Lunes, 23 Marzo 2015 00:00

La risa y los chistes en la Antigüedad Destacado

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Si tuviéramos que determinar con rapidez lo prejuicios de una cultura que nos es ajena por completo, no cabe duda que uno de los modos más sencillos e inmediatos sería analizar sus chistes. Un simple vistazo a los chistes en México lo comprueba; ahí vemos desfilar un estereotipo tras otro: los gallegos —que por alguna oscura razón llegaron a representar la estrechez de miras—, las distintas nacionalidades típicamente caracterizadas —mexicano, gringo, alemán argentino, etc—, Pepito —curiosa mezcla de inocencia y obscenidad— y en general todos los presupuestos de género detrás de la práctica del albur.

Pero no es eso lo que me llama la atención de los chistes, sino su mecanismo. Y aquí nos topamos con algo que, aunque se ha dicho muchas veces, no deja de ser sorprendente: culturas por completo ajenas a nosotros en espacio y tiempo han echado mano de los mismos procedimientos o recursos para suscitar la risa. Desde este punto de vista, tal parece que nos gusta emplear —por así decirlo— los mismos cajones o compartimientos una y otra vez pero sólo cambiando aquí y allá el contenido: la estructura se queda igual o relativamente intacta. Veamos si esto es cierto en algunas de las compilaciones de chistes de hace siglos.

Uno de los textos más ricos de la Antigüedad grecolatina para ver con qué reía la gente hace siglos es el Philogelos (El amante de la risa) atribuido a un tal Hierocles y a un gramático llamado Filagrio. Se cree que esta colección —unos 265 chistes— se hizo alrededor del siglo III d. C., aunque hay indicios de que la edición final es de inicios de la época bizantina: siglo VI d. C.

Sabemos que los chistes son capaces de hacer eco de tiempos muy anteriores al momento en que realmente se cuentan. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con los refranes: cuando decimos en México "ver moros con tranchete" estamos actualizando, por medio del lenguaje, una realidad histórica española previa al siglo XVI. ¿O será que lo que está de fondo es la lengua en general como pieza arqueológica viviente? En fin, no me desvío. El punto es que aquellos chistes griegos del siglo III d.C. seguramente se remontan, a su vez, mucho tiempo atrás por medio de la tradición oral.

Para hacer reír, los chistes del Philogelos explotan un procedimiento —o cajón— que conocemos bien en la actualidad: la burla a los vicios o las faltas de la gente. Se trata, como lo seguimos haciendo ahora, de acentuar los rasgos negativos que se consideran característicos de algún grupo. Así, en la antología, vemos desfilar al avaro, al fanfarrón, al necio, al cobarde, al perezoso, al envidioso y al misógino. También entran algunas profesiones características, como médico o peluquero. Entre éstos, el más llamativo es el "erudito pedante" (σχολαστικóς); se trata del profesor e "intelectual" que pretende saber mucho y en realidad no sabe nada. ¿Parecidos con la actualidad?

En fin, veamos algunos. Las traducciones son mías y debo decir que me tomé ciertas libertades para hacerlos comprensibles. El número que aparece al inicio es el lugar en que aparece en la antología:

55. "Un intelectual astuto que estaba falto de dinero se puso a vender sus libros. Escribiéndole a su padre, le dijo:

—Alégrate por mí, padre, pues la escritura ya me alimenta."

104. "Un avaro, al escribir su testamento, se nombró a sí mismo el heredero."

109. "Un necio escuchó que en el Hades se hacían juicios justos. Un día, tuvo un problemilla [de carácter legal] y se ahorcó."

206. "Le preguntaron a un cobarde:

—¿Cuáles son las más seguras de las embarcaciones? ¿Las grandes o las redondeadas?

—Las varadas."

255."Un intelectual, al enterarse de que los cuervos viven más de doscientos años, compró uno y lo cuidó para ver si era cierto."

Notemos que, al menos aquí, la tesis de Henri Bergson sobre la risa —en su famoso libro La risa. Ensayo sobre el significado de lo cómico— es particularmente explicativa. Para él, la risa es un mecanismo o "gesto social" que tiende a reprimir los defectos o las posibles excentricidades de los miembros de un cuerpo social, es decir, tiende a dar agilidad y movimiento a la rigidez o torpeza mecánica que puede ocurrir en la sociedad. La risa es, entonces, un mecanismo de perfeccionamiento o equilibrio social que hace que, entre los dos polos de la agilidad y la rigidez, aquélla gane terreno sobre ésta. En fin, la risa es parte de ese principio vital (el famoso élan vital de Bergson) que nos mantiene en movimiento y en estado de creatividad. Por eso vemos a un avaro llevado a extremos absurdos nombrándose heredero a sí mismo; un intelectual que ni siquiera sabe cuánto puede él mismo vivir para comprobar algo; un necio que entiende todo en el sentido más literal posible, etc.

Así, al igual que la curiosa —y sin duda injusta— caracterización de los gallegos en México, el Philogelos plantea la visión de un griego educado para quien los habitantes de Abdera y de Cumas no podían sino parecer unos brutos:

110. "Entre los abderitas, la ciudad se dividía en dos partes: los que vivían hacia el oriente y los que vivían hacia el poniente. Así, cuando de pronto unos enemigos se lanzaron contra la ciudad y causaron gran confusión, los que vivían del lado oriental se decían entre sí:

—No nos alborotemos, pues los enemigos van hacia las puertas del lado poniente."

164. "Un cumano se sumergió y de pronto empezó a llover. Para no mojarse, se metió hasta lo hondo."

165. "Un cumano compró unas ventanas y preguntó si permitían ver hacia el mediodía."

Pero regresemos a Bergson. La risa que más le sirve a su definición es la que tiende de algún modo a la burla o la satirización. Dice el filósofo francés que nos reímos sólo de lo humano —incluso cuando nos reímos de una cosa o un animal, es porque lo humanizamos en cierto modo—, y tiene sentido, pero Bergson deja de lado algo crucial sobre el chiste, y esto es a lo que quiero llegar con todos estos ejemplos de chistes antiguos. A Bergson le cuesta más trabajo, en su teoría de lo cómico, dar cuenta de un procedimiento típico de lo risible: cuando lo cómico se centra exclusivamente en la lengua y en su enorme capacidad para hacer entrecruces semánticos y generar dobles sentidos. El número 148 es un buen ejemplo al respecto:

"Un peluquero charlatán le preguntó a un gracioso:

—¿Cómo te lo corto?

—En silencio."

Aquí, como gran parte de nuestros chistes actuales, lo central no está tanto en el vicio. El objeto risible aquí ya no es tanto una persona tipificada como tal, sino el lenguaje mismo que se vuelca sobre sí mismo y nos muestra la ambivalencia en una pregunta que utiliza el cómo. Y no se trata del defecto de la anfibología o incomprensión, sino de mostrar la inagotable riqueza semántica de la lengua. Y con esto llego al que me pareció el mejor chiste del Philogelos, pero requiere cierta explicación para entenderse, pues se basa en un juego de palabras casi intraducible. Se refiere a un ὀζόστομος (ozóstomos), alguien a quien le huele la boca:

232. "Un hombre al que le olía la boca no dejaba de besar a su mujer y le decía:

—Mi señora, mi Hera, mi Afrodita,

Y ella, alejando la cara, le decía:

—Oh, apesto-Zeus mío. Oh, apesto-Zeus mío."

Lo que dice al final la mujer es ὀζεύς μου, ὀζεύς μου (ozeus mu, ozeus mu). En griego antiguo, ὄζειν (ózein) significa "oler" y ὁ Ζεúς (ho Zeus) es el dios que todos conocemos. Yo sí me reí, la verdad.

El punto es que aquí se ve con claridad el hallazgo lingüístico en que se basan los chistes con tanta frecuencia. Me cuesta trabajo ver aquí la "función social" de lo cómico, tal como lo caracterizaba Bergson. Para él, toda risa tiene necesariamente un objeto, siempre un "reírse de...", y si ese objeto es el hombre mismo o lo humano, entonces tiene una función social. Esa función es la de un tipo de reprensión o correctivo social, una tendencia a encauzar las fuerzas por donde deben ir: lejos de la rigidez y lo estático. Pero cuando la risa se desprende de un curioso juego de palabras como un calambur, no es tan clara esa función de correctivo social.

¿Calambur? Ah, estoy seguro que usted conoce muy bien el calambur e incluso lo utiliza a veces, sólo que quizá no sabía que hay un nombre para él. Aquí un ejemplo famoso que se le atribuye a Francisco de Quevedo: en una ocasión, Quevedo, que iba a ver a la reina Isabel de Borbón —que era coja—, apostó con unos amigos a que le echaría en cara su defecto físico sin que se diera cuenta. Quevedo consiguió entonces un rosa y un clavel para llevárselos y le dijo:

"Entre el clavel y la rosa

su Majestad escoja".

¿Verdad que es muy frecuente el calambur para generar chistes?

En fin, estoy convencido de que, para todos nosotros, entender es una forma de placer. Al final, ¿no viene de aquí también el tremendo magnetismo con que nos atrae la literatura? En estos casos, de cualquier modo, me parece de poco interés la "función social" de lo risible, más allá del argumento de que reír nos cambia el humor súbitamente o que implica mover los músculos abdominales y que por tanto trae beneficios a la salud. No. Si reímos aquí es porque nos fascina desenmascarar significados ocultos, captar sobre-implicaciones y dobles sentidos. Al menos en este caso, reímos por una especie de hedonismo hermenéutico; nos regodeamos en el propio lenguaje y nuestra facultad para crear y captar la diversidad de significados. En este contexto predominantemente lingüístico, pues, no hay risa sin inteligencia.

Por eso, un chiste explicado siempre deja de ser un chiste; por eso, quizá todos alguna vez hemos dicho que sí entendimos un chiste cuando en realidad no estamos tan seguros. ¿No? Bueno, confieso que yo sí lo hice alguna vez.

Otro de los documentos antiguos más ricos sobre el chiste es un largo apartado que pone Cicerón en el libro II de Acerca del orador (De Oratore, II, 217 y ss.). Muchos dicen que el Philogelos es la colección más antigua de chistes, pero lo cierto es que este apartado de Cicerón es, con toda justicia, un mini-tratado sobre la risa y el chiste, y es anterior por cuatro siglos. Aquí dos ejemplos:

"—¿Cómo juzgarías a alguien que es sorprendido cometiendo adulterio?

—¡Lento!". (De Orat., II, 275)

No hay que explicarlo, ¿verdad? Aquí el otro:

"Un mal orador, creyendo que en el epílogo de su discurso había provocado la misericordia en el público, se sentó y luego me preguntó:

—¿Viste cómo los moví a todos a la misericordia?

—Y vaya que muy grande —le dije—. No creo que haya alguien con el corazón tan duro, que tu discurso no le haya dado lástima." (De Orat., II, 278)

Los dos chistes se basan en equívocos y son análogos por esa facilidad de cualquier lengua para generar dobles sentidos. Aquí cuadra mejor lo que decía Freud, quien, después de analizar en su famoso libro El chiste y su relación con el inconsciente una buena cantidad de chistes claramente elocutivos o verbales, enuncia la regla general que los rige: "De este modo permanece siendo la condensación la categoría superior. Una tendencia compresora o, mejor dicho, economizante domina todas estas técnicas". Es la condensación semántica, al menos aquí, el origen de lo risible. Nótese que digo "al menos aquí", porque seguramente esto no tiene nada que ver con las razones por las que nos reímos al ver secuencias repetitivas o absurdas como en Chaplin o en escenas al estilo de El Gordo y el Flaco, para lo cual mejor consúltese el análisis de Bergson.

Pero mucho antes de Bergson y de Freud, ya había habido en la Antigüedad reflexiones sobre la naturaleza de la risa. Los teóricos grecolatinos —Aristóteles o Cicerón, por ejemplo— hacían una clara distinción entre dos tipos de risa: una baja y grosera, y otra elevada y culta. Se creía que uno de los componentes principales de una persona "urbana", es decir, "educada" y "civilizada" en los ideales culturales de la ciudad y por tanto ajena a la "rusticidad", era precisamente saber hacer chistes; eso sí, que no traspasaran los límites de la prudencia y el "decoro". Incluso el mismo Aristófanes, sin duda el comediógrafo griego más escatológico, defendía en Las nubes un ideal cómico basado en el humor "inteligente".

Risa

Stephen Halliwell, uno de los mayores estudiosos de esto en la Antigüedad, deja en claro con muchos ejemplos que en la Grecia antigua la valoración de la risa dependía de un criterio moral acerca de lo socialmente aceptable y lo que no se podía permitir. Y es que la risa estaba anclada profundamente en las costumbres de los antiguos. Había espacios y contextos —sobre todo los "banquetes"— exclusivamente dedicados a esta risa inteligente y "urbana". La comedia, por su parte, se origina en un marco de festividades religiosas griegas. En los lupercalia latinos, aquella extraña y antiquísima ceremonia donde unos adolescentes corrían semidesnudos después de haber sido untados con sangre y leche y se ponían a dar de latigazos a cuantos se cruzaran en su camino —si le tocaba a una muchacha núbil, se tomaba como un buen presagio de fertilidad—, en esa ceremonia, pues, los jóvenes no podían comenzar con todo eso sin antes haber hecho una "solemne" carcajada ritual.

También, dadas las costumbres y sobre todo la educación de los antiguos, no podían sino llegar a la conclusión de que la risa era una de las mejores maneras de obrar sobre un individuo y persuadirlo. No es en vano, pues, que el gran orador en lengua latina, Cicerón, se haya conocido también como particularmente proclive a los chistes (llamadas "facecias"). Quintiliano nos dice que en su propia época —un siglo después de Cicerón— circulaban compilaciones de chistes del gran orador. La risa es, pues, un medio excelente para discutir y convencer.

Nos cuenta Cicerón que Cayo Lelio, cónsul en el año 190 a. C., discutía un día con alguien que se sabía era nacido de un "mal linaje". Le dijo éste a Cayo Lelio:

—Creo, Cayo Lelio, que no eres digno de tus antepasados.

—Y tú, por Hércules, muy digno de los tuyos. (De Orat., II, 286)

Estamos, pues, ante lo risible como arma en el debate, en la respuesta. ¿Acaso no nos ha pasado a todos que, al presenciar una discusión acalorada, más que basarnos en los argumentos y las ideas como tales de los contrincantes, nos ponemos instintivamente a favor de quien sabe tomarse las cosas con ligereza y muestra incluso ingenio en sus respuestas? El carácter de alguien también pesa mucho en las discusiones.

Por último, si avanzamos en el tiempo, nos damos cuenta de que estos dos rasgos con los que se veía lo risible en la Antigüedad —lo cómico como lo urbano, educado e inteligente, y como un arma utilísima de convencimiento o enseñanza— se retoma con claridad en el Renacimiento y termina siendo un componente clave de la literatura moderna. A partir del siglo XIV, vemos que los chistes y lo cómico en general tienen en Italia un éxito sin parangón. Es la misma oleada de comicidad que veremos en Boccaccio y, después, en Rabelais y en Cervantes (y todavía en el siglo XX, el mejor ejemplo que conozco que retoma claramente esta tradición es Palinuro de México de Fernando del Paso). Las antologías de chistes abundan aquí y allá en la Italia renacentista. Aquí dos ejemplos del Libro de chistes (Liber facetiarum) que, entre 1438 y 1452, escribió en latín Poggio Bracciolini:

200. "Un predicador estaba ante el pueblo en la fiesta dedicada a san Cristóbal y enaltecía al santo con gran profusión de palabras porque había cargado al niño Jesús en sus propios hombros. Preguntaba con insistencia:

—¿Y acaso habría alguien que tuviera tan gran privilegio de cargar al mismo salvador?

Y seguía y seguía con la pregunta:

—¿Qué otro habría podido recibir la misma gracia?

Así que, entre los presentes, un gracioso que ya estaba hastiado de oír la pregunta, le dijo:

—El asno que cargó al hijo e incluso a María."

204. "Deambulaba por la calle un habitante de Perusa [Italia] muy pensativo y triste. Se acercó alguien que iba pasando y le preguntó qué lo tenía tan preocupado, a lo que él respondió que debía mucho dinero y que le parecía imposible pagarlo. El otro le dijo:

—Ah, tonto, deja esas preocupaciones para el otro al que le debes".

Estos chistes ya no son puramente lingüísticos, basados en equívocos o en juegos de palabras. Pero muestran igualmente esa conexión entre risa e inteligencia, que es el punto de este breve recorrido por los chistes antiguos. En ellos se ve con nitidez uno de los procedimientos más populares del chiste: preparar al inicio el terreno para que después venga, al final, un vuelco contra lo esperado, un revés imprevisto. Se nos muestra un aspecto de las cosas siempre nuevo, siempre distinto, y el oyente o lector tiene que dar ese salto mental al otro lado. ¿Hay risa? Es que la inteligencia está jugando.

Modificado por última vez en Lunes, 13 Julio 2015 15:52
Joaquín Rodríguez

Profesor y traductor. Licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG y maestro en Letras Clásicas por la UNAM.