Viernes, 21 Septiembre 2018 22:45

The 300. La oferta y demanda de la muerte en GDL

The 300. La oferta y demanda de la muerte en GDL

Por: Paris González Aguirre

Uno de los casos que más revuelo ha tenido en los últimos días es el de los 300 cuerpos que se encuentran deambulando por la ciudad de Guadalajara, Jalisco.[1]Mucho se ha hablado de la necesidad de imputar responsabilidades. ¿Quién es el culpable de que estos cuerpos se encuentren a la deriva? ¿Aristóteles Sandoval sabía o no de su existencia? ¿Fue, como afirman los medios, ineficiencia o descuido del entonces titular del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses (IJCF)? ¿Se les está dando un trato humano? ¿Hay un protocolo para ello? ¿Quién es el encargado de dichos cuerpos, la Fiscalía o el Instituto? ¿Bastó con destituir a Cotero Bernal? Estas y muchas otras preguntas surgen ante la indignación de los ciudadanos. Y, con razón. Esto es un ejemplo de la forma en la que buena parte de las instituciones funcionan: encubiertas, ocultas, paliativas, sin el menor dejo de humanidad. Sin embargo, más allá de cómo trabajan, uno debe observar con detenimiento el hecho, pues de fondo, hay una cuestión mucho más importante y evidente, que algunos preferimos obviar, ya que es tan horrorosa y espantosa, que nombrarla, puede cimbrar el andamiaje de nuestras seguridades ontológicas, estrellando la realidad en nuestra cara. Mas, la pregunta continua en el aire, pesando, corroyendo la certidumbre de que las cosas son cómo deben ser. Por eso se está buscando responsabilizar a alguien, a un sujeto de carne y hueso, que tenga rostro y una historia, que sirva para humanizar lo sucedido, en el sentido de que una persona fue quien tuvo el error, no las instituciones. Una vez encontrado el, la, los o las culpables, las cosas seguirán como normalmente se supone que son, como pensamos que son. Lo importante no es nada más imputar culpa a los sujetos, pues esto permite la continuidad de las instituciones, sino que es preciso cuestionar, de manera directa y en su justa dimensión, ¿Por qué un órgano como el IJCF se vio en la necesidad de poner en una bodega de Tlaquepaque, estos muertos? Esto se hizo sin permisos, en un predio que dista mucho de tener el giro de contenedor de cuerpos, sin licencia para construir, bajo condiciones que para nada se ciñen al protocolo y donde tarde o temprano iban a ser descubiertos. Esto, para un neófito como yo, se hizo fuera de la ley. Llanamente se perpetró una falta administrativa, al menos. Entonces, ¿Cuál fue la razón que llevo, a quien haya sido, a cometer estos actos desesperados? Esto no fue realizado solamente por un individuo, con un horario de trabajo y responsabilidades familiares. Hay algo más detrás de esto. Podemos llamarlo estructura estructurante, presión social, habitus, el gran Otro o lo que sea. Lo importante es averiguar los motivos trascendentales (valga la expresión) que devinieron en las escenas de terror que vimos en los medios de comunicación, en días pasados. La respuesta inmediata es que se debe a la sobrepoblación en el IJCF. Hay demasiados cadáveres, muchísima demanda de espacio y un constante ingreso de fallecidos. Eso podría ser satisfactorio, porque habla de cuestiones materiales, que se solucionan con un poco más de presupuesto. Empero, mucho más importante es que el instituto se vio rebasado. Pero no sólo es el Instituto el que se fue desbordado por las oleadas de cadáveres. No, pues no es nada más una cuestión de ocupación, como si fuera un hotel, sino que se pone en evidencia que una parte del sistema se ha vuelto ineficiente para otorgar seguridad a la mayor parte de los individuos. Y, a pesar de correr el riesgo de sonar a comunista trasnochado, es menester llamar la atención sobre el hecho de que nuestras instituciones, en general, se han erosionado y no ofrecen lo que se supone que dice el contrato social. La labor que se suponía debían realizar, se ha pervertido, dejado de hacer o simplemente se lleva a cabo a medias. A esto se puede dar una respuesta simplista, como lo hizo el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador,[2]quien aseguró que, debido al fraude del 2006, 300 cuerpos terminaron abandonados en Tlaquepaque y Tlajomulco. Eso y señalar la supuesta[3]ineptitud de Cotero Bernal es y sirve para lo mismo. Si bien existe la posibilidad de que el entonces titular del IJCF fuera incapaz de solucionar la sobrepoblación o que la guerra contra el narcotráfico llevada a cabo por Felipe Calderón fueran causas del vagabundeo de esos cuerpos, no son razones suficientes para aseverar que una de ellas es LA (sí, con mayúscula) razón primigenia de la existencia de estos tráileres. Decir eso es un acto miope, que sólo ve lo que quiere ver. La mirada puede y debe ser más fina. Uno puede observar que hay otros factores que podrían ser puestos sobre la mesa, que permitirían ver la cuestión de manera más completa. En este caso en particular hay dos aristas que me interesa destacar: la violencia como práctica común y discurso legitimador y como es que ello puede generar certidumbre a los sujetos.

La violencia como práctica común se muestra en medios formales, como las noticias periodísticas, por ejemplo. En algunas portadas de periódicos los encabezados señalan que hay una oleada de violencia, que ha sobrepasado a las mismas autoridades. No sólo con el narcotráfico, sino en general: niños secuestrados, abusados sexualmente, brutalmente asesinados, feminicidios, asesinatos al interior de universidades de renombre, maltrato policial, impunidad. La violencia se ha convertido en una práctica común, que se ha naturalizado y poco nos sorprende. Los asesinatos, las violaciones y masacres están a la orden del día. Parece mucho más fácil enfrascarse en una pelea que dialogar. Y nos convertimos, sin querer, en espectadores pasivos, pues se piensa que son problemas ajenos, como si el mundo estuviera muy lejano. Justo ahí se encuentra el problema, en que nos convencemos de que, si no nos metemos con nadie, vamos a estar bien. Sin embargo, la bala incrustada en mi pierna, que según los médicos se va a quedar conmigo para toda la vida, dice lo contrario. Y ese es el verdadero terror, que nosotros, los de a pie, nos encontramos a merced de la delincuencia organizada. Que no podemos escapar a sus efectos negativos, que se notan al interior de la sociedad, particularmente por la comodidad con la que ellos se mueven, a la luz del día o incluso en lugares concurridos. Esto se pone en evidencia con los actos violentos en Av. Chapultepec,[4]donde hubo al menos cuatro heridos o en la plaza comercial Punto Sao Paulo, de lo cual se supo poco, siendo que la información vino principalmente de usuarios de la Internet. Estos casos nos hablan de la comodidad con la que los delincuentes se mueven en la ciudad y lo poco seguros que los demás estamos. Insisto pues, que la violencia se ha vuelto una práctica común. Lo que se pasa por alto es que no estamos exentos de ser víctimas, aun cuando no se tenga nada que ver con nadie. Esa es la parte terrorífica. Estar en el lugar y momento equivocado cobra un nuevo significado, porque se ha vuelto una constante, toca a todos y todas. Volver a casa, sano y salvo se está convirtiendo en una cuestión de suerte. Es pues que la violencia práctica, esa que es visible, debería causar temor, horror y desasosiego. Que debería poner a los individuos en constante alerta. Sin embargo, no es así completamente. Esto puede deberse a que es usada como discurso legitimador, esa que es el nivel más acabado y refinado, que suele utilizarse como recurso valido, que funciona como herramienta para descalificar o legitimar al otro, sin más argumentos que algunas cuantas frases o calificativos. Por ejemplo, lo que encontramos en la página sipse.com,[5]donde se afirma que “estos cuerpos presuntamente fueron víctimas de hechos violentos vinculados a la delincuencia organizada”, lo que significa que, como se dice comúnmente, ellos se lo buscaron, por ende, no es algo que deba preocupar al ciudadano de a pie. Si eligieron ese tipo de vida, era algo que fatalmente se dirigía hacia ellos. Y listo. Las cosas siguen siendo como pensamos (o nos dicen) que son. Dirigir la mirada hacia eso que se nos dice es lo importante. En ese reportaje en particular, la palabra presuntamente es la más significativa. No se sabe si es verdad que su muerte tuvo que ver o no con la delincuencia organizada. Pero suponerlo les resta calidad humana. Si bien es cierto que pudieron ser asesinados, más de alguna de las muertes pudo deberse a otros motivos. Incluso puede haber víctimas de feminicidio que, al ser colocadas en relación con el crimen organizado, pierden importancia. Y esto lo digo de primera mano, pues alguien cercano, a quien quise mucho, fue víctima de feminicidio. A pesar de los esfuerzos que se realizaron por que se calificara como tal, fue minimizado por las autoridades debido a las “personas con quien ella se relacionaba”. Esto muestra que, mientras se use la violencia como discurso legitimador, los problemas que con ella se relacionan, se tornan homogéneos y unívocos, lo que facilita en cierta medida el trabajo de los encargados de ejercer justicia, dejando en el limbo situaciones como esta, a la que se responde de maneras distintas. Una muy interesante y creativa, la encontramos en los memes, que no se hicieron esperar. Si bien alguien podría afirmar que esto es un agravio hacia las víctimas, los cadáveres e incluso a la dignidad humana, dicha postura pierde de vista la carga simbólica y el contenido semántico de las imágenes y deja de observar que esos actos buscan integrar a la red simbólica hechos que son demasiado brutales como para que se incluyan de manera tersa. Hay quien hace poemas, ensayos, pinturas o murales, mientras que existimos otros que solamente hacemos memes. Reducirlos a la simple diversión o a la burla, muestra pereza y desdén por las prácticas populares, ya que se han vuelto un lugar común en la comunicación actual. Si ponemos atención, por ejemplo, en la siguiente imagen,[6]es posible argumentar en torno a la directriz de este escrito.

 

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En el primer cuadro encontramos una frase, una estrofa de la canción “Que me entierren con la banda”, interpretada por varios artistas, que nos remite a una forma de vida presentada como alternativa a los modos tradicionales de ser, y ser joven particularmente. Habla de metas, de lo que se estima que es el éxito[7]y de la posibilidad de alcanzarlo. La promesa que el crimen organizado hace a los jóvenes es que se puede lograr sin mucho esfuerzo (aparente) y en un lapso relativamente corto, apelando a la vorágine que implica vivir en una época en la que impera la mentalidad del microondas.

En el segundo cuadro, se hace latente ese regreso a la seguridad ontológica, eso que nos hace creer que las cosas son como son, pues implica que los cadáveres que están en los tráileres son exclusivamente de personas relacionadas con el crimen organizado. No es gratuito que se esté compartiendo en Facebook, puesto que, como decía más arriba, muestra una visión maniquea, en donde sólo hay buenos y malos. Hace una marcada distinción entre ellos, quienes están en las filas del crimen organizado y el nosotros, los ciudadanos honrados y rectos. La imagen habla del supuesto de que esos problemas jamás tocan a los honestos, que la violencia sólo afecta a quienes deciden engrosar las filas de la delincuencia. Asimismo, el segundo cuadro señala que si bien hay algo que el crimen organizado ofrece, que se considera valioso, inexorablemente habrá un castigo para quien obre mal, que no habrá canto épicos que alaben sus peripecias, que no serán recordados. La intención de este escrito es señalar que no es así. Al menos, no siempre. Mi insistencia es que todo eso no es más que un engaño autoimpuesto. No hay una garantía real de que regresemos a casa el día de hoy. En realidad, los aparatos institucionales que afirman que velan por nuestra seguridad no tienen la misma injerencia que las decisiones que tome algún integrante de la delincuencia organizada (o no tan organizada). ¿Qué pasaría si hoy, aquí, estuviera alguna o alguno de los enemigos de algún cartel? ¿Qué tal si decidieran que es hora de acabarlo? ¿Qué sucedería si se organizan y lo balean? ¿Qué tan posible es que ellos o ellas se tomen e tiempo para no afectar a personas aledañas a dicho individuo? ¿El actuar de los cuerpos policiacos sería tan eficiente como para evitar ese supuesto caso? ¿Es verdad que es un supuesto?

Es pues que la insistencia de este escrito gira en torno a la necesidad de ver no sólo el aumento de la violencia, sino de poner de relieve las terribles posibilidades que existen de que cualquiera de nosotros, honestos o no, nos encontremos en algún tráiler, que, sin quererlo, nos hallemos en medio de alguna balacera, que pasemos donde hay un enfrentamiento, que se equivoquen en un ajuste de cuentas y que un periodista o funcionario afirmen que morimos por “presumiblemente” estar relacionados con el crimen organizado y, con eso, se zanje la cuestión y todo lo que hicimos en nuestra vida se reduzca a un tipo caminando sobre nosotros, mientras poco a poco nos descomponemos. A pesar de que este escenario postapocalíptico suene bastante gore, no nos es nada extraño o lejano, pues está sucediendo, en estos momentos, en este país, en este Estado, en estos municipios. Por ende, ¿Qué tan seguros estamos, de que seguiremos vivos el día de mañana?



[1]https://www.excelsior.com.mx/nacional/no-es-uno-son-dos-camiones-que-trasladan-unos-300-cadaveres-en-jalisco/1265887

[2]https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1500981.cuerpos-en-traileres-resultado-del-fraude-del-2006-amlo.html

[3]Digo supuesta porque no es gratuito que tantos colectivos y personas defiendan su entereza y compromiso.

[4]http://www.yucatan.com.mx/mexico/balacera-en-avenida-chapultepec-guadalajara-reportan-4-heridos

[5]https://sipse.com/mexico/dos-trailer-trescientos-cadaveres-guadalajara-jalisco-circulaban-310929.html

[6]https://m.facebook.com/SrCulero/photos/a.1604097613168228/2210290642548919/?type=3&source=57&ref=m_notif&notif_t=feedback_reaction_generic

[7]Heteronormado, por supuesto. Ese que es caracterizado por los excesos. Es un discurso que interpela a los hombres, casi exclusivamente.

Publicado en Análisis social
Martes, 02 Enero 2018 20:15

México bate récords

México bate récords

No sé ustedes,pero la verdad es que yo estoy consternado con este año que acaba de terminar. Fue, en pocas palabras, el año más mortífero en la historia reciente de México, por lo menos desde la década de los 60. La cifra anual total parece que está rebasando los 30,000 asesinatos, aunque el SNSP aún no libera las cifras de diciembre de 2017. El que tenía el récord era el 2011, con una tasa alrededor de 23-24 homicidios por cada 100,000 habitantes (un poco más de 27,000 homicidios). En 2016, la tasa fue de 20 por cada 100 mil (casi 24,000 durante todo el año).

Este 2017 parece que ya dio el salto a la tasa de 25 homicidios por cada 100,000 habitantes. Para dimensionar el número, es como si en un solo año hubiera desaparecido la población completa de Arteaga en Coahuila, de Tapalpa en Jalisco, de Tlalpujahua o Cuitzeo en Michoacán; o en dos años se hubiera desvanecido Valle de Bravo en Estado de México, Jerez en Zacatecas o Pátzcuaro en Michoacán. Y esto es sólo hablando de “homicidios dolosos” y confiando en que, en todo momento y en todas las entidades federativas del país, ninguno de los homicidios culposos (por accidente o negligencia) haya sido doloso en realidad.

tasa_de_homicidios.jpg

Fuente: INEGI

¿Y si agregamos lo que sabemos sobre personas desaparecidas? Este año la organización Data Cívica dio a conocer los nombres que había logrado recopilar de 31,968 personas desaparecidas de las 32,277 de las que se tiene registro desde 2007 hasta julio de 2017. O sea que al día han desaparecido 8.35 personas en México. Pongamos dos puntos de referencia para que se entiendan las dimensiones de ese número: la dictadura argentina y la España franquista, periodos bien conocidos por la desaparición de personas. Pues bien, durante la dictadura argentina la cifra más alta que se suele dar de desaparecidos entre 1975 y 1984 está en 30,000, que nos da una proporción de 8.21 desaparecidos al día. En España, de 1936 a 1975, la cifra suele ser de 143,000, que da 9.78 personas desaparecidas al día.

¿Ya logré hacerles ver el porqué de mi consternación? Pero los hechos no son sólo lo preocupante (y sólo hablé de homicidios y desaparecidos, pero prácticamente toda la incidencia delictiva rompió récords este año), sino también la manera en que estamos reaccionando a ellos, si es que a eso se le puede llamar “reacción”. Lo que yo veo es un silencio y una indiferencia apabullantes. Es como si estuviéramos ya sedados con algún analgésico —emocional, ideológico o del tipo que sea— que nos hace sumirnos más en la pasividad. Es el miedo, por supuesto, y cualquiera que sobrepase los 30 años de edad en México —es mi impresión— tendrá como punto de comparación con qué tanto miedo salía a la calle hace 15 años y cómo es ahora: salimos cada vez con mayor desconfianza.

Y el miedo sólo es el inicio del ciclo vicioso: más miedo, mayor desesperanza, mayor pasividad, mayor individualismo y despreocupación por el prójimo, más desconfianza, más miedo… ¿Cómo cortar el círculo? Supongo que, de entre todas las cosas que sería preciso hacer para lograrlo, una de ellas es tener convicciones.

Uno de los más famosos creadores de convicciones justificadas, Sócrates, discute en un pasaje platónico con un personaje llamado Polo que defiende la idea de que los poderosos tienen el mayor bien posible. Para Polo, no puede haber algo mejor que hacer todo lo que uno quiera y cuando uno quiera. Su justificación es sencilla: hay un placer indudable que surge cuando uno está en esa posición. Sócrates le dice:

“Si en un día de mercado atiborrado tuviera bajo la axila un cuchillo y te dijera: ‘Polo, acabo de conseguir una fuerza y poder maravilloso. Pues cuando me dé la gana que alguna de las personas que ahora ves deba morir de inmediato, morirá quien me parezca. Y cuando me dé la gana que deba romperle la cabeza a alguno de ellos, de inmediato estará rota; o cuando se trate de rasgarle la vestimenta, estará rasgada. Tan gran poder tengo en esta ciudad’, y si entonces no me creyeras y te mostrara el cuchillo, tal vez me dirías al verlo: ‘Así, Sócrates, todos tendrían gran poder, pues de este modo se incendiaría la casa que te diera la gana, y los astilleros de los atenienses, las trirremes y todos los navíos (los públicos y los privados)’. Pero esto no es tener un gran poder, el hacer lo que a uno le parezca, ¿no crees?” (Platón, Gorgias, 469d-e)

Recuerdo que me impresionó mucho cuando leí esto hace ya tiempo. En aquel momento pensé, claro, en nuestra realidad actual, pero últimamente el pasaje me ha venido a la mente con mayor frecuencia. Las cosas no han cambiado de manera significativa hasta la fecha: al final, todos podemos hacer prácticamente cualquier cosa. Siguiendo el argumento de Sócrates, si todos pueden hacer en realidad casi todo, los que se complacen con la idea de tener poder por encima de los demás están viviendo una ficción. Se podría contraargumentar que “tener gran poder” sería no sólo hacer lo que uno quiera, sino también salirse con la suya. Pues bien, si da la casualidad —funesta casualidad— de que uno viva en un medio donde lo que impera es la impunidad —como la Grecia de aquella época, como el México actual—, lo cierto es que prácticamente cualquiera tiene la posibilidad de salirse con la suya. Así que, incluso frente a este contraargumento, Sócrates podría sólo sonreír y lanzar la pregunta: “si tienes lo que todos pueden tener, ¿en qué sentido es un gran poder?”.

Imaginemos que alguien tratara de convencer con el argumento de Sócrates a un sicario actual de México —de esos que tienen sueldo mensual fijo arriba de 10,000 pesos mensuales, según cuentan— de que cambiara su estilo de vida. Supongo que podría responder: “pero qué bien se siente tener huevos y que los demás me tengan miedo. Eso es poder y tu argumento no me lo quita”. El propio Sócrates intuía esa respuesta, así que se vio obligado a plantear lo que sería una de sus ideas más famosas para la historia del pensamiento: la idea de que sólo el que es justo puede ser feliz. Esto es lo que está de fondo en la famosa tesis socrática: “el mayor de los males es cometer injusticia” (Platón, Gorgias, 469b). Su argumento, como tantos otros, se basaba en una analogía: así como el mayor bien para el cuerpo es la salud, así también el mayor bien para la mente o el alma es la felicidad. Y si la salud es carecer de males (como la enfermedad), el alma es feliz cuando carece de males (injusticia, ignorancia). Por eso “cometer una injusticia” sería el mayor mal posible: porque el individuo se empaparía de aquello mismo que imposibilita su salud psíquica. Por eso es preferible ser castigado por una injusticia que uno cometió, que no ser castigado: porque uno “recibe la justicia” junto con la represalia y por lo tanto se restablece esa salud mental. ¿Lograríamos convencer con esto a alguien hoy en día para que deje de cometer crímenes? Lo cierto es que parece dudoso. Las convicciones son sólo puntos de partida en el mejor de los casos. 

La vigilancia ha aumentado con respecto a la Grecia de hace 24 siglos, es cierto, pero por lo menos en México estamos muy lejos del “panóptico” que algún filósofo francés preveía con temor: ese momento en que la justicia estuviera por completo fundamentada en la posibilidad de vigilar —y por lo tanto castigar— todo cuanto ocurriera dentro de su radar. Es decir, para nosotros el ver se ha convertido ya no en la certeza de que habrá una represalia a algún acto sanguinario, sino más bien en la silenciosa constatación de una realidad social pavorosa y asfixiante. Podemos encontrar en la red videos o noticias con asaltos a autobuses, con asesinatos a civiles, a estudiantes, a periodistas o a activistas que buscan a algún familiar desaparecido, o vemos fotos con gente sacando cuerpos y cuerpos de alguna fosa clandestina, y ahora es imposible observar todo esto con la tranquilidad que acarrearía el saber que la visibilidad que el suceso alcanza ayudará a atrapar a los culpables. Esperamos en vano esa tranquilidad: sólo acude el miedo en su lugar.

Es posible, eso sí, que esta “visibilidad” sea sólo aparente. Entre los dos extremos posibles, es decir, entre el enterarse de un caso concreto de asesinato —supongo que ya casi todos tenemos alguna referencia directa: un tío o conocido balaceado, una prima acuchillada, un familiar que desapareció— y el oír los números brutos y abstractos —30,000 asesinados en un año—, parece que no dimensionamos realmente la magnitud del problema. Aquéllos se ven como casos aislados; y éstos son sólo eso: números. El “ver más” parece entonces traducirse en un “entender menos” y tomar más distancia de todo, aislarse cada vez más. Y entonces ocurre que el ciudadano promedio que pretende ganarse la vida con cierta honradez en México está cada vez más disgregado, más atomizado por así decirlo. No hay que reflexionar mucho para darse cuenta de que una de las claves del éxito de los grupos criminales es el sentido de pertenencia a un grupo, que facilita una acción colectiva y organizada. Pero aquel ciudadano promedio, aunque sin duda constituye el grueso de la población, está como solo ante el mundo y sus inclemencias.

¿Qué perspectivas hay para este año entonces? Les apuesto a que batiremos más récords, eso sí.  

Publicado en Análisis social

Todos los que vivimos en Guadalajara lo hemos notado: la violencia es cada vez más asfixiante. Incluso si alguien perteneciera a la anómala clase de tapatíos que no han sido asaltados, que no han tenido un familiar o conocido desaparecido, o que no han sabido de un cuerpo que amanece envuelto en una bolsa muy cerca de su casa, cuesta trabajo pensar que esa persona no se haya enterado de lo que sonó por todas partes este fin de semana: tres cuerpos colgando de un puente, por lo menos seis personas más asesinadas sin más en la noche del viernes y un grupo armado que se robó nada menos que cuarenta autos de una bodega.

La situación ya era preocupante, claro, desde hace mucho, pero el hecho de que la inseguridad y la violencia llegaran a los titulares de periódicos no amarillistas —algo que, dado lo habitual de eventos como éstos en los últimos años, parece ahora sólo lograrse por la casual acumulación de delitos en una sola noche— acaba de forzar al gobierno a hacer hoy una rueda de prensa para anunciar algo que equivale a echar pólvora a una ya enorme fogata: “vamos a cerrar filas”, dijo Pablo Lemus, presidente municipal de Zapopán y que estaba en calidad de representante del resto de alcaldes de la zona metropolitana. ¿Qué significa? Básicamente, que estemos preparados a más operativos de seguridad, más policía, más elementos del ejército en Guadalajara.

La verdad es que no sorprende que la única solución que les viniera a la mente es “más mano dura”. Es lo que se ha venido haciendo desde hace años en todo el país y renunciar a eso equivale a admitir que el camino no era el correcto y que lo que ocurre hoy es una fabulosa acumulación de errores pasados. En esta lógica, por supuesto, se piensa que si no se ha resuelto el problema es porque la mano no ha sido suficientemente dura. Cuando se gasta tiempo, enormes recursos e incluso vidas en un solo proyecto que a todas luces es un fracaso, la mente humana logra —por un acto de prestidigitación— negar lo palpable que es ese fracaso y sólo se empecina aún más en la dirección inicialmente elegida. Es que detenerse y rehacer el camino hacia atrás parece más difícil que seguir, a donde sea que se vaya.

Lo que me llamó la atención de la rueda de prensa, en todo caso, es que Pablo Salcedo, el portavoz de un Consejo que se autonombra “ciudadano”, sólo pensó en llamar una y otra vez a la ciudadanía a la denuncia. Les confieso que me dio una especie de risa nerviosa: ¡pero es que si en algo estamos todos de acuerdo es que la denuncia no sirve de nada para el común de la gente! La justicia en México la hemos ya hecho casi un privilegio de clase. La “palanca”, que parece actualmente el único medio de acceder a la justicia, es la forma en que el imaginario mexicano ha individualizado y por tanto explicado—“ah, bueno, es que él tiene palancas y tú no”— algo que en realidad tiene proporciones socioeconómicas muy concretas: una gran red de favores entre personas previamente favorecidas. Si no estás dentro de la red, eso por supuesto es sólo culpa de la “fatalidad” tuya de no tener los lazos familiares o amistosos correctos.

El portavoz en cuestión pidió también paciencia a la ciudadanía. Los resultados, dijo, no se van a ver pronto, pero si llegar un poco más tarde a casa por el tráfico que podría causar algún operativo significa al menos poder salir de casa, no está mal. Lo que da miedo es el único reproche que pudo imaginar ante la decisión de más operativos: “es que se van a ver terribles tantos policías o militares”. Claro, es que ante la oleada de asesinatos, a la ciudadanía le preocupa solamente lo bonita que se ve su chingada ciudad…

Pero volvamos al punto en verdad importante: ¿por qué no se mencionó en la rueda de prensa en absoluto lo que, según la mayoría de los especialistas, es realmente lo que suele reducir la violencia? ¿Acaso fue la “mano dura” lo que Medellín, Colombia, pasara de tener en los años 90 un índice terrorífico de 380 homicidios por cada 100,000 personas, a tener ahora uno de 20 por 100,000? No. Lo lograron con algo que llamaron “acupuntura urbana”, que básicamente transformó el espacio urbano para fomentar el desarrollo en los sitios más problemáticos. Es decir, lo lograron con objetivos a largo plazo basados en la prevención e involucrando a la sociedad civil, no a más sujetos armados en los que ésta no confía. Si toda la evidencia indica que lo que reduce la violencia es la prevención y tenemos un gobierno que omite toda mención de ella y sólo se enfoca en el castigo y en más armas de fuego, ¿no podemos concluir a secas que al gobierno no le interesa realmente reducir la violencia? Esta rueda de prensa fue una flagrante y espantosa confesión: “iremos contra toda evidencia”. Y si a la gente en el poder no le interesa cambiar algo —podemos deducir fácilmente—, es porque le beneficia tal como está, es decir, con una desigualdad que se ha abierto como una grieta tan profunda, que quien haya visto los dos lados habrá sin duda pensado que en México coexisten mundos absolutamente diferentes. 

Y en este contexto, precisamente aquí, hay que admitir que el gobierno la tiene fácil. Si a un fulano en una rueda de prensa le es posible retratar a la ciudadanía solamente como gente interesada en que la ciudad se “vea bonita”, es justo porque la ciudadanía no está organizada para pedir y exigir al gobierno que no haga lo que va contra toda evidencia, contra todo sentido común. Estamos tan hastiados de la política, que hemos hecho casi de cualquier forma de organización algo que necesariamente entraría en la lógica de los partidos, de los cuales estamos hartos por igual. Pero ése es el punto: mientras permanezcamos todos al margen, evidentemente con miedo, y sólo pidamos al gobierno que “rinda cuentas” y ajusticie, pero sin ningún tipo de organización o participación en políticas de prevención, las cosas seguirán igual.

¿Políticas de prevención? Aquí una organización internacional con un montón de propuestas: Instinto de Vida. En nuestro país, México Evalúa y Enjambre Digital también están haciendo valiosos llamados a la sociedad civil.

Publicado en Análisis social

El otro no existe. No, a menos que podamos modificarlo a nuestro antojo y hacer que se parezca a nosotros, educarlo por una causa; sólo en ese momento el otro, el desconocido, adquiere existencia, adquiere un nombre.

El otro es una suerte de animal salvaje que vaga por las llanuras de las avenidas pavimentadas y las accidentadas callejuelas adoquinadas, se esconde bajo la sombra de los árboles raquíticos de los camellones, como si ocultara el pecado entre sus ropas pasadas de moda; anda sobre sus pies, lanzando piropos por entre los dientes a cuantas personas ve pasar: un violento que busca pasar desapercibido a ojos de “la buena sociedad”.

-          ¡Debemos educarlo! – gritan en la esquina del listado eterno de comentarios en Facebook- No, debemos aniquilarlo, desaparecerlo- responden los extremistas, acompañando el mensaje con algunas reacciones representativas del enojo, del desprecio, del odio.

El otro, el innombrable, el macho, el asesino, el violento, el salvaje, el maltratador, fumador, contaminante, antiorgánico, no lee los mensajes bajo el video que lo muestra a él siguiendo lascivamente con la mirada el contoneo de las nalgas de una mujer en el Centro de la ciudad, un chiflido, unas palabras: su violencia es evidente, sus mecanismos de seducción no concuerdan con los ritos sociales aceptados por aquella que camina tranquilamente, “hacia la justicia, hacia la libertad”, ni por aquellos que miran con arrogancia detrás del monitor.

Despojado de su nombre pero a la vez nombrado de mil maneras, el otro desaparece en un mar de odio y desconocimiento. Se vuelve un personaje, un avatar de sí mismo; el otro, a ojos de la mayoría apabullante en redes sociales, se vuelve aquel que dedica su vida sólo a mirar: no tiene trabajo, no tiene familia, no tiene relaciones sociales, es más, no come, no respira… es pedestre, ese es su pecado.

Pero no el único. Quizá su mayor pecado sea haber nacido pobre. La falta de capital económico lo orilla a no sentir como propios los ritos establecidos por aquellos que se han ganado la vida trabajando “honradamente”, que tienen consciencia de clase, un sistema de valores internalizados de los cuales no participa.

Los mercadólogos, en un afán de nombrar grupalmente a sujetos de acuerdo a sus hábitos de consumo, definieron a la Generación X como “la generación perdida”. Su falta de conciencia de clase hacía que la generación no participara del boom de consumo de la década de 1980 -que, por cierto, más tarde se les olvidaría-, arrobados por la música, la ropa barata-rota y el alcohol callejero, compartían espacios públicos sin importar el poder adquisitivo del otro, sin establecer ritualidades distintas para cada una de las clases sociales.

Se entiende la preocupación del sector productivo y su posterior aprendizaje. Si algo les dejó ese fracaso generacional fue la necesidad de establecer una segmentación, un punto que hiciera que unos se sintieran mejor que otros a partir de los objetos que pudieran consumir. Pese a la ausencia de conciencia de clase podían dividir a la Generación X en tres sectores: aquellos que tenían capital económico, aquellos que tenían poco capital económico y aquellos que no lo tenían.

Sabemos bien que la Generación X, los Millenial y Zillenial, no son otra cosa que afanes reduccionistas para encasillar a un grupo de consumidores potenciales. ¿El problema? Funciona bastante bien a la hora de hablar de ellos en lo general -sobre todo si nos referimos a la clase media- aunque no podemos saber si fueron los mercadólogos quienes estudiaron los comportamientos generacionales o, antes bien, son ellos quienes crearon dichas generaciones y sus respectivos nichos de consumo.

Para un mercadólogo un cholo seguirá siendo cholo pese al paso del tiempo. Su bajo poder adquisitivo lo define, la ritualidad de sus acciones será aprendida a través de una mercadotecnia dirigida para su clase. Sus hábitos de consumo serán delimitados por aquello que la necesidad determine, pero no sólo eso: su comportamiento social, sus relaciones personales, su manera de amar, de seducir, también serán parte de una ritualidad aprendida de forma generacional.

El pobre, el despojo social, no entrará en las definiciones de los mercadólogos. Atado por la necesidad escapará de las condiciones de consumo establecidas para formar parte de una nomenclatura generacional. Su consumo cultural se restringirá a aquello que llegue a aprender en las calles o, muchas veces, entre las clases bajas, en la cual puede moverse sin ninguna dificultad, pero no participando de ella.

El consumo mayoritario estará enfocado en otro lado. La separación será evidente. La brecha entre las clases sociales ya no sólo será económica, sino que, ahora, será cultural; la imposibilidad de entender al otro, al cholo, al pobre, al que no tiene poder adquisitivo, sólo será posible a partir de la conciencia de clase. La clase media se alzará como poseedora de una verdad ideológica y mirará con desdén a todos aquellos que no participen de la misma.

Será la clase media educada, “la buena sociedad”, la que establezca las normativas morales de las cuales todos -sin contar con la participación de los dueños de los grandes capitales- tendrán que participar, so pena de ser excluido, de ser señalado como “el otro”.

La clase media, los Millenials -un sector ya definido enteramente por sus hábitos de consumo-, establecerá las nuevas ritualidades de las cuales sólo ellos podrán participar. Las formas de seducción que se seguirán ejerciendo en los estratos bajos de la sociedad pasarán a ser una violentación ante su presencia; el salvajismo con el que el otro-pobre coquetea con la otra-pobre no cabe en los paradigmas morales de las nuevas prerrogativas protegidas con ahínco religioso por los nuevos privilegiados sociales.

El espacio público se convertirá, entonces, en espacio de disputa – o en disputa-. El otro, el pobre, el sin nombre, el de ritualidades violentas para la seducción, mirará a una Mariana, una Sofía, una Sandra, a las cuales jamás podrá acceder debido a su condición, a la forma “violenta” en la que se han sedimentado ciertos aspectos de su cultura, de su comportamiento. En cambio, los poseedores de la verdad, “las buenas conciencias”, clamarán detrás de sus monitores, mientras observan a ese “pervertido” seguir con la mirada a la guapa joven de tez clara y lentes oscuros, por la reeducación de los sin nombre, el adoctrinamiento para que -no participando del espacio público- aprendan a negar su “animalidad”, su salvajismo de callejón oscuro, y participen, de una vez por todas, del consumo responsable, aunque para ello el dinero nunca será suficiente.

El otro vuelve a la sombra. Se acurruca en el camellón mientras, a sabiendas de su pecado, mira a la gente pasar a su alrededor.

Publicado en Análisis social
Domingo, 03 Abril 2016 00:04

Imposición feminista (Parte I)

Realicemos un pequeño ejercicio. Estando en el lugar en que se encuentre, señale usted con su índice o simplemente voltee su mirada hacia “arriba”.  Si usted realizó este pequeño ejercicio correctamente (no pretendo insultar su intelecto), usted miró hacia el cielo o apuntó hacia el techo de su habitación. Pero, ¿por qué usted no señaló o volteó su mirada hacia el suelo de su habitación?

Este ejercicio no es para insultar la inteligencia de nadie, ni para descubrir quién es más inteligente o quién es más bruto. No es un test. Es un ejercicio para presentarle a usted, de la manera más pragmática, el concepto de “perspectiva”. Cuando usted señaló o miró hacia el cielo o el techo de su habitación, usted, en relación al sujeto ficticio que llamaremos “Pei Pei”, situado en el extremo opuesto del mundo, miró hacia “abajo”.

Es el punto de referencia lo que determina la “perspectiva”.  Para nosotros, aquí en México, el punto de referencia es el mismo y está claro: arriba es lo que está por encima de nuestra cabeza y en oposición del suelo, que sentimos bajo nuestros pies. No hay confusión. Pero cuando relacionamos nuestra perspectiva, cuando comparamos nuestra referencia con aquella de “Pei Pei”, entonces nuestro mundo se viene abajo… o arriba… da igual: nace un conflicto.

La forma lógica y segura para resolver este conflicto de “perspectivas” es constituir un nuevo punto de referencia que nos permita entender sobre qué… o bajo qué… cómo sea, da igual… se está desarrollando nuestro intercambio de perspectivas.

Ahora, con este pequeño ejercicio fresco, cambiemos los conceptos. Cambiemos “arriba – abajo” por “violencia de género – afabilidad de género” (en tanto que es antítesis de lo violento). A primera apariencia, parece un conflicto fácil de resolver, un ejercicio sin complicaciones, tal como lo fue el ejercicio de “arriba-abajo”. Pero nada es tan sencillo y mucho menos en una sociedad en que la perspectiva se ha estado construyendo en referencias (al respecto) incorrectas, impuestas, excluyentes y llenas de intereses políticos.

Con todo el sentir y pésame de mi obeso y pobre ser, declaro que el video de Gerardo Ortiz no es una apología a la violencia de género. Lo siento y llego casi a repugnarme porque mis palabras puedan ser interpretadas como abogacía hacia el género musical que más odio… más, incluso, que el calor del sol (y quienes me conocen, saben mi eterno odio hacia el sol y su estúpido calor abrasante).

En algún momento, durante el inicio de la denuncia contra el video musical del cantante de narco-corridos (o lo que fuere, para el caso a mí toda esa cultura me resulta deleznable e igualmente asquerosa), un grupo o una persona, con una mediocre perspectiva sobre la “lucha de género”, divulgó la declaración acerca de que lo ocurrido en el video musical era una “apología” a la violencia de género. No podría estar más equivocada dicha persona o comunidad. Y si usted piensa argumentarme en la sección de comentarios que, precisamente, se trata de una apología de la violencia de género, con anticipación le informo que lo que usted pueda decir es parte de un discurso preconstruido, es decir, está “borregueando” ecos de lo que escuchó en algún lado y sin pensarlo imitó, así como un infante imita al adulto, sin pensarlo, sin dudarlo, sin reflexionarlo.

Una apología es, específicamente, un discurso (sea oral o escrito) en el cual se manifiesta explícitamente la simpatía y apoyo hacia una ideología, persona o acción. No busque una definición en Santa Wikipedia o en Santo Google y, si lo hace, hágalo para corroborar lo que le he comunicado, no para buscar una forma de contradecirme y alegar la existencia de una “apología implícita” o “apología subconsciente” o “apología subliminal”… No lo haga, por favor. Dichos conceptos requieren del desarrollo de una hipótesis cuyas variables teóricas me dan un ligero dolor de cabeza, y que difícilmente podrá sustentar con citas obtenidas del santo de su devoción (Google, Wikipedia).

Si, por otro lado, pretende iniciar la discusión sobre un discurso visual apológico, entonces le acepto su debate, pero sépase advertido que relatar lo sucedido en el video musical (hechos narrativos-visuales) no es un argumento del discurso visual. Pero no estoy aquí para debatir sobre el discurso visual, aunque reitero mi accesibilidad para discutirlo en la sección de comentarios. No, mi interés radica en hablar sobre la pobre perspectiva de este grupo de ideología feminista-clacisista-elitista, que acusa y asegura la existencia de una apología de la violencia de género y la misoginia.

Repito, el video musical del autor Gerardo Ortiz no es una apología a la violencia de género y mucho menos esta pobre y estúpida declaración debe ser considerada como un factor acreditable para la censura y la penalización. Lo anterior lo digo con un dolor en la boca de mi estómago: mientras escribo estas líneas no puedo no pensar que se presten para interpretarse como defensa de esa narco-banda-cultura que tanto aborrezco, pero debo hacerlo porque la imposición de estos “estándares morales”, pretendida por esta comunidad de personas (feministas y clasistas), no se encuentra en el mayor de los intereses de una ética social benéfica para el desarrollo de su cultura.

El compañero de este portal, periodista y escritor, Omar Sánchez, se ha manifestado en contra de esta imposición de estándares o paradigmas morales, tal como lo han hecho otros miembros de la comunidad “feisbuquera”. ¿Qué es lo censurable, de acuerdo al argumento de “apología de la violencia de género” dentro del amplio y variado mundo artístico? Es la hipótesis que Omar Sánchez, Gerardo Esparza (conocido columnista), Zul de la Cueva (polemista y articulista) y otros más han presentado. Si existe la representación gráfica o literaria de una mujer asesinada o agredida o violentada, ¿es una “apología de violencia de género” y debe ser censurada? Omar se pregunta si Leoncavallo debe ser censurado y su obra prohibida de presentarse en México; Gerardo se pregunta si Schoppenhauer, por igual, debería ser censurado y prohibida su lectura… Ambos cuestionamientos, la misma reflexión, me resultan acertados y la reflexión propia de una autocrítica, a la que como ciudadano debería estar obligado: ¿Quién y cómo se determina lo que debe o no ser censurado de acuerdo a los preceptos de una ética social que tenga como objetivo el desarrollo y progreso del individuo en la comunidad y como sociedad? En este caso, ese “quién” y ese “cómo” es claro, por lo menos para mí lo es: la comunidad pseudo-feminista de clase media/media-alta con educación media-superior/superior.

Ese feminismo aberrante que promueve la ideología de la victimización y la compensación social ante la auto-martirizante figura de la mujer. Ese feminismo que culpa a la sociedad y la cultura de un problema que sólo afecta a las mujeres, Ese mismo que las excluye de dicha sociedad porque son mujeres y, en su incongruente lógica, no sólo son víctimas, sino que también son salvadoras de la sociedad, promoviendo el repudio ante la equidad y exigiendo favoritismo y preferencialidad social-legal con argumentos de “igualdad”. Y gran evidencia de mi acusación se encontrará en el odio que despertará ésta misma: un estado fascista ideológico en que acusar a la mujer, de lo que fuere, es un acto de misoginia y “retrogradismo”… véase el caso de Schwebel quien, señalando el despreciable modus operandi de nuestra ideología de género, fue acusado de presentar un discurso “misógino” y tuvo la consecuencia de reprobación “ética” y hasta le cambiaron el nombre a las “edecanes” en Guadalajara, que ahora son “asistentes de protocolo” pero que, pese al nombre, siguen siendo un “trozo de carne” que ejerce la labor de presentar “buena imagen” y por la cual ganan dinero.

Gerardo Ortiz fue víctima del feminismo… quién lo va a creer. No señores, no, el video del susodicho no es una apología ni al crimen ni a la violencia de género. El video no deber ser censurado por ello, aunque al señor Ortiz sí se le debe investigar, así como a Fiscalía, por el uso indebido de recursos públicos. Pero eso es otra historia.

La perspectiva general ha sido trastocada y fuertemente influenciada por esta ideología feminista que quizá presente alegatos de que, en un país como México, donde existe una severa y lamentable problemática de seguridad pública que afecta al sector femenino, es un acto que fomenta y sugiere la perpetuación de dicho problema, fraguando así un silogismo que aboga al sentimiento del público para obtener simpatizantes, además de servirse como apoyo del no tan extenso pero existente repudio hacia dicha narco-banda-cultura por parte de un limitado pero existente sector clasista, en el cual me siento casi inmiscuido. Ese sector que delega el criterio del análisis social al prejuicio de clase social manifestado en diversos elementos culturales: lectura, cine, música, teatro, etc.

¿Por qué el video musical de Ortiz es una “apología de la violencia de género” y no lo es así el asesinato de la colombina Nedda, quien murió a manos de su esposo al descubrir su infidelidad, exactamente como sucede en el video musical del cantante Ortiz?. Les diré por qué: porque un grupo feminista en México se sintió ofendido. Punto. Finito. Fin. No busque otra explicación, no la hay; y si se la presentan le aseguro que será injustificable y argumentalmente incongruente.

La violencia de género es un problema real en México y el problema inicia al tergiversar la perspectiva de lo que es un problema de seguridad con la creación de una figura victimizada y mártir de una causa “noble”. ¿Cree usted que estoy siendo “machista” y que ataco a los movimientos feministas sin razón y con sugerente “misoginia”? Bueno, contésteme usted entonces una sencilla pregunta: si se presentase la denuncia contra mi persona por “machista y misógino” y se decretase mi censura en cualquier medio de comunicación, ¿la violencia de género disminuirá en México? Si el video de Ortiz, así como de cualquier otro exponente del género musical o de cualquier otro género o de cualquier otra forma de expresión artística, fuese censurado, prohibido su consumo, ¿la violencia de género disminuirá en México, porque ya no hay quien la “promueva” mediante “apologías”?

En mi opinión, es de ingenuos y estúpidos creer que así será. Ingenuos porque ignoran la intrincada raíz problemática de la enfermedad cultural-legal que México padece y de estúpidos porque se empecinan en que el cielo sólo está arriba de ellos. 

Publicado en Análisis social
Domingo, 13 Septiembre 2015 00:00

Ayotzinapa, un año después

Estamos a un año de la desaparición forzada de los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Tras ese intenso semestre del 2014, saturado de declaraciones públicas de funcionarios y actores políticos, manifestaciones multitudinarias, activismo en redes sociales y “carpetazo” oficial al asunto, en la primera mitad de este año el tema de Ayotzinapa ha perdido poco a poco protagonismo. Pero el reciente informe del Grupo Interdisciplinario de Estudios Independientes, que cuestiona la mal llamada “verdad histórica” del gobierno federal, ha vuelto a encender la llama. Es de esperarse que, en ocasión del primer aniversario de la desaparición de los 43, el activismo en redes sociales y las calles se reactive nuevamente.

Pero también es ocasión de hacer un balance de lo que ha ocurrido en los últimos 365 días. Mi intención no es sólo efectuar un recuento de hechos, sino lanzar algunas interpretaciones acerca del impacto político del suceso. No está de más decir que las posturas que sostengo están abiertas a debate, siempre y cuando sea una discusión racional.

Comencemos con el asunto principal: el esclarecimiento de los hechos. Con la detención de José Luis Abarca y su esposa, además de los presuntos autores materiales del supuesto asesinato masivo de los estudiantes, la renuncia de Ángel Aguirre, entonces gobernador de Guerrero, y el informe presentado el 7 de noviembre de 2014 por el titular de la PGR, José Murillo Karam, oficialmente se da carpetazo al tema de Ayotzinapa. Sin embargo, las inconsistencias del informe motivaron que tanto los padres de familia de los normalistas como a ciertos sectores de la prensa y  del activismo social a que lo rechazaran rotundamente, exigiendo un investigación a fondo. Por otra parte, el manejo del tema desde la figura del ejecutivo federal fue lamentable no sólo por la poca disposición al diálogo con la parte afectada, sino por no haber sido capaces de dimensionar la magnitud de la crisis política. La ausencia de respuestas claras y veraces mermó la ya de por sí desprestigiada imagen de Enrique Peña Nieto, quien por las mismas fechas enfrentaba, junto con su esposa Angélica Rivera, otro asunto turbio: la “Casa Blanca” de Las Lomas.  

Desde luego, para el manejo de la crisis, el gobierno recurrió a las tradicionales tácticas de poder, siendo el brazo mediático la más importante. Ante la incapacidad de dar explicaciones satisfactorias, el gobierno tuvo que recurrir a Televisa y la prensa alineada que, como siempre, serían los encargados del trabajo sucio; de hacer “verosímil” la versión oficial. Si esto no resultaba suficiente, el ejército de bots se encargaría de librar las batallas en el campo cibernáutico. El asunto dejó de ser policiaco para tornarse político –lo que, sin duda, plantea el problema de cuál es el límite entre lo “policíaco” y  lo “político”; cuestión que dejaremos por ahora-. En gran medida, la labor del aparato mediático oficialista es presentar el tema de Ayotzinapa como una cuestión policíaca, mientras que los activistas y la prensa no oficial insisten en señalar su carácter político.

Ahora bien, ¿han podido los últimos ejercer medidas de presión que obliguen a las autoridades a realmente investigar a profundidad los acontecimientos? ¿Qué efecto han tenido las movilizaciones? Esto nos lleva a otra de las consecuencias importantes: el impacto de Ayotzinapa en la vida política nacional. Lo que inició como un reclamo de justicia ante un evento particular, pronto se convirtió en un movimiento nacional, que incluso trascendió las fronteras. ¿Por qué un reclamo particular pudo adquirir una dimensión mayor? La gran cantidad de asesinatos y desaparecidos registrados desde que Felipe Calderón dio inició a su fallida guerra contra el crimen organizado –mantenida casi sin cambios por el actual gobierno federal-, ha generado incertidumbre, desasosiego e indignación en muchos sectores de la sociedad mexicana; muchos de ellos, sectores tradicionalmente apolíticos y apáticos. El drama de la violencia en México ha generado temor pero también disposición a participar activamente en asuntos públicos en grupos, motivados en gran medida por su cercanía con víctimas de la violencia. Ayotzinapa, en este sentido, pudo funcionar como una “condensación metafórica”, término propuesto por el filósofo esloveno Slavoj Žižek: el reclamo de justicia por los 43 se convirtió en el reclamo de justicia para cualquier desaparecido, cualquier asesinado, cualquier víctima de la guerra contra el crimen. Así lo explica el filósofo: “He aquí la verdadera política: ese momento en el que una reivindicación específica no es simplemente un elemento en la negociación de intereses sino que apunta a algo más y empieza a funcionar como condensación metafórica de la completa reestructuración de todo el espacio social”.

Ese “algo más” de las movilizaciones por Ayotzinapa apuntaba hacia el titular del Ejecutivo Federal, Enrique Peña Nieto. Bajo el hashtag #FueElEstado, los activistas, ligando la desaparición de los normalistas con el affaire de la Casa Blanca, exigían la renuncia del presidente –lo que en términos constitucionales obligaba a nuevos comicios presidenciales para el 2015-. En los últimos meses del año pasado, las movilizaciones se intensificaron, mas la lucha no tuvo el resultado esperado.

¿Por qué el reclamo no tuvo efecto? Creo que hay dos posibles causas: 1) La prensa alineada, por medio de sus intelectuales orgánicos, se encargó de particularizar el reclamo de Ayotzinapa (y de tratarlo, como señalé líneas atrás, como un tema meramente policíaco) presentándolo como un asunto local. Baste recordar la columna de Ciro Gómez Leyva “Presidente, usted no mató a los jóvenes de Ayotzinapa” (Milenio, 04/11/2014), en el que, aparte de exonerar a Peña Nieto y su gabinete de cualquier responsabilidad, critica al propio gobierno de no manejar adecuadamente su propio deslinde. 2) Aún cuando la vigencia del reclamo sigue siendo justa, ni los activistas ni los intelectuales ligados al movimiento realmente justificaron la “condensación metafórica”. Esta fácilmente podía refutarse –como de hecho lo hicieron los columnistas à la Gómez Leyva- mostrándola como una falacia de composición: la parte no representa el todo. Pero si los que proponían la salida de EPN de la presidencia hubiesen demostrado que los acontecimientos de Iguala no eran un hecho aislado, sino que es un problema que afecta todo el país, con datos precisos y evidencias, su reclamo habría tenido muy buenos argumentos, ya fuera para replicar a los columnistas alineados, ya fuera para legitimar el movimiento. El llevar la crisis hasta Los Pinos exigía una argumentación meticulosa. En realidad, la exigencia de saber acerca del paradero de los estudiantes pasó de un dos por tres a la exigencia de renuncia del presidente, sin justificarla debidamente.

Desde luego, si la retórica apologética del Estado de los medios masivos no resultaba suficiente, estaban disponibles los granaderos y alborotadores para reprimir y desprestigiar las manifestaciones públicas. Así, Peña Nieto y su camarilla pudieron salir avante, no así el deterioro de su imagen pública.

 

Ante el fracaso de las movilizaciones por lograr sus objetivos -siendo la renuncia del presidente el que se había puesto en primer término- podría haberse esperado un repliegue de las fuerzas para analizar lo ocurrido, replantear la estrategia y dar continuidad a las exigencias por otros medios. Las elecciones intermedias representaban una buena oportunidad para reconducir el movimiento. Si bien la vía electoral no es garantía de éxito para los reclamos y, además, se vuelve susceptible de ser asimilada por la propaganda electoral, podría haberse empleado como una estrategia que presionara a los partidos a retomar los temas principales que motivaron el movimiento. Después de todo, la sensibilidad generada por la desaparición de los normalistas y la mala imagen de la “pareja presidencial” representaba un factor de peso electoral que podía capitalizarse.

Pero Ayotzinapa no se reflejó en las elecciones. Por el contrario, no sólo el presidente pudo salvar el cuello tras la crisis del 2014, sino que el PRI y sus partidos allegados lograron mantener la mayoría en la Cámara de Diputados. ¿Cuál fue el motivo de este aparente nulo impacto de la crisis? Principalmente, que gran parte de los activistas e intelectuales del movimiento asumieron una postura antielectoral. Para algunos, el #TodosSomosAyotzinapa se tornó en #Noalaselecciones: ya fuera por la desconfianza hacia los partidos políticos (incluso hacia los opositores), ya fuera por la desconfianza hacia el INE y el proceso electoral mismo, el activismo en pro del voto nulo y el abstencionismo fue un factor de peso para que el partido en el poder pudiese mantener sus posiciones políticas. Y habiéndolas conservado, se ve realmente difícil que los temas pendientes en torno a los 43 y otros eventos similares puedan esclarecerse; peor aún, los ansiados cambios políticos y sociales se ven aún más distantes.

El caso Ayotzinapa de alguna forma ejemplifica el dilema que representa el ser partidario de izquierda en estos días: por un lado, está la izquierda parlamentaria, que se debate entre la transformación del sistema político y económico por vía institucional (con tintes mesiánicos, como ocurre con Morena) y el pragmatismo de la izquierda “moderna”, capaz incluso de negociar con los partidos otrora rivales ideológicos (cuyo claro ejemplo es el PRD). Por otro lado, está la izquierda radical que se aferra a las tradicionales medidas de presión como las marchas y plantones, que pueden resultar efectivas sólo si logran aglutinar a sectores muy amplios de la población, como recientemente se vio en Guatemala. Pero la izquierda radical mexicana parece incapaz de conseguir un apoyo de este tipo. Aunque asuman el papel de portavoces de las clases sociales más desfavorecidas, ni sus estrategias de lucha ni sus discursos logran un acercamiento con éstas. El léxico de la retórica radical, que apela a “resistencia”, la “decolonización” y otros términos vagos y abstractos, no genera el menor efecto en los barrios bajos y las zonas marginadas, lugares donde los radicales no suelen llevar a cabo sus manifestaciones. La izquierda radical presenta la paradoja de asumirse como defensores de las masas, sin contar con el apoyo de ellas.

A lo anterior hay que sumar que la izquierda radical suele caracterizarse por el dogmatismo ideológico y la intolerancia hacia la crítica, que se refleja en sus discursos y en sus prácticas –el falso dilema es casi su sello distintivo: “quien no está con nosotros, está en nuestra contra”-. Así, los impulsores del movimiento por los 43 optaron por los recursos de la izquierda radical descartando cualquier recurso institucional para conseguir sus objetivos, cosa que no lograron. Por el contrario, el movimiento siguió el curso de cualquier movimiento de izquierda radical en México (el GGH de la UNAM, el movimiento de Atenco, la sección 22 de la CNTE, etc.): aislamiento político, lejanía con las masas y nula efectividad de las acciones.

En conclusión, Ayotzinapa pudo convertirse en un movimiento histórico que trajera cambios reales y efectivos en la política mexicana. Sin embargo, la incapacidad de sus promotores por analizar los fallos y replantear las estrategias marcó su destino. Con ello, no quiero decir que el asunto esté finiquitado. Por el contrario, Ayotzinapa sigue siendo un tema pendiente, y la exigencia por saber qué ocurrió verdaderamente con los estudiantes desaparecidos no debe, de ninguna forma, de extinguirse. 

Publicado en Análisis social

¿En qué reside el miedo que vive el mexicano?
¿Reside acaso en el temor de convertirse en una cifra estadística, de ser el número 44?
¿Reside en la incertidumbre de saber si serás “navajeado” por resistirte a entregar tu Smartphone, por el que trabajaste varias quincenas, a un patán que te lo exige cuchillo en mano?
¿Reside en la ambigüedad de saberte protegido por quienes perpetran tu bienestar, pese a su “juramento” de servir y salvaguardar tu seguridad?

No. El día de hoy, los narco bloqueos que sufrió el estado de Jalisco y su capital (mayormente), activaron el verdadero temor de México: saber que si así lo quieren, los sicarios del crimen organizado, no hay nada que pueda el gobierno hacer para defendernos, para protegernos de su acometida.

¿Qué mensaje se encuentra en las acciones criminales y de terror que acontecieron el día de hoy? El mensaje fue para nuestros gobernantes: “Mira lo que podemos hacer si nos traicionas”.

El gobernador del estado, Aristóteles Sandoval, dio parte de lo sucedido: contando un total de 39 “narco-bloqueos” y 7 muertos. El anuncio no fue para rendir cuentas a la ciudadanía, en su lugar, fue una humillante y desvergonzada declaración de derrota e incapacidad.

Las llamas y los humos que cubrieron la ciudad no son si no el eco del terror del que somos rehenes todos los mexicanos. Los 43 estudiantes asesinados también lo son. Asimismo, los miles o cientos de miles de asesinatos (sean narcos o civiles) que la “guerra de guerrillas” ha dejado arrojado como cifras rojas en la historia.

El miedo del mexicano viene en el silencio de la verdad que pocos anuncian y que por nuestra salud mental, bienestar de nuestra calidad de vida, pocos aceptan: “El narco puede más que el gobierno”.

Los noticieros y la vox pópuli le llaman “inseguridad” y no es incorrecta la utilización de dicho término: tenemos miedo de la inseguridad. Pero al ocultar tras ese término, meramente político, se corre el riesgo de que sea utilizado como arma de doble filo, sobre todo en tiempos como éste (elecciones) para acusar y ganar el favor de simpatizantes al decir “El PRI es el culpable… Peña Nieto es el culpable” etc.

El utilizar y postergar el término de “inseguridad”, México está solventando el horror en que es presa todo mexicano honesto, toda su sociedad. Al utilizar el término “inseguridad” se aminora el verdadero temor del mexicano, pues ciertamente yo como mexicano, así como muchos, tengo miedo a la inseguridad en la que vivo. Pero el origen de tal temor no es en sí la inseguridad, sino aquello que lo promociona, que lo ejecuta, que, como el día de hoy, lo expone como el verdadero temor: el miedo a una fuerza relativamente contenida, suciamente ocultada pero evidentemente enmarañada en el Estado mexicano, ese miedo de saber y no querer reconocer que México ha sido derrotado ya hace mucho tiempo por el narco.

No nos equivoquemos, el día de hoy no vivimos el pánico y el caos, el miedo a las flamas y el humo violento que cubrió la ciudad y todo el estado de Jalisco en general. El día de hoy vivimos el miedo de saber que 39 bloqueos y un vehículo militar (el helicóptero de la Sedena) sucedieron en una perfecta ejecución, sin impedimento, sin obstrucción, sin oposición, sin respuesta efectiva, con sólo un humillante y vergonzoso anuncio oficial de nuestro gobernador: Sucedió y no hizo nada para evitarlo.

Sistemas de seguridad e inteligencia civil y militar fueron opacados, violentados y arrebatados de su “autoridad” como niños a los que se les quita un dulce sin que ellos puedan siquiera hacer algo; sólo llorarle a su madre.

Durante los hechos, sostuve una conversación con un amigo, el cual recuperó de pláticas anteriores el asunto de llamar y declarar un “Estado bélico” y permitir al ejército nacional actuar en territorio nacional. “No se les está permitido, es anticonstitucional” le respondí con dolor. “Y aún si el máximo general del ejército, el presidente de la república (nótese la falta de capitales), declarase estado bélico y el ejército y la marina y las fuerzas especiales actuaran en una verdadera guerra contra el narco, no es sino un sueño húmedo de muchos mexicanos hartos de la “inseguridad” en que viven. Ya una vez, un presidente (también sin capital) intentó utilizar todas las fuerzas del ejército sin encontrar apoyo del senado, ni apoyo de la ciudadanía y los resultados de esa “guerra” bueno... pueden consultarla en cualquier hemeroteca virtual: Llena de cifras rojas y sin ningún efectivo resultado.

Ya pasó el miedo por hoy (eso esperamos todos) y confiamos en que pronto esa “certidumbre” de paz y tranquilidad se restablezca, aunque sea momentáneamente; como estamos acostumbrados.

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¿Qué es el respeto?

1.- Distanciamiento emocional-cognitivo.
2.- Indiferencia.
3.- Distanciamiento social-cultural.
4.- Exclusión.
5.- Separación.
6.- Alienación.
7.- Egocentrismo.
8.- Hipocresía.

Si tenemos una opinión distinta no significa que estemos en desacuerdo, sino que alguno de los dos vivimos en una fantasía utópica para esconder la suciedad en la que nos movemos.

Estamos rodeados de “respeto” y nuestras vidas giran en su gravedad. Nuestras relaciones sociales, íntimas, públicas, son de flujo elíptico y agresivo en tanto que no condonan ni consideran la transición de los cuerpos que la rodean, siempre y cuando se sublimen a la fuerza de gravedad de nuestro pesado, ominoso e inexplicable vórtice de respeto.

Dejando el discurso metafórico de lado, la realidad del peso que ejerce el “respeto” en nuestra vida social-íntima, es tan real como el peso de la moral en que se ejerce: una metáfora más para explicar una presión cuyo origen no nos extraña pese a su desconocimiento.

Existen campañas, géneros literarios e ideologías religiosas-filosóficas que promueven y llaman al ejercicio de acrecentar, afirmar y expresar el “respeto propio” el respeto a sí mismo, a nuestras propias personas. Algunos incluso lo llaman “auto-estima” o “amor propio”. Confieso que estas ideologías me hacen sentir como un niño frente a un fenómeno espeluznante e inexplicable… como “el Coco” bajo nuestras camas.

¿Me atemorizan? Sí. Veo un monstruo que no puedo ver ni tocar pero que sé, de una forma imprecisa, que está allí abajo, para tomarme del pie y abducirme a un mundo de terror: para devorarme quizá. ¿Me atemoriza porque no lo conozco, porque es desconocido? Sí. El temor a lo desconocido es real y lo siento en estas campañas, en mis amigos, en mi credo, en mi familia, en mi sociedad. Tengo miedo de ser consumido por el monstruo del respeto: una bestia metafórica, inexistente, sin embargo, presente.

¿Cómo puedo respetarme a mí mismo? “No humillándote, Mario”, me dicen. ¿La humillación, perpetrada por mí mismo, ocurre por mí mismo? “Sí, Mario. Si no te respetas y te humillas, nadie te va a respetar y te humillarán y ofenderán porque tú mismo no te valoras”, me dicen. ¿Entonces, el respeto a mí mismo es el valor que yo mismo me otorgo? “Sí, Mario”, me dicen. ¿Entonces cómo puedo (iniciar) valorarme a mí mismo? “Sabiéndote que eres igual a todos, que no eres diferente; te valoras sabiendo que nadie tiene el derecho de lastimarte, de ofenderte, de humillarte… de hacerte menos”, me dicen. Entonces si yo me respeto y me valoro ¿Evitará eso, que me humillen que me ofendan, que me agredan? “No, Mario. Muchas personas irrespetuosas (sin respeto propio o ajeno) te intentarán humillar y ofender, pero si tú te valoras a ti mismo y te respetas, sus ofensas serán inútiles?”, me dicen. Entonces si pese a mi respeto propio y autovaloración, las personas aun así me faltarán al respeto y me desvalorizarán… ¿Qué caso tiene respetarme, no humillarme, valorarme? “Importa, porque entonces lo que otras personas digan, no importará para ti, porque sabes que no es cierto, que lo hacen por ofenderte. No importa qué hagan, mientras tengas dignidad y respeto por tu propia persona, lo que te hagan no te importará”, me dicen.

Es así que la fuerza de gravedad del respeto funciona: es tan fuerte que sólo ella misma importa. ¿Qué tan cierto es esto? Es variable y vulnerable a incongruencias. La gran fuerza de gravedad no sólo es omnipotente, sino que también es caprichosa ya que no es autónoma: se alimenta directamente de mí-mismo. Yo soy la fuerza gravitatoria del respeto y siendo yo, es voluble, imprecisa, mutable y caprichosa.

Una y otra vez vemos y somos partícipes de esta exigencia de respeto. Cotidianamente vivimos ejerciendo esta fuerza que demanda y obliga a doblegarse a todos los cuerpos ajenos a nuestro campo gravitacional y sus elementos (quienes gravitan a su alrededor: familiares, amigos, amantes, compañeros laborales, vecinos, etc.). Pero al ser nosotros mismos el epicentro gravitacional de este egocéntrico círculo de “respeto”, somos susceptibles a los choques, voluntarios e involuntarios, con otros sistemas gravitatorios. Para evitar convulsiones, destellos e incluso explosiones de nuestro armónico sistema, hemos creado reglas y normas de convivencia, de tránsito y fluencia gravitacional: ética y moral -respeto-.

La lógica dicta que lo básico para evitar choques entre sistemas de gravedad, es establecer “límites” y “respetar” dichos límites. Mi área de fluencia es limitada al área de fluencia de un sistema ajeno… Si yo extralimito mi área, o lo hace otro sistema, un choque será casi inevitable: una falta de respeto. Así pues, el establecimiento de límites proporciona orden al caos que sería su inexistencia, evitando los choques, estallidos, explosiones… la guerra.

“El Coco” ahora ya no es tan desconocido. Ahora que he “entendido” lo que es, su escalofriante influencia ha disminuido mas no ha desaparecido. Sigo sin comprender por qué persiste el miedo a lo que hay bajo mi cama y cómo es que este miedo disminuye al cobijarme. Sigo teniendo miedo al monstruo del “respeto”.

Reflexionando sobre la metáfora del respeto, éste se muestra como un suceso lógico: para evitar la colisión de cuerpos, estos deben respetar los límites que se les han establecido, estos límites se establecen tanto por el epicentro de su centro gravitacional así como el espacio o área que este centro gravitacional (nosotros) ejerce. Dos centros gravitacionales que se ven atraídos a sí mismos, generan una armonía que evita colisiones entre ellos y entre los cuerpos que les rodean (relación social). Es lógico, es racional, es efectivo.

Sin embargo, el monstruo del respeto no es ni remotamente absoluto (en tanto que incorruptible). No existe una fuerza ajena a la gravedad del respeto que establezca los límites en que puede ejercer activamente su fuerza, no es física como lo sería en la analogía. Los límites se establecen por conveniencia y por una suerte de aceptación subyugante a la cual se opone una fuerza aún mayor que la gravedad misma (respeto) y en la cual se crea una paradoja gravitacional pese a las limitaciones también establecidas por esta conveniencia: la libertad.

Yo Mario, puedo caminar por cualquier calle de mi ciudad sin ningún impedimento legal. No hay fuerza que doblegue mi libertad de transitar por la ciudad. Sin embargo, si mi libertad me lleva a caminar dentro de una casa ajena entonces se convierte en una falta legal: estoy allanando una zona privada. “Lógico, Mario. Eso es lógico”, me dicen. Y es lógico porque estamos sujetos a estas reglas sociales que así hemos establecido nosotros mismos. Mi ejemplo es absurdo ante esta lógica. Sin embargo, sigamos esta lógica en situaciones que también deberían estar sujetos a dicha línea lógica del pensamiento. Si yo, caminando libremente por mi ciudad, transitando por calles por las cuales tengo permitido y derecho a transitar, me detengo a observar una “zona privada”, dígase el interior de una casa, el cuerpo de una persona, ¿estoy violando el respeto ajeno? “Existe el derecho a la privacidad, Mario. Si lo que estás viendo está dentro de un espacio privado y no estas invitado, o si estas husmeando sí es una falta de respeto y hasta creo, un delito”, me dicen.

Pero si lo que veo no está dentro de una zona privada, si lo que veo es una persona que se encuentra en un área pública, ¿estoy violando el respeto ajeno? “Eso es otra forma de faltar al respeto. Guardar el respeto ajeno significa no incomodarlo ni tampoco invadir su espacio”, me dicen. Entonces, ¿existen varios tipos de respeto? “Sí, Mario”, me dicen y “el coco” dejó de ser algo entendible: regresó a esa inexplicable naturaleza tenebrosa y siniestra que vive en la desconocida oscuridad bajo mi cama.

Mi libertad se vuelve a limitar, pero no es mi libertad lo que está en pugna aquí, sino establecer, entender y comprender ¿qué es el respeto? Y qué puede ser el respeto sino el establecimiento de limitaciones, la abolición de libertades y la implementación de penalizaciones. Entonces, mi libertad sí es lo que se pugna. Se pugnan los límites de mi libertad sobre la argumentación que está, no me es otorgada sino que me es natural e inextirpable. “Pero, eso ya es otra cosa Mario. Es cosa de debatir qué es libertad y hasta dónde tu libertad afrenta la libertad de otras personas: ¿Acaso por tu libertad puedes matar a alguien?”, me dicen y tienen razón al decírmelo: los límites de mi libertad son condicionados por las libertades de otras personas, mi libertad no es hegemónica.

¿Entonces, por qué inicio este artículo afirmando que la libertad es una forma de indiferencia, de hipocresía o de distanciamiento? ¿Acaso no lo es? Si a estos momentos no estamos en la confusión de entender los límites de libertad y la legalidad del respeto; si a estos momentos de la lectura no hay una reflexión sobre la hipocresía del respeto, entonces el esfuerzo no ha valido. Eso querría decir que no hay en mis palabras una relación que te una conmigo en un diálogo; estás leyendo las palabras de alguien a quien has puesto en los límites de tu respeto bajo la absurda creencia que yo te tengo a ti, una suerte o tipo de respeto: porque no te conozco, porque es socialmente obligado.

¡Fáltame al respeto, lector! Oblígame a introducirme en las elípticas inclusiones gravitacionales de tu campo gravitacional: Lee conmigo. Si me llamas “pendejo” es porque me incluyes en la órbita íntima de quienes te permites (por la falta de un respeto responsable, social, obligado) ser llamado por igual: En la ofensa somos iguales. Sin embargo, si me llamas “pendejo” para desvalorizarme e ingenuamente creer que con dicha ofensa me excluyes de las órbitas íntimas en las que tus amigos y familiares circulan, entonces no lo hagas, pues no es que me faltes al respeto, sino que te estás “auto-respetando” y “auto-valorando” a ti mismo, es decir, me estas marginando y arrojando de tu campo de “respeto” porque tú así mismo crees que no tengo el derecho de entrar en él: no soy tu igual.

Tampoco seas ingenuo y mediocre al llevar mi invitación de faltar al respeto, al absurdo. Mi petición no es la petición de ir por las calles e ir mentándoles la madre a todos y quienes sean que se te crucen. Mi petición no es la de ir y agredir a las personas; mi petición no es que me recuerdes quién es mi madre o qué hacer con ella; mi petición no es que me digas qué crees que soy o no soy. Mi petición es la de que no me pongan límites hipócritas de intimidad egocéntrica.

Respeto es:

1.- Distanciamiento emocional-cognitivo.
Porque decidimos día a día, cotidianamente, en qué involucrarnos y en qué no. Usando un parámetro de conveniencia personal, es decir, un parámetro del cual podamos tomar provecho o beneficio de la situación y evitar perjudicarnos o desventaja.

2.- Indiferencia.
Porque pese al conocimiento de una situación, escogemos ignorarla mientras ésta no nos involucre o tenga pertinencia directa sobre nosotros.

3.- Distanciamiento social-cultural.
Porque no somos comunidad. Somos lastre social para todo aquel que no esté dentro de nuestro círculo social: amigos, familia, amantes, compañeros laborales. Nuestra comunidad es un grupo de personas que no tienen ninguna importancia o relevancia sobre nuestra vida cotidiana.

4.- Exclusión.
Porque aquel que no está dentro de nuestros círculos sociales, simplemente no está en ningún otro lado. Son ellos y somos nosotros.

5.- Separación.
Porque en la exclusión dividimos a las personas y nos separamos de ellas: jóvenes, ancianos, niños, niñas, mujeres, enfermos, vagabundos, políticos, exnovias, exnovios, amigos de mis amigos, tío favorito, hermano odiado, etc.

6.- Alienación.
Porque sólo en la egolatría de quienes aceptamos como nuestros vivimos nuestras vidas en la sombra, del refugio de la otredad. Quienes son como yo tienen derecho sobre mí, nadie más puede entenderme, conocerme, saberme.

7.- Egocentrismo.
Porque incluso quienes tienen derecho sobre mí, tienen límites sobre mí. Sólo yo tengo derecho absoluto y total sobre mí: yo escojo, yo eligo, yo obtengo, yo arrebato, yo dispongo, yo otorgo, yo impongo: La máxima autoridad soy yo, siendo que yo soy mi propio respeto así pues, quien diga lo contrario o lo intente me falta al respeto.

8.- Hipocresía.
Porque son quienes están más cerca de mí (en las elipsis concéntricas de mi respeto) los que estás más cercanos a faltarme al respeto aunque, y por pertenecer a esos círculos más íntimos, son quienes menos faltas cometan (en tanto su gravedad) a comparación de quienes se encuentran en los límites externos o en el exterior de mi respeto (conocidos y desconocidos). Así mismo, yo otorgo el respeto a quien más le faltó al respeto (amantes, amigos, familia) y a quien más le falto al respeto en realidad, se lo exijo por paradoja (conocidos y desconocidos) de la “falta” que me hizo.

Si respeto es una suerte de igualdad, de apología a la dignidad y derecho humano, habrá que otorgar más respeto a quien más se lo faltamos y entender que quien nos agrede no necesariamente nos falta al respeto.

Una agresión no es sinónimo de faltar al respeto. Faltar al respeto no es sinónimo de violencia. La violencia no atenta contra el respeto, sino contra la persona. Una persona no es el epicentro del respeto, el respeto es “el coco” que se alimenta del miedo que le tenemos de conocerlo y saber qué es y por qué le tenemos miedo. Y aunque concluyo con metáforas poéticas, no hay contra-argumentación ni contradicción en mi artículo… ya que esto del respeto, es pura fantasía metafórica.

Publicado en Divulgación
Miércoles, 11 Marzo 2015 00:00

La agresión del otro ¿Qué es una ofensa?

¿Qué es una ofensa? ¿Qué es violencia? ¿Qué es una agresión?

Si nos encontramos en la posición de creer que la diferencia no existe, sino que se encuentran en una mera relación de sinonimia circunstancial, este artículo te será de utilidad.

Para evitar caer en falacia etimológica sobre la lengua dimito de agregar el significado etimológico de las palabras, ya que, honestamente, los resultados que se encontrarán en la máxima autoridad de nuestra lengua (a considerar) son increíblemente irracionales: A es acción y efecto de B, B es C, por lo tanto A es C, una mera falacia Post Hoc.

Para explicar la anterior necesidad de excluir autoridades tomaré el ejemplo del primer rubro a reflexionar en este artículo; siendo, por igual, este rubro el de mayor importancia a considerar entre las diferencias existentes con los otros, así como de la repercusión de considerarlos "lo mismo". La autoridad referida será la RAE (Real Academia Española).

Ofensa: Del latín Offensa. Acción y efecto de ofender.

De esta manera se explica que "ofensa" (A) es ofender (B).

Ofender: Del latín Offendere.

1.-Humillar o agredir el amor propio o la dignidad de alguien.

2.- Ir en contra de lo que se tiene comunmente por bueno, agradable o correcto.

3.- Hacer daño a alguien físicamente.

4.- Sentirse humillado o herido en el amor propio.

Se explica que ofender (b) es humillar, agredir, dañar, herir (C). Por lo tanto una ofesna (A) es una humillación, agresión, daño, herida (C).

¿Qué es en realidad una ofensa? El silogismo de consecuencia en el orden sugerido, parece correcto, pero es una falacia Post Hoc, es decir, que el orden de los hechos (efecto y consecuencia) es la verdad circunstancial de que el primer hecho desencadena al segundo, cuando el razonamiento lógico debe enfocarse en la correlación de los hechos no así en el orden. Esto es una falacia de consecuencia en este errado tipo de razonamiento:

Si el suelo está mojado es por llovió.

No llovió, el suelo no está mojado.

Excluyendo factores ajenos al segundo hecho (lluvia), se asume que sólo éste puede ser el único responsable del primero (el suelo está mojado).

De esta forma, una ofensa no puede ser la única razón o consecuencia de ofender. La definición o el silogismo que se nos presenta en el dictamen lingüístico no puede ser considerado como verdad, ni como certeza, ya que la ofensa como elemento integrante de un lenguaje y su sistema (lingüística) no está supeditado, ni determinado por su origen etimológico (falacia etimológica), sino por condiciones de origen cultural, en el uso del lenguaje.

"Puto" es, sin necesidad de explicación, en México un ejemplo (aunque no el más amable) sobre cómo una palabra, un elemento del lenguaje, no se condiciona al uso exclusivo que su origen etimológico le otorga, sino a la praxis social, la pragmática del lenguaje, entre otros posibles elementos.

Sin embargo, de lo anterior, "ofensa" ha adquirido esta significación pragmática en el lenguaje de la convención cultural, tal y como se muestra en la falacia Post Hoc que la máxima autoridad de nuestra lengua lo sostiene: Ofensa = agresión.

¿Es en realidad una ofensa una agresión? ¿Si así lo fuere, la acción o efecto de ofender, conlleva necesaria e inmutablemente una agresión, una herida, un daño, una humillación? ¿Son estos efectos consecuencia directa de la ofensa? ¿Por qué este convencionalismo nos lleva a creer que la ofensa, la violencia y la agresión son en realidad una y la misma? Si en estos momentos setimos la necesidad de inquirir a través de la consulta enciclopédica del lenguaje, en un diccionario, si “agresión” mostrará en su definición la referencia a la “ofensa” y la “violencia”, con calma y seguridad podemos hacerlo: no lo encontraremos. Pero si en realidad sentimos esa necesidad de comprobación, de re-afirmación, es, quizá y así lo quiero creer, por efecto de que lo hasta ahora leído en este texto ha logrado despertar un interés que nos lleva a continuar reflexionando sobre la veracidad de este convencionalismo errado sobre “Ofensa = Agresión = Violencia”.

Pero si al contrario continuamos en la creencia de que efectivamente “Ofensa = agresión = Violencia” es certero y que la única diferencia entre-ellos se encuentra en una suerte de graduación de potencia, es necesario, entonces, considerar tres elementos: Parámetro, Efecto, Consecuencia.

Pongámoslo en otro nivel. Cuando mi mejor amigo me llama o me saluda, generalmente inicia la conversación con una “ofensa” o una “agresión verbal”: “Puto”, me dice y yo le respondo por igual. En ninguno de los casos, es decir de mi parte y de parte de mi amigo, se puede encontrar una ofensa, un intento de humillar o dañar o herir. No existe ningún efecto agraviante, violento ni ofensivo cuando nos llamamos de tal forma al iniciar una conversación. Dejando de lado este vicio de la palabra, como expositor de una cultura “machista” u “homofóbica” (dado que no nos interesan esos tópicos, ni son condicionantes del significado ofensivo del saludo “puto”), el intento de humillación y ofensa implícito en dicho tipo de saludo, aunque bien responde a estigmas sociales tales como el “machismo” y la “homofobia” no adquieren en su contexto y semántica ningún grado mesurable en un “parámetro” ambiguo sobre qué tan ofensivo y violento es. Ese grado, ese parámetro socio-cultural aparece cuando un elemento ajeno a este contexto se introduce por sí mismo: un tercer sujeto.

Este tercer sujeto es el parámetro y, a su vez, el representante del convencionalismo de la gradualidad ofensiva del lenguaje, según la cultura. El tercer sujeto, no tiene que ser necesariamente una tercer persona (yo, mi amigo y otro), el tercer sujeto es un sujeto sinecdocal que representa una “autoridad” dictaminante sobre el correcto y apropiado uso del lenguaje: la moral es o puede ser este sujeto sinecdocal. Es cuando este tercer sujeto observa el discurso entre mi amigo y yo que sustrae de éste un elemento inexistente y lo vuelve existente en él, en su participación directa a través de la observación y mediación de un sistema hermético: el discurso entre dos personas.

Llamo a la atención y enfatizo la petición de introducir analogías. El ejemplo que se está desarrollando es un sistema discursivo hermético confiere al sistema de comunicación un derecho de privacidad y exclusión (en tanto que excluyente) de todo sujeto no activo en este sistema: Emisor (Amigo) – Receptor (Yo). Las implicaciones sociales de la palabra “puto”, aun cuando contiene una carga significativa-cultural y despectiva sobre “un sujeto homosexual”, no existe sin el tercer sujeto; el hermetismo de este diálogo se encuentra en el discurso afectivo del cual son únicos partícipes el emisor y el receptor. Incluir, introducir, invadir este sistema hermético de comunicación con un tercer sujeto, por lo menos en éste ejemplo, es una barbarie, irónicamente una ofensa. Dado que ni el receptor ni el emisor hallan consecuencia de daño, de herida o humillación en el efecto de “ofenderse”, la ofensa “puto” no puede ni debe ser considerado como una agresión o motivo de violencia. Sin embargo, si un tercer sujeto invade este sistema (comunicación: diálogo entre yo y mi amigo), la ofensa es directa, una ofensa cometida al sistema mismo: Al emisor y al receptor.

La ironía anterior no sucede por una agresión del tercer sujeto que invade y observa la “ofensa moral-discursiva” en el lenguaje que yo y mi amigo utilizamos, esto quiere decir que ni yo ni mi amigo nos “sentiremos” ofendidos, agredidos, humillados, dañados, heridos, violentados. La ironía se hace presente, sucede, cuando existe la intromisión, no permitida, no requerida del tercer sujeto, independientemente de la acción que pretenda: su sola observación ya es una ofensa en sí misma.

Entonces, esta ofensa si no es una agresión ¿por qué la llamamos ofensa? Es en la respuesta a esa pregunta que presento mi postura sobre esta reflexión: Una ofensa no es una agresión, no es violencia, ni es una acción que implica un daño, una ofensa es una acción no requerida, no permitida, no solicitada de un sujeto hacia otro. Pero, podríamos rebatir, una agresión o un acto violento también puede encontrarse dentro de la definición que establecemos de "ofensa", entonces ¿cuál es la diferencia? La diferencia, y el por qué no pueden encontrarse dentro de mi definición los conceptos de “agresión” y “violencia”, radica en la sutil pero significativa existencia de la intencionalidad. Una agresión, a diferencia de una ofensa, es el acto o acción directa de acometer física o verbalmente contra un sujeto con la intención de dañarle, moral o físicamente. Mientras que una ofensa es una acción de intromisión e invasión, difícilmente es una agresión, aunque eso no significa que una ofensa pueda o no ser “agresiva”. La sutil pero significativa diferencia entre los conceptos a reflexionar en este artículo, comienzan a hetereogenizarse. Las diferencias, así como el parámetro, se desambiguan ya no por dictamen autoritario del origen y significado de las palabras, sino por el pragmatismo del lenguaje y algún otro elemento cultural que al momento desconozco. Una ofensa puede o no ser agresiva, pero “nuncamente” (diría un estimado profesor y amigo mío) una ofensa desembocará en una agresión por sí misma o sólo por ser una ofensa. “La ofensa es relativa al ofendido” es un dicho que uso continuamente cuando intento señalar que actualmente se le ha conferido a este concepto una significación equivocada, cuyo uso se ve exagerado y explotado por campañas que pretenden, ilusa y mediocremente, promover la equidad social y abolir el “abuso”. Lo relativo entre la “ofensa” y el “ofendido”, se da en una relación existente en el sistema de comunicación en que se desarrolla dicha ofensa, es decir, que se da permiso o derecho por parte del emisor (ofensor) y el receptor (ofendido).

Digamoslo de otra manera. Si yo inicio una conversación con un conocido, cuya relación amistosa es casi nula (más allá de conocerle y haber tenido un corto historial de conversación y confianza mutua), de la misma forma que la inicio con mi mejor amigo y le digo: “Puto, tú que conoces de este tema ¿Qué me puedes sugerir que lea?”, sería muy ingenuo de mi parte pensar que este conocido no tomará mi saludo inicial (puto) como un insulto, una ofensa. Este ejemplo sí acepta analogías y sí es susceptible a refereniarse con otros que ocurren cotidianamente, incluso algunos señalados algunas organizaciones o instituciones. Sin embargo, la relatividad entre "ofensa" y "ofendido" no sólo se condiciona por la relación social que existe o no entre el emisor y el receptor, existe un factor mucho más condicionante (vale el pleonasmo): la personalidad. 

Hace un tiempo, fui despedido de un buen trabajo por culpa de un accidente verbal, ocasionado por la mediocridad de mi personalidad frente al "estrés de imposicionamiento de autoridad" (terminología en espera de patente), es decir, y confieso que puedo y sé manejar el estrés laboral (la presión de tiempo, de falta de recursos, de demanda), sin embargo, el estrés que se genera cuando la autoridad laboral se impone, justificada o injustificadamente, obstaculiza el ejercicio mismo del trabajo para sobre-exponer hegemónicamente el rango jerárquico en el área de trabajo (básicamente: "aquí mis huevos mandan"), es el tipo de estrés que no sé manejar. Menciono esto como antecedente a un ejemplo de cómo la personalidad es mayor factor condicionante en la relación ofensa-ofendido. El motivo de mi despido fue porque, ante tal situación estresante en la que me vi obligado a permanecer sumiso, inmóvil, incapacitado, sometido laboralmente, surgió uno de mis tantos vicios de la palabra: para alivianar el estrés y creciente enojo de mi persona hacia mi jefe, involuntariamente le llamé "carnal". Este vicio de la palabra surgió en mí para intentar solventar y a la vez sosegar tanto la ira de mi jefe como la mía hacia él. Lejos de lo ridículo y humillante que es confesar esta anécdota, la utilizo como ejemplo para reflexionar hasta qué grado una palabra informal, no agresiva, no violenta, no ofensiva, se tornó en una ofensa que desencadenó la furia del otro so condena de despido. Admito que profesionalmente no tengo justificación por haber utilizado un lenguaje informal hacia un superior (pese a la justificación del estrés al que estaba sometido), pero aun hoy me sigo preguntando si en la ética profesional, algo tan inofensivo (irónico) merece o es objeto de condena socio-cultural-laboral. ¿En qué parámetro ambiguo se sostiene que el lenguaje informal sea condenado a exclusión?, inapropiado, sí, pero ¿ofensivo?

Cierro con la confesión de mi humillante anécdota laboral como reflexión a lo expuesto en este artículo, con la promesa de continuar con estas reflexiones de los conceptos “agresión” y “violencia”, y de como muchas sociedades, instituciones, organizaciones, han tergiversado y explotado descaradamente la inexistente similitud de éstas con la “ofensa” como medio de desprestigio y marginación social.

Publicado en Divulgación
Sábado, 29 Noviembre 2014 00:00

El eterno retorno de la esperanza infértil

“Tan ocioso me es seguir a otros como guiarles yo.

¿Obedecer? ¡No! ¡Y gobernar, más que no!”

F. Nietzsche

 

H. L. Mencken, uno de los librepensadores más agudos de los Estados Unidos del siglo XX, señaló alguna vez que si bien, al caer la cabeza de un rey, la tiranía se transforma en libertad, es cuestión de tiempo para que la cara de la libertad se endurezca y vuelva el mismo viejo rostro de la tiranía. Y luego vuelve a caer otra cabeza y así ad infinitum. Detrás de todo este juego, afirma, yace la ilusión básica de que el hombre puede ser gobernado y ser libre a la vez. Creo que esta reflexión le viene como anillo al dedo a los manifestantes que exigen apasionadamente la renuncia del presidente Peña Nieto y la celebración de una nueva elección, sin detenerse a meditar en el hipnotizante y terrífico uróboros político en el que estamos sumergidos y que consiste en nuestra ineludible dependencia de líderes que, periodo tras periodo, prometen liberarnos -ahora sí- de las fauces de la corrupción, la inseguridad y la pobreza en las que nos encontramos atrapados. ¿Se habrá preguntado el manifestante qué tanto vale adelantar el proceso electoral si al fin y al cabo seguiremos dependiendo de una mano administrativa que rija nuestro destino?

La renuncia del presidente se antoja lejana, pero no es imposible. No obstante, de lograrse, no supondría ni un paso minúsculo hacia la libertad. Sencillamente no es un golpe estratégico, ni se está alterando el sistema de regulaciones e intervenciones del Estado en la vida de los ciudadanos. Todo lo contrario, lo que se está pidiendo es una mayor y mejor intervención del Estado: “¡Queremos a alguien que sí nos proteja eficazmente!” “¡Queremos a alguien que ordene a la nación!” Las recientes manifestaciones no revelan a un pueblo que quiera ser artífice de su propio destino. Revelan a un rebaño molesto con su pastor. Quieren a uno mejor, uno auténtico y legítimo. En condiciones “normales”, la renovación de ese pastor, ese vil mortal que se convierte de pronto en depositario del sueño popular, es sexenal. Sin embargo, la exigencia actual es que no termine su mandato: “no ha sabido gobernar por el bien de los ciudadanos”, se ha dicho. Pero así removamos presidentes al primer error, la dependencia de una figura presidencial que refresque nuestro optimismo cada determinado tiempo es absoluta. Es, en efecto, un círculo vicioso que políticos y ciudadanos legitiman con igual ahínco, porque los bandos ideológicos podrán destrozarse, pero la democracia se ha vuelto incuestionable. Y es que el ideal democrático mantiene funcionando la máquina que, cada proceso electoral, deposita en los corazones rotos el combustible que reaviva la esperanza de un mejor mañana. Cada seis años esperamos la segunda venida de Cristo encarnado en ese líder político que habrá de traer regocijo y paz al pueblo. No hay patraña mejor maquillada. Aún el que espera “al candidato menos peor” mantiene una esperanza en las virtudes ocultas de su hombre favorito. No hay desapego, siempre hay alguien bueno por venir.

El arquetipo del héroe ha nutrido la cultura de la humanidad desde épocas remotas, ya sea en los antiguos mitos, en la literatura o en el cine –desde Heracles hasta Luke Skywalker–, pero es urgente desterrarlo de la política si queremos comenzar a escribir una historia sin líderes mesiánicos, una en la que el destino de los hombres no esté en manos de un puñado de gobernantes. #FueElEstado fue uno de los tweets que más se viralizaron a raíz de las manifestaciones en solidaridad con los desaparecidos en Iguala. Si en verdad fue el Estado, ¿seguiremos confiando en él como modelo para la resolución de nuestros problemas? ¿Continuaremos encomendándonos a un sistema de líderes y burócratas que se enriquecen a costa de los impuestos o comenzaremos a plantearnos la mejor manera de ir reduciendo el tamaño del Leviatán y resolviendo de manera privada nuestras dificultades? #FueElEstado, se vocifera, pero pocos se atreven a decir que #ElProblemaEsElEstado; nadie es tan radical como para gritar #DeshagámonosDelEstado. No. Todos anhelan instituciones fuertes y políticos que cumplan. Todos reclaman: “¡cuídame y dame!”. Al gobierno hay que exigirle, sí, pero hay que exigirle que no se meta en nuestros asuntos, que nos deje en paz. El mejor gobierno es el que menos interfiere en la vida de sus ciudadanos. Así, al gobierno hay que exigirle que desaparezca paulatinamente de nuestras vidas. Pero pocos poseen esta radicalidad. No veo a los simpatizantes de los normalistas pidiendo esto. No veo a la izquierda pidiendo esto. De izquierda o de derecha, todos creen en gobernar y ser gobernados, en dirigir y ser dirigidos, en pastorear y ser pastoreados. Todos esperan al que sí sepa cómo hacerlo.

Sí, el problema es el Estado. Pero no se trata de eliminarlo de la noche a la mañana. Es utópico y, de ser posible, requeriría de una revolución armada (con sus respectivos caudillos) que correría el riesgo de imponer un nuevo orden y, por ende, un nuevo Estado. Y caeríamos en el ciclo descrito por Mencken. Es, para bien o para mal, la maldición de las revoluciones. Además, si bien no vivimos en el jardín del Edén, tampoco estamos totalmente sumidos en el infierno de la esclavitud como para no tener otra vía que arriesgar nuestras vidas en una revuelta violenta. Se trata, antes bien, de ir debilitando paulatinamente al Estado e ir aumentando la libertad de los ciudadanos y el margen de la vida privada. Para ello, la exigencia al gobierno debe ser menos “dame” y más “déjame en paz”. Ejemplos:

1. Exigir la desregulación de todas las drogas: “déjame vender y consumir en paz las sustancias que se me vengan en gana”. El retiro de la intervención estatal en este rubro le quitaría el oligopolio de la venta de drogas a los cárteles de la delincuencia organizada. No es la panacea para el crimen, pero está lejos del autoritarismo de la sangrienta guerra contra el narcotráfico que tantas víctimas inocentes ha dejado.

2. Exigir la desregulación de la compra, venta y portación de armas: “déjame protegerme y hacerme responsable de mi seguridad”. Hay quienes piensan que, con esta medida, los delincuentes se armarían fácilmente. Pero, asumámoslo, los delincuentes ya están armados. Son los ciudadanos pacíficos los que están indefensos ante la delincuencia.

3. Exigir la desregulación de la creación de grupos de autodefensa, asociaciones, cooperativas y agencias de seguridad privada: “déjame protegerme y hacerme responsable de mi seguridad”. Ante la ineficacia del Estado para procurar seguridad pública, los ciudadanos deberían tener el derecho a armarse y organizarse para defenderse por sí mismos, tal como ya ocurrió en algunos pueblos hartos de la delincuencia. Mientras no hubiere tribunales privados, dichas organizaciones se atendrían a la ley y a los juzgados estatales, pero el ideal máximo es que la procuración de justicia esté en manos de la gente y no de funcionarios estatales.

4. Exigir la desregulación de la creación de escuelas y planes de estudio: “déjame elegir con quién y cómo educarme”. Por otro lado, comenzar a convertir la educación autodidáctica en un paradigma sería un golpe certero a la caduca educación estatal y a su presunta gratuidad.

5. Exigir la desregulación de la creación y certificación de centros médicos: “déjame procurarme salud a mí mismo y elegir, bajo mi propia responsabilidad, en dónde atenderme”. En los EU de principios del siglo XX el Estado no brindaba seguro social y aún así los ciudadanos gozaban de servicios médicos de bajas cuotas gracias a las sociedades mutuales, las logias fraternales y, en el caso de los más desfavorecidos, las asociaciones caritativas. No hay razón para creer que la sociedad actual no puede organizarse y crear maneras innovadoras de brindarse salud sin la intervención del Estado.

6. Exigir la eliminación de todas las regulaciones para abrir un negocio y para comerciar: no es otra cosa que el “laissez faire, laissez passer” de la auténtica tradición liberal. Y la aspiración es total: desde la libertad de abrir casinos en cualquier parte hasta el cese de la persecución a comerciantes callejeros. Esto supone también el fin de los privilegios a las grandes empresas amigas del gobierno (crony capitalism) para dar paso a una auténtica liberación de mercado con competencia real.

Hay quienes piensan que sin Estado y sin líderes políticos no hay libertad. Pero, lejos de ser su garante, el marco estatal es un obstáculo para las libertades. Allí donde hay una regulación específica, por más sensata que parezca, hay un atentado a una libertad específica. Nadie debería prohibirme hacer cualquier cosa que no quebrante el derecho a la vida y a la propiedad de los demás, pero el Estado lo hace. Históricamente lo ha hecho, prohibiendo incluso la libertad de expresión, de credo o de orientación sexual. Lo sigue haciendo, con las regulaciones ya descritas y con otras no enumeradas. Los ejemplos anteriormente citados son sólo algunas formas de ir resquebrajando el poder estatal y dárselo a los individuos para que se organicen voluntariamente de la manera en que crean pertinente y así comiencen a resolver sus problemas, dependiendo cada vez menos de pastores gubernamentales que vivan a expensas del dinero público. 

Publicado en Análisis social
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