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El Hombre tiene una tendencia natural a rodearse de cosas; completa sus vacíos físicos y emocionales con materializaciones utilitarias, de ornato y hasta de carácter sagrado que lo acompañan a lo largo de su existencia. Modas y valores asociados a ellas cambian con las épocas, pero la necesidad no cambia, sólo ve modificados sus patrones estilísticos, su material y proceso de producción.

En este ciclo sucede que los objetos que alguna vez fueron considerados de simple manufactura destinados a cubrir alguna necesidad básica, son atesorados como artículos de colección después, cuando el mundo se da cuenta que han dejado de producirse, o que eran el objeto favorito de un personaje admirado o que forman parte de un momento idílico del transcurrir diacrónico de la humanidad; allí es cuando una percepción poderosamente ideológica -pero subjetiva y transitoria- dota a los objetos de un valor que va más allá del aspecto tangible, los eleva a  la parte superior de ese cúmulo de artículos que nos facilitan la existencia. Se convierten en objeto-fetiche, piezas invaluables recorriendo las altas esferas y mercados negros a pesar de su origen humilde, meramente funcional. Se vuelven objetos de vitrina y aislamiento, de admiración. Un objeto prescindible se transforma entonces en objeto de culto, en pieza de museo, en artículo de colección que triunfa sobre esa otra tendencia atávica del ser humano: deshacerse de las cosas, avanzar dejando rastros visibles de lo que consume, ser productor de basura.

La basura es también poderosa impronta del paso del Hombre por la Tierra. Los vestigios arquitectónicos, artefactos artísticos y utilitarios en sitios arqueológicos dicen mucho de las civilizaciones; sin embargo, también es muy enriquecedor y quizá más revelador, en palabras de Daniel Schávelzon (arqueólogo urbano argentino), leer una sociedad en un momento determinado a partir de lo que decidieron desechar y no de lo que decidieron preservar. Por ejemplo, en el contexto capitalista actual, donde consumir es esencial, dice mucho de nosotros lo que adquirimos pero dice aún más lo que dejamos ir. Siguiendo el pensamiento de Schávelzon, una sociedad puede ser reconstruida enteramente por sus desechos, la loza rota, las envolturas de productos, las hojas de plantas marchitas, las cortinas, la ropa vieja y los envases de artículos de limpieza generan una mejor y más fehaciente narrativa de la vida de las personas y de su época que aquello que conscientemente fue rescatado y conservado para vivir en museos, esos artículos de categoría “durable” según el antropólogo Michael Thompson, valiosos por sí mismos y por la carga simbólica que la sociedad les impuso. Es decir que, aquellos objetos y materiales que decidimos desechar como basura y sacarlos permanentemente de nuestro alcance, revelan mucho de lo que como individuos hacemos y deseamos, pero sobretodo, devela ese microcosmos al que pertenecemos, esa sociedad que consume, desperdicia y tira lo mismo que nosotros, porque el adquirir y desprenderse de algo es cultural, deviene de la memoria colectiva que se decanta en los individuos a través de la familia, de los amigos, de las instituciones que nos rigen, de los mecanismos de promoción y adquisición que percibimos, etc.

La basura y el Hombre tienen una relación profunda y atávica, alimentada de valores simbólicos fluctuantes entre individuos, entre regiones, entre épocas. La basura ha cambiado de forma, ha sido distinto todo lo consideramos desechable, sin embargo, nunca nos hemos podido alejar de aquello que tiramos, es natural y necesario desprendernos de las cosas.

Cuando Zizek señala que “el sistema” siempre crea deshechos inutilizables, así como cuando Schávelzon afirma que ninguna sociedad puede preservarlo todo; nos damos cuenta de lo naif y hasta utópico que resulta el contexto de las sociedades modernas empeñadas en el reciclaje, en la reutilización de materia a través de lo cual se pueda reducir al máximo ese desecho inutilizable que disgusta al Hombre: esos materiales totalmente descartables (rubbish para Thompson) que nos recuerdan, finalmente, una completa futilidad creada por nuestras manos. Y en este punto, en un afán reconfigurador, es donde aparece el Arte para construir algo con aquellos desechos inútiles y totalmente descartables.

Sea visto como redención o como denuncia, dio comienzo un movimiento artístico-intelectual muy fuerte, en los últimos años, que se ha encargado de llenar las salas de museo con piezas e instalaciones artísticas cuyo material es basura.

Esta postura artística, de trabajar con desechos y exponerlos formando un objeto integrado (como los collages y esculturas de Tom Deininger) o una instalación auto-destructible (como el trabajo de Michael Landy) puede ser rastreada hasta un origen provocador asentado por Marcel Duchamp a principios del siglo XX, cuando puso en exhibición un retrete; abriendo camino con ello, a lo que actualmente es el llamado Trash Art, un conjunto de técnicas y productos artísticos que juegan con el valor simbólico y anti-simbólico de los desechos materiales para criticar nuestra cultura de “úsese y tírese”, o para burlarse de la ceremoniosidad y esnobismo en que había caído el arte, o simplemente, para no permitir que la humanidad olvide que la belleza puede surgir de cualquier parte. Encontramos así, las bellas sombras generadas por basura amontonada estratégicamente en el trabajo de Tim Noble y Sue Webster; o los retratos maravillosos hechos por Erika Iris Simmons con cintas de casete. Así, entre la incredulidad y rechazo de los puristas del arte, y la fascinación y aplauso de los detractores de la sociedad actual y de su impacto ecológico-social; el Trash Art se fortalece apostando por el reciclaje puro y el simulado, apostando por la re-construcción del mundo a partir de lo que suele ser parte de lo que lo destruye: la basura.

 

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REFERENCIAS

Boldrick, S. (2015) “Trash as trash as Art: Reflections on the preservation and destruction of waste in artistic practice” en Interdisciplinary Journal NANO of the New York City College of Technology. USA. Recuperado de http://www.nanocrit.com/issues/7-2015/trash-trash-art

Greene, R. (2009) “La cultura de la basura. Entrevista a Daniel Schávelzon, arqueólogo urbano” en Bifurcaciones. Revista de estudios culturales urbanos. Chile. Recuperado de http://www.bifurcaciones.cl/009/pdf/bifurcaciones_009_Schavelzon.pdf

Jara, M. (2016) “El arte que nació de la basura” en Cultura Trópica. Recuperado de https://culturatropica.com/2016/03/31/el-arte-que-nacio-de-la-basura/

Lack, J. (2008) “Modern art is rubbish” en The guardian. Reino Unido. Recuperado de https://www.theguardian.com/artanddesign/artblog/2008/jun/13/modernartisrubbish

 Staff editorial (2017) “Tras Art: Basura y arte, una tendencia que crece” en Revista Cabal. Argentina. Recuperado de http://www.revistacabal.coop/actualidad/trash-art-basura-y-arte-una-tendencia-que-crece

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Los desperdicios de los astronautas, incluidos sus excrementos, pueden tener un nuevo uso: enviar naves espaciales de regreso de la Luna a la Tierra, señaló un especialista estadounidense.

El profesor asociado de Ingeniería Agrícola y Biológica de la Universidad de Florida, Pratap Pullammanappallil, explicó que 

los residuos generados durante el vuelo espacial no son usados, la NASA los almacena en contenedores hasta que se meten en vehículos de carga espacial que arden a su vuelta por la atmósfera de la Tierra.

Sin embargo, para las futuras misiones a largo plazo no sería práctico traer todos los residuos almacenados.

Crear un vertedero en la superficie de la Luna tampoco es una opción, por lo que la agencia espacial estadounidense acordó con la Universidad de Florida desarrollar nuevas ideas.

La Administración Nacional de la Aeronáutica y el Espacio (NASA) suministró a los científicos un equipo para compactar químicamente desperdicios de comida y envases simulados.

Los estudios determinaron que el equipo podría producir 290 litros de metano por tripulación cada día, en el espacio de una semana, lo que supone una muy buena fuente de combustible, aseguró Pullammanappallil.

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La necesidad de promover energías limpias a favor del medio ambiente ha llevado a empresarios del Reino Unido a fabricar el primer transporte colectivo ecológico que usa como combustible el excremento humano. 

El autobús, que funciona con gas biometano (heces), fue diseñado por la empresa Wessex Water y tiene espacio para 40 pasajeros. El vehículo puede viajar a 300 kilómetros por hora con un tanque lleno de desechos, indica el diario español ABC. 

Llenar un tanque equivale a los desechos que producen cinco personas durante un año. 

La opción ha sido vista como viable debido a que este tipo de gas no afecta la calidad del aire gracias a sus bajas emisiones y tampoco emite ningún tipo de aroma desagradable pese tratarse de un combustible poco particular. 

El proceso de generación de combustible no resulta tan fácil como podría pensarse, acudir al sanitario y descargarse no es suficiente. 

Las heces fecales son alteradas en la planta de tratamiento de aguas residuales de Avonmouth, a las afueras de Bristol, mediante un proceso de filtración, calor y privación de oxígeno para que finalmente las bacterias que descomponen la materia puedan producir el biogás.

"Esta planta produce unos 18 mil metros cúbicos de biogás al año. Si se convierte en biocombustible para vehículos, y reemplazáramos al combustible fósil, podríamos dejar de emitir 19 mil toneladas de CO2", explicó Saddiq. 

Con este tipo de energía usadas en vehículos, las emisiones de efecto invernaderos se reducirían hasta en un 88% comparado con la gasolina, de acuerdo con la con la empresa Clean Energy Fuels. 

El Bio-Bus de Reino Unido proporciona un servicio de transporte entre el aeropuerto de Bristol y el centro de Bath.

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