Domingo, 18 Septiembre 2016 19:27

¿Cómo leían los antiguos griegos y romanos?

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Imagina que eres un romano de clase acomodada alrededor del siglo I a. C. Como muchos de ellos, tienes una villa en la cual podías distanciarte de la política y de los tiempos tumultuosos que se estaban viviendo en ese entonces (guerra civil, la caída de la república, etc.). Al igual que otros romanos, también, probablemente pasaste un tiempo en tu juventud en Grecia estudiando con filósofos y retóricos, de modo que dominas el griego y seguramente tienes el hábito de la lectura.

Estás, pues, en tu villa alejada de la capital y decides dedicarte por un tiempo a leer y escribir: ése es el distanciamiento que nos legó textos como los de Salustio o las obras filosóficas de Cicerón. Examinas tu biblioteca y digamos que seleccionas a un autor griego específico: Hipérides. ¿Cuál es tu experiencia de lectura?

Veamos lo estrictamente físico en la experiencia: el libro como objeto. Los discursos de Hipérides, uno de los oradores más famosos de su tiempo, los encontrarías en un rollo de papiro. Al abrirlo de manera horizontal, lo que verías sería una serie de columnas de texto escrito de unos 20cm de alto por 5 a 7cm de ancho: muy delgadas. Entre cada una habría unos 2cm de separación y así se extendería el texto a lo largo del rollo. Y he aquí el primer rasgo que distinguiría enormemente aquel libro de lo que ahora leemos: ¡las palabras en el texto no estarían separadas entre sí! Se le conoce como scriptio continua y era particularmente común. No era que los antiguos no supieran separar las palabras, sino que simplemente no lo necesitaban y podían leer cómodamente esas tiras y tiras de letras seguidas. ¿Cómo es posible —nos preguntaríamos ahora— que les pareciera cómodo?

Ejemplo de Scriptio Continua en un texto biligüe griego-latín

En cada columna, por lo angostas que eran, cabían alrededor de 15 o 25 caracteres corridos que podían cortar a media palabra y seguir en la línea siguiente hacia abajo; eso sí, se respetaba la separación silábica en las palabras al hacer esos cortes, con reglas tan estrictas como las que aprendemos nosotros al separar una palabra como a-pren-der. Cada renglón era entonces breve: tenía de 2 a 5 palabras.

Ahora bien, nosotros sabemos actualmente, a partir de los estudios modernos sobre la lectura, que cuando leemos el ojo se mueve de manera discontinua: avanza dando saltos rápidos y luego haciendo breves pausas. Seguramente los has visto también al observar las pupilas de alguien que está en proceso de lectura. La captación de las letras impresas se da precisamente en esos momentos en que el ojo hace las pausas y toma de golpe un bloque de palabras. Cuando leemos en voz alta, gracias a este proceso, el ojo siempre va adelantado con respecto a la voz: tiene que mandar la información al cerebro antes de que realice el siguiente salto. Pues resulta que, por promedio, la cantidad de letras que el ojo logra ver en una de esas pausas es de 20, que es justamente la media de caracteres presentados en un renglón en un texto antiguo de prosa. Esto, por supuesto, no lo sabían ellos, pero sin duda nos ayuda a explicar por qué les podía parecer cómodo leer esas tiras de palabras sin separar: un lector experimentado podía seguramente hacer un salto ocular por cada renglón leído. A esto, agreguémosle el hecho de que el papiro no era barato, y entonces podremos entender un poco más por qué preferían así sus textos. Era más práctico.

Ahora, una vez que abres tu rollo de Hipérides, puedes optar por lo que ahora nos parecería más elemental: leer en silencio y en soledad. Pero además de tal opción, tendrías otra que ahora parece estar progresivamente en desuso. 

Nos dicen los eruditos que, según todos los indicios que poseemos, la literatura antigua estaba hecha muchas veces para ser leída en voz alta. A veces podía ser el lector mismo el que lo hiciera para sí mismo; pero para esto era más frecuente que algún esclavo leyera cuidadosamente para su amo, como vemos que ocurre al inicio del diálogo Teeteto de Platón, donde la “lectura” se vuelve prácticamente una recreación histriónica de algo sucedido. Este esclavo, que con frecuencia podía tener un grado considerable de práctica y especialización, era el llamado anagnōstēs (el verbo griego para leer era anagignōskō, literalmente “conocer de nuevo” o “reconocer”). Dice William A. Johnson, un estudioso de este tema: “Bookrolls were not, in gross terms, conceptualized as static repositories of information, but rather as vehicles for performative reading in high social contexts.”.

Precisamente por estas prácticas de lectura fue como ya en la Antigüedad se elaboraron posturas críticas en torno a la prosa artística: se dieron cuenta de que mantener un ritmo en la prosa análogo al de la poesía era un modo excelente de crear efectos literarios. Y éste es justo mi punto: para un lector-oyente antiguo, la diferencia entre prosa y poesía se daba sobre todo en el sonido, en los patrones musicales que se crearan mediante el lenguaje. Esto es cierto, sin duda, incluso en la actualidad, pero no puedo evitar pensar que siempre le será más fácil hacer la distinción a alguien habituado a oír literatura, que a alguien que sólo la lee en silencio. ¿No será que la razón por la cual actualmente la narrativa goza evidentemente de mayor favor y popularidad —a diferencia de la Antigüedad, donde sin duda lo más aclamado era la poesía— es sencillamente que nosotros ya no estamos tan acostumbrados como lo estaban ellos a oír lo que leemos? Cualquier amante de la poesía sabe que la experiencia de lectura en silencio y en voz alta es muy diferente...

Leer era para los antiguos, entonces, típicamente una actividad donde el oído tenía un papel fundamental. El mito griego de Acontio y Cidipe viene aquí a colación. Acontio era un joven de familia pudiente, pero no noble, que una vez acudió a las fiestas de Delos y quedó pasmado ante la hermosura de una muchacha llamada Cidipe. Enamorado, Acontio la siguió hasta una ceremonia ritual en el templo de Ártemis, y lo que hizo fue muy curioso: recogió un membrillo y con la punta del cuchillo grabó en la superficie: “Juro por el templo de Ártemis que me casaré con Acontio”. En seguida, arrojó el fruto en dirección de Cidipe, quien actuó de manera totalmente inconsciente: lo levantó y maquinalmente leyó la inscripción, por supuesto, en voz alta. De modo que, al pronunciar tales palabras, Cidipe quedó obligada ante la diosa a cumplir su palabra y casarse con Acontio. El padre de la muchacha tuvo que renunciar a sus esperanzas de casarla con alguien más.

Algunos estudiosos han llegado incluso a afirmar que los antiguos acostumbraban leer en voz alta porque no podían leer en silencio. Esto, que ha generado ríos y ríos de tinta, suele apoyarse típicamente en un famoso pasaje de san Agustín donde describe su admiración por san Ambrosio. Aquí en la traducción de Ángel Custodio Vega:

“Cuando éstos le dejaban libre [a Ambrosio], que era muy poco tiempo, se dedicaba o a reparar las fuerzas del cuerpo con el alimento necesario o las de su espíritu con la lectura. Cuando leía, lo hacía pasando la vista por encima de las páginas, penetrando su alma en el sentido sin decir palabra ni mover la lengua. Muchas veces, estando yo presente —pues a nadie se le prohibía entrar ni había costumbre de avisarle quién venía—, le vi leer calladamente, y nunca de otro modo; y estando largo rato sentado en silencio —porque ¿quién se atrevía a molestar a un hombre tan atento?—, optaba por marcharme, conjeturando que aquel poco tiempo que se le concedía para reparar su espíritu, libre del tumulto de los negocios ajenos, no quería se lo ocupasen en otra cosa, leyendo mentalmente, quizá por si alguno de los oyentes, suspenso y atento a la lectura, hallara algún pasaje oscuro en el autor que leía y exigiese se lo explicara o le obligase a disertar sobre cuestiones difíciles, gastando el tiempo en tales cosas, con lo que no pudiera leer tantos volúmenes como deseaba, aunque más bien creo que lo hiciera así por conservar la voz, que con facilidad se le enronquecía. En todo caso, cualquiera que fuese la intención con que aquel varón lo hacía, ciertamente era buena” (Confesiones, VI, 3).

La sorpresa de Agustín ante la lectura en silencio de Ambrosio se debería entonces a que no todos eran capaces de hacerlo. Pero, hay que decirlo, actualmente ya casi ningún estudioso serio está de acuerdo con tal visión. Podría ser sencillamente porque no todos solían hacerlo. Hay una gran diferencia entre incapacidad para hacer algo y la falta de costumbre de hacerlo. La sorpresa ante el silencio de Ambrioso podría incluso deberse al hecho sencillo de que, al haber pupilos frente a él, se esperaba que les leyera y los instruyera. 

En todo caso, lo que es interesante de analizar cómo leían los griegos y los romanos es darse cuenta de que la lectura era un evento muy frecuentemente oral y social. Los antiguos sí leían en silencio, y de esto hay muchas pruebas (pensemos en la imagen aquella de Catón el Joven leyendo apasionadamente el Fedón de Platón justo antes de suicidarse), pero la importancia que le daban a la manifestación oral y social de la literatura es claramente mucho mayor que ahora.

Es cierto que lo social en la lectura sigue ocurriendo en cierto modo. Vamos a presentaciones de libros, lecturas públicas, congresos, conferencias y otros eventos semejantes, pero a veces tengo la impresión de que tales eventos son como piezas arqueológicas de una época en proceso de olvidarse. A todos nos ha ocurrido que vamos a uno de esos eventos y de alguna manera sentimos que no lo entendemos realmente todo porque el presentador o el conferencista sólo está leyendo en voz alta un texto destinado a ser leído en silencio, con las pausas y reflexiones que puede hacer un lector cuidadoso. Sin modular la voz, sin poner énfasis en nada y sin apelar a la atención del público, el presentador no hace, con mucha frecuencia, el mínimo esfuerzo por recrear el texto y darle vida oralmente, porque, claro, sólo los “inteligentes” entenderán. En tales lecturas, en cierto modo es como si cada uno estuviera leyendo solo, pero con la dificultad de hacerlo al ritmo de alguien que de antemano ya entiende el texto (claro, porque él lo redactó). 

Pero en la Antigüedad, donde la formación cultural más elemental de un individuo se centraba en la retórica, esos eventos solían ser auténticos performances. Las recitaciones del círculo de Asinio Polión en la época de Augusto eran famosas. Ahí habríamos visto a un Virgilio recitando-cantando (y no sólo leyendo) sus obras. Ahí habríamos visto en práctica la singular fascinación que tenían los antiguos por el poder de la palabra para hipnotizar a un público y guiarlo completamente en la dirección que se quisiera.

Es ésa la experiencia de la lectura y de la literatura que predominó durante siglos. Imaginemos el año 1605 en el puerto san Juan de Ulúa, en la Nueva España. Llega un barco proveniente de Sevilla con cajas y cajas de libros recién impresos en España, como era tan común en la época. En algún lugar leí que, en uno de esos barcos, venía ya la primera edición de la cumbre de la literatura española: El Quijote. Los tripulantes del barco, ante el mismo tribunal del Santo Oficio, se preocuparon primero por ratificar por escrito —en un documento que hemos conservado— que no llevaban ahí ninguna obra prohibida, pero extrañamente traían la famosa obra de Cervantes a una tierra donde, supuestamente, se prohibían las novelas. Y en el documento, se añade incluso que los tripulantes se mantuvieron “muy entretenidos” durante el viaje con El Quijote. Siempre me acuerdo de esos marineros: seguramente pocos sabían leer, pero daba la casualidad que uno sí sabía, así que se ofreció. Había que matar el tiempo de algún modo en semejante travesía. Se formó un grupo alrededor de él e hicieron de la lectura una experiencia verdaderamente colectiva, porque así es como la literatura se hace música capaz de hechizar. 

Modificado por última vez en Martes, 20 Septiembre 2016 04:40
Joaquín Rodríguez

Profesor y traductor. Licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG y maestro en Letras Clásicas por la UNAM.