Miércoles, 03 Diciembre 2014 00:00

FIL: El imperio de los números

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FIL: El imperio de los números © Cortesía FIL Guadalajara/ Natalia Fregoso

Es, por lo menos, contradictorio que una feria de libros, donde la palabra es la apuesta principal, sea evaluada por la cantidad de cifras que produce. Lo primero que anuncia y presume la Feria Internacional de Libro de Guadalajara (FIL), con lo que abre y cierra cada año, es con números. Números de presentaciones, de visitantes, de actividades, de dinero, de premios, de escuelas y profesionales que la visitan, de editoriales y de muchas otras cosas. La FIL se distingue de otras ferias del país o de la ciudad de Guadalajara por el manejo de las cifras.

Para este año, en conferencia de prensa para hablar del país invitado, la pregunta que saltó de manera inmediata fue sobre el costo de hacer una feria patrocinada por la Universidad de Guadalajara. Y la respuesta va dando una idea de lo grande, que no grandiosa, que es este evento: 72 millones de pesos. Casi 7 millones de dólares gastados durante nueve días. Esto sólo refleja lo que aporta la Universidad de Guadalajara, pues la cantidad de dinero que desfila durante este tiempo alcanza cifras multimillonarias.

Y es que si algo presume la FIL cada año no son los encuentros entre escritores, ni mucho menos los debates o el nivel académico que se presenta dentro de la Expo Guadalajara. Mucho menos se anuncian intercambios de ideas, publicaciones que surgen de los encuentros entre pensadores y escritores, alguna antología con textos que broten de las actividades literarias; no, la FIL es, ante todo y por encima de todo, números. Y este año no es la excepción. Desde hace algunas semanas los autobuses de trasporte, en la publicidad que muestran al exterior, y los espectaculares anuncian números: 9 días, 44 países, más de 750 mil asistentes, más de 1,900 editoriales, más de 650 autores en vivo, 25 premios y homenajes, 550 presentaciones de libros, más de 20,000 profesionales del libros, 64 foros literarios, 34,000 metros cuadrados de exposición, 83 funciones de espectáculos en FIL Niños y más de 1,500 talleres. En la feria de la palabra el imperio es de los números.

El tiempo ha convertido esta feria en un lugar de proporciones enormes, y se recurre a los números para dar esa certeza, pues en su edición 28 la FIL ya no mira hacia dentro de sí, sino que ha puesto la mirada en el exterior, y ese espacio que se busca conquistar no responde al nivel de pensamiento y de ideas sino a la repetición de que ser la más grande de América Latina y la segunda mayor del mundo. Porque cualquier feria, o casi cualquiera, puede tener a Juan Villoro, pero sólo la FIL lo tiene en tres diferentes presentaciones en un solo día. Hay ferias de nicho, como la FILIJ en el Distrito Federal o del libro usado en Guadalajara, pero no todas pueden tener a metros de distancia a autores tan disímiles como Yordi Rosado y Mario Vargas Llosa mientras compiten por llenar los salones en los que se presentan. Además de que ésta feria le ha apostado a la parafernalia de lo famoso, al grado que desde hace dos años ha puesto en sus actividades una mesa para que los autores firmen ejemplares; los convierten de manera automática en una atracción, en un objeto tras la vitrina que no importa lo que piense, sino que pueda dejar una rúbrica sobre un libro recién desempacado.

Se podrá decir que si durante nueve días convergen tal cantidad de personas no se puede ser tan severo con el nivel de presentaciones o encuentros; sin embargo, el reducir la feria a un simple intercambio monetario muestra lo mal que se ha entendido la cultura en torno al libro, o al libro mismo, cuya misión esencial es la transmisión de conocimiento de manera masiva. Porque si en esta feria un candidato a presidente puede trastabillar al nombrar tres libros que hayan cambiado su vida, y autores como Carlos Cuauhtémoc Sánchez convocan a cientos de lectores es que algo se está haciendo mal, y por supuesto que no son las cuentas.

Para muestra basta un botón. Cada año la FIL organiza un evento que tiene como motivo reunir a un autor con una audiencia juvenil, con los chicos de las preparatorias adscritas a la Universidad de Guadalajara; el nombre resume la intención: “Mil jóvenes con…”. Aquí, volvemos, lo que importa es la cantidad de público para poder centrarse en eso, pues cada encuentro tiene como tiempo máximo cincuenta minutos, es decir, cada participante tendría tres segundos para poder preguntar algo, esto sin esperar respuesta del escritor. Nada.  

Finalmente, la FIL ofrece una posibilidad inagotable de actividades para que todo termine por perder importancia. Como se ha dicho arriba, las actividades están estandarizadas en cincuenta minutos, en salones repartidos por toda la Expo, por lo que el asistente debe jerarquizar qué es lo que más le interesa, para después constatar que todo se cruza en tiempo y en espacio. Y ya no mencionar la cantidad de libros a la venta, la gran mayoría de editoriales comerciales que bien se pueden encontrar en las librerías de la ciudad. Pocas novedades, pues en diciembre el mercado editorial ha lanzado ya sus apuestas más fuertes, pocos libros por lo que valga la pena sumergirse en los miles de metros cuadrados.

Es, pues, una feria que no busca generar lectores, ni propiciar un debate cultural, ni mucho menos dinamizar la alicaída industria editorial nacional, ya no se diga local. Es, eso sí, una feria que se admira por la cantidad de números que produce y que supera cada año. Una feria que claudicó a la palabra y que entronizó, quizá de manera irreversible, al número. 

Modificado por última vez en Miércoles, 03 Diciembre 2014 15:25