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En estas tardes cálidas en las que no llama nadie a la puerta y la habitación se convierte en un gran sauna del que preferimos escapar, opté por convertirme en uno más de los que deambulan por la ciudad buscando las corrientes de aire, dejándome llevar por el discurrir de los pasos hasta que pronto estuve a las puertas del MUSA (Museo de las Artes), donde se presentaba la exposición “Los Modernos".

Hace unos meses formé parte del Jurado Mezcal en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, edición 31. Allí pude observar el filme de Gabriel Retes, cineasta mexicano, participante en la categoría a Mejor película mexicana. Con La cinta Enamor(d)ados, nos lleva a una época donde reviven los grandes intelectuales y artistas mexicanos. Sin embargo, justo como mencionaron algunos medios de comunicación, de arte e intelectualidad tuvo poco, ocasionando que ni a la crítica ni al público les gustase el producto. Independientemente de las actuaciones forzadas para lograr una exageración irreverente, la supuesta posición crítica de Retes es descarada y mal lograda por la utilización de chistes y humor ácido de muy bajo nivel. Ante el mal intento, ni siquiera me quedaban ganas de volver a escuchar de aquellos intelectuales mexicanos de los años veinte.

De vuelta al MUSA, me encontré frente a Autorretrato de Gerardo Murillo "Dr. Atl". A pesar de haber tenido una experiencia tan indeseable con el filme de Retes, me topé con dicho objeto y cambió mi percepción creada por una mala experiencia cinematográfica. Sin duda alguna hay que separar entre obra y artista, pero creo que el prejuicio de algo negativo ayudó, incluso más, a que la experiencia estética fuera impresionante.

No solo aprecié la técnica y el detalle tan preciso, sino que estaba superando mis expectativas como artista y, eso, era todavía más significativo. Autorretrato me exigió detenerme más tiempo del que regularmente dedico a las obras. Insisto, la experiencia estética en este caso no tuvo que ver precisamente con el aura del cuadro, sino que fue una totalidad y de un conjunto de experiencias previas que fueron re-interpretadas al momento de la relación entre observador-objeto.

En general, algunas obras me parecieron más interesantes que otras. El Picasso tenía un lugar privilegiado en la distribución de espacios, pero me fue indiferente. Uno puede reconocer la singularidad en la línea de Pablo, pero no me brindó un placer estético al observarle. Reconocí la técnica, pero nada más. Llegué hasta la sala que contenía las obras surrealistas y llamaron mi atención tres distintos cuadros que, posteriormente, me di cuenta que eran del mismo artista: Wolfgang Paalen.

El toisón de oro de Wolfgang se encontraba a uno o dos cuadros de distancia de Remedios Varo. Fue, al menos, curiosa la manera en que me detuve a contemplar El toisón de oro, ya que apenas había digerido la obra anterior. Pero fue incluso mayor. El azul celeste de fondo me provocó una sensación de equilibrio y de tranquilidad. Me permitió quedarme un momento más a observar los tonos que terminaban en algo más oscuro. En el centro, orientada más hacia la parte superior, está una mariposa con un detalle tan fino que se puede observar la textura. En las alas, donde regularmente tienen figuras particulares, hay dos ojos que posan ante el observador.

Es una mirada casi enfermiza que no permite ignorar la obra, pero sí refugiarse en los otros elementos. Hacia abajo se encuentra la parte inferior de un rostro; de los labios y medias mejillas hasta el cuello, que dan alusión a un jarrón. De esa forma, la mariposa y ese trozo de cuerpo forman un rostro que se sigue poniendo a la altura del observador. Podría decirse que es incluso irreverente, ya que no tiene intenciones de agradar por bello, sino por sus elementos tan bien trabajados y que forman un todo. Una columna de colores oscuros con un costado que simula el interior del cuerpo es el torso de la figura.

Hay una situación delicada con el surrealismo, pues el objetivo principal del artista puede ser malinterpretado por la forma. Sin embargo, el nombre mismo de la obra ayuda a comprender a qué refiere. La orden de El toisón de oro es representada de manera oscura, enigmática y sombría.

La segunda pintura que contemplé fue Gran Fumage, que estaba justo en frente de la primera. El fondo simple permite resaltar de forma excelsa a los elementos principales. Los colores forman parte intencionada de la estructura, ya que los blancos me parecen como la “médula” del objeto. Como sucede con el surrealismo y, más con Paalen, su arte es hermético. En ocasiones toma mucho tiempo para poder asimilar lo que presenta el objeto, pero transmite su complejidad a través de los colores, las texturas y los ojos.

A un costado estaba Madre de Ágata. Los colores marrones, café y amarillos me dieron una sensación de intriga. Pero aún más, se caracteriza por sus líneas y sus puntos que van de unas direcciones a otras. Aunque tampoco se pierde, ya que denota bastante claro su elemento esencial justo en el centro. La posición de la obra era igual que las dos anteriores, pero debido a su tamaño muestra superioridad.

Hay algo que pude observar al visualizar las tres obras: existe un patrón y una intención generalizada de parte del artista. Primero, el cuadro debe estar justo frente a ti para generar una horizontalidad que permite la conexión de apreciación. Segundo, los ojos como elementos explícitos es una forma grotesca de que el observador no solo admire el objeto, sino que se vea a sí mismo en ese proceso.

El proceso, entonces, se configura como si se tratara de un “observador observando la observación de lo observado” o, incluso, sería “lo observado observando la observación que hace el observador de lo observado”. Es un principio de procesamiento de información llevado al terreno del arte y la contemplación.

Por otro lado, las estructuras son otro elemento presente en las obras de Paalen. Siempre forman el torso o cuerpo del objeto, como una forma de sublimar lo medular a un pilar que sustenta el todo. Sin duda alguna puede generarse un sentimiento de purga al apreciar sus obras surrealistas. La tensión primaria donde los elementos están puestos, terminan por estabilizarse mediante la comprensión de cada uno de ellos.

Mi juicio final respecto al arte de Wolfgang Paalen es que se trata de obras herméticas, intensas, irreverentes ante la asunción de lo simple y poéticas. El uso de colores no es fortuito, porque transmiten tanto la atmósfera del fondo como la armonía del elemento principal. Y la mirada incisiva que siempre hace cuestionarse al observador si realmente está complacido con su observación.

Una tarde en el MUSA nos brinda la frescura necesaria del oasis en medio del calor insolente de Guadalajara, además que nos invita a la reflexión de los objetos que en el lugar descansan, esperando la mirada inquisitiva del sudoroso espectador.

Publicado en Arte

“Cuida, administra y preocúpate por tu tiempo libre o alguien más lo hará por ti (la tele, internet, los prejuicios o costumbres arraigados en la sociedad) y comenzará a ser de ese ocio que es la madre de todos los vicios”

 

El tiempo libre es, básicamente, el resultado de la evolución misma del homo sapiens. Al tener herramientas y animales que se encargaran de los trabajos más pesados para la supervivencia -como garantizar alimento o  la protección de otras especies- el tiempo libre se hizo presente.

¿Qué va a hacer este homínido súper desarrollado con el tiempo que le sobra?

Podría seguir haciendo lo que hace para garantizar todavía más su supervivencia, pero evidentemente llegaría un momento dónde él mismo u otros se darían cuenta de que ya no era tan necesario, y que se podría utilizar ese tiempo para otras cosas no tan urgentes, que paradójicamente resultarían ser, después de un tiempo, tan o más necesarias para su supervivencia y desarrollo como especie.

Desde planear estrategias militares o de combate para vencer a enemigos potenciales, o mejorar las herramientas rudimentarias desarrollando técnicas de construcción y experimentando con materiales para hacer armas más letales y efectivas. Revisar las formas mismas en que se organizan, distribuyen y administran los recursos naturales procesados por ellos mismos para relacionarse eficientemente con la naturaleza que les rodea y mejorar los resultados obtenidos hasta el momento.

Cada una de ellas debía ser atendida durante un tiempo: el libre.

Y esto poco a poco ha cambiado, el hombre no sólo quería sobrevivir, sino que ese mismo hastío de “la propia existencia necesaria” le exigió crear formas de entretenimiento y esparcimiento.

Y curiosamente nos detenemos a pensar, ¿fue la humanidad la que creó el tiempo libre?, o ¿fue el tiempo libre el que creó nuestra humanidad? Como sea, estas manifestaciones de aburrimiento colectivo derivaron en costumbres que a la fecha seguimos practicando.

Y es curioso cómo podemos, desde este diario transitar, revisar esa herencia y como aprovecharla o desperdiciarla en nuestra vida cotidiana.

Categoricemos:

Para el problema en cuestión, a criterio personal, es necesario discernir los tipos de “ocio” o tiempo libre del que disponemos para entender el fenómeno a cabalidad. Primera distinción:

1-Tiempo libre improductivo.

2- Tiempo libre productivo.

El primero, entendámoslo como aquel que no podemos evitar. Esos momentos donde simplemente queremos quedar en calidad de “camote encostalado” y no hacer nada de beneficio para nadie. Es inevitable, y al mismo tiempo importante. Pues creo fuertemente que es una forma de recordarnos, aunque sea de vez en cuando, que podemos disponer de nuestra existencia en la más absurda de las empresas “valer para pura ve&%#ga

La segunda, que es la que en realidad me interesa, debemos entenderla como aquel tiempo libre donde tenemos la energía y el ánimo para hacer algo. En sentido estricto, para “CREAR”. Es en aquella donde el término “cultura” (del latín “cultivar” o algo así encontré en Wikipedia) adquiere su sentido literal. Cultivamos algo en nosotros o en otros o en ambos, para beneficio o perjuicio de los mismos.

Lo que me exige una segunda distinción:

3- Tiempo libre en comunidad.

4- Tiempo libre a solas.

En la primera encontramos todas aquellas actividades que compartimos con otros, que más allá de la actividad misma, refuerzan los vínculos sociales (que ya por si mismos son fundamentales para el óptimo desarrollo psíquico y social de los individuos) y que nos ayudan a compartir lo que hemos cultivado por nosotros mismos o en otras comunidades.

Y el tiempo libre a solas, que es en particular el que más llama mi atención por varias razones. Es, como ya habrás podido anticipar, aquellas actividades que realizamos sin el ojo observador de la sociedad, sin las cargas morales o ideológicas sobre el cómo o en qué administramos nuestro tiempo y energía productiva.

Sobre estas 4 categorías me apoyaré para exponer el problema actual que a criterio personal, atenta contra el sano desarrollo del tiempo libre.

¿Hay una lista de actividades ociosamente buenas y una de las malas?

Lo primero que le viene a la mente a uno al pensar en ocio malo evidentemente es ver tele. Aquel “diablo disfrazado en túnicas LED” que nos priva de nuestra libertad y tiempo libre… Pero seamos un poco más profundos en la cuestión y no satanicemos con generalizaciones vulgares que lo único que harán es llevarnos a “lugares comunes” (es decir, a no pensar).

La cuestión más pedestre sería: Es malo ver tele, estar en internet, jugar video juegos o leer comics, mientras que leer novelas, hacer deporte, ver cine de arte, ir a la opera o recitales de poesía sería lo ideal para cultivarnos.

Ya en este punto del desarrollo cultural, debemos reconocer que:

“No toda la tele es mala y no todos los libros son buenos”

Hay programas de televisión que, desde mi perspectiva, pudieron evitarme semestres enteros en la universidad y sagas literarias que están estropeando a las nuevas generaciones en este preciso momento.

Para estas cuestiones, normalmente me gusta usar la expresión

“El problema no es el qué, sino el CÓMO”

A lo que me refiero y quiero compartir en este ensayo es el fascinante fenómeno que estamos viviendo en cuestión del tiempo libre. Ya no es, como hace un par de años, ver la tele con la sosa programación de “teidiotiza” o “tentorpezca” donde el entretenimiento televisivo se reducía a la novela de las 8 que es la misma historia que se ha repetido una y otra vez, o el partido de futbol, que si lo pensamos también es la misma historia que se repite una y otra vez (versión masculina).

El problema con lo anterior comienza desde el hecho de que la programación y contenidos de la televisión pública están perfectamente diseñados para fines políticos y sociales particulares de cada país desde la creación de la radio. El problema es reconocerlo y aceptarlo.

Pero actualmente el fenómeno ha adquirido nuevas dimensiones con la liberación de las redes sociales, donde uno deja de ser simple espectador y abandona la postura de estupor receptivo y adquiere el rol activo de opinión sobre lo que recibe, o que otros pretenden que asimiles sin cuestionar.

Empezando por ese fenómeno, podemos decir que hay un cambio en los hábitos de entretenimiento. Aunado a un aumento en la población que cada vez adquiere una educación de mayor calidad -que a su vez exige contenidos más complejos o elaborados- la cual ha obligado a que cada vez haya más opciones para un público creciente, diverso y exigente.

Por lo que, en cuestión de contenidos para el entretenimiento se refiere, tanto internet (que por sí mismo es un océano de posibilidades en este sentido) como las televisoras, han modificado inevitablemente los hábitos del consumidor.

Por otro lado, no sólo debemos hablar de lo que sale en la tele, la radio o el internet, también debemos poner atención en lo que hacemos por propia cuenta.

Las actividades  en comunidad como reunirse a ver el partido (a aquellos que he acompañado, no me lo tomen a mal), una película, grupos de lectura, vamos hasta ir a misa, son importantes. Yo odio el futbol, pero me gusta ir y disfrutar la compañía de amigos. Me daría lo mismo si fuera patinaje artístico, lo odiaría si detectara la función política que tiene para desviar la mirada de otros temas. Pero lejos de ese ámbito, reconozco que son actividades importantes para el desarrollo cultural y personal.

Podría proponer: “No hay que ver deportes, hay que practicarlos” pero creo que tampoco es el punto al que quiero llegar, digo, he visto señores panzones jugar futbol con la chela en la mano un domingo por la mañana y no creo que sea la idea de hacer deporte.

O podríamos, de igual manera, leer cualquier libro de superación personal, devorar uno tras otro o tomar una saga literaria para pubertos calenturientos, que solamente reafirman los ideales que antes salvaguardaba exclusivamente la televisión.

El problema no creo que sea, en sentido estricto, la actividad que realizas. La cuestión es la toma de consciencia que debemos desarrollar sobre la importancia que tiene el tiempo libre u ocio en nuestra propia existencia.

Es decir, dejar de creer que esas actividades son el residuo destilado de las cosas importantes y que por ende lo que sea que hagamos no tienen importancia o trascendencia en nuestras vidas como tal. Es el reconocimiento de que esas actividades son las que nos definen y distinguen como individuos y que, a su vez, nos acercan o distancian de otras personas dependiendo de nuestras decisiones.

Que es en el tiempo libre donde experimentamos la libertad de poder ser-hacer nuestra humanidad y definimos nuestro estar en el mundo. Abandonar pues, la creencia de que es tiempo perdido, y reafirmar que este es en realidad fundamental para nuestro desarrollo como seres humanos.

Vivimos en una sociedad que nos enseña a no estar solos en ningún momento, a temerle a la soledad. Lo cual, quiero creer que se desprende del temor maternal de que el pinche chiquillo no termine con unas tijeras metidas en la nariz por puro aburrimiento. Pero después de la infancia, ¿por qué temer?

Y digo esto a razón de personas que me han compartido que en sus hogares no pueden experimentar de un momento a solas y eso, evidentemente, se refleja en su personalidad. Y pocas veces tenemos la oportunidad de escuchar una apología del tiempo a solas; que es cuando nos confrontamos a nosotros mismos, a nuestros gustos, nuestras dudas, nuestras molestias. No por nada la regadera termina siendo el lugar más reflexivo que muchos llegan a conocer.

Es indispensable la intimidad con uno mismo y el tiempo para poder experimentar la potencialidad de lo que puede surgir a partir de esa relación de auto-descubrimiento.

Para ponerlo en palabras del que fuera, según Nietzsche el mejor psicólogo de la historia, Fedor Dostoievski:

«No hay peor castigo que prohibirle a una persona estar sola, ni siquiera aislarla, si no, prohibirle en todo momento que se aleje de la multitud» La casa de los muertos

O sea, ¿qué pedo con eso de la Ludosofía?

En primera, es un término acuñado desde la antigüedad por la orden episcopal de pitagóricos fenicios, que desde los inicios de la humanidad (…) Mna, en realidad me lo saque de la manga. Pero creo que es lícito acuñar algún término para definir la idea que intento plantear.

Los que tengan desempolvadas sus referencias etimológicas, sabrán que “Ludo” equivale a juego o diversión y “Sofía” a sabiduría, como comúnmente se entiende. En resumidas cuentas, se trata de establecer una visión sobre el entretenimiento consciente de sí o por hacer que suene más mamerto; sobre “un entretenimiento sabio”.

Es utilizar todos los elementos de nuestra educación o formación para buscar contenidos que nos permitan divertirnos o disfrutarlos para a su vez, acercarnos a nuevos contenidos que nos permitan tener una gama mayor de posibilidades de entretenimiento. Algo así como una “zona de desarrollo próximo-lúdico” en términos de Vigotsky.

Así, quienes entiendan de química, podrán acercarse a contenidos como Breaking Bad, o a quienes ya la hayan  visto, posteriormente podran tener un referente de contenido sobre la angustia de un padre, al querer salvar un patrimonio para su familia ante la idea de la propia muerte.

O por ejemplo, un programa tan inocente como 31 minutos que es sobre marionetas hechas con 3 pesos, abordar problemas políticos, éticos, espirituales, ecológicos con la mayor ligereza posible. En lo personal puedo confesar que entendí cómo funcionaba un golpe de estado jugando Vandal Hearts y Final Fantasy, o la corrupción gubernamental con el MGS de Play Station. Como no reconocer el impacto que puede tener una pelicula como Matrix o Inception -el origen- para comenzar  a interesarte sobre preguntas onto-filosóficas  o  incluso en cuestiones eticas como en La decision mas dificilThe Watchmen.

Una persona que disfruta la literatura, podrá reconocer,  disfrutar o criticar el guion de una serie televisiva o película. Al igual que alguien que tenga conocimientos de historia, al leer una novela clásica, reconocerá los eventos o el contexto del escrito, o incluso identificar el trasfondo en la letra de una canción que le agrade. Y esa canción tendrá mucho más sentido en el soundtrack de alguna película, enfatizando la intención del director al ponerla en una escena en específico. Es decir, todo esto nos acerca poco a poco al lenguaje de los creadores de entretenimiento en una peculiar dialéctica entre el “crear” y “adquirir” entretenimiento.

Es un inevitable vórtice de “entretenimiento-conocimiento-experiencia-desarrollo humano” que nos arrastra a seguir adelante y tener que cuestionarnos de cotidiano sobre nuestros hábitos de entretenimiento y sus efectos en nuestra vida.

Y no es de extrañar, teniendo lo anterior en cuenta, que aquellas personas que tienen un bagaje “intelectual” y cultural más amplio, sean también los que normalmente tienen un bagaje amplio a su vez en cuestiones de la cultura popular  (Recuerdo perfectamente nuestro longevo maestro de neuro-filosofía platicar en clase su fascinación por las películas de Zombies)

Conclusiones:

A final de cuentas se trata de reconocer que el tiempo libre puede ser utilizado de manera eficiente si logramos hacernos de ánimo o el hábito, de recuperar ese tiempo perdido (Digo, este escrito me lo avente en el celular mientras viajaba en camión y después lo terminé a las 7am de un domingo).

Reconocer que un deporte es importante no por el resultado final de un partido entre jugadores a los cuales nuestra vida les vale un sorbete; sino el tomar consciencia de los valores o principios que dicho deporte aportan a nuestra vida si lo practicamos (disciplina, cooperación, coraje, honor, etc.) E insisto en este punto sobre el “tiempo libre improductivo” es válido, pero no debe ser exclusivo.

El cuerpo que habitamos es una maravilla orgánica. Nos da premios químicos si logramos desarrollar nuevas habilidades o si adquirimos nuevos conocimientos (sean profundos o estúpidos): endorfinas, serotonina, dopamina y noradrenalina, que podemos adquirir en lata, sobres y costales para llevar.

Al cerebro le da igual si los adquieres tomando alcohol, consumiendo drogas, escribiendo, dibujando, componiendo música, peleando, inventando dramas familiares o investigando. Él te va a premiar de todas formas.

La diferencia radicará en las consecuencias. Tomando un fragmento de mi psicoanalista hegeliano favorito Igor A. Caruso:

«Aquellas actividades en las que invertimos la energía libidinal para abrirnos  camino y acercarnos a los otros, las denominamos “sublimación” y aquellas que nos aíslan y dificultan nuestro propio desarrollo individual y colectivo, las denominaremos “perversión”» La separación de los amantes

Y para no ponernos muy pseudo-científicos en la cuestión, hay que decir que es una necesidad hasta biológica hacer este tipo de cosas, pero no es indispensable utilizarlas en propio beneficio o de manera consciente. Y es por esto último, la intención de escribir el presente texto.

Dejo las consideraciones aquí descritas para su posterior análisis  y reflexión, ya sean a favor o en contra.

Publicado en Análisis social
Lunes, 23 Marzo 2015 00:00

La risa y los chistes en la Antigüedad

Si tuviéramos que determinar con rapidez lo prejuicios de una cultura que nos es ajena por completo, no cabe duda que uno de los modos más sencillos e inmediatos sería analizar sus chistes. Un simple vistazo a los chistes en México lo comprueba; ahí vemos desfilar un estereotipo tras otro: los gallegos —que por alguna oscura razón llegaron a representar la estrechez de miras—, las distintas nacionalidades típicamente caracterizadas —mexicano, gringo, alemán argentino, etc—, Pepito —curiosa mezcla de inocencia y obscenidad— y en general todos los presupuestos de género detrás de la práctica del albur.

Pero no es eso lo que me llama la atención de los chistes, sino su mecanismo. Y aquí nos topamos con algo que, aunque se ha dicho muchas veces, no deja de ser sorprendente: culturas por completo ajenas a nosotros en espacio y tiempo han echado mano de los mismos procedimientos o recursos para suscitar la risa. Desde este punto de vista, tal parece que nos gusta emplear —por así decirlo— los mismos cajones o compartimientos una y otra vez pero sólo cambiando aquí y allá el contenido: la estructura se queda igual o relativamente intacta. Veamos si esto es cierto en algunas de las compilaciones de chistes de hace siglos.

Uno de los textos más ricos de la Antigüedad grecolatina para ver con qué reía la gente hace siglos es el Philogelos (El amante de la risa) atribuido a un tal Hierocles y a un gramático llamado Filagrio. Se cree que esta colección —unos 265 chistes— se hizo alrededor del siglo III d. C., aunque hay indicios de que la edición final es de inicios de la época bizantina: siglo VI d. C.

Sabemos que los chistes son capaces de hacer eco de tiempos muy anteriores al momento en que realmente se cuentan. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con los refranes: cuando decimos en México "ver moros con tranchete" estamos actualizando, por medio del lenguaje, una realidad histórica española previa al siglo XVI. ¿O será que lo que está de fondo es la lengua en general como pieza arqueológica viviente? En fin, no me desvío. El punto es que aquellos chistes griegos del siglo III d.C. seguramente se remontan, a su vez, mucho tiempo atrás por medio de la tradición oral.

Para hacer reír, los chistes del Philogelos explotan un procedimiento —o cajón— que conocemos bien en la actualidad: la burla a los vicios o las faltas de la gente. Se trata, como lo seguimos haciendo ahora, de acentuar los rasgos negativos que se consideran característicos de algún grupo. Así, en la antología, vemos desfilar al avaro, al fanfarrón, al necio, al cobarde, al perezoso, al envidioso y al misógino. También entran algunas profesiones características, como médico o peluquero. Entre éstos, el más llamativo es el "erudito pedante" (σχολαστικóς); se trata del profesor e "intelectual" que pretende saber mucho y en realidad no sabe nada. ¿Parecidos con la actualidad?

En fin, veamos algunos. Las traducciones son mías y debo decir que me tomé ciertas libertades para hacerlos comprensibles. El número que aparece al inicio es el lugar en que aparece en la antología:

55. "Un intelectual astuto que estaba falto de dinero se puso a vender sus libros. Escribiéndole a su padre, le dijo:

—Alégrate por mí, padre, pues la escritura ya me alimenta."

104. "Un avaro, al escribir su testamento, se nombró a sí mismo el heredero."

109. "Un necio escuchó que en el Hades se hacían juicios justos. Un día, tuvo un problemilla [de carácter legal] y se ahorcó."

206. "Le preguntaron a un cobarde:

—¿Cuáles son las más seguras de las embarcaciones? ¿Las grandes o las redondeadas?

—Las varadas."

255."Un intelectual, al enterarse de que los cuervos viven más de doscientos años, compró uno y lo cuidó para ver si era cierto."

Notemos que, al menos aquí, la tesis de Henri Bergson sobre la risa —en su famoso libro La risa. Ensayo sobre el significado de lo cómico— es particularmente explicativa. Para él, la risa es un mecanismo o "gesto social" que tiende a reprimir los defectos o las posibles excentricidades de los miembros de un cuerpo social, es decir, tiende a dar agilidad y movimiento a la rigidez o torpeza mecánica que puede ocurrir en la sociedad. La risa es, entonces, un mecanismo de perfeccionamiento o equilibrio social que hace que, entre los dos polos de la agilidad y la rigidez, aquélla gane terreno sobre ésta. En fin, la risa es parte de ese principio vital (el famoso élan vital de Bergson) que nos mantiene en movimiento y en estado de creatividad. Por eso vemos a un avaro llevado a extremos absurdos nombrándose heredero a sí mismo; un intelectual que ni siquiera sabe cuánto puede él mismo vivir para comprobar algo; un necio que entiende todo en el sentido más literal posible, etc.

Así, al igual que la curiosa —y sin duda injusta— caracterización de los gallegos en México, el Philogelos plantea la visión de un griego educado para quien los habitantes de Abdera y de Cumas no podían sino parecer unos brutos:

110. "Entre los abderitas, la ciudad se dividía en dos partes: los que vivían hacia el oriente y los que vivían hacia el poniente. Así, cuando de pronto unos enemigos se lanzaron contra la ciudad y causaron gran confusión, los que vivían del lado oriental se decían entre sí:

—No nos alborotemos, pues los enemigos van hacia las puertas del lado poniente."

164. "Un cumano se sumergió y de pronto empezó a llover. Para no mojarse, se metió hasta lo hondo."

165. "Un cumano compró unas ventanas y preguntó si permitían ver hacia el mediodía."

Pero regresemos a Bergson. La risa que más le sirve a su definición es la que tiende de algún modo a la burla o la satirización. Dice el filósofo francés que nos reímos sólo de lo humano —incluso cuando nos reímos de una cosa o un animal, es porque lo humanizamos en cierto modo—, y tiene sentido, pero Bergson deja de lado algo crucial sobre el chiste, y esto es a lo que quiero llegar con todos estos ejemplos de chistes antiguos. A Bergson le cuesta más trabajo, en su teoría de lo cómico, dar cuenta de un procedimiento típico de lo risible: cuando lo cómico se centra exclusivamente en la lengua y en su enorme capacidad para hacer entrecruces semánticos y generar dobles sentidos. El número 148 es un buen ejemplo al respecto:

"Un peluquero charlatán le preguntó a un gracioso:

—¿Cómo te lo corto?

—En silencio."

Aquí, como gran parte de nuestros chistes actuales, lo central no está tanto en el vicio. El objeto risible aquí ya no es tanto una persona tipificada como tal, sino el lenguaje mismo que se vuelca sobre sí mismo y nos muestra la ambivalencia en una pregunta que utiliza el cómo. Y no se trata del defecto de la anfibología o incomprensión, sino de mostrar la inagotable riqueza semántica de la lengua. Y con esto llego al que me pareció el mejor chiste del Philogelos, pero requiere cierta explicación para entenderse, pues se basa en un juego de palabras casi intraducible. Se refiere a un ὀζόστομος (ozóstomos), alguien a quien le huele la boca:

232. "Un hombre al que le olía la boca no dejaba de besar a su mujer y le decía:

—Mi señora, mi Hera, mi Afrodita,

Y ella, alejando la cara, le decía:

—Oh, apesto-Zeus mío. Oh, apesto-Zeus mío."

Lo que dice al final la mujer es ὀζεύς μου, ὀζεύς μου (ozeus mu, ozeus mu). En griego antiguo, ὄζειν (ózein) significa "oler" y ὁ Ζεúς (ho Zeus) es el dios que todos conocemos. Yo sí me reí, la verdad.

El punto es que aquí se ve con claridad el hallazgo lingüístico en que se basan los chistes con tanta frecuencia. Me cuesta trabajo ver aquí la "función social" de lo cómico, tal como lo caracterizaba Bergson. Para él, toda risa tiene necesariamente un objeto, siempre un "reírse de...", y si ese objeto es el hombre mismo o lo humano, entonces tiene una función social. Esa función es la de un tipo de reprensión o correctivo social, una tendencia a encauzar las fuerzas por donde deben ir: lejos de la rigidez y lo estático. Pero cuando la risa se desprende de un curioso juego de palabras como un calambur, no es tan clara esa función de correctivo social.

¿Calambur? Ah, estoy seguro que usted conoce muy bien el calambur e incluso lo utiliza a veces, sólo que quizá no sabía que hay un nombre para él. Aquí un ejemplo famoso que se le atribuye a Francisco de Quevedo: en una ocasión, Quevedo, que iba a ver a la reina Isabel de Borbón —que era coja—, apostó con unos amigos a que le echaría en cara su defecto físico sin que se diera cuenta. Quevedo consiguió entonces un rosa y un clavel para llevárselos y le dijo:

"Entre el clavel y la rosa

su Majestad escoja".

¿Verdad que es muy frecuente el calambur para generar chistes?

En fin, estoy convencido de que, para todos nosotros, entender es una forma de placer. Al final, ¿no viene de aquí también el tremendo magnetismo con que nos atrae la literatura? En estos casos, de cualquier modo, me parece de poco interés la "función social" de lo risible, más allá del argumento de que reír nos cambia el humor súbitamente o que implica mover los músculos abdominales y que por tanto trae beneficios a la salud. No. Si reímos aquí es porque nos fascina desenmascarar significados ocultos, captar sobre-implicaciones y dobles sentidos. Al menos en este caso, reímos por una especie de hedonismo hermenéutico; nos regodeamos en el propio lenguaje y nuestra facultad para crear y captar la diversidad de significados. En este contexto predominantemente lingüístico, pues, no hay risa sin inteligencia.

Por eso, un chiste explicado siempre deja de ser un chiste; por eso, quizá todos alguna vez hemos dicho que sí entendimos un chiste cuando en realidad no estamos tan seguros. ¿No? Bueno, confieso que yo sí lo hice alguna vez.

Otro de los documentos antiguos más ricos sobre el chiste es un largo apartado que pone Cicerón en el libro II de Acerca del orador (De Oratore, II, 217 y ss.). Muchos dicen que el Philogelos es la colección más antigua de chistes, pero lo cierto es que este apartado de Cicerón es, con toda justicia, un mini-tratado sobre la risa y el chiste, y es anterior por cuatro siglos. Aquí dos ejemplos:

"—¿Cómo juzgarías a alguien que es sorprendido cometiendo adulterio?

—¡Lento!". (De Orat., II, 275)

No hay que explicarlo, ¿verdad? Aquí el otro:

"Un mal orador, creyendo que en el epílogo de su discurso había provocado la misericordia en el público, se sentó y luego me preguntó:

—¿Viste cómo los moví a todos a la misericordia?

—Y vaya que muy grande —le dije—. No creo que haya alguien con el corazón tan duro, que tu discurso no le haya dado lástima." (De Orat., II, 278)

Los dos chistes se basan en equívocos y son análogos por esa facilidad de cualquier lengua para generar dobles sentidos. Aquí cuadra mejor lo que decía Freud, quien, después de analizar en su famoso libro El chiste y su relación con el inconsciente una buena cantidad de chistes claramente elocutivos o verbales, enuncia la regla general que los rige: "De este modo permanece siendo la condensación la categoría superior. Una tendencia compresora o, mejor dicho, economizante domina todas estas técnicas". Es la condensación semántica, al menos aquí, el origen de lo risible. Nótese que digo "al menos aquí", porque seguramente esto no tiene nada que ver con las razones por las que nos reímos al ver secuencias repetitivas o absurdas como en Chaplin o en escenas al estilo de El Gordo y el Flaco, para lo cual mejor consúltese el análisis de Bergson.

Pero mucho antes de Bergson y de Freud, ya había habido en la Antigüedad reflexiones sobre la naturaleza de la risa. Los teóricos grecolatinos —Aristóteles o Cicerón, por ejemplo— hacían una clara distinción entre dos tipos de risa: una baja y grosera, y otra elevada y culta. Se creía que uno de los componentes principales de una persona "urbana", es decir, "educada" y "civilizada" en los ideales culturales de la ciudad y por tanto ajena a la "rusticidad", era precisamente saber hacer chistes; eso sí, que no traspasaran los límites de la prudencia y el "decoro". Incluso el mismo Aristófanes, sin duda el comediógrafo griego más escatológico, defendía en Las nubes un ideal cómico basado en el humor "inteligente".

Risa

Stephen Halliwell, uno de los mayores estudiosos de esto en la Antigüedad, deja en claro con muchos ejemplos que en la Grecia antigua la valoración de la risa dependía de un criterio moral acerca de lo socialmente aceptable y lo que no se podía permitir. Y es que la risa estaba anclada profundamente en las costumbres de los antiguos. Había espacios y contextos —sobre todo los "banquetes"— exclusivamente dedicados a esta risa inteligente y "urbana". La comedia, por su parte, se origina en un marco de festividades religiosas griegas. En los lupercalia latinos, aquella extraña y antiquísima ceremonia donde unos adolescentes corrían semidesnudos después de haber sido untados con sangre y leche y se ponían a dar de latigazos a cuantos se cruzaran en su camino —si le tocaba a una muchacha núbil, se tomaba como un buen presagio de fertilidad—, en esa ceremonia, pues, los jóvenes no podían comenzar con todo eso sin antes haber hecho una "solemne" carcajada ritual.

También, dadas las costumbres y sobre todo la educación de los antiguos, no podían sino llegar a la conclusión de que la risa era una de las mejores maneras de obrar sobre un individuo y persuadirlo. No es en vano, pues, que el gran orador en lengua latina, Cicerón, se haya conocido también como particularmente proclive a los chistes (llamadas "facecias"). Quintiliano nos dice que en su propia época —un siglo después de Cicerón— circulaban compilaciones de chistes del gran orador. La risa es, pues, un medio excelente para discutir y convencer.

Nos cuenta Cicerón que Cayo Lelio, cónsul en el año 190 a. C., discutía un día con alguien que se sabía era nacido de un "mal linaje". Le dijo éste a Cayo Lelio:

—Creo, Cayo Lelio, que no eres digno de tus antepasados.

—Y tú, por Hércules, muy digno de los tuyos. (De Orat., II, 286)

Estamos, pues, ante lo risible como arma en el debate, en la respuesta. ¿Acaso no nos ha pasado a todos que, al presenciar una discusión acalorada, más que basarnos en los argumentos y las ideas como tales de los contrincantes, nos ponemos instintivamente a favor de quien sabe tomarse las cosas con ligereza y muestra incluso ingenio en sus respuestas? El carácter de alguien también pesa mucho en las discusiones.

Por último, si avanzamos en el tiempo, nos damos cuenta de que estos dos rasgos con los que se veía lo risible en la Antigüedad —lo cómico como lo urbano, educado e inteligente, y como un arma utilísima de convencimiento o enseñanza— se retoma con claridad en el Renacimiento y termina siendo un componente clave de la literatura moderna. A partir del siglo XIV, vemos que los chistes y lo cómico en general tienen en Italia un éxito sin parangón. Es la misma oleada de comicidad que veremos en Boccaccio y, después, en Rabelais y en Cervantes (y todavía en el siglo XX, el mejor ejemplo que conozco que retoma claramente esta tradición es Palinuro de México de Fernando del Paso). Las antologías de chistes abundan aquí y allá en la Italia renacentista. Aquí dos ejemplos del Libro de chistes (Liber facetiarum) que, entre 1438 y 1452, escribió en latín Poggio Bracciolini:

200. "Un predicador estaba ante el pueblo en la fiesta dedicada a san Cristóbal y enaltecía al santo con gran profusión de palabras porque había cargado al niño Jesús en sus propios hombros. Preguntaba con insistencia:

—¿Y acaso habría alguien que tuviera tan gran privilegio de cargar al mismo salvador?

Y seguía y seguía con la pregunta:

—¿Qué otro habría podido recibir la misma gracia?

Así que, entre los presentes, un gracioso que ya estaba hastiado de oír la pregunta, le dijo:

—El asno que cargó al hijo e incluso a María."

204. "Deambulaba por la calle un habitante de Perusa [Italia] muy pensativo y triste. Se acercó alguien que iba pasando y le preguntó qué lo tenía tan preocupado, a lo que él respondió que debía mucho dinero y que le parecía imposible pagarlo. El otro le dijo:

—Ah, tonto, deja esas preocupaciones para el otro al que le debes".

Estos chistes ya no son puramente lingüísticos, basados en equívocos o en juegos de palabras. Pero muestran igualmente esa conexión entre risa e inteligencia, que es el punto de este breve recorrido por los chistes antiguos. En ellos se ve con nitidez uno de los procedimientos más populares del chiste: preparar al inicio el terreno para que después venga, al final, un vuelco contra lo esperado, un revés imprevisto. Se nos muestra un aspecto de las cosas siempre nuevo, siempre distinto, y el oyente o lector tiene que dar ese salto mental al otro lado. ¿Hay risa? Es que la inteligencia está jugando.

Publicado en Divulgación
Jueves, 13 Noviembre 2014 00:00

Un “Cantinflas” gitano

La película "Cantinflas" no está mal, aunque tiene varios detalles que impiden que alcance sus pretensiones. Decir que no está mal es, ante todo, en comparación con la mayor parte de las mediocres cintas del "nuevo cine mexicano".

La elección de Óscar Jaenada como intérprete del mal llamado "Mimo de México" ha provocado las más burdas reacciones chauvinistas, que no conciben que un actor español encarne a Cantinflas (¿esperaban a Carlitos Espejel?). A decir verdad, la película se sostiene, en gran medida, gracias a la sorprendente actuación del barcelonés, quien consigue replicar gestos, ademanes, timbre de voz y el estilo histriónico de Mario Moreno.

Más lamentable es el resto del elenco, actores mexicanos incluidos. La sola mención de Adal Ramones en los créditos como Fernando Soto "Mantequilla" es suficiente para ahuyentar a muchos cinéfilos, aunque su presencia en el filme dura (afortunadamente) escasos segundos. De hecho, la mayor parte del reparto, que incluye muchas estrellitas de las telenovelas que encarnan a verdaderos actores del cine de Oro -Jorge Negrete, Miroslava Stern, Andrés Soler, Dolores del Río, etc.-, aparecen por algunos segundos y muchos de ellos ni siquiera tienen una línea en el guion; que, para el caso, no sé si podría considerarse el reparto más desperdiciado en el cine nacional o un mérito de la cinta.

El verdadero problema de la película es su desarrollo anti-clímax. El filme avanza con un ritmo parsimonioso, lleno de flashbacks y pequeños segmentos de algunas réplicas de las escenas de las películas originales de Cantinflas, con desarrollos a medias y una culminación que ha decepcionado a más de un crítico y espectador: se presenta la incursión del cómico mexicano en Hollywood como el pináculo de su carrera. Ciertamente, esto remite a una paradójica creencia, ampliamente extendida en la cultura popular, de que la importancia de una figura mexicana radica en su éxito en el extranjero -y hay que decir que la aventura hollywoodense de Cantinflas fue efímera, pues filmó un par de películas, malas en su mayoría-.

Pero honestamente, me parece mejor que la película concluyera ahí. Muy lamentable habría sido ver la decadencia del viejo Mario Moreno en las películas a colores de los años sesenta, setenta y ochenta -como "El padrecito", "El señor Doctor", "El patrullero 777" y demás bodrios-, en las que cambió la irreverencia y el cantinfleo por patéticos discursos moralistas y políticamente correctos -dentro de los cánones de la ideología priísta-, cargados de anacronismo. El mayor problema de la película no es su final, sino su desarrollo.

Sobre todo, "Cantinflas" merece verse quizás por la magistral caracterización de Jaenada, que por otra cosa. Ahí está el detalle...

Publicado en Crítica
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