Lunes, 16 Abril 2018 02:52

La desaparición de la Filosofía

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La desaparición de la Filosofía

En una entrevista reciente, el escritor Emilio Lledó, ante la pregunta sobre la razón detrás de la supresión de la filosofía en los programas de estudio de bachillerato y, en algunos casos, de licenciatura, respondió:

Voy a ser muy radical: porque no quieren que pensemos. La filosofía no es una cosa extraña; siempre fue una actitud crítica frente a la vida, frente a la realidad. Y todos los filósofos, desde los presocráticos a los más modernos, han tenido una actitud crítica para entender lo que es el mundo, lo que es el bien, lo que es la justicia, lo que es la sociabilidad, lo que es la lucha por la igualdad, lo que es la educación... Todo ese mundo ha surgido de planteamientos filosóficos (ABC, 28/03/18).

De igual manera, en el Declaración del Observatorio de México en el Día Mundial de la Filosofía, publicado el 17 de noviembre de 2016 se puede hallar una postura semejante:

La razón del ataque en contra de la filosofía radica en que no está subordinada al interés del mercado; tampoco está sujeta a las estrategias políticas de dominio, aunque en algún momento hubieran sido utilizadas eliminando su carácter liberador pero también se opone a todo dogmatismo. En el espíritu de su independencia, sin dejar de reflexionar sobre cuestiones técnicas y abstractas, también ha sabido proyectar soluciones a los conflictos de la convivencia humana. Es por ello que es combatido ya que es un tipo de pensamiento absolutamente necesario en los tiempos de crisis por los que atravesamos.

Según parece, el supuesto del que se parte es que los individuos están aletargados o alienados por el consumismo y la cultura de masas, y de alguna forma, al estudiar filosofía, se despiertan intelectualmente y se sublevan contra lo establecido. Como las élites empresariales y funcionarios de la educación no les conviene esto, ejercen presión para eliminar la filosofía de la currícula del bachillerato y de las universidades.

Por más seductora que resulta esta opinión, me parece sumamente ingenua. Si bien la filosofía puede aportar valiosas herramientas para el pensamiento crítico, no está garantizado que éste se desarrolle en todos los individuos por vía de la formación filosófica. El pensamiento crítico requiere de habilidades lógicas, de lectura y comprensión, entre otras cosas, que exigen, además, dedicación y esfuerzo. Pero estas habilidades tampoco garantizan liberar a las mentes de motivaciones emocionales, sesgos cognitivos y razonamientos falaces que llevan adoptar y mantener creencias injustificadas y prejuicios.

No obstante, aun si se logra desarrollar el pensamiento crítico, tampoco se puede establecer una relación causal, simple o compleja, que lleve a la emancipación social. Analizar los fenómenos sociales supone no sólo diagnosticar los problemas, sino también las soluciones propuestas; por ejemplo, evaluar si la sociedad requiere cambios radicales o reformas, determinar su factibilidad, etc. El pensamiento crítico debe someter a escrutinio, tanto las metas o los objetivos como los medios que pretenden emplearse. Es cierto que las ideas filosóficas han inspirado históricamente grandes transformaciones en las sociedades, siendo muchas de ellas positivas, como las libertades y derechos que hoy en día podemos gozar o exigir; pero también hay que reconocer que ciertas corrientes filosóficas no son inocentes y han llevado a terribles calamidades, como los experimentos de ingeniería social ensayados en Europa del Este y otras partes del planeta durante el siglo XX. La filosofía y el pensamiento crítico exigen una revisión teórica de las ideas antes de su puesta en marcha en la práctica.

En este sentido, en las declaraciones antes citadas se presenta una cierta concepción de la filosofía, ligada a una cierta ideología. En principio, si analizamos la historia de esta disciplina, encontramos que ha sido muy heterogénea en cuanto a sus subdisciplinas, temas, corrientes y métodos, por lo que los supuestos ideológicos de los que abogan por la filosofía como medio de emancipación social no son universalmente compartidos. En la Declaración se afirma que “estilos filosóficos sobre lo justo, lo honesto y las posibilidades del ser humano para construir han sido creados a través de la historia. En efecto, filosófos como Sócrates, Séneca, Kant, Stuart Mill, Marx, Russell, Popper, Arendt, Putnam y muchos otros más que pudiesen mencionarse mostraron un gran interés por el beneficio de la humanidad y presentaron ciertas propuestas y sus respectivos argumentos para lograrlo. Sin embargo, tenemos también filósofos que han fungido como apologetas de los peores regímenes totalitarios, como Hegel, Heidegger, Gentile, etc., que pusieron a la filosofía al servicio de las causas más desastrosas. Por ende, la filosofía no se puede identificar simple y llanamente con las visiones emancipatorias.

Pero hay otro problema más. La idea de que la filosofía emancipa a los individuos presenta una versión parcial y sesgada de la disciplina, en la que ésta queda reducida a la cuestión social y política. Si bien son importantes la filosofía política y la filosofía social, la disciplina entera no se agota ahí, como tampoco la importancia de estas áreas las hace ser privilegiadas. En la filosofía existen áreas netamente teóricas, como la epistemología, la ontología o la estética, que son intrínsecamente valiosas por sus inquietantes problemas teóricos. Al reducir la filosofía a las cuestiones prácticas, paradójicamente incurren en lo mismo que aquellos que desean desaparecerla de las escuelas.

Desde luego, es preciso aclarar que estoy lejos de abogar por la desaparición de la filosofía académica. Por el contrario, comparto la preocupación de que estas políticas educativas lleguen a tener éxito. Y creo que la mejor manera de combatirlas con las armas propias del filósofo. Por ejemplo, quienes exigen su eliminación de los programas educativos argumentan que es una materia inútil, pues piensan que no aporta en lo absoluto a la sociedad (y de paso, un derroche inútil de recursos públicos que podrían destinarse en otro lado). A esto le suman el prejuicio tan extendido de que el filósofo es un hippie desarrapado adicto a los estupefacientes (y para desgracia de nuestra disciplina, existen lamentablemente algunos representantes que se esfuerzan por reforzar esos estereotipos). A lo anterior se pueden replicar dos cosas. Primero, habría que cuestionar qué es lo que entienden por "utilidad" o "beneficio para la sociedad". En segundo lugar, esos prejuicios se basan en generalizaciones falaces y en un desconocimiento de lo que realmente trata la disciplina.

En consecuencia, comparto la intención de defender a la filosofía y creo que es necesario desarrollar estrategias para insertar a los egresados de esta disciplina en la sociedad actual para contribuir, hasta donde sea posible, en su mejoramiento. No descarto, por ello, que la enseñanza de la filosofía pueda incidir, de alguna manera, en la formación de ciudadanos rectos y políticamente responsables, aunque esto depende de un gran número de factores; muchos de ellos fuera de los recintos escolares. Sin duda, es deseable que la formación filosófica en los ciudadanos motive la participación en los asuntos éticos y políticos que afectan a las comunidades, pero también debe estimular cierto escepticismo sobre las recetas milagrosas que los demagogos o las ideologías más promisorias suelen ofrecer.

Mas hay que ser realistas respecto de los alcances de la formación filosófica y es preciso considerar que tenemos que enfrentar prejuicios e ideas falsas, sumamente arraigadas por las emociones y sesgos cognitivos. Y no disponemos todavía de una receta efectiva para combartirlos. Tal vez la filosofía pueda ayudar a mejorar nuestro entorno, pero está lejos de ser la panacea.

Modificado por última vez en Martes, 17 Abril 2018 09:33
Luis Enrique Ortiz

(Oaxaca de Juárez, Oax./ 1979) es licenciado en filosofía y maestro en lingüística aplicada. Actualmente es profesor de tiempo completo asistente C del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara, con reconocimiento de Perfil PROMEP, y miembro del Cuerpo Académico de Retórica, Lógica y Teoría de la Argumentación. Sus líneas de investigación son epistemología, filosofía del lenguaje, argumentación y lingüística.