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Jueves, 02 Abril 2020 02:12

What can Bukowski do?

What can Bukowski do?

Vida cotidiana, filosofía y literatura

Por Mauricio Méndez Huerta


 


¿Qué puedo hacer?

Es verdad:

el dolor y el sufrimiento

ayudan a crear

lo que nombramos

arte.

Si pudiera elegir

nunca optaría

yo mismo por

este maldito dolor 

y miserable sufrimiento,

pero de alguna manera

me encuentra.

- Bukowski, 1966


 



Un quijote manchado

En un lugar de Los Ángeles, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un borracho de los de pacha en mano, saco roto y rostro bravucón... Su nombre era Bukowski y era más versado en desgracias que en versos... Su fama no radicó en la caballería, sino en su escritura y sus periplos, acompañado siempre de su fiel escudero, el alcohol.


Si el hombre es lo que hace de sí mismo, como dice Sartre, entonces obliga la pregunta: “¿Qué hace Bukowski?”. El mito dice que bebía como cosaco, fornicaba como un Rasputín californiano, golpeaba mujeres y, a velocidades sónicas, escribía sobre beber, fornicar y pelear. Recientemente, algunos doctos de la literatura dicen que Bukowski, cual púbero atemporal, no tendía su cama. No recuerdo ninguna historia de la filosofía que consigne estas actividades como parte de la labor del filósofo. ¿Beber, fornicar, escribir y no tender la cama son actividades filosóficas? Parece que de aquellas solamente la escritura se relaciona directamente con la filosofía. Las efemérides señalan que Diógenes El perro, despreciado por propios y extraños, no se alcoholizaba, ni fornicaba ni escribía. A pesar de ello, “cínico” ha sido una etiqueta constante endilgada a Charles Bukowski. El escritor californiano era tanto o más feo que Sócrates, con quien compartía su gusto por la bebida. Según Hegel, a quien Bukowski no entendió (Septuagenarian Stew), Crates e Hiparquia de Tebas, de la Escuela Cínica copulaban en la plaza pública (Lecciones sobre historia de la filosofía). Alguna referencia a un acto exhibicionista se muestra en los documentales sobre Bukowski, pero parece que éste no era tributario del apareamiento exhibicionista.

La literatura misma sigue indecisa en cuanto a expedirle un carnet identitario a Bukowski como miembro del gremio; “es un maldito, un indecente”, dicen, entre otras, las lenguas viperinas. Del lado de los buenos, ¿qué resultaría de comparar la fealdad y vulgaridad física, psicológica y literaria de Bukowski con la belleza y sublimidad, física, psicológica y literaria de Goethe? Del lado de los malos, ¿qué resultaría de comparar la fealdad y vulgaridad física, psicológica y literaria de Bukowski con el poder transgresor de algún poeta maldito? La comparación no siempre es falaz o trivial, ya que es una forma particular útil para mostrar problemas más elementales: ¿Qué es y qué hace un literato? ¿Qué es y qué hace un filósofo? ¿Cuál es la relación entre estos dos? En estos finos y bien apreciados menesteres, se aconseja huir de las respuestas categóricas como si de leprosos se tratara. Más allá de la fealdad socrática de Bukowski, se puede preguntar si comparte algún parecido con otros filósofos: ¿Son Las notas de un viejo indecente algo semejante al Diario de un seductor, ese obsceno disfraz filosófico de los religiosos sufrimientos de Kieerkegard? ¿Henri Chinaski padece la náusea sartreana de Antoine Roquentin o la indiferencia del Extranjero de Camus? ¿Hay en Bukowski un interés, implícito o explícito, por filosofar? ¿Pretendía Bukowski, como hoy muchos emprendedores, “llevar la filosofía a la calle”, signifique eso lo que signifique? Las respuestas son, si no negativas, por lo menos, bastante dudosas.

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Los filósofos no son del todo ajenos a Bukowski: sabe que existen, que escribieron cosas profundas e ininteligibles, y que algunos incluso escribieron literatura. Muestra aprecio preferencial por Schopenhauer, Sartre, Camus y Nietzsche. Las escasas citas comentadas por Bukowski acreditan que, de cuando en cuando, consumía ediciones y traducciones de varias obras filosóficas. Su opinión general sobre la filosofía va de la glosa burlesca al tímido reconocimiento, pasando por alguna loa, dirigida sobretodo a Schopenhauer, o alguna reflexión teñida del apreciado carácter de universalidad, pero gatillada por sus vivencias. Por ejemplo, en carta fechada el 7 de septiembre de 1979, Bukowski, filosofa sobre una de sus largas caminatas, mientras sigue la ruta bifacética y acerada del tren.

Sigo caminando sobre las vías del ferrocarril. La esencia no cambia. A pesar de ello, siempre hay problemas para manejar ciertas situaciones cotidianas. Incluso cuando uno está tranquilo, siempre hay alguien detrás de ti, con una navaja y dispuesto a todo. Probablemente es esto lo que los filósofos de todos los siglos han dicho; aunque con un lenguaje tan complicado, privado y muerto, ellos mismos fueron parte del fracaso que cuestionaban. (Living on luck).

Conceptualmente hablando, la navaja aludida por Bukowski lejos está de la de Ockham, filosa rasuradora de ontologías barrocas y pululantes entidades teológico-metafísicas; sin embargo, funcionalmente hablando, la navaja criminal está cerca del laureado principio metodológico, por cuanto negadora de los excesos metafóricos de la poesía, de las profusiones retóricas del político y de las pletóricas promesas del american way of life. A veces, Bukowski se percibe en aquellos delirios astronómicos de pulcritud léxica, se detiene presto y horrorizado, se ríe exuberante y dilapida insultos y chapuzas: “¡Dios mío! Estoy empezando a sonar como uno de esos libros de filosofía, de los que leía en la biblioteca, que corren en círculos como un perro persiguiendo su cola.” (ah, ah, ah).

“Circularidad” y “lenguaje ininteligible” son dos de las valoraciones bukowskianas sobre la filosofía que se fundamentan en una perspectiva estética consciente:

Me gusta la manera en que los filósofos desmontan los conceptos y las teorías que les han precedido. Lleva pasando desde hace siglos. No, ése no es el camino, te dicen. Es éste, sigue y sigue, y parece muy razonable la manera en que todo sigue adelante. El principal problema, para los filósofos, es que deben humanizar su lenguaje, hacerlo más accesible, porque entonces los pensamientos se iluminan mejor, se hacen todavía más interesantes. Creo que están aprendiendo que es así. La sencillez es la clave. Cuando escribes debes deslizarte. Puede que las palabras se retuerzan y entrecorten, pero si se deslizan, entonces hay un cierto encanto que lo ilumina todo. La escritura cuidadosa es escritura muerta (El capitán salió a comer…).

Hasta aquí, el filósofo Bukowski parece improbable. Su reputación manchada lo ubica en un plano demasiado humano.

Un quijote realista

Anda, anda, anda, dijo el pájaro; la especie humana

no puede soportar mucha realidad.

- T. S. Eliot, Cuatro cuartetos

Se acusa a la filosofía de ser ajena a la vida cotidiana. En el Teeteto, Platón cuenta que Tales de Mileto, llamado el primer filósofo, cayó a un pozo mientras caminaba absorto con su mirada puesta en una luminosa noche estrellada. El hecho, según el de las espaldas anchas, provocó una pródiga carcajada de una criada Tracia. El filósofo es incomprendido por el vulgo; el vulgo percibe extraño al filósofo, por lo cual, al mismo tiempo le teme y hace burla de él. Es Platón quien acuña el término griego para la filosofía y para el filósofo; genera también una visión romantizada del filósofo como héroe-trágico que busca la verdad, en contra de todo y de todos, y que, en consecuencia, va en contra de los pensamientos y prácticas del vulgo. Desde ahí, el filósofo pierde interés por el mundo, y se interna en sus pensamientos, los que persigue sin tregua alguna, por más que solamente gire sobre su propio eje, como el perro que sigue su cola. Tales de Mileto se cae al pozo, pero también predice eclipses, hace las veces de meteorólogo, lo que permite hacerse millonario sembrando olivos y aconseja a los políticos y legisladores de su tiempo.

Así, la actitud contemplativa y reflexiva de la filosofía se suele oponer a las cuestiones prácticas de la vida cotidiana. La valoración general que Bukowski hace de la filosofía cuadra por completo con esta visión. Menos esperanzas quedan para hablar de la filosofía de Bukowski o de Bukowski como filósofo. La expresión “Filósofo de la vida cotidiana” resultaría una tomadura de pelo, un mero oxímoron diletante para justificar ideas de alto impacto en la vox populi, pero probablemente vacías de contenido. En todo caso, si aún quisiéramos ver en Bukowski a un filósofo, tendríamos que decir, siempre comparativamente, que el escritor californiano es un mal filósofo. Esta solución ha sido tomada en no pocas ocasiones en la literatura misma. Se dice: “Bueno, sí, Bukowski es un escritor, un novelista e incluso un poeta. Pero es un mal escritor y un mal poeta.” Frente a Descartes o Hegel, no quedaría duda alguna de que Bukowski sería un pésimo filósofo.

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La filosofía transgresora de Marx modificó las prácticas cotidianas de millones de personas alrededor del globo terráqueo; ¡Danke schön, Marx, por el seguro social! Frente a esto, el poder transgresor de la escritura de Bukowski es equivalente a nada. No quiero decir que Bukowski no sea en absoluto transgresor. Trasgredir significa ir más allá de; el transgresor es el que va más allá de… ¿De qué? De las normas, de las leyes, de las convenciones, de lo que se espera de una persona en una comunidad dada. Vomitar de borracho sobre el rostro de un desconocido no es propio de una persona decente; beber directamente de la caguama sin levantar el dedo meñique trasgrede el manual de Carreño; reventarse las espinillas en público y depositar las purulencias en la mesa donde se come no es propio de una persona educada y civilizada; patear a una mujer mientras se graba una entrevista además de atentar contra la moral constituye una agresión al marco jurídico; insultar al público que quiere escuchar tus poemas y cuentos es, por lo menos, de malagradecidos. Pues bien, todo eso está documentado en la biografía de Bukowski.

La vida y obra de Bukowski espanta al burgués norteamericano, específicamente el norteamericano de california, de los años 60’s, 70’s y 80’s, un pueblo moralizado, religioso hasta la médula y adorador perpetuo del trabajo, prototipo del sistema capitalista “tradicional”. Por supuesto que Bukowski es transgresor en ese contexto, semejante a los capitalismos europeos donde se leía con gusto a nuestro manchado quijote. Ese sistema capitalista tradicional produce a sus propios transgresores mediante las jornadas laborales mecanizadas para después venderles los productos necesarios para su ser transgresor: alcohol y drogas. ¿Qué hubiese sido de Bukowski en alguno de los cinturones de miseria que rodean la Ciudad de México o en alguno de los municipios del país gobernado por esa barbarie denominada crimen organizado? ¡Capitalismo del tercer mundo: ¿Es posible comparar la cantidad de realidad soportada por Bukowski (fealdad física, traumas infantiles, carencia de amor femenino, cierto nivel de pobreza, desprecio al trabajo, sueños de ser literato) con la cantidad de realidad soportada por un niño sicario mexicano (pobreza, corrupción, cabezas y manos humanos rodando en sus pies, discursos biensonantes del académico, etc.)?

Curioso que aún en esa realidad mexicana, Bukowski siga espantando al burgués. En pleno siglo XXI sigue escandalizando a las buenas conciencias. A diferencia del niño-sicario, Bukowski logra soportar su realidad concreta gracias a las letras. Su realidad se mediatizó gracias a la literatura. Pero, ¿es Bukowski un transgresor en un sentido “más importante”, por ejemplo, en sentido político? Por lo menos, en sus cartas, en sus cuentos y en sus poemas, son recurrentes las críticas a las jornadas laborales, a la política y a la guerra y, en general, al american way of life. No hay en él una elaboración sistemática de esas referencias que constituyan una poética o filosofía transgresora desde el punto de vista político. En la práctica, su conciencia política más alta lo constituye el haberse negado a ingresar al ejército en el contexto de la segunda gran guerra, así como una investigación abierta por el FBI para determinar si Bukowski tenía algo que ver o no con los comunistas. Bukowski es un hijo de su tiempo; una infancia de maltrato, el acné en su rostro y la lucha por la sobrevivencia en Los Ángeles, ciudad ya entonces monstruosa con 3 millones de habitantes multiétnicos. La leyenda Bukowski tiene algunas manchas reales.

Un quijote higienizado

Bukowski es un transgresor en un sentido diferente. Para muchos, resulta ofensiva la cantidad de veces que aparecen, en su literatura, tres sucias palabras: sex, fuck y shit. ¿Cómo puede ser Bukowski un buen literato, un literato transgresor, si toda su literatura, además del alcoholismo, gira en torno al sexo y a la mierda? ¿Son transgresores el alcohol, el sexo y la mierda? La graficación de la suciedad, la pornografía, siempre ha sido transgresora, no sé si siempre o si alguna vez, de manera política. Históricamente, el proyecto humanista ha implicado la negación sistemática de la condición bestial del ser humano: el caminado zigzagueante, la sintaxis subvertida y las deposiciones estomacales del ebrio interpelan nuestra humanidad; los sudores, los fluidos vaginales, la simiente onanista y, por su puesto, el producto de la defecación, cuestionan los altos vuelos de la sublimidad poética y de la abstracción filosófica.

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Un mundo lleno de miserables y de sufrimiento no puede sino ser un mundo de mierda. Dado que nuestras conciencias, no pueden soportar semejante cantidad de ídem, es decir, de realidad, se hace necesaria la limpieza. Si no hemos logrado limpiar por completo el mundo, ¿qué debemos hacer? Perfumar el mundo. El olor a mierda que producimos no debe llegar a nuestras sacras fosas nasales; los perfumes devienen en perversa textualidad de curas, políticos, poetas y filósofos. ¡Cómo se atreve Bukowski a escribir 3 veces shit en un poema de dos renglones! ¿No le basta con que su vida esté inmersa en el despreciado producto estomacal? Tal lexema jamás estará a la derecha de la sublimidad poética. La transgresión léxica de Bukowski ha sido motivo constante de desprecio de propios y extraños. Barthes afirmaba que “la mierda escrita no huele”. La de Bukowski sigue apestando, sigue siendo percibida en toda su inmundicia por los maestros del buen decir, el criterio poético, sintáctico y léxico se subordina a la moral. Cito a Laporte:

Si la lengua es bella es porque un maestro la lava. Un maestro que lava los lugares de mierda, se desembaraza de las inmundicias, sanea ciudad y lengua y les confiere orden y belleza (Historia de la mierda).

Lo que Bukowski escribió se transformó en oro para él. La paradoja emerge: el realismo sucio le permitió limpiar su vida, hasta donde eso es posible. A pesar de ello, los grados de higiene alcanzados no han logrado el reconocimiento de la sublimidad poética que es resguardada por el canon.

Un quijote escindido

Se repite constantemente la identidad entre el hombre Bukowski y lo que ese hombre escribió: Bukowski habla de sí mismo en su literatura, por eso él es realista y su literatura es realista. ¿De verdad hay literatura realista? ¿Esa literatura realista describe la realidad?

Una mujer o un hombre, ordinarios como la rutinaria y cálida meada mañanera, pueden convertirse en mito. La historia, esa proxeneta del poder, nos señala, probablemente en contra de sus siempre decentes intensiones, dos vías privilegiadas para la elaboración del mito. Signo par excellence de la indiferencia cósmica, la primera consiste en el peligroso proceso alquímico de sumergir a una mujer o a un hombre en un infinito océano de mierda. La segunda ruta radica en el quirúrgico procedimiento de clorar la ya descolorida existencia de los involuntarios candidatos a mito. La fama y la infamia es siempre asunto de los otros. ¿Por qué alguien en su sano juicio pretendería convertirse en mito? Por ejemplo, para no trabajar, para tener dinero en una vejez pronosticada horrible, para beber y fornicar cuanto se quiera… ¿Suena a Bukowski?

El horror y la burla coexisten en Bukowski: ridícula y absurda es la sacralización de la creación artística y también la sublimación de la violenta existencia humana a través de la limpieza poética que genera belleza. Chinaski y Bukowski han sido identificados bajo el mote de “realismo”, como si el logos no fuera ya una negación de la inmediatez realista. La leyenda nos presenta a un Bukowski capaz de beber cantidades industriales de alcohol sin perder su capacidad para escribir. Bukowski se encargó de rociarse con ese perfume excrementicio, lo que le garantizó la popularización de su escritura. ¿Qué tipo de alquimia posibilita mantener las conexiones neuronales ante semejantes intoxicaciones alcohólicas? Por supuesto que Bukowski es un bebedor, pero también fue totalmente disciplinado en cuanto el oficio de la escritura. ¿Que Bukowski es una especie de poeta vagamundo? No hay evidencia alguna de que haya vivido alguna vez en la calle. “No era un gran viajero y no existe ninguna prueba de que alguna vez viviera en la calle. De hecho, aparte de los viajes que hizo en los años 40, Bukowski raramente se alejó de los escasos kilómetros cuadrados del centro de Los Ángeles, donde había vivido desde niño. ¿Que Bukowski vivía en la pobreza? Por lo menos, “tenía mucho cuidado con el dinero, y durante casi toda su vida tuvo ahorros en el banco”. De igual manera, siempre estuvo preocupado por tener una pensión digna para su vejez. (Sounes y su Bukowski: Una vida en imágenes).

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¿Qué Bukowski era una máquina fornicadora? Posiblemente, aunque no hay que olvidar que sus experiencias con las mujeres y el sexo son más o menos paralelas con el surgimiento de su fama como escritor; en sus años mozos, las mujeres brillan por su ausencia. ¿Que Bukowski habla con plena honestidad de sí mismo y eso se refleja en su literatura? El propio Bukowski, entrevistado por un oficial del FBI, reconocía que las indecencias del viejo eran una romantización, una estetización de algunos hechos y experiencias vívidas por él. El Bukowski real asoma en las inmediaciones de su biográfia y de su literatura. Pero, ¿a quién le importa el Bukowski real? La experiencia del aburrimiento, de nuestras aburridas vidas, nos conducen a negar a ese Bukowski y desear o al héroe o al anti-héroe.

What can Bukowski do? Should he turn into a quijote?

Zenón de Elea negaba la existencia del movimiento y del tiempo, indispensables ambos para la existencia cotidiana: comemos, fornicamos, bailamos, vemos televisión, defecamos, peleamos y nos alcoholizamos en un eje espacio-temporal. Incluso filosofamos y poetizamos en ese mismo eje. Al negar el movimiento y el tiempo o Zenón nos estaba presentando una profundidad filosófica o era simplemente un loco o diletante. Diógenes El perro creía esto último y le bastaba con moverse para negar semejante tesis. El Bukowski manchado probablemente hubiera insultado y vomitado sobre Zenón. Sin embargo, el movimiento y el espacio de Zenón no son los movimientos peristálticos del espacio estomacal de Bukowski ni de los bares hollywoodenses. Desde nuestra condición individual, para aprehender la realidad cotidiana y poder sobre-vivir en ella, recurrimos a estrategias diversas, estéticas, filosóficas, científicas, etc., tratando de evitar la opción de la fuerza bruta y del crimen ... Bukowski escribió y bebió, estetizando así sus dolorosas e inmundas, pero humanas experiencias vitales, vértice incuestionable, pero incógnito a nuestra soberbia... Por su parte, nosotros nos valemos de él para filosofar...

Publicado en Arte
Cuando publicó Las flores del mal, el poeta francés Charles Baudelaire se enfrentó a la descalificación moral de su obra, a una multa y a la censura de algunos de sus poemas. Eso no le impidió publicarlos nuevamente y pasar a la historia de la literatura como una figura de trascendencia por su propuesta temática y estética, y por su visión de la vida, el arte y la poesía. El poeta manifestaba su oposición a la sociedad burguesa viviendo sin restricciones morales una vida de excesos y, a pesar de su satisfacción hedonista y la búsqueda vital de la experiencia de lo sublime, evidenciando el spleen, el tedio o el descontento que le producía el mundo del que se marginaba y en el que encontraba una dualidad entre materia y espíritu, belleza y fealdad, intuición y racionalidad. Es decir, en la obra de Baudelaire encontramos un cuestionamiento a su época. Su obra es producto de su tiempo pero él se convierte en un observador crítico y en un experimentador voraz que debe luchar contra el vacío y la abulia que le genera esa dinámica.
Charles Bukowski, años después y en el contexto estadounidense, fue un escritor prolífico de una literatura soez, descarnada y transgresora. Su obra genera reacciones contradictorias en lectores y críticos, pero algo sobresale entre sus líneas: una voz y una moralidad propias, una luz crítica, irónica y humana, casi dolorosa, que no tiene empacho en mostrar la realidad más cruda de la vida cotidiana, la mirada oscura, lo que muchos verían pero no se atreverían a señalar, sin concesiones y sin adornos lingüísticos. ¿De qué se nutre la poesía de Bukowski? De sus vivencias, pero sublimadas; de la necesidad de llenar sus vacíos con significantes creativos. No se trata de una literatura confesional aunque de pronto lo parezca. No es un hombre tirando su basura a sus incautos lectores. No intenta imponernos ni su moralidad, ni su visión de la vida. Es un hombre que se arroja hacia un abismo oscuro y, mientras cae, describe la vivencia con la única certeza de que no hay modo de volver a la superficie, o quizás no le interese.
El Marqués de Sade, George Bataille, el grupo de la Generación Beat… otros nombres y movimientos forman parte de la literatura de la transgresión. Pero, ¿en qué consiste esta transgresión? Se trata de una postura crítica, una escritura de búsqueda, un intento por cuestionar y trastocar un orden, un modelo ideal, un deber ser. En la violencia, en los excesos, en el impulso hacia la muerte se encuentra la contraparte: el impulso vital, el caos que motiva el cambio o la muerte ineludible. No se trata de textos vacíos. La lectura superficial conduce a la náusea; una lectura más profunda revela un armazón de ideas, trastorna al lector, lo obliga a pensar.
Baudelaire inspiró a Verlaine para crear el concepto de “poeta maldito” y, desde entonces, se ha tendido a colgar el epíteto a muchos de estos poetas transgresores. Sin embargo, los conceptos, cuando son usados con ligereza, tarde o temprano se desgastan y se vuelven vacíos. Ahora encontramos poetas malditos por dondequiera. Su vida disipada es un disfraz o, cuando mucho, un pretexto para escribir. A diferencia de los poetas transgresores, su provocación parte de la confesión, de un regodeo narcisista, del cuestionamiento a lo externo desde sí mismos, desde su propia realidad inconforme. No viven un nuevo orden moral, no hay búsqueda de una estética, no crean nuevos lenguajes ni figuras; son autocomplacientes y les falta autocrítica. Su actividad poética no es más que un performance, una búsqueda de fama, un intento por volverse burócratas de la escritura, pero denunciando siempre la incomprensión de las instituciones para adoptarlos. Esos poetas ejercen la escritura perversa, la que no tiene referentes externos, la que solo ve al lector como un espejo y no como contraparte creadora. Estos poetas perversos arrojan su basura emocional y vivencial, pretendiendo que tienen una moralidad más auténtica y un intelecto más brillante. No admiten, por tanto, la crítica. Si un lector se atreve, es un imbécil, un ignorante.
Retomando lo dicho más arriba, toda escritura es producto de su tiempo. ¿Qué proyecta la escritura de nuestros días?, ¿qué ideas, qué realidades subyacen a esta escritura perversa? ¿Cómo reconocemos en la actualidad los auténticos textos malditos? ¿Qué leemos, qué interpretaciones hacemos y qué nos cuestionamos los lectores? ¿Nos dejamos seducir por una escritura vacía o somos lectores exigentes? No hay escritores sin lectores. Los lectores también debemos ser más malditos y menos perversos.
Publicado en Crítica