Miércoles, 11 Marzo 2015 00:00

La agresión del otro ¿Qué es una ofensa?

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¿Qué es una ofensa? ¿Qué es violencia? ¿Qué es una agresión?

Si nos encontramos en la posición de creer que la diferencia no existe, sino que se encuentran en una mera relación de sinonimia circunstancial, este artículo te será de utilidad.

Para evitar caer en falacia etimológica sobre la lengua dimito de agregar el significado etimológico de las palabras, ya que, honestamente, los resultados que se encontrarán en la máxima autoridad de nuestra lengua (a considerar) son increíblemente irracionales: A es acción y efecto de B, B es C, por lo tanto A es C, una mera falacia Post Hoc.

Para explicar la anterior necesidad de excluir autoridades tomaré el ejemplo del primer rubro a reflexionar en este artículo; siendo, por igual, este rubro el de mayor importancia a considerar entre las diferencias existentes con los otros, así como de la repercusión de considerarlos "lo mismo". La autoridad referida será la RAE (Real Academia Española).

Ofensa: Del latín Offensa. Acción y efecto de ofender.

De esta manera se explica que "ofensa" (A) es ofender (B).

Ofender: Del latín Offendere.

1.-Humillar o agredir el amor propio o la dignidad de alguien.

2.- Ir en contra de lo que se tiene comunmente por bueno, agradable o correcto.

3.- Hacer daño a alguien físicamente.

4.- Sentirse humillado o herido en el amor propio.

Se explica que ofender (b) es humillar, agredir, dañar, herir (C). Por lo tanto una ofesna (A) es una humillación, agresión, daño, herida (C).

¿Qué es en realidad una ofensa? El silogismo de consecuencia en el orden sugerido, parece correcto, pero es una falacia Post Hoc, es decir, que el orden de los hechos (efecto y consecuencia) es la verdad circunstancial de que el primer hecho desencadena al segundo, cuando el razonamiento lógico debe enfocarse en la correlación de los hechos no así en el orden. Esto es una falacia de consecuencia en este errado tipo de razonamiento:

Si el suelo está mojado es por llovió.

No llovió, el suelo no está mojado.

Excluyendo factores ajenos al segundo hecho (lluvia), se asume que sólo éste puede ser el único responsable del primero (el suelo está mojado).

De esta forma, una ofensa no puede ser la única razón o consecuencia de ofender. La definición o el silogismo que se nos presenta en el dictamen lingüístico no puede ser considerado como verdad, ni como certeza, ya que la ofensa como elemento integrante de un lenguaje y su sistema (lingüística) no está supeditado, ni determinado por su origen etimológico (falacia etimológica), sino por condiciones de origen cultural, en el uso del lenguaje.

"Puto" es, sin necesidad de explicación, en México un ejemplo (aunque no el más amable) sobre cómo una palabra, un elemento del lenguaje, no se condiciona al uso exclusivo que su origen etimológico le otorga, sino a la praxis social, la pragmática del lenguaje, entre otros posibles elementos.

Sin embargo, de lo anterior, "ofensa" ha adquirido esta significación pragmática en el lenguaje de la convención cultural, tal y como se muestra en la falacia Post Hoc que la máxima autoridad de nuestra lengua lo sostiene: Ofensa = agresión.

¿Es en realidad una ofensa una agresión? ¿Si así lo fuere, la acción o efecto de ofender, conlleva necesaria e inmutablemente una agresión, una herida, un daño, una humillación? ¿Son estos efectos consecuencia directa de la ofensa? ¿Por qué este convencionalismo nos lleva a creer que la ofensa, la violencia y la agresión son en realidad una y la misma? Si en estos momentos setimos la necesidad de inquirir a través de la consulta enciclopédica del lenguaje, en un diccionario, si “agresión” mostrará en su definición la referencia a la “ofensa” y la “violencia”, con calma y seguridad podemos hacerlo: no lo encontraremos. Pero si en realidad sentimos esa necesidad de comprobación, de re-afirmación, es, quizá y así lo quiero creer, por efecto de que lo hasta ahora leído en este texto ha logrado despertar un interés que nos lleva a continuar reflexionando sobre la veracidad de este convencionalismo errado sobre “Ofensa = Agresión = Violencia”.

Pero si al contrario continuamos en la creencia de que efectivamente “Ofensa = agresión = Violencia” es certero y que la única diferencia entre-ellos se encuentra en una suerte de graduación de potencia, es necesario, entonces, considerar tres elementos: Parámetro, Efecto, Consecuencia.

Pongámoslo en otro nivel. Cuando mi mejor amigo me llama o me saluda, generalmente inicia la conversación con una “ofensa” o una “agresión verbal”: “Puto”, me dice y yo le respondo por igual. En ninguno de los casos, es decir de mi parte y de parte de mi amigo, se puede encontrar una ofensa, un intento de humillar o dañar o herir. No existe ningún efecto agraviante, violento ni ofensivo cuando nos llamamos de tal forma al iniciar una conversación. Dejando de lado este vicio de la palabra, como expositor de una cultura “machista” u “homofóbica” (dado que no nos interesan esos tópicos, ni son condicionantes del significado ofensivo del saludo “puto”), el intento de humillación y ofensa implícito en dicho tipo de saludo, aunque bien responde a estigmas sociales tales como el “machismo” y la “homofobia” no adquieren en su contexto y semántica ningún grado mesurable en un “parámetro” ambiguo sobre qué tan ofensivo y violento es. Ese grado, ese parámetro socio-cultural aparece cuando un elemento ajeno a este contexto se introduce por sí mismo: un tercer sujeto.

Este tercer sujeto es el parámetro y, a su vez, el representante del convencionalismo de la gradualidad ofensiva del lenguaje, según la cultura. El tercer sujeto, no tiene que ser necesariamente una tercer persona (yo, mi amigo y otro), el tercer sujeto es un sujeto sinecdocal que representa una “autoridad” dictaminante sobre el correcto y apropiado uso del lenguaje: la moral es o puede ser este sujeto sinecdocal. Es cuando este tercer sujeto observa el discurso entre mi amigo y yo que sustrae de éste un elemento inexistente y lo vuelve existente en él, en su participación directa a través de la observación y mediación de un sistema hermético: el discurso entre dos personas.

Llamo a la atención y enfatizo la petición de introducir analogías. El ejemplo que se está desarrollando es un sistema discursivo hermético confiere al sistema de comunicación un derecho de privacidad y exclusión (en tanto que excluyente) de todo sujeto no activo en este sistema: Emisor (Amigo) – Receptor (Yo). Las implicaciones sociales de la palabra “puto”, aun cuando contiene una carga significativa-cultural y despectiva sobre “un sujeto homosexual”, no existe sin el tercer sujeto; el hermetismo de este diálogo se encuentra en el discurso afectivo del cual son únicos partícipes el emisor y el receptor. Incluir, introducir, invadir este sistema hermético de comunicación con un tercer sujeto, por lo menos en éste ejemplo, es una barbarie, irónicamente una ofensa. Dado que ni el receptor ni el emisor hallan consecuencia de daño, de herida o humillación en el efecto de “ofenderse”, la ofensa “puto” no puede ni debe ser considerado como una agresión o motivo de violencia. Sin embargo, si un tercer sujeto invade este sistema (comunicación: diálogo entre yo y mi amigo), la ofensa es directa, una ofensa cometida al sistema mismo: Al emisor y al receptor.

La ironía anterior no sucede por una agresión del tercer sujeto que invade y observa la “ofensa moral-discursiva” en el lenguaje que yo y mi amigo utilizamos, esto quiere decir que ni yo ni mi amigo nos “sentiremos” ofendidos, agredidos, humillados, dañados, heridos, violentados. La ironía se hace presente, sucede, cuando existe la intromisión, no permitida, no requerida del tercer sujeto, independientemente de la acción que pretenda: su sola observación ya es una ofensa en sí misma.

Entonces, esta ofensa si no es una agresión ¿por qué la llamamos ofensa? Es en la respuesta a esa pregunta que presento mi postura sobre esta reflexión: Una ofensa no es una agresión, no es violencia, ni es una acción que implica un daño, una ofensa es una acción no requerida, no permitida, no solicitada de un sujeto hacia otro. Pero, podríamos rebatir, una agresión o un acto violento también puede encontrarse dentro de la definición que establecemos de "ofensa", entonces ¿cuál es la diferencia? La diferencia, y el por qué no pueden encontrarse dentro de mi definición los conceptos de “agresión” y “violencia”, radica en la sutil pero significativa existencia de la intencionalidad. Una agresión, a diferencia de una ofensa, es el acto o acción directa de acometer física o verbalmente contra un sujeto con la intención de dañarle, moral o físicamente. Mientras que una ofensa es una acción de intromisión e invasión, difícilmente es una agresión, aunque eso no significa que una ofensa pueda o no ser “agresiva”. La sutil pero significativa diferencia entre los conceptos a reflexionar en este artículo, comienzan a hetereogenizarse. Las diferencias, así como el parámetro, se desambiguan ya no por dictamen autoritario del origen y significado de las palabras, sino por el pragmatismo del lenguaje y algún otro elemento cultural que al momento desconozco. Una ofensa puede o no ser agresiva, pero “nuncamente” (diría un estimado profesor y amigo mío) una ofensa desembocará en una agresión por sí misma o sólo por ser una ofensa. “La ofensa es relativa al ofendido” es un dicho que uso continuamente cuando intento señalar que actualmente se le ha conferido a este concepto una significación equivocada, cuyo uso se ve exagerado y explotado por campañas que pretenden, ilusa y mediocremente, promover la equidad social y abolir el “abuso”. Lo relativo entre la “ofensa” y el “ofendido”, se da en una relación existente en el sistema de comunicación en que se desarrolla dicha ofensa, es decir, que se da permiso o derecho por parte del emisor (ofensor) y el receptor (ofendido).

Digamoslo de otra manera. Si yo inicio una conversación con un conocido, cuya relación amistosa es casi nula (más allá de conocerle y haber tenido un corto historial de conversación y confianza mutua), de la misma forma que la inicio con mi mejor amigo y le digo: “Puto, tú que conoces de este tema ¿Qué me puedes sugerir que lea?”, sería muy ingenuo de mi parte pensar que este conocido no tomará mi saludo inicial (puto) como un insulto, una ofensa. Este ejemplo sí acepta analogías y sí es susceptible a refereniarse con otros que ocurren cotidianamente, incluso algunos señalados algunas organizaciones o instituciones. Sin embargo, la relatividad entre "ofensa" y "ofendido" no sólo se condiciona por la relación social que existe o no entre el emisor y el receptor, existe un factor mucho más condicionante (vale el pleonasmo): la personalidad. 

Hace un tiempo, fui despedido de un buen trabajo por culpa de un accidente verbal, ocasionado por la mediocridad de mi personalidad frente al "estrés de imposicionamiento de autoridad" (terminología en espera de patente), es decir, y confieso que puedo y sé manejar el estrés laboral (la presión de tiempo, de falta de recursos, de demanda), sin embargo, el estrés que se genera cuando la autoridad laboral se impone, justificada o injustificadamente, obstaculiza el ejercicio mismo del trabajo para sobre-exponer hegemónicamente el rango jerárquico en el área de trabajo (básicamente: "aquí mis huevos mandan"), es el tipo de estrés que no sé manejar. Menciono esto como antecedente a un ejemplo de cómo la personalidad es mayor factor condicionante en la relación ofensa-ofendido. El motivo de mi despido fue porque, ante tal situación estresante en la que me vi obligado a permanecer sumiso, inmóvil, incapacitado, sometido laboralmente, surgió uno de mis tantos vicios de la palabra: para alivianar el estrés y creciente enojo de mi persona hacia mi jefe, involuntariamente le llamé "carnal". Este vicio de la palabra surgió en mí para intentar solventar y a la vez sosegar tanto la ira de mi jefe como la mía hacia él. Lejos de lo ridículo y humillante que es confesar esta anécdota, la utilizo como ejemplo para reflexionar hasta qué grado una palabra informal, no agresiva, no violenta, no ofensiva, se tornó en una ofensa que desencadenó la furia del otro so condena de despido. Admito que profesionalmente no tengo justificación por haber utilizado un lenguaje informal hacia un superior (pese a la justificación del estrés al que estaba sometido), pero aun hoy me sigo preguntando si en la ética profesional, algo tan inofensivo (irónico) merece o es objeto de condena socio-cultural-laboral. ¿En qué parámetro ambiguo se sostiene que el lenguaje informal sea condenado a exclusión?, inapropiado, sí, pero ¿ofensivo?

Cierro con la confesión de mi humillante anécdota laboral como reflexión a lo expuesto en este artículo, con la promesa de continuar con estas reflexiones de los conceptos “agresión” y “violencia”, y de como muchas sociedades, instituciones, organizaciones, han tergiversado y explotado descaradamente la inexistente similitud de éstas con la “ofensa” como medio de desprestigio y marginación social.

Modificado por última vez en Jueves, 12 Marzo 2015 03:13
Mario Grana

2 de Mayo de 1986. Guadalajara, Jalisco. México. Egresado de la carrera de Letras Hispanoamericanas del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH). Profesor de Español como segunda lengua y Gramática del Español. Estudiante de literatura, investigador de Semiótica literaria.