Miércoles, 05 Enero 2022 04:51

El camino a Söğüt

Escrito por
Valora este artículo
(2 votos)
Seljúcidas contra persas. Autor Mitec Jakubiec Seljúcidas contra persas. Autor Mitec Jakubiec https://arrecaballo.es/edad-media/los-turcos/imperio-seljucida-selyucida-o-seljuqui-1037-1281/

Por Edson Aguilera

I

El aire vaporizaba en la boca del Noyan, pisaba la oscura tierra con sus pies ampollados, descalzos, entumecidos ya de tanto dolor y frío. Las canillas molidas por la soga y los jalones durante todo el camino le hacían pensar en las vueltas de la vida ¿cuántas veces había estado del otro lado de la soga? A lo lejos, tras las puntas de los pinos se veían las torres de vigilancia de la tribu y la esperanza de un rescate se hacía cada vez menor. Él, como guerrero, sabía que la muerte es parte del camino, pero como todos, prefería pensar que moriría en batalla y no ejecutado en la explanada de una tribu enemiga, humillado, hambriento.

Baijú sabía también que las crueldades hechas a los turcomanos serían cobradas con meticulosidad y siendo un Noyan, el pueblo exacerbaría su odio. No le preocupaba la muerte, sino el pensar en cuánto tiempo estaría expuesto a los castigos antes de su ejecución.

Mientras avanzaban a la tribu, el caballo de Gündoğdu se encabritaba por el ansia de llegar y tironeaba su cuerpo flojo ya apunto de desmayar, pero tenía que resistir porque ser arrastrado le causaría mayor daño. Cuando el vigía los vio llegar sonó los gordos tambores y la gente se acercó a chismear al linde de las carpas haciendo bulla y chocando unas con otras, cuando llegaron al dintel del arco entre las torres, la gente escupía y arrojaba piedras a Baijú, profiriendo toda clase de maldiciones, exponiendo todo el rencor acumulado a fuerza de dolor y tristeza por los hijos y nietos perdidos en batalla, capturados, esclavizados, mutilados por los mongoles. Baijú el Noyan lo sabía, sabía que esto era solo el comienzo del suplicio y trataba de cubrir su cabeza con sus huesudos dedos, pero las pedradas eran tantas que perdió el sentido; cuando abrió los ojos estaba ya en la explanada central, atado a un poste, hincado, molido, con olor a sangre y a orina, sentía un ojo ardiendo e hinchado y apenas distinguía las siluetas de unos soldados que querían matarle mientras el guardia les pedía que se alejarán. -Valientes soldados kayilaris, hermanos, no pueden matar a este chacal, Gündoğdu bey los castigaría, a él pertenece su cabeza; hermanos aléjense por favor-.

II

La carpa- enfermería era un caos, Hartuk Bey y su ayudante no se daban abasto para tantos heridos, comenzó por atender a los más graves, mientras los demás esperaban sangrando en un camastro, o reclinados en una silla tratando de aguantar sus dolores. La batalla había dejado muchos muertos y heridos, aunque había sido una victoria contundente como hace tiempo no saboreaban, tuvo un alto costo, y afuera en la explanada central las hatuns y lo viejos lloraban recostados sobre los cuerpos de los soldados, algunos ya más resignados limpiaban sus caras ensangrentadas y enlodadas, acomodaban sus armaduras, ponían los zulfiqares o pendones kayis en sus manos. Hartuk pedía cataplasmas y trapos a su derviche para aplicar torniquetes a hemorragias, los quejidos inundaban la tienda, pero el médico bloqueaba de su mente el ruido, estaba acostumbrado a atender grandes enfermerías desde que apoyó al sultanato de Rüm en la campaña de Köse Dağ donde el ejército de Baijú había hecho pedazos a una coalición tribus turcomanas con el ejército selyúcida. Su atención se centraba ahora en atender el brazo de un guerrero que tenía un terrible y profundo tajo abajo del codo, parte del protector del antebrazo había entrado en la misma herida al rajarse, si dejaba algún fragmento tendría que amputar después, aunque parecía inicialmente que el brazo ya estaba perdido tenía esperanza de rescatarlo. El soldado tenía los labios morados del dolor y sus globos oculares tenían múltiples derrames, quizá por el dolor, por algún golpe en la cabeza o por el gran esfuerzo en batalla, Hartuk Bey le platicaba para distraerlo de su dolor, pero el hombre no respondía, siguió tratando de sacar las basuras de la herida cuando sintió menos tensión en el antebrazo, cuando el médico miró de nuevo la cara del soldado, este tenía los ojos en blanco.

III

Al anochecer Gündoğdu Bey se reunió con los Alpashas en la tienda principal para contar las bajas de sus divisiones y establecer guardias por si la horda mongola se reorganizaba o si algún grupo intentaba rescatar al Noyan Baijú. Él sabía que no podía relajarse aún, si no estaban preparados la inicial victoria podría revertirse. Tenía ganas de sentarse por el cansancio y sentía que la armadura pesaba tres veces más y aunque le gustaba presidir sus reuniones de pie, pidió a sus soldados sentarse, sentándose él mismo en la silla del Bey. – ¡Mis lobos valientes, mis hermanos! Hoy tuvimos pérdidas dolorosas pero logramos hincar nuestros dientes en esos chacales y rasgar su carne con nuestras garras. Una vez que ejecutemos a ese perro, nos reuniremos por fin con Ertuğrul Bey hacia la frontera con Bizancio. Necesito de su apoyo, convenzan a los hermanos y hermanas para movilizarnos rápido, sobre todo a aquellos que ostentan el título de beys. También hay que preparar a primera hora el enterramiento de nuestros lobos caídos, acérquense a las familias para ver qué necesitan y consuélenlas.- Mientras Gündoğdu Bey hablaba con sus comandantes, estos sentían sus cuerpos entumecidos del cansancio y del dolor del combate.

La batalla había sido muy dura porque los mongoles eran fieros guerreros y siempre los superaban en número. Gündoğdu Bey había escogido bien donde interceptar a la formación mongola, habían infiltrado algunos soldados entre los grupos mongoles para sacarles información y sabían que iban a pasar por el lecho de un pobre riachuelo. Baijú por fin se había podido internar en Anatolia y buscaba donde asentar sus bases. Los kayilaris esperaban su paso arriba en las colinas, escondidos entre la maleza con piedras listas para rodar al hacer palanca con los gruesos troncos de fresno. Querían vengarse del cruel ataque a su caravana que el Noyan había orquestado cuando marchaban a Söğüt para encontrarse con el Bey Ertuğrul y reintegrarse en un solo frente. Noyan había aniquilado a buena parte de la tribu sin piedad alguna. Pasaron meses para que los kayilaris pudieran reponerse.

Cuando los mongoles cabalgaban tras el trote de Baijú y recorrieron una franja suficiente para no escapar de las piedras; Gündoğdu dio la orden al grito de “¡Allahu akbar!” (Alá es grandioso) y las piedras rodaron rápidamente sobre los soldados que gritaban anunciando la emboscada. Al terminar de dejar caer su carga los turcomanos bajaron rápidamente en grupos a atacar primero a los mongoles que estaban en pie o montados aún, y como estos se encontraban sorprendidos y desorganizados, muchos sucumbieron a las masas, hachas y zulfiqares turcos, había también, desde los flancos arqueros que ayudaban con precisión a la avanzada kayi.

Después de significativas remontadas mongolas que habían causado muchas bajas turcomanas, estos últimos lograron invertir la batalla nuevamente a su favor hasta reducir considerablemente el número de las tropas de Baijú, ya que no quedaban muchos mongoles de pie, comenzaron a rematar sin piedad a los que habían sido aplastados por las piedras; más que tajos de espada, su rencor para el pueblo mongol los hacía golpear como si talaran gruesos árboles, queriendo trozar donde golpeaban. Algunos kayis usaban masas y hachas, machacaban lo más que podían y los que tenían caballos pisaban con sus patas a los mongoles caídos que gritaban y pedían piedad. Luego cortaron una mano de cada mongol como era costumbre para contar las bajas enemigas, esas manos encostaladas, al final, serían comida de los perros de la tribu. Los demás, eso sí por mera piedad, mataban a los caballos emboscados que habían sido quebrados por las piedras y agonizaban con sangrantes hocicos.

Gündoğdu Bey y algunos de los alps más bravos siguieron el galope de Baijú Noyan que al ver las piedras venir e intuir la desventaja de su posición azuzó a su caballo. Baijú no había sobrevivido y ganado tantas guerras por casualidad, sabía cuándo pelear y cuando sobrevivir. Su caballo flotaba sobre la tierra a toda velocidad, cuando los turcos espolearon a sus bestias, él ya llevaba algo de ventaja. El sinuoso lecho se convirtió más adelante en un bosquecillo y Gündoğdu lo perdía de vista por momentos tras las entreveraciones de las ramas, estaban tan alejados de la emboscada que no se escuchaban ya los gritos de los heridos, luego de unos minutos de persecución entraron a un claro donde estaba el caballo de Baijú con una flecha en el anca, pero el mongol no se veía por ningún lado. El Bey ordenó a Dumrrul, quien era un explorador experimentado, buscar pistas del Noyan, el soldado bajó de su caballo y comenzó su trabajo mientras los caballos brincoteaban ansiosos de seguir el galope. Luego de algunas pistas falsas Dumrrul encontró el rastro del Noyan, -Por aquí se fue ese perro mi Bey-. Subieron una escarpada colina observando cualquier indicio y cuando el explorador divisó una pequeña grieta en el paredón no le quedó duda de ahí estaba el mongol y señaló con su brazo. Gündoğdu Bey gritó en el resquicio de la grieta – ¡Sal de tu escondite chacal y enfréntame, te daré oportunidad de sacar tu espada de su vaina y pelear de iguales, nosotros no tememos más que a la ira de Alá! - .

IV

Desde el campamento mongol se podía ver la fila de kayilaris que, con grilletes y esposas venían sangrantes y dando tumbos, todos atados a la misma soga. Ellos sabían muy bien que ya solo muerte o esclavitud era su destino. Más delante, los caballos del Noyan y sus altos mandos galopaban alzando picas que presumían las cabezas de soldados turcos de alto rango. Baijú no tenía paciencia para negociar o intercambiar prisioneros, Ögedei Khan le había exigido tomar toda Anatolia hace un año y apenas estaba en los lindes de la península por la guerra de guerrillas que inteligentemente habían organizado Ertuğrul Bey y sus hermanos Gündoğdu y Sungurtekín. A medida que su desesperación por entrar en Anatolia aumentaba, también aumentaba la crueldad de sus métodos. Al entrar al campamento con el botín humano y material; los soldados que habían quedado de guardia gritaban su nombre vitoreándolo y chocando sus escudos. Noyan había hecho trisas al campamento kayi, mientras este se trasladaba en caravana a las fronteras de Söğüt, tierras que el sultán Kaikubad I había cedido a Ertuğrul a cambio de hacer una fuerza fronteriza que contuviera hacia occidente a los bizantinos y hacia el oriente a los mongoles. Baijú Noyan se había enterado de este importante traslado y aunque sabía que los kayis estarían atentos a cualquier ataque, decidió concentrar la fuerza de varias de sus bases y dirigirse como relámpago para atacar a los turcos.

Cuando los guardias turcos sintieron el retumbar del suelo por el galope del numerosísimo ejército mongol ni siquiera esperaron a ver la distancia que les separaba de la caravana, espolearon a sus caballos para dar aviso al Bey Gündoğdu, sus corazones palpitaban rápidamente por la adrenalina, fustigaban a sus caballos para que dieran su máximo, sabían que avisar a tiempo podía ser la diferencia entre la vida y la muerte. Alcanzaron a la caravana y buscaron los pendones que hondeaban los guardias de Gündoğdu, cuando estuvieron cerca, exhalaban agitadamente diciendo – ¡Bey, bey, los mongoles, los mongoles están cerca! -. Gündoğdu sabía que con la mitad de los soldados no podían hacer frente a Baijú, (la otra mitad se había adelantado hace un mes hacía Söğüt con Ertuğrul y Sungurtekín para mantener a raya a los bizantinos y preparar la llegada de la tribu), pero también sabía que con carrozas de carga, niños, ancianos y mujeres, tampoco podían huir. Entonces dio orden a sus principales de agruparse en círculo pertrechándose en las carrozas, organizar a la gente y a los soldados para formar un escudo. No alcanzaron a formar ni veinte carrozas cuando comenzaron a caer las primeras flechas mongolas, y la estampida hacía retumbar el suelo con su llegada. Los gritos de las mujeres y los niños no se hicieron esperar y aparecían tras la pequeña cuesta los primeros soldados mongoles tras la cabalgata del Noyan. Al ver la cantidad de enemigos, Gündoğdu encomendó la vida de su tribu a Alá, no quedaba más que luchar para vivir. El atropellamiento de los mongoles fue tal que tras unos pocos minutos Gündoğdu Bey se encontraba sin saber cómo, boca abajo encima de un caballo siendo transportado por su soldado Abhulrahman, junto con otros cabalgantes tristes, sobrevivientes que no alcanzaron a ser tomados como prisioneros, cuando abrió los ojos veía únicamente el suelo, Adhulrramahan, le dijo –no se preocupe Bey Gündoğdu, esta vez pudimos escapar y sobrevivir, con la ayuda de dios, retomaremos fuerzas para vengarnos de esos infieles-. Gündoğdu entendió lo que había pasado y ni siquiera recordaba cómo había sido, le dolía todo el cuerpo, pero sobre todo el costillar y una pierna, sus lágrimas comenzaron a escurrir por la barba, cerró los ojos mientras lloraba, no quería saber nada.

V

Cuando Baijú Noyan escuchó los gritos de Gündoğdu Bey afuera de la caverna, supo que no podía hacer otra cosa que salir, el recoveco que había encontrado no tenía más salidas, y si tenía suerte podía fiarse de la honestidad del turco y pelear mano a mano. Gündoğdu Bey era un hombre bajo, más bien regordete que fornido y muchas veces había sido cuestionado en su papel de comandante por su aspecto, algunos soldados de las divisiones de sus hermanos aspiraban a su puesto. Baijú no tenía miedo a Gündoğdu, más bien creía que era un buen líder pero no un guerrero a su altura. Con confianza el mongol salió con la espada fuera ya de su vaina y le dijo – ¿Así que por una vez en tu vida no vas a ser cobarde Gündoğdu Bey y enfrentarás a un guerrero de verdad sin el cuidado de tus hermanos?- tratando de hacer sentir inferior al Bey que respondió - ¿Pensaste perro mongol que no te haría pagar por tus actos?, ¿creías que ibas a estar seguro en una madriguera como un tembloroso conejo? ¡No brames chacal y acércate!-

Baijú corrió blandiendo su espada contra Gündoğdu, pero este dio un paso al costado al tiempo que sacaba el chuchillo de su cinturón dando un tajo a la cadera del Noyan que pasó de largo fallando su embestida. El mongol se dio cuenta que el turco era muy rápido para el aspecto que tenía, y que quizá debía tomarse este enfrentamiento más en serio, pasó la mano por su cadera sintiendo la profundidad de la herida. Cuando Baijú se puso de nuevo frente a la pelea ya tenía a Gündoğdu muy cerca con su espada bajando hacía su cabeza, pudo apenas interponer su arma tomando el borde romo de la hoja con su otra mano como una barra, luego que contuvo el golpe del turco, sintió una patada en el pecho, salió rebotado de espaldas y cayó sobre sus nalgas. Gündoğdu intentó una estocada de frente pero Baijú Noyan pudo rehacerse y ponerse en cuclillas para protegerse, después dio unos pasos hacia atrás reincorporándose. Ya de pie, pensó en atacar nuevamente, pero temió el veloz contraataque del Bey, así que esperó. Gündoğdu hizo un amague como si fuera al choque para que Baijú se abriera pero este siguió esperando con la guardia arriba, entonces decidió entrar con la cabeza gacha haciendo una curva alta con la espada, el Noyan chocó su espada con la del turco por encima de sus cabezas y dejó el abdomen descubierto, sabía que tenía que bajar su protección rápidamente pero no lo logró y el turco rasgó su abdomen y algunos dedos de su mano. La sangre empezó a brotar abundantemente y por instinto la cubrió con sus manos. Gündoğdu saltó con la rodilla flexionada y levantó la quijada del mongol que cayó estrepitosamente levantando una polvareda. Noyan entendió que la pelea había terminado desde la primera embestida que falló, la rapidez del turco era mucha, no había nada que hacer. Todavía por mera inercia ya desde el suelo, hondeó su espada en forma de ochos, pero sin fuerza ni dirección, el turco pateó la muñeca del mongol y su espada salió botada; luego se sentó a ahorcajadas sobre él y le dio puñetazos hasta verlo desmayado.

Sus soldados gritaban eufóricos -¡Allahu akbar!, ¡Allahu akbar!, ¡Larga vida a Gündoğdu Bey! - mientras el Bey les ordenaba amarrar al Noyan y atarlo a su montura.

VI

Antes de que saliera el sol Gündoğdu Bey estaba ya de pie, Hartuk había acudido a revisarlo y le dio un té para descansar pero no le había hecho efecto, tenía tres días sin descansar bien, esperando cualquier comunicación de sus hermanos. Estaba tenso porque sabía que Ögedei Khan no dejaría pasar tan fácilmente esa humillación aunque no le interesara rescatar a su Noyan. Después de deambular por la carpa hasta la salida del sol, pidió ayuda a su esposa para ponerse la armadura y cuando salió al pabellón le saludaron las guardias que custodiaban a Baijú, este no estaba en condiciones de escapar pero las gentes de la tribu habían hechos varios amagues por lincharlo y le arrojaban piedras y guijarros cada que podían. Baijú estaba casi con la cabeza en la oscura tierra, babeando y sangrando, con los labios partidos por el frío, Gündoğdu había ordenado no darle comida o agua para tenerlo débil. La tribu comenzó a salir de sus carpas y amontonarse alrededor del pabellón, aunque quería esperar algún emisario de Ertuğrul y Sungurtekín Bey, sabía que la gente podría hacer una turba en cualquier momento para matar a Baijú, habían sido muchos años de peregrinar y de perder vidas a causa del mongol. Decidió que no podía esperar más, era el momento; caminó al poste central de la explanada y levantó su mano cerrando el puño para que la tribu guardara silencio. – ¡Valientes Alps, padres, madres, hermanos, hijos kayilaris, le ha llegado la hora a este perro que tanto daño ha hecho a los turcomanos! Pero les pido fuerza y paciencia para los días que faltan, ya estamos cerca de Söğüt, necesitamos estar unidos y atentos a cualquier ataque mongol. Su Kahn Ögedei es poderoso aún y quiere extender sus dominios a cualquier coste. Sé que querían matar a Baijú desde que llegó, pero su cabeza me pertenece según nuestras costumbres. ¡No se preocupen, verán su sangre derramada por nuestra tierra!-. Abhulrahman y Dumrrul desataron y levantaron a Baijú Noyan por las axilas, como el mongol apenas podía sostenerse, las puntas de sus pies iban haciendo surcos en el suelo, lo pusieron de rodillas y recargaron su cabeza contra el tronco. El Noyan comenzó a respirar hondo y a tomar fuerzas para gritar - ¡Turcomano!, ¿crees que el gran Ögedei Khan dejará que un insignificante pueblo como el tuyo pise su honra?, vendrán las hordas mongolas y…-. No pudo terminar su frase cuando una patada con la planta del pie de Dumrrul lo silenció. Alcanzó a escuchar como la espada rozaba su vaina al salir y cómo el Bey gritó muy alto -¡Allahu akbar!-. Baijú sollozó aflojando la tensión de su cuello y escuchó el frío silbido de la espada de Gündoğdu Bey.

Modificado por última vez en Miércoles, 05 Enero 2022 05:06
Edson Javier Aguilera Zertuche

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara