Y Roma Llora: el asesino de vagabundos en la literatura

Por: Mónica Arana

Alda Teodorani, una de las plumas italianas femeninas más viscerales de los géneros gore y splatter, emergió en la década de los noventa como miembro de una corriente literaria conocida como los CANNIBALI y a ella se le atribuye también la aparición de la corriente NEO-NOIR italiana. Se catapultó con el cuento Y Roma llora aparecido dentro de la antología Juventud caníbal publicada en 1996 por Mondadori. Un hito en ventas y en aceptación tanto de la crítica como del público en general.

Y Roma llora está narrado en primera persona por un ser anónimo y jactancioso que lleva de paseo al lector a una ciudad que, como un iceberg, le brinda a la mayoría una “punta” de hermoso atractivo turístico; pero que al que llega a ella con otros fines, le revela un monstruoso sitio debajo de la superficie. ¿Acaso no todas las ciudades son así? ¿Acaso no somos esos seres que se mueven en uno o dos niveles del “iceberg” pero nos permanece velado el último de sus extremos, ya sea el de arriba o el de abajo? Es decir, que a veces no nos damos cuenta de lo que pasa y se siente en las altas esferas, sin embargo, nos resulta fácil suponerlo; lo vemos plasmado en series, novelas, películas, revistas, chismes de gente que trabaja para ellos, tenemos amigos, qué sé yo… Siempre es más fácil saber lo que hay y lo que es el “iceberg” en medio y arriba. Pero irremediablemente nos distanciamos u obviamos lo de abajo, lo que esconde en las profundidades que no estamos dispuestos a visitar. Precisamente ese nivel desconocido y temido es lo que le pega de lleno en la cara al lector de Teodorani con este cuento. Una voz sin nombre, pero sí con pasado, presente y futuro nos cuenta que Roma es el cielo para los turistas, un limbo complicado para los que llegan como él, a ganarse la vida desde provincia y, un verdadero infierno para quienes no pueden escapar de ser descritos como escoria en una ciudad europea (en realidad en todas las ciudades): vagabundos, drogadictos, gitanos, limpiaparabrisas, mendigos, etc.

La gentrificación (recuerden que el protagonista renuncia a comer en su tasca de siempre porque ya aumentaron los precios y es visitada por gente que ya no luce como él) y el turismo salvaje son las primeras líneas que enuncia nuestro anónimo, es lo primero que parece odiar. No obstante, al avanzar en la narración, nos damos cuenta de que lo que odiaba era su propia existencia en dicha ciudad, el estar expuesto a los trabajillos que lo igualaban a migrantes ilegales y demás “gentuza” aunque él fuera italiano; estaba harto de escuchar propuestas sexuales como en un principio pensó que era la del anciano que terminó contratándolo para “limpiar” la ciudad. Pero dicho hartazgo se acaba cuando se convierte en el ángel exterminador de un viejo agonizante que como “bucket list” se ha propuesto barrer la zona que habita, librarla de la podredumbre humana que la satura junto a los turistas. Incluso en estas secuencias las frases y saltos de acción del anónimo protagonista son vertiginosas y llenas de vida. Lo alimenta y emociona liquidar personas que podrían ser él pero finalmente no lo son, son inferiores, viven más abajo en el “iceberg” ¿Cómo podría identificarse con ellos? o más bien ¿no los elimina con tanto placer porque precisamente ve reflejado en ellos algo propio? A fin de cuentas, tampoco resulta ser de la posición y distinción que el moribundo contratante, pero sin duda, nunca sería uno más de los invisibles, esos que elimina violenta y sádicamente y cuyos cuerpos son recogidos sin lágrimas ni espanto a la mañana siguiente.

No se dejen llevar. Este texto no es de denuncia. No fue escrito para revelar que las ciudades europeas están llenas de xenófobos y aporofóbicos; tampoco pretende incitar a la violencia contra los marginados. No es una realidad y al mismo tiempo es ésta. ¿Cómo explicarlo? Recuerden lo mismo que sienten y piensan con la literatura del narco y de la violencia en la frontera en México… ¿Se dan cuenta? Este texto plasma una posibilidad de esas realidades, pero la plasma lo más grotescamente posible, porque así es ese nivel del “iceberg” que nos negamos a visitar y conocer. Así se vive y muere en los centros históricos tugurizados y en los cinturones de pobreza de las ciudades. Así de grotesco, violento y extrañamente vívido es el mundo de los invisibles. Ese mundo de muertos que están destinados a aparecer, en el mejor de los casos, sólo en medios amarillista o de nota roja, como esa que recientemente leí: un total de cinco personas en situación de calle, en zona centro y rosa de Guadalajara, durante la segunda quincena de octubre fueron encontrados tendidos sobre su lecho de garras y cartón con las cabezas explotadas tras el golpe de una enorme piedra. Parece que Guadalajara también llora.

Y Roma llora (Cuento)

Alda Teodorani

«Y Roma llora», en Juventud caníbal. Antología del horror extremo, Grijalbo Mondadori, Edición de Daniele Brolli, Traducción Juan Vivanco, Madrid, 1998, pp. 55-62. (Tomado de https://docplayer.es/28916383-Antologia-novela-negra-roberto-herrera-gallardo-encarni-lopez-gonzalvez.html#show_full_text .)

Por la noche Roma llora. Fue la primera impresión que tuve de la ciudad cuando llegué, hace tres años, huyendo de un pueblecito de la provincia de Calabria. Al principio era invierno, y el cielo, al atardecer, se teñía de rojo. Un rojo encendido. Ya había oído hablar de los famosos crepúsculos de Roma, pero creía que era un cuento para atraer a los turistas. Sin embargo, es verdad: al atardecer, todos los atardeceres, Roma, en el crepúsculo, se tiñe de rojo. A veces hasta cuando llueve. Los tejados, las calles, los edificios, las antenas de televisión (cuántas antenas), todo refleja el rojo de esa sangre repentina. Cuando llegué me costó mucho encontrar trabajo. Vendía pañuelos de papel y ambientadores de coche en los semáforos, y apenas me alcanzaba para pagar la pensión donde dormía y las comidas en cualquier tasca del Trastevere. Luego, de pronto, hasta las tascas se pusieron de moda, y me encontré con que los precios aumentaban y la gente que iba a comer era cada vez más elegante. Un día el camarero tunecino me llevó el menú: pasta y judías, 15.000 liras. Entonces me di cuenta de que el Trastevere no era lo mío, y me trasladé a Termini. La estación central de Roma es una araña gorda que se lo traga gordo, esa fue mi primera impresión. Empecé a ir a comer a un centro de caridad, a poca distancia de Termini, y a vivir junto a ellos, los vagabundos. No parecían tantos hasta que no los veías juntos, y se reunían todos allí. Se plantaban delante del quiosco de la estación, delante de la farmacia, y molestaban a la gente. Conocían a todos los comerciantes y lograban que los chicos de la tienda de dulces les regalaran helados. Nadie decía nada. Pero eso, lo aprendí más tarde, era una característica de la ciudad. Por lo menos hasta que llegué yo. Al principio los controladores de la entrada me dejaban pasar sin billete. Luego empezaron a poner pegas. De todos modos podía quedarme en el vestíbulo cuanto quisiera. Un día se acercó un señor mayor. Yo estaba vendiendo encendedores. ¿Eres italiano? preguntó. Soy de Polistena, en Calabria contesté, aunque no era del todo cierto, porque vivía en Rosarno. ¿No te da asco toda esta podredumbre? prosiguió. Pero qué podredumbre Vamos, abuelo, no me toques los huevos. ¿No necesitas dinero, no quieres dormir en una pensión decente? Ese viejo me estaba hartando. Quiere que le dé por el culo en su casa, es un sarasa disfrazado de señor, pensé. Sí que quiero dinero, pero no hago mamadas. Ven conmigo. Me llevó a comer a la hamburguesería y pagó la cuenta. La hamburguesa olía a mierda, sería porque yo tenía un resfriado tremendo y los olores me fastidiaban. Pero no me quejé, porque el viejo empezaba a caerme simpático. ¿Has pensado alguna vez en hacerte barrendero? dijo, mientras terminaba de comer. Pensaréis que estaba majara. Hay muchos barrenderos por ahí. Pero para ser barrendero del ayuntamiento hay que pagar, y además hay que exponerse demasiado, contesté. No, no, otra clase de barrendero precisó él, mientras se sacaba del bolsillo un fajo de billetes. Desde aquel día mi vida cambió, creedme. Calle Marsala, calle Giolitti, plaza dei Cinquecento, las Termas de Diocleciano, que están todas alrededor de Termini. Y luego también la calle Amendola, y para arriba, hasta el teatro de la Ópera, pero solo hasta allí. Calle Nazionale y plaza Esedra, ese es mi reino. El viejo loco me dijo que tenía mucho dinero, pero poco tiempo, se había pillado un cáncer en los pulmones, aunque nunca había fumado un cigarrillo y en su oficina había un letrero de «No Fumar» de esos con un esqueleto debajo. Me cansé de la gente que limpia el parabrisas en los semáforos y de los que venden encendedores. De los negros, de los gitanos, incluyendo la que me robó la cartera me contó. Mientras continuaba se le encendió una luz en los ojos : Sí, esa gitanilla me la quiso jugar en el vagón de la línea B del metro, la que va a la plaza Bologna, donde vivo yo, enfrente de correos: me dio un puñetazo en la cara y me quitó la cartera del bolsillo de la chaqueta. ¿Tú qué habrías hecho? Yo me encogí de hombros. Hacía mucho, no recordaba cuánto, que no llevaba cartera. Te diré lo que hice yo: la agarré por la camiseta cuando estaba a punto de salir del vagón. Me la llevé a rastras, y nadie, lo que se dice nadie, me detuvo, nadie se volvió a mirarme. ¿Qué piensas, que soy impotente porque ya soy viejo? preguntó, mientras volvía a encogerme de hombros, pero para mí que lo preguntaba por preguntar, porque yo siempre he pensado que los jubilados follan más que los jóvenes. Siguió contando : Entonces me la llevé a los urinarios públicos, a la salida del metro, y me encerré dentro con ella. Le puse la mano en la boca y me la cepillé por delante y por detrás, si vieras los gruñidos que soltaba. Luego le retorcí el pescuezo como a una gallina, justo como hacía mi abuelo cuando mataba pollos, Dios lo tenga en su gloria. No me impresionó la historia del viejo cabrón, ni lo más mínimo. Sólo que al final ya no se acordaba de qué diablos me quería hablar. Ah, sí recuperó la memoria, apuesto a que tú conoces a todos esos putos parásitos mamones. Soy rico, ya te lo he dicho, y quiero ser caritativo con gente como tú. No soporto verles por la calle, todavía me queda un año de vida, y mientras aguante no quiero verles durmiendo en las aceras. Me tienes que hacer un favor. ¿Qué os creéis, que aquel tipo los quería hacerlos ricos a todos? Pues no. Vale, ya sé que sois muy listos y lo habéis entendido. Yo hacía mi ronda, alrededor de la estación. El viejo pagó a otros como yo, en toda la ciudad, lo sé de buena tinta. Lo que no sé es si al final se fue contento al otro barrio. Pero me la trae flojísima. Bueno, el caso es que el viejo, después de todo ese rollo, me dio una cita para la noche siguiente, mientras me pasaba por delante de las narices un buen fajo de billetes. Quedamos en Ferroverie Laziali, andén 23, mañana a las once y media de la noche. Veremos si te las apañas bien me dijo. ¿Que si me las apañaba bien? Él no lo sabía, pero yo era una pequeña celebridad. Había matado gente casi todos los días, contribuyendo todo lo posible a engrosar las estadísticas de los muertos. Me pagaban para eso: trabajaba para unos señores que se mosqueaban con mucha facilidad, y a mí me tocaba arreglar cuentas. En mi vida había visto tanto dinero junto. Hasta que se acabó todo. Un día mataron a Mimmo, mi mejor amigo. Un disparo de escopeta le levantó la piel del cogote, según me contaron, porque le dispararon justo a la cara. Y mi, digamos, jefe, me echó la culpa precisamente a mí. Sólo porque todos sabían que me gustaba la mujer de Mimmo, me gustaba un huevo. Pero yo estaba seguro de que alguien quería ocupar mi puesto, y fue ese alguien quien mató a Mimmo. Por suerte unos colegas me avisaron a tiempo, si no ahora a lo mejor no lo contaba. Salí zumbando, ni siquiera tuve tiempo de recoger mis cosas. Fue así como acabé vendiendo pañuelos de papel. Pero al viejo no le había contado nada de esto: no hay que fiarse de nadie, y menos aún si es el que te paga. Pues decía que esa noche acudí a la cita, andén 23, en las Laziali. Enseguida el viejo me señaló un montón de harapos tumbado en el suelo, y me dijo: Ahí tienes el primero. Se escondió detrás de una columna para observar mi comportamiento. Me acerqué al montón de harapos y empecé a sacudirle. El otro, como si no estuviera durmiendo, se levantó enseguida, de golpe, y empezó a gritar: ¡Basta, basta, déjame cabrón! Entonces le agarré por el cuello, diciéndole a la cara: ¿Quién es el cabrón? Y mientras pataleaba intentando ponerse de pie, le levanté en vilo. Tendría unos treinta años, y una barba que le llegaba al pecho. Yo seguía apretando, y él pataleando como un loco, mientras se ahogaba. Yo le apretaba el cuello con más fuerza, y él había empezado a jadear, poniendo los ojos en blanco y meándose encima. Luego sentí que se aflojaba de golpe, pero aunque estaba seguro de que la había diñado, por precaución seguí apretando un poco. ¿Pensáis que me dio asco? No, no soy impresionable. Así, abrazado al vagabundo, miré hacia atrás y vi que el viejo se estaba acercando para ver mejor lo que hacía. ¿Querías ver cómo trabajo, no? Bien, aquí tienes, pensaba, mientras metía los dedos en los ojos del vagabundo y se los sacaba de las órbitas sanguinolentas, como avellanas de la cáscara. Los tiré al suelo como si fueran canicas, junto a los pies del viejo. Le bajé los pantalones al cadáver y, sacando la navaja del bolsillo, corté el escroto y saqué los huevos. Resultó fácil, no brotó nada de sangre. Mientras tanto notaba la respiración anhelante, excitada del puto viejo a mi lado. Sólo una especie de tubo blanco los sujetaba aún al cuerpo. Un tirón seco y fueron míos. Carne fresca exclamé, jactancioso, y se los ofrecí al viejo. Me hizo una seña negativa. Si no los quiere él, me los como yo, pensé, mientras me los metía en la boca. Además de no saber a nada eran esponjosos, blandos y viscosos como la carne de caracol. Entonces, de pronto, me dieron asco incluso a mí, porque los caracoles siempre me lo habían dado. Y empezaba a sentir rabia, porque me parecía que había perdido el tiempo para nada. Rabia también por esa cosa inútil tendida en el suelo, con los pantalones bajados y la polla a la vista. Te vas a enterar, jodido mamón y le corté la polla de un tajo veloz, rabioso. Ahora sí que sangraba, aunque estaba muerto, ya lo creo. Se la metí en la boca a la fuerza, en esa bocaza apestosa abierta a la nada. Aquella noche empezó realmente mi trabajo. Y me vais a perdonar si es poco y si os lo digo así brutalmente: os parecerá una historia inventada, pero no lo es. Si no os creéis lo que he hecho, cuando vayáis a Roma, por la noche, podréis comprobar que alrededor de la estación Termini hay como un corazón que late y sangra y todos los pájaros, los estorninos, vuelan gritando de terror sobre los árboles de por allí. Daos un garbeo hasta la plaza Esedra, con una bonita fuente, la que algunos romanos llaman plaza de la Repubblica, porque está la boca de metro Repubblica y entonces muchas veces se dicen: «Quedamos en la plaza Repubblica», y claro, luego no se encuentran. En in, daos una vuelta por allí, mejor si es a la puesta de sol. Comprobadlo vosotros mismos. Lo hice lo mejor posible. En los andenes 20 y 21 degollé a treinta vagabundos con la navaja de afeitar, les corté el gaznate a todos durante diez noches seguidas y no hubo ningún comentario, como si nadie se hubiera enterado, o quizá sea mejor así: ni siquiera lo han traído los periódicos, sólo algún suelto de la información local. A los seropositivos que duermen en los pasillos del metro o escondidos detrás de las rejas de aireación, les clavé jeringas en los ojos. Y no penséis que me molesté en comprar todas las jeringas. En plan de coña, algunas las saqué descerrajando los intercambiadores de jeringas, los que están en la calle, en la acera de la estación: al fin y el cabo el ayuntamiento de Roma los ha puesto allí a propósito para los toxicómanos, para «frenar el fenómeno del Sida». En el albergue de caridad, en cambio, usé la navaja. Dado que cuando puedo y si puedo me gusta dar un significado simbólico a lo que hago, se la clavé en la barriga o en el coño a las chicas (que a veces son muy jóvenes), o a los viejos en su corazón cansado. Siempre me mojé con la sangre que brotaba de los cuerpos que se retorcían en los espasmos de la muerte, porque allá en Calabria hay quien dice que mojarse con la sangre alarga la vida y trae suerte. Con las gitanillas en el metro A y B hice lo que me había contado el viejo. Yo también necesito mojar. A los travestis, por la noche, me los llevé a las pensiones de los alrededores de la estación. A algunos les corté el cuello con la navaja de afeitar mientras se la hincaba por el culo, descubrí que es precioso sentir cómo se mueren y se agitan mientras ven que se les escapa la sangre sin poder hacer nada para detenerla, porque detrás tienen mis manos que les sujetan y mi polla que les clava el cuerpo sin esperanza de huida. Luego se aplacan poco a poco, y el esfínter da un último guiño, el que siempre me hace correrme cuando la palma. «Una oleada súbita de violencia, inadmisible», diréis. Bueno, cuando vengáis a Roma a verla puesta del sol, sentiréis de verdad que la ciudad llora, pero recordar que soy yo el que la hace llorar. Por otro lado, no veréis ningún vagabundo, ningún gitano, ningún pordiosero en la estación Termini, porque yo sé hacer mi trabajo. Y nadie, en esa zona, se acercará a limpiaros el parabrisas. Como decía el viejo, para eso ya están las gasolineras.

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Reseñas breves con mirada joven

El caso del cuadro robado: Un libro como un bocado

Por: Pablo Zayas*

El género noir está de vuelta. Su popularidad ha crecido de la mano de directores de cine como David Fincher, quien durante años ha insistido en la estética negra, o más recientemente de la mano de decenas de series en plataformas de streaming; por eso no es de extrañar que en la literatura permanezca con novelistas de la talla de John Katzenbach, o con escritores jóvenes como Eugenio Partida.

En “El caso del cuadro robado: Marzo Michel contra la Mandrágora” (Editorial Paraíso Perdido, 2017) Eugenio Partida explota el género noir danzando entre lo ridículo y lo serio, adelantándose a los momentos que nos podrían hacer reír y recordándonos que no somos los únicos que se percatan de ello.

En sus páginas vamos conociendo al detective Marzo Michel, que normalmente se dedica a resolver casos de homicidio, pero que en esta ocasión tendrá que buscar un cuadro que fue robado. Una premisa que a primera vista parece frívola y ruega que preguntemos ¿y qué hay de interesante en el robo de un cuadro? El detective se dedica a su trabajo sin dudar en ningún momento sobre su seriedad, pero, no se puede ignorar el hecho de que este libro trata simplemente de la búsqueda de un cuadro cualquiera, situación conocida por el propio autor. Y es precisamente ese tono autoconsciente el que le da valor a la obra.

Las calles de Guadalajara se mencionan una y otra vez mientras Marzo Michel las recorre de un lado a otro, paseándose principalmente por la zona del centro de la ciudad, describiendo detalles fundamentales para que todos los radicados en la “Perla tapatía” puedan reconocerse como transeúntes a lo largo de la lectura.

Estos escenarios sirven de lienzo que dibuja una ciudad en su faceta nocturna, con bares que evocan las clásicas escenas que nos regala el género noir, pero a la mexicana; con un matiz pintoresco donde personajes como Juan Rodríguez termina las noches sintiéndose embriagado, sin tomar más que Monterreis (refresco con agua mineral) o el mismo Marzo, que no se nos presenta ni loco de vida ni dolido de existencia, como suelen estarlo los detectives de este tipo de literatura, sino que personifica a un sujeto común, cotidiano, habitante de cualquier ciudad.

Pero estos no son todos los personajes que habitan esta Guadalajara imaginaria. La Mandrágora aparece en escena para convertirse en el mejor personaje del texto: la forma tan vívida con la que Eugenio Partida transmite su estilo de habla casi logra que el lector le escuche fuera de las páginas del libro arrastrando las palabras como gotas que se escurren entre el papel. Por otro lado, el carácter de femme fatal del personaje posibilita el desarrollo de una serie de escenas cómicas en las que la seriedad juega un papel medular, al recordarle al lector lo ridículo que puede resultar ciertas situaciones, como si el narrador de una obra de teatro volteara a ver a la audiencia rompiendo la cuarta pared y buscando la risa fácil del público.

Una de la característica más destacable del libro, es que posee un tamaño y una complejidad muy similar a la de un capítulo de una serie de Netflix. Gracias a ello, permite una lectura rápida y fluida, desde el momento en el cual salió de los estantes de la librería es posible abrirlo para, en un trayecto de camión con rumbo a casa, terminar la lectura rápidamente. Pareciera que Eugenio Partida interiorizó esa frase tan conocida por todos que reza “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, creando así una pequeña obra que no resulta cansada, pese al tono, ni aburrida.

Una saga de libros así de extensos podría ocupar un lugar nuevo en el mercado, especialmente por la celeridad con la que se viven los ámbitos académicos y laborales, y los formatos narrativos visuales que nos han acostumbrado a designar nuestro ocio en pequeñas porciones de tiempo. Es una buena presentación por ser breve y portátil.

Un pequeño detalle de la obra, quizá radique en su edición, pues al dejarnos en una lectura que termina de manera abrupta y poco concluyente uno quisiera tener más información al respecto, puesto que en ningún lugar se llega a mencionar que se trata de una saga o que la historia misma continuará en textos posteriores, cosa que resulta necesaria para justificar un texto como éste.

A manera de conclusión, diré que ésta es una buena elección de lectura para los que no tienen mucho tiempo y para los que buscan algo ligero pero divertido. Es el equivalente literario de esas novelas policiacas que se transmitían por la radio todavía la década pasada y, más aún, una interesante transformación de aquellos primeros libros de bolsillo que se obtenían en los puestos de revistas por el mismo precio que una comida, que aunque muchos preferirán los placeres del paladar, sólo les recuerdo que hay ocasiones en que la panza está llena y la cabeza vacía.

*Pablo Zayas es estudiante de cuarto semestre en el Colegio Cervantes Costa Rica (bachillerato) en Guadalajara.

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Reseñas breves con mirada joven

 

La “Apócrifa” narrativa de Rafael Villegas

 

“Para cambiar un orden imaginario existente,

primero tenemos que creer en un

orden imaginario alternativo”

(Sapiens, a brief history of mankind, Yuval Noah Harari)

La naturaleza humana es una complicación. Llena de misterios, deseos y aspiraciones, pero al mismo tiempo, llena de tragedia y maldiciones; lleva al humano a transitar su vida tratando de comprender al mundo, su forma, su porqué de existir, le atribuye a cada una de sus interrogantes una entidad particular.

El humano oscila entre dos realidades: una objetiva y una subjetiva y tiene la asombrosa capacidad de unirlas en su vivir cotidiano, haciendo que su imaginario subjetivo pueda tomar una forma en el mundo físico. Esta capacidad nos da a nosotros la cualidad de poder encarnar nuestros más terribles miedos, convirtiéndolos en terribles monstruos o de darle a cada fenómeno de la naturaleza que no podemos comprender una forma física, aunque a veces nos resulte del todo incomprensible.

Apócrifa (Rafael Villegas. Editorial Paraíso Perdido, 2017) resulta una obra bastante interesante en la que el autor experimenta con temáticas que pudieran resultar novedosas para los lectores jóvenes: las caras más extrañas de la naturaleza humana, su pensamiento, su conciencia, su memoria y, sobre todo, su tiempo en donde juzga su flujo de una manera nostálgica e inteligente. Además, en ella Rafael Villegas añade un plus a su creación: un lenguaje rico y fácil de comprender.

La bifurcación es parte de su problemática. Se le presentan al lector dos libros de distintos colores, dos posibilidades de lectura para acercarse a la narrativa de Villegas: El libro negro y El libro blanco. Juntos contienen 15 cuentos que hablan sobre diferentes aspectos de la naturaleza humana. El autor, al principio de cada relato, añade un epígrafe que cumple la función de un hilo conductor que va tejiendo el tiempo de los libros, además de darle, con esto, un atisbo poético por medio del cual el lector puede escapar antes de ingresar de lleno a la obra.

Describir la naturaleza humana es difícil, pero el autor lo hace de una manera inteligente, metiendo a sus cuentos personajes mitológicos y mágicos para darle un toque místico, como también para estremecernos y hacernos reflexionar sobre el imaginario social.

Esta obra nos traslada a rincones únicos en el mundo: desde la fría y misteriosa Siberia, hasta el cálido y místico desierto australiano, pasando por lo más cotidiano que puede sernos la misma ciudad de Guadalajara. El autor nos describe de una manera tan precisa cada lugar que no nos cuesta trabajo imaginarnos el escenario en el que la historia se está llevando a cabo. Y no sólo nos muestra lugares insólitos y mágicos, sino que también nos hará viajar en el tiempo. Por ejemplo, al Golfo Pérsico del siglo XVII o a la observación cósmica mexicana del siglo XIX. Y no se queda en el pasado, sino que nos lleva a la era de los viajes interestelares y la colonización de mundos paralelos, así como a un futuro más distante, invitándonos a contemplar el universo cuando la última estrella se apaga y el humano deja su forma corporal para convertirse en una conciencia de memorias, para así perdurar, sin olvidar que la memoria es el mejor recurso para luchar contra el futuro.

El manejo del terror mediante personajes misteriosos o monstruos creados por la miseria humana, así como la profundidad de cada personaje en estas narraciones, nos acompaña en un viaje físico y temporal por el imaginario humano, para descubrir así nuestra propia naturaleza.

Debido al extraordinario manejo de la fantasía humana, así como del imaginario colectivo, este libro (estos libros) es capaz de transportarnos a un mundo distópico a través de nuestra imaginación, a la par que invita a la reflexión sobre aquello que nos convierte, nos hace, nos forma, como humanos; nuestra Apócrifa existencia.

 

 

*Alejandro Trujillo Ruiz es estudiante de cuarto semestre en el Colegio Cervantes Costa Rica (bachillerato) en Guadalajara.

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Cada casualidad se convierte en un vínculo

Sobre Qué fue de mí de Luis Vicente de Aguinaga

 

 

La memoria, convertida en experiencia,

puede llegar a ser, también, confesión.

(Ismael Lares sobre la obra de L. V. de A.)

El poeta, aún sin quererlo, sin creérselo o sin saberlo busca ser un dios, ese dios que crea las cosas, que con las palabras les da el origen que por sí mismas no tienen o, al menos, busca recrearlas, darles una nueva forma, una nueva manera de ser, una nueva manera de ser sentidas y, si acaso, entendidas. El poeta espera o busca aquello que no existe para nadie, ni para él; cuando llega, corre y lo abraza con el verso justo, con la palabra envolvente que, como soplo o agua, le dé vida.

En su poema “Demasiadas cosas” Juan Antonio González Iglesias dice:

El asceta [yo digo el poeta] es consciente de demasiadas cosas.

Un exceso de amor lo amarra al mundo.

Cada casualidad se convierte en un vínculo.

 Siente cada palabra, cada letra.

(Eros es más, 2007)

Luis Vicente de Aguinaga (1971) ha publicado a finales de este noviembre su último poemario, Qué fue de mí (Mantis Editores), en el que una voz muy íntima camina por los pasajes de lo cotidiano con esa voz del poeta-dios que le da origen y vida a los pasos diarios y las cosas simples, esas que parecen sin importancia o que tienen tanta, que difícilmente son nombradas.

El libro está formado, como otros de sus poemarios, por cinco partes, en este caso de nueve poemas cada una, cuarenta y cinco poemas con los que, como señala Jorge Ortega en la contraportada del libro, “puede verse delineado […] cualquier ser humano agraciado por los dones de su propia cotidianidad.” Cuarenta y cinco poemas, como el número de años de los que el poeta apenas se ha despedido.

En la primera parte, Escenas infantiles, se teje un conjunto de poemas en los que subyace el amor paternal que ve en los hijos, cual santón que contempla a dios, la más portentosa de las presencias, portentosa como de dioses, frágil como de creaturas, pero siempre gigante. Y ahí aparecen de improviso un cielo, un insecto insignificante y un enclenque arrayan que enmarcan la vida cotidiana del padre que vive y ama; allí mismo, la voz del poeta revela la maravilla de encontrar aquel lienzo en blanco, “sin mitologías”, esa pureza del objeto poético que puede crearse desde cero.

Llevo tiempo esperando

que un agua sin oleaje

ni peces ni mitologías

brote, de golpe, ante mis ojos

y acaso ésta es la hora, y acaso ésta es el agua.

Vienen luego de esas escenas infantiles, los nueve poemas de Interés acumulado, la segunda de las cinco partes, en la que nos encontramos con la voz del hombre que ha tenido años para ver el mundo, del poeta que ha meditado sobre las ideas, sobre esas cosas frágiles que nos sostienen y sobre las palabras mismas; pero también que medita sobre la memoria que el cuerpo guarda. Nuevamente habla del tiempo que se acumula con sus huellas, como las palabras o las deudas de la vida con los vivos. Es la vida cotidiana y sus actos más simples que nadan así, simples y portentosos, en todo lo tremendo del tiempo.

El sol poniente, rojo como un hígado,

incendia el mar durante un largo instante

que registra una hilera de fotógrafos.

Los niños menosprecian el portento

mientras, penando en círculos, el paria universal

vende alhajas de plástico, pan dulce, camisetas.

Nótese la metáfora que de golpe nos obliga a repensar la imagen cotidiana.

En la tercera parte, Canciones del esposo, con elocuente título, el tiempo tiene total protagonismo, el tiempo que pasa indefectiblemente, pero un tiempo relativizado por el ritmo de la voz amorosa, relativizado por el paso de las décadas sobre el amante y sobre los recuerdos; recuerdos que quedan en fotografías, en ritmos que se repiten cada cierto tiempo muy preciso, en memorias de otros lugares o de imágenes de siluetas llenas de vida. Es inevitable recordar esa manera de amar muy petrarquista, a esa amada romántica, también, en la que la voz poética pone toda su mirada, toda su energía, toda su memoria y su esperanza.

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En el poema “Frente a la luz”, toda memoria y todo recuerdo quedan en el olvido o intentan olvidarse o no importa que ahí estén; en “Di quién soy”, el llamado a la esposa revela una necesidad hiperbólica del amado de ser nombrado por ella, de encontrar su forma en las palabras, hoy; al final, en “El sueño”, por la vía de los oxímoros, el amor se presenta inabarcable, presente siempre. Así, esta tercera parte revela del amor su anclaje en el pasado, su existencia sólo presente y su ansia permanente de futuro. El tiempo nuevamente.

La cuarta parte se llama Estancias, como aquellas formas estróficas primero provenzales y luego auriseculares españolas que usaría lo mismo Petrarca que Garcilaso de la Vega. Los poemas de esta parte, sí con versos de once y siete sílabas, como dicta la poética de aquellos siglos y de estos, juega con la libertad de escribir hoy, cambia de temas, juega con las formas y tiene como protagonista al tiempo, nuevamente.

El tiempo que se lleva consigo las certezas de que las cosas sean lo que creemos o sean simples ilusiones del pasado como las estrellas. Tiempo lleno de estaciones o de pájaros idos en diciembre o de vivencias cotidianas, como las de Pieter de Hooch, pintor que protagoniza el tercer poema de esta parte. El tiempo, lleno de huellas de lo cotidiano, de la incertidumbre de los espejismos es llevado de la metáfora de las estrellas, de la realidad de su reflejo de hace siglos, al tiempo que se nos adelanta en un lugar que no es el nuestro, pero al que podemos acceder, no sin el riesgo de la locura, pues cómo entender que mientras aquí aún es de noche hay lugares “donde ya es la mañana de mañana”, como en Adelaida, Australia.

Aquí un elevador irrumpe, como antes el cielo, un insecto o un arrayán, mediante un juego verbal que dibuja una sonrisa debajo de los ojos de quien lee, para acabar con un secreto, por obvio, inesperado:

No esperes. No sepas. La realidad

es todo el mundo hablando al mismo tiempo.

En Los capítulos para una biografía sigue ahí la voz de un hombre que ha vivido, que ha escuchado notas musicales, visto lápices y países extranjeros; de un hombre que ha leído en los libros, en el cielo y en los años la historia de los hombres: la que vale, la que se ha contado o inventado, de la que hay rumores y la que de nada ha valido o la que nadie ha contado, pero que decirla es necesario, aunque por sí misma no signifique nada.

Estoy a la espera de señales

claras, explícitas, rotundas

en el tiempo, en el agua, en una nube

o en los asientos del café:

señales que desmientan

que, hasta la fecha, nada

quiere decir ni ha dicho nunca nada.

En este poemario íntimo, de lo cotidiano y de lo personal, la familia: los hijos, la amada, y los padres forman parte sustancial del padre, del que ama y del hijo, esos que es la voz poética; aparece el hombre que camina por las calles, que es vecino, que trabaja, que olvida un medio limón en la cocina y al final del día puede que nunca haya sido nadie. El ritmo cotidiano de la vida la desnuda en su futilidad.

Has cantado, oh musa, la vida del hombre que ha vivido el tiempo suficiente para amar y ser amado, para ver con ojo atento los rincones más obvios de una casa y del tiempo, ¡cualidad de pocos!, para reconocer en el nombre fortuito el escenario justo, para contemplar el cielo como manto y el espejo como sabio indiscreto, para ver el rostro bueno del mal tiempo.

Un libro de contemplaciones que toman forma verbal con las imágenes y las metáforas de un poeta de hoy, eso quizá sea decir nada, pero es lo más que puedo decir. Su grandeza está en que las cosas simples son el tema de profundidades íntimas que se    des-velan.

Tiempo y vida cotidiana son los ejes que sostienen el libro, los lugares que se amontonan en el tiempo o el tiempo que se arrincona en los lugares. Ubi sunt y Tempus fugit.

PD. Los títulos de los poemas merecerían una meditación aparte.

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Lunes, 30 Noviembre -0001 00:00

Ibargüengoitia y la ironía

Burlarse de sí mismo o en el mejor de los casos, burlarse de la vida, es una de las artes más difíciles y por tanto más delectables; pero usar este arte en una narración no tiene precio (no vendo tarjetas). La risa de sí es una de las muestras más contundentes de sabiduría y salud. La burla de sí, considerada fácil cuando se ve en algún otro, no es, sin embargo, una habilidad adquirida por muchos. Por eso lo admirable de nuestro autor; pues si a algún mexicano se le puede decir maestro de la ironía, ese alguien es el guanajuatense Jorge Ibargüengoitia, quien escribió narrativa, teatro, periodismo y hasta buenos cuentos infantiles. No se puede considerar un autor cómico a secas, porque la ironía es una de las técnicas predilectas de la crítica, pero esta no es fácil sin un pensamiento riguroso y sin conocimiento. “Los relámpagos de agosto”, su primera novela y obra en que Ibargüengoitia explica la genealogía de la clase política y marcial de nuestro país en las postrimerías de la Revolución es una muestra fehaciente de la racionalidad del autor. La crítica social que va a la par de la narración no podría adjudicarse a un bufón.

Ibargüengoitia demostró una terquedad admirable en cuanto al humor sarcástico como crítica ingeniosa y eficaz de los malos hábitos, las instituciones decadentes y hasta algunos ideales del pueblo mexicano. Entre las descripciones breves, la configuración de personajes sencillos, contradictorios, abandonados a sus propios vicios, ambiciones y hasta al tartufismo, Jorge va tejiendo una urdimbre narrativa de un estilo directo y picante, sin llegar jamás a la procacidad o al insulto. El desquite ante el rechazo amoroso, la tranza, la ingenuidad, la falsa intelectualidad y la inconstancia son temas recurrentes en sus obras. Por ejemplo, podemos mencionar “La ley de Herodes”, único libro de cuentos que escribió Ibargüengoitia, y que en sus páginas alberga las historias de mendigos, scouts, guionistas borrachos, falsos agentes de la CIA o gringas tragonas y codas, también y cómo no decirlo, alberga una base autobiográfica dispersa en los personajes principales donde el autor se pone en el centro mismo de los enredos, los rechazos y las humillaciones más divertidas.

La diversión era en el mejor de los casos una de las facetas del autor, de quien se decía que era de personalidad reservada, relajado únicamente con los muy cercanos. Capaz de decisiones fuertes como cuando abandonó la carrera de ingeniería, a pesar de la presión familiar, para dedicarse a la Literatura.

No es cuestión desgastada mencionar las películas varias basadas en la obra del mexicano, por ejemplo “Estas ruinas que ves” de la novela del mismo nombre y con un reparto importante donde figuran Blanca Guerra, Jaime Luján y Pedro Armendáriz hijo. Además, tampoco sale sobrando subrayar que, si hemos titulado al texto “Ibargüengoitia y la ironía”, es porque los contrasentidos divertidos o trágicos, los malentendidos bien o malintencionados, son no sólo tópicos de su narrativa, sino de la vida misma, que por difícil que sea reconocerlo; a veces toma la apariencia de un collage de mal gusto. La vida puede ser en el mejor de los casos algo que se puede dotar de sentido y no algo que venga ya con un sentido propio; la ironía -y no la burda mofa-  es una de las direcciones más sabias para transitar este camino de la vida.

En consonancia con esto ha dicho un filósofo distinguido que la moral cotidiana y más común es aquella caracterizada por la distancia insuperable entre lo que se dice y lo que se hace, y que la única vida libre de contradicción es la que uno se imagina cuando está de buen humor, pues bien; no hay mejor manera de ejemplificar estas afirmaciones que la narrativa de Ibargüengoitia.

Ideal para lectores dispersos, intelectuales falsos o verdaderos, puritanos, ateos o adolescentes aburridos, las obras de Ibargüengoitia, ganadoras de premios internacionales importantes; son a casi 30 años de su muerte una elección con provecho garantizado.

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Un tipo de hombre es necesario para planear

y otro diferente para ejecutar el trabajo.

(Frederick Taylor)

I.

La Revolución Francesa sintetizó todas sus demandas y planes de búsqueda de un nuevo proyecto de civilización en el que fuera un grito de guerra y que después se convertiría en el lema de la República Francesa: “Libertad, Igualdad y Fraternidad”. Los tres valores centrales del nuevo programa republicano nacieron en medio de la contradicción de la guerra; la frase original era “liberté, egalité, fraternité, ou la mort!”, lo que de suyo es un oxímoron en pleno sentido, pues la contradicción entre la libertad y la muerte o entre la fraternidad y la muerte son evidentes, sin embargo hay otras contradicciones menos claras, pero que igual se gestan al interior de la frase, como la de la libertad y la fraternidad o, más allá, el oxímoron social, si se permite el concepto, entre la libertad y la vida en sociedad.

Los proyectos sociales han estado permanentemente tejidos de contradicciones que buscan resolverse a través de la hiperregulación o la violencia, de la confrontación ética que se resuelve a partir del castigo, del aislamiento o la muerte, es la contradicción una de las características esenciales de toda cultura o sociedad (Harari, 2013). Esta contradicción se ha concentrado en particular en las relaciones de poder entre los estamentos sociales y los márgenes de libertad que esta interacción implica, pues toda idea de civilización se basa en una idea de hombre como individuo y su relación con los demás miembros de la sociedad a la que pertenece; idea que puede ir de una visión amplia del concepto de individuo hasta la disolución misma del concepto en pos de la masa.

Los miembros de una sociedad poseen una serie de atributos que le son dados por el hecho de pertenecer a ella, por ejemplo: la libertad. Se dice que los miembros de un país occidental cualquiera tienen “libertad de tránsito” como derecho individual; la paradoja de ofrecer derechos individuales en medio de la vida social es que los márgenes del ejercicio del derecho individual pueden extenderse hasta invadir el derecho del otro individuo, un ciudadano puede ir de manera “plenamente libre” por una avenida de alta velocidad en un tractor que corre a 20 km por hora, sin embargo, eso entorpecerá la libertad de tránsito de un coche que puede ir a alta velocidad. La solución a este conflicto está en la acotación de la libertad y en la regulación de la misma, lo que concluye en una libertad que no es tal, una libertad que se reduce a un término más que a una realidad.

La vida de las tribus y las gens primitivas que dieron paso a las civilizaciones geográficamente situadas tras la sedentarización, las ciudades-estado y su organización interna y relaciones con otras ciudades-estado, los imperios y los estados nacionales y subnacionales han construido sus relaciones desde esa contradicción, lo mismo que las familias, los gremios, las universidades y las fábricas. No se pueden ejercer a plenitud los derechos sin entrar en conflicto con el ejercicio de los derechos y libertades por parte del otro, así la historia lo ha verificado.

 

II.

Un mundo feliz representa uno de los muchos escapes literarios a esta red de contradicciones que la civilización humana gesta en su seno y a partir de las cuales se construye, definiéndose a sí misma en su anomalía como sistema. La novela escrita en 1931 por el autor británico Aldous Huxley (1894-1963) es una apuesta como la de las novelas 1984 (1949) de George Orwell o Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury, entre otras, que buscan hacer una reconstrucción imaginaria de un futuro posible con base en su aguda observación de la sociedad que les fue contemporánea. Todas estas obras evidencian en su construcción sedimentos de su origen temporal, por ejemplo el hecho de que Huxley refiera, para un mundo que el ubica en el año “632 de la era Fordiana”[1] (Huxley, 1990, pág. 2),  la existencia de rollos de cinta sonora (pág. 133) que tienen su referente en las cintas cinematográficas de los años 30´s del siglo pasado, cuando la tecnología, apenas en la primera década del siglo XXI ya las ha superado.

La novela representa una meditación narrativa sobre un programa al que la realidad de la época hipotéticamente podría llevar a la humanidad. Una meditación que centra su atención en el programa del fordismo-taylorismo que pretendía la estandarización de procesos industriales para la producción en masa.

La industria automovilística fordista sistematizó el trabajo mecanizado  a través de la cadena de montaje [producción en cadena]. Mediante la estandarización de unos pocos procesos, Ford organizó la producción de carros en serie, lo que, después de la Segunda Guerra Mundial, junto con los métodos desarrollados por F. Taylor, permitió abastecer el consumo de masas (Batista, 2008).

El cumplimiento del proyecto fordista de producción en serie, una producción que homologa al obrero, fue llevado hasta sus últimas consecuencias en la obra de Huxley. La novela comienza en el Centro de Incubación y Acondicionamiento de Londres, donde el director del centro explica a un grupo de estudiantes el modelo de producción en serie de seres humanos, donde la reproducción vivípara es inmoral y hasta “escatológica” (pág. 86). El director describe cómo es que se produce en serie a seres humanos, quienes desde su germinación en el laboratorio están ya destinados a pertenecer a cada una de las cinco castas de la sociedad, castas cuyo nombre corresponde con las cinco primeras letras del alfabeto griego, donde alfa es la casta superior y épsilon la ínfima.

La sociedad es perfecta, cada miembro está acondicionado desde su incubación en envases para ser feliz en el lugar para el que ha sido predestinado, todos, a través del acondicionamiento y la hipnopedia, como se muestra en el capítulo II (Huxley, 1990, págs. 10-15); los niños desde su primera infancia aprenden, por acondicionamiento “pavloviano”, a odiar los libros y la naturaleza y a amar su estatus en la sociedad.   

La sociedad industrial perfecta en que cada quien hace lo que le corresponde hacer, bajo un horario de producción regulado y racionalmente ordenado, donde cada uno hace felizmente lo que le toca cuando le toca y que, al término de su horario, se encamina a disfrutar de su tiempo libre mediante prácticas que obligan al consumo, cerrando el círculo de la sociedad fordiana: producción y consumo, producir para consumir y consumir para que la producción se sostenga.

Además de tener regulada la producción también se regula la vida, la moral está diseñada para evitar y hasta odiar la soledad, junto con la maternidad, la monogamia, el amor, la religión y cualquier práctica moral que a ojos de esta civilización es perjudicial y premoderna:  

Madre, monogamia, romanticismos […] no es de extrañar que esos pobres premodernos estuviesen locos y fueran malo y desgraciados. Su mundo no les permitía llevar fácilmente las cosas; no les permitía ser sanos de espíritu, buenos, felices. Con sus madres y sus amantes, con prohibiciones para los que no estaban previamente condicionados, con sus tentaciones y sus solitarios remordimientos, con todas sus enfermedades y su inacabable y aislante dolor, con su incertidumbre y su pobreza, por fuerza habrían de sentir mucho las cosas. Y sintiéndolas mucho (y lo que es más, en soledad, en un aislamiento desesperadamente individual) ¿cómo podían lograr la estabilidad?  (Huxley, 1990, pág. 22)

La sociedad fordiana está perfectamente sometida desde la inconciencia a querer lo que tiene y a funcionar dentro de los márgenes diseñados por Ford para la fábrica y llevados por esta sociedad distópica a todos los espacios de la vida, hasta ser la vida misma una suerte de fábrica fordiana mundial, donde todos los miembros son engranes cuyo movimiento está encaminado a suplir valores como la libertad y la belleza por la felicidad: “La felicidad universal conserva los engranajes funcionando con regularidad; la verdad y la belleza, no.” (pág. 131). Todo riesgo, como los avances de la ciencia que atentaran contra la estabilidad y la idea de perfección de la sociedad, eran desechados;  los libros antiguos con ideas inadecuadas o sólo por ser viejos también se desecharon, como dice Mustafá al Salvaje John: “aquí no usamos cosas viejas” (pág. 126).

Esa sociedad perfecta se encontrará con la piedra de toque de su desestabilización cuando a Bernard Marx,[2] un “Alfa Más” que trabajaba en el Departamento de Psicología, quien junto a Lenina Crown, mujer de casta menor, decide viajar a una reserva de salvajes que se encuentra en Nuevo México, a conocer a los miembros de una sociedad premoderna, no fordiana, quienes practican “inmoralidades” como la maternidad, la vida en familia, la religión y sufren de eso que ya no lo hace la nueva sociedad, vejez y enfermedades. Tras su llegada a los límites de la geografía fordiana, llegan a un hotel, dejan sus cosas y salen de camino a la reserva donde sufren del escándalo de ver a seres humanos cooptados por la naturaleza y sus enfermedades, su vejez y la suciedad de una civilización distinta a la suya, porque una de sus bases de la suya es que “La civilización es la esterilización” (Huxley, 1990, pág. 67). Luego de llegar y entrar en contacto con los salvajes a través de un guía de este pueblo, llegarán a su aldea donde tanto Lenina como Bernard se perturbarán de la forma de vida primitiva, aun cuando Bernard cada vez menos creía en el fordismo, pese a su condicionamiento.

En Malpaís, como llamaban al pueblo, conocerán a John y a su madre Linda; ella perteneció a la civilización y en un viaje que hizo con Thomas, actual Director de Incubación y Acondicionamiento, cayó a un barranco y su acompañante no la buscó; ella fue encontrada por salvajes y ahí se quedó a vivir en medio de la barbarie, pero quedó embarazada por no seguir los procedimientos para evitarlo. John, como lo cuenta él mismo a Bernard, vivió y creció rechazado por ser hijo de una mujer que, como lo dictaba su sociedad, no se ceñía a la moral monógama, sino al contrario, siendo considerada inmoral y casquivana. Ante la solicitud de Linda y con la autorización de Mustafá Mond, Inspector de la Europa Occidental, Bernard los lleva a ella y a su hijo a Londres.

Con su llegada, el escándalo y la curiosidad inundarán la ciudad: escándalo al ver a una mujer sometida por la vejez, desdentada, con una piel atacada por los embates de los años, y la curiosidad por ver a un salvaje. Bernard, antes rechazado por su estatura menor a los de su casta, por su personalidad y carácter, ahora se había convertido en un hombre popular y centro de la vida social londinense debido a la atracción que generaba el salvaje que vivía en su casa.

El salvaje poco a poco se irá hartando de la vida terrible de sujetos sin libertad, sometidos por el condicionamiento, la hipnopedia y por una droga, el soma, que no les permite verse a sí mismos y sentir por sí mismos; una sociedad sin libertad, de valores diametralmente opuestos a aquellos con los que creció y hecha como un producto más de esa sociedad fabril. El final será cuando, ante la muerte de su madre, nadie siente, pues nadie ama y ello lo atormentará al extremo de gritar lo que sabe y siente en medio de la ira; sin embargo, será sometido por las fuerzas del orden que lo llevarán ante Mustafá Mond para comparecer, junto a Bernard y otro amigo de ellos. Éstos últimos serán castigados con el destierro, mientras Mond y John entablarán un extenso diálogo en el que se enfrentan las ideas de la belleza, la verdad y la libertad, con las del orden, la felicidad y el confort.

Finalmente, John será autoexiliado en un faro, lejos de Londres, donde vivirá bajo los valores del sacrificio, la soledad, la religión y las palabras de Shakespeare que lo acompañaron desde su vida en la reserva salvaje. Se convierte en objeto de morbo para los “civilizados”, cuyo orden restablecido verá en la intentona de John una anécdota para consumir. El poder de su modelo pedagógico superará el embate de la confrontación con otro mundo posible.

 

 

III.

Theodor W. Adorno afirma sobre Un mundo feliz, que Huxley lo escribió como reflejo del pánico de ver que la maquinaria que todo lo vuelve mercancía era la única reconocida como viable, y es esta novela la racionalización de ese pánico:

La novela, fantasía futurista con una acción rudimentaria, intenta comprender los traumas sufridos partiendo del principio de la desmagización del mundo, llevando este principio hasta el absurdo y arrancando a la humanidad así evidenciada la idea de la dignidad del hombre. […] El Brave New World es un único campo de concentración que, liberado de su contradicción, se tiene a sí mismo por Paraíso terrenal”. (Adorno, 1990, pág. X)

Adorno mismo refiere que los miembros de esta sociedad tienen su “estereotipada sonrisa” debido a que ella está fabricada por su charm school, una escuela hecha para que no haya otra manera de ser que felices, pues genera una “conciencia estandarizada” (ídem).

Con esta idea de la escuela que estandariza la conciencia es que podemos comenzar a hablar del modelo pedagógico que en la novela se nos presenta como el propio de esta sociedad futurista. Para hablar de esto, usaré las cinco preguntas planteadas por Zubiría Samper ¿qué, cómo, cuándo y para qué enseñar?  y ¿cómo evaluar lo que se enseña? (De Zubiria Samper, 2006, pág. 33).

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¿Qué enseñar?

La idea de la fábrica atraviesa a toda la sociedad que se nos presenta, donde cada miembro es un engrane cuyo funcionamiento racionalmente medido y controlado es necesario para la perfecta marcha del mecanismo. Y es para ello que se educa.

A la pregunta de qué enseñar, se puede responder que se enseña aquello que abone a la construcción de la sociedad-fábrica, donde cada miembro, deshumanizado y desvalorizado en su individualidad, es una pieza fabricada como cualquier mercancía y sustituible de igual manera. Se requiere una educación moral más que intelectual, una educación en los patrones de comportamiento que les permitirán actuar en consecuencia de su casta y de su trabajo.

El primer grupo de una serie de doscientos cincuenta futuros mecánicos de aviones-cohetes pasaba por el metro 1100 en el portaenvases número 3. Un mecanismo especial mantenía los envases en constante rotación. […] Hacer reparaciones al exterior del avión-cohete es cosa delicada. Retardamos la circulación cuando están en posición normal hasta que están semihambrientos, y se redobla la afluencia de sangre artificial cuando están cabeza abajo. Así comienzan a asociarlo con el bienestar. No se encuentran bien sino  cabeza abajo (Un mundo feliz, 1990, pág. 9).

¿Cómo enseñar?

El modelo de enseñanza se desarrolla por dos vías: el condicionamiento y la hipnopedia. El primero queda descrito en el fragmento que citamos arriba y consiste en la repetición programada de situaciones y estímulos vinculados a ellas para fijar reacciones físicas en el comportamiento de los sujetos. “Los estímulos ambientales producen respuestas […], mediante el uso continuado”, afirma David Carr (2005, pág. 126).

El segundo método de enseñanza es la hipnopedia, que consiste en la exposición de los individuos desde su nacimiento a grabaciones, durante el sueño, que sirve para la educación moral, no racional, sino inconsciente, de modo que ésta se convierte en “la mayor fuerza moralizadora y socializadora de todos los tiempos” (Huxley, 1990, pág. 15).

¿Cuándo enseñar?

La educación de esta sociedad comienza a través del acondicionamiento físico que se da desde que los embriones están en los envases en que se desarrollarán; además de ser sujetos diseñados para pertenecer a tal o cual casta, también se les acondiciona para pertenecer a tal o cual tipo de trabajo, de acuerdo a los requerimientos de su entorno productivo. Acondicionamiento que continúa apenas recién nacen y seguirá a través de programas de hipnopedia a lo largo de toda la vida, ya no sólo en un lugar de incubación y crecimiento, sino en el trabajo, en la televisión o en el cine, donde el programa moral está siendo inoculado permanentemente. Las frases hipnopédicas aparecerán permanentemente a lo largo de la novela en los momentos en que los personajes requieren tomar una decisión, como muestra de la fijación efectiva de las mismas en su conciencia.

¿Cómo evaluar?

La regulación de la vida en la sociedad fordiana está tan meticulosamente cuidada, que el margen de error es muy limitado, los miembros de clases inferiores, desprovistos de razón, no pueden actuar más allá de los límites para los que están programados. Los miembros de la casta Alfa, adiestrados para la razón, resolución de problemas y toma de decisiones son los únicos con el riesgo de escapar de los límites infranqueables que los dos medios de enseñanza construyen; ellos, sin embargo, están también programados para decidir por las rutas “perfectas” de la civilización, so pena del exilio, estímulo negativo suficiente para no perecer en su ruta. Así pues, la evaluación consiste en el seguimiento fiel del programa social, quien no lo cumple es expulsado, como lo son Bernard Marx y Helmholtz Watson.

¿Para qué enseñar?

Es “Comunidad, Identidad y Estabilidad”, el lema del Estado Mundial de Un mundo feliz (Huxley, 1990, pág. 1) y justo para eso es que se acondiciona en esa sociedad. Se educa para preferir estar acompañado que en soledad, se educa para identificarse gozosamente con su casta y su empleo sin desear nada más y se educa para no salirse de los límites definidos por los Inspectores que rigen los destinos del mundo; se educa para no ser libres, sino para ser felices, se educa para consumir y no para decidir, se educa para hacer y no para pensar. Las reflexiones sobre esto último han sido fértiles en su comparación con la realidad vivida en el capitalismo, que en más de un sentido educa para lo mismo.

Las posibles desviaciones y los riesgos derivados de éstas se controlan por medio de una droga poderosa que aísla de la realidad y evita la actuación libre; todo está perfectamente planeado como en un engranaje donde cada pieza se mueve al ritmo previsto y si se avería, basta con desecharla y suplirla por otra pieza nueva y adaptada a los ritmos de esa maquinaria.

 

IV.

La novela Un mundo feliz es una vista trágica del capitalismo y sus orillas cercanas al precipicio, una sociedad que bien puede sintetizarse, lo mismo que este texto, con una cita del sociólogo francés Alain Touraine:

Veo el signo de una sociedad en descomposición, incapaz de pensar en sí misma. Sociedad-avestruz con la cabeza en la arena y el culo en el aire. Sociedad desrealizada, con sobreproducción de principios, ideas, símbolos y barreras.

 

__________________________________________

[1] El tiempo comienza a contarse a partir de la patente del Ford T en 1908, con lo que en nuestra medida del tiempo, podemos asumir que la historia se desarrolla en el año 2540.

[2] Los nombres de los personajes podrían ser tema para un estudio aparte. 

 

Bibliografía

Adorno, T. (1990). Prólogo. En A. Huxley, Un mundo feliz (págs. VIII-XXXI). México: Porrúa.

Batista, E. (2008). Fordismo, taylorismo e toyotismo: apontamentos sobre suas rupturas e continuidades. III SIMPÓSIO LUTAS SOCIAIS NA AMÉRICA LATINA, 2. Recuperado el 2 de diciembre de 2015, de http://www.uel.br/grupo-pesquisa/gepal/terceirosimposio/erika_batista.pdf

Carr, D. (2005).  El sentido de la educación. Una introducción a la filosofía y a la teoría de la educación y la enseñanza. Barcelona: Graó.

De Zubiria Samper, J. (2006). Los modelos pedagógicos. Hacia una pedagogía dialogante  Bogotá: Cooperativa Editorial Magisterio.

Harari, Y. N. (2014). De animales a dioses. México: Debate

Huxley, A. (1990). Un mundo feliz. México: Porrúa.

Touraine, A. (1977). Un deseo de historia, autobiografía intelectual. Madrid: Zero.

 

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Entonces Dios, en su eterna soledad, cansado de tanta oscuridad, aburrimiento y ausencia unidimensional, creó el Big Bang con un solo suspiro de sus pulmones de abismo. Pensó: “todo el universo, las estrellas, las supernovas, los mares, los anillos de Saturno, las galaxias, la antimateria, quedarán disminuidos e insignificantes porque le daré el soplo divino a los Poetas, cualquier cosa que no venga de ellos será vano y repulsivo”.

El poeta, o el artista en general, tiene como principal característica ver el mundo de una manera distinta, de forma introspectiva, crítica; debe fijarse en detalles que se escapan a la mirada de los otros y, por consecuencia, hacerlo desde el supuesto humanismo-sensible que le da su facultad artística.

Desde su perspectiva promueve la individualidad, sin embargo, de su ojo totalitario no escapa la igualdad de razas, la libertad de expresión, la búsqueda del respeto hacia los seres vivos; es enemigo del clasismo, el racismo y del egocentrismo, además, muestra, por medio de la expresión, la inconformidad hacia las violaciones e injusticas contra los derechos humanos.

A lo largo de la historia, el creador ha sido un catalizador de cambios, un gran inconforme de lo que no está bien en la sociedad; porque los libros de historia mienten, el arte no (o al menos así lo hemos llegado a creer). Éste usa artificios para contar la verdad que el poder y el gobierno no quieren que se sepa: García Lorca fue fusilado por el régimen durante la guerra civil española; el Marqués de Sade, con sus obras, señalaba las atrocidades que cometía el clero y el reinado en una época victoriana de asquerosa doble moral; Juan Rulfo, y sus pinturas literarias, mostraba la vida del campo y sus fantasmas perdidos en la desolada estepa del olvido; Agustín Yáñez, con sus relatos de vida, denunciaba las distinciones entre las clases sociales de la antigua Guadalajara; Buñuel constantemente criticaba los más oscuros crímenes de la humanidad, películas como El Perro Andaluz, Los Olvidados, Viridiana, El ángel exterminador, son ejemplos de ello.

En los poetas no hay excepción, siempre hay escritores que denuncian o recalcan los atropellos a los derechos humanos, la corrupción y ultra impunidad de los altos niveles de los mandos en todos los ámbitos sociales, también los hay conservadores, puristas y románticos de temas que no se comprometen con nada escabroso o polémico. El inframundo de los poetas es un gueto con reglas, dinámicas sociales, jerarquías y códigos implícitos que tienen que ser respetados cual dictadura. En las ciudades existen autores vivos, activos, de carne y hueso, de diversas ideologías y niveles en la pirámide. Pensar que el gremio literato es de las pocas cofradías exentas de prácticas corruptas, egocentristas, clasistas, nepotistas, influyentes, coludidas con el gobierno y el modo sobornado de nuestro país, es una ingenuidad.

Esta taberna poética se encuentra repleta de eventos, reuniones, becas gubernamentales y premios. Sin afán de decir que todos los personajes son iguales, la dinámica encaja en un show de circo y con un desfile de ficheras histriónicas que luchan por sobresalir por su narcicismo y pose. Un laberinto de petulantes semidioses donde caminas de la salida hacia el centro de la trampa para encontrar al Minotauro “Vaca Sagrada”, que dicta lo que se debe y lo que no se debe escribir.

También algunos supuestos “poetas de izquierda”, esos que están en contra de la corrupción y el gobierno, hacen concursos de poesía donde ganan amigos íntimos de los jueces y uno que otro prestador de favores sexuales. Entre reunión y reunión, evento y evento; los entes de las letras emergen llenos de helio, mirando debajo del hombro a los simples peones que alaban su maestría y, con servilismo, admiran el genio divino que emerge de la pluma de oro puro del POETA. Algunos tratan de seducir a otros con sus palabras para terminar pidiéndote dinero o venderte cualquier porquería de basurero al puro estilo de timador, asaltante de esquina oscura. Uno que otro revolucionario antigobierno ostenta su mayor acto en contra del sistema opresor fumando cinco capítulos de mariguana al día y empolvándose la nariz con cocaína, pasando antes por liarse a golpes contra sus propios amigos revolucionarios, tratando de sabotear las lecturas ajenas y decir: “no hay poetas, el único soy yo”, escupiendo alcohol y orina sin control.

Asimismo, existen varios grupos específicos que también se dedican a la poesía, solo que viven en una guerra civil encarnizada entre la gente de letras, rencillas personales. Cuestiones de ego y diferencia de ideologías son las que separan a los letrosos. La dialéctica de Hegel la han asesinado alevosamente, para ellos solo existe su tesis y su tesis, la antítesis es completamente descalificada e ignorada sin llegar a la posibilidad de una síntesis, constantemente tratan de descalificar a otros escritores, se burlan de su obra, porque claro, intentan atrapar a jóvenes aspirantes a vates, intentan formar un séquito de borregos literarios que obedecen para escribir al gusto de su grupo privilegiado.

Hay una pelea encarnada de verduleras entre los poetas puristas contra los poetas revolucionarios: los becados defienden su hueso porque reciben dinero del gobierno y descalifican la poesía que habla en contra del régimen ya que no les conviene lo que en ella se dice, están dentro de ese sistema corrupto del país, tienen un buen padrino que los apoya y da el dedazo para ganar el premio o la beca deseada.

Ahora bien, puntualizando en becas locales y nacionales, premios y concursos, como pasa en todos los ámbitos corruptos del país; ganan las influencias y amistades que se tiene con los jueces, y sí; algunos se pagan con moneda sexual, además que tienen una línea muy definida de contenido: no críticas al gobierno, a la iglesia, a la sociedad. Estos premios están controlados por la gente de poder político, con puestos públicos y claro está que defienden su chuleta. Tenemos como ejemplo un becado del FONCA que ganó el apoyo con un deplorable proyecto de poemas con emoticones de las redes sociales.  

Uno de los  fenómenos más peculiares ocurre  en la FIL Guadalajara (Feria Internacional del Libro), donde los escritores casi desconocidos y gente acreditada de la prensa local, desfilan por los pasillos mostrando sus gafetes como tiaras de divinas princesitas de cuento de hadas, gatas escandalosas arañándose la cara para ver cuál de todas es la más diva y ataviada y brillante y petulante. Una epidemia de presunción en las redes sociales inunda en esa fecha, el que vaya a dicho evento y sobre todo con credencial, significa que está en la aristocracia literaria nacional, los demás son plebeyos de ese submundo, de ese Edén de soberbia.

El circo no termina. En muchas ocasiones un escritor de renombre da talleres de creatividad para “pulir” el estilo y tener el derecho publicar, dando como resultado una manada de corderos que elevan al poeta en un estado divino, de “Vaca Sagrada”: salen en sus antologías y/o en los libros que éste publica, con un estilo casi igual, casi idéntico, casi copia al carbón, consecuencia de este “tallerear” a gusto del maestro. Esto genera más división y los alumnos utilizan en su currículo: “asistió al taller de X vaca sagrada”.

Los grandes poetas tienen un séquito de mascotas amaestradas que intentan escribir igual que su “Becerro de Oro”; al cromar los testículos de éste, tienen como beneficio: premios, recomendaciones, invitaciones, pertenecer a la crema y nata de la sociedad literaria. Sumémosle que son fieles como un sabueso a su dueño, aquel que ose criticar a su amo será atacado, aunque exista argumento para hacerlo, lo defenderá con sus colmillos como perrito chihuahua feroz, se arrastrará por complacerlo hasta recibir su buena dotación de croquetas y uno que otro paseo por el parque. Entre ellos se acicalan, se echan porras y pelean contra los otros grupos contrarios, su palabra es única al mismo estilo que las religiones, la suya es la única verdad.

El ser humano es ególatra por naturaleza, los poetas, en su mayoría, han creído que su genio es un don superior a la prole no letrada, mirando hacia abajo, subidos en un trono de oropel tan frágil como la vida misma, la gloria mundana y el sinsentido del hombre. Un poeta no es un ser superior a un panadero, fontanero, ingeniero, médico o barrendero. Porque el hombre es una especie parasitaria. La Tierra, en sentido utilitario para conservación de la vida del planeta, la existencia de un insecto tiene más valor que el de miles de seres humanos: “Si desaparecieran todos los insectos de la tierra, en menos de 50 años desaparecería toda la vida. Si todos los seres humanos desaparecieran de la tierra, en menos de 50 años todas las formas de vida florecerían”, Jonas Edward Salk -investigador médico y virólogo-.

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Jueves, 08 Diciembre 2016 17:34

Alí Chumacero, más allá de la palabra

La vida de Alí Chumacero transcurrió sin excepcionales sobresaltos dignos del ámbito artístico, sin la extravagancia propia de aquellos que quieren ser recordados más por su esencia como persona que por su trabajo, sin las largas borracheras de horas y palabras sobre cuerpos desnudos en algún sitio ubicado en los bajos barrios de la gran urbe; no, Chumacero sobresale con una pequeña obra, escrita mayormente en su juventud, donde podemos encontrar títulos como: Imágenes desterradas, palabras en reposo y páramo de sueños. Es en esta pequeña obra donde Alí daría a sus lectores todo aquello que tendría que decir y donde establecería su poética, así como un estilo cercano al canto litúrgico.

En Alí podemos observar tres etapas de creación, en la primera encontramos poemas en los que se describe los amores de juventud del poeta. Podemos observar una segunda etapa -de la cual nos ocuparemos en este texto- donde el poeta establece la manera en que su arte debe ser concebido; es la etapa del misterio. En la tercera etapa creadora de este autor podemos encontrar una estética refinada, que va más allá de la construcción metodológica de un poema, dándonos grandes catedrales góticas de la palabra. Se podría decir que siendo pequeña la obra de Alí es, en realidad, muy extensa. Son tantos sus cambios en la forma de concebir la poesía que es bueno detenernos en cada uno de ellos para así poder encontrar las diferencias existentes, pero en este caso sería más apropiado detenernos en el segundo apartado, que vendría a ser su arte poética de juventud, donde Alí elabora una forma distinta de concebir a la palabra escrita.

En su poesía podemos observar grandes silencios, silencios en los que espera que el lector no intervenga, sino que respete. Estos silencios son dados por Alí de manera que su poesía adquiere el carácter de aquel que asiste a un velorio, por decirlo de alguna manera. Podemos leer a este poeta como aquel que observa a la procesión de deudos entrando por la puerta principal, en silencio, con la cabeza gacha, elaborando en una pequeña libreta misteriosas palabras que niegan la entrada al hombre común; en sus textos el poeta establece una imposibilidad. Sólo él puede entrar y apropiarse de todo, pero la única manera de apropiación del misterio, que se nos propone, no es a través de la palabra, sino sólo mediante el respeto de este silencio que Alí nos dicta.

Podemos observar, aparte de sus referencias comunes a la tradición bíblica, que existe una ruptura dada entre la divinidad y la mujer, donde la última surge más en un aspecto de profanación, ya que es ésta la que se adentra al espacio divino y lo quebranta. Para Alí el cuerpo es una estancia de eterna muerte, que podemos observar en responso del peregrino, que se libera un poco, solamente, mediante el goce erótico, un goce sin mácula, sin profanación del otro, donde Alí se establece como espectador, mas no como actante, del erotismo del cuerpo de la mujer. Esto lo podemos afirmar ya que Alí es el gran maestro de la ausencia, comúnmente se encuentra ausente de sí mismo en sus textos, por eso nos dice “para siempre hoy perdido Ulises de mi cuerpo”, y es así como Alí obtiene este goce estético, pareciendo compartir más de la divinidad que de la profanación, pero viendo en esta última la única posibilidad de vida.

Carballo nos dice que sus poemas son “imperturbables viajes hacia la nada, emprendidos a partir del amor y del deseo”, lo cual podemos observar a lo largo de su poesía, de su forma de narrar, de sus estructuras, de esta manera de darnos un verdadero canto que parece digno de una catedral. Asistimos, pues, a la misa donde Alí es el sacerdote que dirige las voces del coro, un coro que va dirigido a la muerte y al cuerpo amado.

Alí Chumacero ha dicho que la labor del poeta es “distinguir entre las imágenes que los sentidos captan y el misterioso resplandor que de ellas se desprende”. Es en esta frase donde el propio autor interna su poesía, en un misticismo de la palabra en el que sólo se nos muestra, no la imagen, sino la esencia misma de las letras. Pero de decir no se hace la poesía, y esto Alí lo sabe muy bien, ya que es conciente que sólo en el hacer poético es en donde encontrará, ampliada, su verdadera esencia del arte.

Remitirnos directamente a la poesía de Alí Chumacero es la única posibilidad fiable que tenemos, en ella encontraremos ese carácter de misterio del que Alí habla, y podremos observar como su poesía se sitúa en un plano distinto a la de sus contemporáneos.

Emmanuel Carballo nos dice, en un breve ensayo sobre Chumacero, que el arte poético de Alí se encuentra dentro de su poema A una flor inmersa, diciéndolo de paso como aquel que sabe algo y prefiere no compartirlo. Es, aquí, efectivamente, donde encontramos este quehacer poético de Alí. Tenemos un poema sobre la rosa, símbolo primero de eternidad tan usado por los poetas antiguos. Lo curioso en este poema es que se nos da una rosa en constante vértigo, una rosa que no es eterna. En el primer verso “cae la rosa, cae” y el segundo “atravesando el agua” se nos presenta la primera ruptura. Alí no se refiere a una rosa que, en tierra, se encuentra posada estáticamente para que aquel que observa pudiese apreciarla; en cambio nos da una rosa en la cual podemos observar volatilidad, movimiento, es una rosa en el proceso de la caída, que bien podría representar la vida misma del hombre, pero es en esta ruptura donde Alí establece el primer cambio, transmutación del ser, a través del agua. La rosa, que cae, cae y cae, atraviesa un agua de pureza, cristalina que “la vuelven a su aroma” donde al fin “revienta en flor”. El poeta establece, aquí, la belleza de la cosa a través de una transmutación en la vida misma; es decir, Alí elabora su estética a través de la caída, en la cual el hombre, la cosa, el ser (llámesele como quiera) desarrolla su propia vida, en un ingrávido vaivén donde luce todo el esplendor de la cosa. Pero no es esta la imagen que Alí busca, imagen meramente arquetípica que podemos encontrar en la poética de Borges; Alí no busca el nombre de la cosa, no desea poseer únicamente las palabras, que en este caso quedan dadas por el agua cuando la rosa deja ir su primer aliento aromático, sino ir un poco más allá, hasta donde esta cosa revele su misterio mismo.

En el segundo apartado -es mejor llamarlo apartado ya que en la segunda estrofa se establece a la par el segundo y tercer apartado- de este poema podemos encontrar a un poeta inconforme, que no obstante haya presenciado el momento en que la rosa se abre en todo su esplendor, en el momento en el que se le concibe como tal, busca algo más dentro de ese objeto de eternidad y nos dice “cae más aún, cae / más allá de su savia / sobre la losa del sepulcro”. Alí observa a la rosa internarse en un mundo de sombras, un mundo de muerte, donde el concepto de belleza y eternidad queda roto, donde el arquetipo sigue vigente pero desesperanzado. En este sentido Alí se opone a lo que nos dice Eco en sus Apostillas al Nombre de la Rosa, cuando escribe, su ya famosa frase, “de la rosa sólo nos queda el nombre”, ya que para Alí, en este momento en que se suspende la cosa misma ante la muerte, este objeto no genera nada más que sombras.

¿Entonces, en qué se enfoca este poeta propiamente? Como ya habíamos mencionado, Alí busca el resplandor místico de las cosas, dado en la palabra, digamos que tiene que pasar por el arquetipo, dado en el primer apartado, pasar por la muerte, donde la rosa pierde su símbolo de eternidad y adquiere el recuerdo de su nombre y llegar hasta el punto del misterio. En el tercer apartado, de la caída, nos dice que la rosa cae, pero sobre un lugar específico, un lugar que es el punto de contacto de todos los seres humanos, la rosa de Alí “cae sobre mi mano”, pero ya no es una cosa, físicamente, sino que se nos habla de una rosa que es “como un pálido recuerdo”, una rosa que posee una suavidad de “sábana mortuoria”. Es aquí, en este punto donde ocurre el misterio de la muerte en la vida, donde Alí puede encontrar la auténtica belleza en la cosa, pero no dada por sí misma, sino otorgada a través del otro, en el recuerdo, otorgada a través de un tacto metafísico, donde la rosa muestra su verdadera belleza, como en un último deshojarse en la mano del poeta. Sólo a través de esta huella, de este “pie que no se posa” Alí puede dar alcance, en la muerte del objeto y en el sentir onírico del mismo, no a través del nombrar a aquello que es lo inasible, las alas del ángel que se escapan al voltear la cabeza, Alí puede obtener el verdadero sentir místico de la cosa, el misterioso resplandor, del cual nos habla, en este breve instante donde la verticalidad de la caída, de la eternidad de la cosa, se detiene y “se apaga en el silencio”.

Esta última palabra con la que Alí cierra el poema es interesante, ya que en ella se observa este fin último del misterio, donde después de haber obtenido, como espectador paciente, este momento de eternidad, logrado en la perdida de eternidad del objeto, no queda nada, ni siquiera la palabra, es aquí donde la tesis resulta contraria a lo que proponía Platón en el Cratílo y a lo que decía Eco de la rosa, ya que después de este breve lapso para Alí no queda ni siquiera la palabra de la cosa sino sólo el silencio, el callar sepultado de una eternidad.

 

Bibliografía

-       CHUMACERO, Alí. Poeta de amorosa raíz. Ediciones del ermitaño. MINIMALIA. México, 1999.

-       ESCALANTE, Evodio y Campos, Marco Antonio (Compiladores). Antología. Alí Chumacero Retrato crítico. Universidad Nacional Autónoma de México. Colección de poemas y ensayos. México, 1995.

-       ECO, Umberto. Apostillas al nombre de la rosa. Editorial Lumen. Madrid, 1992.

-       BORGES, Jorge Luís. En el otro, el mismo. Alianza editorial. Madrid, 1995.

-       PLATÓN. Diálogos. Editorial Porrua, S. A. México, 1991.

Publicado en Arte

Año 2006. En el verano de este año, se efectuó una de las elecciones presidenciales más reñidas de la historia nacional. Andrés Manuel López Obrador estaba en el máximo de popularidad y encabezaba las encuestas; de cerca lo seguía el candidato oficial, el conservador Felipe Calderón Hinojosa. En una jornada electoral cargada de irregularidades y una campaña de desprestigio montada meses previos a la elección, el entonces Instituto Federal Electoral (IFE) no pudo dar un resultado claro de quién era el ganador debido a supuestos errores del sistema. De inmediato, y con el recuerdo todavía vivo del fraude del 88, la protesta de los simpatizantes del "Peje" no se hizo esperar.

Tan sólo unos días después de la elección, el escritor Fernando del Paso publicó en algunos periódicos un emotivo poema, que no daba muchos argumentos al movimiento, pero sirvió de alguna manera como empuje motivacional para el mismo. Así se expresaba Del Paso:

"Sí hubo fraude, porque el engaño es fraude.

Sí hubo fraude, porque la falacia es fraude.

Sí hubo fraude, porque el abuso de confianza es fraude.

Sí hubo fraude, porque la mentira es fraude.

No hay que buscar el fraude en un millón, dos o tres millones de votos perdidos.

No hay que buscarlo en mil, tres o cinco mil actas con errores deliberados.

El fraude, el gran fraude, ya estaba allí, entre nosotros, desde mucho antes del 2 de julio".

Tiempo después, en los momentos en que la protesta se exacerbaba por la opacidad informativa del instituto electoral, se organizó en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH) de la Universidad de Guadalajara un foro de reflexión que contaría con la participación de Julio Hernández, columnista de La Jornada, y el propio Del Paso, quien fue invitado a raíz de su publicación.

Un colega fue requerido para llevar al escritor al evento, que se realizó en el emblemático auditorio “Salvador Allende”, y me pidió que lo acompañara a recogerlo a su domicilio en la colonia La Calma. Debido a que no se nos dieron las debidas instrucciones para llegar al lugar, arribamos muy tarde. El escritor estaba furioso, pero se tranquilizó durante el trayecto.

El foro fue, hay que decirlo, más visceral que reflexivo. Hernández hizo atinados señalamientos, con ciertos datos precisos, que argumentaban la hipótesis del fraude. La intervención de Del Paso fue también crítica respecto de las instituciones gubernamentales, aunque con recursos poéticos apelaban más al pathos que al logos.

Pero el público, mayoritariamente integrado por incondicionales seguidores del candidato derrotado de la “izquierda”, AMLO, aprovechó la ocasión para dejar fluir su frustración y enojo a través de furibundas arengas contra el gobierno, expresando su total convicción de que el proceso elector había sido fraudulento. Incluso se escucharon acalorados llamados a tomar las armas. Un asistente del público retó a los invitados del foro a participar en las marchas y acciones de protesta, para probar su congruencia y su fidelidad a la causa. Hernández accedió, aunque Del Paso evadió como pudo el tema. Una vez concluido el evento, llevamos al poeta de nuevo a su hogar. Durante el recorrido, Del Paso nos confesó que ni de broma participaría en las movilizaciones, ya que ni su edad ni su salud se lo permitían.

Un año después, en el marco de la Feria Internacional del Libro, Del Paso recibió el Premio FIL de Literatura. El galardón fue entregado personalmente por Felipe Calderón, ya ungido oficialmente como presidente de la república. Cuando escuché la noticia por la radio, no pude evitar recordar el siguiente pasaje del poema de Del Paso, escrito casi año y medio atrás:

"Ese fraude es ya parte de nuestra historia. Y con él, la traición a la confianza de los electores por parte de nuestras más caras instituciones. Nos defraudó el presidente Fox al avalar y participar en la campaña contra Andrés Manuel López Obrador y en favor de Felipe Calderón".

Es comprensible la negativa de Fernando Del Paso en participar en el movimiento de protesta de aquel fatídico año. No obstante, el recibir un premio a manos del “presidente espurio” apenas al año posterior resultó muy desconcertante, pues el poeta jamás se explicó el extraño cambio de opinión. Sin duda, es respetable que una persona cambie de parecer, pero el no aclararlo y sobretodo, el no justificar por qué lo hizo es lo que desconcierta. Y claro, esto es lo que alimenta toda clase de especulaciones.

Publicado en Crítica
Jueves, 27 Octubre 2016 00:07

La lectura snob o "el efecto Peña Nieto"

“Hoy todos escriben, todos quieren expresar sus sentimientos y opiniones, pero, ¿quién lee? En cierta forma la lectura es una actividad superior a la escritura; sólo podemos escribir con el lenguaje que hemos adquirido leyendo”.

Ese es el contundente martillazo arrojado con brutalidad, casi bestial, hacia la contemplación de una visión esnobista, respecto de los ejercicios de la lectura-escritura, por parte del autor Alejando Martinez Gallardo.

El artículo de opinión obtuvo mi interés desde que lo vi en el muro del “Facebook” de una amiga, repleto de “likes” y comentarios que, encarecidamente, manifestaban simpatía y concordancia con los desvaríos del autor. Publicado en el portal informativo Pijamasurf, el texto se titula con una cita atribuida al autor literario Juan José Arreola Zúñiga: “Si no sabes leer, no sabes escribir y si no sabes escribir, no sabes pensar”.

Ignoro la veracidad de la cita atribuida al autor, dado que no soy ni he sido un lector profuso de su obra y, mayormente, porque nunca he considerado ni tomado como relevante las palabras de un autor fuera de su obra: me resultan sobrantes e irrelevantes. Sin embargo, de la veracidad de la autoría fue evidenciable que, bajo dicho título, el contenido del texto me otorgaría unos minutos de desagrado y revoltosa acidez gástrica… No me equivoqué.    

Es curioso y hasta irónico que, al momento de toparme con la publicación, me encontraba en la edición de otra columna que pienso publicar, en la que vertía un poco de análisis sobre el problema de la lectura, la interpretación y la valoración de los textos literarios, surgida esta inquietud de la controversia acaecida por el autor “Dante Tercero” y su propuesta poética avalada como proyecto cultural por la beca FONCAFONCA. Es curioso e irónico, porque dicho texto lo he re-editado, re-escrito, re-enfocado tantas veces por causa de desagrado: no encuentro en él (a forma de autocrítica) un prestigio suficiente para atraer la atención y mantener el interés del lector. Sin embargo, haberme tropezado con el texto del Sr. Martinez Gallardo me ofreció una nueva perspectiva para exponer mis preocupaciones: La mediocridad de la lectura.

Entre las sandeces cuasi-académicas que el Sr. Martinez Gallardo presenta en su texto, me encontré con la bestial insinuación pro-esnobista de blando carácter crítico: “Para muchas personas es más atractivo escribir, tiene más glamour –Algo que quizá se deba la inmadurez y al egoísmo– “(Sic) Pues, vaya, ¡qué análisis tan profundo y académicamente respaldado sobre el fenómeno social y mediático del ejercicio de la escritura! Pero antes de continuar con las cachetadas hacia el autor del texto, vamos a entender una la problemática de la lectura, tanto por su mediocridad de ejercicio como por la ausencia de éste.

Si usted busca en el diccionario de su predilección, o en “Santo Google”, o en “Santa Wikipedia”, encontrará que el concepto “Analfabeto” define a una persona carente del conocimiento de la lectura o la escritura, además de la connotación significativa de una persona de mediocridad cultural (que desconoce elementos esenciales de la cultura popular). Es en esta connotación en que debemos centrar nuestra atención, dado que la ignorancia, por paradójica propagación de la vox-populi, es considerada no como el estado de desconocimiento de un sujeto con respecto a un objeto, sino como un elemento constituyente de la valoración socio-cultural de una persona. 

El uso denigrante de este término simula la discriminación por estatus social acrecido en la ideología de “la cultura” como simbolificación de grado social: persona culta en contraposición de persona “ignorante” (inculta). Y aunque este es el pan de cada día en una sociedad hambrienta de sobresalir entre las masas “ignorantes”, desde el año 2012, he sido testigo presencial de un apabullante crecimiento de esta ideología pro-esnobista: Le llamo “El efecto Peña Nieto”.

Desde aquel infame día en que el actual Presidente de la República, en ese entonces candidato a la presidencia, fue incapaz de mencionar los 3 libros más significativos de su vida, he sido testigo del impacto de este suceso en el sector juvenil de nuestra nación: Todos son lectores… o por lo menos quieren serlo.

En ese entonces, no sentí ningún arrebato ni le di mayor importancia a esta actitud reaccionaria, arquetípica de nuestra cultura, por parte de los jóvenes; si acaso me sentí un poco aliviado, como estudiante de literatura y fanático de la lectura, de que este suceso vendría a ejecutar un rotundo giro en la cultura de la lectura. Ingenuo fui. Jamás sospeché que esta actitud se viciaría, por diversos motivos y razones, entre ellos el efecto del incremento de popularidad a través de redes sociales hasta posicionarse en este activismo discriminante y horridamente mediocre: “Yo leo, por lo tanto, soy mejor persona que tú, que no lees”.

¿Cree usted que miento al señalar esta actitud en nuestros jóvenes? Observemos con detenimiento la campaña publicitaria de Librerías Gandhi “Leer evitará”. Ciertamente, no lo niego, algunos de sus cartones son bastante ingeniosos y hasta cómicos, pero no dejan de presentar, implícitamente, la complicidad apológica de esta discriminación social: Se es mejor persona gracias a la lectura.

 

Entre algunos compañeros de carrera y otros adeptos al ejercicio de la lectura, se sobre-entiende el problema cultural de la falta o casi ausencia del consumo de textos, sin embargo, este problema es nimio en comparación a la escalofriante realidad de la mediocridad cultural mexicana, en perspectiva, sobre la lectura. Efectivamente a la sociedad le hace mucha falta leer, leer más y leer por gusto no por obligación académica, pero este no es un problema, el iniciar o lograr despertar el gusto por la lectura, no. El problema de México, tanto a nivel regular (no académico) como a nivel académico es la pobreza de lectura. Sí, la pobreza de lectura, en específico la pobreza de comprensión literaria que no así la de consumo literario.

Siempre me he preguntado por qué entre mis círculos amistosos cercanos nunca existió esa curiosidad que yo, lamentablemente, tuve que esconder durante muchos años por miedo a la mofa y la falta de aceptación (estima personal por relación a la otredad). Como estudiante de la carrera de literatura en la Universidad de Guadalajara, me llegué a preguntar por qué, aquí entre mis semejantes (amantes de la literatura) no existe un rigor, una objetiva inclinación hacia la reflexión del estudio literario… pues fueron muchos años de soportar -sí soportar- actitudes elitistas que observaban el fenómeno literario como un fenómeno generalizado y cuya relevancia, a suposición, se implicaba en todo estrato social.

No lo es así. Lamento, con honesto pesar, informarle que la lectura ni es mágica, ni es relevante al mundo, ni le engendrará en su ser una cualidad especial. La lectura es ocio. La lectura es recreación. Jugar un videojuego es equiparable, tanto en nivel estético como recreativo, a leer una obra literaria del autor de su predilección. Leer un poema, es equiparable, en ejercicio del ocio, a mirar un episodio de su serie favorita.

¿Por qué existe, entonces, este sobrevalorado elemento fantástico de los “beneficios” de la lectura? Leer te ayuda a escribir y escribir te ayuda a pensar, dice el autor Martinez Gallardo citando al autor Arreola. ¡Qué atrevida falacia! Del tiempo de mi vida, le he dedicado un aproximado de 6 años al ejercicio de la lectura, considerando el tiempo que he leído y no así el transcurso de los 14 años desde que me inicié como lector al tomar mi primer libro: La Biblia. Y en estos 6 años (o 14 si así se quiere considerar) mi habilidad en la redacción no se ha visto siquiera turbada. Mi elocuencia es tan notable como un perro callejero en una pasarela de perros de pedigrí. Mi capacidad cognitiva… bueno quizá mi capacidad cognitiva sí se ha visto expandida, pero esto lo atribuyo a mi naturaleza inquisitiva, encontrada desde muy temprana edad en la estética de un videojuego: Final Fantasy. Sí, no se ría, fue gracias a ese videojuego que encontré mi hambre por conocer: el mundo, la música, la pintura, la literatura, el arte en general.

 

Pero me encuentro en la digresión, aquí lo importante es darle una que otra cachetada académica al Sr. Martinez Gallardo.  No, Sr. Alejandro, leer por sí mismo no es garantía de nada, aparte de un agradable rato de ocio. Citar a Hölderlin o a Husserl como recurso argumentativo (lejos de señalar el plagio argumentativo) bajo una pobre y mala interpretación no es una demostración de excelencia lectora y, por lo tanto, según su hipótesis, de excelencia cognitiva.

Puesto que el lenguaje escrito no es determinante, ni de la configuración semiótica-cognitiva-emotiva de la consciencia (a saber, si usted se refiere a la terminología psicoanalítica o a la terminología mística), los procesos involucrados en la conformación y estructuración del pensamiento, virtualizantes, no son observables ni verificables en las expresiones de éstos surgidos. Se lo explico de manera más sencilla: el pensamiento en el hipocampo de su configuración es meramente una instancia de procesamiento y como tal el resultado expresivo de esta instancia, tras la re-configuración a un sistema comunicativo (el lenguaje en este caso) no es observable: no hay evidencia que señale el origen de este hipocampo ni la categorización de sus instancias.

Ciertamente existen ciencias y estudios teoréticos que se sumergen en la complejidad de las implicaciones del pensamiento, tales como la neurofenomenología y la neuro-lingüística, así mismo la semiótica de Fontanille-Greimas y de Bajtín-Vigotsky han presentado enfoques de un rigor casi-metodológico en sus aportaciones filosófico-literarios y lingüísticos, pero créame, cando le digo que ninguna de estas ciencias y enfoques analíticos podrían pedantemente asegurar que el pensamiento es palabra y que la palabra sólo puede “mejorarse” con la asimilación de nuevas palabras. La elocuencia en un texto, Sr. Alejandro, no es evidencia de un “conocimiento superior” o de un pensamiento mejor logrado o estructurado; la elocuencia ciertamente evidencia una articulación compleja dirigida al carácter estilístico de la palabra, pero es ingenua la creencia, es ignorancia creer que, a mayor elocuencia, mayor grado de “profundidad” cognitiva: de excelencia literaria.

Asegurar que la lectura “es una actividad superior” a la escritura, como así lo expone, demuestra su ignorancia sobre la correlación entre ambos ejercicios: pues ni lingüísticamente, ni semióticamente, ni filosóficamente, ni neurológicamente es sustentable formular parámetros para categorizar la “superioridad” de una actividad sobre otra: toda actividad requiere de un “uso” específico de nuestro procesador (cerebro) y cierto que alguna actividad supone un mayor uso de recursos (calorías por ejemplo), esto no es parámetro a utilizar para establecer la “superioridad”.

No se trata de una mala-interpretación que hago de su texto, no se refugie en eso. Si acaso la mala-interpretación ha estado en usted, así como en ese sector de jóvenes ávidos de lograrse en esa figura idílica del “lector intelectual”, pues para leer, es necesario aprender a leer y esto conlleva el estudio de la lectura, el estudio de la literatura. Algo que incluso entre mis colegas y compañeros se exhibe carentemente: Pues se valora, se estima mayormente la interpretación literaria al grado de opacar el estudio literario.

Sí, no lo niego, una buena lectura, es capaz de, a través de la interpretación y la experiencia en sí, inspirar profundos pensamientos, reflexiones complejas y pensamiento crítico… pero eso no lo evidencia su escrito lo cual lo convierte a usted en una paradoja: pues expone en su hipótesis que entre mayor (y mejor) lectura, resultará una mayor (y mejor) “elocuencia” (pensamiento), sin embargo, la reflexión que sus años como lector le han presentado, el pensamiento “crítico” que malogradamente intenta demostrar en su texto queda evidenciado limitado y fuertemente viciado en esta esnobista ideología de que la lectura, por sí misma, le convertirá en un excelente intelectual.

Aprender a leer implica entender el texto objetivamente, esto significa que aprender a leer requiere la extirpación de todo prejuicio y la correcta estructuración de una interpretación (mediante metodología analítica), evitando la subjetividad y apuntando hacia la objetividad. Las reflexiones, la inspiración, el pensamiento crítico que una lectura puede ejercer en el lector, se enfrenta a diversos obstáculos que le tensionan y le terminan por doblegar ante el prejuicio existente en el lector.  

Concluyo compartiendo una decepcionante experiencia como estudiante de literatura. Fue muy decepcionante para mí, observar en mis profesores y compañeros que la máxima del filósofo Ludwig J.J. Wittgenstein de su “Tractatus Logico-Philosophicus”, en que propone que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” (paráfrasis), fue considerada, interpretada casi literalmente. Sí, nuevamente aludo al problema de la interpretación como problema esencial de la lectura (no así su consumo).

El problema crece cuando la máxima está en la autoría de una celebridad, tal es el caso de la cita que utilizó como título de su texto, lo que y sin el debido discernimiento académico puede resultar en una falacia ad-verecundiam.

El pensamiento ciertamente sostiene una relación con el lenguaje, sea escrito, oral o visual, pero la relación entre la escritura y el pensamiento no es recíproca, así como no lo es el lenguaje y mi aserción al y en el mundo (figurativo): es decir, leer y escribir no tienen una correlación de reciprocidad, como tampoco existe una correlación recíproca entre la extensión del lenguaje (comunicación) y la extensión del mundo (figuración, pensamiento). La adquisición, por otro lado (del conocimiento), es un proceso significativamente recíproco en su relación con la asimilación, pero este es ya un tema distinto y subraya en los terrenos de la epistemología. 

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