Miércoles, 24 Octubre 2018 20:46

Y Roma Llora: el asesino de vagabundos en la literatura

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Y Roma Llora: el asesino de vagabundos en la literatura

Por: Mónica Arana

Alda Teodorani, una de las plumas italianas femeninas más viscerales de los géneros gore y splatter, emergió en la década de los noventa como miembro de una corriente literaria conocida como los CANNIBALI y a ella se le atribuye también la aparición de la corriente NEO-NOIR italiana. Se catapultó con el cuento Y Roma llora aparecido dentro de la antología Juventud caníbal publicada en 1996 por Mondadori. Un hito en ventas y en aceptación tanto de la crítica como del público en general.

Y Roma llora está narrado en primera persona por un ser anónimo y jactancioso que lleva de paseo al lector a una ciudad que, como un iceberg, le brinda a la mayoría una “punta” de hermoso atractivo turístico; pero que al que llega a ella con otros fines, le revela un monstruoso sitio debajo de la superficie. ¿Acaso no todas las ciudades son así? ¿Acaso no somos esos seres que se mueven en uno o dos niveles del “iceberg” pero nos permanece velado el último de sus extremos, ya sea el de arriba o el de abajo? Es decir, que a veces no nos damos cuenta de lo que pasa y se siente en las altas esferas, sin embargo, nos resulta fácil suponerlo; lo vemos plasmado en series, novelas, películas, revistas, chismes de gente que trabaja para ellos, tenemos amigos, qué sé yo… Siempre es más fácil saber lo que hay y lo que es el “iceberg” en medio y arriba. Pero irremediablemente nos distanciamos u obviamos lo de abajo, lo que esconde en las profundidades que no estamos dispuestos a visitar. Precisamente ese nivel desconocido y temido es lo que le pega de lleno en la cara al lector de Teodorani con este cuento. Una voz sin nombre, pero sí con pasado, presente y futuro nos cuenta que Roma es el cielo para los turistas, un limbo complicado para los que llegan como él, a ganarse la vida desde provincia y, un verdadero infierno para quienes no pueden escapar de ser descritos como escoria en una ciudad europea (en realidad en todas las ciudades): vagabundos, drogadictos, gitanos, limpiaparabrisas, mendigos, etc.

La gentrificación (recuerden que el protagonista renuncia a comer en su tasca de siempre porque ya aumentaron los precios y es visitada por gente que ya no luce como él) y el turismo salvaje son las primeras líneas que enuncia nuestro anónimo, es lo primero que parece odiar. No obstante, al avanzar en la narración, nos damos cuenta de que lo que odiaba era su propia existencia en dicha ciudad, el estar expuesto a los trabajillos que lo igualaban a migrantes ilegales y demás “gentuza” aunque él fuera italiano; estaba harto de escuchar propuestas sexuales como en un principio pensó que era la del anciano que terminó contratándolo para “limpiar” la ciudad. Pero dicho hartazgo se acaba cuando se convierte en el ángel exterminador de un viejo agonizante que como “bucket list” se ha propuesto barrer la zona que habita, librarla de la podredumbre humana que la satura junto a los turistas. Incluso en estas secuencias las frases y saltos de acción del anónimo protagonista son vertiginosas y llenas de vida. Lo alimenta y emociona liquidar personas que podrían ser él pero finalmente no lo son, son inferiores, viven más abajo en el “iceberg” ¿Cómo podría identificarse con ellos? o más bien ¿no los elimina con tanto placer porque precisamente ve reflejado en ellos algo propio? A fin de cuentas, tampoco resulta ser de la posición y distinción que el moribundo contratante, pero sin duda, nunca sería uno más de los invisibles, esos que elimina violenta y sádicamente y cuyos cuerpos son recogidos sin lágrimas ni espanto a la mañana siguiente.

No se dejen llevar. Este texto no es de denuncia. No fue escrito para revelar que las ciudades europeas están llenas de xenófobos y aporofóbicos; tampoco pretende incitar a la violencia contra los marginados. No es una realidad y al mismo tiempo es ésta. ¿Cómo explicarlo? Recuerden lo mismo que sienten y piensan con la literatura del narco y de la violencia en la frontera en México… ¿Se dan cuenta? Este texto plasma una posibilidad de esas realidades, pero la plasma lo más grotescamente posible, porque así es ese nivel del “iceberg” que nos negamos a visitar y conocer. Así se vive y muere en los centros históricos tugurizados y en los cinturones de pobreza de las ciudades. Así de grotesco, violento y extrañamente vívido es el mundo de los invisibles. Ese mundo de muertos que están destinados a aparecer, en el mejor de los casos, sólo en medios amarillista o de nota roja, como esa que recientemente leí: un total de cinco personas en situación de calle, en zona centro y rosa de Guadalajara, durante la segunda quincena de octubre fueron encontrados tendidos sobre su lecho de garras y cartón con las cabezas explotadas tras el golpe de una enorme piedra. Parece que Guadalajara también llora.

Y Roma llora (Cuento)

Alda Teodorani

«Y Roma llora», en Juventud caníbal. Antología del horror extremo, Grijalbo Mondadori, Edición de Daniele Brolli, Traducción Juan Vivanco, Madrid, 1998, pp. 55-62. (Tomado de https://docplayer.es/28916383-Antologia-novela-negra-roberto-herrera-gallardo-encarni-lopez-gonzalvez.html#show_full_text .)

Por la noche Roma llora. Fue la primera impresión que tuve de la ciudad cuando llegué, hace tres años, huyendo de un pueblecito de la provincia de Calabria. Al principio era invierno, y el cielo, al atardecer, se teñía de rojo. Un rojo encendido. Ya había oído hablar de los famosos crepúsculos de Roma, pero creía que era un cuento para atraer a los turistas. Sin embargo, es verdad: al atardecer, todos los atardeceres, Roma, en el crepúsculo, se tiñe de rojo. A veces hasta cuando llueve. Los tejados, las calles, los edificios, las antenas de televisión (cuántas antenas), todo refleja el rojo de esa sangre repentina. Cuando llegué me costó mucho encontrar trabajo. Vendía pañuelos de papel y ambientadores de coche en los semáforos, y apenas me alcanzaba para pagar la pensión donde dormía y las comidas en cualquier tasca del Trastevere. Luego, de pronto, hasta las tascas se pusieron de moda, y me encontré con que los precios aumentaban y la gente que iba a comer era cada vez más elegante. Un día el camarero tunecino me llevó el menú: pasta y judías, 15.000 liras. Entonces me di cuenta de que el Trastevere no era lo mío, y me trasladé a Termini. La estación central de Roma es una araña gorda que se lo traga gordo, esa fue mi primera impresión. Empecé a ir a comer a un centro de caridad, a poca distancia de Termini, y a vivir junto a ellos, los vagabundos. No parecían tantos hasta que no los veías juntos, y se reunían todos allí. Se plantaban delante del quiosco de la estación, delante de la farmacia, y molestaban a la gente. Conocían a todos los comerciantes y lograban que los chicos de la tienda de dulces les regalaran helados. Nadie decía nada. Pero eso, lo aprendí más tarde, era una característica de la ciudad. Por lo menos hasta que llegué yo. Al principio los controladores de la entrada me dejaban pasar sin billete. Luego empezaron a poner pegas. De todos modos podía quedarme en el vestíbulo cuanto quisiera. Un día se acercó un señor mayor. Yo estaba vendiendo encendedores. ¿Eres italiano? preguntó. Soy de Polistena, en Calabria contesté, aunque no era del todo cierto, porque vivía en Rosarno. ¿No te da asco toda esta podredumbre? prosiguió. Pero qué podredumbre Vamos, abuelo, no me toques los huevos. ¿No necesitas dinero, no quieres dormir en una pensión decente? Ese viejo me estaba hartando. Quiere que le dé por el culo en su casa, es un sarasa disfrazado de señor, pensé. Sí que quiero dinero, pero no hago mamadas. Ven conmigo. Me llevó a comer a la hamburguesería y pagó la cuenta. La hamburguesa olía a mierda, sería porque yo tenía un resfriado tremendo y los olores me fastidiaban. Pero no me quejé, porque el viejo empezaba a caerme simpático. ¿Has pensado alguna vez en hacerte barrendero? dijo, mientras terminaba de comer. Pensaréis que estaba majara. Hay muchos barrenderos por ahí. Pero para ser barrendero del ayuntamiento hay que pagar, y además hay que exponerse demasiado, contesté. No, no, otra clase de barrendero precisó él, mientras se sacaba del bolsillo un fajo de billetes. Desde aquel día mi vida cambió, creedme. Calle Marsala, calle Giolitti, plaza dei Cinquecento, las Termas de Diocleciano, que están todas alrededor de Termini. Y luego también la calle Amendola, y para arriba, hasta el teatro de la Ópera, pero solo hasta allí. Calle Nazionale y plaza Esedra, ese es mi reino. El viejo loco me dijo que tenía mucho dinero, pero poco tiempo, se había pillado un cáncer en los pulmones, aunque nunca había fumado un cigarrillo y en su oficina había un letrero de «No Fumar» de esos con un esqueleto debajo. Me cansé de la gente que limpia el parabrisas en los semáforos y de los que venden encendedores. De los negros, de los gitanos, incluyendo la que me robó la cartera me contó. Mientras continuaba se le encendió una luz en los ojos : Sí, esa gitanilla me la quiso jugar en el vagón de la línea B del metro, la que va a la plaza Bologna, donde vivo yo, enfrente de correos: me dio un puñetazo en la cara y me quitó la cartera del bolsillo de la chaqueta. ¿Tú qué habrías hecho? Yo me encogí de hombros. Hacía mucho, no recordaba cuánto, que no llevaba cartera. Te diré lo que hice yo: la agarré por la camiseta cuando estaba a punto de salir del vagón. Me la llevé a rastras, y nadie, lo que se dice nadie, me detuvo, nadie se volvió a mirarme. ¿Qué piensas, que soy impotente porque ya soy viejo? preguntó, mientras volvía a encogerme de hombros, pero para mí que lo preguntaba por preguntar, porque yo siempre he pensado que los jubilados follan más que los jóvenes. Siguió contando : Entonces me la llevé a los urinarios públicos, a la salida del metro, y me encerré dentro con ella. Le puse la mano en la boca y me la cepillé por delante y por detrás, si vieras los gruñidos que soltaba. Luego le retorcí el pescuezo como a una gallina, justo como hacía mi abuelo cuando mataba pollos, Dios lo tenga en su gloria. No me impresionó la historia del viejo cabrón, ni lo más mínimo. Sólo que al final ya no se acordaba de qué diablos me quería hablar. Ah, sí recuperó la memoria, apuesto a que tú conoces a todos esos putos parásitos mamones. Soy rico, ya te lo he dicho, y quiero ser caritativo con gente como tú. No soporto verles por la calle, todavía me queda un año de vida, y mientras aguante no quiero verles durmiendo en las aceras. Me tienes que hacer un favor. ¿Qué os creéis, que aquel tipo los quería hacerlos ricos a todos? Pues no. Vale, ya sé que sois muy listos y lo habéis entendido. Yo hacía mi ronda, alrededor de la estación. El viejo pagó a otros como yo, en toda la ciudad, lo sé de buena tinta. Lo que no sé es si al final se fue contento al otro barrio. Pero me la trae flojísima. Bueno, el caso es que el viejo, después de todo ese rollo, me dio una cita para la noche siguiente, mientras me pasaba por delante de las narices un buen fajo de billetes. Quedamos en Ferroverie Laziali, andén 23, mañana a las once y media de la noche. Veremos si te las apañas bien me dijo. ¿Que si me las apañaba bien? Él no lo sabía, pero yo era una pequeña celebridad. Había matado gente casi todos los días, contribuyendo todo lo posible a engrosar las estadísticas de los muertos. Me pagaban para eso: trabajaba para unos señores que se mosqueaban con mucha facilidad, y a mí me tocaba arreglar cuentas. En mi vida había visto tanto dinero junto. Hasta que se acabó todo. Un día mataron a Mimmo, mi mejor amigo. Un disparo de escopeta le levantó la piel del cogote, según me contaron, porque le dispararon justo a la cara. Y mi, digamos, jefe, me echó la culpa precisamente a mí. Sólo porque todos sabían que me gustaba la mujer de Mimmo, me gustaba un huevo. Pero yo estaba seguro de que alguien quería ocupar mi puesto, y fue ese alguien quien mató a Mimmo. Por suerte unos colegas me avisaron a tiempo, si no ahora a lo mejor no lo contaba. Salí zumbando, ni siquiera tuve tiempo de recoger mis cosas. Fue así como acabé vendiendo pañuelos de papel. Pero al viejo no le había contado nada de esto: no hay que fiarse de nadie, y menos aún si es el que te paga. Pues decía que esa noche acudí a la cita, andén 23, en las Laziali. Enseguida el viejo me señaló un montón de harapos tumbado en el suelo, y me dijo: Ahí tienes el primero. Se escondió detrás de una columna para observar mi comportamiento. Me acerqué al montón de harapos y empecé a sacudirle. El otro, como si no estuviera durmiendo, se levantó enseguida, de golpe, y empezó a gritar: ¡Basta, basta, déjame cabrón! Entonces le agarré por el cuello, diciéndole a la cara: ¿Quién es el cabrón? Y mientras pataleaba intentando ponerse de pie, le levanté en vilo. Tendría unos treinta años, y una barba que le llegaba al pecho. Yo seguía apretando, y él pataleando como un loco, mientras se ahogaba. Yo le apretaba el cuello con más fuerza, y él había empezado a jadear, poniendo los ojos en blanco y meándose encima. Luego sentí que se aflojaba de golpe, pero aunque estaba seguro de que la había diñado, por precaución seguí apretando un poco. ¿Pensáis que me dio asco? No, no soy impresionable. Así, abrazado al vagabundo, miré hacia atrás y vi que el viejo se estaba acercando para ver mejor lo que hacía. ¿Querías ver cómo trabajo, no? Bien, aquí tienes, pensaba, mientras metía los dedos en los ojos del vagabundo y se los sacaba de las órbitas sanguinolentas, como avellanas de la cáscara. Los tiré al suelo como si fueran canicas, junto a los pies del viejo. Le bajé los pantalones al cadáver y, sacando la navaja del bolsillo, corté el escroto y saqué los huevos. Resultó fácil, no brotó nada de sangre. Mientras tanto notaba la respiración anhelante, excitada del puto viejo a mi lado. Sólo una especie de tubo blanco los sujetaba aún al cuerpo. Un tirón seco y fueron míos. Carne fresca exclamé, jactancioso, y se los ofrecí al viejo. Me hizo una seña negativa. Si no los quiere él, me los como yo, pensé, mientras me los metía en la boca. Además de no saber a nada eran esponjosos, blandos y viscosos como la carne de caracol. Entonces, de pronto, me dieron asco incluso a mí, porque los caracoles siempre me lo habían dado. Y empezaba a sentir rabia, porque me parecía que había perdido el tiempo para nada. Rabia también por esa cosa inútil tendida en el suelo, con los pantalones bajados y la polla a la vista. Te vas a enterar, jodido mamón y le corté la polla de un tajo veloz, rabioso. Ahora sí que sangraba, aunque estaba muerto, ya lo creo. Se la metí en la boca a la fuerza, en esa bocaza apestosa abierta a la nada. Aquella noche empezó realmente mi trabajo. Y me vais a perdonar si es poco y si os lo digo así brutalmente: os parecerá una historia inventada, pero no lo es. Si no os creéis lo que he hecho, cuando vayáis a Roma, por la noche, podréis comprobar que alrededor de la estación Termini hay como un corazón que late y sangra y todos los pájaros, los estorninos, vuelan gritando de terror sobre los árboles de por allí. Daos un garbeo hasta la plaza Esedra, con una bonita fuente, la que algunos romanos llaman plaza de la Repubblica, porque está la boca de metro Repubblica y entonces muchas veces se dicen: «Quedamos en la plaza Repubblica», y claro, luego no se encuentran. En in, daos una vuelta por allí, mejor si es a la puesta de sol. Comprobadlo vosotros mismos. Lo hice lo mejor posible. En los andenes 20 y 21 degollé a treinta vagabundos con la navaja de afeitar, les corté el gaznate a todos durante diez noches seguidas y no hubo ningún comentario, como si nadie se hubiera enterado, o quizá sea mejor así: ni siquiera lo han traído los periódicos, sólo algún suelto de la información local. A los seropositivos que duermen en los pasillos del metro o escondidos detrás de las rejas de aireación, les clavé jeringas en los ojos. Y no penséis que me molesté en comprar todas las jeringas. En plan de coña, algunas las saqué descerrajando los intercambiadores de jeringas, los que están en la calle, en la acera de la estación: al fin y el cabo el ayuntamiento de Roma los ha puesto allí a propósito para los toxicómanos, para «frenar el fenómeno del Sida». En el albergue de caridad, en cambio, usé la navaja. Dado que cuando puedo y si puedo me gusta dar un significado simbólico a lo que hago, se la clavé en la barriga o en el coño a las chicas (que a veces son muy jóvenes), o a los viejos en su corazón cansado. Siempre me mojé con la sangre que brotaba de los cuerpos que se retorcían en los espasmos de la muerte, porque allá en Calabria hay quien dice que mojarse con la sangre alarga la vida y trae suerte. Con las gitanillas en el metro A y B hice lo que me había contado el viejo. Yo también necesito mojar. A los travestis, por la noche, me los llevé a las pensiones de los alrededores de la estación. A algunos les corté el cuello con la navaja de afeitar mientras se la hincaba por el culo, descubrí que es precioso sentir cómo se mueren y se agitan mientras ven que se les escapa la sangre sin poder hacer nada para detenerla, porque detrás tienen mis manos que les sujetan y mi polla que les clava el cuerpo sin esperanza de huida. Luego se aplacan poco a poco, y el esfínter da un último guiño, el que siempre me hace correrme cuando la palma. «Una oleada súbita de violencia, inadmisible», diréis. Bueno, cuando vengáis a Roma a verla puesta del sol, sentiréis de verdad que la ciudad llora, pero recordar que soy yo el que la hace llorar. Por otro lado, no veréis ningún vagabundo, ningún gitano, ningún pordiosero en la estación Termini, porque yo sé hacer mi trabajo. Y nadie, en esa zona, se acercará a limpiaros el parabrisas. Como decía el viejo, para eso ya están las gasolineras.

Modificado por última vez en Miércoles, 24 Octubre 2018 20:53
Mónica Arana

Guadalajara, 1985. Licenciada en Letras Hispánicas y Maestra en Estudios de Literatura Mexicana por la UdeG. Analista de productos culturales, ideología y sociedad.