Martes, 30 Octubre 2018 05:47

El vestido de novia y la cultura blanda

El vestido de novia y la cultura blanda

Por: Edson Javier Aguilera Zertuche

“El vestido es muy importante porque voy a elegir la locación de la boda de acuerdo al estilo del vestido.” Dijo una mujer norteamericana de unos 40 años a su madre y a la modista. El contexto de este diálogo es explicado por un programa televisivo sobre moda, lo que aparentemente podría justificar el contenido de lo expresado. Sin embargo, lo que culturalmente refleja este comentario no es un hecho aislado, sino uno cuyas representaciones pueden encontrarse por doquier.

Que el vestido sea más importante que el lugar donde se celebrará la segunda boda de una cuarenteañera de clase alta norteamericana, aparentemente tiene que ver con la clase económica, pero no nos engañemos; este tipo de elecciones suelen repetirse en las diferentes clases sociales con diferentes objetos y niveles de gasto. En esta frase se expresa que la comodidad de los invitados e incluso la ciudad donde se efectuaría el evento serían de segunda importancia, reflejaba también que en el evento había algo más importante aún que la unión, más importante que el novio; la apariencia de la novia. Su madre le expresaba que lo más importante era verse como una princesa, quería ver a su hija entrar al altar y deslumbrar a todos con su encanto. Ella que pone su persona como centro del universo no es una excepción, hay que ser profundos y hacer preguntas, porque si un individuo expresa tal o cual cosa es culturalmente posible que otro individuo pueda expresar cosas similares. El mismo Jhon Dollard indicaba que todo individuo pertenece a una serie cultural. Entonces, ¿cómo es culturalmente posible que se dé una situación así?, ¿de cuántos modos diferentes se expresa este valor donde la persona es el centro de un universo simbólico? La cultura “produce” las condiciones para que esto suceda de una y mil maneras, los imaginarios colectivos posibilitan este tipo de expresiones; así como impiden otras, por ejemplo, un comentario racista dicho públicamente.

Un imaginario como conjunto de significaciones compartidas, subterráneas y flexibles influye en lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Llamaré a este imaginario la cultura blanda. Y confieso que sobre esto no soy original, pues la misma categoría de imaginario social como saben, fue trabajada por Mircea Eliade, Mary Migdley y así mismo el binomio “instituyente e instituido” por Cornelius Castoriadis. También, esta reflexión se nutre de revisiones dispersas y asistemáticas de Zygmund Bauman, Michel Mafessoli, Erving Goffman, Samuel Ramos, Erich Fromm, Pierre Bourdieu y otros.

Bauman habla de cultura líquida, que es por analogía, cambiante, escurridiza, sin algo propio y que toma la forma del recipiente. Esto implica la posibilidad de individuos sin personalidad que son guiados por el mínimo común denominador social, es decir: aquello que esté de moda. Bauman habla acerca de un proceso de “licuefacción” de la cultura de la modernidad, esta licuefacción implica como se sospecha la carencia de estabilidad, es más fácil dar forma, claro, pero más difícil conservar una forma. A su vez esta licuefacción, esta superficialidad invade todos niveles sociales, incluso el microsocial, y se refleja en las interacciones, en el lenguaje y en las expresiones diversas sobre la vida cotidiana.

El sociólogo francés Michel Maffesoli, dirá en “El crisol de las apariencias” que existe entonces un “hedonismo de lo cotidiano” que es irreprimible, potente y que sostiene a la vida cotidiana, ¿y qué significa esto? Significa que lo confortable y lo agradable son el vehículo de las eleccio­nes de la vida cotidiana, que, por ejemplo, las institucio­nes, los centros de trabajo, las academias, las filiaciones políticas, las amistades, etcétera, siguen una lógica de las emociones, que implica un rechazo o un acogimiento que no tiene que ver con elegir lo mejor, lo racional, lo justo o lo más plausible. Se reconoce como derecho incuestionable el ser feliz, pero una felicidad rápida, fácil, volátil, basada en cosas instantáneas, ausente de un sentido crítico, por tanto, una felicidad blanda, ficticia, que se defiende a capa y espada y de la que se buscan pruebas en cada frase, en cada foto, en cada adulación.

Así al conformar un grupo de trabajo, un círculo de amistades no elijo a los mejores sino a aquellos con quie­nes siento un confort, y no siempre esto coincide con el alcance de los fines que se propone un proyecto, ni coinci­de con aquello que me hará crecer, desarrollar cualidades apreciables. Cuando la elección pasa de lo ético a lo esté­tico hay una estetización de la vida, la estética ha conta­minado todo, todo pretende convertirse en obra de crea­ción dice Maffesoli. Pero esta estetización no tiene nada de inocente, pues descarta a quienes poseen habilidades para la cuestión a trabajar e incluye a quienes ofertan un agrado o una manejabilidad, muy socorrido en términos de las instituciones educativas el dicho “Es buen maestro, pero no es buen empleado”.

También es recurrente construir nuestra vida y nuestra personalidad como algo para que los demás aprecien, solemos encantarnos ante las narraciones y nos fascina narrar nuestra propia vida como una amalgama de momentos, elecciones, progresos paulatinos y lógicos, pero sobre todo como una autobiografía, bella, atrayente, digna de admiración. Como una sucesión de imágenes y videos -bien escogidas claro está- cuya creación está a la mano de cualquiera y cuya sobreexposición y exhibicionismo indica que no se tiene algo más para compartir. Se pueden encontrar fácilmente centenas de aplicaciones que inciden en la adoración de la imagen individual, cuyas herramientas implican la invención de imágenes propias, editores de fotografías, endulzantes de momentos que por sí solos no tendrían interés. Millones de usuarios en todo el mundo han hecho de su imagen un trabajo de tiempo completo, y hay quienes no comparten nada más que esto, su imagen enmarcada y remasterizada ¿tendrían algo que compartir, una idea que poner a prueba, un mensaje que dar, un contenido relevante que nos indique que conocen y valoran algo más allá del microcosmos donde son el centro del mismo? No es que el compartir esté destinado para los eruditos, para los ostentantes de grados académicos, porque hasta ahora eso es criticable. “Tener un título no te hace buena persona” versa una frase encontrada en redes sociales, que indica lo que sostenía Ortega y Gasset, el hombre masa, el hombre mayoría siempre jalará hacia abajo, hacia el mínimo de exigencia. Cuando pregunto si tendrían que compartir algo o no, los enamorados de sí mismos, los narcisos, hablo de que el herrero puede compartir un humilde trabajo, preguntar por alguna técnica de soldadura, el electricista puede compartir cómo poner un apagador de escalera porque son su arte, su oficio y ahí muestra un interés más allá de su yo.

En efecto, como indica Isela Rodríguez (dixit), que los medios digitales suelen ser espacios de esa liquidez donde las fórmulas verbales que expresan un “superarse” “cambiar”, “estar pleno”, “amar la vida”, “ser madre”, “ser envidiado por los demás”, “estar destinado a…” , “todo llega a su tiempo”, “ser espontaneo”, “dejárselo al tiempo”, “alejarse de…”, “soltar tal….”, “justo cuando lo necesitaba”, “dios decide por mí”, funcionan como un constante buscar referencia de que se va bien, de que se es feliz, o están los que guían a los otros a serlo, el coaching ha sacado jugo de esta desorientación.

En este sentido hacerse cargo de la propia personalidad, implica ya un falso hacerse cargo que redunda en una búsqueda del destino a través de test de matrimonios futuros, significados fantasiosos del nombre propio, nuevas modalidades de horóscopos y otros tantos instrumentos para ficcionar una personalidad más que para conocerla, más para inventarla que para construirla. Repito, esta cultura blanda necesita de la idea destino más de lo que la vida griega necesitaba de los oráculos. En estos espacios, hablando de la licuefacción, se puede pasar rápidamente de ser un estudiante empeñoso y aferrado, a un fiestero sin remedio, por ejemplo. También estos espacios son propicios para adulaciones y complicidades que luego en persona se esfuman, no se sostienen. Quien tenga una postura crítica, será la piedrita en el arroz, el amargado, el mala vibra, apelativos que implican que la crítica y el cuestionamiento no son bien recibidos, sin importar la objetividad de la crítica. Recordar que la verdad o falsedad de una afirmación no depende de quien la diga o con qué intención se diga, de ahí que el recurso argumentativo llamado “hombre de paja” se ha considerado una falacia argumentativa. La crítica siempre ha sido una función social desagradable, pero sin la cual el cambio cultural no fuera posible, en el mundo del toreo le llaman a estos críticos reventadores, pero ellos precisamente son quienes ayudan a distinguir la cizaña del trigo porque un torero que va a consolidarse pasa sin preocuparse de los reventadores.

Pierre Bourdieu hará mención en “La ilusión biográfica” de que el sólo hecho de pensar que la vida de un indivi­duo es continua y sigue un orden lógico, tiene que ver más con una aspiración de identidad que con una reali­dad, que el paso del tiempo va de peor a mejor es una tontería y sobre esto el mismo Jiddu Krishnamurti afirma que un hombre que le deja al tiempo resolver algo, es un hombre muerto. El sujeto se ficciona en la cultura blanda seleccionando de su repertorio de vivencias, imágenes y demás recursos gráficos o discursivos aquello que encaje en una visión idealista de su vida, aquella que da un sentido confortable, el sujeto de la cultura blanda tiene que vivir y tiene que creer su propia ilusión biográfica. De ahí que el tiempo, dios y el destino sean indispensables, puesto que son responsables en cierto modo de las etapas sufridas o premiadores de las etapas buenas.

Erving Goffman afirma en “La presentación de la persona en la vida cotidiana” que nuestra primera impresión con las personas es posible a través de una tipología de los individuos que hemos construido a través de nuestra experiencia, pero más que nada a través de lo que la cultura “dice” sobre estos tipos de individuos. En este sentido, es triste ver que los tipos diferentes de individuos son cada vez más escasos, dado que el común denominador es el sujeto expuesto a licuefacción, el sujeto de la cultura blanda, que idolatra su imagen y que es crecientemente el sujeto más común. En la presentación de la persona en la vida cotidiana hay explícitos e implícitos que demarcan una serie de expectativas sobre qué esperar y que ofrecer, sin embargo, un sujeto expuesto a licuefacción, propio de la cultura blanda, ¿tiene algo que ofrecer, está interesado en recibir y saber apreciar algo? Creo que su ensimismamiento se lo impide. Recuerden, un buen vestido de novia determina todo lo demás.

Publicado en Análisis social

“Cuida, administra y preocúpate por tu tiempo libre o alguien más lo hará por ti (la tele, internet, los prejuicios o costumbres arraigados en la sociedad) y comenzará a ser de ese ocio que es la madre de todos los vicios”

 

El tiempo libre es, básicamente, el resultado de la evolución misma del homo sapiens. Al tener herramientas y animales que se encargaran de los trabajos más pesados para la supervivencia -como garantizar alimento o  la protección de otras especies- el tiempo libre se hizo presente.

¿Qué va a hacer este homínido súper desarrollado con el tiempo que le sobra?

Podría seguir haciendo lo que hace para garantizar todavía más su supervivencia, pero evidentemente llegaría un momento dónde él mismo u otros se darían cuenta de que ya no era tan necesario, y que se podría utilizar ese tiempo para otras cosas no tan urgentes, que paradójicamente resultarían ser, después de un tiempo, tan o más necesarias para su supervivencia y desarrollo como especie.

Desde planear estrategias militares o de combate para vencer a enemigos potenciales, o mejorar las herramientas rudimentarias desarrollando técnicas de construcción y experimentando con materiales para hacer armas más letales y efectivas. Revisar las formas mismas en que se organizan, distribuyen y administran los recursos naturales procesados por ellos mismos para relacionarse eficientemente con la naturaleza que les rodea y mejorar los resultados obtenidos hasta el momento.

Cada una de ellas debía ser atendida durante un tiempo: el libre.

Y esto poco a poco ha cambiado, el hombre no sólo quería sobrevivir, sino que ese mismo hastío de “la propia existencia necesaria” le exigió crear formas de entretenimiento y esparcimiento.

Y curiosamente nos detenemos a pensar, ¿fue la humanidad la que creó el tiempo libre?, o ¿fue el tiempo libre el que creó nuestra humanidad? Como sea, estas manifestaciones de aburrimiento colectivo derivaron en costumbres que a la fecha seguimos practicando.

Y es curioso cómo podemos, desde este diario transitar, revisar esa herencia y como aprovecharla o desperdiciarla en nuestra vida cotidiana.

Categoricemos:

Para el problema en cuestión, a criterio personal, es necesario discernir los tipos de “ocio” o tiempo libre del que disponemos para entender el fenómeno a cabalidad. Primera distinción:

1-Tiempo libre improductivo.

2- Tiempo libre productivo.

El primero, entendámoslo como aquel que no podemos evitar. Esos momentos donde simplemente queremos quedar en calidad de “camote encostalado” y no hacer nada de beneficio para nadie. Es inevitable, y al mismo tiempo importante. Pues creo fuertemente que es una forma de recordarnos, aunque sea de vez en cuando, que podemos disponer de nuestra existencia en la más absurda de las empresas “valer para pura ve&%#ga

La segunda, que es la que en realidad me interesa, debemos entenderla como aquel tiempo libre donde tenemos la energía y el ánimo para hacer algo. En sentido estricto, para “CREAR”. Es en aquella donde el término “cultura” (del latín “cultivar” o algo así encontré en Wikipedia) adquiere su sentido literal. Cultivamos algo en nosotros o en otros o en ambos, para beneficio o perjuicio de los mismos.

Lo que me exige una segunda distinción:

3- Tiempo libre en comunidad.

4- Tiempo libre a solas.

En la primera encontramos todas aquellas actividades que compartimos con otros, que más allá de la actividad misma, refuerzan los vínculos sociales (que ya por si mismos son fundamentales para el óptimo desarrollo psíquico y social de los individuos) y que nos ayudan a compartir lo que hemos cultivado por nosotros mismos o en otras comunidades.

Y el tiempo libre a solas, que es en particular el que más llama mi atención por varias razones. Es, como ya habrás podido anticipar, aquellas actividades que realizamos sin el ojo observador de la sociedad, sin las cargas morales o ideológicas sobre el cómo o en qué administramos nuestro tiempo y energía productiva.

Sobre estas 4 categorías me apoyaré para exponer el problema actual que a criterio personal, atenta contra el sano desarrollo del tiempo libre.

¿Hay una lista de actividades ociosamente buenas y una de las malas?

Lo primero que le viene a la mente a uno al pensar en ocio malo evidentemente es ver tele. Aquel “diablo disfrazado en túnicas LED” que nos priva de nuestra libertad y tiempo libre… Pero seamos un poco más profundos en la cuestión y no satanicemos con generalizaciones vulgares que lo único que harán es llevarnos a “lugares comunes” (es decir, a no pensar).

La cuestión más pedestre sería: Es malo ver tele, estar en internet, jugar video juegos o leer comics, mientras que leer novelas, hacer deporte, ver cine de arte, ir a la opera o recitales de poesía sería lo ideal para cultivarnos.

Ya en este punto del desarrollo cultural, debemos reconocer que:

“No toda la tele es mala y no todos los libros son buenos”

Hay programas de televisión que, desde mi perspectiva, pudieron evitarme semestres enteros en la universidad y sagas literarias que están estropeando a las nuevas generaciones en este preciso momento.

Para estas cuestiones, normalmente me gusta usar la expresión

“El problema no es el qué, sino el CÓMO”

A lo que me refiero y quiero compartir en este ensayo es el fascinante fenómeno que estamos viviendo en cuestión del tiempo libre. Ya no es, como hace un par de años, ver la tele con la sosa programación de “teidiotiza” o “tentorpezca” donde el entretenimiento televisivo se reducía a la novela de las 8 que es la misma historia que se ha repetido una y otra vez, o el partido de futbol, que si lo pensamos también es la misma historia que se repite una y otra vez (versión masculina).

El problema con lo anterior comienza desde el hecho de que la programación y contenidos de la televisión pública están perfectamente diseñados para fines políticos y sociales particulares de cada país desde la creación de la radio. El problema es reconocerlo y aceptarlo.

Pero actualmente el fenómeno ha adquirido nuevas dimensiones con la liberación de las redes sociales, donde uno deja de ser simple espectador y abandona la postura de estupor receptivo y adquiere el rol activo de opinión sobre lo que recibe, o que otros pretenden que asimiles sin cuestionar.

Empezando por ese fenómeno, podemos decir que hay un cambio en los hábitos de entretenimiento. Aunado a un aumento en la población que cada vez adquiere una educación de mayor calidad -que a su vez exige contenidos más complejos o elaborados- la cual ha obligado a que cada vez haya más opciones para un público creciente, diverso y exigente.

Por lo que, en cuestión de contenidos para el entretenimiento se refiere, tanto internet (que por sí mismo es un océano de posibilidades en este sentido) como las televisoras, han modificado inevitablemente los hábitos del consumidor.

Por otro lado, no sólo debemos hablar de lo que sale en la tele, la radio o el internet, también debemos poner atención en lo que hacemos por propia cuenta.

Las actividades  en comunidad como reunirse a ver el partido (a aquellos que he acompañado, no me lo tomen a mal), una película, grupos de lectura, vamos hasta ir a misa, son importantes. Yo odio el futbol, pero me gusta ir y disfrutar la compañía de amigos. Me daría lo mismo si fuera patinaje artístico, lo odiaría si detectara la función política que tiene para desviar la mirada de otros temas. Pero lejos de ese ámbito, reconozco que son actividades importantes para el desarrollo cultural y personal.

Podría proponer: “No hay que ver deportes, hay que practicarlos” pero creo que tampoco es el punto al que quiero llegar, digo, he visto señores panzones jugar futbol con la chela en la mano un domingo por la mañana y no creo que sea la idea de hacer deporte.

O podríamos, de igual manera, leer cualquier libro de superación personal, devorar uno tras otro o tomar una saga literaria para pubertos calenturientos, que solamente reafirman los ideales que antes salvaguardaba exclusivamente la televisión.

El problema no creo que sea, en sentido estricto, la actividad que realizas. La cuestión es la toma de consciencia que debemos desarrollar sobre la importancia que tiene el tiempo libre u ocio en nuestra propia existencia.

Es decir, dejar de creer que esas actividades son el residuo destilado de las cosas importantes y que por ende lo que sea que hagamos no tienen importancia o trascendencia en nuestras vidas como tal. Es el reconocimiento de que esas actividades son las que nos definen y distinguen como individuos y que, a su vez, nos acercan o distancian de otras personas dependiendo de nuestras decisiones.

Que es en el tiempo libre donde experimentamos la libertad de poder ser-hacer nuestra humanidad y definimos nuestro estar en el mundo. Abandonar pues, la creencia de que es tiempo perdido, y reafirmar que este es en realidad fundamental para nuestro desarrollo como seres humanos.

Vivimos en una sociedad que nos enseña a no estar solos en ningún momento, a temerle a la soledad. Lo cual, quiero creer que se desprende del temor maternal de que el pinche chiquillo no termine con unas tijeras metidas en la nariz por puro aburrimiento. Pero después de la infancia, ¿por qué temer?

Y digo esto a razón de personas que me han compartido que en sus hogares no pueden experimentar de un momento a solas y eso, evidentemente, se refleja en su personalidad. Y pocas veces tenemos la oportunidad de escuchar una apología del tiempo a solas; que es cuando nos confrontamos a nosotros mismos, a nuestros gustos, nuestras dudas, nuestras molestias. No por nada la regadera termina siendo el lugar más reflexivo que muchos llegan a conocer.

Es indispensable la intimidad con uno mismo y el tiempo para poder experimentar la potencialidad de lo que puede surgir a partir de esa relación de auto-descubrimiento.

Para ponerlo en palabras del que fuera, según Nietzsche el mejor psicólogo de la historia, Fedor Dostoievski:

«No hay peor castigo que prohibirle a una persona estar sola, ni siquiera aislarla, si no, prohibirle en todo momento que se aleje de la multitud» La casa de los muertos

O sea, ¿qué pedo con eso de la Ludosofía?

En primera, es un término acuñado desde la antigüedad por la orden episcopal de pitagóricos fenicios, que desde los inicios de la humanidad (…) Mna, en realidad me lo saque de la manga. Pero creo que es lícito acuñar algún término para definir la idea que intento plantear.

Los que tengan desempolvadas sus referencias etimológicas, sabrán que “Ludo” equivale a juego o diversión y “Sofía” a sabiduría, como comúnmente se entiende. En resumidas cuentas, se trata de establecer una visión sobre el entretenimiento consciente de sí o por hacer que suene más mamerto; sobre “un entretenimiento sabio”.

Es utilizar todos los elementos de nuestra educación o formación para buscar contenidos que nos permitan divertirnos o disfrutarlos para a su vez, acercarnos a nuevos contenidos que nos permitan tener una gama mayor de posibilidades de entretenimiento. Algo así como una “zona de desarrollo próximo-lúdico” en términos de Vigotsky.

Así, quienes entiendan de química, podrán acercarse a contenidos como Breaking Bad, o a quienes ya la hayan  visto, posteriormente podran tener un referente de contenido sobre la angustia de un padre, al querer salvar un patrimonio para su familia ante la idea de la propia muerte.

O por ejemplo, un programa tan inocente como 31 minutos que es sobre marionetas hechas con 3 pesos, abordar problemas políticos, éticos, espirituales, ecológicos con la mayor ligereza posible. En lo personal puedo confesar que entendí cómo funcionaba un golpe de estado jugando Vandal Hearts y Final Fantasy, o la corrupción gubernamental con el MGS de Play Station. Como no reconocer el impacto que puede tener una pelicula como Matrix o Inception -el origen- para comenzar  a interesarte sobre preguntas onto-filosóficas  o  incluso en cuestiones eticas como en La decision mas dificilThe Watchmen.

Una persona que disfruta la literatura, podrá reconocer,  disfrutar o criticar el guion de una serie televisiva o película. Al igual que alguien que tenga conocimientos de historia, al leer una novela clásica, reconocerá los eventos o el contexto del escrito, o incluso identificar el trasfondo en la letra de una canción que le agrade. Y esa canción tendrá mucho más sentido en el soundtrack de alguna película, enfatizando la intención del director al ponerla en una escena en específico. Es decir, todo esto nos acerca poco a poco al lenguaje de los creadores de entretenimiento en una peculiar dialéctica entre el “crear” y “adquirir” entretenimiento.

Es un inevitable vórtice de “entretenimiento-conocimiento-experiencia-desarrollo humano” que nos arrastra a seguir adelante y tener que cuestionarnos de cotidiano sobre nuestros hábitos de entretenimiento y sus efectos en nuestra vida.

Y no es de extrañar, teniendo lo anterior en cuenta, que aquellas personas que tienen un bagaje “intelectual” y cultural más amplio, sean también los que normalmente tienen un bagaje amplio a su vez en cuestiones de la cultura popular  (Recuerdo perfectamente nuestro longevo maestro de neuro-filosofía platicar en clase su fascinación por las películas de Zombies)

Conclusiones:

A final de cuentas se trata de reconocer que el tiempo libre puede ser utilizado de manera eficiente si logramos hacernos de ánimo o el hábito, de recuperar ese tiempo perdido (Digo, este escrito me lo avente en el celular mientras viajaba en camión y después lo terminé a las 7am de un domingo).

Reconocer que un deporte es importante no por el resultado final de un partido entre jugadores a los cuales nuestra vida les vale un sorbete; sino el tomar consciencia de los valores o principios que dicho deporte aportan a nuestra vida si lo practicamos (disciplina, cooperación, coraje, honor, etc.) E insisto en este punto sobre el “tiempo libre improductivo” es válido, pero no debe ser exclusivo.

El cuerpo que habitamos es una maravilla orgánica. Nos da premios químicos si logramos desarrollar nuevas habilidades o si adquirimos nuevos conocimientos (sean profundos o estúpidos): endorfinas, serotonina, dopamina y noradrenalina, que podemos adquirir en lata, sobres y costales para llevar.

Al cerebro le da igual si los adquieres tomando alcohol, consumiendo drogas, escribiendo, dibujando, componiendo música, peleando, inventando dramas familiares o investigando. Él te va a premiar de todas formas.

La diferencia radicará en las consecuencias. Tomando un fragmento de mi psicoanalista hegeliano favorito Igor A. Caruso:

«Aquellas actividades en las que invertimos la energía libidinal para abrirnos  camino y acercarnos a los otros, las denominamos “sublimación” y aquellas que nos aíslan y dificultan nuestro propio desarrollo individual y colectivo, las denominaremos “perversión”» La separación de los amantes

Y para no ponernos muy pseudo-científicos en la cuestión, hay que decir que es una necesidad hasta biológica hacer este tipo de cosas, pero no es indispensable utilizarlas en propio beneficio o de manera consciente. Y es por esto último, la intención de escribir el presente texto.

Dejo las consideraciones aquí descritas para su posterior análisis  y reflexión, ya sean a favor o en contra.

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