Para obtener un documento se necesitan varios, ¿quién no ha experimentado el desencanto y la desesperación de solicitar algo tan sencillo y tener que presentar “hasta las perlas de virgen”? Mario Moreno “Cantinflas” protagonizó en 1945 ”Un día con el diablo” donde compartió cámaras con Andrés Soler y Oscar Pulido entre otros iconos del cine de oro mexicano. Aunque esta cinta no fue en su momento ni lo es ahora, una de las más reconocidas o siquiera conocidas “del pelado”, representa un crítica aguda y más o menos velada a la burocracia y a los asegunes institucionales del país – quizá lo juzgará el lector; de otros países también -.

Cantinflas representa un paupérrimo voceador en tiempos de la Segunda Guerra Mundial que al perderse en una borrachera despierta vestido de soldado, se las habían ingeniado para hacerlo tomar involuntariamente el lugar de otro que debía expiar ciertas culpas y que temía ser llamado a batalla. Este personaje sin nombre representa la primera analogía porque el no tener nombre niega la identidad y cualquier peso ante lo institucional, por si fuera poco suplanta -sin querer- a un tal Juan Pérez nombre que el argot se usa para designar un cualquiera, un mexicano genérico.

En la corte marcial se acusa a Juan Pérez, pero al no acreditar que Cantinflas es o no Juan Pérez “regresa” provisionalmente a sus funciones militares. Este es otro momento donde el individuo es insignificante y de un valor meramente conceptual ante la ley, no había un sólo testigo que reconociera que efectivamente él era el susodicho “ante la duda pierde el individuo”. Como era de esperarse enlistan a Juan Pérez y muere en batalla, al llegar al cielo San Pedro le dice que es el número 24 769. Como San Pedro conoce el caso “del sin nombre” decide dejarlo en cielo pero sólo como aspirante, debía trapear, barrer y sacudir “de a gratis”. Dando un paseo encuentra el letrero que invita a conocer las delicias del infierno y decide probar, al llegar se da cuenta de que no es para nada un lugar de espanto, el pobre Diablo no asusta ni a los niños, lo que quiere decir que el concepto del mal no genera ya ninguna culpa y por otro lado el infierno es un lugar tan vacío porque sencillamente nadie quiere expiar sus culpas y hacerse responsable de lo que hace. El diablo sin embargo, es el único ser mortal o inmortal que sabe que Cantinflas no es Juan Pérez, a Dios ni se le ve, ¿cómo ver al jefe de la oficina? Ese nunca está.

Cuando el guardia despierta a Cantinflas, este se da cuenta de que todo ha sido un sueño, después de la tremenda borrachera no supo ni dónde quedó, pero por suerte pudo ir libre a su casa, todo el engorro de acreditar que no era Juan Pérez, desempeñarse como soldado cuando no lo era, morir sin deberla ni temerla,  hacer una fila infinita para un lugar al que ni siquiera tenía que ir, trabajar gratis para evitar la fila a ver si merecía o no el cielo; es decir que se libró de los trámites. Entre el sin nombre y uno mismo sólo hay una diferencia: él se despertó y nosotros seguimos en la fila.

Publicado en Crítica
Jueves, 13 Noviembre 2014 00:00

Un “Cantinflas” gitano

La película "Cantinflas" no está mal, aunque tiene varios detalles que impiden que alcance sus pretensiones. Decir que no está mal es, ante todo, en comparación con la mayor parte de las mediocres cintas del "nuevo cine mexicano".

La elección de Óscar Jaenada como intérprete del mal llamado "Mimo de México" ha provocado las más burdas reacciones chauvinistas, que no conciben que un actor español encarne a Cantinflas (¿esperaban a Carlitos Espejel?). A decir verdad, la película se sostiene, en gran medida, gracias a la sorprendente actuación del barcelonés, quien consigue replicar gestos, ademanes, timbre de voz y el estilo histriónico de Mario Moreno.

Más lamentable es el resto del elenco, actores mexicanos incluidos. La sola mención de Adal Ramones en los créditos como Fernando Soto "Mantequilla" es suficiente para ahuyentar a muchos cinéfilos, aunque su presencia en el filme dura (afortunadamente) escasos segundos. De hecho, la mayor parte del reparto, que incluye muchas estrellitas de las telenovelas que encarnan a verdaderos actores del cine de Oro -Jorge Negrete, Miroslava Stern, Andrés Soler, Dolores del Río, etc.-, aparecen por algunos segundos y muchos de ellos ni siquiera tienen una línea en el guion; que, para el caso, no sé si podría considerarse el reparto más desperdiciado en el cine nacional o un mérito de la cinta.

El verdadero problema de la película es su desarrollo anti-clímax. El filme avanza con un ritmo parsimonioso, lleno de flashbacks y pequeños segmentos de algunas réplicas de las escenas de las películas originales de Cantinflas, con desarrollos a medias y una culminación que ha decepcionado a más de un crítico y espectador: se presenta la incursión del cómico mexicano en Hollywood como el pináculo de su carrera. Ciertamente, esto remite a una paradójica creencia, ampliamente extendida en la cultura popular, de que la importancia de una figura mexicana radica en su éxito en el extranjero -y hay que decir que la aventura hollywoodense de Cantinflas fue efímera, pues filmó un par de películas, malas en su mayoría-.

Pero honestamente, me parece mejor que la película concluyera ahí. Muy lamentable habría sido ver la decadencia del viejo Mario Moreno en las películas a colores de los años sesenta, setenta y ochenta -como "El padrecito", "El señor Doctor", "El patrullero 777" y demás bodrios-, en las que cambió la irreverencia y el cantinfleo por patéticos discursos moralistas y políticamente correctos -dentro de los cánones de la ideología priísta-, cargados de anacronismo. El mayor problema de la película no es su final, sino su desarrollo.

Sobre todo, "Cantinflas" merece verse quizás por la magistral caracterización de Jaenada, que por otra cosa. Ahí está el detalle...

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