Martes, 28 Febrero 2017 22:36

La alegría de la condena

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La alegría de la condena

Imaginemos por un momento la siguiente situación: una joven de 22 años es encarcelada por motivos ideológico-religiosos junto con su bebé recién nacido y, casualmente, lleva una especie de diario en que anota con detalle los sueños y experiencias visionarias que la acometen durante su estancia en la prisión antes de recibir la pena máxima.

A eso agreguémosle que ocurrió en el año 203 d. C. en Cartago, en la costa norte de África, y que la joven, que era de familia noble y se llamaba Vibio Perpetua, lo escribió en latín y lo hizo de un modo excelso. El relato que conservamos, además de ser sobre uno de los martirios más antiguos y uno de los pocos en ser escrito por una mujer, fue un éxito: su enorme poder patético seguía rindiendo frutos siglos después, en época de san Agustín, para atraer nuevos adherentes a la causa cristiana.

Lo curioso es que los eruditos actuales han hecho notar características del relato que, si se vieran desde la lente posterior de lo que se consideraría “ortodoxia”, acercan el texto a una tendencia herética que se conoce como “montanismo”, el cual, entre otras cosas, se caracterizaba por un énfasis notable en las experiencias proféticas o visionarias y en la forma en que la divinidad elegía a ciertos seres humanos como receptáculos o vehículos para comunicar sus verdades.

Es entonces un texto con enorme valor histórico y humano que debería ser más conocido fuera del cerrado ámbito de las hagiografías y textos “edificantes”. De hecho, aunque se ha puesto en duda que realmente lo que tengamos sean las palabras tal como las redactó Perpetua en la prisión —y que no haya habido un proceso de edición y reescritura ulterior por parte del autor anónimo que escribió la introducción y la conclusión—, lo cierto es que eso no le ha quitado tal valor: como documento histórico para entender la peculiar psicología de alguien que va jubiloso a su propio suplicio y que, encima, describe sus visiones previas.

Les traduzco entonces el relato de Perpetua, conocido comúnmente como la Passio Perpetuae:

“Como todavía estábamos con los guardias y mi padre quería hacerme desistir con sus palabras e insistía en que me rindiera conforme a su parecer, le dije:

—Padre, ¿ves, por ejemplo, ese vaso o copa o lo que sea que está ahí?

—Claro —me dijo.

—¿Acaso se le puede llamar con otro nombre que no sea el que le es propio? —le pregunté.

—No.

—Así yo también. No puedo llamarme de otro modo sino como soy: cristiana.

Y entonces, mi padre, encendido por tal palabra, se lanzó sobre mí como para sacarme los ojos, pero sólo me insultó y se fue, convencido por los argumentos del diablo. Después de varios días, le agradecí al Señor el ya no tenerlo cerca y sentí alivio ante su ausencia. En esos mismos días, nos bautizaron y el Espíritu Santo me dijo que no debía esperar nada más del agua sino el sufrimiento corporal. Luego de unos pocos días, nos llevaron a la cárcel y quedé aterrada: nunca había experimentado una obscuridad como ésa. ¡Ah, horrible día! El calor insoportable por el gentío, las extorsiones de los soldados… y encima me afligía ahí la preocupación por mi hijo. Entonces, Tercio y Pomponio, los benditos diáconos que nos atendían, lograron con dinero que tuviéramos algo de alivio al sacarnos por unas horas a un mejor lugar de la prisión. Salimos entonces de aquellas celdas y cada uno pasaba el tiempo como podía. Yo amamantaba a mi hijo ya desfalleciente por la hambruna. Preocupada, le rogaba a mi madre por él, animaba a mi hermano y encomendaba a mi hijo. Me angustiaba a tal grado porque los veía angustiarse por mi culpa. Por muchos días anduve con estas preocupaciones. Logré que mi bebé pudiera permanecer conmigo en la cárcel, y al instante me puse mejor y se me quitó el dolor y la preocupación por él. La cárcel se me hizo de pronto un palacio, al grado que prefería estar ahí que en cualquier otro lugar.

Entonces me dijo mi hermano:

—Respetable hermana, ya estás en situación digna de pedir una visión para que se te muestre si se trata de un martirio o de algo pasajero.

Y yo, que sabía que hablaba yo con el Señor, cuyos grandes favores había ya recibido, confiada le prometí diciéndole:

—Te aviso mañana.

Así que lo pedí y se me mostró lo siguiente: vi en el aire una escalera de gran longitud que llegaba hasta el cielo, tan angosta que sólo se podía subir uno a uno; y a los lados de ella, estaban encajadas armas de todo tipo: había espadas, lanzas, ganchos, dagas, dardos, de tal forma que cualquiera que subiera descuidado o sin poner atención hacia arriba, se lastimaría y su piel se quedaría adherida a las armas. Bajo la escalera había un dragón acostado de gran tamaño que acechaba a los que subían y los aterraba para que no subieran. Aun así, subió Sáturo primero (quien a causa de nosotros se había luego entregado, pues era nuestro modelo en religión, pero cuando nos llevaron a la prisión, ya no estaba ahí). Llegó a la cima de la escalera, desde donde se dio la vuelta y me dijo:

—Perpetua, yo te apoyo. Pero ten cuidado de que el dragón no te muerda.

—No me hará daño —le dije—, en nombre de Jesucristo.

Y de la escalera, como si me tuviera miedo, quitó lentamente la cabeza. Como si pisara el primer escalón, le pisé la cabeza y subí. Vi un jardín de inmenso tamaño y en el centro a un hombre canoso sentado y vestido de pastor, altísimo, que estaba ordeñando ovejas; y alrededor de él, miles y miles de personas vestidas de blanco. Levantó la cabeza, me vio y me dijo:

—Bienvenida, hija.

Y me llamó a gritos y del queso que sacaba al ordeñar me dio un bocadito. Yo lo recibí con las manos y me lo comí, y todos los que estaban alrededor dijeron “amén”. Al sonido de su voz me desperté, todavía con el regusto a algo dulce. En seguida se lo conté a mi hermano y entendimos que habría de ser un martirio, y ya no tuvimos ninguna esperanza para el mundo de aquí.

Después de unos días, corrió el rumor de que iríamos a una audiencia. Vino luego mi padre de la ciudad, consumido por la aversión, y fue hacia mí para hacerme cambiar de opinión:

—Hija, compadécete de mis canas. Compadécete de tu padre, si es que soy digno de que me llames “padre”. Si con estas manos te he guiado hasta la flor de la edad, si te preferí a ti por encima de cualquiera de tus hermanos, no me hagas caer en este deshonor entre la gente. Mira a tus hermanos, mira a tu madre y a tu tía, mira a tu hijo que no podrá vivir sin ti. Cambia de parecer. No acabes con todos nosotros, pues nadie de nosotros hablará con libertad si tú has sufrido algo como esto.

Esto decía mi padre siguiendo su propio amor filial mientras me besaba las manos; y lanzándose a mis pies y llorando, ya no me llamaba “hija” sino “señora”. Y me dolía lo que le pasaba a mi padre: él iba a ser el único de toda mi familia que no se alegraría de mi martirio, y lo reanimé diciéndole:

—Ocurrirá en el estrado lo que Dios haya dispuesto. Pues has de saber que no se nos ha puesto bajo nuestro propio poder, sino bajo el de Dios.

Y triste, se alejó de mí.

Otro día, mientras desayunábamos, nos condujeron de pronto por la fuerza a la audiencia. Llegamos a la plaza. Un rumor corrió al instante por las partes aledañas a la plaza y se agolpó una enorme multitud. Subimos al estrado. Los demás interrogados confesaron. Llegó también mi turno y apareció mi padre ahí con mi hijo y me sacó de la grada diciéndome:

—Arrodíllate ante los dioses. Compadécete de tu bebé.

El procurador Hilariano, que entonces había recibido el “derecho de la espada”[1] en lugar del procónsul Minuco Timiniano, dijo:

—Mira por las canas de tu padre. Mira por la infancia de tu niño. Haz un sacrificio por la salud de los emperadores.

—No lo haré —respondí.

—¿Eres cristiana? —preguntó Hilariano.

—Soy cristiana —respondí.

Y como se empeñaba mi padre en hacerme desistir, ordenó Hilariano que lo echaran, y le dieron de latigazos. Me dolió la desgracia de mi padre como si yo misma fuera la azotada: tanto dolor sentía por su miserable vejez. Entonces Hilariano nos sentenció a todos y nos condenó a ser arrojados a las fieras, y bajamos felices a la cárcel. Luego, como solía darle pecho a mi bebé y se quedaba conmigo en la cárcel, envié al diácono Pomponio hacia mi padre para pedirle el niño. Pero mi padre no lo quiso entregar. Y por la voluntad de Dios, él ya no quiso más leche ni me provocaron más ardor, de modo que ya no me afligía de preocupación por el bebé ni por dolor de pechos.

Después de unos días, mientras rezábamos, de repente me llegó una voz en media oración y llamé a Dinócrates. Me quedé asombrada de que nunca sino en ese momento me hubiera venido a la mente, y me dolió el recuerdo de su desgracia. Me di cuenta en seguida que ya era digna y que debía rogar por él, y empecé a rezar mucho por él y a lamentarme ante el Señor. Luego, esa misma noche se me mostró esto: vi a Dinócrates saliendo de un lugar oscuro donde también había muchos. Se veía muy acalorado y sediento, con ropa harapienta y de aspecto pálido, y en el rostro la herida que tenía cuando murió. (Dinócrates era mi hermano de sangre, de siete años, que por una enfermedad había muerto con el rostro llagado, de un modo tan trágico que su muerte había resultado odiosa para toda la gente, así que por esto había hecho oración). Entre él y yo había tanta distancia, que ninguno podía llegar al otro. En el lugar donde estaba Dinócrates había además una piscina llena de agua que tenía el borde más alto que la estatura del niño, y se estiraba Dinócrates como para beber. Me dolía que la piscina tuviera agua y aun así, a causa de la altura del borde, no pudiera beber. Me desperté y supe que mi hermano la pasaba mal, pero tenía fe de que yo lo ayudaría en su pena. Y rezaba por él todos los días hasta que pasamos a la cárcel castrense, pues nos castigarían en los espectáculos de gladiadores cuando fuera cumpleaños de César Geta. Hice oración por él incluso de noche, gimiendo y llorando, para que me lo perdonaran.

El día en que nos quedamos en grilletes, se me mostró esto: vi el lugar que antes había visto y a Dinócrates con el cuerpo limpio, bien vestido, ya con alivio; y donde estaba la herida, vi una cicatriz. La piscina que antes había visto tenía el borde más abajo: ya le llegaba al ombligo al niño y tomaba agua de ella sin cesar. Sobre el borde, había una copa de oro llena de agua. Llegó Dinócrates y empezó a beber de ella, y la copa no se vaciaba. Saciado, se puso a jugar alegremente con el agua como lo suelen hacer los pequeños. Y me desperté. Entendí entonces que ya lo habían alejado de aquellas penas.

Luego, después de pocos días, Pudente, un soldado que era asistente de centurión y jefe de la prisión, empezó a tenernos en estima al darse cuenta que había en nosotros una gran fortaleza, y dejaba pasar a muchos hacia nosotros para que tanto ellos como nosotros tuviéramos alivio. Pero cuando se acercó el día de los espectáculos, llegó mi padre consumido por la aversión y se puso a arrancarse la barba y lanzarla al suelo. Se tiraba boca abajo, echaba improperios contra sus años y decía palabras tales que conmoverían a cualquier criatura. Yo sentía dolor por su infeliz vejez.

El día anterior a que nos pusieran a luchar, tuve esta visión: había llegado el diácono Pomponio a la puerta de la cárcel y tocaba con fuerza. Salí hacia él y le abrí. Estaba vestido con una túnica blanca y unas sandalias pequeñas muy elaboradas. Y me dijo:

—Perpetua, te esperamos. Ven.

Me sostuvo la mano y empezamos a andar por parajes difíciles y sinuosos. Al final, llegamos jadeando a un anfiteatro y me llevó al centro de la arena y me dijo:

—No tengas miedo. Aquí estoy contigo y te acompaño en la lucha.

Se fue y vi una gran muchedumbre ansiosa. Como sabía que estaba yo condenada a que me echaran a las fieras, me sorprendía que no me las mandaran. Salió contra mí un egipcio de aspecto horrible junto con sus ayudantes para pelear conmigo. Vinieron también a mí adolescentes de cierta nobleza, ayudantes y protectores míos. Me despojaron y me volví hombre. Y empezaron mis protectores a restregarme aceite, tal como se suele hacer en el combate, y enfrente vi al egipcio revolcándose en el polvo. Salió un hombre de enorme tamaño que sobrepasaba el techo del anfiteatro, sin ceñidor, que llevaba púrpura en medio del pecho con dos bandas del mismo color a los lados, y con pequeñas sandalias muy vistosas hechas de oro y plata. Traía una vara como si fuera entrenador de gladiadores, y un ramo verde que tenía manzanas de oro. Pidió que se guardara silencio y dijo:

—Este egipcio, si la vence, la matará con la espada; y ella, si lo vence, recibirá este ramo.

Y se retiró. Nos acercamos el uno al otro y trabamos combate. Él intentaba agarrarme los pies, mientras que yo le hería la cara con los zapatos. Me elevé por los aires y me puse a herirlo como si ya no pisara la tierra. Pero cuando vi que hacía una pausa, junté las manos, como entrelazando los dedos, y le agarré la cabeza, se cayó de boca y le pisé la cabeza. Se puso el pueblo a clamar, y mis protectores a cantar. Llegué con el entrenador de gladiadores y recibí el ramo. Me besó y me dijo:

—Hija, la paz esté contigo.

En medio de la gloria, empecé a andar hacia la puerta por donde siempre salían los vivos. Y me desperté y comprendí que pelearía no contra las fieras, sino contra el diablo, pero sabía que la victoria estaba de mi lado. Esto es lo me ha ocurrido hasta el día antes de los espectáculos; si alguien quiere, que escriba lo que llegue a ocurrir en ellos.”

Y efectivamente, el redactor anónimo le tomó la palabra a Perpetua y describió su suplicio. Una vaca salvaje la hirió en la arena y luego un gladiador novato trató de acabarla con la espada pero tampoco pudo. Al final, según se nos dice, con esa curiosa alegría que podemos imaginar que sintió en aquel momento cumbre, con sus manos le ayudó a hincar la espada en su propia garganta para cumplir su condena.


[1]El “derecho de la espada” se refería al hecho de poder sentenciar a muerte a un acusado.

Modificado por última vez en Domingo, 07 Enero 2018 19:19
Joaquín Rodríguez

Profesor y traductor. Licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG y maestro en Letras Clásicas por la UNAM.

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