Jueves, 27 Octubre 2016 00:07

La lectura snob o "el efecto Peña Nieto"

“Hoy todos escriben, todos quieren expresar sus sentimientos y opiniones, pero, ¿quién lee? En cierta forma la lectura es una actividad superior a la escritura; sólo podemos escribir con el lenguaje que hemos adquirido leyendo”.

Ese es el contundente martillazo arrojado con brutalidad, casi bestial, hacia la contemplación de una visión esnobista, respecto de los ejercicios de la lectura-escritura, por parte del autor Alejando Martinez Gallardo.

El artículo de opinión obtuvo mi interés desde que lo vi en el muro del “Facebook” de una amiga, repleto de “likes” y comentarios que, encarecidamente, manifestaban simpatía y concordancia con los desvaríos del autor. Publicado en el portal informativo Pijamasurf, el texto se titula con una cita atribuida al autor literario Juan José Arreola Zúñiga: “Si no sabes leer, no sabes escribir y si no sabes escribir, no sabes pensar”.

Ignoro la veracidad de la cita atribuida al autor, dado que no soy ni he sido un lector profuso de su obra y, mayormente, porque nunca he considerado ni tomado como relevante las palabras de un autor fuera de su obra: me resultan sobrantes e irrelevantes. Sin embargo, de la veracidad de la autoría fue evidenciable que, bajo dicho título, el contenido del texto me otorgaría unos minutos de desagrado y revoltosa acidez gástrica… No me equivoqué.    

Es curioso y hasta irónico que, al momento de toparme con la publicación, me encontraba en la edición de otra columna que pienso publicar, en la que vertía un poco de análisis sobre el problema de la lectura, la interpretación y la valoración de los textos literarios, surgida esta inquietud de la controversia acaecida por el autor “Dante Tercero” y su propuesta poética avalada como proyecto cultural por la beca FONCAFONCA. Es curioso e irónico, porque dicho texto lo he re-editado, re-escrito, re-enfocado tantas veces por causa de desagrado: no encuentro en él (a forma de autocrítica) un prestigio suficiente para atraer la atención y mantener el interés del lector. Sin embargo, haberme tropezado con el texto del Sr. Martinez Gallardo me ofreció una nueva perspectiva para exponer mis preocupaciones: La mediocridad de la lectura.

Entre las sandeces cuasi-académicas que el Sr. Martinez Gallardo presenta en su texto, me encontré con la bestial insinuación pro-esnobista de blando carácter crítico: “Para muchas personas es más atractivo escribir, tiene más glamour –Algo que quizá se deba la inmadurez y al egoísmo– “(Sic) Pues, vaya, ¡qué análisis tan profundo y académicamente respaldado sobre el fenómeno social y mediático del ejercicio de la escritura! Pero antes de continuar con las cachetadas hacia el autor del texto, vamos a entender una la problemática de la lectura, tanto por su mediocridad de ejercicio como por la ausencia de éste.

Si usted busca en el diccionario de su predilección, o en “Santo Google”, o en “Santa Wikipedia”, encontrará que el concepto “Analfabeto” define a una persona carente del conocimiento de la lectura o la escritura, además de la connotación significativa de una persona de mediocridad cultural (que desconoce elementos esenciales de la cultura popular). Es en esta connotación en que debemos centrar nuestra atención, dado que la ignorancia, por paradójica propagación de la vox-populi, es considerada no como el estado de desconocimiento de un sujeto con respecto a un objeto, sino como un elemento constituyente de la valoración socio-cultural de una persona. 

El uso denigrante de este término simula la discriminación por estatus social acrecido en la ideología de “la cultura” como simbolificación de grado social: persona culta en contraposición de persona “ignorante” (inculta). Y aunque este es el pan de cada día en una sociedad hambrienta de sobresalir entre las masas “ignorantes”, desde el año 2012, he sido testigo presencial de un apabullante crecimiento de esta ideología pro-esnobista: Le llamo “El efecto Peña Nieto”.

Desde aquel infame día en que el actual Presidente de la República, en ese entonces candidato a la presidencia, fue incapaz de mencionar los 3 libros más significativos de su vida, he sido testigo del impacto de este suceso en el sector juvenil de nuestra nación: Todos son lectores… o por lo menos quieren serlo.

En ese entonces, no sentí ningún arrebato ni le di mayor importancia a esta actitud reaccionaria, arquetípica de nuestra cultura, por parte de los jóvenes; si acaso me sentí un poco aliviado, como estudiante de literatura y fanático de la lectura, de que este suceso vendría a ejecutar un rotundo giro en la cultura de la lectura. Ingenuo fui. Jamás sospeché que esta actitud se viciaría, por diversos motivos y razones, entre ellos el efecto del incremento de popularidad a través de redes sociales hasta posicionarse en este activismo discriminante y horridamente mediocre: “Yo leo, por lo tanto, soy mejor persona que tú, que no lees”.

¿Cree usted que miento al señalar esta actitud en nuestros jóvenes? Observemos con detenimiento la campaña publicitaria de Librerías Gandhi “Leer evitará”. Ciertamente, no lo niego, algunos de sus cartones son bastante ingeniosos y hasta cómicos, pero no dejan de presentar, implícitamente, la complicidad apológica de esta discriminación social: Se es mejor persona gracias a la lectura.

 

Entre algunos compañeros de carrera y otros adeptos al ejercicio de la lectura, se sobre-entiende el problema cultural de la falta o casi ausencia del consumo de textos, sin embargo, este problema es nimio en comparación a la escalofriante realidad de la mediocridad cultural mexicana, en perspectiva, sobre la lectura. Efectivamente a la sociedad le hace mucha falta leer, leer más y leer por gusto no por obligación académica, pero este no es un problema, el iniciar o lograr despertar el gusto por la lectura, no. El problema de México, tanto a nivel regular (no académico) como a nivel académico es la pobreza de lectura. Sí, la pobreza de lectura, en específico la pobreza de comprensión literaria que no así la de consumo literario.

Siempre me he preguntado por qué entre mis círculos amistosos cercanos nunca existió esa curiosidad que yo, lamentablemente, tuve que esconder durante muchos años por miedo a la mofa y la falta de aceptación (estima personal por relación a la otredad). Como estudiante de la carrera de literatura en la Universidad de Guadalajara, me llegué a preguntar por qué, aquí entre mis semejantes (amantes de la literatura) no existe un rigor, una objetiva inclinación hacia la reflexión del estudio literario… pues fueron muchos años de soportar -sí soportar- actitudes elitistas que observaban el fenómeno literario como un fenómeno generalizado y cuya relevancia, a suposición, se implicaba en todo estrato social.

No lo es así. Lamento, con honesto pesar, informarle que la lectura ni es mágica, ni es relevante al mundo, ni le engendrará en su ser una cualidad especial. La lectura es ocio. La lectura es recreación. Jugar un videojuego es equiparable, tanto en nivel estético como recreativo, a leer una obra literaria del autor de su predilección. Leer un poema, es equiparable, en ejercicio del ocio, a mirar un episodio de su serie favorita.

¿Por qué existe, entonces, este sobrevalorado elemento fantástico de los “beneficios” de la lectura? Leer te ayuda a escribir y escribir te ayuda a pensar, dice el autor Martinez Gallardo citando al autor Arreola. ¡Qué atrevida falacia! Del tiempo de mi vida, le he dedicado un aproximado de 6 años al ejercicio de la lectura, considerando el tiempo que he leído y no así el transcurso de los 14 años desde que me inicié como lector al tomar mi primer libro: La Biblia. Y en estos 6 años (o 14 si así se quiere considerar) mi habilidad en la redacción no se ha visto siquiera turbada. Mi elocuencia es tan notable como un perro callejero en una pasarela de perros de pedigrí. Mi capacidad cognitiva… bueno quizá mi capacidad cognitiva sí se ha visto expandida, pero esto lo atribuyo a mi naturaleza inquisitiva, encontrada desde muy temprana edad en la estética de un videojuego: Final Fantasy. Sí, no se ría, fue gracias a ese videojuego que encontré mi hambre por conocer: el mundo, la música, la pintura, la literatura, el arte en general.

 

Pero me encuentro en la digresión, aquí lo importante es darle una que otra cachetada académica al Sr. Martinez Gallardo.  No, Sr. Alejandro, leer por sí mismo no es garantía de nada, aparte de un agradable rato de ocio. Citar a Hölderlin o a Husserl como recurso argumentativo (lejos de señalar el plagio argumentativo) bajo una pobre y mala interpretación no es una demostración de excelencia lectora y, por lo tanto, según su hipótesis, de excelencia cognitiva.

Puesto que el lenguaje escrito no es determinante, ni de la configuración semiótica-cognitiva-emotiva de la consciencia (a saber, si usted se refiere a la terminología psicoanalítica o a la terminología mística), los procesos involucrados en la conformación y estructuración del pensamiento, virtualizantes, no son observables ni verificables en las expresiones de éstos surgidos. Se lo explico de manera más sencilla: el pensamiento en el hipocampo de su configuración es meramente una instancia de procesamiento y como tal el resultado expresivo de esta instancia, tras la re-configuración a un sistema comunicativo (el lenguaje en este caso) no es observable: no hay evidencia que señale el origen de este hipocampo ni la categorización de sus instancias.

Ciertamente existen ciencias y estudios teoréticos que se sumergen en la complejidad de las implicaciones del pensamiento, tales como la neurofenomenología y la neuro-lingüística, así mismo la semiótica de Fontanille-Greimas y de Bajtín-Vigotsky han presentado enfoques de un rigor casi-metodológico en sus aportaciones filosófico-literarios y lingüísticos, pero créame, cando le digo que ninguna de estas ciencias y enfoques analíticos podrían pedantemente asegurar que el pensamiento es palabra y que la palabra sólo puede “mejorarse” con la asimilación de nuevas palabras. La elocuencia en un texto, Sr. Alejandro, no es evidencia de un “conocimiento superior” o de un pensamiento mejor logrado o estructurado; la elocuencia ciertamente evidencia una articulación compleja dirigida al carácter estilístico de la palabra, pero es ingenua la creencia, es ignorancia creer que, a mayor elocuencia, mayor grado de “profundidad” cognitiva: de excelencia literaria.

Asegurar que la lectura “es una actividad superior” a la escritura, como así lo expone, demuestra su ignorancia sobre la correlación entre ambos ejercicios: pues ni lingüísticamente, ni semióticamente, ni filosóficamente, ni neurológicamente es sustentable formular parámetros para categorizar la “superioridad” de una actividad sobre otra: toda actividad requiere de un “uso” específico de nuestro procesador (cerebro) y cierto que alguna actividad supone un mayor uso de recursos (calorías por ejemplo), esto no es parámetro a utilizar para establecer la “superioridad”.

No se trata de una mala-interpretación que hago de su texto, no se refugie en eso. Si acaso la mala-interpretación ha estado en usted, así como en ese sector de jóvenes ávidos de lograrse en esa figura idílica del “lector intelectual”, pues para leer, es necesario aprender a leer y esto conlleva el estudio de la lectura, el estudio de la literatura. Algo que incluso entre mis colegas y compañeros se exhibe carentemente: Pues se valora, se estima mayormente la interpretación literaria al grado de opacar el estudio literario.

Sí, no lo niego, una buena lectura, es capaz de, a través de la interpretación y la experiencia en sí, inspirar profundos pensamientos, reflexiones complejas y pensamiento crítico… pero eso no lo evidencia su escrito lo cual lo convierte a usted en una paradoja: pues expone en su hipótesis que entre mayor (y mejor) lectura, resultará una mayor (y mejor) “elocuencia” (pensamiento), sin embargo, la reflexión que sus años como lector le han presentado, el pensamiento “crítico” que malogradamente intenta demostrar en su texto queda evidenciado limitado y fuertemente viciado en esta esnobista ideología de que la lectura, por sí misma, le convertirá en un excelente intelectual.

Aprender a leer implica entender el texto objetivamente, esto significa que aprender a leer requiere la extirpación de todo prejuicio y la correcta estructuración de una interpretación (mediante metodología analítica), evitando la subjetividad y apuntando hacia la objetividad. Las reflexiones, la inspiración, el pensamiento crítico que una lectura puede ejercer en el lector, se enfrenta a diversos obstáculos que le tensionan y le terminan por doblegar ante el prejuicio existente en el lector.  

Concluyo compartiendo una decepcionante experiencia como estudiante de literatura. Fue muy decepcionante para mí, observar en mis profesores y compañeros que la máxima del filósofo Ludwig J.J. Wittgenstein de su “Tractatus Logico-Philosophicus”, en que propone que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” (paráfrasis), fue considerada, interpretada casi literalmente. Sí, nuevamente aludo al problema de la interpretación como problema esencial de la lectura (no así su consumo).

El problema crece cuando la máxima está en la autoría de una celebridad, tal es el caso de la cita que utilizó como título de su texto, lo que y sin el debido discernimiento académico puede resultar en una falacia ad-verecundiam.

El pensamiento ciertamente sostiene una relación con el lenguaje, sea escrito, oral o visual, pero la relación entre la escritura y el pensamiento no es recíproca, así como no lo es el lenguaje y mi aserción al y en el mundo (figurativo): es decir, leer y escribir no tienen una correlación de reciprocidad, como tampoco existe una correlación recíproca entre la extensión del lenguaje (comunicación) y la extensión del mundo (figuración, pensamiento). La adquisición, por otro lado (del conocimiento), es un proceso significativamente recíproco en su relación con la asimilación, pero este es ya un tema distinto y subraya en los terrenos de la epistemología. 

Publicado en Comunicación
Domingo, 18 Septiembre 2016 19:27

¿Cómo leían los antiguos griegos y romanos?

Imagina que eres un romano de clase acomodada alrededor del siglo I a. C. Como muchos de ellos, tienes una villa en la cual podías distanciarte de la política y de los tiempos tumultuosos que se estaban viviendo en ese entonces (guerra civil, la caída de la república, etc.). Al igual que otros romanos, también, probablemente pasaste un tiempo en tu juventud en Grecia estudiando con filósofos y retóricos, de modo que dominas el griego y seguramente tienes el hábito de la lectura.

Estás, pues, en tu villa alejada de la capital y decides dedicarte por un tiempo a leer y escribir: ése es el distanciamiento que nos legó textos como los de Salustio o las obras filosóficas de Cicerón. Examinas tu biblioteca y digamos que seleccionas a un autor griego específico: Hipérides. ¿Cuál es tu experiencia de lectura?

Veamos lo estrictamente físico en la experiencia: el libro como objeto. Los discursos de Hipérides, uno de los oradores más famosos de su tiempo, los encontrarías en un rollo de papiro. Al abrirlo de manera horizontal, lo que verías sería una serie de columnas de texto escrito de unos 20cm de alto por 5 a 7cm de ancho: muy delgadas. Entre cada una habría unos 2cm de separación y así se extendería el texto a lo largo del rollo. Y he aquí el primer rasgo que distinguiría enormemente aquel libro de lo que ahora leemos: ¡las palabras en el texto no estarían separadas entre sí! Se le conoce como scriptio continua y era particularmente común. No era que los antiguos no supieran separar las palabras, sino que simplemente no lo necesitaban y podían leer cómodamente esas tiras y tiras de letras seguidas. ¿Cómo es posible —nos preguntaríamos ahora— que les pareciera cómodo?

Ejemplo de Scriptio Continua en un texto biligüe griego-latín

En cada columna, por lo angostas que eran, cabían alrededor de 15 o 25 caracteres corridos que podían cortar a media palabra y seguir en la línea siguiente hacia abajo; eso sí, se respetaba la separación silábica en las palabras al hacer esos cortes, con reglas tan estrictas como las que aprendemos nosotros al separar una palabra como a-pren-der. Cada renglón era entonces breve: tenía de 2 a 5 palabras.

Ahora bien, nosotros sabemos actualmente, a partir de los estudios modernos sobre la lectura, que cuando leemos el ojo se mueve de manera discontinua: avanza dando saltos rápidos y luego haciendo breves pausas. Seguramente los has visto también al observar las pupilas de alguien que está en proceso de lectura. La captación de las letras impresas se da precisamente en esos momentos en que el ojo hace las pausas y toma de golpe un bloque de palabras. Cuando leemos en voz alta, gracias a este proceso, el ojo siempre va adelantado con respecto a la voz: tiene que mandar la información al cerebro antes de que realice el siguiente salto. Pues resulta que, por promedio, la cantidad de letras que el ojo logra ver en una de esas pausas es de 20, que es justamente la media de caracteres presentados en un renglón en un texto antiguo de prosa. Esto, por supuesto, no lo sabían ellos, pero sin duda nos ayuda a explicar por qué les podía parecer cómodo leer esas tiras de palabras sin separar: un lector experimentado podía seguramente hacer un salto ocular por cada renglón leído. A esto, agreguémosle el hecho de que el papiro no era barato, y entonces podremos entender un poco más por qué preferían así sus textos. Era más práctico.

Ahora, una vez que abres tu rollo de Hipérides, puedes optar por lo que ahora nos parecería más elemental: leer en silencio y en soledad. Pero además de tal opción, tendrías otra que ahora parece estar progresivamente en desuso. 

Nos dicen los eruditos que, según todos los indicios que poseemos, la literatura antigua estaba hecha muchas veces para ser leída en voz alta. A veces podía ser el lector mismo el que lo hiciera para sí mismo; pero para esto era más frecuente que algún esclavo leyera cuidadosamente para su amo, como vemos que ocurre al inicio del diálogo Teeteto de Platón, donde la “lectura” se vuelve prácticamente una recreación histriónica de algo sucedido. Este esclavo, que con frecuencia podía tener un grado considerable de práctica y especialización, era el llamado anagnōstēs (el verbo griego para leer era anagignōskō, literalmente “conocer de nuevo” o “reconocer”). Dice William A. Johnson, un estudioso de este tema: “Bookrolls were not, in gross terms, conceptualized as static repositories of information, but rather as vehicles for performative reading in high social contexts.”.

Precisamente por estas prácticas de lectura fue como ya en la Antigüedad se elaboraron posturas críticas en torno a la prosa artística: se dieron cuenta de que mantener un ritmo en la prosa análogo al de la poesía era un modo excelente de crear efectos literarios. Y éste es justo mi punto: para un lector-oyente antiguo, la diferencia entre prosa y poesía se daba sobre todo en el sonido, en los patrones musicales que se crearan mediante el lenguaje. Esto es cierto, sin duda, incluso en la actualidad, pero no puedo evitar pensar que siempre le será más fácil hacer la distinción a alguien habituado a oír literatura, que a alguien que sólo la lee en silencio. ¿No será que la razón por la cual actualmente la narrativa goza evidentemente de mayor favor y popularidad —a diferencia de la Antigüedad, donde sin duda lo más aclamado era la poesía— es sencillamente que nosotros ya no estamos tan acostumbrados como lo estaban ellos a oír lo que leemos? Cualquier amante de la poesía sabe que la experiencia de lectura en silencio y en voz alta es muy diferente...

Leer era para los antiguos, entonces, típicamente una actividad donde el oído tenía un papel fundamental. El mito griego de Acontio y Cidipe viene aquí a colación. Acontio era un joven de familia pudiente, pero no noble, que una vez acudió a las fiestas de Delos y quedó pasmado ante la hermosura de una muchacha llamada Cidipe. Enamorado, Acontio la siguió hasta una ceremonia ritual en el templo de Ártemis, y lo que hizo fue muy curioso: recogió un membrillo y con la punta del cuchillo grabó en la superficie: “Juro por el templo de Ártemis que me casaré con Acontio”. En seguida, arrojó el fruto en dirección de Cidipe, quien actuó de manera totalmente inconsciente: lo levantó y maquinalmente leyó la inscripción, por supuesto, en voz alta. De modo que, al pronunciar tales palabras, Cidipe quedó obligada ante la diosa a cumplir su palabra y casarse con Acontio. El padre de la muchacha tuvo que renunciar a sus esperanzas de casarla con alguien más.

Algunos estudiosos han llegado incluso a afirmar que los antiguos acostumbraban leer en voz alta porque no podían leer en silencio. Esto, que ha generado ríos y ríos de tinta, suele apoyarse típicamente en un famoso pasaje de san Agustín donde describe su admiración por san Ambrosio. Aquí en la traducción de Ángel Custodio Vega:

“Cuando éstos le dejaban libre [a Ambrosio], que era muy poco tiempo, se dedicaba o a reparar las fuerzas del cuerpo con el alimento necesario o las de su espíritu con la lectura. Cuando leía, lo hacía pasando la vista por encima de las páginas, penetrando su alma en el sentido sin decir palabra ni mover la lengua. Muchas veces, estando yo presente —pues a nadie se le prohibía entrar ni había costumbre de avisarle quién venía—, le vi leer calladamente, y nunca de otro modo; y estando largo rato sentado en silencio —porque ¿quién se atrevía a molestar a un hombre tan atento?—, optaba por marcharme, conjeturando que aquel poco tiempo que se le concedía para reparar su espíritu, libre del tumulto de los negocios ajenos, no quería se lo ocupasen en otra cosa, leyendo mentalmente, quizá por si alguno de los oyentes, suspenso y atento a la lectura, hallara algún pasaje oscuro en el autor que leía y exigiese se lo explicara o le obligase a disertar sobre cuestiones difíciles, gastando el tiempo en tales cosas, con lo que no pudiera leer tantos volúmenes como deseaba, aunque más bien creo que lo hiciera así por conservar la voz, que con facilidad se le enronquecía. En todo caso, cualquiera que fuese la intención con que aquel varón lo hacía, ciertamente era buena” (Confesiones, VI, 3).

La sorpresa de Agustín ante la lectura en silencio de Ambrosio se debería entonces a que no todos eran capaces de hacerlo. Pero, hay que decirlo, actualmente ya casi ningún estudioso serio está de acuerdo con tal visión. Podría ser sencillamente porque no todos solían hacerlo. Hay una gran diferencia entre incapacidad para hacer algo y la falta de costumbre de hacerlo. La sorpresa ante el silencio de Ambrioso podría incluso deberse al hecho sencillo de que, al haber pupilos frente a él, se esperaba que les leyera y los instruyera. 

En todo caso, lo que es interesante de analizar cómo leían los griegos y los romanos es darse cuenta de que la lectura era un evento muy frecuentemente oral y social. Los antiguos sí leían en silencio, y de esto hay muchas pruebas (pensemos en la imagen aquella de Catón el Joven leyendo apasionadamente el Fedón de Platón justo antes de suicidarse), pero la importancia que le daban a la manifestación oral y social de la literatura es claramente mucho mayor que ahora.

Es cierto que lo social en la lectura sigue ocurriendo en cierto modo. Vamos a presentaciones de libros, lecturas públicas, congresos, conferencias y otros eventos semejantes, pero a veces tengo la impresión de que tales eventos son como piezas arqueológicas de una época en proceso de olvidarse. A todos nos ha ocurrido que vamos a uno de esos eventos y de alguna manera sentimos que no lo entendemos realmente todo porque el presentador o el conferencista sólo está leyendo en voz alta un texto destinado a ser leído en silencio, con las pausas y reflexiones que puede hacer un lector cuidadoso. Sin modular la voz, sin poner énfasis en nada y sin apelar a la atención del público, el presentador no hace, con mucha frecuencia, el mínimo esfuerzo por recrear el texto y darle vida oralmente, porque, claro, sólo los “inteligentes” entenderán. En tales lecturas, en cierto modo es como si cada uno estuviera leyendo solo, pero con la dificultad de hacerlo al ritmo de alguien que de antemano ya entiende el texto (claro, porque él lo redactó). 

Pero en la Antigüedad, donde la formación cultural más elemental de un individuo se centraba en la retórica, esos eventos solían ser auténticos performances. Las recitaciones del círculo de Asinio Polión en la época de Augusto eran famosas. Ahí habríamos visto a un Virgilio recitando-cantando (y no sólo leyendo) sus obras. Ahí habríamos visto en práctica la singular fascinación que tenían los antiguos por el poder de la palabra para hipnotizar a un público y guiarlo completamente en la dirección que se quisiera.

Es ésa la experiencia de la lectura y de la literatura que predominó durante siglos. Imaginemos el año 1605 en el puerto san Juan de Ulúa, en la Nueva España. Llega un barco proveniente de Sevilla con cajas y cajas de libros recién impresos en España, como era tan común en la época. En algún lugar leí que, en uno de esos barcos, venía ya la primera edición de la cumbre de la literatura española: El Quijote. Los tripulantes del barco, ante el mismo tribunal del Santo Oficio, se preocuparon primero por ratificar por escrito —en un documento que hemos conservado— que no llevaban ahí ninguna obra prohibida, pero extrañamente traían la famosa obra de Cervantes a una tierra donde, supuestamente, se prohibían las novelas. Y en el documento, se añade incluso que los tripulantes se mantuvieron “muy entretenidos” durante el viaje con El Quijote. Siempre me acuerdo de esos marineros: seguramente pocos sabían leer, pero daba la casualidad que uno sí sabía, así que se ofreció. Había que matar el tiempo de algún modo en semejante travesía. Se formó un grupo alrededor de él e hicieron de la lectura una experiencia verdaderamente colectiva, porque así es como la literatura se hace música capaz de hechizar. 

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