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Jueves, 31 Marzo 2016 21:34

Censura, ¿el destino de Gerardo Ortiz?

No he escuchado ni visto el video «fuiste mía» de un —para mí— desconocido cantante de narcocorridos. No hace falta. En mis redes sociales y diarios digitales que sigo, circulan los resúmenes con los que afortunadamente he podido evitarme la pena de perder mi tiempo en semejante barbaridad.

 

 

Lo que sí se me hace tremendo (y por favor, dejemos de lado el nivel sociocultural y la poca destreza ortográfica de quienes escuchan este tipo de música) es que la gente preparada y bienpensante que pululamos en las redes sociales pidamos que se censure el misógino video.

 

He leído muchas voces que claman al cielo debido a la representación, sí, la representación, del asesinato de una mujer en dicho video. Ni siquiera creo que sea una historia bien contada: un tipo encuentra a «su mujer» teniendo sexo con otro hombre. Este saca su pistola y ejecuta al machín que lo hizo cornudo. A la que considera su propiedad, a la fémina, después de, al parecer, torturarla en corset rojo, la lleva a un auto, la «encajuela» y ahí le prende fuego. El cantante de narcocorridos camina lejos del infierno que ha provocado con una sonrisa malévola.

 

Una joya de misoginia y machismo pésimamente narrado con todos los estándares de un video de banda: la modelo buenota que se derrite —o no tanto, como se ve en el video— por el cantante exitoso que presume sus autos de lujo, su casa tipo la casa blanca —que resultaría estar relacionada con un narco de verdad— y la venganza del tipo en cuestión. Además, contó con la ayuda de instituciones gubernamentales como la Policía de Zapopan —o sus esbirros, que se gobiernan solos—, la fiscalía general, etćetera. Ah, y por supuesto, la voz más culera que pueda usted hacer para cantar siempre será bienvenida en el género.

 

Pero volvamos, que aquí no se trata de hacer una valoración estética del contenido del video. A mí me preocupa que esa bienpensancia, ese hitlercito que todos tenemos dentro, se enfoque y pida —casi con hoguera de 140 caracteres en mano— censurar los productos culturales que nos parecen ofensivos y peligrosos.

 

Tori Amos hace una versión del rapero Eminem de «97 Bonnie & Clyde» en el que un hombre celoso mata a su esposa y aquel le cuenta a su hijita en la playa donde van a tirar el cuerpo que le fue infiel y que a ella no le gustaría tener un hermanito de un papá ajeno, ¿verdad?, luego le pide que se olvide de todo, que ya no habrá más discusiones entre mamá y papá, que se despida de su madre y que se pongan a jugar a hacer castillos en la arena.

 

En los noventa, la banda de cyberpunk inglesa The Prodigy sacó el video «Smack my bitch up» en el que un personaje cuenta, en primera persona y pasado de rayas, heroína, alcohol y sexo, su deambular por la noche londinense haciendo gala de excesos y violencia. Fue vetado de la programación de la televisión abierta por la BBC y organizaciones feministas de EU pidieron su retiro del aire al considerar el contenido de la letra y el video misóginos. La banda defendió la canción y el audiovisual; ahora hay una revaloración de ésta.

 

Omar García, reportero de Guadalajara, rescata el incidente de Alejandro Fernández, «El Potrillo» por una canción en la que decía algo así como que había que darle unas nalgadas a la mujer con pencas de nopal. La nota la sacó El País hace seis años. Recordemos que el hijo mimado de Vicente tiene mucho más alcance que nuestro prócer actual y a Tori Amos quizá la conozcan pocas personas en México.

 

Lo del cantante de narcocorridos es repugnante y, si así lo queremos, de mal gusto. Pero, ¿por qué ensañarse con un cantante de música popular? Personalmente prefiero escuchar, ver y, si son lo suficientemente bien contadas, sentir las historias de asesinatos, guerras y celos en la música o cualquier otro soporte, sea cine, pintura o gifs; no en la realidad, como actualmente sucede.

 

¿Alguien buscó vetar la canción de Alejandro Fernández? No. ¿Es condenable la violencia contra las mujeres? Por supuesto. Pero intentar vetar una manifestación cultural es estar del lado del machismo opresor. Me llega a la mente una pésima canción de La Lupita, que se ajustaría perfectamente al momento de policía del pensamiento en que vivimos: «hay que pegarle a la mujer con el cariño», decía el coro y lo repetían sin cesar. También me acuerdo de otra letra idiota de Alejandro Fernández que iba por el estilo. A pesar del buen corazón de la banda y el cantante al querer componer una canción en contra de la violencia hacia las mujeres, poco se ha ganado. Los feminicidios siguen al alza, la violencia —sexual y de todo tipo— contra ellas en las calles y en sus propios hogares es alarmante.

 

Recuerdo la entrevista que le hizo Michael Moore a Marilyn Manson en Bowling for Columbine. El ala conservadora de EU culpaba al cantante del atentado a una escuela en Colorado porque se encontró que era el tipo de música que escuchaban los muchachos que ejecutaron a un sinnúmero de compañeros escolares.

Manson decía que era más fácil culparlo a él por la música que hacía —por la excentricidad del personaje y la violencia explícita en sus letras— que culpar a un Estado que naturalizaba la violencia, incluso atacando países extranjeros.

 

El problema es estructural. La música es una manifestación —no inocente, si se quiere— artística, pero atacando los productos culturales no creo que logremos erradicar la violencia que tanto nos duele. Lo que estaríamos golpeando es una representación de la realidad, un reflejo, no la realidad misma. Hacemos, me parece, un boxeo de sombra que no nos sirve mucho en este momento —además estaríamos fomentando el antidemocrático valor de la censura— en el que a diario mueren siete mujeres en México. Por ellas debemos levantar la voz en la realidad, no en el espejo.

 

 

 

 

 

 

*Al final, el que esto escribe no se aguantó las ganas y vio la versión mocha del video de Gerardo Ortiz sólo como un ejercicio periodístico y no se aguantó las ganas de vomitar.

Publicado en Comunicación
Miércoles, 06 Mayo 2015 00:00

"Hypotheses non fingo" en narcobloqueos

Conjeturar es algo natural en el ser humano. Lanzar hipótesis es responde a la necesidad de dar posibles explicaciones a ciertos fenómenos. La conjetura es usual en la actividad científica, pero también en la vida cotidiana: aparece cuando indagamos acerca de la posible causa del mal funcionamiento del automóvil, del refrigerador o acerca de los motivos de las acciones de ciertas personas. Prácticamente en todas las actividades y ámbitos de la vida humana, las personas tienden a formular explicaciones hipotéticas para dar cuenta de situaciones o eventos que enfrentan.

Desde luego, hay muchas diferencias entre las especulaciones cotidianas y las conjeturas en la ciencia; tema que por ahora no pretendo abordar. Más bien me interesa realizar algunas observaciones sobre la producción de hipótesis en el campo político. No pretendo presentar aquí un estudio detallado, sino esbozar lo que podría ser una veta en la investigación social. Y en particular, me gustaría puntualizar acerca de los fallos que suelen darse en las explicaciones hipotéticas en esta área.  Aunque Isaac Newton decía que la física no debía especular y evitar la formulación de hipótesis –algo en lo que sin duda se equivocó-, probablemente su sugerencia podría aplicarse a ciertos casos.

Cuando ciertos acontecimientos sociales y políticos tienen un impacto directo sobre las personas, es normal que se generen toda clase de opiniones. Sin duda, los narcobloqueos del pasado 1 de mayo en Jalisco y otras entidades del Occidente de México parece ser parte de la tendencia de violencia que afecta al país desde el 2007; pero el hecho de haber ocurrido tan cerca produce efectos más fuertes en muchas personas. La incertidumbre de qué es lo que realmente ocurrió y el pensar que uno pudo ser afectado directamente o nuestros seres queridos, indudablemente provocan miedo y paranoia.

Mi interés no es analizar los hechos en sí, sino las opiniones vertidas en prensa y redes sociales. Muchos funcionarios, intelectuales, investigadores y usuarios de la red en general suelen interpretar los eventos según sus creencias. Esto es normal, pues nuestras creencias, como señala Luis Villoro, son enunciados que asumimos como verdaderos y que de alguna forma integran nuestra visión del mundo. En gran medida, las inferencias que realizamos para dar cuenta de un evento o justificar una postura parten de nuestras creencias. No obstante, el problema es que estas creencias bien pueden sesgar nuestros juicios.  Cuando un sujeto se aferra demasiado a sus creencias, puede llegar a distorsionar sus explicaciones o argumentar falazmente (y el dogmatismo, tanto religioso como ideológico, representa el peor ejemplo).

Así, en el caso de los narcobloqueos, unos tienden a interpretar los eventos como un avance en materia de seguridad y a partir de ello, justificar las estrategias actuales en contra el crimen organizado; otros culpan a los opositores políticos de crear un "clima de enrarecimiento" que polariza a la sociedad; algunos más señalan que es una táctica del propio "sistema" para controlar a las masas e inhibir la protesta social, etc. No faltan los que recurran al usual tu quoque y reprochar que la indignación de muchas personas por los eventos es contradictoria, considerando que dichas personas son conformistas en otros menesteres. Tenemos, pues, todo un repaso de lugares comunes e interpretaciones que podrían aplicarse a prácticamente cualquier evento de importancia política: los apologetas del gobierno encausarán sus posturas hacia una apología del gobierno; los detractores encontrarán cualquier problema como síntoma de la descomposición del “tejido social”, cuya responsabilidad cae en el gobierno. Las ideologías, en tanto creencias injustificadas centradas en la posición de un grupo social, pueden sesgar o incluso obstaculizar las descripciones objetivas.

Mas, independientemente de si sus posturas están justificadas y sus conclusiones son verdaderas, el punto es que se trata sólo de conjeturas. Tanto en la ciencia como en las actividades cotidianas, lo que decide si un enunciado es verdadero o falso es su correspondencia con los hechos. El problema con las conjeturas en política es que su contrastación no resulta sencilla, pues atañe a intereses e intenciones que son difíciles de conocer, dada la opacidad en el manejo de la información por parte del gobierno y los medios.

Esto es muy usual en las instituciones de gobierno y en algunas empresas. En los tiempos en que se dan los cambios de mandos, los funcionarios y trabajadores ubicados en los diferentes puestos según las jerarquías suelen especular acerca de quién será el nuevo secretario o ministro, qué política se impondrá en caso de que X o Y lleguen al puesto y así sucesivamente. Dado que la continuidad laboral de las personas está en juego, es natural que éstas se preocupen y, por ende, especulen. La cuestión es que las decisiones de quién ocupará una jefatura o secretaría dependen de jerarquías más altas, y la información difícilmente es accesible, por lo que las conjeturas de las personas de niveles inferiores jamás abandonan el reino de la posibilidad. Pero no deja de ser interesante cómo se interpretan ciertos acontecimientos, como nombramientos o remociones de personajes, como indicios de “ciertas líneas” o jugadas de los altos jerarcas.  Estamos ante especulaciones que no son muy diferentes de las metafísicas.

Sin embargo, es necesario puntualizar. No está mal especular, pero hay que ser conscientes de cuándo especulamos. Las conjeturas en política pueden ser útiles para tratar de comprender la situación de un país, de una región o  una institución. Para que se puedan contrastar nuestras hipótesis políticas es necesaria cierta información, que, como he señalado antes, muchas veces no es de acceso público. Lo difícil es, pues, disponer de datos concisos. Si podemos constatar las hipótesis, hemos avanzado un paso; el siguiente, implica la revisión de creencias si éstas no concuerdan con las descripciones verificadas.

En este sentido, me parece que, amén de las conjeturas y especulaciones que podamos hacer sobre acontecimientos políticos o sociales, lo más importante es exigir estos datos y someterlos a escrutinio detallado, para corroborar la información, detectar las inconsistencias y las falacias, y si es el caso, señalar que la información es falsa o incompleta. Mijaíl Gorbachov bautizó su política de apertura como Glásnost, que literalmente quiere decir ‘transparencia’. El camino de la Glásnost mexicana, de la apertura informativa, ha sido tortuoso y con retrocesos. Pero hay que continuarlo. 

Publicado en Comunicación

“Lo más molesto de estos juicios que reprueban el uso de los helicópteros es que traen un hedor a complejo de inferioridad sin igual”. Carlos Mota

El columnista del portal virtual del periódico nacional El financiero expresa su molestia hacia la respuesta social que ha ocasionado el caso del gobernador de Morelos, Graco Ramírez ( http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/si-que-usen-los-helicopteros.html ). Además de señalar que dicha indignación, más que ser un reclamo del pueblo para el esclarecimiento del uso de recursos públicos -erario-, es un grito “hediondo” a envidia y complejo de inferioridad, el autor observa dos errores “fundamentales” en los reclamos. El primer error es, a consideración de Carlos Mota, el error de creer que México es accesible. La “orografía”, tal como lo menciona el autor es el primer error “fundamental” en que se encuentra la ideología de estos pobres, hediondos a envidia y acomplejados mexicanos -sarcasmo-. ¿Cómo se les ocurre pensar que un servidor público, por necesidad e incapacidad “orográfica”, pueda llegar en un transporte “público” y no en uno privado? ¿En qué mente alcanza la ignorancia -si ésta fuese mesurable- para creer que nuestro magnánimo Gobierno, en su justa y transparente rendición de cuentas, haya empleado la cantidad necesaria para el planeamiento y ejecución de sistemas de comunicación vial que efectivamente permitan el transporte y comunicación aprovechando el conocimiento orográfico que se tiene del territorio nacional? Y lo que menos puedo entender, ¿por qué los “radicales” no pueden entender, que pese a la agenda de los servidores públicos, sus asistentes y economía administrativa en general, son incapaces de hacer un viaje que puede tomarle horas, quizá días, si utilizan los mismos medios y recursos que el propio Gobierno -al cual representan- ha dispuesto en el sistema de caminos, cuando ellos pueden utilizar recursos “privados” y evitar así, “malgastar” su tiempo utilizando un método común y normal de transporte? Dejemos el sarcasmo de lado.

Sr. Carlos Mota. Si usted encuentra un error “fundamental” en los comentarios de indignación y reprobación, porque el sistema de caminos y transporte no le permite al Señor Gobernador, llegar a tiempo a X reunión a la que estuviese comprometido, le informo que su argumento, además de clasista e ignorante, carece de “fundamento” epistemológico, argumentativo y lógico. Si existe un problema con la “orografía” de México, no tiene nada que ver con el sistema de transporte que existe en éste o aquel país extranjero: Si en París, como menciona, un tren te lleva a tu destino en 2 horas, no es por la orografía del país, sino por el efectivo uso de los recursos para implementar un sistema de transporte adecuado a la topografía, orografía, demografía y en general, los diversos conocimientos y estudios necesarios.

El segundo error “fundamental” que observa el columnista y autor de la nota, Carlos Mota, reside en la ambigüedad de su propia incongruencia discursiva y la contradicción de aquello que denuncia: parámetros morales. ¡Denle una cerveza a este hombre, caray! “La sociedad mexicana está entrando en una paranoia moral caracterizada por juicios sumarios hacia personajes públicos, quienes son duramente juzgados acerca del uso de recursos que tienen a la mano.”

Una “paranoia moral”, porque no era suficiente diagnosticar, ignorantemente, de “acomplejamiento de inferioridad” a quienes se mostraron en contra de lo sucedido, ahora y para cerrar con una paradoja retórica psuedo-filosófica, hay que diagnosticarlos de paranoicos. Y no cualquier paranoia, una “paranoia moral”. Sr. Mota, me encantaría una exposición, con lujo de referencia bibliográfica sobre cómo se diagnostica y cuál es el cuadro semiótico sintomático de quien padece dicho trastorno. ¡Oh…! Disculpe usted mi malinterpretación ¿Acaso ese concepto fue meramente metafórico, destinado a señalar que existe una psicosis, un trastorno social que afecta el juicio moral con ideas delirantes sobre la realidad y la experiencia propia de quien lo padece? ¿O acaso su uso metafórico fue, en realidad, de uso poético-estilístico para acentuar, enfatizar su reprobación hacia estos sujetos (“La sociedad mexicana”) a los cuales, obviamente, usted no pertenece y sobre los cuales, obviamente, puede ejercer el mismo y paradójico juicio moral? Dejemos el sarcasmo, nuevamente. El segundo error “fundamental” que señala el autor apunta a que no existe el parámetro moral para denunciar, acusar, enjuiciar y condenar hechos político-sociales:

“¿Quién establece la barra de lo moralmente adecuado y lo separa de lo que no lo es? ¿Es un periodista, un político incorruptible, un organismo internacional como la OCDE? ¿Quién? En esta ocasión fueron los helicópteros; pero mañana podrá ser otra cosa: comer en el Estoril; vacacionar en San Francisco; hospedarse en algún FiestAmericana Grand; comprar unos zapatos en Ferragamo; o utilizar un auto Acura.”

La pregunta capciosa con la que pobre, ingenua y mediocremente intenta argumentar su segunda hipótesis, no está elaborada para responder “¿Quién?” La capciosidad se encuentra en la retórica de la confirmación que presenta una tercera hipótesis implícita, misma que se argumenta y se confirma en la pseudo-argumentación, del segundo error “fundamental”, visto en la pregunta misma: “Nadie”. Nadie puede establecer nada (moralmente), ni bueno ni malo… ¿Cómo lo harían si son presos de una “paranoia moral”? ¿Sus delirios pueden acaso, ser tomados como verdad? No. Nadie puede reclamar el uso, debido o indebido de recursos públicos. ¡¿Cómo se atreven?! Si los servidores públicos quieren hacerlo ¿Quién se opondrá; quién les pedirá cuentas, quién? ¡Nadie! Porque son ellos y somos nosotros. Son ellos: políticos, gobernadores, periodistas, servidores públicos; y somos nosotros: “pueblo delirante y hediondo de envidia”. ¿Complejo de inferioridad? ¿Acaso un reclamo de equidad, de claridad, de justicia, es sinónimo de un complejo patémico depresivo? Y en todo caso, si habremos de lanzar diagnósticos psicológicos -como lo hace el autor de la nota- ¿no es más lógico que los servidores públicos, en sus actos de prepotencia; en sus vidas de lujos inútiles -artículos domésticos y personales sobrevaluados: “de marca”-; en la hegemonía del “yo hago lo que quiero por mi posición” sean diagnosticados de “complejo de inferioridad”?

La tercer hipótesis que el autor maneja en su artículo, implícitamente, ya debe ser clara para este momento de la lectura. Esa hipótesis que argumenta y confirma los dos “errores” de la respuesta mexicana; la hipótesis que señala que el pueblo mexicano no debe reclamar nada, no debe reflexionar nada: El pueblo mexicano es pendejo. Ya llamó al mexicano, a nosotros y a él, entre-ellos, “paranoicos”. Ya nos cuestionó sobre qué autoridad -moral o social- tenemos para reclamar el uso del erario público. Y concluye como inicia: reafirmando que no tenemos nada que ver con lo que los servidores públicos, gobernantes, periodistas y políticos hagan. Obviamente México no tiene otros problemas que solucionar, dado que sus máximos líderes se ven libres de utilizar recursos públicos para resolver grandes problemas como: “la orografía y el cuestionamiento moral... o el llegar a tiempo a una reunión”.

Publicado en Crítica