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Lunes, 23 Noviembre 2020 15:35

La mitología de la 4T

La mitología de la 4T

Por Luis Enrique Ortiz Gutiérrez

Desde antaño, los historiadores y los antropólogos han intentado establecer qué es lo que distingue a la historia de los mitos. De acuerdo con diversas teorías, mientras la historia pretende describir objetivamente eventos pasados e indagar sus causas, los mitos se presentan como relatos fantásticos, en los que se exponen personajes con cualidades sobrehumanas y hechos inusuales. La oposición entre historia y mito se presenta desde sus pretensiones teóricas: por un lado, el estudio de la historia intenta reconstruir los acontecimientos de la forma más fidedigna posible; por otra parte, los mitos no tienen el propósito de describir hechos tal como ocurrieron, sino mostrar alguna lección, a veces de carácter moral, de los eventos relatados.

Pero también existe la “historia mitológica”, que podría definirse como una narración en la que son mezclados tanto elementos del estudio histórico como relatos fantásticos, propios de los mitos. La historia de México, tal como es narrada en los libros escolares, es el mejor ejemplo. En este caso, la descripción histórica se caracteriza por relatar hazañas espectaculares (por ejemplo, el Pípila, el Niño Artillero, etc.) y por dar explicaciones de las causas de los acontecimientos históricos en términos de roles de personajes novelescos: unos son los héroes, otros son los villanos. Esto se debe a que la pretensión de la “historia mitológica” es, en parte, la misma del mito: aleccionar a las nuevas generaciones mediante la narración de aquellas gestas legendarias. En este sentido, la “historia mitológica” se presenta como un modo de justificación ideológica en la que se intenta dar legitimidad a las políticas del presente presentando sus antecedentes históricos. Así, la “historia mitológica” pinta una imagen global de la historia del país, en la que los males y desgracias, pasados y presentes, han sido causados por villanos (los españoles, los conservadores, los norteamericanos, los franceses, Porfirio Díaz, etc.), mientras que los logros y avances importantes se han debido gracias a los actos heroicos de los próceres patrios (los insurgentes, los liberales, los revolucionarios, etc.).

La llamada Cuarta Transformación tiene su “historia mitológica” que es, de hecho, la misma de los libros de texto de primaria. Esta historia se puede descifrar desde el logo del gobierno de la república, en el que las figuras de Miguel Hidalgo, José María Morelos, Benito Juárez, Francisco I. Madero y el tata Lázaro Cárdenas aparecen en orden cronológico. Son éstos los grandes héroes –desde luego, hay otros que no alcanzaron cupo en el logo, como Zapata o Villa- que nos dieron patria y libertad, y cada uno de ellos representa las tres grandes transformaciones nacionales: la Independencia, la Reforma y la Revolución.

Por supuesto, los historiadores no se cansan de mostrar que los acontecimientos históricos manifiestan una gran complejidad, irreductible a una interpretación simplista en términos de luchas de “héroes y villanos”, tal como lo propone la “historia mitológica”. Recientes descubrimientos arqueológicos han evidenciado que la imagen romántica del mundo prehispánico, en el que las diferentes etnias vivían en paz y armonía antes de la llegada de los europeos, dista mucho de ser real; en concreto, los ominosos relatos de Bernal Díaz del Castillo acerca de la cultura mexica, otrora demeritadas por servir como justificación de la conquista española, hasta palidecen frente a lo que han revelado tales descubrimientos. Por otro lado, el hecho de que la Independencia de México se haya debido a que el clero y la aristocracia novohispana decidió apoyar, de un momento a otro, a los insurgentes –reducidos en la década de los 1820 a un puñado de guerrilleros lidereados por Vicente Guerrero, cuya lucha no tenía futuro alguno- como respuesta a las reformas liberales de Rafael de Riego en España, no cuadra muy bien con el relato mitológico acerca de la lucha insurgente. El caso de la Revolución mexicana es aún peor: la “historia mitológica” coloca en el mismo panteón a personajes históricos que realmente eran adversarios, cuyos objetivos eran muy distintos e incluso antagónicos.

En todo caso, la 4T no solo se apoya ideológicamente en esta concepción romántica, superficial y chapucera de la historia nacional, sino que pretende elaborar ya su propio episodio. ¿En qué consiste la mitología de esta “nueva etapa” histórica? Según esto, a partir de 1982 se impuso, por presiones del Fondo Monetario Internacional y otros organismos financieros mundiales, el “modelo neoliberal”. Este supuesto modelo político y económico ha sido, de acuerdo con este relato, el responsable de los problemas más recientes del país. Así, los gobiernos neoliberales se habrían encargado de desmantelar el estado de bienestar social y la economía estatista-nacionalista, privatizando las empresas paraestatales e implementado una estrategia para debilitar a las instituciones de salud y educación pública, para posteriormente privatizarlas también. Entre tanto, dichos gobiernos habrían fraguado oscuros contubernios con grupos empresariales para obtener privilegios mutuamente, ya sea al margen de la ley, ya sea modificándola para cuadrar con estos intereses. A resultas de todo lo anterior, la política mexicana se ha corrompido y la economía se ha puesto al servicio de los ricos y poderosos.

De esta manera, la “historia mitológica” de la 4T presentaría al nuevo gobierno como continuador de aquella línea heroica del pasado, solo que ahora la lucha ya no se realizaría mediante las armas sino mediante una revolución pacífica, desde las instituciones. Y como en toda mitología es necesaria una figura heroica, la 4T tiene el suyo, quien no es otro sino el mismo Andrés Manuel López Obrador quien, en las dimensiones que ha llegado a adquirir esta mitología, se ha presentado claramente como un líder mesiánico. Por ende, la mitología del lopezobradorismo se ha encargado de resucitar el caudillismo, tan caro para la historia latinoamericana. De igual forma, en este relato se muestra una cierta imagen nostálgica del modelo estatista-nacionalista, heredado de la Revolución, que se caracterizó por el intervencionismo gubernamental y el proteccionismo. Esta nostalgia por el viejo modelo permitiría entender muchas de las propuestas e iniciativas de la actual administración.

La cuestión es qué tanto estas interpretaciones históricas se corresponden con los hechos. Para empezar, ¿se sostiene la teoría conspirativa de la imposición extranjera del neoliberalismo? En principio, los proponentes del término “neoliberalismo” no se han tomado la molestia de definirlo con precisión –vagamente, dicho término alude al libertarismo, a la economía neoclásica y a las políticas de libre mercado-. En el fondo, no es más que un anatema utilizado por la izquierda latinoamericana para denostar cualquier postura rival. Sin embargo, podríamos reformular la pregunta para analizar la cuestión de forma más precisa. Entonces, la pregunta más bien sería: ¿es el caso que México se ha convertido, desde la década de los ochenta, en un sistema capitalista puro y salvaje? De acuerdo con el Índice de Libertad Económica (https://www.heritage.org/index/country/mexico Fecha de consulta: 22/11/2020), la república mexicana ocupa el lugar número 64 en el listado de países con mayor libertad económica; esa posición se explica por los altos niveles de gasto gubernamental, los altos gravámenes al ingreso y las ganancias, así como las regulaciones estatales, todavía muy numerosas, a las que están sujetas las actividades económicas. Es decir, estamos muy lejos de ser el capitalismo de laissez-faire que ha pregonado en tono de alarma la izquierda nacional.

Es propio de las interpretaciones superfluas de la historia considerar que todos los problemas son provocados por un solo factor. La hipótesis de que esa entidad ficticia llamada “neoliberalismo” representa semejante factor simplemente carece de fundamentos, pero retóricamente resulta muy eficaz. ¿Qué puede ser más persuasivo que enfocar todos los problemas en una causa única, sea real o imaginaria?

Sin embargo, hay algunos puntos del diagnóstico de la 4T que pueden ser parcialmente ciertos. Es innegable que en México han existido ciertas prácticas que los economistas denominan como crony capitalism -que se podría traducir coloquialmente como “capitalismo de cuates”-, en el que se obtienen jugosas ganancias por medio de alianzas entre hombres de negocios y la clase política. Pero esto no inició en 1982, sino que es una de las más nefastas herencias del modelo estatista-nacionalista. El proteccionismo económico significa, siempre y en todo lugar, protección de intereses particulares –por ejemplo, la imposición de aranceles se argumenta como una medida para “proteger” a los empleos locales, pero en realidad provoca que las empresas beneficiadas por los aranceles vendan sus bienes y servicios a altos precios, sin preocuparse por su calidad, lo que irremediablemente perjudica a los consumidores-. Por lo cual, la receta más efectiva contra el “capitalismo de cuates” es la libre competencia. De ahí que, si se pretende “acabar con los privilegios”, regresando a las políticas estatistas, se estará intentando combatir el incendio arrojando gasolina.

Claro está, los ideólogos del lopezobradorismo convenientemente omiten los problemas del viejo modelo estatista-nacionalista que tanto añoran. En su “historia mitológica”, no se menciona la ineficiencia de las empresas paraestatales, los vaivenes de la economía producidos por la dependencia en las exportaciones petroleras y los excesivos gastos gubernamentales, con sus respectivos déficits presupuestales, que condujeron a la adopción de políticas inflacionarias; factores que, en su conjunto, causaron las devaluaciones y crisis económicas de los años setenta y ochenta. Aquí sí aplica la amnesia histórica.

Por otra parte, la ineficiencia de las instituciones de bienestar social no necesariamente se puede atribuir a la liberación económica –y los sistemas de bienestar social europeos se pueden citar como los mejores contraejemplos-, sino que es una consecuencia de su propio carácter público. La razón principal es la siguiente: dado que sus recursos provienen del erario público, éstos están, de cierta forma, garantizados, de lo que resulta que no existen incentivos para que se ofrezca un servicio eficiente al usuario. Añádase que la burocracia, que es ineficiente por naturaleza, no toma decisiones en función de los resultados; las toma en razón de intereses políticos. Si estas instituciones son propensas a la corrupción, se debe a su misma organización burocrática, pues sus funcionarios no tienen necesidad de asumir los costos de sus decisiones: pase lo que pase, los ingresos están garantizados. En consecuencia, la teoría conspirativa de que los gobiernos neoliberales “dejaron caer” a las instituciones de bienestar social para privatizarlas simplemente no se sostiene. Más bien, si nos preocupamos por el terrible nivel en que éstas se encuentran, habría que identificar primero sus problemas específicos y luego proponer incentivos que permitan brindar un buen servicio a los usuarios.

En suma, los males que aquejan a nuestro país no pueden ser explicados en términos tan reduccionistas. El problema es que, de un diagnóstico fantasioso e incorrecto de la situación socioeconómica y política del país, no se pueden esperar políticas correctas para resolverlos. Por supuesto, no pretendo sugerir que los errores y torpezas de la actual administración se deriven directamente de su concepción de la historia nacional. Mas puede darnos una idea de cómo razonan y cómo actúan sus representantes. Esto es útil para saber a qué atenernos.

Muestra de ello es que, hoy por hoy, los canales de comunicación entre gobierno y sociedad civil están sujetos a la aceptación incondicional de las opiniones y dictados del gran líder. Si su concepción histórica se caracteriza por la lucha entre héroes y villanos, esta lucha, a los ojos de ideólogos y simpatizantes del caudillo, está más viva que nunca en el debate público. Esto los lleva a pensar que su misión, como futuros próceres de la patria, es defender a toda costa al gran jerarca ideológico. A final de cuentas, creen que están haciendo historia; aunque, para su desgracia, solo están viviendo mentalmente su propia “historia mitológica”. El gran problema es que, en el terreno de los hechos, nos están conduciendo a todos al despeñadero.

Publicado en Análisis social
Martes, 20 Agosto 2019 03:40

Si Dios está conmigo ¿quién contra mí?

Si Dios está conmigo ¿quién contra mí?

Por Mario Grana

 

Dos jinetes se encuentran en medio de un solitario páramo. Caballeros armados que levantan sus viseras e intercambian saludos según corresponde a su honor y a la cortesía. Después de este ritual, uno de los caballeros informa a su homólogo que se dirige al encuentro con su hermosa y muy querida amiga (amada) quien es, a su parecer, la más hermosa de todas las mujeres bajo el cielo y que si alguien duda de ello tendrá que combatir con él, quien tendrá el favor de Dios como juez y le otorgará la victoria, legitimado así tanto su honor como su aseveración sobre su amiga.

El otro caballero, responde que cómo puede él dar la razón a lo expresado, si él mismo no ha visto con sus propios ojos, ni conoce a la mujer susodicha. Pero su razonamiento es rechazado y en instante ambos caballeros se arman con sus espadas y escudos y la pugna comienza.

Este es un episodio dentro de una novela romántica, de fantasía caballeresca, encontrada en los relatos del “Amadís de Gaula”. En ella encontramos la alegoría al honor en las justas, presididas por el mismísimo Dios, quien siempre tendrá en su favor a los nobles caballeros y sus ideales. La justa, el combate, termina con el caballero que no juró sobre la aseveración de la belleza de la amada de su homólogo vencido y magullado por los golpes del orgulloso y presuntuoso que defendía “el honor” de su amada.

Traer a nuestro horizonte, a nuestros paradigmas éticos este conflicto ficticio, genera una discordancia, una fractura en nuestro condicionamiento ético, pues los ideales son tan incompatibles que difícilmente, o imposiblemente, podremos comprender la necesidad o la razón para ir rompiendo madres a todo aquel que no jure que nuestra amada o amado, es el más hermoso del mundo.

Abriendo nuestro juicio, extendiendo nuestro criterio para comprender este paradigma, podremos encontrar analogías a tales ideales, las encontramos en situaciones cotidianas y comunes que, aunque comunes y cotidianas, no dejan de ser miserables y mediocres: Defender el “honor” de nuestro equipo deportivo; defender el “honor” de nuestros símbolos patrios; defender el “honor” de nuestro barrio; de nuestra familia; de nuestra novia, esposa, esposo, novio, hermano.

Los ideales románticos que quizá en algún momento histórico fueron tan pesados como nuestro actual entendimiento de derechos civiles y humanos, nunca han abandonado a la sociedad (a considerar). Esos ideales de antaño, de ambigüedad conceptual, siguen vigentes quizá en distintos objetos, pero con el mismo valor intrínseco por el cual se suceden atroces actos que encuentran su justificación en tales valores.

“La libertad”; “La justicia”; “La paz”; “La igualdad”... payasadas ideológicas que son necesarias para mantener en pie el sentido significativo de aquello que es naturalmente humano. Quizá y tras leer lo anterior, piense que existe un error en esta aseveración, pero no es así, intercambie los anteriores conceptos por otros infames que nuestra modernidad ha estigmatizado como “ideologías” huecas y fallidas: “Religión”; “Populismo”; “Neoliberalismo”; “Comunismo”, entre otras.

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Los conceptos ideológicos y sus doctrinas, piedras angulares de toda idealización de la sociedad, no son sino simples romanticismos que han acompañado las diversas culturas a lo largo y ancho de la historia humana y sus múltiples sociedades. Y han sido tan pesadas sus cargas significativas que la huella histórica ha creado un vórtice que poco a poco ha consumido el progreso que la humanidad ha logrado por diversos métodos, desde los pacíficos hasta los violentos: La razón y la objetividad comienzan ahora a sumirse en este hoyo, en el vacío significativo que todo lo licua en la opacidad del ideal romántico.

En un texto publicado en este mismo portal, se celebra la existencia de mujeres violentas “que quiebra vidrios, que quema banderas, que raya monumentos, que rompe con el orden!” (sic) y la justificación de éste su sentir, se encuentra en otro ideal romántico, en un sujeto o entidad figurativa martirizada, en lo que, en nuestra área de estudios, se conoce como “héroe trágico”: La mujer sufrida y harta.

Sin embargo, no vine aquí para hablar de esa figuración, de la mancha viscosa que su turbio paso por nuestra cultura genera o significa. No, no puedo hablar en contra de los actos acaecidos en nuestras ciudades durante los últimos días a manos de las feministas; y no puedo porque comprendo la obstrucción virtual de mi actuar si decidiera expresar mi sentir como lo expresó así el autor del texto arriba mencionado, porque tal obstrucción se encuentra en una potencia ejercida en la “externalidad” de mi persona: el deber.

Se ha dejado claro, en redes sociales y en el “sentir” de la vox pópuli, que no se debe hablar en contra de este mal llamado “movimiento feminista”, pues hacer significa ir “contra-natura” del motor romántico ideal que le ha dado justificación; por lo tanto, estoy aquí para hablar sobre ese motor que nace de los vestigios ideológicos de antaño, de esa ideología retrógrada que dicotomiza y polariza, que segrega y falsamente une a sus simpatizantes bajo la sombra de una falsa bandera.

Pues desde el momento que el secretario de seguridad de la CDMX, Jesús Orta, fue agredido por miembros de este recién nacido-pseudo-movimiento, con polvo de brillantina, nació por igual (o debería explicar, mejor), “resurgió” al mismo tiempo, aquella idea romántica y retrógrada que llevó a aquel caballero ficticio de la novela del Amadís de Gaula, a tomar el acero de su espada y golpear salvaje y furiosamente al inocente (de cualquier culpa) caballero que no juró que la amada de aquel otro caballero, era la más hermosa de todas.

La anterior analogía, se balancea en la fragilidad de la falsedad, no por mi empeño en generar desprestigio al movimiento, sino porque éste mismo careció desde su nacimiento de toda razón. “¿Por qué he de luchar por alguien que no conozco?” le interpeló el inocente caballero, ¿por qué habría de jurar algo que se le impone y no que nace de su juicio y razón? Pero el orgulloso y presuntuoso caballero no entendía de razones, pues él tenía a su favor el juicio divino, Dios mismo era su juez y ante Dios no existe razón humana que valga o sea escuchada.

Asimismo, el movimiento feminista de la CDMX no necesitaba razones, alno existir, pues su falso razonamiento surge de una apelación al sentimiento, de un error que siempre concluirá en la justificación “divina”: ¿Qué razón existe que sea mayor que el sufrimiento de la menor de edad, víctima de un terrible crimen?

El movimiento feminista y su razón fracturada, no me imputó ni me indignó, no me interesó cuántos vidrios rompieron o a cuántas personas “ajusticiaron” con el polvo de brillantina, lo que me llenó de asco y miedo, esa ambivalencia que persiste hasta el día de hoy, fue observar cómo la sociedad en mayoría, (en redes sociales y medios de comunicación) celebraron el actuar del caballero que llenó de golpes y magulladuras al inocente jinete cuya única culpa fue estar ahí, en el momento y cruzarse en el camino del ostentoso, orgulloso y presuntuoso caballero enamorado.

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Fui testigo de cómo amigos, colegas y conocidos en general, entre ellos personas a quienes respeto por su gran labor como profesor o críticos, fueron presas de esta hambrienta “ideologización” cuyo símbolo fue el polvo de brillantina. No podía dar crédito a lo que observaba, se celebraba el actuar de estas personas, sobre este errado razonamiento tu quoque y lo hacían sin chistar.

Si creí que en algún momento esta contaminación en mis amigos y conocidos residiría ante el criterio, estuve errado. En el paso de estos días, este ideal romántico que no llama a la razón ni al progreso, ha incrementado su ímpetu y se ha legitimado esta retrógrada forma de pensamiento donde el sentir es absoluto. Ahora se mueve de la falsa equivalencia a la generalización apresurada. Paris González Aguirre asegura que la voz de estas personas en este movimiento, ¡es la voz de todas las mujeres!

Asegura que la atención se ha manipulado para desprestigiar este grito de exigencia, justificadamente colérico, cuando ésta atención se vierte sobre las víctimas de este movimiento feminista y no sobre sus berrinches manifiestos. Y continúa ejemplificando sobre las reacciones y repuestas, tanto de la comunidad general, como de figuras de autoridad, en aras de desprestigiar lo que el autor observa como “justa demanda”, ante un sistema fallido, ante una aparente (a considerar) omisión del grave problema que aflige al país en temas e inseguridad.

El autor asegura en sus primeras líneas que pese a su condición como hombre, como “cisgénero” (lo que sea que eso sea) y como padre de familia, tiene la capacidad para “ver la foto completa”, pero ¿qué importa si el autor es hombre o mujer? ¿Qué facultad le eroga o le prestigia su condición? Y ¿cómo puede el autor hablar de una “foto completa” de un criterio objetivo que antes confesó sesgado, cuando celebra la existencia de una entidad colectiva que atropella los objetivos mismos que exige y presume blandir en el sello de sus estandartes?

Fui increpado, la noche anterior, por un buen amigo quien me recordó que “el hombre no sólo está hecho de razón, sino también de sentir”. Quedé mudo ante el sofisma que se me presentó; posterior a haber leído el texto de Paris González Aguirre; posterior a haber atestiguado cómo doctores de mi profesión, a los que suponía contaban con un criterio objetivo y amplio, compartían “memes” en que se reproducía ese asqueroso tu quoque, ese retrógrado ideal romántico medievalista en que se apela al sentimiento como justificación de cualquier barbarie, en la seguridad de estar armado con la coraza divina de una moral favorecida por el mismo Dios, quien se place de ver cómo su nombre es usado para obtener impunidad a los atroces pecados cometidos.

No, no pude quedarme callado, aunque debía so pena de ser aporreado por la espada de la justicia social, pervertida en un aparente “hartazgo” que no es sino una válvula de escape que utiliza despreciablemente el dolor de una joven víctima, de miles de víctimas para hacer a su antojo, para blandir a su antojo el acero de su “justicia”.

¿Cómo podía mantenerme callado cuando el propio París González Aguirre, en su brevísima guía de la mediocridad y el retrogradismo, perpetúa la versión polarizada que a todos nosotros, arriesgándome a la generalización, nos golpeó el hígado, cuando la población general y figuras de autoridad aseguraban que “si una mujer no quiere ser violada, que se quede en casa; que no salga a fiestas; que no anda sola en la noche”?
La solución y justificación que presenta el autor ante la barbarie que se cobija en falsos ideales románticos como “justicia” y “hartazgo”, fue que los hombres no deben presentarse en las manifestaciones feministas, si no quieren ser víctimas de las mujeres, que no se les pongan enfrente. Y recuerdo las advertencias de aquella mujer, capturada en video, quien alza su voz contra el equipo de periodistas: “No pasen por ahí, los van a golpear”.

No, no puedo tolerar este retroceso. Me repugna pensar que amigas mías perpetúan estas falacias, me hielan las entrañas imaginar los repudios que merecerán estas palabras bajo ese mismo razonamiento quebrado: ¿“cómo te puede indignar más unos vidrios que el sufrimiento y las vidas de las mujeres”? No me importan los vidrios, ni los monumentos y quien me conoce sabe que sostengo tanto amor a la arquitectura histórica como lo tengo al reguetón o a la música banda. En verdad, confieso y suplico que se me entienda: ¡No me importan!

El pobre filántropo que existe en mí, se perfila hacia el presente y el futuro de la sociedad, no hacia su pasado o el legado de éste: pues no existe más importante legado que aquel que se construye en la estructura cultural que nos conforma: los legados histórico-artísticos deben preservarse, pero nunca sobreponerse a los valores y objetivos del progreso social. Preservar el legado artístico, es consumirlo, hacerlo parte de nuestro horizonte y no sólo elevarlo en falsos altares, pero esto es otro tema.

Las verdaderas luchas, aquellas que legaron libertades y valores, aquellas que nos han dado cimiento a nuestra cultura, son los monumentos que se deben preservar. Y aunque este grupo de personas que se han infectado por la ideología romántica de este pseudo-movimiento, están pujando por darle una posición equitativa a tales acontecimientos históricos, tal como se lo presenté a un amigo, cuando aseguraba que los monumentos obtienen su valor directamente de las creencias que las personas le asignan, no puedo ver ninguna “revolución” ni puedo equiparar los berrinches sociales de estas manifestaciones, a cambios paradigmáticos, ni mucho menos a un acontecimiento “histórico”. ¿Por qué? Porque mientras exista una sola voz, una voz de una mujer, mexicana, madura en su criterio, que asegure “no me representan”, cualquier “legitimidad” que este pseudo-movimiento presuma esgrimir, desde su errado y fallido razonamiento, puedo estar seguro que tanto ella como yo, y otros cientos (quizá), no somos una “excepción”; no somos “pendejos” que valoran más unos cristalitos.

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Y para ponerlo en una analogía popular de fácil entendimiento, no apoyamos ni a Bart Simpson, ni a su hermana Lisa Simpson, en aquella escena donde, enrolados en un pleito familiar, Bart asegura que: “pasará haciendo ésto (agitando sus puños) y que si la golpea será su culpa” a lo que Lisa responde: “¿A sí?, pues yo pasaré haciendo ésto (lanzando patadas) y si lo golpea será su culpa”. Si Paris González Aguirre asegura que ésta es la solución al problema, si el propio pseudo-movimiento no puede observar la falla en su razón que amenaza con dar de golpes con una oxidada espada a quien no esté en su favor, entonces la violencia contra las mujeres nunca encontrará una solución. Repetir, imitar las acciones del enemigo sólo tendrá resultados cuando uno de ambos consiga el arma más poderosa. Pero desde un verdadero vistazo a la foto: polarizar la sociedad en aliados y enemigos ya es la derrota de cualquier guerra, antes que ésta inicie.

Maldito Estado violador. Y malditos todos sus aliados que no se unan para violarlo.

Publicado en Análisis social

El ser humano busca incesantemente llenar de sentido todo aquello que lo rodea. La historia de la humanidad, de la cultura y las creencias, nos ha mostrado como nuestra especie intenta justificar constantemente la necesidad de un "algo", un "alguien", que logre responder todas las preguntas que surgen de aquellos fenómenos que no tienen una explicación inmediata. La necesidad de encontrar una respuesta nos ha llevado a expandir nuestros deseos en la mente del otro, en el cercano vecino que comparte la misma inquietud o la misma necesidad de ser escuchado, recurriendo, así, a los grupos o subculturas que han encontrado el vivo reflejo en tiempos actuales.

Estas subculturas nos muestran la cara falsa de paridad, se presentan con las puertas abiertas y nos arropan en un abrazo de enajenación que impide la total libertad de nuestra expresión personal. No sin antes agregarnos, de una forma sutil, a la colectividad de su postura, logrando la aceptación mínima requerida en nuestra conceptualización ideológica.

Los mecanismos por los cuales nos atrapan este tipo de culturas posmodernas, encuentran importante eco en los medios masivos de comunicación, en especifico, a través de las redes sociales, las cuales dan certeza de sentirnos incluidos en el movimiento permitiendo que nos expresemos en la corriente que elegimos adherirnos, pero ¿qué hay en el fondo de nosotros que hace que nos movamos a realizar este tipo de actos? ¿Por qué decidimos sentirnos aceptados y reconocidos por los demás? En palabras de la sociología, vemos que la necesidad de la pertenencia a un grupo determinado es el resultado de nuestro deseo de no ser excluidos individualmente del resto del colectivo humano; es esa necesidad imperante de ser escuchados, tomados en cuenta y votados, a través de nuestros gustos y decisiones, que vamos adoptando, en el transcurso de nuestro acontecer, diferentes ideas con las cuales podamos entrelazar lazos con nuestros semejantes. La necesidad de pertenencia, de inclusión, nos hace interactuar con los otros, actualmente, a través de las redes sociales, defendiendo posturas e ideas de una manera férrea y, muchas veces, alejada de la razón.

Aristóteles reconocía al individuo como un animal político (Zoon politicón) el cual necesita del colectivo para ser reconocido, ser y actuar, ser y ser contado. Vemos entonces que en aras de la modernidad, en la tendencia del capitalismo, se hace presente la necesidad de reconocimiento de los individuos, el cual es el que da pie a nazcan este tipo de subculturas, mismas que abren las puertas para que todo aquel que se sienta no adaptado tenga un lugar asegurado en sus filas, ya que es en el residuo del mal funcionamiento del capitalismo como los seres humanos se han visto orillados a conformar movimientos en desacuerdo con los preceptos básicos del sistema, sumando esfuerzos para lograr acciones y propuestas independientes.

Estamos sujetos a cubrir necesidades complejas, individuales, personales, obscuras, en fin, somos tan complejos y tan contradictorios a la vez, que en nuestro afán de llenar y expresar nos orillamos a seguir tendencias, idealismos, movimientos, los cuales, por su falta de claridad, terminan mal interpretando el sentido o la postura por la cual se realiza, dando como resultado individuos totalmente desubicados, incoherentes e incapaces de poder definir el ideal que persigue el movimiento al cual están adheridos.

Vemos ejemplos modernos contradictorios, tales como: marxistas-guadalupanos trasnochados, chairos intelectuales, blogeros mediocres (los más peligrosos de todos), feministas extremistas, pachamamones capitalistas, greenpeaceros industriales, falsos líderes espirituales, indígenas del mundo, pro a todas las causas del mundo y de la sociedad, probici, proárboles, en fin, una lista interminable sobre luchas, que sólo los pocos que han imaginado la utopía lo entienden y los adeptos o agregados son los que, en sus palabras, pagan los platos rotos, al ridiculizarse por no poder defender su postura, al tratar de explicar en palabras de a peso logran cavar su propia tumba y no pueden siquiera mostrar la base del andamiaje ideológico del cual tanto presumen y el cual tanto defienden. La pregunta que queda en el aire es ¿será posible que los adeptos a esta posmodernidad tengan consciencia lo que en verdad persigue el movimiento al cual pertenecen? No queda más que intentar descifrar y entender estos fenómenos sociales que han nacido y se siguen propagando en está modernidad que distorsiona la información, pervierte los conceptos y no permite que la reflexión y el razonamiento logre formar parte de sus filas.

Publicado en Análisis social

Es verdad que para una mayor comodidad como individuos buscamos formas de pensar preconcebidas, mismas que nos facilitarán el acceso a los códigos y el mundo que nos rodea. De esta manera no requerimos usar, en cada esquina, todo nuestro pensamiento para resolver situaciones sencillas.

Es por ello que recurrimos a ese conjunto de ideas, de prejuicios, de oraciones preescritas, y las ensalzamos como una reacción fácil e, incluso, políticamente correcta ante cualquier situación ajena a nosotros mismos. Con las ideologías buscamos sentirnos parte de algo, ser radicales o bien conservadores, todo esto de acuerdo a un grupo social determinado al cual pertenecemos o deseamos pertenecer.

Lo que me resulta del todo curioso es la propagación de ciertas ideas, la aceptación de las mismas por un conjunto de sujetos sin que medie una reflexión acerca del porqué de dicha adopción conceptual.

El mundo actual, ese construido dentro de las redes sociales, se ha configurado desde una perspectiva maniqueísta, donde las acciones son buenas o son malas – no son dignas de la problematización y mucho menos del debate-, haciendo que nosotros tengamos solamente dos opciones: a favor o en contra.

Si yo estoy a favor, toda una carga ideológica viene a asumirme como persona, cambian mis tipos de publicaciones y no es necesario que tenga que explicar a alguien los motivos por los cuales estoy a favor, ya que se dan por entendidos. Pero si estoy en contra, además de estar en la postura incorrecta –sabemos que a nuestra mente le es más difícil aceptar esquemas negativos que positivos-, recaerá todo el peso de la explicación y de la argumentación sobre esa persona.

Pienso en casos concretos. El ciclismo. Cuando una persona, en Facebook, decide adherirse a una corriente en pro del uso de la bicicleta, no es necesario que medie la reflexión en esa decisión, ya que sabemos que “es lo correcto”, al mismo tiempo que nos lo demuestran ciertas falacias de autoridad: “los europeos usan más la bici que el coche” y, evidentemente, si los europeos lo hacen es porque están en lo correcto.

La bicicleta deja de ser un simple medio de transporte, se convierte en un vehículo por el cual se propagan nuevas ideas, mismas que traen en sí configuradas toda una carga ideológica a la que no todos pueden acceder, ya que el grupo impone ciertas condiciones sociales, económicas y educativas, a sus nuevos miembros.

El ciclista que ha acudido a su trabajo todas las mañanas, usando este transporte, en los últimos cincuenta años, no podrá formar parte de estas nuevas ideas de “liberación”, ya que no cumple con una de las condiciones primordiales: juventud.

Pero esto no resulta tan extraño. Es, hasta cierto punto, normal que adoptemos nuevas ideas y reclamemos el uso del espacio para poderlas ejecutar, lo extraño llega a resultar en el ámbito de la argumentación, cuando los sujetos que enarbolan nuevas ideas dejan de pensarse como individuos y se piensan como masa, generando respuestas casi automáticas para cualquier situación.

Cuando la ideología habla se anula cualquier posibilidad de razonamiento en el individuo, ya que sólo responderá a los estímulos externos – aquellos que atenten contra su forma de pensar- como un acto reflejo.

El ciclista, entonces, podrá ver todo el mal que hacen a la sociedad aquellos que no piensen como él, los que decidieron seguir usando sus coches – aunque tengan que moverse diariamente 100 kilómetros-, los que no quieren formar parte de una nueva “cultura vial”, los que no quieren ser sujetos “sanos” y, sobre todo, aquellos que dejaron de pensar y no se subieron a las dos ruedas.

Este tipo de ataques, lanzados a través de múltiples perfiles y justificados en “el bien común”, dan mucho que pensar, pues antes de promover una cultura de equidad o de responsabilidad social, es preferible la promoción de una visión violenta de aquellos que son “débiles”. Ese uso justificado de la violencia orilla a todo sujeto que no tenga las mismas concepciones ideológicas a guardar silencio, ante lo que pareciera uno de los nuevos tabús generados dentro de la red de redes.

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