¿Cuándo las fronteras nos robaron la humanidad?

Por: Erika Crystal Zavala López

 

El 07 de mayo de 2018, el Presidente de Estados Unidos de América ordenó la política “Tolerancia cero” paralos migrantes, con ella logró separar cientos de familias, llevando a los padres indocumentados a las cárceles federales y dejando a los niños (muchos de ellos menores de 12 años) en jaulas dentro de los centros de detención; solos, lejos de sus progenitores.

Los testimonios, imágenes y videos que documentan lo que está pasando en Texas con las familias y los hijos de padres indocumentados son simplemente desgarradores, pero lo resulta más la incertidumbre sobre la existencia de un procedimiento claro para la reunificación de las familias. Un problema sumamente preocupante.

Trump ha prometido, en un acto en la Casa Blanca el pasado 18 de junio, que EU “no será un campo de inmigrantes y no será un campo de acogida de refugiados. Lo que está ocurriendo en Europa y otros lugares, no lo permitiré, no bajo mi vigilancia”. Y a nadie nos cabe duda que en estos momentos, Estados Unidos no es un lugar de refugio, que dista mucho de ser la nación que en algún momento brindaba la esperanza y las oportunidades, de vivir el “sueño americano”, algo que fue posible durante décadas, al acoger a miles y miles de migrantes que edificaron una nación frente al símbolo más emblemático del país: la Estatua de la Libertad. No, nos queda claro cómo se llegó a este punto, por el contrario, el país de la libertad hoy más que nunca puede ser aparejado a los campos de concentración Nazi de la Alemania de 1944, lugar de persecución que, cimentado una política mal entendida nacionalista, llevó a la muerte de aproximadamente 6 millones de judíos.

Pero, ¿cuál ha sido el delito de estas familias? ¿Cuál ha sido el delito de estos niños que hoy lloran de miedo al ser separados de sus padres y que duermen enjaulados como animales?

Su delito fue cruzar una línea fronteriza sin documentos, buscando un lugar que les brindara mayores oportunidades laborales y económicas a sus progenitores, arriesgando la vida y su seguridad ante la falta de oportunidades en sus países de origen, orillados a dejarlo todo al no tener más que perder, porque no hemos podido humanizar las políticas económicas, ni erradicar las desigualdades.

Sin embargo, más allá de los delitos en materia migratoria que pudieron cometer los miles de indocumentados que hoy se ven brutalizados ante la acción del gobierno estadounidense, está la inaceptable violación a derechos humanos que están viviendo estos menores de edad; estos miles de niños a lo largo de semanas han sido violentados ante acciones inhumanas, roto en ellos todos los convenios y tratados internacionales en materia de derechos humanos, que proclaman la defensa de sus derechos y de los cuales ha sido parte Estados Unidos, tales como: la Declaración de los Derechos del Niño (20 de noviembre de 1959); Reglas Mínimas de las Naciones Unidas para la Administración de la Justicia de Menores (Reglas de Beijing, adoptadas por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su resolución 40/33 de 1985); Declaración sobre los Principios Sociales y Jurídicos Relativos a la Protección y el Bienestar de los niños, con particular Referencia a la Adopción y la Colocación en Hogares de guarda, en los Planos Nacional e Internacional (adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su resolución 41/85 del 3 de diciembre de 1986); Convención delos Derechos del Niño (20 de noviembre de 1989).

Sí bien, Donald Trump puede dictar acciones y medidas migratorias dentro de su país, de lo que no tiene derecho es de que dichas acciones vulneren, violenten y pisoteen los derechos humanos de las personas, esos derechos humanos que nos costaron a todos una Segunda Guerra Mundial y que en su momento fueron proclamados por la Asamblea General de las Naciones Unidas en donde la Primer Dama de Estados Unidos, Eleanor Roosvelt, fue fuerte promotora a través de la Comisión de los Derechos Humanos que presidía. Y en donde el Presidente Donald Trump da claramente la espalada al salirse ayer 19 de junio de 2018 del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

Y ante todo esto, en un contexto alterno sumado a lo anterior, ante las atrocidades que están viviendo nuestras hermanas y hermanos mexicanos y México-estadounidenses, quedan las interrogantes: 1) ¿Las medidas ejercidas por Peña Nieto como presidente de México, a través de su Secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray están siendo efectivas para defender a sus connacionales? 2) ¿Qué acciones de presión económica, política o internacional ha realizado a lo largo de estas seis semanas para frenar la violación de derechos humanos a las niñas y niños de padres mexicanos indocumentados? 3) ¿Qué están haciendo los gobiernos estatales, en este caso el de Jalisco, para presionar al gobierno estadounidense y defender a los jaliscienses que están sufriendo en Texas?

La respuesta es clara y la podemos resumir en una palabra: nada. Las acciones del presidente Peña Nieto puede ser catalogadas de débiles y poco categóricas. Por otra parte, a duras penas hasta el día de ayer, 19 de junio, y después de seis semanas de acciones brutales, el Gobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval, a través de su cuenta de twitter ha condenado las políticas migratorias de Trump. Ha tenido seis semanas para generar una estrategia o acción para brindar el apoyo que se necesita y ha este día que dice haber instruido a las autoridades migratorias locales para brindar apoyo. No obstante, no quedan claros los mismos puntos, ¿qué acciones se están realizando desde Casa Jalisco Los Ángeles ante la “barbarie totalitaria” (como él la ha llamado) para ayudar a nuestros compatriotas? ¿Habrá medidas en materia económica, legales o políticas que desde el gobierno estatal se ejerzan para presionar a las autoridades estadounidenses a frenar las acciones migratorias?

Es necesario decir, que si bien las autoridades no están haciendo nada contundente, nosotros como mexicanos no podemos ser omisos, antipáticos e indiferentes ante lo que está pasando. Debemos alzar la voz por aquellos que hoy están siendo callados, debemos presionar con fuerza por aquellos que hoy están siendo sometidos y violentados. No podemos dejar de actuar, no podemos permitir que esto siga pasando. Debemos hoy más que nunca mostrar la fuerza ciudadana y exigir a nuestras autoridades por medidas contundentes e inmediatas que pongan un freno a esta crueldad.

En lo que a mi corresponde, me siento obligada al ser México-americana, hija de padres que en algún momento fueron indocumentados y cruzaron de “mojados” por la frontera, a no quedarme callada ante estas brutalidades.

Como ciudadana de dos países y en pleno uso de los derechos que ambos países me han dado y otorgado, exijo enérgicamente acciones contundentes de parte del presidente de México, Peña Nieto, para ejercer medidas legales ante los organismos internacionales y frenar los actos inhumanos que viven nuestras y nuestros connacionales.

Exijo enérgicamente acciones contundentes de parte del gobernador del estado de Jalisco, Aristóteles Sandoval, para en la medida de sus facultades y atribuciones ejerza presión para frenar la violación de derechos humanos que viven nuestros niños y niñas en EU.

Y exijo enérgicamente al presidente de los Estados Unidos de América que detenga la política de “Tolerancia Cero” que ultraja y deshumaniza a miles de personas, entre ellas ciudadanos norteamericanos de padres indocumentados.

Exijamos todas y todos con fuerza ante un “¡No al trato inhumano a migrantes indocumentados!” un “¡Sí por un trato digno, y respetuoso de los derechos de las niñas y niños que hoy lloran ante la separación de sus padres!” Porque es nuestra obligación como ciudadanos del mundo no seguir permitiendo que las fronteras nos roben la humanidad.

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La escuela politécnica: el socialismo en las fauces del capitalismo

Por: Enrique Casillas

 

Las culturas subordinadas […] participan de momentos de

autoproducción así como de reproducción; son contradictorias por

naturaleza y llevan la marca tanto de la resistencia como de la reproducción.

(Henry A. Giroux)

 

Durante el gobierno del General Lázaro Cárdenas, entre 1934 y 1940, México experimentó una importante serie de sucesos relacionados con la vida económica y cultural que en gran medida marcaron el desarrollo de las décadas ulteriores. El General Cárdenas abrió las puertas del país a los transterrados españoles que fundarían la Casa de España que a la postre sería el Colegio de México, nacionalizó el petróleo y se decidió por la instauración de la educación socialista en México.

En este entorno de trascendentales cambios encontramos un dicho de Cárdenas, citado por Monteón González (1986), que empata con la idea marxista de escuela:

[buscaba terminar con] . . . la escuela anodina, que sólo enseña a leer, a escribir, a clasificar las plantas, que desarrolla, en fin, una habilidad manual e intelectual en cada individuo y que lo deja entregado a sus propios impulsos. La escuela es un arma de combate, un instrumento de precisión que hace conocer la vida social, que la crítica y la sujeta a la influencia de las normas transformadoras.

Por su parte, el proyecto educativo marxista, de acuerdo con Jesús Palacios, que cita e interpreta a Marx y Engels, pretende que “la enseñanza intelectualizada, con su contenido de clases específico debe ser sustituida por una «pedagogía del trabajo»” (1984, pág. 342).

Así, esta educación cardenista, que es al tiempo marxista, pretende pasar de una escuela que enseña contenidos ajenos a la formación para el trabajo a una escuela que constituya una iniciación en la vida productiva; pero ésta es una escuela que, como todas, requiere de un entorno social más amplio que la escuela misma, es decir, una escuela inserta en un entorno socialista. En este sentido es que considero que el modelo educativo socialista instaurado por el General Cárdenas vino a fortalecer la reproducción social de la división de clases propia del capitalismo, en particular, la Escuela Politécnica.  

El nuevo modelo vino a afianzar la visión capitalista de la forma más eficiente posible: educó a la clase obrera para incorporarse a la producción y negociar con su único capital, el trabajo. De esa forma, la escuela socialista del programa cardenista fortaleció al capitalismo a la manera que lo definen Baudelot y Establet (1980, págs. 252-254): ellos afirman que el “aparato escolar” contribuye en la reproducción del status quo capitalista por dos vías, primero contribuyendo a la formación de la “fuerza de trabajo” y a través de la inculcación de la ideología burguesa.

En el caso de la educación socialista instaurada por Cárdenas en su Plan sexenal, la primera vía se cumple a cabalidad, forma para el trabajo, aun cuando la segunda no, en tanto que la educación logró inocular la base ideológica que afianzó la conciencia de clase que habría surgido en México de los proyectos obreros del sindicalismo católico de principios del siglo XX y el proyecto agrario de la Revolución Mexicana.

Formar para el trabajo, misión hacia la que tiende la educación socialista se desarrolló a cabalidad, pero México no se convirtió en un país socialista.

El Instituto Politécnico Nacional, creado en 1936 con fundamento en las ideas educativas socialistas e, incluso, con el nombre mismo que daría Marx a uno de los atributos esenciales de la educación, “politécnica”, vino a constituir el símbolo nacional de la formación técnica de nuestro país, vino a convertirse en el medio por el cual los obreros accederían a la formación científica polivalente a la que aspiraba el socialismo, aun cuando después volvería al modelo liberal de la especialización (Rodríguez A., 2002).

Que el IPN, como el resto de escuelas politécnicas que se abrieron en todos los estados del país haya formado para el trabajo fue un paso ambicioso en la agenda socialista en México; sin embargo, México siguió orientado en su economía por la lógica capitalista, lo cual convirtió al proyecto emancipador de clase de la educación politécnica en una aspiración frustrada y contraproducente, pues fue una herramienta más, muy efectiva, para fortalecer las relaciones sociales propias del capitalismo, en que hay una masa obrera que vende como mercancía su trabajo a una reducida clase capitalista que es propietaria y controladora de los medios de producción.

REFERENCIAS:

Baudelot, C., y Establet, R. (1980). La escuela capitalista. México: Siglo XXI.

Monteón González, H. (abril-junio de 1986). El Instituto Politécnico Nacional: proyecto educativo revolucionario del Cardenismo. (ANUIES, Ed.) Revista de la Educación Superior, 15(58).

Palacios, J. (1984). K. Marx y F. Engels: Las bases de la pedagogía socialista. En J. Palacios, La cuestión escolar (págs. 334-350). Barcelona: Laia.

Rodríguez A., M. d. (2002). Historia de la educación técnica. Obtenido de Diccionario de Historia de la Educación en México: http://biblioweb.tic.unam.mx/diccionario/htm/articulos/sec_14.htm

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David Páramo. La racionalidad servida con medias verdades

El día de hoy veía una capsula de Ciro, de su Facebook oficial.[1]En ella aparece David Páramo. El periodista y comentarista financiero que se la carga contra (quienes él afirma que son) chairos. De antemano debo decir que no soy su fan. Quizá por ignorancia, pues desconozco el total de su trabajo. Sin embargo, lo que hace con Ciro me parece de muy, MUY mal gusto. Además de que está tatuado y, evidentemente, “no podemos confiar en él”, por eso.[2]El tema que abordaron, en esta ocasión, fue el nuevo aeropuerto, ese que tanta polémica ha causado. Hasta yo caí en el trolleo, por los afores. La cuestión que quiero traer a colación es la retórica que utiliza para sustentar sus argumentos, usada generalmente para crear fake newso dirigir la opinión. Es importante dar cuenta de ello, porque muchos, incluso yo, damos por cierto, a veces acríticamente, lo que encontramos en Facebook o Twitter. Para comenzar prestemos atención a la frase que emite el susodicho, justo antes de afirmar que Carlos es patriota, comprometido, inteligente: “El salario es lo que acaba la pobreza. No los programas de ayuda social.” Esto no es menor ni carece de intencionalidad. Y no me refiero a la intencionalidad de una “mafia del poder”, como la de Andrés, sino a algo mucho más profundo y que se cuela en nuestra misma esencia, como sugieren Marcuse, en tanto industria cultural y el control demencial de Huntington. Esos lugares que nos dicen qué desear y cómo desear eso que deseamos. Con lo anterior, afirmo que lo dicho por David no es inocente, ni azaroso. Nos encontramos en el marco coyuntural de unas elecciones muy poco legítimas y los candidatos son muy pobres, poco confiables o casi refritos de otras épocas. La parte positiva (o negativa) es que, en este momento, en 2018, tenemos un mayor acceso a la información. Aunque en muchos casos, no sea enteramente fidedigna y corresponde al receptor discernir y discriminar entre lo acertado y lo (demasiado) tendencioso. Ello sesga nuestras decisiones, como por quién votar. En este caso, afirmar que el salario es lo que acaba la pobreza es acertado, pero incompleto. Un salario digno, por supuesto que me hará dejar de ser pobre. Sin embargo, David sólo habla de eso, del salario, pero parece olvidarse de todas las condiciones estructurales que el concepto implica. Si bien, un buen salario es lo más eficaz para combatir la pobreza es verdad, no es una verdad completa. Pareciera como si el salario se generara de la nada y fuera igual para todos. No menciona que las condiciones laborales de la mayoría de los mexicanos son deplorables y rayan en la miseria. Y ni qué decir de la casi nula generación de empleos bien remunerados.[3]La forma en la que él lleva su línea argumentativa es bastante meticulosa, por no llamarle engañosa, puesto que exclusivamente señala las partes positivas de la construcción del aeropuerto, afirmando que es “un gran polo de desarrollo”. Y quien diga lo contrario, actúa de mala fe, porque “todo mundo razonable” sabe el beneficio que esto implica. Su aseveración posiciona al espectador, que no coincide con lo que el sustenta, como ignorante. La parte más importante de esto es que, quienes vemos estas noticias y decidimos, como él mismo menciona, con poca información, podemos prendernos a discursos similares y creer, sin conocer la fotografía completa. Mas estoy de acuerdo con él: negar que el aeropuerto implica desarrollo, es insostenible. Sin embargo, habría que ver ¿Desarrollo para quién? Sí, por supuesto que se generan empleos. Sí, claro que se activa la zona. Empero, los beneficios no son en su totalidad para los residentes o locatarios, sino para los inversionistas. La derrama económica no es la misma, para todos. No es el mismo “salario” para el empleado del Starbuckso el mesero del Sandy’s, que el del empresario que recibió una concesión y con ella aportó capital para la construcción del aeropuerto. Ahí radica el problema: que personas como él defienden que una macroeconomía “sana” deviene NECESARIAMENTE una mejora en la calidad de vida de los ciudadanos, lo que está alejado de la realidad, nuestra realidad, la de las personas de a pie, por decirlo de alguna manera. Para David y sus símiles, si las empresas y negocios de Carlos generan buenos dividendos, nosotros, los demás que no somos ases financieros, estaríamos recibiendo, por un cierto tipo de filtración, los beneficios de ello. No por nada afirma que 400 mil mexicanos viven DIRECTAMENTE de Carlos, como si sus empleados no hicieran más que mamar lo que sus empresas, junto con sus trabajadores producen. Lo que David dice es que la sola presencia de Carlos genera riqueza, no todo el entramado de personas que laboran con él. Eso lo vemos en su afirmación de que quienes generan riqueza son los empresarios. Según él, ellos son los que salvan este país de la catástrofe financiera. Inclusive afirma que los impuestos que ellos aportan son los que mantienen funcionando al país, más allá de la administración buena o mala, como dice, por parte de las instituciones gubernamentales. Como si el I.V.A o el I.S.R. de lo que consumimos quienes no somos empresarios, no se sumaran al mismo erario o fueran simples minucias. David omite las concesiones que les dan a las multinacionales, exentándoles de pagar impuestos, con tal de que “inviertan” acá. Pareciera que, en última instancia, nosotros, los ciudadanos no contamos para la economía. David posiciona a los empresarios casi como mesías, quienes son los encargados de salvarnos de las peripecias del mundo moderno, de la ineficacia de los políticos y las instituciones. ¡Incluso afirma que Carlos hace más, en una semana, que lo que TODOS los programas que pueda haber para combatir con la pobreza! Es entonces que debemos preguntarnos: ¿La mafia del poderle está pagando, para afirmar tales cosas y denostar contra Andrés? Quizá. Pero, más allá del sueldo que recibe de la empresa a la que está afiliado, probablemente esté convencido de lo que dice, pues él simplemente habla como economista. Y desde ese lugar es que emite sus juicios. Sin embargo, sus palabras buscan legitimar la línea que, a riesgo de sonar comunista trasnochado, el neoliberalismo impone, la que los empresarios rapaces buscan mantener: la acumulación y el “libre” mercado. Esa en la que la ilusión de equidad es el argumento falaz para que todos aspiremos a ser como Carlos. Pero no hay que perder de vista las relaciones que cada cual tiene, que son las que en verdad determinan mi éxito financiero, más allá de lo que dicen los gurús de los emprendedores. Si bien es posible, uno en un billón podría lograrlo. Sin embargo, si como Carlos, tuviéramos todos nosotros amigos ricos y poderosos que nos den las mismas facilidades para comprar empresas como Telmex, seguramente sería mucho más fácil accesar al salario que terminará con la pobreza, como dice David. Como dije antes, él tiene razón. A medias. La otra parte, la parte que representa el 42% de trabajadores mexicanos casi en miseria, habla desde lugares distintos: desde donde desayunas o te vas en camión, desde el taxi colectivo, desde los bonos y como se cuenta con ellos, desde soportar al jefe, desde las 12 horas laborales, desde las pocas o nulas prestaciones, desde las jornadas extenuantes. Desde ahí hablamos la mayoría a los que un salario no nos representa el éxito financiero, sino la pura supervivencia. Por ello, es necesario tener la mayor cantidad de información, sobre los temas que nos interpelan, puesto de que otra manera, los “líderes” de opinión, como David, o los “influencers”, como Callodehacha pueden hacernos pensar como ellos, con argumentos (medio) verdaderos.

Y aquí, mi invitación: en última instancia, en un momento coyuntural como este, habría que preguntarse qué tanto de lo que creemos sobre los candidatos es basado en información fidedigna, pura opinión o meros prejuicios. Ahí es donde habría que poner especial atención, más allá de la pura militancia o el desprecio por cualquier partido, de cualquier color. Ahí es donde el ejercicio de la ciudadanía cobra relevancia, en tanto que es informada y razonada, no porque lo leí en Facebook…

[1]https://www.facebook.com/CiroGomezLeyva/videos/1969867419931069/UzpfSTU3MzQxOTczMjc0OTE3OToxNzI2Mzc0MDI0MTIwNDA1/

[2]Ojo: esto es sarcasmo, que alude a un prejuicio y es completamente ad hominem. Yo tengo tatuajes.

[3]https://www.animalpolitico.com/2017/12/trabajadores-mexicanos-salario-minimo/

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De Vasconcelos a AMLO: Los discursos del poder

Los discursos políticos suelen reciclarse con el tiempo.

Prueba de ello son los puntos de contacto entre

el discurso de José Vasconcelos y el de AMLO

La historia suele repetirse, una vez como derecha y luego como izquierda, o desde la izquierda hasta la derecha; sin modificar la identidad de los discursos que luchan por el poder.

Me resulta una retórica sumamente aburrida, aunque quizás muy persuasiva para un amplio tipo de público, el conjunto de estrategias electoreras contra AMLO al compararlo con figuras actuales del contexto internacional (Maduro) o con figuras del pasado cuya infamia ganada a pulso perseguirá durante mucho tiempo (Hitler). Cuando es posible usar estrategias retóricas más vinculadas con nuestra propia historia. En relación a ésta, reza un dogma ya popularizado: "quien no conozca la historia está destinado a repetirla”.

A ojo de buen cubero, y revisando someramente la historia, me encuentro con el primer y verdadero candidato independiente: José Vasconcelos, quien fue azuzado para la contienda presidencial por un grupo de jóvenes que habían fundado clubes para el apoyo de su candidatura, en contra de Pascual Ortiz Rubio postulado por la naciente ignominia Partido Nacional Revolucionario (PNR). Como si de arquetipos platónicos se tratara, me encuentro con un par de afirmaciones vasconcelistas que me remiten a nuestro mesiánico candidato. Después de uno de sus tantos autoexilios al extranjero, el 10 de noviembre de 1928, Vasconcelos dice en Nogales, con la mismísima voz de un cristo redivivo:

Vuelvo a la patria después de cuatro años de dolorosa ausencia y me sorprende la fortuna al llegar, para revelarme la fuerza que late en el pueblo, para decirme que por la voz de los compatriotas aquí reunidos y por las voces de otros muchos hermanos, que es la hora del destino la que vuelve a afrentarnos una ocasión salvadora. Y hay razón para que nos preguntemos todos afanosamente si va a pasar otra vez en balde la ocasión (Vasconcelos, “El proconsulado”, 1939, p. 29).

El arquetipo se repite en su forma derechosamente católica (la ocasión salvadora) y en su forma de izquierda-derechosa (la esperanza de México)... Paso seguido, afirma un amenazante Vasconcelos:

“...no acataré el resultado ni de la intriga, ni de la imposición, ni de la fuerza” (Vasconcelos, “El proconsulado”, 1939, p. 29)

Este arquetipo toma forma de tigre en la actualidad...

La prédica continúa por los mismos derroteros de voz profética:

La revolución necesita por fin llegar a los espíritus. Lo primero que hay que cambiar es nuestra disposición hacia la vida, sustituyendo al encono con la disposición generosa. Sólo el amor entiende y por eso sólo el amor corrige. Quien no se mueve por amor verá que la misma justicia se le torna venganza. (Vasconcelos, “El proconsulado”, 1939, p. 31).

Una vez más, el arquetipo persiste, de la Revolución del Amor a la otrora República del Amor, hoy República del Perdón y la Purificación.

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Martes, 02 Enero 2018 20:15

México bate récords

México bate récords

No sé ustedes,pero la verdad es que yo estoy consternado con este año que acaba de terminar. Fue, en pocas palabras, el año más mortífero en la historia reciente de México, por lo menos desde la década de los 60. La cifra anual total parece que está rebasando los 30,000 asesinatos, aunque el SNSP aún no libera las cifras de diciembre de 2017. El que tenía el récord era el 2011, con una tasa alrededor de 23-24 homicidios por cada 100,000 habitantes (un poco más de 27,000 homicidios). En 2016, la tasa fue de 20 por cada 100 mil (casi 24,000 durante todo el año).

Este 2017 parece que ya dio el salto a la tasa de 25 homicidios por cada 100,000 habitantes. Para dimensionar el número, es como si en un solo año hubiera desaparecido la población completa de Arteaga en Coahuila, de Tapalpa en Jalisco, de Tlalpujahua o Cuitzeo en Michoacán; o en dos años se hubiera desvanecido Valle de Bravo en Estado de México, Jerez en Zacatecas o Pátzcuaro en Michoacán. Y esto es sólo hablando de “homicidios dolosos” y confiando en que, en todo momento y en todas las entidades federativas del país, ninguno de los homicidios culposos (por accidente o negligencia) haya sido doloso en realidad.

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Fuente: INEGI

¿Y si agregamos lo que sabemos sobre personas desaparecidas? Este año la organización Data Cívica dio a conocer los nombres que había logrado recopilar de 31,968 personas desaparecidas de las 32,277 de las que se tiene registro desde 2007 hasta julio de 2017. O sea que al día han desaparecido 8.35 personas en México. Pongamos dos puntos de referencia para que se entiendan las dimensiones de ese número: la dictadura argentina y la España franquista, periodos bien conocidos por la desaparición de personas. Pues bien, durante la dictadura argentina la cifra más alta que se suele dar de desaparecidos entre 1975 y 1984 está en 30,000, que nos da una proporción de 8.21 desaparecidos al día. En España, de 1936 a 1975, la cifra suele ser de 143,000, que da 9.78 personas desaparecidas al día.

¿Ya logré hacerles ver el porqué de mi consternación? Pero los hechos no son sólo lo preocupante (y sólo hablé de homicidios y desaparecidos, pero prácticamente toda la incidencia delictiva rompió récords este año), sino también la manera en que estamos reaccionando a ellos, si es que a eso se le puede llamar “reacción”. Lo que yo veo es un silencio y una indiferencia apabullantes. Es como si estuviéramos ya sedados con algún analgésico —emocional, ideológico o del tipo que sea— que nos hace sumirnos más en la pasividad. Es el miedo, por supuesto, y cualquiera que sobrepase los 30 años de edad en México —es mi impresión— tendrá como punto de comparación con qué tanto miedo salía a la calle hace 15 años y cómo es ahora: salimos cada vez con mayor desconfianza.

Y el miedo sólo es el inicio del ciclo vicioso: más miedo, mayor desesperanza, mayor pasividad, mayor individualismo y despreocupación por el prójimo, más desconfianza, más miedo… ¿Cómo cortar el círculo? Supongo que, de entre todas las cosas que sería preciso hacer para lograrlo, una de ellas es tener convicciones.

Uno de los más famosos creadores de convicciones justificadas, Sócrates, discute en un pasaje platónico con un personaje llamado Polo que defiende la idea de que los poderosos tienen el mayor bien posible. Para Polo, no puede haber algo mejor que hacer todo lo que uno quiera y cuando uno quiera. Su justificación es sencilla: hay un placer indudable que surge cuando uno está en esa posición. Sócrates le dice:

“Si en un día de mercado atiborrado tuviera bajo la axila un cuchillo y te dijera: ‘Polo, acabo de conseguir una fuerza y poder maravilloso. Pues cuando me dé la gana que alguna de las personas que ahora ves deba morir de inmediato, morirá quien me parezca. Y cuando me dé la gana que deba romperle la cabeza a alguno de ellos, de inmediato estará rota; o cuando se trate de rasgarle la vestimenta, estará rasgada. Tan gran poder tengo en esta ciudad’, y si entonces no me creyeras y te mostrara el cuchillo, tal vez me dirías al verlo: ‘Así, Sócrates, todos tendrían gran poder, pues de este modo se incendiaría la casa que te diera la gana, y los astilleros de los atenienses, las trirremes y todos los navíos (los públicos y los privados)’. Pero esto no es tener un gran poder, el hacer lo que a uno le parezca, ¿no crees?” (Platón, Gorgias, 469d-e)

Recuerdo que me impresionó mucho cuando leí esto hace ya tiempo. En aquel momento pensé, claro, en nuestra realidad actual, pero últimamente el pasaje me ha venido a la mente con mayor frecuencia. Las cosas no han cambiado de manera significativa hasta la fecha: al final, todos podemos hacer prácticamente cualquier cosa. Siguiendo el argumento de Sócrates, si todos pueden hacer en realidad casi todo, los que se complacen con la idea de tener poder por encima de los demás están viviendo una ficción. Se podría contraargumentar que “tener gran poder” sería no sólo hacer lo que uno quiera, sino también salirse con la suya. Pues bien, si da la casualidad —funesta casualidad— de que uno viva en un medio donde lo que impera es la impunidad —como la Grecia de aquella época, como el México actual—, lo cierto es que prácticamente cualquiera tiene la posibilidad de salirse con la suya. Así que, incluso frente a este contraargumento, Sócrates podría sólo sonreír y lanzar la pregunta: “si tienes lo que todos pueden tener, ¿en qué sentido es un gran poder?”.

Imaginemos que alguien tratara de convencer con el argumento de Sócrates a un sicario actual de México —de esos que tienen sueldo mensual fijo arriba de 10,000 pesos mensuales, según cuentan— de que cambiara su estilo de vida. Supongo que podría responder: “pero qué bien se siente tener huevos y que los demás me tengan miedo. Eso es poder y tu argumento no me lo quita”. El propio Sócrates intuía esa respuesta, así que se vio obligado a plantear lo que sería una de sus ideas más famosas para la historia del pensamiento: la idea de que sólo el que es justo puede ser feliz. Esto es lo que está de fondo en la famosa tesis socrática: “el mayor de los males es cometer injusticia” (Platón, Gorgias, 469b). Su argumento, como tantos otros, se basaba en una analogía: así como el mayor bien para el cuerpo es la salud, así también el mayor bien para la mente o el alma es la felicidad. Y si la salud es carecer de males (como la enfermedad), el alma es feliz cuando carece de males (injusticia, ignorancia). Por eso “cometer una injusticia” sería el mayor mal posible: porque el individuo se empaparía de aquello mismo que imposibilita su salud psíquica. Por eso es preferible ser castigado por una injusticia que uno cometió, que no ser castigado: porque uno “recibe la justicia” junto con la represalia y por lo tanto se restablece esa salud mental. ¿Lograríamos convencer con esto a alguien hoy en día para que deje de cometer crímenes? Lo cierto es que parece dudoso. Las convicciones son sólo puntos de partida en el mejor de los casos. 

La vigilancia ha aumentado con respecto a la Grecia de hace 24 siglos, es cierto, pero por lo menos en México estamos muy lejos del “panóptico” que algún filósofo francés preveía con temor: ese momento en que la justicia estuviera por completo fundamentada en la posibilidad de vigilar —y por lo tanto castigar— todo cuanto ocurriera dentro de su radar. Es decir, para nosotros el ver se ha convertido ya no en la certeza de que habrá una represalia a algún acto sanguinario, sino más bien en la silenciosa constatación de una realidad social pavorosa y asfixiante. Podemos encontrar en la red videos o noticias con asaltos a autobuses, con asesinatos a civiles, a estudiantes, a periodistas o a activistas que buscan a algún familiar desaparecido, o vemos fotos con gente sacando cuerpos y cuerpos de alguna fosa clandestina, y ahora es imposible observar todo esto con la tranquilidad que acarrearía el saber que la visibilidad que el suceso alcanza ayudará a atrapar a los culpables. Esperamos en vano esa tranquilidad: sólo acude el miedo en su lugar.

Es posible, eso sí, que esta “visibilidad” sea sólo aparente. Entre los dos extremos posibles, es decir, entre el enterarse de un caso concreto de asesinato —supongo que ya casi todos tenemos alguna referencia directa: un tío o conocido balaceado, una prima acuchillada, un familiar que desapareció— y el oír los números brutos y abstractos —30,000 asesinados en un año—, parece que no dimensionamos realmente la magnitud del problema. Aquéllos se ven como casos aislados; y éstos son sólo eso: números. El “ver más” parece entonces traducirse en un “entender menos” y tomar más distancia de todo, aislarse cada vez más. Y entonces ocurre que el ciudadano promedio que pretende ganarse la vida con cierta honradez en México está cada vez más disgregado, más atomizado por así decirlo. No hay que reflexionar mucho para darse cuenta de que una de las claves del éxito de los grupos criminales es el sentido de pertenencia a un grupo, que facilita una acción colectiva y organizada. Pero aquel ciudadano promedio, aunque sin duda constituye el grueso de la población, está como solo ante el mundo y sus inclemencias.

¿Qué perspectivas hay para este año entonces? Les apuesto a que batiremos más récords, eso sí.  

Publicado en Análisis social

Todos los que vivimos en Guadalajara lo hemos notado: la violencia es cada vez más asfixiante. Incluso si alguien perteneciera a la anómala clase de tapatíos que no han sido asaltados, que no han tenido un familiar o conocido desaparecido, o que no han sabido de un cuerpo que amanece envuelto en una bolsa muy cerca de su casa, cuesta trabajo pensar que esa persona no se haya enterado de lo que sonó por todas partes este fin de semana: tres cuerpos colgando de un puente, por lo menos seis personas más asesinadas sin más en la noche del viernes y un grupo armado que se robó nada menos que cuarenta autos de una bodega.

La situación ya era preocupante, claro, desde hace mucho, pero el hecho de que la inseguridad y la violencia llegaran a los titulares de periódicos no amarillistas —algo que, dado lo habitual de eventos como éstos en los últimos años, parece ahora sólo lograrse por la casual acumulación de delitos en una sola noche— acaba de forzar al gobierno a hacer hoy una rueda de prensa para anunciar algo que equivale a echar pólvora a una ya enorme fogata: “vamos a cerrar filas”, dijo Pablo Lemus, presidente municipal de Zapopán y que estaba en calidad de representante del resto de alcaldes de la zona metropolitana. ¿Qué significa? Básicamente, que estemos preparados a más operativos de seguridad, más policía, más elementos del ejército en Guadalajara.

La verdad es que no sorprende que la única solución que les viniera a la mente es “más mano dura”. Es lo que se ha venido haciendo desde hace años en todo el país y renunciar a eso equivale a admitir que el camino no era el correcto y que lo que ocurre hoy es una fabulosa acumulación de errores pasados. En esta lógica, por supuesto, se piensa que si no se ha resuelto el problema es porque la mano no ha sido suficientemente dura. Cuando se gasta tiempo, enormes recursos e incluso vidas en un solo proyecto que a todas luces es un fracaso, la mente humana logra —por un acto de prestidigitación— negar lo palpable que es ese fracaso y sólo se empecina aún más en la dirección inicialmente elegida. Es que detenerse y rehacer el camino hacia atrás parece más difícil que seguir, a donde sea que se vaya.

Lo que me llamó la atención de la rueda de prensa, en todo caso, es que Pablo Salcedo, el portavoz de un Consejo que se autonombra “ciudadano”, sólo pensó en llamar una y otra vez a la ciudadanía a la denuncia. Les confieso que me dio una especie de risa nerviosa: ¡pero es que si en algo estamos todos de acuerdo es que la denuncia no sirve de nada para el común de la gente! La justicia en México la hemos ya hecho casi un privilegio de clase. La “palanca”, que parece actualmente el único medio de acceder a la justicia, es la forma en que el imaginario mexicano ha individualizado y por tanto explicado—“ah, bueno, es que él tiene palancas y tú no”— algo que en realidad tiene proporciones socioeconómicas muy concretas: una gran red de favores entre personas previamente favorecidas. Si no estás dentro de la red, eso por supuesto es sólo culpa de la “fatalidad” tuya de no tener los lazos familiares o amistosos correctos.

El portavoz en cuestión pidió también paciencia a la ciudadanía. Los resultados, dijo, no se van a ver pronto, pero si llegar un poco más tarde a casa por el tráfico que podría causar algún operativo significa al menos poder salir de casa, no está mal. Lo que da miedo es el único reproche que pudo imaginar ante la decisión de más operativos: “es que se van a ver terribles tantos policías o militares”. Claro, es que ante la oleada de asesinatos, a la ciudadanía le preocupa solamente lo bonita que se ve su chingada ciudad…

Pero volvamos al punto en verdad importante: ¿por qué no se mencionó en la rueda de prensa en absoluto lo que, según la mayoría de los especialistas, es realmente lo que suele reducir la violencia? ¿Acaso fue la “mano dura” lo que Medellín, Colombia, pasara de tener en los años 90 un índice terrorífico de 380 homicidios por cada 100,000 personas, a tener ahora uno de 20 por 100,000? No. Lo lograron con algo que llamaron “acupuntura urbana”, que básicamente transformó el espacio urbano para fomentar el desarrollo en los sitios más problemáticos. Es decir, lo lograron con objetivos a largo plazo basados en la prevención e involucrando a la sociedad civil, no a más sujetos armados en los que ésta no confía. Si toda la evidencia indica que lo que reduce la violencia es la prevención y tenemos un gobierno que omite toda mención de ella y sólo se enfoca en el castigo y en más armas de fuego, ¿no podemos concluir a secas que al gobierno no le interesa realmente reducir la violencia? Esta rueda de prensa fue una flagrante y espantosa confesión: “iremos contra toda evidencia”. Y si a la gente en el poder no le interesa cambiar algo —podemos deducir fácilmente—, es porque le beneficia tal como está, es decir, con una desigualdad que se ha abierto como una grieta tan profunda, que quien haya visto los dos lados habrá sin duda pensado que en México coexisten mundos absolutamente diferentes. 

Y en este contexto, precisamente aquí, hay que admitir que el gobierno la tiene fácil. Si a un fulano en una rueda de prensa le es posible retratar a la ciudadanía solamente como gente interesada en que la ciudad se “vea bonita”, es justo porque la ciudadanía no está organizada para pedir y exigir al gobierno que no haga lo que va contra toda evidencia, contra todo sentido común. Estamos tan hastiados de la política, que hemos hecho casi de cualquier forma de organización algo que necesariamente entraría en la lógica de los partidos, de los cuales estamos hartos por igual. Pero ése es el punto: mientras permanezcamos todos al margen, evidentemente con miedo, y sólo pidamos al gobierno que “rinda cuentas” y ajusticie, pero sin ningún tipo de organización o participación en políticas de prevención, las cosas seguirán igual.

¿Políticas de prevención? Aquí una organización internacional con un montón de propuestas: Instinto de Vida. En nuestro país, México Evalúa y Enjambre Digital también están haciendo valiosos llamados a la sociedad civil.

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No puedo negar la conmoción que tengo cada vez que vuelvo a ver el video que “La Mars” grabó al más puro estilo de una estrella de cine que, además, parece ser experta en la ciencia de la vida.

Conmoción que supongo, debe relacionarse, de alguna manera retorcida, con aquello de “lo bello y lo sublime en Kant”. Un espasmo comparable a la contemplación de un huracán a mar abierto o de aquella pintura de Saturno devorando a sus hijos de Goya, donde el horror y la fascinación encuentran su equilibrio para no dejar de mirar.

Y es que, al iniciar el video con la bomba argumental “tengo dieciséis años y tomé conscientemente la decisión de dejar el bachillerato”, no puede más que recordarnos, con una bofetada a aquellos que ya pasamos por aquel encantador torbellino de hormonas e ideologías, solamente superable por la satisfacción de que no volverá a repetirse, como era el mundo a esa edad.

Y es que en sentido general, uno no logra desentenderse del todo con la molestia que al parecer parapeta la renuncia a las instituciones, el sistema y a lo convencional en que se mira la vida desde ese enfoque. Al parecer, algo hay de verdad en ello. Pero bueno, habría que desmenuzar lo que pasa, cómo pasa, cómo no pasa y qué podemos hacer al respecto.

En primer lugar, el énfasis que hace desplegar todas aquellas críticas al sistema educativo: que son guarderías para entretener a los estudiantes, que te saturan de información inútil para la vida práctica, que te convierten en borregos, etc. En todas ellas, debo confesar, estoy tan de acuerdo  que me tatué su cara en el chamorro como símbolo de simpatía y buen gusto. Pero al notar que se parecía más a Aristegui, terminé por borrarlo. Lo sé, ha sido una semana muy intensa para un servidor.

Pero regresando al tema central, creo destacable acentuar algunas omisiones que detecto como profesor de bachillerato que he sido, y que desde la trinchera académica que he vivido puedo observar.

1. - El sistema educativo apesta

Es cierto, si lo comparamos con países de primer mundo, la distancia es larga y triste a la vez. Pero la comparación con 7-8 países de primer mundo durante los últimos 50 años, no creo que sea justo para la historia de la educación, es decir, excluir todos aquellos escenarios políticos-sociales-culturales que han generado educación en la humanidad, es no entender qué se busca entonces con la educación.  Y es que podemos hablar de las excelentes habilidades que logran las personas en modelos como en Japón, donde la disciplina y la excelencia son la carta fuerte de presentación. Excluyendo como he mencionado anteriormente el contexto al que pertenece.

Sería como pretender que si tomas a un montón de indígenas de la sierra tarahumara, meterlos a un colegio ingles durante tres años, para posteriormente regresarlos a su comunidad, con sus familias, su  economía y sus problemas tan específicos y que todo aquello se solucione por medio de la magia educativa. O al revés, esperar que un mirrey termine la escuela pública, regresa al seno materno como un sujeto nuevo, con consciencia social que le permite exigir la igualdad de condiciones desde su Iphone. Y pasa. Pero el sentido de la educación dista de esto.

Personalmente debo de confesar que uno de los momentos más difíciles de la actividad docente es entender que lo que se enseña, no es lo que se aprende, que lo que se aprende no va a tener el uso que uno espera por parte del estudiante, que a final de cuentas, el estudiante deberá descubrirse como un agente  libre y activo dentro de su vida.

Que debe encontrar dicha libertad en medio de un proceso conductista, estandarizador y en ocasiones muy poco alentador para dichos fines. Pero, entonces ¿para qué estamos educando? Sería la pregunta obligada.

Es verdad, el sistema educativo fue diseñado para generar modelos de conducta estandarizados. Que tragedia para la existencia humana. Eso, hasta que en el viaje que llamamos vida, comenzamos a conocer gente que en su escasa comprensión de los fenómenos del mundo, comienza a tomar esa libertad para ejercer acciones a diestra y siniestra para su beneficio inmediato. Corrupción, violencia, apatía, perjuicio involuntario, por mencionar las que se me vienen a la mente en este momento. Aquellas personas que en ocasiones hacen gala de su inconsciencia y que entonces sí, nos molesta muchísimo que incluso una persona no acate las normas de modales básicas, SON UNOS ANIMALES, nos grita la doble moral.

Es complicado entender esta extraña dialéctica entre la tradición y la vanguardia de las ideas, pues es verdad que la tradición estropea la creatividad de nuevas propuestas, pero también hay que decirlo, la vanguardia sin tradición termina siendo algo similar. Propuestas innovadoras que ya se plantearon mucho antes, errores que pudieron evitarse con conocimiento y experiencias pasadas.

2.- Sigue tus sueños y no seas una oveja del sistema

Es un llamado al amor propio por donde uno lo quiera ver, es, en esta ocasión, la dialéctica entre el individuo y la sociedad lo que está en juego. Ojalá todo fuera seguir tus sueños, en serio, OJALÁ. Pero resulta que hasta los sueños más pequeños requieren de esfuerzo y sacrifico para ser logrados. Sobre todo cuando tienes 16 años y tu vida es lo suficientemente estable, como para dejar la escuela de manera consciente. Es decir, todo el trabajo, planeación, sacrificio que por parte no solo de los padres, si no de los abuelos, familia y amigos que dan la estructura para tal solvencia moral.

Seguir los sueños individuales abandonando los compromisos con el entorno es una respuesta rápida de consecuencias lentas. Es en el reconocimiento del otro donde vemos los mejores frutos para los proyectos individuales. Y no sólo del otro como mi compa con el que voy a poner un bar en la playa para poder emborracharme mientras trabajo. En el reconocimiento de instituciones, clases sociales, empresas, procesos y complejidades del mundo actual que dan las herramientas necesarias para la concreción de dicho proyecto.

Pero, ¿dónde habrá un lugar para poder desarrollar dichas habilidades? Digo, un lugar donde los recién llegados pudieran experimentar en un ambiente controlado, las circunstancias más comunes de la vida. Un lugar donde pueda el sujeto experimentar la frustración, el desanimo, las fallas de un contexto mucho más complejo. Un lugar donde tenga un escenario para experimentar las propias potencialidades. Donde se pueda encontrar con personas que le den la desaprobación de sus iguales ante la iniciativa y donde al mismo tiempo pueda encontrar en quienes apoyarse. Un lugar a final de cuentas, donde pueda ir, poco a poco, discerniendo que hay gente que te apoya en ciertas circunstancias, que te entorpece en otras y que para todo ello hay una estrategia para salir adelante dentro de su propio contexto. Sería como un sueño hecho realidad. 

3- Las cartas sobre la mesa

Lo complejo es entender que todo está en el mismo paquete, que la vida en las escuelas no es color de rosa, pero afuera de ellas la cosa se pone un poco más verde caca. Que el estudiante toma las herramientas si quiere, si no, puede pasar de largo, pagando las colegiaturas como si se tratara de la mensualidad del gimnasio en enero, ¿si pagas, eso quiere decir que ya estas mamado no? Pos no.

Ante este escabroso tema sobre la educación hay que entender que cada contexto va a determinar la necesidad. Que “la necesidad” siempre surge en la práctica, no en la teoría, que “la teoría” siempre va a estar atrasada por ello mismo y que es responsabilidad única del individuo estar al pendiente de todo ello en su vida adulta.

Aplaudo la sinceridad y el entusiasmo con que se hizo el video. Me ha puesto de nueva cuenta frente a lo que amo de las redes sociales, el rostro de lo que está pasando allá afuera, lejos de los muros de mi personal imaginario donde todo tiene sentido.

Si bien el futuro de la educación es cada vez más incierto: nuevas tecnologías, recortes presupuestales, los millenians (…) todo ello es la constante de los tiempos actuales y al respecto solo me queda recordar las palabras del Mark Twain: El hombre es un experimento; el tiempo demostrará si valía la pena.

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Año 2006. En el verano de este año, se efectuó una de las elecciones presidenciales más reñidas de la historia nacional. Andrés Manuel López Obrador estaba en el máximo de popularidad y encabezaba las encuestas; de cerca lo seguía el candidato oficial, el conservador Felipe Calderón Hinojosa. En una jornada electoral cargada de irregularidades y una campaña de desprestigio montada meses previos a la elección, el entonces Instituto Federal Electoral (IFE) no pudo dar un resultado claro de quién era el ganador debido a supuestos errores del sistema. De inmediato, y con el recuerdo todavía vivo del fraude del 88, la protesta de los simpatizantes del "Peje" no se hizo esperar.

Tan sólo unos días después de la elección, el escritor Fernando del Paso publicó en algunos periódicos un emotivo poema, que no daba muchos argumentos al movimiento, pero sirvió de alguna manera como empuje motivacional para el mismo. Así se expresaba Del Paso:

"Sí hubo fraude, porque el engaño es fraude.

Sí hubo fraude, porque la falacia es fraude.

Sí hubo fraude, porque el abuso de confianza es fraude.

Sí hubo fraude, porque la mentira es fraude.

No hay que buscar el fraude en un millón, dos o tres millones de votos perdidos.

No hay que buscarlo en mil, tres o cinco mil actas con errores deliberados.

El fraude, el gran fraude, ya estaba allí, entre nosotros, desde mucho antes del 2 de julio".

Tiempo después, en los momentos en que la protesta se exacerbaba por la opacidad informativa del instituto electoral, se organizó en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH) de la Universidad de Guadalajara un foro de reflexión que contaría con la participación de Julio Hernández, columnista de La Jornada, y el propio Del Paso, quien fue invitado a raíz de su publicación.

Un colega fue requerido para llevar al escritor al evento, que se realizó en el emblemático auditorio “Salvador Allende”, y me pidió que lo acompañara a recogerlo a su domicilio en la colonia La Calma. Debido a que no se nos dieron las debidas instrucciones para llegar al lugar, arribamos muy tarde. El escritor estaba furioso, pero se tranquilizó durante el trayecto.

El foro fue, hay que decirlo, más visceral que reflexivo. Hernández hizo atinados señalamientos, con ciertos datos precisos, que argumentaban la hipótesis del fraude. La intervención de Del Paso fue también crítica respecto de las instituciones gubernamentales, aunque con recursos poéticos apelaban más al pathos que al logos.

Pero el público, mayoritariamente integrado por incondicionales seguidores del candidato derrotado de la “izquierda”, AMLO, aprovechó la ocasión para dejar fluir su frustración y enojo a través de furibundas arengas contra el gobierno, expresando su total convicción de que el proceso elector había sido fraudulento. Incluso se escucharon acalorados llamados a tomar las armas. Un asistente del público retó a los invitados del foro a participar en las marchas y acciones de protesta, para probar su congruencia y su fidelidad a la causa. Hernández accedió, aunque Del Paso evadió como pudo el tema. Una vez concluido el evento, llevamos al poeta de nuevo a su hogar. Durante el recorrido, Del Paso nos confesó que ni de broma participaría en las movilizaciones, ya que ni su edad ni su salud se lo permitían.

Un año después, en el marco de la Feria Internacional del Libro, Del Paso recibió el Premio FIL de Literatura. El galardón fue entregado personalmente por Felipe Calderón, ya ungido oficialmente como presidente de la república. Cuando escuché la noticia por la radio, no pude evitar recordar el siguiente pasaje del poema de Del Paso, escrito casi año y medio atrás:

"Ese fraude es ya parte de nuestra historia. Y con él, la traición a la confianza de los electores por parte de nuestras más caras instituciones. Nos defraudó el presidente Fox al avalar y participar en la campaña contra Andrés Manuel López Obrador y en favor de Felipe Calderón".

Es comprensible la negativa de Fernando Del Paso en participar en el movimiento de protesta de aquel fatídico año. No obstante, el recibir un premio a manos del “presidente espurio” apenas al año posterior resultó muy desconcertante, pues el poeta jamás se explicó el extraño cambio de opinión. Sin duda, es respetable que una persona cambie de parecer, pero el no aclararlo y sobretodo, el no justificar por qué lo hizo es lo que desconcierta. Y claro, esto es lo que alimenta toda clase de especulaciones.

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Hay dos cosas que no podemos elegir; la primera es nuestra familia y, la segunda, es donde nacemos. De lo contrario ¿elegiríamos ser mexicanos? Más de alguno de nosotros lo pensaríamos dos veces, porque esto conlleva no sólo un registro civil, sino una carga ideológica y una llamada “Identidad nacional”, y no, esto no se reduce a un partido del tricolor (selección mexicana) reunidos en familia sentados frente al televisor con refresco en mano y nachos, como la mayoría de los mexicanos podríamos pensar.

En la actualidad contamos con un presidente cuyo papel protagónico es el de su ignorancia, donde para bien o para mal es síntoma de la enfermedad mexicana que es la falta de educación. Y no hablo de los edificios que alguna vez fueron cementerios y que ahora son reutilizados para aulas. Ni de una reforma educativa donde el trasfondo es político y económico. Hablemos de una verdadera educación, pero ¿cuál podría ser la verdadera?

En un mundo lleno de desinformación, donde todo se vuelve líquido y fugaz, donde lo que aprendo se desmorona por la mañana, la verdadera educación es la que nos hace ser libres. Por lo tanto, a lo que nos referimos con nacionalismo en tiempos modernos es a la representación de una ideología, cultura y raíces étnicas que nos diferencian de la mayoría de los seres vivos.

Dentro de nuestra cultura debemos abordar nuestra singular y preciada alimentación. Como los chiles rellenos, las ricas tortillas de maíz, las gorditas de masa y, por supuesto, nuestras salsas en todas sus presentaciones, desde la Tabasco (pese a no ser de origen nacional) hasta el chile verde. Claro, la comida y el folclor de nuestras tierras es algo que nos identifica, aunque a veces se nos olvide que fuimos conquistados por los árabes, españoles, ingleses y franceses. Por lo tanto, que nos queda sino una diversificación de diferentes culturas, religiones y razas. Somos el conglomerado de la raza azteca, caras de apaches, con nopal en mano y huaraches. Una síntesis de un país joven que trata de resurgir entre todas sus riquezas pero que constantemente es saqueado por sus mismos gobernantes. Somos lo que Octavio Paz temía, un lugar que por sus riquezas debe sufrir las peores desgracias.

Cómo somos capaces de encontramos o identificarnos a nosotros mismos de los demás seres del planeta, si no es solamente porque nos reconocemos a través del otro, de la otredad. Al observar las diferencias y/o similitudes entre los demás seres humanos, nos reconocemos. Hablando de razas, algunos son güeros, otros castaños, otros carecemos de heterocromía y otros somos un poco más altos que la media. Pero al final todos somos seres humanos y, aún más, nos llaman mexicanos. Algunos nos dicen corruptos, tranzas, indios. Y quisiera negarlo, pero ¿por qué negar que tengo, tal vez, alguna raíz indígena? De corruptos y tranzas, me atrevería afirmar que es más que una ideología, es nuestra filosofía mexicana, el chingar o esperar a que te chingue. Es lamentable, lo sé, que ahora que lees esto pensemos lo mismo. Pero ¿cómo negar 200 años de una misma carga educativa generacional, donde el medio más eficaz para escalar a un mejor puesto o conseguir mejor trabajo, es el de fregar al otro? Nos hemos caracterizados por ser personas que en vez de buscar al súper hombre del que nos habló Zaratustra, buscamos ser lo más retrógradas posibles, y entre más fácil y sencilla sea la salida, mejor. Si habláramos de razas inferiores, como Hitler lo afirmaba, siguiendo una línea schopenhaueriana, al igual que este mismo filósofo (Schopenhauer) negaría mi propia nacionalidad al verme entre abismos de incongruencia e ineptitud sobrehumana.

La calidez de la ignorancia gobierna el gozo de los más llanos deseos de los esclavos obreros, quienes apenas sobreviviendo con un salario mínimo que no alcanza ni para la canasta básica, y trabajando el doble que muchos países del primer mundo, se encuentran sometidos a una náusea, que vomita todo el glamour de pensamiento crítico, humanista y, ya no digamos de un verdadero pensamiento, filosófico.

Pero celebremos que somos mexicanos, aunque nuestros llamados héroes patrios en su mayoría sean historias fantasiosas o falsos ídolos. Que seguimos siendo un país tercermundista, gobernados por el presidente que más nos representa como sociedad. Celebremos que será puente y no trabajaremos, así podemos tirar flojera o emborracharnos hasta vomitar. Celebremos como niños en el zócalo con música y baile, adiestrados como animales de circo, agradeciendo a nuestros dueños por tan hermosa y singular fiesta. Celebremos y gritemos al aire que viva México cabrones, aunque no reconozcamos nuestra propia historia y mucho menos seamos cabrones, porque si lo fuéramos, buscaríamos, a toda costa, la libertad.

Publicado en Crítica

Bajo el hashtag de #Lady o de #Lord, usuarios de redes sociales en México han logrado etiquetar a todo aquel individuo que consideran reprobable en la sociedad, el cual, gracias al uso de las cámaras de los teléfonos, puede ser exhibido en el Ágora público virtual para entrar en el juego de la ironía y de la sátira, además de otorgarle la merecida fama negativa a manera de castigo internáutico inmediato.

Sin embargo, los alcances de este fenómeno comienzan a salirse de control y se vuelcan hacia el reflejo de una sociedad que no sólo busca mofarse de actos considerados como reprochables, sino que, a su vez, esos actos están siendo utilizados para denigrar a las personas que se vuelven protagonistas de los videos millones de veces compartidos.

El martes 14 de junio de 2016, el trending topic en Twitter lo alcanzó una menor de edad (adolescente), que, al parecer, bajo su permiso fue grabada y fotografiada realizando sexo oral a su novio en una escuela y con el uniforme de la institución, en presencia de los amigos del galán. Situación que ha llevado a catalogarla en las redes como una “Lady”.

Y sin afán de contribuir más al frenético morbo por ver las imágenes de esta chica bajo esta situación, escribo estas líneas con el único objetivo de cuestionar y reflexionar sobre diferentes situaciones que quisiera exponer, sin entrar en un aire moralista y de golpe pecho.

¿Qué es lo que está pasando con nuestros adolescentes que día con día se ven más inmersos en actos de violencia, delincuencia, drogadicción, violaciones, o falta de pudor? Pensando tan solo por citar algunos ejemplos, en los casos de los llamados “Porkys” de Veracruz, en el caso de Chihuahua en el que un grupo de adolescentes privó de la vida a un niño de 6 años en lo que ellos llamaron como un “juego”, y ahora en la exposición pública y en redes sociales de estos adolescentes en una escena que va más allá del morbo y del exhibicionismo.

¿Dónde están los padres de estos adolescentes y cuáles han sido las dinámicas familiares que han permitido que sus hijos se vean envueltos en casos así?

¿Hasta dónde, como sociedad, les estamos fallando a las futuras generaciones? Que al parecer de forma directa o indirecta incitamos, permitimos e incluso nos servimos de ellos para colocarnos en el centro de burlas y mofas.

En el caso específico de esta chica (a la cual no nombraré como ha sido denominada en redes, no sólo porque me parece denigrante, sino porque sería contribuir con el problema) y de los jóvenes involucrados en el caso específico, me queda claro que existe una total falta de madurez y consciencia sobre las dimensiones que sus actos han alcanzado y las consecuencias que los mismos traerán ante una sociedad que es catalogada todavía como machista y de doble moral; y aun cuando pudiese entender que esta falta de madurez, entre otras muchas cosas, sean las causantes de ponerlos en una situación así. Lo que no puedo entender es cómo, como sociedad, seguimos contribuyendo a que esto pase de forma diaria, a que se le dé difusión masiva a las imágenes y las mismas sirvan de burla ante frases y palabras que no sólo denigran a una menor de edad, sino que también la vulneran y contribuyen a pisotear más su dignidad.

Diría mi abuela: “Tan culpable es el que mata la vaca, como el que le agarra la pata”. En este sentido, me parece que tan culpables de reproches son ellos, como nosotros que al centrarlos en medio del escrutinio, la mofa y el prejuicio social, nos hemos olvidado de que les hemos fallado al no haber generado un contexto social que les permita tener alternativas reales, que los aliente a ser mejores, a superarse y a crecer con valores y principios, a luchar por sus ideales valorando el esfuerzo, el trabajo, la dedicación y no enalteciendo el camino fácil y la fama sin sentido.

Creo que es necesario detenernos un momento y reflexionar si nuestros actos en la vida real y cotidiana y en el mundo virtual de las redes sociales, son tendientes o suficientes para incidir y generar un mundo mejor para ellos, para nuestros hijos, para las generaciones futuras.

Si al pensar en esto la respuesta es “no”, entonces debemos empezar a cambiar lo que hacemos, debemos esforzarnos más por generar mejores condiciones, debemos comenzar a hacernos responsables de nuestras acciones y decisiones diarias sin pensar por un momento en lo que el de al lado no ha hecho o lo que el gobierno en turno (que, dicho sea de paso, nosotros escogimos directa o indirectamente) está haciendo o ha dejado de hacer.

La solución para muchos problemas que vivimos está en nuestras manos, por ello es hora de dejar de ser parte del problema y convertirnos en la solución, si no, el día de mañana no nos sorprendamos de que sean nuestros hijos o familiares las futuras “Ladies” o “Lords” de las redes sociales y sigamos inmersos en esta dinámica destructiva que como sociedad hemos alimentando. 

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