Viernes, 09 Septiembre 2016 13:58

Gente especial

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Gente especial photo credit: Revelaciones via photopin (license)

En la ideología de la modernidad parece haber una contradicción: por una parte se defiende a ultranza –y más formalmente que de hecho- la igualdad de las personas; por otra parte se le concede una importancia desmedida al individuo. Una persona nacida en la época colonial no podría concebir un proyecto de vida que no fuera dependiente de su familia, su comunidad, su casta o su religión.

El ejercicio que presento no es para contrastar cuál de los valores tiene más fundamento, sino en todo caso para pensar en voz alta qué es eso de ser especial. La primera idea sobre esto es que sin negar que un sentido muy humano todos valemos lo mismo y merecemos de facto un mínimo de elementos en este valle de lágrimas, salta a la vista que por razones históricas, biológicas y socio económicas no todo el mundo puede ser un Mozart, un Goya o un Hitler. Esto es cierto así sin más, y las razones son un tema digno de debate que no viene al caso aquí.

La segunda idea viene de un cuento que leí en mi infancia y cuya fuente perdí sin poder encontrarlo nuevamente. Era la historia de una chica especial pero que por humildad y empatía reconocía que cada quién era especial a su modo. Es decir, según ella cada quién en su diferencia tenía algo digno y bello, algo especial. Su problema apareció cuándo un pretendiente la increpó preguntando cómo era posible que todos fueran especiales, dado que la definición misma de especial implica algo único e irrepetible, y que si de hecho cada quien era especial a su modo, entonces nadie podía ser  especial en sentido estricto. De otro modo; del hecho de que cada uno de nosotros es especial se desprende por definición misma que nadie es especial. Qué triste historia.

La tercera idea sobre esto viene de las ciencias sociales, el concepto de cohorte, el de generación, el de clase social y otros muchos implican que compartimos en realidad más cosas de las que comúnmente estamos dispuestos aceptar. Uno de mis ejercicios favoritos para demostrar esto, se lo aprendí a mi maestro Jorge Durand, quien nos preguntaba cuántos hermanos tenían nuestros papás, y luego cuántos hermanos tenemos nosotros, con estas sencillas preguntas nos ayudaba a inferir que con un conteo informal uno puede comenzar a crear hipótesis por ejemplo al respecto del tamaño de las familias por generación. Yo me divierto preguntando a mis alumnos a parte de estas dos preguntas, cuántos años de educación formal tuvieron sus papás y sus abuelos, de dónde eran oriundos, a qué se dedicaban, que religión profesaban y otras según el caso. Al comentar las respuestas los mismos alumnos van reconociendo cuánto tienen en común sus familias, es un momento incómodo para algunos con ínfulas de grandeza y un momento agradable para aquellos quienes sienten que tener en común es algo que nos acerca. Si compartimos tantas cosas porque llegamos a un mundo ya hecho (bien o mal), y si somos en cierto sentido personas genéricas, y además, al ser cuestionada ¿cómo podía la chica del cuento seguirse sintiendo especial? Una linda joven no debería leer cuentos como ese.

Modificado por última vez en Sábado, 10 Septiembre 2016 15:21
Edson Javier Aguilera Zertuche

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara, Maestro en Estudios Filosóficos y Licenciado en Filosofía por la Universidad de Guadalajara. Profesor de la Maestría en Derecho, la Maestría en Administración de la Universidad Enrique Díaz de León y de la Licenciatura en Intervención Educativa de la Universidad Pedagógica Nacional. Autor de diversos libros y columnista.