Martes, 07 Abril 2015 00:00

La agresión del otro ¿Qué es una ofensa?: Parte II

Escrito por
Valora este artículo
(1 Voto)
La agresión del otro ¿Qué es una ofensa?: Parte II photo credit: Imperativo via photopin (license)

¿Qué es el respeto?

1.- Distanciamiento emocional-cognitivo.
2.- Indiferencia.
3.- Distanciamiento social-cultural.
4.- Exclusión.
5.- Separación.
6.- Alienación.
7.- Egocentrismo.
8.- Hipocresía.

Si tenemos una opinión distinta no significa que estemos en desacuerdo, sino que alguno de los dos vivimos en una fantasía utópica para esconder la suciedad en la que nos movemos.

Estamos rodeados de “respeto” y nuestras vidas giran en su gravedad. Nuestras relaciones sociales, íntimas, públicas, son de flujo elíptico y agresivo en tanto que no condonan ni consideran la transición de los cuerpos que la rodean, siempre y cuando se sublimen a la fuerza de gravedad de nuestro pesado, ominoso e inexplicable vórtice de respeto.

Dejando el discurso metafórico de lado, la realidad del peso que ejerce el “respeto” en nuestra vida social-íntima, es tan real como el peso de la moral en que se ejerce: una metáfora más para explicar una presión cuyo origen no nos extraña pese a su desconocimiento.

Existen campañas, géneros literarios e ideologías religiosas-filosóficas que promueven y llaman al ejercicio de acrecentar, afirmar y expresar el “respeto propio” el respeto a sí mismo, a nuestras propias personas. Algunos incluso lo llaman “auto-estima” o “amor propio”. Confieso que estas ideologías me hacen sentir como un niño frente a un fenómeno espeluznante e inexplicable… como “el Coco” bajo nuestras camas.

¿Me atemorizan? Sí. Veo un monstruo que no puedo ver ni tocar pero que sé, de una forma imprecisa, que está allí abajo, para tomarme del pie y abducirme a un mundo de terror: para devorarme quizá. ¿Me atemoriza porque no lo conozco, porque es desconocido? Sí. El temor a lo desconocido es real y lo siento en estas campañas, en mis amigos, en mi credo, en mi familia, en mi sociedad. Tengo miedo de ser consumido por el monstruo del respeto: una bestia metafórica, inexistente, sin embargo, presente.

¿Cómo puedo respetarme a mí mismo? “No humillándote, Mario”, me dicen. ¿La humillación, perpetrada por mí mismo, ocurre por mí mismo? “Sí, Mario. Si no te respetas y te humillas, nadie te va a respetar y te humillarán y ofenderán porque tú mismo no te valoras”, me dicen. ¿Entonces, el respeto a mí mismo es el valor que yo mismo me otorgo? “Sí, Mario”, me dicen. ¿Entonces cómo puedo (iniciar) valorarme a mí mismo? “Sabiéndote que eres igual a todos, que no eres diferente; te valoras sabiendo que nadie tiene el derecho de lastimarte, de ofenderte, de humillarte… de hacerte menos”, me dicen. Entonces si yo me respeto y me valoro ¿Evitará eso, que me humillen que me ofendan, que me agredan? “No, Mario. Muchas personas irrespetuosas (sin respeto propio o ajeno) te intentarán humillar y ofender, pero si tú te valoras a ti mismo y te respetas, sus ofensas serán inútiles?”, me dicen. Entonces si pese a mi respeto propio y autovaloración, las personas aun así me faltarán al respeto y me desvalorizarán… ¿Qué caso tiene respetarme, no humillarme, valorarme? “Importa, porque entonces lo que otras personas digan, no importará para ti, porque sabes que no es cierto, que lo hacen por ofenderte. No importa qué hagan, mientras tengas dignidad y respeto por tu propia persona, lo que te hagan no te importará”, me dicen.

Es así que la fuerza de gravedad del respeto funciona: es tan fuerte que sólo ella misma importa. ¿Qué tan cierto es esto? Es variable y vulnerable a incongruencias. La gran fuerza de gravedad no sólo es omnipotente, sino que también es caprichosa ya que no es autónoma: se alimenta directamente de mí-mismo. Yo soy la fuerza gravitatoria del respeto y siendo yo, es voluble, imprecisa, mutable y caprichosa.

Una y otra vez vemos y somos partícipes de esta exigencia de respeto. Cotidianamente vivimos ejerciendo esta fuerza que demanda y obliga a doblegarse a todos los cuerpos ajenos a nuestro campo gravitacional y sus elementos (quienes gravitan a su alrededor: familiares, amigos, amantes, compañeros laborales, vecinos, etc.). Pero al ser nosotros mismos el epicentro gravitacional de este egocéntrico círculo de “respeto”, somos susceptibles a los choques, voluntarios e involuntarios, con otros sistemas gravitatorios. Para evitar convulsiones, destellos e incluso explosiones de nuestro armónico sistema, hemos creado reglas y normas de convivencia, de tránsito y fluencia gravitacional: ética y moral -respeto-.

La lógica dicta que lo básico para evitar choques entre sistemas de gravedad, es establecer “límites” y “respetar” dichos límites. Mi área de fluencia es limitada al área de fluencia de un sistema ajeno… Si yo extralimito mi área, o lo hace otro sistema, un choque será casi inevitable: una falta de respeto. Así pues, el establecimiento de límites proporciona orden al caos que sería su inexistencia, evitando los choques, estallidos, explosiones… la guerra.

“El Coco” ahora ya no es tan desconocido. Ahora que he “entendido” lo que es, su escalofriante influencia ha disminuido mas no ha desaparecido. Sigo sin comprender por qué persiste el miedo a lo que hay bajo mi cama y cómo es que este miedo disminuye al cobijarme. Sigo teniendo miedo al monstruo del “respeto”.

Reflexionando sobre la metáfora del respeto, éste se muestra como un suceso lógico: para evitar la colisión de cuerpos, estos deben respetar los límites que se les han establecido, estos límites se establecen tanto por el epicentro de su centro gravitacional así como el espacio o área que este centro gravitacional (nosotros) ejerce. Dos centros gravitacionales que se ven atraídos a sí mismos, generan una armonía que evita colisiones entre ellos y entre los cuerpos que les rodean (relación social). Es lógico, es racional, es efectivo.

Sin embargo, el monstruo del respeto no es ni remotamente absoluto (en tanto que incorruptible). No existe una fuerza ajena a la gravedad del respeto que establezca los límites en que puede ejercer activamente su fuerza, no es física como lo sería en la analogía. Los límites se establecen por conveniencia y por una suerte de aceptación subyugante a la cual se opone una fuerza aún mayor que la gravedad misma (respeto) y en la cual se crea una paradoja gravitacional pese a las limitaciones también establecidas por esta conveniencia: la libertad.

Yo Mario, puedo caminar por cualquier calle de mi ciudad sin ningún impedimento legal. No hay fuerza que doblegue mi libertad de transitar por la ciudad. Sin embargo, si mi libertad me lleva a caminar dentro de una casa ajena entonces se convierte en una falta legal: estoy allanando una zona privada. “Lógico, Mario. Eso es lógico”, me dicen. Y es lógico porque estamos sujetos a estas reglas sociales que así hemos establecido nosotros mismos. Mi ejemplo es absurdo ante esta lógica. Sin embargo, sigamos esta lógica en situaciones que también deberían estar sujetos a dicha línea lógica del pensamiento. Si yo, caminando libremente por mi ciudad, transitando por calles por las cuales tengo permitido y derecho a transitar, me detengo a observar una “zona privada”, dígase el interior de una casa, el cuerpo de una persona, ¿estoy violando el respeto ajeno? “Existe el derecho a la privacidad, Mario. Si lo que estás viendo está dentro de un espacio privado y no estas invitado, o si estas husmeando sí es una falta de respeto y hasta creo, un delito”, me dicen.

Pero si lo que veo no está dentro de una zona privada, si lo que veo es una persona que se encuentra en un área pública, ¿estoy violando el respeto ajeno? “Eso es otra forma de faltar al respeto. Guardar el respeto ajeno significa no incomodarlo ni tampoco invadir su espacio”, me dicen. Entonces, ¿existen varios tipos de respeto? “Sí, Mario”, me dicen y “el coco” dejó de ser algo entendible: regresó a esa inexplicable naturaleza tenebrosa y siniestra que vive en la desconocida oscuridad bajo mi cama.

Mi libertad se vuelve a limitar, pero no es mi libertad lo que está en pugna aquí, sino establecer, entender y comprender ¿qué es el respeto? Y qué puede ser el respeto sino el establecimiento de limitaciones, la abolición de libertades y la implementación de penalizaciones. Entonces, mi libertad sí es lo que se pugna. Se pugnan los límites de mi libertad sobre la argumentación que está, no me es otorgada sino que me es natural e inextirpable. “Pero, eso ya es otra cosa Mario. Es cosa de debatir qué es libertad y hasta dónde tu libertad afrenta la libertad de otras personas: ¿Acaso por tu libertad puedes matar a alguien?”, me dicen y tienen razón al decírmelo: los límites de mi libertad son condicionados por las libertades de otras personas, mi libertad no es hegemónica.

¿Entonces, por qué inicio este artículo afirmando que la libertad es una forma de indiferencia, de hipocresía o de distanciamiento? ¿Acaso no lo es? Si a estos momentos no estamos en la confusión de entender los límites de libertad y la legalidad del respeto; si a estos momentos de la lectura no hay una reflexión sobre la hipocresía del respeto, entonces el esfuerzo no ha valido. Eso querría decir que no hay en mis palabras una relación que te una conmigo en un diálogo; estás leyendo las palabras de alguien a quien has puesto en los límites de tu respeto bajo la absurda creencia que yo te tengo a ti, una suerte o tipo de respeto: porque no te conozco, porque es socialmente obligado.

¡Fáltame al respeto, lector! Oblígame a introducirme en las elípticas inclusiones gravitacionales de tu campo gravitacional: Lee conmigo. Si me llamas “pendejo” es porque me incluyes en la órbita íntima de quienes te permites (por la falta de un respeto responsable, social, obligado) ser llamado por igual: En la ofensa somos iguales. Sin embargo, si me llamas “pendejo” para desvalorizarme e ingenuamente creer que con dicha ofensa me excluyes de las órbitas íntimas en las que tus amigos y familiares circulan, entonces no lo hagas, pues no es que me faltes al respeto, sino que te estás “auto-respetando” y “auto-valorando” a ti mismo, es decir, me estas marginando y arrojando de tu campo de “respeto” porque tú así mismo crees que no tengo el derecho de entrar en él: no soy tu igual.

Tampoco seas ingenuo y mediocre al llevar mi invitación de faltar al respeto, al absurdo. Mi petición no es la petición de ir por las calles e ir mentándoles la madre a todos y quienes sean que se te crucen. Mi petición no es la de ir y agredir a las personas; mi petición no es que me recuerdes quién es mi madre o qué hacer con ella; mi petición no es que me digas qué crees que soy o no soy. Mi petición es la de que no me pongan límites hipócritas de intimidad egocéntrica.

Respeto es:

1.- Distanciamiento emocional-cognitivo.
Porque decidimos día a día, cotidianamente, en qué involucrarnos y en qué no. Usando un parámetro de conveniencia personal, es decir, un parámetro del cual podamos tomar provecho o beneficio de la situación y evitar perjudicarnos o desventaja.

2.- Indiferencia.
Porque pese al conocimiento de una situación, escogemos ignorarla mientras ésta no nos involucre o tenga pertinencia directa sobre nosotros.

3.- Distanciamiento social-cultural.
Porque no somos comunidad. Somos lastre social para todo aquel que no esté dentro de nuestro círculo social: amigos, familia, amantes, compañeros laborales. Nuestra comunidad es un grupo de personas que no tienen ninguna importancia o relevancia sobre nuestra vida cotidiana.

4.- Exclusión.
Porque aquel que no está dentro de nuestros círculos sociales, simplemente no está en ningún otro lado. Son ellos y somos nosotros.

5.- Separación.
Porque en la exclusión dividimos a las personas y nos separamos de ellas: jóvenes, ancianos, niños, niñas, mujeres, enfermos, vagabundos, políticos, exnovias, exnovios, amigos de mis amigos, tío favorito, hermano odiado, etc.

6.- Alienación.
Porque sólo en la egolatría de quienes aceptamos como nuestros vivimos nuestras vidas en la sombra, del refugio de la otredad. Quienes son como yo tienen derecho sobre mí, nadie más puede entenderme, conocerme, saberme.

7.- Egocentrismo.
Porque incluso quienes tienen derecho sobre mí, tienen límites sobre mí. Sólo yo tengo derecho absoluto y total sobre mí: yo escojo, yo eligo, yo obtengo, yo arrebato, yo dispongo, yo otorgo, yo impongo: La máxima autoridad soy yo, siendo que yo soy mi propio respeto así pues, quien diga lo contrario o lo intente me falta al respeto.

8.- Hipocresía.
Porque son quienes están más cerca de mí (en las elipsis concéntricas de mi respeto) los que estás más cercanos a faltarme al respeto aunque, y por pertenecer a esos círculos más íntimos, son quienes menos faltas cometan (en tanto su gravedad) a comparación de quienes se encuentran en los límites externos o en el exterior de mi respeto (conocidos y desconocidos). Así mismo, yo otorgo el respeto a quien más le faltó al respeto (amantes, amigos, familia) y a quien más le falto al respeto en realidad, se lo exijo por paradoja (conocidos y desconocidos) de la “falta” que me hizo.

Si respeto es una suerte de igualdad, de apología a la dignidad y derecho humano, habrá que otorgar más respeto a quien más se lo faltamos y entender que quien nos agrede no necesariamente nos falta al respeto.

Una agresión no es sinónimo de faltar al respeto. Faltar al respeto no es sinónimo de violencia. La violencia no atenta contra el respeto, sino contra la persona. Una persona no es el epicentro del respeto, el respeto es “el coco” que se alimenta del miedo que le tenemos de conocerlo y saber qué es y por qué le tenemos miedo. Y aunque concluyo con metáforas poéticas, no hay contra-argumentación ni contradicción en mi artículo… ya que esto del respeto, es pura fantasía metafórica.

Modificado por última vez en Miércoles, 08 Abril 2015 02:07
Mario Grana

2 de Mayo de 1986. Guadalajara, Jalisco. México. Egresado de la carrera de Letras Hispanoamericanas del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH). Profesor de Español como segunda lengua y Gramática del Español. Estudiante de literatura, investigador de Semiótica literaria.