Jueves, 31 Marzo 2016 11:20

La escritura perversa: el fantasma de Baudelaire

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Poetas malditos Poetas malditos
Cuando publicó Las flores del mal, el poeta francés Charles Baudelaire se enfrentó a la descalificación moral de su obra, a una multa y a la censura de algunos de sus poemas. Eso no le impidió publicarlos nuevamente y pasar a la historia de la literatura como una figura de trascendencia por su propuesta temática y estética, y por su visión de la vida, el arte y la poesía. El poeta manifestaba su oposición a la sociedad burguesa viviendo sin restricciones morales una vida de excesos y, a pesar de su satisfacción hedonista y la búsqueda vital de la experiencia de lo sublime, evidenciando el spleen, el tedio o el descontento que le producía el mundo del que se marginaba y en el que encontraba una dualidad entre materia y espíritu, belleza y fealdad, intuición y racionalidad. Es decir, en la obra de Baudelaire encontramos un cuestionamiento a su época. Su obra es producto de su tiempo pero él se convierte en un observador crítico y en un experimentador voraz que debe luchar contra el vacío y la abulia que le genera esa dinámica.
Charles Bukowski, años después y en el contexto estadounidense, fue un escritor prolífico de una literatura soez, descarnada y transgresora. Su obra genera reacciones contradictorias en lectores y críticos, pero algo sobresale entre sus líneas: una voz y una moralidad propias, una luz crítica, irónica y humana, casi dolorosa, que no tiene empacho en mostrar la realidad más cruda de la vida cotidiana, la mirada oscura, lo que muchos verían pero no se atreverían a señalar, sin concesiones y sin adornos lingüísticos. ¿De qué se nutre la poesía de Bukowski? De sus vivencias, pero sublimadas; de la necesidad de llenar sus vacíos con significantes creativos. No se trata de una literatura confesional aunque de pronto lo parezca. No es un hombre tirando su basura a sus incautos lectores. No intenta imponernos ni su moralidad, ni su visión de la vida. Es un hombre que se arroja hacia un abismo oscuro y, mientras cae, describe la vivencia con la única certeza de que no hay modo de volver a la superficie, o quizás no le interese.
El Marqués de Sade, George Bataille, el grupo de la Generación Beat… otros nombres y movimientos forman parte de la literatura de la transgresión. Pero, ¿en qué consiste esta transgresión? Se trata de una postura crítica, una escritura de búsqueda, un intento por cuestionar y trastocar un orden, un modelo ideal, un deber ser. En la violencia, en los excesos, en el impulso hacia la muerte se encuentra la contraparte: el impulso vital, el caos que motiva el cambio o la muerte ineludible. No se trata de textos vacíos. La lectura superficial conduce a la náusea; una lectura más profunda revela un armazón de ideas, trastorna al lector, lo obliga a pensar.
Baudelaire inspiró a Verlaine para crear el concepto de “poeta maldito” y, desde entonces, se ha tendido a colgar el epíteto a muchos de estos poetas transgresores. Sin embargo, los conceptos, cuando son usados con ligereza, tarde o temprano se desgastan y se vuelven vacíos. Ahora encontramos poetas malditos por dondequiera. Su vida disipada es un disfraz o, cuando mucho, un pretexto para escribir. A diferencia de los poetas transgresores, su provocación parte de la confesión, de un regodeo narcisista, del cuestionamiento a lo externo desde sí mismos, desde su propia realidad inconforme. No viven un nuevo orden moral, no hay búsqueda de una estética, no crean nuevos lenguajes ni figuras; son autocomplacientes y les falta autocrítica. Su actividad poética no es más que un performance, una búsqueda de fama, un intento por volverse burócratas de la escritura, pero denunciando siempre la incomprensión de las instituciones para adoptarlos. Esos poetas ejercen la escritura perversa, la que no tiene referentes externos, la que solo ve al lector como un espejo y no como contraparte creadora. Estos poetas perversos arrojan su basura emocional y vivencial, pretendiendo que tienen una moralidad más auténtica y un intelecto más brillante. No admiten, por tanto, la crítica. Si un lector se atreve, es un imbécil, un ignorante.
Retomando lo dicho más arriba, toda escritura es producto de su tiempo. ¿Qué proyecta la escritura de nuestros días?, ¿qué ideas, qué realidades subyacen a esta escritura perversa? ¿Cómo reconocemos en la actualidad los auténticos textos malditos? ¿Qué leemos, qué interpretaciones hacemos y qué nos cuestionamos los lectores? ¿Nos dejamos seducir por una escritura vacía o somos lectores exigentes? No hay escritores sin lectores. Los lectores también debemos ser más malditos y menos perversos.
Modificado por última vez en Lunes, 04 Abril 2016 22:40
Gabriela Camberos Luna

Es licenciada en Letras por la UdeG. Trabajó durante trece años en el Departamento de Letras, en el Programa especial de español para estudiantes de la Universidad de SunMoon, de Corea del Sur. Actualmente trabaja en secundaria y en la Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA), enseñando español a sordos. Estudió la maestría en Lingüística Aplicada por la misma casa de estudios.