más crudo. Para identificar lo que nos falta o lo que nos sobra como individuos, así como sociedad.

 

El círculo se ha cerrado, despertad al hermeneuta.

 

Así pues, querido lector, me limito (por el momento) a dejar el presente tema de este tamaño que, por mi parte, tendría el placer de explayar de manera extenuante. Pero será en otro momento. Dejo las consideraciones antes planteadas para consideración de las mismas.

Publicado en Análisis social

“Cuida, administra y preocúpate por tu tiempo libre o alguien más lo hará por ti (la tele, internet, los prejuicios o costumbres arraigados en la sociedad) y comenzará a ser de ese ocio que es la madre de todos los vicios”

 

El tiempo libre es, básicamente, el resultado de la evolución misma del homo sapiens. Al tener herramientas y animales que se encargaran de los trabajos más pesados para la supervivencia -como garantizar alimento o  la protección de otras especies- el tiempo libre se hizo presente.

¿Qué va a hacer este homínido súper desarrollado con el tiempo que le sobra?

Podría seguir haciendo lo que hace para garantizar todavía más su supervivencia, pero evidentemente llegaría un momento dónde él mismo u otros se darían cuenta de que ya no era tan necesario, y que se podría utilizar ese tiempo para otras cosas no tan urgentes, que paradójicamente resultarían ser, después de un tiempo, tan o más necesarias para su supervivencia y desarrollo como especie.

Desde planear estrategias militares o de combate para vencer a enemigos potenciales, o mejorar las herramientas rudimentarias desarrollando técnicas de construcción y experimentando con materiales para hacer armas más letales y efectivas. Revisar las formas mismas en que se organizan, distribuyen y administran los recursos naturales procesados por ellos mismos para relacionarse eficientemente con la naturaleza que les rodea y mejorar los resultados obtenidos hasta el momento.

Cada una de ellas debía ser atendida durante un tiempo: el libre.

Y esto poco a poco ha cambiado, el hombre no sólo quería sobrevivir, sino que ese mismo hastío de “la propia existencia necesaria” le exigió crear formas de entretenimiento y esparcimiento.

Y curiosamente nos detenemos a pensar, ¿fue la humanidad la que creó el tiempo libre?, o ¿fue el tiempo libre el que creó nuestra humanidad? Como sea, estas manifestaciones de aburrimiento colectivo derivaron en costumbres que a la fecha seguimos practicando.

Y es curioso cómo podemos, desde este diario transitar, revisar esa herencia y como aprovecharla o desperdiciarla en nuestra vida cotidiana.

Categoricemos:

Para el problema en cuestión, a criterio personal, es necesario discernir los tipos de “ocio” o tiempo libre del que disponemos para entender el fenómeno a cabalidad. Primera distinción:

1-Tiempo libre improductivo.

2- Tiempo libre productivo.

El primero, entendámoslo como aquel que no podemos evitar. Esos momentos donde simplemente queremos quedar en calidad de “camote encostalado” y no hacer nada de beneficio para nadie. Es inevitable, y al mismo tiempo importante. Pues creo fuertemente que es una forma de recordarnos, aunque sea de vez en cuando, que podemos disponer de nuestra existencia en la más absurda de las empresas “valer para pura ve&%#ga

La segunda, que es la que en realidad me interesa, debemos entenderla como aquel tiempo libre donde tenemos la energía y el ánimo para hacer algo. En sentido estricto, para “CREAR”. Es en aquella donde el término “cultura” (del latín “cultivar” o algo así encontré en Wikipedia) adquiere su sentido literal. Cultivamos algo en nosotros o en otros o en ambos, para beneficio o perjuicio de los mismos.

Lo que me exige una segunda distinción:

3- Tiempo libre en comunidad.

4- Tiempo libre a solas.

En la primera encontramos todas aquellas actividades que compartimos con otros, que más allá de la actividad misma, refuerzan los vínculos sociales (que ya por si mismos son fundamentales para el óptimo desarrollo psíquico y social de los individuos) y que nos ayudan a compartir lo que hemos cultivado por nosotros mismos o en otras comunidades.

Y el tiempo libre a solas, que es en particular el que más llama mi atención por varias razones. Es, como ya habrás podido anticipar, aquellas actividades que realizamos sin el ojo observador de la sociedad, sin las cargas morales o ideológicas sobre el cómo o en qué administramos nuestro tiempo y energía productiva.

Sobre estas 4 categorías me apoyaré para exponer el problema actual que a criterio personal, atenta contra el sano desarrollo del tiempo libre.

¿Hay una lista de actividades ociosamente buenas y una de las malas?

Lo primero que le viene a la mente a uno al pensar en ocio malo evidentemente es ver tele. Aquel “diablo disfrazado en túnicas LED” que nos priva de nuestra libertad y tiempo libre… Pero seamos un poco más profundos en la cuestión y no satanicemos con generalizaciones vulgares que lo único que harán es llevarnos a “lugares comunes” (es decir, a no pensar).

La cuestión más pedestre sería: Es malo ver tele, estar en internet, jugar video juegos o leer comics, mientras que leer novelas, hacer deporte, ver cine de arte, ir a la opera o recitales de poesía sería lo ideal para cultivarnos.

Ya en este punto del desarrollo cultural, debemos reconocer que:

“No toda la tele es mala y no todos los libros son buenos”

Hay programas de televisión que, desde mi perspectiva, pudieron evitarme semestres enteros en la universidad y sagas literarias que están estropeando a las nuevas generaciones en este preciso momento.

Para estas cuestiones, normalmente me gusta usar la expresión

“El problema no es el qué, sino el CÓMO”

A lo que me refiero y quiero compartir en este ensayo es el fascinante fenómeno que estamos viviendo en cuestión del tiempo libre. Ya no es, como hace un par de años, ver la tele con la sosa programación de “teidiotiza” o “tentorpezca” donde el entretenimiento televisivo se reducía a la novela de las 8 que es la misma historia que se ha repetido una y otra vez, o el partido de futbol, que si lo pensamos también es la misma historia que se repite una y otra vez (versión masculina).

El problema con lo anterior comienza desde el hecho de que la programación y contenidos de la televisión pública están perfectamente diseñados para fines políticos y sociales particulares de cada país desde la creación de la radio. El problema es reconocerlo y aceptarlo.

Pero actualmente el fenómeno ha adquirido nuevas dimensiones con la liberación de las redes sociales, donde uno deja de ser simple espectador y abandona la postura de estupor receptivo y adquiere el rol activo de opinión sobre lo que recibe, o que otros pretenden que asimiles sin cuestionar.

Empezando por ese fenómeno, podemos decir que hay un cambio en los hábitos de entretenimiento. Aunado a un aumento en la población que cada vez adquiere una educación de mayor calidad -que a su vez exige contenidos más complejos o elaborados- la cual ha obligado a que cada vez haya más opciones para un público creciente, diverso y exigente.

Por lo que, en cuestión de contenidos para el entretenimiento se refiere, tanto internet (que por sí mismo es un océano de posibilidades en este sentido) como las televisoras, han modificado inevitablemente los hábitos del consumidor.

Por otro lado, no sólo debemos hablar de lo que sale en la tele, la radio o el internet, también debemos poner atención en lo que hacemos por propia cuenta.

Las actividades  en comunidad como reunirse a ver el partido (a aquellos que he acompañado, no me lo tomen a mal), una película, grupos de lectura, vamos hasta ir a misa, son importantes. Yo odio el futbol, pero me gusta ir y disfrutar la compañía de amigos. Me daría lo mismo si fuera patinaje artístico, lo odiaría si detectara la función política que tiene para desviar la mirada de otros temas. Pero lejos de ese ámbito, reconozco que son actividades importantes para el desarrollo cultural y personal.

Podría proponer: “No hay que ver deportes, hay que practicarlos” pero creo que tampoco es el punto al que quiero llegar, digo, he visto señores panzones jugar futbol con la chela en la mano un domingo por la mañana y no creo que sea la idea de hacer deporte.

O podríamos, de igual manera, leer cualquier libro de superación personal, devorar uno tras otro o tomar una saga literaria para pubertos calenturientos, que solamente reafirman los ideales que antes salvaguardaba exclusivamente la televisión.

El problema no creo que sea, en sentido estricto, la actividad que realizas. La cuestión es la toma de consciencia que debemos desarrollar sobre la importancia que tiene el tiempo libre u ocio en nuestra propia existencia.

Es decir, dejar de creer que esas actividades son el residuo destilado de las cosas importantes y que por ende lo que sea que hagamos no tienen importancia o trascendencia en nuestras vidas como tal. Es el reconocimiento de que esas actividades son las que nos definen y distinguen como individuos y que, a su vez, nos acercan o distancian de otras personas dependiendo de nuestras decisiones.

Que es en el tiempo libre donde experimentamos la libertad de poder ser-hacer nuestra humanidad y definimos nuestro estar en el mundo. Abandonar pues, la creencia de que es tiempo perdido, y reafirmar que este es en realidad fundamental para nuestro desarrollo como seres humanos.

Vivimos en una sociedad que nos enseña a no estar solos en ningún momento, a temerle a la soledad. Lo cual, quiero creer que se desprende del temor maternal de que el pinche chiquillo no termine con unas tijeras metidas en la nariz por puro aburrimiento. Pero después de la infancia, ¿por qué temer?

Y digo esto a razón de personas que me han compartido que en sus hogares no pueden experimentar de un momento a solas y eso, evidentemente, se refleja en su personalidad. Y pocas veces tenemos la oportunidad de escuchar una apología del tiempo a solas; que es cuando nos confrontamos a nosotros mismos, a nuestros gustos, nuestras dudas, nuestras molestias. No por nada la regadera termina siendo el lugar más reflexivo que muchos llegan a conocer.

Es indispensable la intimidad con uno mismo y el tiempo para poder experimentar la potencialidad de lo que puede surgir a partir de esa relación de auto-descubrimiento.

Para ponerlo en palabras del que fuera, según Nietzsche el mejor psicólogo de la historia, Fedor Dostoievski:

«No hay peor castigo que prohibirle a una persona estar sola, ni siquiera aislarla, si no, prohibirle en todo momento que se aleje de la multitud» La casa de los muertos

O sea, ¿qué pedo con eso de la Ludosofía?

En primera, es un término acuñado desde la antigüedad por la orden episcopal de pitagóricos fenicios, que desde los inicios de la humanidad (…) Mna, en realidad me lo saque de la manga. Pero creo que es lícito acuñar algún término para definir la idea que intento plantear.

Los que tengan desempolvadas sus referencias etimológicas, sabrán que “Ludo” equivale a juego o diversión y “Sofía” a sabiduría, como comúnmente se entiende. En resumidas cuentas, se trata de establecer una visión sobre el entretenimiento consciente de sí o por hacer que suene más mamerto; sobre “un entretenimiento sabio”.

Es utilizar todos los elementos de nuestra educación o formación para buscar contenidos que nos permitan divertirnos o disfrutarlos para a su vez, acercarnos a nuevos contenidos que nos permitan tener una gama mayor de posibilidades de entretenimiento. Algo así como una “zona de desarrollo próximo-lúdico” en términos de Vigotsky.

Así, quienes entiendan de química, podrán acercarse a contenidos como Breaking Bad, o a quienes ya la hayan  visto, posteriormente podran tener un referente de contenido sobre la angustia de un padre, al querer salvar un patrimonio para su familia ante la idea de la propia muerte.

O por ejemplo, un programa tan inocente como 31 minutos que es sobre marionetas hechas con 3 pesos, abordar problemas políticos, éticos, espirituales, ecológicos con la mayor ligereza posible. En lo personal puedo confesar que entendí cómo funcionaba un golpe de estado jugando Vandal Hearts y Final Fantasy, o la corrupción gubernamental con el MGS de Play Station. Como no reconocer el impacto que puede tener una pelicula como Matrix o Inception -el origen- para comenzar  a interesarte sobre preguntas onto-filosóficas  o  incluso en cuestiones eticas como en La decision mas dificilThe Watchmen.

Una persona que disfruta la literatura, podrá reconocer,  disfrutar o criticar el guion de una serie televisiva o película. Al igual que alguien que tenga conocimientos de historia, al leer una novela clásica, reconocerá los eventos o el contexto del escrito, o incluso identificar el trasfondo en la letra de una canción que le agrade. Y esa canción tendrá mucho más sentido en el soundtrack de alguna película, enfatizando la intención del director al ponerla en una escena en específico. Es decir, todo esto nos acerca poco a poco al lenguaje de los creadores de entretenimiento en una peculiar dialéctica entre el “crear” y “adquirir” entretenimiento.

Es un inevitable vórtice de “entretenimiento-conocimiento-experiencia-desarrollo humano” que nos arrastra a seguir adelante y tener que cuestionarnos de cotidiano sobre nuestros hábitos de entretenimiento y sus efectos en nuestra vida.

Y no es de extrañar, teniendo lo anterior en cuenta, que aquellas personas que tienen un bagaje “intelectual” y cultural más amplio, sean también los que normalmente tienen un bagaje amplio a su vez en cuestiones de la cultura popular  (Recuerdo perfectamente nuestro longevo maestro de neuro-filosofía platicar en clase su fascinación por las películas de Zombies)

Conclusiones:

A final de cuentas se trata de reconocer que el tiempo libre puede ser utilizado de manera eficiente si logramos hacernos de ánimo o el hábito, de recuperar ese tiempo perdido (Digo, este escrito me lo avente en el celular mientras viajaba en camión y después lo terminé a las 7am de un domingo).

Reconocer que un deporte es importante no por el resultado final de un partido entre jugadores a los cuales nuestra vida les vale un sorbete; sino el tomar consciencia de los valores o principios que dicho deporte aportan a nuestra vida si lo practicamos (disciplina, cooperación, coraje, honor, etc.) E insisto en este punto sobre el “tiempo libre improductivo” es válido, pero no debe ser exclusivo.

El cuerpo que habitamos es una maravilla orgánica. Nos da premios químicos si logramos desarrollar nuevas habilidades o si adquirimos nuevos conocimientos (sean profundos o estúpidos): endorfinas, serotonina, dopamina y noradrenalina, que podemos adquirir en lata, sobres y costales para llevar.

Al cerebro le da igual si los adquieres tomando alcohol, consumiendo drogas, escribiendo, dibujando, componiendo música, peleando, inventando dramas familiares o investigando. Él te va a premiar de todas formas.

La diferencia radicará en las consecuencias. Tomando un fragmento de mi psicoanalista hegeliano favorito Igor A. Caruso:

«Aquellas actividades en las que invertimos la energía libidinal para abrirnos  camino y acercarnos a los otros, las denominamos “sublimación” y aquellas que nos aíslan y dificultan nuestro propio desarrollo individual y colectivo, las denominaremos “perversión”» La separación de los amantes

Y para no ponernos muy pseudo-científicos en la cuestión, hay que decir que es una necesidad hasta biológica hacer este tipo de cosas, pero no es indispensable utilizarlas en propio beneficio o de manera consciente. Y es por esto último, la intención de escribir el presente texto.

Dejo las consideraciones aquí descritas para su posterior análisis  y reflexión, ya sean a favor o en contra.

Publicado en Análisis social