¿Cómo podríamos explicar que a tantos jóvenes les interese entrar al Crimen Organizado? ¿A partir de qué elementos les interpela? ¿Cuáles son las formas en que esos discursos pasan a ser parte de su vida diaria? Sabemos que en México entramos y salimos de la modernidad, mientras que, por su parte, la tradición sigue incrustada en el imaginario colectivo, haciendo de las suyas, lo que significa que vivimos una muy particular postmodernidad. Vemos el mismo agotamiento de los grandes discursos, la erosión de los metarrelatos y el mismo sinsentido. Sin embargo, nuestra postmodernidad es específica del contexto en el que estamos inmersos. Nociones como VerdadSujetoEstadoFamiliaReligión, no dejan de funcionar, sólo que ya no ocupan un lugar hegemónico en la estructuración de la subjetividad. Si alguien nos preguntara “¿Qué eres?”, la respuesta no será sencilla. Si nunca lo fue, hoy se hace más difícil por las características que como sujetos nos atraviesan. Soy católico, hijo de familia, ciudadano y hasta consumidor. Pero no soy sólo eso. Siempre hay algo más. Existe algo que me rebasa.

Si para Descartes somos Razón (2003) y según Heidegger (2009) somos seres para la muerte, también podemos sugerir que nuestra característica es ser sujetos-proceso. ¿A qué me refiero con esto? Para poder responder es necesario hablar de lo que sucede a la entrada de nuestra postmodernidad, la muy particular postmodernidad que vivimos. En ella ¿qué le queda al sujeto? Evidentemente se encuentra desamparado, sin un asidero estable al cual anclarse. Ya no hay nada sólido que le permita sustanciarse.  Desde aquí podemos hablar del sujeto como proceso, como posibilidad y no como potencia. Puede ser todo y es nada a la vez. Todo depende de él mismo. Es esto lo que le permite ser creativo sobre sí. Es claro que al igual que Ortega y Gasset (2012), considero que soy Yo y mi circunstancia. Pero ella no me determina por completo, sino que me impela a construirme de una forma(s) siempre-ya distinta(s), de aludir a lugares poco ortodoxos, como lo son la televisión, el cine o las mal llamadas “redes sociales”, cuyo nombre adecuado es Plataformas Virtuales de Socialización (González, 2013). ¿Cómo es que estas Plataformas Virtuales de Socialización (PVS) pueden incidir en la estructuración de la subjetividad? Desde ahí se presentan ciertos discursos que pueden sustanciar al individuo, un cierto tipo de Significante amo (S1, según Lacan) que se encarga de aglutinar los significantes sueltos. Esas PVS se convierten en lugares que muestran estilos de vida, que les interpelan, que les permiten construirse puesto que, como decía, ya no hay nada estable que dé una cierta seguridad ontológica, como le nombra Giddens (1993).

Un ejemplo de lo anterior lo podemos encontrar en el Movimiento Alterado, que en YouTube y Facebook encontró plataformas para su visibilidad. Desde ahí podemos localizar el ideal de dicho movimiento musical/cultural. Y no sólo eso, sino que también nos permite mostrar nuestra adición a ello, pues añadir un vídeo, dar like o un Re-Tweet (RT) no son gestos vacíos, sino que en ellos se vuelca parte de la subjetividad, mostrando el agrado o rechazo a cosas específicas. Eso que se comparte en Facebook, o lo que se le da RT, no es azaroso, sino que responde a una serie de posicionamientos simbólicos y reales ante la vida. Se muestran las formas de abordar el mundo. Entonces, si partimos del supuesto de que esos likes o RTs no son gratuitos y que permiten mostrar eso que uno es, además de asumir que el sujeto es un sujeto-proceso, de que es vacío y puro dinamismo, nos encontramos en posibilidades de inferir que el Movimiento Alterado interpela a los jóvenes, no sólo por estar asociado al exceso y los lujos, sino que les permite contestar a una de las preguntas medulares por las que interroga la filosofía y la humanidad en general: “¿Quién soy?”

Este movimiento les confiere un lugar desde el cual se perciben como amables ante sí y los otros, sus otros, esos otros que son parte de su red de relaciones sociales, pues esos otros son los que se les presentan como importantes. Esto, más que un género musical, sirve como un proceso identitario que les permite ser alguien, pertenecer a algo. No sólo en ideales, sino en formas de vida y su abordaje. Les da la oportunidad de mostrar diversas cosas, como su ser-en-el-mundo, o eso que Lacan llama éxtimio (2001); lo completamente interior, volcado al exterior. No es gratuito que exista toda una estética en torno a dicha música, puesto que ello permite localizar, de manera objetiva, sus adeptos. Si bien, la violencia extrema, cruda y dura es parte intrínseca, es el precio que deben pagar por tener sustancia. Debo aclarar que mi intención no es minimizarla, sino que se presenta como parte de la economía de la estructuración de la subjetividad, vista desde el Movimiento Alterado. ¿Cómo puede uno aparecer amable y hasta deseable para con quienes se encuentran en la propia red intersubjetiva? Siendo una persona que sobresale de lo común. ¿Cómo se hace esto? Partiendo de la circunstancia en la que uno se encuentra. ¿Cuál es esta? Un país en el que las oportunidades para los jóvenes son poco atractivas y limitadas. Muy limitadas. Incluso nos encontramos en un momento histórico, en el que ser joven es (casi) un delito, pues hemos sido testigos de la persecución, incluso de la ejecución de jóvenes que pensaban que era posible un mejor mundo. Por lo tanto si vivir o no depende enteramente de terceras personas, como joven, intentaran tomar las riendas de su vida y aceptar una de las ofertas que se encuentran ahí afuera, que les permite aglutinar sus significantes sueltos, bajo el S1 qu, en este caso, es el de sumarse a las filas del Crimen Organizado, en cualquiera de sus facetas.

 Unirse a las filas del crimen organizado no solamente se hace por tener una mejora económica, sino que también responde a la necesidad de ser algo, de ser alguien, ya que es importante ser reconocidos y sentirnos amados, apreciados. No por nada, muchas de las personas que se encuentran inmersos en el crimen organizado muestran eso que son, en las PVS, como Instagram o Facebook. Ya no basta el reconocimiento de los pares, sino que ahora se vuelca hacia el exterior, hacia el mundo, con la intención de mostrar estilos por demás atractivos, sin esconderse. Y en estas acciones se cuela un mandato simbólico que se encuentra en el imaginario mexicano, al cual muchos se ven sometidos: El ser Hombre.

Eulalio González, conocido como el Piporro, nos habla de esto en en su canción “El terror de la frontera”: los cobardes viven toda la vida. Los valientes mueren donde sea. El mandato simbólico al que me refiero más arriba, tiene que ver justamente con eso. Con la deontología del Hombre, en las formas de vida (post)modernas/tradicionales, que dictan cómo deben comportarse. Pero hay una característica particular que debe tener. Si se ve privada de ella, no sería un Hombre en toda la extensión de la palabra. Este elemento es la valentía. La presión social que los estereotipos imprimen al hombre, desde la industria cultural, para que replique ciertos comportamientos emitidos desde un gran Otro arcaico y sexista, les lleva incluso a ofrecer su vida, con tal de llegar a ser "sujetos completos".

¿Por qué aventurarme a  afirmar esto? Un análisis de las encuestas de población del año 2010, que fueron realizadas por el INEGI (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática) nos permite encontrar un posible sustento para mi argumento. En dicho año nacieron 5,346,943 hombres. Mientras que mujeres fueron 5, 181, 379. Para el momento en que llegaron al rango etario de 20 a 24 años, la cantidad de hombres disminuyó a un total de 4,813, 204 y las mujeres mantuvieron una constante de 5,079,067. Hay una diferencia aproximada de 533, 739. Debemos preguntar ¿Dónde quedan esas personas? Si dirigimos la mirada solamente al índice de mortandad en México, a partir de los 14 años, los accidentes automovilísticos relacionados con el alcohol aumentan de manera exponencial. Por ejemplo, a los 14 años, se registraron 13 en los que se vieron involucrados hombres, contra 1 de mujeres. A los 15 aumenta a 34 de hombres y 5 de mujeres. Por su parte, la población de 15 aumenta considerablemente, donde los hombres tienen 125 accidentes contra 9 de mujeres. A la edad de 17, se generan 248 accidentes involucrando hombres y 18 a mujeres. Así, hasta llegar a la cantidad más alta, 975 involucrando hombres mientras que hubo 95 involucrando mujeres. Esto es importante, ya que nos habla del “desvanecimiento” de más de 500,000 jóvenes, de sexo masculino. Esto es significativo, debido a que justo en ese rango etario los jóvenes tienden a "desaparecer", lo cual podría ser un indicador de la violencia que estos viven. Si bien la Encuesta Nacional de Juventud del 2010 nos dice que el comportamiento de las mujeres, en cuanto al consumo de bebidas alcohólicas tuvo un incremento, las estadísticas también nos hablan de que ellas no se ven inmersas en accidentes o peleas que pudieran derivar en decesos. También se sabe que las mujeres ocupan lugares clave en el crimen organizado, pero eso es material para otro análisis. Lo que me interesa aquí es encontrar una posible respuesta al creciente interés de los jóvenes por formar parte de las filas del crimen organizado.

 Entonces ¿por qué afirmar que lo que motiva a esto, a los jóvenes del sexo masculino, no sólo es por estatus económico, sino también por la posibilidad de reafirmarse como personas, de asir la subjetividad a algo más allá de la pobre oferta del Estado? Porque podemos ver la otra cara de la moneda, la encomiable, la que permite hablar de mundos posibles. Esa la encontramos en las escuelas rurales que siguen produciendo personas críticas y comprometidas con el Desarrollo y la Justicia Social, cuyas formas de vida "escapan" a esas formas determinadas por la acumulación voraz, fundamentales en el argumento de que lo económico es la única razón por la cual alguien decide sumarse a las filas del Crimen Organizado. Un caso ejemplar es lo sucedido en Guerrero, con los normalistas de Ayotzinapa. Si bien la desaparición de los 43 estudiantes (aparentemente) calcinados en el basurero de Cocula es terrible y no debió haber sucedido, también nos muestra formas de vida distintas, que apuntan a lógicas que van más allá de lo banal y mundano, intentando edificar al ser humano a partir de la austeridad y el compromiso con el otro, en las que se les va la vida misma. No es gratuito que hayan sido violentados ya que su postura está necesariamente cargada de valentía, ya que su oposición a los estructuras de poder fue frontal, con plena conciencia de lo que podría suceder. Y aun así decidieron continuar. Es por ello que insisto en que la violencia, ejercerla o estar dispuesto a recibirla, no se establece solamente por elementos económicos, sino que también les permite legitimar al individuo que la practica, permitiéndole dignificarse y sentirse amado por los otros. Esto deriva en una particular construcción de subjetividad, como lo proponía al principio. Pero la violencia, por sí misma no lo que debemos condenar, sino su normalización, la desensibilización que tenemos ante situaciones violentas. Aquí es necesario preguntarnos ¿sabemos cuántos muertos hay, hasta el día de hoy, con referencia al Crimen Organizado? Según la revista Proceso, fueron más de 121,000,[1] en 2013. Eso nos parece alarmante, pero común. Sin embargo, si preguntamos por Ricardo Esparza Villegas, pocos podrían, hoy, decirnos quién fue o por qué lo menciono en este lugar. Fue un estudiante de mecatrónica, de CULagos (Centro Universitario de los Lagos), que fue al Festival Cervantino y no regresó. Esto es importante porque era una persona regular, como cualquiera de nosotros, pero fue tocado por la violencia, ya que, aparentemente, la policía de Guanajuato es la culpable de su muerte. ¿Qué nos queda, si la desconfianza para con los “cuerpos del orden” crece sin medida? Si ya no nos sentimos seguros, ¿Cuál es la (posible) solución?

La cuestión principal, y lo que me lleva a hablar de la violencia es el hecho de que en lugares como Ayotzinapa, en general y no sólo por los 42 desparecidos, podemos ver ópticas distintas en las que se apuesta por el futuro y la vida, desde la completa austeridad, intentando ser autosustentables. Esto lo hacen poniendo todo de su parte. Incluso, como vimos, ponen en juego su vida misma. Muchos hemos escuchado como desde lo institucional se critica[2] o denigra[3] lo referente a Ayotzinapa. Esto es así, porque se pone en jaque la credibilidad de las instituciones, lo que afecta a los intereses de las “personas” que insisten en mantener su comodidad económica, que no se preocupan por el otro, más que en momentos electoreros. Esa “gente” que está alejada de la realidad en la que estamos inmersos buena parte de la población. Insisto en esto, a riesgo de que se me acuse de “colgarme del hashtag de moda”, porque tiene posibilidades de apagarse. Debo recalcar que, en última instancia, lo particular de los desparecidos no es algo distinto a lo que nos sucede. Sus características son muy similares a las de muchos jóvenes mexicanos. Tiene las mismas condiciones y (supuestas) oportunidades que cualquiera. La única diferencia es que ellos están desaparecidos y tú, hipotético lector, no. Aún.

 

Bibliografía:

Ortega y Gasset, José. Obra Selecta, Comps. Lasaga, José y Gomá Javier, Biblioteca de Grandes Pensadores, Editorial Gredos, Madrid, 2012.

Heidegger, Martin. El Ser y el Tiempo, F.C.E., Decimotercera edición, México, 2007.

Descartes, René. Discurso del Método, Ediciones Mestas, 3ª Edición, España, 2005.

Giddens, Anthony, Consecuencias de la Modernidad. Traducción de Ana Lizón Ramón. Madrid: Alianza, 1993.

Lacan, Jacques. El Seminario de Jacques Lacan, Libro XI, Paidós, Argentina, 2001.

[1] http://www.proceso.com.mx/?p=348816

[2]http://aristeguinoticias.com/0212/mexico/que-ni-se-me-aparezcan-los-normalistas-que-los-vuelvo-a-matar-funcionario-municipal-de-leon/

Publicado en Análisis social

No estoy de acuerdo con lo que dices,

pero defenderé con mi vida tu

derecho a expresarlo

Voltaire

 

Existe ese mito urbano-virtual de que en México es cuestión de vida o muerte expresar una opinión. Claro, existen casos, muchos, en que esto ha sido efectivamente una condición: reporteros investigando las faldas sucias del narco, de políticos corruptos; sin embargo, estos casos no condicionan ni determinan la actividad de la expresión de ideas (pública o privada).

En oposición a este mito urbano, existe una praxis socio-cultural que no sólo afrenta contra la libertad de expresión, sino que la violenta con censura, discriminación, segregación y prejuicio. Esta praxis demuestra la inmadurez del pueblo mexicano frente al ejercicio de la expresión libre del pensamiento y las ideas. Abre una portal de noticias, un blog con artículos de información (incluso esta revista)… dirígete hacia los comentarios del artículo publicado y te encontrarás con la realidad de cómo el mexicano promedio se enfrenta a la libertad de expresión: “Todos los que no piensen como yo son unos idiotas; y si presentas tu opinión pese a que te hice saber que eres un idiota porque no piensas como yo, eres un ignorante pagado, acarreado, borrego y que quiere que todos piensen como tú, para que ‘El sistema’ esté en control de lo que piensas y dices”.

No soy neófito ante este tipo de situaciones y cómo reacciono o me muevo cuando suceden. En mis años de estudiante de literatura, era el pan de cada día. Clases de “análisis literario” que promovían el diálogo y la discusión académica sobre una obra presentada. Clases mediocres donde las opiniones, reflexiones y señalamientos hechos sobre una obra literaria debían estar sujetas a un misticismo idolátrico y reverenciable. Clases en que se pretendía ejercitar el criterio del alumno, pero sólo se ejercitaba la noble acción de lamerle el culo al profesor que lleva años presentando la misma obra idolatrada, una y otra vez, ciclo tras ciclo.

En más de una ocasión he querido vomitar palabras de desagrado y repugnancia ante los comentarios y artículos que presentan a los “#43 niños héroes-mártires”. No he sentido ese deseo por la razón de ofender la terrible situación del caso de Ayotzinapa, ni por la razón de burlar el sufrimiento de sus familiares. La urgencia viene a mí, cuando leo como indiscriminadamente se les ha otorgado ya a los 43 normalistas, ese título de “héroes”; cuando leo que “#TodosSomosAyotzinapa” o que “#Faltan43” y veo en el asesinato de estos jóvenes, un estandarte religioso-político: religioso porque se han convertido en dogma, político porque todos se valen de esa desgracia para hacer, literalmente, lo que se les venga en gana.

Es ridículo como el mismo sector urbano (universitarios) que se indignan por eventos tradicionales-históricos como la Romería de la Virgen de Zapopan o la de la próxima celebración de la Virgen de Guadalupe, sean quienes sufren religiosamente estas muertes. Les llaman ignorantes, les dicen “pueblo sometido por la iglesia”; hipócritas es el título que se gana el pueblo que venera y ejerce su credo. Estos universitarios que se ríen de estas tradiciones, parecen ser ciegos del equivalente ejercicio de sus protestas: Una manta con frases románticas, marchas que atropellan derechos de tránsito y vialidad pública; incursiones en eventos sociales (dramatismos y representaciones pesudo-artísticas-protestantes).

Es como si la fe religiosa en los universitarios se manifestara por intervención divina en sus cursis y chiclosas frasecitas, (que personalmente me dan pena ajena) y que portarlas, como se portaría un escapulario de la Virgen del Carmen, o un Rosario… les otorgara protección divina además de una simbólica herramienta bélica contra el narco y la corrupción. Es como si la fe haya encontrado su nuevo nido en estos corazones jóvenes: fe en que actos inútiles, intrascendentales y mediocres, van a lograr una repercusión efectiva e inmediata en la situación del país.

¿Pero en verdad estos actos de fe (manifestaciones, canciones, mantas con frases cursi, etc.) son desinteresdos, son genuinamente guiados por el objetivo de efectuar un cambio (de cualquier índole), o son acaso sólo muestras patéticas y ridículas de una mediocridad cultural-académica en su visión y limitada en su acción? Yo digo que sólo son actos de egolatría y auto-satisfacción… como masturbarse.

Este fenómeno de onanismo socio-cultural del cual son actores estos jóvenes universitarios, que de universitarios sólo tienen la conveniente situación de pertenecer a una universidad mas no así de ser genuinamente miembros de una comunidad académica estudiantil –algo así como los infames “chairos” que tanto escucho mentar y cuyo significado no logro entender—, carece simplemente de estructura, no digamos planeación u objetivo y plan de acción.

He aquí las mentes más brillantes, fruto en desarrollo de la inversión pública en educación: flor del desarrollo intelectual-cultural-social-económico… He ahí que toda esa experiencia, fuerza, voluntad y colectividad cognitiva de lo que debería ser la base del desarrollo mexicano, sólo puede aterrizar en sus insípidas, ignorantes y ridículas mentes un plan de acción infantil, fantasioso y vergonzoso: mantas con frases cursis (ya sé que las he mencionado muchas veces… pero parce que nadie más ve en esas mantas la mediocridad que son), bloqueos de calles, representaciones dramáticas que son, en su lugar, ofensivas (actuar que son acribillados y caer al suelo como cuerpos, cuando no son ni remotamente partícipes de las condiciones en que miles de normalistas y estudiantes de nivel primario y secundario son)… Yo las escupo, públicamente, yo las escupo. 

Aquel universitario que cree, con el fervor de un religioso en reclusión voluntaria, que sus gritos de borrego (repetitivos) y sus clamores de justicia (incongruentes) así como sus frasecitas sacadas de una tarjeta de congratulaciones en verdad, están haciendo un cambio de consciencia y un cambio político, es como creer que si yo con todo el corazón deseo algo, este algo caerá del cielo como el maná del Exodo Bíblico, para satisfacerme

¿Qué es el egolatrismo y por qué me empecino en juzgarlos de ególatras? A manera sencilla, la egolatría es ese rasgo de la personalidad que exhibe una veneración o idolatría del sujeto hacia él mismo. Esa cualidad de la personalidad que nos hace creer que todos, al igual que uno mismo, nos deben esa reverencia, esa empatía y admiración que falsamente hemos creado sobre nuestra persona (si algún experto en el tema de la personalidad ha de hacerme ver mi error en este rubro, la correcta explicación es bienvenida y agradecida). 

Los “Ayotzinapos” (los simpatizantes, mas no así los familiares y victimas) son ególatras que se valen de esta desgracia que no les aconteció a ellos para hacer manifiesta su indignación y su protestas. Esto no se discrimina, todos podemos hacerlo y es correcto manifestarnos. Pero que el fenómeno socio-cultural acaecido en México haga creer que una manifestación, que una protesta, es la herramienta útil y efectiva para lograr un cambio, es en realidad lo contrario: Los “Ayotzinapos” son la contradicción de su credo; son el nuevo Televisa que quiere imponer su verdad, última y verdadera, sobre el resto de los mexicanos.

Si México cree que estos héroes patrióticos son en realidad la fuerza de la juventud revolucionaria y demás ideas románticas, que van a logar que México llegue a cambiar su situación, México, como país, no logrará nunca nada.

Muchas veces han tratado de adoctrinarme y hacerme ver que estas protestas y este modo de actuar de los universitarios, son el cambio… no lo que cambiará sino el cambio en sí. Y como si fueran testigos de Jehová (perdón por la referencia de intolerancia religiosa), no los puedo hacer entrar en razón de que yo no soy adoctrinable: de que yo no creo que tirarme al suelo en la Fil mientras alguien suena un caracol azteca me va a dar protección divina para que no me asalten en una ruta de transporte público; de que yo no voy a quemarme el cerebro en crear una frase pegajosa como “No era penal, el árbitro era un infiltrado” que me servirá como chaleco antibalas si en alguna ocasión (espero nunca) me veo en medio de un tiroteo de narcos y policías; yo no voy a educar a mis alumnos y mis hijos (si algún día los tengo) para que crean que viven en un mundo mágico donde todo se soluciona con polvos de hadas y pensamientos felices. 

“Yo pongo mi granito de arena. Yo por lo menos hago algo por mi país. ¿Tú qué haces, Mario? tu nomás estás sentado en la comodidad de tu casa, criticando por Facebook las acciones de quienes queremos un cambio en México. Vergüenza te debería dar estar criticando lo que otros hacen por ti lo que tú por huevón y miedoso no quieres hacer por México.” 

Yo critico, porque a México le falta crítica… no gritos.

Publicado en Análisis social
Sábado, 29 Noviembre 2014 00:00

El eterno retorno de la esperanza infértil

“Tan ocioso me es seguir a otros como guiarles yo.

¿Obedecer? ¡No! ¡Y gobernar, más que no!”

F. Nietzsche

 

H. L. Mencken, uno de los librepensadores más agudos de los Estados Unidos del siglo XX, señaló alguna vez que si bien, al caer la cabeza de un rey, la tiranía se transforma en libertad, es cuestión de tiempo para que la cara de la libertad se endurezca y vuelva el mismo viejo rostro de la tiranía. Y luego vuelve a caer otra cabeza y así ad infinitum. Detrás de todo este juego, afirma, yace la ilusión básica de que el hombre puede ser gobernado y ser libre a la vez. Creo que esta reflexión le viene como anillo al dedo a los manifestantes que exigen apasionadamente la renuncia del presidente Peña Nieto y la celebración de una nueva elección, sin detenerse a meditar en el hipnotizante y terrífico uróboros político en el que estamos sumergidos y que consiste en nuestra ineludible dependencia de líderes que, periodo tras periodo, prometen liberarnos -ahora sí- de las fauces de la corrupción, la inseguridad y la pobreza en las que nos encontramos atrapados. ¿Se habrá preguntado el manifestante qué tanto vale adelantar el proceso electoral si al fin y al cabo seguiremos dependiendo de una mano administrativa que rija nuestro destino?

La renuncia del presidente se antoja lejana, pero no es imposible. No obstante, de lograrse, no supondría ni un paso minúsculo hacia la libertad. Sencillamente no es un golpe estratégico, ni se está alterando el sistema de regulaciones e intervenciones del Estado en la vida de los ciudadanos. Todo lo contrario, lo que se está pidiendo es una mayor y mejor intervención del Estado: “¡Queremos a alguien que sí nos proteja eficazmente!” “¡Queremos a alguien que ordene a la nación!” Las recientes manifestaciones no revelan a un pueblo que quiera ser artífice de su propio destino. Revelan a un rebaño molesto con su pastor. Quieren a uno mejor, uno auténtico y legítimo. En condiciones “normales”, la renovación de ese pastor, ese vil mortal que se convierte de pronto en depositario del sueño popular, es sexenal. Sin embargo, la exigencia actual es que no termine su mandato: “no ha sabido gobernar por el bien de los ciudadanos”, se ha dicho. Pero así removamos presidentes al primer error, la dependencia de una figura presidencial que refresque nuestro optimismo cada determinado tiempo es absoluta. Es, en efecto, un círculo vicioso que políticos y ciudadanos legitiman con igual ahínco, porque los bandos ideológicos podrán destrozarse, pero la democracia se ha vuelto incuestionable. Y es que el ideal democrático mantiene funcionando la máquina que, cada proceso electoral, deposita en los corazones rotos el combustible que reaviva la esperanza de un mejor mañana. Cada seis años esperamos la segunda venida de Cristo encarnado en ese líder político que habrá de traer regocijo y paz al pueblo. No hay patraña mejor maquillada. Aún el que espera “al candidato menos peor” mantiene una esperanza en las virtudes ocultas de su hombre favorito. No hay desapego, siempre hay alguien bueno por venir.

El arquetipo del héroe ha nutrido la cultura de la humanidad desde épocas remotas, ya sea en los antiguos mitos, en la literatura o en el cine –desde Heracles hasta Luke Skywalker–, pero es urgente desterrarlo de la política si queremos comenzar a escribir una historia sin líderes mesiánicos, una en la que el destino de los hombres no esté en manos de un puñado de gobernantes. #FueElEstado fue uno de los tweets que más se viralizaron a raíz de las manifestaciones en solidaridad con los desaparecidos en Iguala. Si en verdad fue el Estado, ¿seguiremos confiando en él como modelo para la resolución de nuestros problemas? ¿Continuaremos encomendándonos a un sistema de líderes y burócratas que se enriquecen a costa de los impuestos o comenzaremos a plantearnos la mejor manera de ir reduciendo el tamaño del Leviatán y resolviendo de manera privada nuestras dificultades? #FueElEstado, se vocifera, pero pocos se atreven a decir que #ElProblemaEsElEstado; nadie es tan radical como para gritar #DeshagámonosDelEstado. No. Todos anhelan instituciones fuertes y políticos que cumplan. Todos reclaman: “¡cuídame y dame!”. Al gobierno hay que exigirle, sí, pero hay que exigirle que no se meta en nuestros asuntos, que nos deje en paz. El mejor gobierno es el que menos interfiere en la vida de sus ciudadanos. Así, al gobierno hay que exigirle que desaparezca paulatinamente de nuestras vidas. Pero pocos poseen esta radicalidad. No veo a los simpatizantes de los normalistas pidiendo esto. No veo a la izquierda pidiendo esto. De izquierda o de derecha, todos creen en gobernar y ser gobernados, en dirigir y ser dirigidos, en pastorear y ser pastoreados. Todos esperan al que sí sepa cómo hacerlo.

Sí, el problema es el Estado. Pero no se trata de eliminarlo de la noche a la mañana. Es utópico y, de ser posible, requeriría de una revolución armada (con sus respectivos caudillos) que correría el riesgo de imponer un nuevo orden y, por ende, un nuevo Estado. Y caeríamos en el ciclo descrito por Mencken. Es, para bien o para mal, la maldición de las revoluciones. Además, si bien no vivimos en el jardín del Edén, tampoco estamos totalmente sumidos en el infierno de la esclavitud como para no tener otra vía que arriesgar nuestras vidas en una revuelta violenta. Se trata, antes bien, de ir debilitando paulatinamente al Estado e ir aumentando la libertad de los ciudadanos y el margen de la vida privada. Para ello, la exigencia al gobierno debe ser menos “dame” y más “déjame en paz”. Ejemplos:

1. Exigir la desregulación de todas las drogas: “déjame vender y consumir en paz las sustancias que se me vengan en gana”. El retiro de la intervención estatal en este rubro le quitaría el oligopolio de la venta de drogas a los cárteles de la delincuencia organizada. No es la panacea para el crimen, pero está lejos del autoritarismo de la sangrienta guerra contra el narcotráfico que tantas víctimas inocentes ha dejado.

2. Exigir la desregulación de la compra, venta y portación de armas: “déjame protegerme y hacerme responsable de mi seguridad”. Hay quienes piensan que, con esta medida, los delincuentes se armarían fácilmente. Pero, asumámoslo, los delincuentes ya están armados. Son los ciudadanos pacíficos los que están indefensos ante la delincuencia.

3. Exigir la desregulación de la creación de grupos de autodefensa, asociaciones, cooperativas y agencias de seguridad privada: “déjame protegerme y hacerme responsable de mi seguridad”. Ante la ineficacia del Estado para procurar seguridad pública, los ciudadanos deberían tener el derecho a armarse y organizarse para defenderse por sí mismos, tal como ya ocurrió en algunos pueblos hartos de la delincuencia. Mientras no hubiere tribunales privados, dichas organizaciones se atendrían a la ley y a los juzgados estatales, pero el ideal máximo es que la procuración de justicia esté en manos de la gente y no de funcionarios estatales.

4. Exigir la desregulación de la creación de escuelas y planes de estudio: “déjame elegir con quién y cómo educarme”. Por otro lado, comenzar a convertir la educación autodidáctica en un paradigma sería un golpe certero a la caduca educación estatal y a su presunta gratuidad.

5. Exigir la desregulación de la creación y certificación de centros médicos: “déjame procurarme salud a mí mismo y elegir, bajo mi propia responsabilidad, en dónde atenderme”. En los EU de principios del siglo XX el Estado no brindaba seguro social y aún así los ciudadanos gozaban de servicios médicos de bajas cuotas gracias a las sociedades mutuales, las logias fraternales y, en el caso de los más desfavorecidos, las asociaciones caritativas. No hay razón para creer que la sociedad actual no puede organizarse y crear maneras innovadoras de brindarse salud sin la intervención del Estado.

6. Exigir la eliminación de todas las regulaciones para abrir un negocio y para comerciar: no es otra cosa que el “laissez faire, laissez passer” de la auténtica tradición liberal. Y la aspiración es total: desde la libertad de abrir casinos en cualquier parte hasta el cese de la persecución a comerciantes callejeros. Esto supone también el fin de los privilegios a las grandes empresas amigas del gobierno (crony capitalism) para dar paso a una auténtica liberación de mercado con competencia real.

Hay quienes piensan que sin Estado y sin líderes políticos no hay libertad. Pero, lejos de ser su garante, el marco estatal es un obstáculo para las libertades. Allí donde hay una regulación específica, por más sensata que parezca, hay un atentado a una libertad específica. Nadie debería prohibirme hacer cualquier cosa que no quebrante el derecho a la vida y a la propiedad de los demás, pero el Estado lo hace. Históricamente lo ha hecho, prohibiendo incluso la libertad de expresión, de credo o de orientación sexual. Lo sigue haciendo, con las regulaciones ya descritas y con otras no enumeradas. Los ejemplos anteriormente citados son sólo algunas formas de ir resquebrajando el poder estatal y dárselo a los individuos para que se organicen voluntariamente de la manera en que crean pertinente y así comiencen a resolver sus problemas, dependiendo cada vez menos de pastores gubernamentales que vivan a expensas del dinero público. 

Publicado en Análisis social
Martes, 18 Noviembre 2014 00:00

Breves apuntes sobre la libertad

Las cadenas de la libertad son más pesadas que las cadenas de la esclavitud. Dios no existe, existe el hombre… que es su propio Dios.

El hombre no es libre. Inicio con una declaración absoluta, injustificable e incomprobable. ¿Cuántas veces hemos escuchado discursos románticos sobre el ideal de la libertad, o sobre la terrible opresión en la que el hombre se encuentra? ¿Por qué existe ese deseo, esa meta u objetivo en el pensamiento y espíritu humano? ¿De dónde viene ese ideal? ¿Existe la libertad?

El hombre no es libre, estará siempre sujeto a la opresión inexistente de una divinidad más cruel y viciosa que la esclavitud contra la que se oponen los discursos de libertad; los ideales de libertad y justicia son la misma cadena que sujeta al hombre en una paradoja y le provee tanto de esperanza como de desesperación. Pero el hombre no es libre por efecto de una opresión ajena a sí mismo, esto es: no hay opresión externa, no hay un capataz azotando las espaldas del hombre ni ajustando sus grilletes.

Con lo anterior dicho, no se niega la existencia de situaciones lamentables que atentan en contra de la humanidad, situaciones como las injusticias sociales, perpetradas por la tiranía de éste o aquel gobierno; situaciones injustas acometidas por razones de credo e intereses económicos. No, no se niega la existencia de opresores y injusticias en la humanidad. El hombre no es libre, sin embargo, porque el hombre cree en la libertad y en la justicia y los fundamentos de estos ideales yacen en la arbitrariedad de la lógica.

Cuando alguien, un profesor, un amigo o un sujeto en sociedad, denuncia la opresión de un “Sistema” que le quita la libertad al hombre, incluso de tomar decisiones, sucede que me ocasiona un total desagrado y desconcierto acerca de la seguridad, de la certeza de ese sujeto sobre la existencia y proceder de este “Sistema”. Mi desagrado me surge al reflexionar sobre las incoherencias en que se sujeta este individuo y es allí que mi reflexión inicia: ¿Qué es la libertad?

A tu consideración ¿Cuál es el principal opresor del hombre? ¿El gobierno? ¿El credo? ¿La maldad (injusticias y vicios)? Hace unos días, en una conversación con un amigo, surgió el tema de la opresión de la mercadotecnia, de cómo este “Sistema” integrado en ella, le permite tener el control sobre el consumidor, desproveyéndole de toda capacidad de tomar decisiones por sí mismo. Mi amigo, argumentaba que la necesidad de venta surge de la necesidad de consumo del pueblo y que esto proveía las condiciones suficientes para implementar estrategias de enviciamiento: Convierte al consumidor casual en un consumidor enviciado.

Su alegato no se encuentra fuera de lo común, de lo que normalmente observamos y de lo que somos participantes en este “Sistema” de control. Sin embargo, es cuando menciona que estas corporaciones, este consumismo estratégico le quita voluntad y toma de decisión a la humanidad, que volví a escuchar, en palabras de mi amigo, ese canto, ese poema romántico sobre la libertad del hombre y su opresión por un “enemigo” maldito, satánico.

“Hoy, dentro de media hora, iniciará el programa de televisión de comentaristas deportivo… ese que es, en realidad, una mesa redonda en la que se debaten circunstancias y situaciones del deporte mexicano, del futbol. Es, sin duda alguna, la mesa redonda con más audiencia y la de mayor ‘rating’ en México… más que cualquier otra mesa redonda, sea de un programa televisivo o de un programa de radio ¿Qué te dice eso?” Fue la pregunta que le plantee a mi amigo frente a sus alegatos. Su respuesta, inmutable de su postura, e inmediata fue “Esa es otra forma de control. Los medios de comunicación saben que en México se consume más ‘El pan y circo’ que algo que pueda ayudarlos a mejorar, a crecer, a cultivarse”.

Es aquí, frente a la respuesta de mi amigo, que les invito, lectores, a reflexionar y hacer uso de su criterio: a tomar un paso atrás, a un lado o a donde sea y observar lo que se plantea así como sus repercusiones e implicaciones. El sistema no controla. El gobierno no controla. La opresión no viene de fuera del individuo. Los medios de comunicación y los programas (radiofónicos y televisivos) no ejercen una fuerza de oposición a la voluntad humana. Enciende el televisor y no estarás obligado, por ninguna fuerza, a ser parte de la audiencia de X o Y programa.

La réplica que le presente a mi amigo ante su respuesta del control fue la siguiente: “Los medios de comunicación no controlan, ni obligan al televidente a observar sus programas… las televisoras ofrecen y es el televidente quien muerde el anzuelo” Inmediatamente a mi réplica, me contra-argumentó que esa forma de pensar, ese modus operandi (de soltar el anzuelo) es precisamente la forma de control que ejerce “El sistema” ante el cual, estamos desarmados: indefensos a menos que nos cultivemos y podamos salir de su plan de ataque.

Su respuesta me dejó perplejo. Mayormente porque me hizo recordar que lo indefensos que estamos, lo vulnerables a ver un señuelo hermoso: “antojable”. Tomé unos segundos para reflexionar sobre el tema y después de cavilar unos momentos llegamos al acuerdo mutuo de que, en efecto, el hombre “común” (discurso elitista) no siente la necesidad de superación, por lo menos no tan fuerte como la necesidad de complacencia, de satisfacción. Fue en este punto que retomamos el punto de la libertad y de la cultivación intelectual como herramienta para alcanzar esta… turbia… libertad.

Fue entonces que en medio de nuestra discusión, le pedí un momento, un receso para ir a conseguir un cigarro suelto y fue entonces que respondió a mi petición de la forma más inesperada (puesto que no lo tenía contemplado así): Carcajeó en forma de burla, de ironía según lo que veníamos comentando sobre el “control” de las corporaciones sobre nosotros los consumidores.

Algo molesto y decepcionado le dije: “Estoy tomando mi (propia) decisión de ir a fumar. Estoy ejerciendo mi derecho a la libertad de elección”. Si alguien tan cultivado como mi amigo respondió con una insolente carcajada a un acto propio, no espero menos de alguno que otro de ustedes, lectores; en especial no espero menos de quienes consideran el consumo de tabaquismo “lo más estúpido” que un hombre puede hacer.

El mejor alegato, por lo pronto el más racional, contra nosotros los fumadores, se sustenta en que no se incrimina el derecho ejercido sobre el consumo del tabaco, sino que dicho acto, atenta contra el derecho de los no-fumadores, quienes optan por la salubridad de no auto-intoxicarse. Hasta la fecha, no existe contra-argumento a esto… es una verdad: los fumadores atentamos contra el derecho de los no-fumadores. Sin embargo y ya será para otra publicación, la injusticia que ha caído sobre nosotros los fumadores, nos ha vuelto blancos para la discriminación y la desvalorización de nuestra integridad como sujetos.

“El hombre no es libre” agregué en respuesta a la burla que recibí de mi amigo. El Dios primordial del hombre no es un Dios religioso, no es un Dios mítico y ritual que existe como una entidad extra-humana: que está fuera, más allá del hombre. Sino que el Dios primordial del hombre es él mismo. El hombre necesita estar sujeto a una autoridad, esta necesidad le provee de confianza y leyes a las que pueda acatar su existir y actuar; La autoridad es el principal Dios del hombre en tanto que la autoridad le otorga sentido, significado, a su propio existir.

Al estar sujeto el hombre a una forma de actuar, a una forma propia, correcta, de actuar, el hombre se esclaviza a sí mismo: se arrodilla ante este Dios creado de sí y por sí mismo. Es porque el hombre, la humanidad, desea encontrar un sentido, un significado a su vida que erige en él mismo, una autoridad superior, divina, ajena a él y a su razón. La libertad es este nuevo Dios, el primigenio.

La libertad es el dios de la represión. El hombre que busca la libertad se encuentra en la paradoja de imposibilitar la existencia de ese ideal de “libertad”. “Nosotros (los elitistas) quienes hablamos del pueblo (ignorante y mediocre) inculto y acusamos en su actuar las herramientas que el gobierno o “El sistema” utiliza en contra de ellos para tenerlos oprimidos, controlados, somos exactamente como el sistema: Le decimos al pueblo ‘lee esto, lee aquello, cultívate’. Dime ¿No estamos atentando contra el derecho de elección del mismo pueblo, al obligarle a leer lo que nosotros consideramos que es lo que necesitan para salir de su ‘opresión’?” fue la pregunta que le presenté a mi amigo.

“No. Porque nosotros les estamos dando herramientas para que ellos mismos tomen sus decisiones y vean que hay quienes no quieren que tomen decisiones, que obedezcan y sólo consuman lo que les dan” Fue la respuesta a mi pregunta por parte de mi amigo. ¿Cómo puede el hombre, la humanidad, juzgar lo bueno y lo malo sin ayuda de un concepto superior, máximo y universal sobre el bien y el mal? Esta pregunta se aplica a todo tipo de acción inmoral así como a las acciones “egoístas” del hombre (alusión a los fumadores)… ¿Es malo ser esclavo?

La discusión que mantuve con mi amigo quedó inconclusa… Mi declaración de que el hombre no es libre y que la libertad es una entidad, cuasi-divina, inexistente, quedaron sujetas a otra carcajada a manera de ironía mientras encendía mi cigarro: ejemplo paradójico de mi sujeción-esclavitud a un “algo” llamado “El sistema” llamado “Libertad” llamado “Dios” llamado “Bien y mal”… así mismo, dejaré inconcluso este comentario, lector, mientras poética y románticamente asevero mi declaración al momento que enciendo el último cigarrillo de mi cajetilla y repito: “El hombre no es libre… nunca lo será quizá.”

Publicado en Análisis social

¿Es la obediencia civil en el México violento opuesta al poder de la comunidad política?

El presente escrito aborda esta cuestión a partir de una de las tesis sobre la violencia de Hannah Arendt para contrastarla con los acontecimientos que en nuestro contexto nos alertan sobre las formas y efectos de la violencia desde los aparatos del narco gobierno contra la sociedad civil. En esta comparación se sostiene que los ciudadanos que justifican el estado de cosas desde una indiferencia coincide en uno de los rasgos de la banalidad del mal: la obediencia ante un deber y la ausencia de empatía ante el dolor de quienes conformarían la comunidad política. Esta postura ciudadana sería opuesta a la práctica política y por ende, a las condiciones de vida de los mismos que sostienen esa indiferencia.

Violencia y mal radical

Una de las tesis más importantes en el estudio de la violencia que hizo Hannah Arendt (2006, 2009, 2010) es que la violencia tiene formas y mecanismos racionales que anulan la acción política. La falta de consenso sobre el origen o motivo de la violencia extrema ha llevado a algunos planteamientos que suponen un "más allá" de la violencia en cuanto a su desproporción (en Balibar y su concepto de “violencia fetichista”, Derrida y su concepto de “crueldad” por ejemplo); según esto, habría algo “más allá” de la razón en la violencia que nos impediría entenderla para modificarla. En su propuesta sobre la “banalidad del mal”, Arendt (2009) concibe la violencia como racional y por ello, ubicada en el interior de la vida activa del totalitarismo. A diferencia de Kant que ubicaba la fuente del mal radical en el egoísmo, para Arendt éste se encontraba en volver superfluos a los seres humanos eliminando la espontaneidad impidiendo a su vez la pluralidad de la vida con otros por el “delirio de omnipotencia” de lo individual (Bernstein, 2004). El egoísmo en Kant no necesita la eliminación de la espontaneidad ni la pluralidad ni el reconocimiento de los demás. Según lo expresado en su estudio sobre el totalitarismo (Arendt, 2006) esta forma de gobierno mostró que el mal radical podría generalizarse a amplios sectores de la sociedad externa, los enemigos, pero también implementarse al interior de la comunidad entre iguales. Al ser los ciudadanos gobernados por el terror y la vigilancia se eliminaba la pluralidad y espontaneidad entre ellos. Esta forma de deshumanización tenía efectos no sólo en los enemigos sino en los propios integrantes de la masa (algo similar a lo que plantea Foucault y los mecanismos de poder que no necesitan de un centro o instancia oficial para que se ejerza en lo cotidiano).

Esta dominación total tiene tres componentes:

a) El asesinato legal o jurídico de las personas, cuando mucho antes de los campos de concentración, se establecieron restricciones legales contra los judíos de manera que para ellos no había ley aplicable, la destrucción de sus derechos civiles.

b) El asesinato de la persona moral. Cuando en los campos los SS corrompían toda forma de solidaridad entre los judíos haciendo que se traicionaran entre ellos o cuando daban a “elegir” a quién se debía matar.

c) El más grave, núcleo del mal radical, la destrucción de la individualidad o singularidad. La espontaneidad está asociada a la libertad, la creación, la natalidad. Cosificar al humano, hacerlo superfluo, sin diferencia respecto a las cosas.

Es evidente que la práctica masiva y evidente de exterminio no tiene la misma dimensión ni condiciones cuando comparamos el caso de los nazis con el de nuestro país. Pero también es cierto que en los casos de miles de asesinados y desaparecidos en los últimos dos sexenios han superado nuestra idílica creencia de que la cosa “no estaba tan mal” para llegar a la creencia de que cualquier ciudadano y por ende, las comunidades a que pertenecen son heridas constantemente sin consecuencias; cualquiera podría desaparecer impunemente. Lo que han hecho las justificaciones gubernamentales, replicadas por los medios oficialistas y que han terminado circulando en lo cotidiano por los ciudadanos obedientes es, paradójicamente, atacar el fundamento del lazo comunitario. Sin embargo, no son creencias que funcionen per se, se ubican en un contexto en el que la sociedad se ha reducido a una masa que se preocupa fundamentalmente por sobrevivir; en condiciones donde la vida se hace superflua, según Arendt (2009). Si las preocupaciones cotidianas remiten a las condiciones materiales inmediatas las cuestiones o preocupaciones de índole más general en lo político y en lo espiritual simplemente no tendrán el mismo peso (“primero lo material, luego lo espiritual”, se diría desde el marxismo). El resultado de esta forma de obediencia es una indiferencia, una apatía ante el dolor de lo que destruye la vida individual y política.

La destrucción de los derechos civiles, la corrupción de la solidaridad y la destrucción de la subjetividad en un contexto de masificación, supervivencia y terror es, en conjunto, una realidad que, desde el caso de los estudiantes de Ayotzinapa, nos cuestiona sobre el valor del lazo político que pueda hacerle frente a la corrupción e indiferencia.

 

Banalidad del mal y violencia

Otra clave para entender el mal radical desde el totalitarismo en la propuesta de Arendt se encuentra en el texto "Eichmann en Jerusalén" (2009) con la idea de la banalidad del mal. ¿Qué implica esta banalidad? No es, contrario a lo que pareciera, el límite o el extremo de una anormalidad moral o psíquica de quienes participan de la destrucción de otros, sino el núcleo de la normalidad misma:

Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas, por cuanto implicaba que este nuevo tipo de delincuente –tal como los acusados y sus defensores dijeron hasta la saciedad en Nuremberg-. Que en realidad merece la calificación de hostis humanis generis, comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad (Arendt, 2009: 402-403).

El mal radical que introduce el totalitarismo se localiza en la supresión y exclusión de la condición humana y su dimensión política desde una normalidad acorde a los deberes de la ley. La banalidad del mal es entonces, cometer actos monstruosos pero sin motivos monstruosos basados en una superficialidad del pensamiento, inhabilidad para pensar desde el lugar de otra persona, es decir una dificultad no cognitiva –Eichmann sabía lo que hacía- sino una dificultad del juicio en su dimensión política y ética apelando al deber de manera irreflexiva: “yo sólo obedecía órdenes”.

Lo que pasa en México a partir del caso de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa: movilizaciones sociales, protestas de connacionales y ciudadanos en otros países, cuestionamiento desde la academia y los medios y sobre todo, las muestras de una tensión social y su latente explosividad remitiría a la tesis de Arendt: hay violencia social que evidencia la frustración política.

La simulación de la política desde las instituciones corruptas y coludidas con el narco poder dificulta el diálogo, el reconocimiento de los ciudadanos y sus derechos en el pacto social, lo que provoca una reacción “racionalmente” violenta, aunque escandalosa para los obedientes ciudadanos. Si bien es cierto que Arendt sostiene que es irracional pretender un uso y control de la violencia como instrumento para la política a largo plazo, hay cierta violencia que, en esas condiciones de no escucha y desacuerdo, sirve racionalmente para dar salida a la frustración de la acción política (otro debate será necesario para analizar el atributo de racionalidad de la violencia a la luz de la analogía de ciertos actos violentos irracionales con el “pasaje al acto” en psicoanálisis como lo propone Zizek). Si bien la política es una práctica de reconocimiento, de escucha, diferencia y acuerdo que como tal sería opuesta la violencia, esto no niega que hay eventos sociales que, aunque violentos por parte de los ciudadanos, sean racionales. Esto implica un entendimiento de la violencia sin que necesariamente se justifique dado su carácter de acción humana impredecible. Por supuesto, esto no aplica igual para las instituciones del estado que estarían en un lugar jerárquicamente superior dado el pacto social por lo que si las fuerzas del estado usan la fuerza contra civiles, como ocurrió en Iguala sería el caso del uso monopólico y legítimo, algo falso como sabemos; o sería el caso del terrorismo de estado en tanto que se usó para mantener la simulación del status quo contrario a los intereses y derechos básicos de los ciudadanos.

El énfasis no se puede ubicar del lado de los asesinos materiales como monstruos que destruyeron literalmente la existencia de los estudiantes normalistas. Su responsabilidad es evidente, así como la actualización radical de la banalidad del mal en sus actos al obedecer órdenes. Por supuesto está la responsabilidad de los poderes que conforman al estado en la cadena de corrupción entre el gobierno de Guerrero y las mafias. Aquí se enfatiza la cuestión sobre la responsabilidad de quienes pudiendo exigir cuentas y cambios de esa corrupción e impunidad terminan replicando, como ciudadanos obedientes, la justificación oficial vacía que excluye al Estado de su responsabilidad: gobierno, instituciones y los mismos ciudadanos. La ciudadanía obediente participa de esa simulación aunque sea opuesta a sus derechos y necesidades cívicas en la comunidad política.

Para fines de la lucha que restablezca el poder político en los ciudadanos esa postura sería inaceptable. Pero por lo menos es necesario dejar la cuestión para debatirla: para los fines de una práctica política más auténtica ¿es más valiosa una expresión de frustración política violenta que cuestiona la simulación de la política oficial que una obediencia basada en la indiferencia de los males de la comunidad política en aras de una supuesta paz social?

Referencias:

Arendt, Hannah (2006) Los Orígenes del Totalitarismo. México: Taurus.

____________ (2009) Eichmann en Jerusalén. Barcelona: Debolsillo.

____________ (2010) Sobre la violencia. Madrid: Alianza.

Bernstein, Richard (2004) El mal radical. Buenos Aires: Lilmod.

Cortesía

Publicado en Análisis social
Jueves, 13 Noviembre 2014 00:00

Un “Cantinflas” gitano

La película "Cantinflas" no está mal, aunque tiene varios detalles que impiden que alcance sus pretensiones. Decir que no está mal es, ante todo, en comparación con la mayor parte de las mediocres cintas del "nuevo cine mexicano".

La elección de Óscar Jaenada como intérprete del mal llamado "Mimo de México" ha provocado las más burdas reacciones chauvinistas, que no conciben que un actor español encarne a Cantinflas (¿esperaban a Carlitos Espejel?). A decir verdad, la película se sostiene, en gran medida, gracias a la sorprendente actuación del barcelonés, quien consigue replicar gestos, ademanes, timbre de voz y el estilo histriónico de Mario Moreno.

Más lamentable es el resto del elenco, actores mexicanos incluidos. La sola mención de Adal Ramones en los créditos como Fernando Soto "Mantequilla" es suficiente para ahuyentar a muchos cinéfilos, aunque su presencia en el filme dura (afortunadamente) escasos segundos. De hecho, la mayor parte del reparto, que incluye muchas estrellitas de las telenovelas que encarnan a verdaderos actores del cine de Oro -Jorge Negrete, Miroslava Stern, Andrés Soler, Dolores del Río, etc.-, aparecen por algunos segundos y muchos de ellos ni siquiera tienen una línea en el guion; que, para el caso, no sé si podría considerarse el reparto más desperdiciado en el cine nacional o un mérito de la cinta.

El verdadero problema de la película es su desarrollo anti-clímax. El filme avanza con un ritmo parsimonioso, lleno de flashbacks y pequeños segmentos de algunas réplicas de las escenas de las películas originales de Cantinflas, con desarrollos a medias y una culminación que ha decepcionado a más de un crítico y espectador: se presenta la incursión del cómico mexicano en Hollywood como el pináculo de su carrera. Ciertamente, esto remite a una paradójica creencia, ampliamente extendida en la cultura popular, de que la importancia de una figura mexicana radica en su éxito en el extranjero -y hay que decir que la aventura hollywoodense de Cantinflas fue efímera, pues filmó un par de películas, malas en su mayoría-.

Pero honestamente, me parece mejor que la película concluyera ahí. Muy lamentable habría sido ver la decadencia del viejo Mario Moreno en las películas a colores de los años sesenta, setenta y ochenta -como "El padrecito", "El señor Doctor", "El patrullero 777" y demás bodrios-, en las que cambió la irreverencia y el cantinfleo por patéticos discursos moralistas y políticamente correctos -dentro de los cánones de la ideología priísta-, cargados de anacronismo. El mayor problema de la película no es su final, sino su desarrollo.

Sobre todo, "Cantinflas" merece verse quizás por la magistral caracterización de Jaenada, que por otra cosa. Ahí está el detalle...

Publicado en Crítica
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