Defensa de la sátira político y social en medios públicos (en tiempos de la 4T)

Por: Enrique Casillas

 

Comenzaré con la conclusión de este texto, enseguida haré algunos matices: es legítimo y necesario que la sátira política tenga espacio en los medios públicos, como ya sucede en otros lugares de los que pondré ejemplos, es un síntoma de madurez social y política.

Dice el caricaturista Rafael Barajas, El fisgón, en su libro Historia de un país en caricatura (2013) que “el humor desempeña un papel importante en la vida cotidiana de la gente,” y que a pesar de ello, sus manifestaciones populares como la sátira o la caricatura han sido despreciadas por representar “un libertinaje de la imaginación” que atenta contra aquello digno de respeto y, en ese sentido, cita lo que el periodista porfirista Francisco Bulnes señalara al respecto de la caricatura: “Se distinguía por [su] lenguaje tabernario, [su] calumnia fácil [puesto que] educaba al pueblo […] para hacer mingitorios con todas las urnas en que yacían glorias patrias.” La sátira y la caricatura se sitúan en las antípodas del amaneramiento y la parafernalia casi religiosa de tratar al poder y a la historia. La sátira, la parodia y la caricatura políticas son transgresoras por definición propia, no buscan congraciarse con el poder en primer término, sino incomodar.

Relatan los historiadores de la caricatura y el grafiti que ya en la Roma imperial los muros amanecían con pintas en las que el pueblo romano manifestaba sus protestas y burlas en contra del poder, esas burlas y protestas que no podía ni debía hacer en público; además, las pintas eróticas, religiosas, de ofensas privadas y propagandas también estaban. Esas manifestaciones de crítica al poder han evolucionado en la historia, acompañadas de otras expresiones verbales como las rimas y trovas de juglares que en tabernas y calles cantaban historias de príncipes y caballeros, en muchas de las cuales satirizaban a los señores de entonces, lo que los hacía indeseables para las élites (nobleza e iglesia); tan indeseables como necesarios, para hacer propaganda de sí mismos en los pueblos y para atacar a los enemigos cuando fuera necesario.

Muros, panfletos, parodias, canciones y rimas para burlarse del poder han estado presentes a lo largo de la historia de la humanidad. Han servido como estrategia de divertimento y de humillación vigilante de los poderosos, como medio para decirles a los que mandan y ejercen el poder, sea político o discursivo, que la sociedad observa y que no son invulnerables. Ellos viven de su imagen y ponerla en el cadalso del escarnio popular les mantiene en alerta; es un medio de hacerles sentir vigilados y, también, un medio de simplificar y divulgar masivamente una crítica que en otros términos sería inaccesible para las masas, una crítica de la que no podría apropiarse la sociedad tan fácilmente.  

Hace unas semanas se desató una polémica en redes sociales porque en el programa La Maroma Estelar del canal once del Politécnico Nacional se presentó una parodia de la politóloga mexicana Denisse Dresser, quien es una abierta e inteligente crítica de las políticas y de la forma de hacer política del régimen del presidente López Obrador, como lo fue de otros presidentes. A ella la convirtieron en la “la whitexican Madame Didí,” lo que despertó la agria respuesta de múltiples periodistas, políticos y ciudadanos opositores al grupo gobernante en turno. Una de esas críticas vino de la diputada federal Martha Tagle que twitteó: “Qué manera de degradar los contenidos del @CanalOnceTV que venía haciendo muchos esfuerzos por ser una televisión pública con contenidos de calidad. Con la estima que les tengo, pregunto @jenarovillamil @telecomymedios ¿#LaMaromaEstelar es la idea de BBC mexicana que impulsarán?

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Pero, ¿qué fue lo que ofendió verdaderamente a aquellos que sintieron una franca ofensa en esa parodia? ¿les ofendió verse expuestos al escarnio público? ¿fue el hecho de que fuera en medios públicos, cuando la caricatura política en medios privados les ha expuesto decenas de veces? ¿ofende que no sean medios evidentemente autónomos porque sólo parodian a los opositores del régimen? o, simplemente, es que no tenemos una cultura pública para valorar, celebrar y soportar la crítica financiada por el sistema como manera de regulación del poder del sistema mismo.

Hay otros países donde este tipo de prácticas son mucho más agresivas y son celebradas por la sociedad, los políticos y poderosos o, al menos, no son tan frontalmente atacadas porque se entienden como parte de la normalidad democrática. Este es el caso de Pòlonia de TV3, la televisión pública catalana y de Vaya semanita de EITB, la televisión pública de Euskadi, ambas en España; programas distintos pero que pueden servirnos de ejemplo a los mexicanos.

Pòlonia es el programa de sátira política catalana que lo mismo caricaturiza al rey de España, a su presidente y ministros que a jueces, diputados y al presidente autonómico, de cuya administración depende la televisora. Y todo esto lo hace sin ningún miramiento de tal grado que el presidente de la Generalitat catalana actual, Quim Torra, es presentado poco menos que como un títere del anterior presidente, como un sujeto pusilánime cuya administración se ha dedicado a todo, menos a resolver los problemas sociales catalanes y así lo hacen cada semana. En el programa del jueves 27 de junio de 2019 fue representado como la cantante Rosalía en un sketch musical que todavía parece imposible en México.  

 

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Del mismo modo, por ejemplo, representa a los tres líderes de la derecha española como animales en rituales de apareamiento en una parodia de los programas de Animal Planet o de NatGeo Wild; todo con libertad, esa es su normalidad democrática.

Por su parte, en el programa de comedia Vaya semanita de la televisión pública de Euskadi, se caricaturizan a tipos sociales vascos y españoles entre los que están políticos de todo el espectro que son expuestos como objeto de humor, eso es su normalidad democrática.

La parodia, sátira y caricatura políticas son armas arrojadizas que no buscan la lisonja sino la ofensa o, al menos, generar incomodidad en aquellos que son objeto de las burlas; la sátira es una suerte de observatorio público que sirve para exponer al poderoso y no hay razón para que esto no sea financiado y tenga espacio en los medios públicos; bueno, quizá la única y fundamental, sería su uso faccioso por parte del régimen.  

Los comediantes y generadores de parodias y sátiras en medios públicos mexicanos deberán acostumbrarse a que, cuando pisen cayos de los poderosos o de los que tienen acceso a micrófono, recibirán fuertes reprimendas y hasta exigirán sus cabezas. Los poderosos y los dueños tradicionales de la voz deberán entender que sus acciones serán y deben ser objeto de burla; harán de ellos una caricatura como medio simple, de ágil comprensión, de “aislar el defecto físico, mental, social o moral de su modelo y magnificarlo [ para extraer] la esencia vituperable de su presa [no para] extraer los demonios de su presa, sino simplemente exhibirlos”, como dice El fisgón.

Que haya una verdadera independencia del poder que permita a esos parodiadores burlarse y caricaturizar al presidente López Obrador y a los miembros del régimen… esa es otra historia que parece lejana de alcanzar, esa es nuestra aún lamentable normalidad democrática, pero éste es un buen paso.  

Publicado en Crítica

Lo dispuesto en nuestra Constitución Política, claramente avala la publicación acceso y difusión de la libertad de expresión de ideas y de información. Y, así como no debe existir ninguna duda de este derecho, tampoco debe existir tergiversación alguna sobre este derecho que, aquí en México, parece ser exigido como derecho divino más no así político, social y moralmente correcto. El caso Charlie Hebdo ha sido un detonante mayormente de hipocresía cultural más que de polémica y reflexión. ¿En qué grado debe de mesurarse la expresión pública de ideas e información? ¿Cómo establecer parámetros éticamente maduros y responsables tanto sobre las ideas expresadas así como las respuestas que éstas pudiesen ocasionar?

Cuando veo en Facebook las publicaciones que hacen referencia al trágico caso del semanario satírico francés, Charle Hebdo, no puedo sino recordar la patética condición del mexicano que muy orgullosamente es conocida como “la idiosincrasia mexicana”. Ese condicionamiento de la doble moral en la que la cultura mexicana (que bien podría existir en otras culturas) ha apadrinado o se ha adoptado como sello de distinción: La burla, el desdén y la ofensa son correctas si se enfocan a quien “se lo merece” o se hace presente en modo de “broma”.

No es una errata decir que en todo el mundo acontece esta situación en que “lo gracioso” se encuentra en la pena y tragedia ajena así como en la otredad (básicamente). Videos graciosos se pueden encontrar en la web abundantemente y, pese a que la mayoría de estos videos relatan un breve acontecimiento de un sujeto lastimándose accidentalmente o siendo agredidos en una "broma", pareciera que nadie se "indigna" por la humillante exhibición (voluntaria o no) del protagonista de este video.

¿Dónde está la doble moral expuesta en estos videos?, se preguntarán. La doble moral se hace presente, la idiosincrasia del mexicano, o quizá de la mayoría de la población mundial, se presenta en la determinada o premeditada intencionalidad de humillar y obtener satisfacción en la burla/humillación de estos videos: Un pueblo que exige respeto, no debería aplaudir ni encontrar divertimiento en tragedias ni accidentes, sin embargo, y por razones que merecen un estudio profundo del comportamiento y paradigmas socio-culturales, ver un video en la web donde un sujeto se golpea contra una pared, donde un sujeto tropieza con un obstáculo, etcétera, ocasiona gracia y risa. Charlie Hebdo no es héroe de la expresión, ni mucho menos un mártir de ésta. Charlie Hebdo es un “Youtube” orientado a la burla premeditada, a la ofensa directa, disfrazada de sátira moderna.

Algunos podrán argumentar que la sátira es una práctica no sólo tan usual como antigua, sino que se puede encontrar en obras de arte. Este argumento implica la noción de que la burla, la ofensa, la humillación como acto intrínseco de la cultura humana es “normal”, usual e improbablemente se le relaciona con la violencia (paradójico, que hoy en día todo lo que se le hace a una mujer, que no sea de su agrado, ya es “violencia”, pero ese tema será para otro artículo).

La libertad de expresión, como derecho y garantía en nuestra constitución, se ha manchado de esta ignorancia selectiva sobre su efectivo uso. En mi anterior artículo, señalé esta aberración que surge de la errada idea de participar este derecho en el caso de los manifestantes de la tragedia de Ayotzinapa, quienes protegiéndose de éste artículo así como del artículo 9no que trata de la libertad de asociación y reunión, creían (ellos, como así los simpatizantes “morales”) que su derecho a la expresión y manifestación de ideas estaba por encima de cualquier otro derecho de terceros. A la fecha, sigo manteniendo algunas discusiones en las que pretenden hacerme “recapacitar” sobre cómo la importancia de lo manifestado tiene el poder divino de arrollar los derechos de terceros, cual si la ley así lo estableciese.

Pero ¿a qué grado una idea o la expresión de ésta se encuentra tanto dentro de lo legal como de lo política y culturalmente correcto? Si la libertad de expresión es tan suprema y hegemónica como lo sostienen los simpatizantes de estas manifestaciones públicas, ¿eso me otorga a mí, como miembro de esta sociedad, el derecho de ir a pararme frente a ellos y muy mexicanamente mentarles la madre? Esta suposición no es un caso hipotético, sucede muy frecuentemente y, pese a que sí tengo “el derecho” de hacerlo, también tengo la responsabilidad social y moral de no hacerlo ya que, legalmente, estoy cometiendo un delito menor al ofender deliberadamente a terceros.

Pero ¿los manifestantes de Ayotzinapa, (o de cualquier otra manifestación) no me ofendían con sus mantitas mágico-poderosas, ni con sus cantos de paz y amor o sus representaciones dramáticas; Charle Hebdo tampoco me ofendía con sus peyorativas caricaturas sobre la religión; son manifestaciones pacíficas; por qué los juzgo injustamente? Muchos serán de la opinión que burlarse de un credo es un acto de rebeldía e intelectualismo, una crítica socio-cultural; muchos serán de la opinión de que impedir el paso, cerrar calles y el vandalismo de propiedad pública son igualmente actos de rebeldía social, de heroísmo patriótico. Yo soy de la opinión, de que los simpatizantes de estos actos, así como los actores mismos, son ejemplos de sujetos irresponsables, inmaduros e irreflexivos y creo que esta opinión me volverá a costar una buena cantidad de insultos como otras opiniones me han costado.

“El derecho al respeto ajeno es la paz” ah no..., lo siento, no es así el “dicho” (pues a eso se ha degradado esta máxima), digo, la frase célebre del expresidente de México, Benito Juárez. La frase célebre original es más hueca etiológicamente dicho: “El respeto al derecho ajeno, es la paz”. Porque el respeto no está subscrito en ninguna ley, en ninguna constitución (y si lo está, lo ignoro y mi ignorancia no me priva de coherencia, ya que pragmáticamente permanecería inútil e inefectiva). El respeto, sin embargo, sí se encuentra subscrito en una ley moral, en una ética, en una conducta social y culturalmente correcta.

Y si tú, apreciable lector, estas en estos momentos reflexionando sobre mis palabras y encontrando ofensa en lo que he manifestado, ya sea en tu contra o en contra de los movimientos sociales que anteriormente se mencionan, es entonces, aquí, que debemos partir de la reflexión sobre la doble-moral. ¿Soy doble-moralista porque ofendo deliberadamente en mis señalamientos a los que, muy a mi parecer ético-moral, carecen de la responsabilidad social, cultural y ética-moral en la que yo mismo he caído? ¿Cómo entonces podemos establecer un parámetro ético y moral para evitar la ofensa en la manifestación de ideas? ¿En qué podemos basarnos para continuar haciendo uso efectivo de nuestro derecho de manifestación de ideas, de nuestra libertad de expresión, sin que ésta pueda ocasionar una ofensa a terceros?

Me han catalogado de misógino, de machista, de ignorante, de pobre intelecto, y estas adjetivaciones se derivan de comentarios, de opiniones, de un manifiesto personal que su servidor ha hecho, pública y privadamente. Quizá sea una que otra de estas adjetivaciones; quizá sea cierto que moralmente soy una persona de poco valor; quizá también he encontrado simpatizantes sobre mis ideas, ¿cómo me puedo justificar ante ti, paciente lector, ya sea como persona o como escritor? No puedo.

No puedo justificar mi repudio hacia los manifestantes ciclistas de la ciudad que exigen no sólo su derecho sino que, en su crítica a la sociedad y al modelo de transporte en la sociedad, se otorgan a ellos mismos una cualidad heroica y auto-martirizante, como modelos excepcionales de ciudadanos; no puedo justificar mi repudio hacia los movimientos pseudo-equitativos-de-género como el feminismo que exigen que sean tratadas no equitativamente sino sobre-favorecidamente no sólo por los organismos del gobierno sino por el sector masculino de la sociedad; no puedo, estimado lector, justificar mi repudio hacia Charlie Hebdo y sus simpatizantes quienes encuentran en la deliberada ofensa y burla de credo ajeno la auto-satisfacción onanista de un intelecto y moral superior. No puedo justificar mi repudio y mi pseudo-crítica porque innegablemente quienes no simpaticen con mis manifiestos encontrarán en mi persona (derivada de mis ideas) esa misma contrariedad que señalo: esa maldita doble-moral. Sólo podría justificarme si yo fuese una persona intachable, asquerosamente correcta (política y socio-culturalmente dicho) e inmaculado.

Al final de este artículo de opinión, he llegado a la reflexión sobre lo que es la verdadera “libertad de expresión” y es la misma reflexión que manifesté en el primer trabajo publicado en este medio: “No existe la libertad”. Estamos supeditados a este Deus Ex Homo que hemos llamado “Libertad”, cuando tal concepto, idea, utopía, no existe.

Publicado en Análisis social

Aunque el marxismo está oficialmente muerto, existen loables esfuerzos académicos por resucitar la teoría de entre los escombros del muro de Berlín y recuperar el espíritu de ciertos marxismos -como diría Derrida en sus Espectros de Marx-. Me parecen encomiables estos esfuerzos, si por ellos se entiende no retornar al dogmatismo militante que caracterizó a la escolástica soviética, sino replantear los problemas que el viejo Marx diagnosticó del capitalismo pero en el contexto del capitalismo global. Esto implicará, probablemente, superar los planteamientos anacrónicos sin perder el espíritu crítico de la teoría.

Lamentablemente, muchos de los nuevos marxistas conservan los vicios que caracterizaron a la vieja guardia; vicios no tanto teóricos en ciertos casos, sino en sus actitudes y posiciones. Para ello, propongo este listado de tips de útiles sugerencias para evitar caer en esos vicios.

1

Evita el dogmatismo. La palabra de Marx no es la palabra del Señor, y si se pretende fundarla científicamente, tiene que ser falseable. Considera que la teoría siempre estará abierta a la revisión. Esto es lo que distingue de los creyentes religiosos.

2

No actúes por resentimiento. Aunque seas víctima de las injusticias sociales, no dejes que la víscera se imponga a la razón. Esto es lo que te distingue de los fascistas.

3

Siempre argumenta. El discurso persuasivo sirve para el proselitismo, pero eso no sustituye la argumentación racional para sustentar tus planteamientos. Si te atacan, responde con argumentos sólidos. La ideología no se repele con ideología.

4

No te dejes seducir por la paranoia. Si bien es posible que existan conspiraciones organizadas por grupos de poder, no pienses que todo el mundo conspira en tu contra. En tal caso, recurre al consejo del tip no. 3 para sustentar tu desconfianza.

5

Recuerda que la práxis sin teoría es ciega, y la teoría sin praxis es vacía. Antes de hacer proclamas para salir a las calles a hacer la Revolución, lleva a cabo una profunda reflexión teórica -- es lo que hizo Marx después del fracaso de la Comuna parisina: ampliar y profundizar la teoría-. Y si vas a salir a hacer la Revolución, considera las posibilidades, las estrategias y las acciones a seguir; no actúes por actuar simplemente.

6

Si te declaras comunista, haz labor de conciencia con el proletariado, no en los cafés bohemios. Una lucha social sin base social no sirve para nada. Y más que catequizar a los sectores sociales más vulnerables, motívalos a pensar sobre su propia situación, sobre la historia y sobre las condiciones sociales, políticas y económicas. Menos retórica y más filosofía.

Espero que sean útiles estos prácticos consejos. 

Publicado en Divulgación