Jueves, 27 Octubre 2016 00:07

La lectura snob o "el efecto Peña Nieto"

“Hoy todos escriben, todos quieren expresar sus sentimientos y opiniones, pero, ¿quién lee? En cierta forma la lectura es una actividad superior a la escritura; sólo podemos escribir con el lenguaje que hemos adquirido leyendo”.

Ese es el contundente martillazo arrojado con brutalidad, casi bestial, hacia la contemplación de una visión esnobista, respecto de los ejercicios de la lectura-escritura, por parte del autor Alejando Martinez Gallardo.

El artículo de opinión obtuvo mi interés desde que lo vi en el muro del “Facebook” de una amiga, repleto de “likes” y comentarios que, encarecidamente, manifestaban simpatía y concordancia con los desvaríos del autor. Publicado en el portal informativo Pijamasurf, el texto se titula con una cita atribuida al autor literario Juan José Arreola Zúñiga: “Si no sabes leer, no sabes escribir y si no sabes escribir, no sabes pensar”.

Ignoro la veracidad de la cita atribuida al autor, dado que no soy ni he sido un lector profuso de su obra y, mayormente, porque nunca he considerado ni tomado como relevante las palabras de un autor fuera de su obra: me resultan sobrantes e irrelevantes. Sin embargo, de la veracidad de la autoría fue evidenciable que, bajo dicho título, el contenido del texto me otorgaría unos minutos de desagrado y revoltosa acidez gástrica… No me equivoqué.    

Es curioso y hasta irónico que, al momento de toparme con la publicación, me encontraba en la edición de otra columna que pienso publicar, en la que vertía un poco de análisis sobre el problema de la lectura, la interpretación y la valoración de los textos literarios, surgida esta inquietud de la controversia acaecida por el autor “Dante Tercero” y su propuesta poética avalada como proyecto cultural por la beca FONCAFONCA. Es curioso e irónico, porque dicho texto lo he re-editado, re-escrito, re-enfocado tantas veces por causa de desagrado: no encuentro en él (a forma de autocrítica) un prestigio suficiente para atraer la atención y mantener el interés del lector. Sin embargo, haberme tropezado con el texto del Sr. Martinez Gallardo me ofreció una nueva perspectiva para exponer mis preocupaciones: La mediocridad de la lectura.

Entre las sandeces cuasi-académicas que el Sr. Martinez Gallardo presenta en su texto, me encontré con la bestial insinuación pro-esnobista de blando carácter crítico: “Para muchas personas es más atractivo escribir, tiene más glamour –Algo que quizá se deba la inmadurez y al egoísmo– “(Sic) Pues, vaya, ¡qué análisis tan profundo y académicamente respaldado sobre el fenómeno social y mediático del ejercicio de la escritura! Pero antes de continuar con las cachetadas hacia el autor del texto, vamos a entender una la problemática de la lectura, tanto por su mediocridad de ejercicio como por la ausencia de éste.

Si usted busca en el diccionario de su predilección, o en “Santo Google”, o en “Santa Wikipedia”, encontrará que el concepto “Analfabeto” define a una persona carente del conocimiento de la lectura o la escritura, además de la connotación significativa de una persona de mediocridad cultural (que desconoce elementos esenciales de la cultura popular). Es en esta connotación en que debemos centrar nuestra atención, dado que la ignorancia, por paradójica propagación de la vox-populi, es considerada no como el estado de desconocimiento de un sujeto con respecto a un objeto, sino como un elemento constituyente de la valoración socio-cultural de una persona. 

El uso denigrante de este término simula la discriminación por estatus social acrecido en la ideología de “la cultura” como simbolificación de grado social: persona culta en contraposición de persona “ignorante” (inculta). Y aunque este es el pan de cada día en una sociedad hambrienta de sobresalir entre las masas “ignorantes”, desde el año 2012, he sido testigo presencial de un apabullante crecimiento de esta ideología pro-esnobista: Le llamo “El efecto Peña Nieto”.

Desde aquel infame día en que el actual Presidente de la República, en ese entonces candidato a la presidencia, fue incapaz de mencionar los 3 libros más significativos de su vida, he sido testigo del impacto de este suceso en el sector juvenil de nuestra nación: Todos son lectores… o por lo menos quieren serlo.

En ese entonces, no sentí ningún arrebato ni le di mayor importancia a esta actitud reaccionaria, arquetípica de nuestra cultura, por parte de los jóvenes; si acaso me sentí un poco aliviado, como estudiante de literatura y fanático de la lectura, de que este suceso vendría a ejecutar un rotundo giro en la cultura de la lectura. Ingenuo fui. Jamás sospeché que esta actitud se viciaría, por diversos motivos y razones, entre ellos el efecto del incremento de popularidad a través de redes sociales hasta posicionarse en este activismo discriminante y horridamente mediocre: “Yo leo, por lo tanto, soy mejor persona que tú, que no lees”.

¿Cree usted que miento al señalar esta actitud en nuestros jóvenes? Observemos con detenimiento la campaña publicitaria de Librerías Gandhi “Leer evitará”. Ciertamente, no lo niego, algunos de sus cartones son bastante ingeniosos y hasta cómicos, pero no dejan de presentar, implícitamente, la complicidad apológica de esta discriminación social: Se es mejor persona gracias a la lectura.

 

Entre algunos compañeros de carrera y otros adeptos al ejercicio de la lectura, se sobre-entiende el problema cultural de la falta o casi ausencia del consumo de textos, sin embargo, este problema es nimio en comparación a la escalofriante realidad de la mediocridad cultural mexicana, en perspectiva, sobre la lectura. Efectivamente a la sociedad le hace mucha falta leer, leer más y leer por gusto no por obligación académica, pero este no es un problema, el iniciar o lograr despertar el gusto por la lectura, no. El problema de México, tanto a nivel regular (no académico) como a nivel académico es la pobreza de lectura. Sí, la pobreza de lectura, en específico la pobreza de comprensión literaria que no así la de consumo literario.

Siempre me he preguntado por qué entre mis círculos amistosos cercanos nunca existió esa curiosidad que yo, lamentablemente, tuve que esconder durante muchos años por miedo a la mofa y la falta de aceptación (estima personal por relación a la otredad). Como estudiante de la carrera de literatura en la Universidad de Guadalajara, me llegué a preguntar por qué, aquí entre mis semejantes (amantes de la literatura) no existe un rigor, una objetiva inclinación hacia la reflexión del estudio literario… pues fueron muchos años de soportar -sí soportar- actitudes elitistas que observaban el fenómeno literario como un fenómeno generalizado y cuya relevancia, a suposición, se implicaba en todo estrato social.

No lo es así. Lamento, con honesto pesar, informarle que la lectura ni es mágica, ni es relevante al mundo, ni le engendrará en su ser una cualidad especial. La lectura es ocio. La lectura es recreación. Jugar un videojuego es equiparable, tanto en nivel estético como recreativo, a leer una obra literaria del autor de su predilección. Leer un poema, es equiparable, en ejercicio del ocio, a mirar un episodio de su serie favorita.

¿Por qué existe, entonces, este sobrevalorado elemento fantástico de los “beneficios” de la lectura? Leer te ayuda a escribir y escribir te ayuda a pensar, dice el autor Martinez Gallardo citando al autor Arreola. ¡Qué atrevida falacia! Del tiempo de mi vida, le he dedicado un aproximado de 6 años al ejercicio de la lectura, considerando el tiempo que he leído y no así el transcurso de los 14 años desde que me inicié como lector al tomar mi primer libro: La Biblia. Y en estos 6 años (o 14 si así se quiere considerar) mi habilidad en la redacción no se ha visto siquiera turbada. Mi elocuencia es tan notable como un perro callejero en una pasarela de perros de pedigrí. Mi capacidad cognitiva… bueno quizá mi capacidad cognitiva sí se ha visto expandida, pero esto lo atribuyo a mi naturaleza inquisitiva, encontrada desde muy temprana edad en la estética de un videojuego: Final Fantasy. Sí, no se ría, fue gracias a ese videojuego que encontré mi hambre por conocer: el mundo, la música, la pintura, la literatura, el arte en general.

 

Pero me encuentro en la digresión, aquí lo importante es darle una que otra cachetada académica al Sr. Martinez Gallardo.  No, Sr. Alejandro, leer por sí mismo no es garantía de nada, aparte de un agradable rato de ocio. Citar a Hölderlin o a Husserl como recurso argumentativo (lejos de señalar el plagio argumentativo) bajo una pobre y mala interpretación no es una demostración de excelencia lectora y, por lo tanto, según su hipótesis, de excelencia cognitiva.

Puesto que el lenguaje escrito no es determinante, ni de la configuración semiótica-cognitiva-emotiva de la consciencia (a saber, si usted se refiere a la terminología psicoanalítica o a la terminología mística), los procesos involucrados en la conformación y estructuración del pensamiento, virtualizantes, no son observables ni verificables en las expresiones de éstos surgidos. Se lo explico de manera más sencilla: el pensamiento en el hipocampo de su configuración es meramente una instancia de procesamiento y como tal el resultado expresivo de esta instancia, tras la re-configuración a un sistema comunicativo (el lenguaje en este caso) no es observable: no hay evidencia que señale el origen de este hipocampo ni la categorización de sus instancias.

Ciertamente existen ciencias y estudios teoréticos que se sumergen en la complejidad de las implicaciones del pensamiento, tales como la neurofenomenología y la neuro-lingüística, así mismo la semiótica de Fontanille-Greimas y de Bajtín-Vigotsky han presentado enfoques de un rigor casi-metodológico en sus aportaciones filosófico-literarios y lingüísticos, pero créame, cando le digo que ninguna de estas ciencias y enfoques analíticos podrían pedantemente asegurar que el pensamiento es palabra y que la palabra sólo puede “mejorarse” con la asimilación de nuevas palabras. La elocuencia en un texto, Sr. Alejandro, no es evidencia de un “conocimiento superior” o de un pensamiento mejor logrado o estructurado; la elocuencia ciertamente evidencia una articulación compleja dirigida al carácter estilístico de la palabra, pero es ingenua la creencia, es ignorancia creer que, a mayor elocuencia, mayor grado de “profundidad” cognitiva: de excelencia literaria.

Asegurar que la lectura “es una actividad superior” a la escritura, como así lo expone, demuestra su ignorancia sobre la correlación entre ambos ejercicios: pues ni lingüísticamente, ni semióticamente, ni filosóficamente, ni neurológicamente es sustentable formular parámetros para categorizar la “superioridad” de una actividad sobre otra: toda actividad requiere de un “uso” específico de nuestro procesador (cerebro) y cierto que alguna actividad supone un mayor uso de recursos (calorías por ejemplo), esto no es parámetro a utilizar para establecer la “superioridad”.

No se trata de una mala-interpretación que hago de su texto, no se refugie en eso. Si acaso la mala-interpretación ha estado en usted, así como en ese sector de jóvenes ávidos de lograrse en esa figura idílica del “lector intelectual”, pues para leer, es necesario aprender a leer y esto conlleva el estudio de la lectura, el estudio de la literatura. Algo que incluso entre mis colegas y compañeros se exhibe carentemente: Pues se valora, se estima mayormente la interpretación literaria al grado de opacar el estudio literario.

Sí, no lo niego, una buena lectura, es capaz de, a través de la interpretación y la experiencia en sí, inspirar profundos pensamientos, reflexiones complejas y pensamiento crítico… pero eso no lo evidencia su escrito lo cual lo convierte a usted en una paradoja: pues expone en su hipótesis que entre mayor (y mejor) lectura, resultará una mayor (y mejor) “elocuencia” (pensamiento), sin embargo, la reflexión que sus años como lector le han presentado, el pensamiento “crítico” que malogradamente intenta demostrar en su texto queda evidenciado limitado y fuertemente viciado en esta esnobista ideología de que la lectura, por sí misma, le convertirá en un excelente intelectual.

Aprender a leer implica entender el texto objetivamente, esto significa que aprender a leer requiere la extirpación de todo prejuicio y la correcta estructuración de una interpretación (mediante metodología analítica), evitando la subjetividad y apuntando hacia la objetividad. Las reflexiones, la inspiración, el pensamiento crítico que una lectura puede ejercer en el lector, se enfrenta a diversos obstáculos que le tensionan y le terminan por doblegar ante el prejuicio existente en el lector.  

Concluyo compartiendo una decepcionante experiencia como estudiante de literatura. Fue muy decepcionante para mí, observar en mis profesores y compañeros que la máxima del filósofo Ludwig J.J. Wittgenstein de su “Tractatus Logico-Philosophicus”, en que propone que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” (paráfrasis), fue considerada, interpretada casi literalmente. Sí, nuevamente aludo al problema de la interpretación como problema esencial de la lectura (no así su consumo).

El problema crece cuando la máxima está en la autoría de una celebridad, tal es el caso de la cita que utilizó como título de su texto, lo que y sin el debido discernimiento académico puede resultar en una falacia ad-verecundiam.

El pensamiento ciertamente sostiene una relación con el lenguaje, sea escrito, oral o visual, pero la relación entre la escritura y el pensamiento no es recíproca, así como no lo es el lenguaje y mi aserción al y en el mundo (figurativo): es decir, leer y escribir no tienen una correlación de reciprocidad, como tampoco existe una correlación recíproca entre la extensión del lenguaje (comunicación) y la extensión del mundo (figuración, pensamiento). La adquisición, por otro lado (del conocimiento), es un proceso significativamente recíproco en su relación con la asimilación, pero este es ya un tema distinto y subraya en los terrenos de la epistemología. 

Publicado en Comunicación

El día de ayer, encontré una curiosa imagen en Internet cuyo breve texto rezaba así: “En tiempos donde gran parte de las personas se posicionan sin ningún ejercicio reflexivo ante un evento, no vendría mal un poco de Epojé”. No podría estar más de acuerdo con esta sugerencia, y si lo situamos en el actual contexto de la lucha magisterial y la violencia suscitada en días pasados, me atrevo a decir que es la postura más sensata que he leído en estos días.

¿A qué se refiere la epojé? En la antigua Grecia, los escépticos como Pirrón la formulaban como una “suspensión del juicio” (no afirmar ni negar nada), ante la imposibilidad del conocimiento. El concepto fue retomado por las tradiciones escépticas hasta quedar un poco en el olvido, pero no sería sino hasta el filósofo alemán Edmund Husserl que se recuperaría el término, sin comprometerse con el escepticismo radical y reinterpretándolo como “puesta entre paréntesis”, siendo un paso fundamental de su método fenomenológico. Similar a la duda cartesiana, la epojé fenomenológica supone no negar el valor de verdad de afirmaciones, sino colocarlas momentáneamente “entre paréntesis”, esto es, no declarar su verdad hasta que el objeto haya sido clarificado.

Aunque el método de Husserl me resulta un tanto intrincado –no tanto por lo que plantea, sino el modo en como el filósofo lo formula y sus aplicaciones cuestionables salvo algunas corrientes en sociología y algunas disciplinas humanísticas–, me parece que la idea de la epojé es un recurso metodológico no sólo útil sino necesario, particularmente donde hay confusión y oscuridad; recurso que nos previene de la inconveniencia de emitir juicios precipitados.

La sugerencia de hacer epojé ante los recientes acontecimientos y otros similares me parece sensata ante el embrollo informativo que ha saturado los medios y redes sociales. Desde el domingo pasado hasta el momento de redactar estas líneas, he visto cualquier cantidad de notas informativas, testimonios, columnas periodísticas, fotografías, videos y pronunciamientos de enojo e indignación. El problema es que estas notas, testimonios, análisis, etc. presentan información dispar y hasta contradictoria. Parece como si los usuarios, periodistas e intelectuales, así como los portavoces del Estado mostraran aquellos datos que respaldan sus posturas, lo cual se revela en la gran cantidad de conjeturas que se están difundiendo, muchas de ellas con tintes conspirativos.

Una muestra de este caos informativo son los números que se manejan de fallecidos en Nochixtlán (y estos datos, conviene recordar, son los disponibles al momento de escribir este texto): en un principio, fuentes oficiales manejaban 6 personas muertas, posteriormente se habló de 8, mientras la CNTE señaló a 10. ¿A cuál de las partes pertenecían? ¿A la CNTE,  a los grupos radicales que según el gobierno aparecieron en escena, a integrantes de las fuerzas públicas? La misma incertidumbre encontramos ante la pregunta de quién inició las hostilidades: según la parte oficial, fueron estos grupos simpatizantes del magisterio (mas no los maestros) quienes agredieron con armas de fuego a las fuerzas públicas. Pero según testimonios diferentes, fueron éstas las que comenzaron el zafarrancho. ¿A quién creerle? O más bien, ¿cómo corroborar la información?

Esto nos lleva a más problemas. Por un lado, dada la forma como han operado nuestros gobernantes ante acontecimientos de este tipo, es casi obligado poner en tela de juicio sus declaraciones. No obstante, es un error considerar que si una de las partes engaña (o hay sospechas de engaño), la parte contraria dice la verdad. Este razonamiento maniqueo, sustentado en un falso dilema (si X es “malo” y afirma que P es verdadero, entonces P debe ser falso; si Y, que opositor a X, afirma que Q es verdadero, Q debe ser verdadero),  lamentablemente parece generalizarse entre los ciudadanos críticos del régimen: es casi sintomático que un movimiento que se opone al régimen o sus políticas de Estado adquiere ipso facto el apoyo incondicional de la población inconforme, por lo menos mientras el movimiento tiene cierta presencia mediática –y ahí están el “Yosoy132” y las movilizaciones de Ayotzinapa como ejemplos. Así, la información “no oficial” o independiente –como la presentada en blogs, videos, fotografías o testimonios reproducidos en redes sociales se toma automática y acríticamente como verdadera. Hay que entender que no sólo el gobierno puede manipular la información a su conveniencia, y con las actuales redes sociales lo podemos corroborar. Tenemos así el ejemplo de la fotografía, que circuló en la red, de un menor de edad fallecido supuestamente en los eventos de Nochixtlán, rápidamente fue desmentida: el niño había muerto en Puebla hace algunos años, en otra trifulca.

imagenluis

En cuanto a los testimonios, su principal dificultad radica en que uno tiene que asumir que el testigo o informante dice la verdad, sin tener el modo de corroborarla. No se trata de asumir que todo testigo sea un mentiroso en potencia; mas bien que los relatos testimoniales no siempre son fidedignos pues el informante podría suponer la verdad de sus proposiciones, cuando podría tratarse de rumores o engaños.

Está de más decir que la información presentada en estos casos pasa por la subjetividad de las personas, lo que implica posibles distorsiones por creencias o razonamientos equivocados. Esto aplica tanto a la emisión como la recepción de información. Así, gran parte del problema tiene que ver con las creencias del individuo y ciertos sesgos cognitivos que las refuerzan. Uno de estos sesgos, el llamado “sesgo de confirmación” consiste en desechar ciertas creencias que contradicen o falsean las creencias adoptadas por un sujeto, a pesar de que aquellas se sustenten con buenas razones. El sesgo de confirmación lleva a los sujetos a considerar sólo aquello que se ajusta a sus propias creencias. Esto se evidencia en las reacciones de los usuarios ante la información que circula: los opositores al gobierno sistemáticamente darán por verdadero todo aquello que muestre la putrefacción del régimen, aun si las fuentes son dudosas; por su parte, los inconformes con las manifestaciones de los maestros reaccionarán de la misma forma ante cualquier información que refuerce sus creencias acerca de los maestros disidentes (“esos parásitos huevones que luchan por recuperar privilegios perdidos”). Quizás esto explique en gran medida la maraña informativa que enfrentamos.

En suma, el problema no es la falta de información, sino la sobrecarga de información. Los datos veraces pueden estar entremezclados con afirmaciones sin sustento, simples sospechas y apreciaciones subjetivas. ¿Qué hacer ante la sobrecarga? En primer lugar, me parece que hay que evitar el relativismo vulgar de “cada quien tiene su verdad”o “todas las opiniones valen por igual”. Ante cualquier evento, pero sobretodo en eventos de esta naturaleza, es inadmisible asumir que las declaraciones que presentan las autoridades son tan aceptables como las que presentan los opositores, máxime si se contradicen entre sí. En segundo lugar, tampoco es conveniente adoptar una postura maniquea, que crea ciegamente que las afirmaciones de una de las partes es verdadera dadas las simpatías hacia esa parte. Menos aún resulta viable un escepticismo radical de “nada se puede saber”. Por ello, la propuesta de la epojé es ciertamente una “puesta entre paréntesis” de la información en aras de clarificar las afirmaciones, no para declarar la imposibilidad de saber la verdad.

A mi juicio, lo que conviene es contrastar la información dispar y, ante la falta de datos empíricos sólidos, está la posibilidad de analizar, con las herramientas de la lógica y el pensamiento crítico, las explicaciones presentadas para señalar las contradicciones y razonamientos defectuosos.  Lo más importante y creo resume todo lo anterior evitar los juicios precipitados.

Podrá objetarse que esta postura puede llevar a una cierta pasividad e indiferencia ante acontecimientos político-sociales relevantes (y preocupantes). Pero es preciso distinguir dos cosas: una cuestión es la sugerencia de evitar juicios precipitados ante la confusión informativa, y otra muy diferente es exigir la rendición de cuentas al gobierno para que esclarezca lo ocurrido. Lo primero se refiere a cómo procesar la gran cantidad de información y evitar discriminar ciertas proposiciones porque no cuadran con nuestras creencias, mientras que lo segundo se refiere a la responsabilidad que tenemos en tanto ciudadanos de exigir que una de las partes (el Estado) nos informe verazmente. Si circula toda clase de información en la red, es un hecho inevitable, y la recomendación es tener cautela frente a ella. Pero en lo que toca a la información presentada por las autoridades, la cosa es diferente: puesto que el Estado está obligado a informar a sus ciudadanos de la actuación de sus agentes de seguridad pública, y ante la posibilidad de que las explicaciones oficiales sean contradictorias respecto de otras, no den cuenta de ciertos detalles relevantes o pasen por alto ciertos datos, como ciudadanos debemos presionar para que se esclarezcan los hechos. La epojé se refiere a cómo valorar la información, no a justificar la impasividad.

Otra punto importante que ha salido a relucir, dentro de la sobrecarga informativa, es la cuestión de si la causa del magisterio es justa. Creo que es importante separar adecuadamente dos cosas, aunque estén estrechamente ligadas: 1) la justificación de la lucha magisterial y 2) los acontecimientos de Nochixtlán y, en general, la actuación de las autoridades frente a los maestros disidentes. La discusión en torno al primer punto versa sobre la reforma educativa, sus argumentos y sus consecuencias, y conviene situar en la discusión las razones en pro y en contra. En lo que a mí respecta, concuerdo con la disidencia en que la reforma educativa no es realmente educativa, sino una modificación de la relación laboral que afecta los derechos de los trabajadores de la educación –y, dicho sea de paso, es también importante tocar el tema de los “privilegios” sindicales, que ha sido el leit motiv de la ofensiva retórica del gobierno y medios afines contra la lucha magisterial-. Lo segundo se refiere a una crisis política y social suscitada por el mal manejo por parte de las autoridades, tanto estatales como federales, de las protestas y movilizaciones. En específico, en lo referente a los eventos del domingo 19 de Junio, estamos ante un problema de impartición de justicia, que involucra a la posible represión violenta por parte de las fuerzas pública a la disidencia docente. Independientemente de si la causa magisterial es justa o no, o si se simpatiza con ella o no, se trata de un asunto delicado, ubicado en el marco más general del fenómeno de violencia que desgraciadamente se está cotidianizando en la vida nacional. El esclarecimiento de los hechos, que implica determinar quiénes iniciaron la gresca, qué autoridades dieron las órdenes (si fuesen los elementos policiacos los causantes) y con qué intenciones subyacen es, creo yo, lo más importante, y es hacia donde debe orientarse la protesta ciudadana. Lo deseable, en todo caso, es que haya una salida pacífica, lo que en principio debería llevar a una diálogo sobre la reforma educativa, al tiempo de que las autoridades rindan cuentas verazmente de los hechos violentos y castiguen a los responsables.

Por lo pronto, queda mi sugerencia de evaluar adecuadamente la información: discriminar los testimonios dudosos, no cegarse por las propias creencias y no aceptar irreflexivamente las explicaciones. He situado este problema ante los recientes acontecimientos dramáticos de Oaxaca, pero aplica en general a la información que circulas en Internet y otros medios. Tales acontecimientos han suscitado mucha indignación que compartimos muchos mexicanos. Mas es importante que, pese a la indignación, pensemos las cosas con la cabeza fría.

Publicado en Comunicación

“Lo más molesto de estos juicios que reprueban el uso de los helicópteros es que traen un hedor a complejo de inferioridad sin igual”. Carlos Mota

El columnista del portal virtual del periódico nacional El financiero expresa su molestia hacia la respuesta social que ha ocasionado el caso del gobernador de Morelos, Graco Ramírez ( http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/si-que-usen-los-helicopteros.html ). Además de señalar que dicha indignación, más que ser un reclamo del pueblo para el esclarecimiento del uso de recursos públicos -erario-, es un grito “hediondo” a envidia y complejo de inferioridad, el autor observa dos errores “fundamentales” en los reclamos. El primer error es, a consideración de Carlos Mota, el error de creer que México es accesible. La “orografía”, tal como lo menciona el autor es el primer error “fundamental” en que se encuentra la ideología de estos pobres, hediondos a envidia y acomplejados mexicanos -sarcasmo-. ¿Cómo se les ocurre pensar que un servidor público, por necesidad e incapacidad “orográfica”, pueda llegar en un transporte “público” y no en uno privado? ¿En qué mente alcanza la ignorancia -si ésta fuese mesurable- para creer que nuestro magnánimo Gobierno, en su justa y transparente rendición de cuentas, haya empleado la cantidad necesaria para el planeamiento y ejecución de sistemas de comunicación vial que efectivamente permitan el transporte y comunicación aprovechando el conocimiento orográfico que se tiene del territorio nacional? Y lo que menos puedo entender, ¿por qué los “radicales” no pueden entender, que pese a la agenda de los servidores públicos, sus asistentes y economía administrativa en general, son incapaces de hacer un viaje que puede tomarle horas, quizá días, si utilizan los mismos medios y recursos que el propio Gobierno -al cual representan- ha dispuesto en el sistema de caminos, cuando ellos pueden utilizar recursos “privados” y evitar así, “malgastar” su tiempo utilizando un método común y normal de transporte? Dejemos el sarcasmo de lado.

Sr. Carlos Mota. Si usted encuentra un error “fundamental” en los comentarios de indignación y reprobación, porque el sistema de caminos y transporte no le permite al Señor Gobernador, llegar a tiempo a X reunión a la que estuviese comprometido, le informo que su argumento, además de clasista e ignorante, carece de “fundamento” epistemológico, argumentativo y lógico. Si existe un problema con la “orografía” de México, no tiene nada que ver con el sistema de transporte que existe en éste o aquel país extranjero: Si en París, como menciona, un tren te lleva a tu destino en 2 horas, no es por la orografía del país, sino por el efectivo uso de los recursos para implementar un sistema de transporte adecuado a la topografía, orografía, demografía y en general, los diversos conocimientos y estudios necesarios.

El segundo error “fundamental” que observa el columnista y autor de la nota, Carlos Mota, reside en la ambigüedad de su propia incongruencia discursiva y la contradicción de aquello que denuncia: parámetros morales. ¡Denle una cerveza a este hombre, caray! “La sociedad mexicana está entrando en una paranoia moral caracterizada por juicios sumarios hacia personajes públicos, quienes son duramente juzgados acerca del uso de recursos que tienen a la mano.”

Una “paranoia moral”, porque no era suficiente diagnosticar, ignorantemente, de “acomplejamiento de inferioridad” a quienes se mostraron en contra de lo sucedido, ahora y para cerrar con una paradoja retórica psuedo-filosófica, hay que diagnosticarlos de paranoicos. Y no cualquier paranoia, una “paranoia moral”. Sr. Mota, me encantaría una exposición, con lujo de referencia bibliográfica sobre cómo se diagnostica y cuál es el cuadro semiótico sintomático de quien padece dicho trastorno. ¡Oh…! Disculpe usted mi malinterpretación ¿Acaso ese concepto fue meramente metafórico, destinado a señalar que existe una psicosis, un trastorno social que afecta el juicio moral con ideas delirantes sobre la realidad y la experiencia propia de quien lo padece? ¿O acaso su uso metafórico fue, en realidad, de uso poético-estilístico para acentuar, enfatizar su reprobación hacia estos sujetos (“La sociedad mexicana”) a los cuales, obviamente, usted no pertenece y sobre los cuales, obviamente, puede ejercer el mismo y paradójico juicio moral? Dejemos el sarcasmo, nuevamente. El segundo error “fundamental” que señala el autor apunta a que no existe el parámetro moral para denunciar, acusar, enjuiciar y condenar hechos político-sociales:

“¿Quién establece la barra de lo moralmente adecuado y lo separa de lo que no lo es? ¿Es un periodista, un político incorruptible, un organismo internacional como la OCDE? ¿Quién? En esta ocasión fueron los helicópteros; pero mañana podrá ser otra cosa: comer en el Estoril; vacacionar en San Francisco; hospedarse en algún FiestAmericana Grand; comprar unos zapatos en Ferragamo; o utilizar un auto Acura.”

La pregunta capciosa con la que pobre, ingenua y mediocremente intenta argumentar su segunda hipótesis, no está elaborada para responder “¿Quién?” La capciosidad se encuentra en la retórica de la confirmación que presenta una tercera hipótesis implícita, misma que se argumenta y se confirma en la pseudo-argumentación, del segundo error “fundamental”, visto en la pregunta misma: “Nadie”. Nadie puede establecer nada (moralmente), ni bueno ni malo… ¿Cómo lo harían si son presos de una “paranoia moral”? ¿Sus delirios pueden acaso, ser tomados como verdad? No. Nadie puede reclamar el uso, debido o indebido de recursos públicos. ¡¿Cómo se atreven?! Si los servidores públicos quieren hacerlo ¿Quién se opondrá; quién les pedirá cuentas, quién? ¡Nadie! Porque son ellos y somos nosotros. Son ellos: políticos, gobernadores, periodistas, servidores públicos; y somos nosotros: “pueblo delirante y hediondo de envidia”. ¿Complejo de inferioridad? ¿Acaso un reclamo de equidad, de claridad, de justicia, es sinónimo de un complejo patémico depresivo? Y en todo caso, si habremos de lanzar diagnósticos psicológicos -como lo hace el autor de la nota- ¿no es más lógico que los servidores públicos, en sus actos de prepotencia; en sus vidas de lujos inútiles -artículos domésticos y personales sobrevaluados: “de marca”-; en la hegemonía del “yo hago lo que quiero por mi posición” sean diagnosticados de “complejo de inferioridad”?

La tercer hipótesis que el autor maneja en su artículo, implícitamente, ya debe ser clara para este momento de la lectura. Esa hipótesis que argumenta y confirma los dos “errores” de la respuesta mexicana; la hipótesis que señala que el pueblo mexicano no debe reclamar nada, no debe reflexionar nada: El pueblo mexicano es pendejo. Ya llamó al mexicano, a nosotros y a él, entre-ellos, “paranoicos”. Ya nos cuestionó sobre qué autoridad -moral o social- tenemos para reclamar el uso del erario público. Y concluye como inicia: reafirmando que no tenemos nada que ver con lo que los servidores públicos, gobernantes, periodistas y políticos hagan. Obviamente México no tiene otros problemas que solucionar, dado que sus máximos líderes se ven libres de utilizar recursos públicos para resolver grandes problemas como: “la orografía y el cuestionamiento moral... o el llegar a tiempo a una reunión”.

Publicado en Crítica

Lo dispuesto en nuestra Constitución Política, claramente avala la publicación acceso y difusión de la libertad de expresión de ideas y de información. Y, así como no debe existir ninguna duda de este derecho, tampoco debe existir tergiversación alguna sobre este derecho que, aquí en México, parece ser exigido como derecho divino más no así político, social y moralmente correcto. El caso Charlie Hebdo ha sido un detonante mayormente de hipocresía cultural más que de polémica y reflexión. ¿En qué grado debe de mesurarse la expresión pública de ideas e información? ¿Cómo establecer parámetros éticamente maduros y responsables tanto sobre las ideas expresadas así como las respuestas que éstas pudiesen ocasionar?

Cuando veo en Facebook las publicaciones que hacen referencia al trágico caso del semanario satírico francés, Charle Hebdo, no puedo sino recordar la patética condición del mexicano que muy orgullosamente es conocida como “la idiosincrasia mexicana”. Ese condicionamiento de la doble moral en la que la cultura mexicana (que bien podría existir en otras culturas) ha apadrinado o se ha adoptado como sello de distinción: La burla, el desdén y la ofensa son correctas si se enfocan a quien “se lo merece” o se hace presente en modo de “broma”.

No es una errata decir que en todo el mundo acontece esta situación en que “lo gracioso” se encuentra en la pena y tragedia ajena así como en la otredad (básicamente). Videos graciosos se pueden encontrar en la web abundantemente y, pese a que la mayoría de estos videos relatan un breve acontecimiento de un sujeto lastimándose accidentalmente o siendo agredidos en una "broma", pareciera que nadie se "indigna" por la humillante exhibición (voluntaria o no) del protagonista de este video.

¿Dónde está la doble moral expuesta en estos videos?, se preguntarán. La doble moral se hace presente, la idiosincrasia del mexicano, o quizá de la mayoría de la población mundial, se presenta en la determinada o premeditada intencionalidad de humillar y obtener satisfacción en la burla/humillación de estos videos: Un pueblo que exige respeto, no debería aplaudir ni encontrar divertimiento en tragedias ni accidentes, sin embargo, y por razones que merecen un estudio profundo del comportamiento y paradigmas socio-culturales, ver un video en la web donde un sujeto se golpea contra una pared, donde un sujeto tropieza con un obstáculo, etcétera, ocasiona gracia y risa. Charlie Hebdo no es héroe de la expresión, ni mucho menos un mártir de ésta. Charlie Hebdo es un “Youtube” orientado a la burla premeditada, a la ofensa directa, disfrazada de sátira moderna.

Algunos podrán argumentar que la sátira es una práctica no sólo tan usual como antigua, sino que se puede encontrar en obras de arte. Este argumento implica la noción de que la burla, la ofensa, la humillación como acto intrínseco de la cultura humana es “normal”, usual e improbablemente se le relaciona con la violencia (paradójico, que hoy en día todo lo que se le hace a una mujer, que no sea de su agrado, ya es “violencia”, pero ese tema será para otro artículo).

La libertad de expresión, como derecho y garantía en nuestra constitución, se ha manchado de esta ignorancia selectiva sobre su efectivo uso. En mi anterior artículo, señalé esta aberración que surge de la errada idea de participar este derecho en el caso de los manifestantes de la tragedia de Ayotzinapa, quienes protegiéndose de éste artículo así como del artículo 9no que trata de la libertad de asociación y reunión, creían (ellos, como así los simpatizantes “morales”) que su derecho a la expresión y manifestación de ideas estaba por encima de cualquier otro derecho de terceros. A la fecha, sigo manteniendo algunas discusiones en las que pretenden hacerme “recapacitar” sobre cómo la importancia de lo manifestado tiene el poder divino de arrollar los derechos de terceros, cual si la ley así lo estableciese.

Pero ¿a qué grado una idea o la expresión de ésta se encuentra tanto dentro de lo legal como de lo política y culturalmente correcto? Si la libertad de expresión es tan suprema y hegemónica como lo sostienen los simpatizantes de estas manifestaciones públicas, ¿eso me otorga a mí, como miembro de esta sociedad, el derecho de ir a pararme frente a ellos y muy mexicanamente mentarles la madre? Esta suposición no es un caso hipotético, sucede muy frecuentemente y, pese a que sí tengo “el derecho” de hacerlo, también tengo la responsabilidad social y moral de no hacerlo ya que, legalmente, estoy cometiendo un delito menor al ofender deliberadamente a terceros.

Pero ¿los manifestantes de Ayotzinapa, (o de cualquier otra manifestación) no me ofendían con sus mantitas mágico-poderosas, ni con sus cantos de paz y amor o sus representaciones dramáticas; Charle Hebdo tampoco me ofendía con sus peyorativas caricaturas sobre la religión; son manifestaciones pacíficas; por qué los juzgo injustamente? Muchos serán de la opinión que burlarse de un credo es un acto de rebeldía e intelectualismo, una crítica socio-cultural; muchos serán de la opinión de que impedir el paso, cerrar calles y el vandalismo de propiedad pública son igualmente actos de rebeldía social, de heroísmo patriótico. Yo soy de la opinión, de que los simpatizantes de estos actos, así como los actores mismos, son ejemplos de sujetos irresponsables, inmaduros e irreflexivos y creo que esta opinión me volverá a costar una buena cantidad de insultos como otras opiniones me han costado.

“El derecho al respeto ajeno es la paz” ah no..., lo siento, no es así el “dicho” (pues a eso se ha degradado esta máxima), digo, la frase célebre del expresidente de México, Benito Juárez. La frase célebre original es más hueca etiológicamente dicho: “El respeto al derecho ajeno, es la paz”. Porque el respeto no está subscrito en ninguna ley, en ninguna constitución (y si lo está, lo ignoro y mi ignorancia no me priva de coherencia, ya que pragmáticamente permanecería inútil e inefectiva). El respeto, sin embargo, sí se encuentra subscrito en una ley moral, en una ética, en una conducta social y culturalmente correcta.

Y si tú, apreciable lector, estas en estos momentos reflexionando sobre mis palabras y encontrando ofensa en lo que he manifestado, ya sea en tu contra o en contra de los movimientos sociales que anteriormente se mencionan, es entonces, aquí, que debemos partir de la reflexión sobre la doble-moral. ¿Soy doble-moralista porque ofendo deliberadamente en mis señalamientos a los que, muy a mi parecer ético-moral, carecen de la responsabilidad social, cultural y ética-moral en la que yo mismo he caído? ¿Cómo entonces podemos establecer un parámetro ético y moral para evitar la ofensa en la manifestación de ideas? ¿En qué podemos basarnos para continuar haciendo uso efectivo de nuestro derecho de manifestación de ideas, de nuestra libertad de expresión, sin que ésta pueda ocasionar una ofensa a terceros?

Me han catalogado de misógino, de machista, de ignorante, de pobre intelecto, y estas adjetivaciones se derivan de comentarios, de opiniones, de un manifiesto personal que su servidor ha hecho, pública y privadamente. Quizá sea una que otra de estas adjetivaciones; quizá sea cierto que moralmente soy una persona de poco valor; quizá también he encontrado simpatizantes sobre mis ideas, ¿cómo me puedo justificar ante ti, paciente lector, ya sea como persona o como escritor? No puedo.

No puedo justificar mi repudio hacia los manifestantes ciclistas de la ciudad que exigen no sólo su derecho sino que, en su crítica a la sociedad y al modelo de transporte en la sociedad, se otorgan a ellos mismos una cualidad heroica y auto-martirizante, como modelos excepcionales de ciudadanos; no puedo justificar mi repudio hacia los movimientos pseudo-equitativos-de-género como el feminismo que exigen que sean tratadas no equitativamente sino sobre-favorecidamente no sólo por los organismos del gobierno sino por el sector masculino de la sociedad; no puedo, estimado lector, justificar mi repudio hacia Charlie Hebdo y sus simpatizantes quienes encuentran en la deliberada ofensa y burla de credo ajeno la auto-satisfacción onanista de un intelecto y moral superior. No puedo justificar mi repudio y mi pseudo-crítica porque innegablemente quienes no simpaticen con mis manifiestos encontrarán en mi persona (derivada de mis ideas) esa misma contrariedad que señalo: esa maldita doble-moral. Sólo podría justificarme si yo fuese una persona intachable, asquerosamente correcta (política y socio-culturalmente dicho) e inmaculado.

Al final de este artículo de opinión, he llegado a la reflexión sobre lo que es la verdadera “libertad de expresión” y es la misma reflexión que manifesté en el primer trabajo publicado en este medio: “No existe la libertad”. Estamos supeditados a este Deus Ex Homo que hemos llamado “Libertad”, cuando tal concepto, idea, utopía, no existe.

Publicado en Análisis social

Una vibración en el bolsillo del pantalón. Nuevo mensaje. “¿Nos vemos a la 1:40 donde quedamos?”. El afirmativo no se hizo esperar, por cuarta ocasión seguíamos hablando de lo mismo, respondiendo a las mismas preguntas que hacía un par de horas nos hacíamos, y es que era necesario afirmar, confirmar y reconfirmar que efectivamente ahí íbamos a estar, si no ¿quién podría saber que no éramos nosotros mismos los que quedamos de vernos diez minutos atrás? Era imperativa la respuesta. Cierro WhatsApp.

Suponemos que el fin del mensaje está dado por un sentido práctico, comunicar. Como seres sociales necesitamos de la palabra para poder desenvolvernos en un mundo que se nos presenta adverso, un mundo que debe ser decodificado a través de nuestros sentidos para así poder comprender las señales confusas de la realidad. Tan simple como una cita, debemos emitir cierta cantidad de código para poder concertarla y, posteriormente, realizarla en el calor de las copas de vino. El lenguaje hace todo el trabajo y la confianza juega un papel importante para que esa cena, esa fiesta, ese estado de embriaguez, pueda realizarse.

En la era de las telecomunicaciones, del internet, se supondría que hemos sido capaces de lograr una comunicación eficaz e inmediata, hemos podido comprender las señales que se nos presentan en el mundo y decodificarlas cabalmente con ayuda de los otros. Nuestros lenguajes se han adaptado para que con mensajes breves podamos referenciar una enorme cantidad de contenido; hemos eliminado preposiciones, que roban sin escrúpulos nuestros preciosos caracteres, y las hemos sustituido por contenidos amplios como el #Hashtag. Los esquemas de la comunicación se han modificado para así poder entender este nuevo paradigma que se nos presenta, pero ¿qué hemos dejado atrás?

Para yo poder emitir un mensaje y que éste llegue a comunicar, a ser decodificado por el otro quien beberá todo su contenido lingüístico hasta convertir la última gota en categorías mentales, requiero de algo que quizás muy pocas veces le prestamos atención: la confianza. Y es que cuando dos individuos entablan una conversación, dan por hecho que los enunciados que emite cada uno de ellos son verdaderos, ya que de no ser así se imposibilitaría el acto mismo del habla. Al emitir enunciados, el locutor intenta dar a su escucha una serie de significados que el otro deberá reconocer como verdaderos, en un juego de confianza, y continuar con una conversación al entablar una respuesta. En este sentido, la construcción de la confianza en todo acto comunicativo si no es natural en el ser humano al menos es algo que se procura o se promueve, para así llevar esa cita a donde queremos que llegue tras las copas imaginarias.

Otro concepto que está en juego cuando yo emito cualquier mensaje, ya sea por Facebook, WhatsApp o vía celular, es el de la responsabilidad. Mientras el primer concepto, la confianza, se construye entre dos individuos o un grupo de ellos que aceptan jugar con una serie de reglas extra lingüísticas, la responsabilidad es algo que recae sobre nosotros mismos cuando queremos comunicar algo y que el otro nos brinde su confianza. Al emitir cierto contenido procuramos que nuestro mensaje sea verdadero para lograr la confianza en el otro, y es esa emisión la que resulta de un acto de responsabilidad del individuo.

Al yo quedar con alguien en una cita, emito un mensaje “te veo a la 1:40 en las calles X y Y”, el cual conlleva la responsabilidad de que efectivamente lo que yo emito es verdadero y la confianza que el otro deposita en mi mensaje para que acuda a la cita pactada. ¿Entonces, porque reiteramos incesantemente los mensajes?

Los defensores de la comunicación por internet o a través de teléfonos celulares afirman que hoy en día nuestra comunicación es más rápida y efectiva, que si bien es verdad que la inmediatez del mensaje, logrando que un deseo nocturno se convierta en realidad en la mente del otro en segundos, permítanme dudar de que su efectividad sea mayor al acto presencial del habla.

Debemos concertar esa cita. El vino y la música chill nos esperan, pero no hemos concluido con ese cúmulo de mensajes que pesan en nuestras manos, o en el bolsillo donde duerme el teléfono celular. Yo le digo a ella que quedemos, ella me responde que sí, ella me confirma que quedaremos, yo correspondo su mensaje, yo le digo que quedamos y ella me secunda, pero ella duda de que quedamos mientras yo le resuelvo su duda, con una llamada más basta, hablo desde el coche y le pregunto si quedamos, ella confirma de que quedamos donde efectivamente habíamos quedado y así llego al lugar donde quedamos pero ella no está, lo que me hace dudar de que quedamos pero al responder mi mensaje de texto confirmo que efectivamente quedamos donde dijimos que habíamos quedado para cenar.

Ante tanta reiteración de los mensajes pareciera que algo anda mal. ¿Por qué cuando yo le digo a alguien algo tan simple como “te veo a la 1:40” es necesario que estemos confirmando el mensaje original constantemente, como si no creyéramos que este fuese verdadero? La pérdida de la confianza en los mensajes ha llegado como bulto de bytes que arrastra tras de sí la comunicación por internet, es por ello que requerimos que los mensajes nos sean repetidos en cada momento que surge la duda “¿ya llegaste?”. Pero no es lo único. Al perderse la confianza consecuentemente se va desgastando la responsabilidad del acto de habla, ya que el hecho de haberlo dicho no significa que efectivamente sucederá, a menos que sea reiteradamente confirmado.

“Te veo a la 1:40” y es que en verdad ese vino se ha vaporizado en mi mente con sólo imaginarlo, por lo que haré todo lo que esté de mi parte para llegar a esa hora, pero, en la comunicación inmediata siempre podemos cambiar el mensaje, siempre podemos actualizar y refrescar la información, podemos olvidar nuestra responsabilidad con la emisión inicial y decir “bueno, mejor te veo mañana, me fui a beber con mis amigos”, sin ocasionar problema alguno.

Publicado en Comunicación