Jueves, 22 Noviembre 2018 19:24

¿La inteligencia artificial podrá ser como el cerebro humano?

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¿La inteligencia artificial podrá ser como el cerebro humano?

Por: Enrique Casillas

 

Tome su teléfono, un IPhone por ejemplo, y dígale con la voz más dulce de que sea capaz a Siri, el asistente personal de los dispositivos Apple, lo siguiente:

—Eres una pendeja.

—Yo nunca te hablaría así —ella le responderá.

— ¿Cómo me hablarías? —dígale después.

— Buena pregunta —le dará como respuesta.

Después vuelva a repetir el diálogo, ahora usando un tono violento. Su respuesta será la misma; no hay complejidad prosódica en las respuestas de Siri y menos aún, capacidad para identificar el tono emocional con que, como humanos, acompañemos la frase que le dirijamos.

Éste es un ejemplo de la distancia que hay entre un sistema computarizado y un cerebro en cuanto a su funcionamiento. La complejidad cerebral que a lo largo de millones de años de evolución se ha ido configurando (Mora, 2018) implica mayor grado de dificultad que la que presenta la respuesta de Siri o la que pueden ofrecer sistemas computacionales diseñados para resolver complejas operaciones matemáticas o realizar diseños o simulaciones en 3D.

En contraparte, están esos softwares que pueden escribir novelas, poemas o artículos científicos con solvencia y de los que se habla desde la década pasada, pero cuya operatividad radica en la imitación de fórmulas sintácticas y semánticas que le sean vertidas por los ingenieros humanos. Sistemas como Quakebot o Quill, para redactar notas periodísticas, lo mismo que sistemas de transporte autónomo como el que diseña ya Google (Shadbolt, 2015), Lyrebird y muchos otros ejemplos de sistemas reactivos a comandos humanos o a comandos autogenerados automatizados gracias a la labor de ingenieros pueden servir de argumento para afirmar que las computadoras tienen un funcionamiento equivalente al cerebral o viceversa.

El cerebro humano posee un promedio de 86,000 millones de neuronas que pueden establecer hasta 10,000 conexiones o sinapsis, es decir, el número de conexiones posibles es exponencial (1015) (Guillén, 2017) y a ello se suma la existencia de más de 60 neurotransmisores con sus centros de producción y sistemas de regulación y recepción, cuya naturaleza y condición determina los procesos cerebrales. Todo esto convierte al cerebro, tan solo como sistema matemáticamente contable, en un objeto de estudio y comprensión del que aún sabemos muy poco.

Si cualquiera de ustedes decide realizar el mismo ejercicio propuesto con Siri, pero ahora con una persona de todas sus confianzas y luego con una desconocida en la calle, a mediodía y luego otra vez, en ambas formas, con una persona a quien odia, en todos los casos los resultados serán distintos, las respuestas racionales y emocionales le serán casi imprevisibles, pues la condición química, emocional y racional de la otra persona es difícil de conocer y menos su reacción, a excepción de la persona que nos es bien conocida e, incluso en ese caso, la certeza no es absoluta. Los sistemas de respuesta cerebrales a los estímulos del entorno y a los estímulos internos son muy complejos y se articulan en varios procesos concatenados; por ejemplo, responder al profesor que da la indicación “toma tu lápiz” seguiría una ruta como la siguiente: se percibe el estímulo, pasa por el nervio vestíbulococlear, llega a la zona cortical cerebral que decodifica las palabras (área de Wernicke), busca en la zona de la memoria a largo plazo la definición de la frase, luego envía la indicación a la corteza motora para que ésta a su vez, gracias a la participación de la memoria procedimental, envíe el mensaje a la mano para ejecutar la acción, todo lo cual se realiza en milésimas de segundo, pero implica miles de interacciones neuronales, lo que, incluso, puede leerse sencillo.

Sin embargo, la ejecución de la acción está intervenida por muchísimas otras acciones cerebrales que suceden debajo de la corteza cerebral, la parte racional y ejecutiva del cerebro; pasan en el sistema límbico (donde se generan las reacciones emocionales) y en el tronco cerebral donde se encuentra la base instintiva de nuestro cerebro. Sin motivación emocional, no hay respuesta. Como señala Keith Darlington “ciertamente, sin emociones no habríamos logrado sobrevivir como especie y nuestra inteligencia ha mejorado como resultado de nuestras emociones. Por otro lado, no podemos desligar nuestras emociones de la manera en que aplicamos nuestra inteligencia” (2018)

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Maps of subjective feelings (Nummenmaa, Hari, Hietanin, & Glerean, 2018)

Las sensaciones, emociones y sentimientos están detrás de todas las acciones cerebrales y corporales del ser humano, reaccionamos a ellas y con ellas al ambiente; ambiente al que buscamos adaptarnos, lo mismo que ordenarlo, regularlo e interpretarlo con la corteza cerebral, donde se desarrollan las funciones intelectuales más característicamente humanas, tocantes a la racionalidad, el control de nuestros comportamientos, la planificación con base en objetivos no relacionados con la supervivencia, la estimación del tiempo y la toma de decisiones. Este cuadro puede ser desencantador para los que asumen que la IA puede alcanzar en complejidad al cerebro humano, el cual reducen a una parte, la corteza cerebral y con una reducción tal que se centra en la idea de la reacción única.

La idea de reacción única está privilegiada en la interpretación que cualifica a los sistemas computarizados que asumen la equivalencia entre la respuesta unívoca y estandarizada con la eficiencia y la calidad, todos esperamos una reacción única de un vehículo autónomo en una esquina: que dé la vuelta, unos centímetros antes o unos después. El cerebro no es así, el azar y la plasticidad de adaptar la respuesta en función del estado ambiental, del estado químico-emocional y de muchas operaciones no expresas orientan la respuesta; de este modo, quienes asumen que la Inteligencia Artificial está cerca de emular al cerebro, está equivocado, la IA y las derivaciones tecnológicas que de ella emanan está más cerca, y sin quererlo, de ajustar las prácticas intelectuales humanas al modo del ideal del del fordismo-taylorismo que pretendía la unificación de procesos industriales para la producción en masa, lo que, llevado a sus últimas consecuencias, puede generar un relato simplificador de la mente humana que observe y procure patrones de respuesta estandarizados, deseables para poder participar del concierto social y que sometan la complejidad cerebral a una idea mecanicista que se instaure en una distopía más de las que la IA nos ha planteado. Suena la posibilidad latente de reducir al cerebro al funcionamiento de la máquina, como en Un mundo feliz de Aldous Huxley.

Referencias:

Darlington, K. (13 de agosto de 2018). Sistemas de inteligencia artificial que gestionan emociones humanas. Obtenido de BBVAOpenMind: https://www.bbvaopenmind.com/sistemas-de-inteligencia-artificial-que-gestionan-emociones-humanas/

Guillén, J. C. (2017). Neuroeducación en el aula. De la teoría a la práctica. Barcelona.

Mora, F. (2018). Mitos y verdades sobre el cerebro. Barcelona: Paidós.

Nummenmaa, L., Hari, R., Hietanin, J., & Glerean, E. (11 de septiembre de 2018). Maps of subjective feelings. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 115(37), 9298-9203.

Shadbolt, P. (05 de febrero de 2015). ¿Podría un robot haber escrito este artículo? El surgimiento de robots periodistas. Obtenido de CNN: https://cnnespanol.cnn.com/2015/02/05/podria-un-robot-haber-escrito-este-articulo-el-surgimiento-del-robots-periodistas/

Modificado por última vez en Jueves, 22 Noviembre 2018 19:36
Enrique Casillas

Profesor de Literatura y de redacción desde la perspectiva sociocultural, porque todas las palabras están condicionadas por lo social y éstas modelan a la sociedad. Me encanta pensar la escritura académica y la educación, a eso me dedico.