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Jueves, 27 Octubre 2016 00:07

La lectura snob o "el efecto Peña Nieto"

“Hoy todos escriben, todos quieren expresar sus sentimientos y opiniones, pero, ¿quién lee? En cierta forma la lectura es una actividad superior a la escritura; sólo podemos escribir con el lenguaje que hemos adquirido leyendo”.

Ese es el contundente martillazo arrojado con brutalidad, casi bestial, hacia la contemplación de una visión esnobista, respecto de los ejercicios de la lectura-escritura, por parte del autor Alejando Martinez Gallardo.

El artículo de opinión obtuvo mi interés desde que lo vi en el muro del “Facebook” de una amiga, repleto de “likes” y comentarios que, encarecidamente, manifestaban simpatía y concordancia con los desvaríos del autor. Publicado en el portal informativo Pijamasurf, el texto se titula con una cita atribuida al autor literario Juan José Arreola Zúñiga: “Si no sabes leer, no sabes escribir y si no sabes escribir, no sabes pensar”.

Ignoro la veracidad de la cita atribuida al autor, dado que no soy ni he sido un lector profuso de su obra y, mayormente, porque nunca he considerado ni tomado como relevante las palabras de un autor fuera de su obra: me resultan sobrantes e irrelevantes. Sin embargo, de la veracidad de la autoría fue evidenciable que, bajo dicho título, el contenido del texto me otorgaría unos minutos de desagrado y revoltosa acidez gástrica… No me equivoqué.    

Es curioso y hasta irónico que, al momento de toparme con la publicación, me encontraba en la edición de otra columna que pienso publicar, en la que vertía un poco de análisis sobre el problema de la lectura, la interpretación y la valoración de los textos literarios, surgida esta inquietud de la controversia acaecida por el autor “Dante Tercero” y su propuesta poética avalada como proyecto cultural por la beca FONCAFONCA. Es curioso e irónico, porque dicho texto lo he re-editado, re-escrito, re-enfocado tantas veces por causa de desagrado: no encuentro en él (a forma de autocrítica) un prestigio suficiente para atraer la atención y mantener el interés del lector. Sin embargo, haberme tropezado con el texto del Sr. Martinez Gallardo me ofreció una nueva perspectiva para exponer mis preocupaciones: La mediocridad de la lectura.

Entre las sandeces cuasi-académicas que el Sr. Martinez Gallardo presenta en su texto, me encontré con la bestial insinuación pro-esnobista de blando carácter crítico: “Para muchas personas es más atractivo escribir, tiene más glamour –Algo que quizá se deba la inmadurez y al egoísmo– “(Sic) Pues, vaya, ¡qué análisis tan profundo y académicamente respaldado sobre el fenómeno social y mediático del ejercicio de la escritura! Pero antes de continuar con las cachetadas hacia el autor del texto, vamos a entender una la problemática de la lectura, tanto por su mediocridad de ejercicio como por la ausencia de éste.

Si usted busca en el diccionario de su predilección, o en “Santo Google”, o en “Santa Wikipedia”, encontrará que el concepto “Analfabeto” define a una persona carente del conocimiento de la lectura o la escritura, además de la connotación significativa de una persona de mediocridad cultural (que desconoce elementos esenciales de la cultura popular). Es en esta connotación en que debemos centrar nuestra atención, dado que la ignorancia, por paradójica propagación de la vox-populi, es considerada no como el estado de desconocimiento de un sujeto con respecto a un objeto, sino como un elemento constituyente de la valoración socio-cultural de una persona. 

El uso denigrante de este término simula la discriminación por estatus social acrecido en la ideología de “la cultura” como simbolificación de grado social: persona culta en contraposición de persona “ignorante” (inculta). Y aunque este es el pan de cada día en una sociedad hambrienta de sobresalir entre las masas “ignorantes”, desde el año 2012, he sido testigo presencial de un apabullante crecimiento de esta ideología pro-esnobista: Le llamo “El efecto Peña Nieto”.

Desde aquel infame día en que el actual Presidente de la República, en ese entonces candidato a la presidencia, fue incapaz de mencionar los 3 libros más significativos de su vida, he sido testigo del impacto de este suceso en el sector juvenil de nuestra nación: Todos son lectores… o por lo menos quieren serlo.

En ese entonces, no sentí ningún arrebato ni le di mayor importancia a esta actitud reaccionaria, arquetípica de nuestra cultura, por parte de los jóvenes; si acaso me sentí un poco aliviado, como estudiante de literatura y fanático de la lectura, de que este suceso vendría a ejecutar un rotundo giro en la cultura de la lectura. Ingenuo fui. Jamás sospeché que esta actitud se viciaría, por diversos motivos y razones, entre ellos el efecto del incremento de popularidad a través de redes sociales hasta posicionarse en este activismo discriminante y horridamente mediocre: “Yo leo, por lo tanto, soy mejor persona que tú, que no lees”.

¿Cree usted que miento al señalar esta actitud en nuestros jóvenes? Observemos con detenimiento la campaña publicitaria de Librerías Gandhi “Leer evitará”. Ciertamente, no lo niego, algunos de sus cartones son bastante ingeniosos y hasta cómicos, pero no dejan de presentar, implícitamente, la complicidad apológica de esta discriminación social: Se es mejor persona gracias a la lectura.

 

Entre algunos compañeros de carrera y otros adeptos al ejercicio de la lectura, se sobre-entiende el problema cultural de la falta o casi ausencia del consumo de textos, sin embargo, este problema es nimio en comparación a la escalofriante realidad de la mediocridad cultural mexicana, en perspectiva, sobre la lectura. Efectivamente a la sociedad le hace mucha falta leer, leer más y leer por gusto no por obligación académica, pero este no es un problema, el iniciar o lograr despertar el gusto por la lectura, no. El problema de México, tanto a nivel regular (no académico) como a nivel académico es la pobreza de lectura. Sí, la pobreza de lectura, en específico la pobreza de comprensión literaria que no así la de consumo literario.

Siempre me he preguntado por qué entre mis círculos amistosos cercanos nunca existió esa curiosidad que yo, lamentablemente, tuve que esconder durante muchos años por miedo a la mofa y la falta de aceptación (estima personal por relación a la otredad). Como estudiante de la carrera de literatura en la Universidad de Guadalajara, me llegué a preguntar por qué, aquí entre mis semejantes (amantes de la literatura) no existe un rigor, una objetiva inclinación hacia la reflexión del estudio literario… pues fueron muchos años de soportar -sí soportar- actitudes elitistas que observaban el fenómeno literario como un fenómeno generalizado y cuya relevancia, a suposición, se implicaba en todo estrato social.

No lo es así. Lamento, con honesto pesar, informarle que la lectura ni es mágica, ni es relevante al mundo, ni le engendrará en su ser una cualidad especial. La lectura es ocio. La lectura es recreación. Jugar un videojuego es equiparable, tanto en nivel estético como recreativo, a leer una obra literaria del autor de su predilección. Leer un poema, es equiparable, en ejercicio del ocio, a mirar un episodio de su serie favorita.

¿Por qué existe, entonces, este sobrevalorado elemento fantástico de los “beneficios” de la lectura? Leer te ayuda a escribir y escribir te ayuda a pensar, dice el autor Martinez Gallardo citando al autor Arreola. ¡Qué atrevida falacia! Del tiempo de mi vida, le he dedicado un aproximado de 6 años al ejercicio de la lectura, considerando el tiempo que he leído y no así el transcurso de los 14 años desde que me inicié como lector al tomar mi primer libro: La Biblia. Y en estos 6 años (o 14 si así se quiere considerar) mi habilidad en la redacción no se ha visto siquiera turbada. Mi elocuencia es tan notable como un perro callejero en una pasarela de perros de pedigrí. Mi capacidad cognitiva… bueno quizá mi capacidad cognitiva sí se ha visto expandida, pero esto lo atribuyo a mi naturaleza inquisitiva, encontrada desde muy temprana edad en la estética de un videojuego: Final Fantasy. Sí, no se ría, fue gracias a ese videojuego que encontré mi hambre por conocer: el mundo, la música, la pintura, la literatura, el arte en general.

 

Pero me encuentro en la digresión, aquí lo importante es darle una que otra cachetada académica al Sr. Martinez Gallardo.  No, Sr. Alejandro, leer por sí mismo no es garantía de nada, aparte de un agradable rato de ocio. Citar a Hölderlin o a Husserl como recurso argumentativo (lejos de señalar el plagio argumentativo) bajo una pobre y mala interpretación no es una demostración de excelencia lectora y, por lo tanto, según su hipótesis, de excelencia cognitiva.

Puesto que el lenguaje escrito no es determinante, ni de la configuración semiótica-cognitiva-emotiva de la consciencia (a saber, si usted se refiere a la terminología psicoanalítica o a la terminología mística), los procesos involucrados en la conformación y estructuración del pensamiento, virtualizantes, no son observables ni verificables en las expresiones de éstos surgidos. Se lo explico de manera más sencilla: el pensamiento en el hipocampo de su configuración es meramente una instancia de procesamiento y como tal el resultado expresivo de esta instancia, tras la re-configuración a un sistema comunicativo (el lenguaje en este caso) no es observable: no hay evidencia que señale el origen de este hipocampo ni la categorización de sus instancias.

Ciertamente existen ciencias y estudios teoréticos que se sumergen en la complejidad de las implicaciones del pensamiento, tales como la neurofenomenología y la neuro-lingüística, así mismo la semiótica de Fontanille-Greimas y de Bajtín-Vigotsky han presentado enfoques de un rigor casi-metodológico en sus aportaciones filosófico-literarios y lingüísticos, pero créame, cando le digo que ninguna de estas ciencias y enfoques analíticos podrían pedantemente asegurar que el pensamiento es palabra y que la palabra sólo puede “mejorarse” con la asimilación de nuevas palabras. La elocuencia en un texto, Sr. Alejandro, no es evidencia de un “conocimiento superior” o de un pensamiento mejor logrado o estructurado; la elocuencia ciertamente evidencia una articulación compleja dirigida al carácter estilístico de la palabra, pero es ingenua la creencia, es ignorancia creer que, a mayor elocuencia, mayor grado de “profundidad” cognitiva: de excelencia literaria.

Asegurar que la lectura “es una actividad superior” a la escritura, como así lo expone, demuestra su ignorancia sobre la correlación entre ambos ejercicios: pues ni lingüísticamente, ni semióticamente, ni filosóficamente, ni neurológicamente es sustentable formular parámetros para categorizar la “superioridad” de una actividad sobre otra: toda actividad requiere de un “uso” específico de nuestro procesador (cerebro) y cierto que alguna actividad supone un mayor uso de recursos (calorías por ejemplo), esto no es parámetro a utilizar para establecer la “superioridad”.

No se trata de una mala-interpretación que hago de su texto, no se refugie en eso. Si acaso la mala-interpretación ha estado en usted, así como en ese sector de jóvenes ávidos de lograrse en esa figura idílica del “lector intelectual”, pues para leer, es necesario aprender a leer y esto conlleva el estudio de la lectura, el estudio de la literatura. Algo que incluso entre mis colegas y compañeros se exhibe carentemente: Pues se valora, se estima mayormente la interpretación literaria al grado de opacar el estudio literario.

Sí, no lo niego, una buena lectura, es capaz de, a través de la interpretación y la experiencia en sí, inspirar profundos pensamientos, reflexiones complejas y pensamiento crítico… pero eso no lo evidencia su escrito lo cual lo convierte a usted en una paradoja: pues expone en su hipótesis que entre mayor (y mejor) lectura, resultará una mayor (y mejor) “elocuencia” (pensamiento), sin embargo, la reflexión que sus años como lector le han presentado, el pensamiento “crítico” que malogradamente intenta demostrar en su texto queda evidenciado limitado y fuertemente viciado en esta esnobista ideología de que la lectura, por sí misma, le convertirá en un excelente intelectual.

Aprender a leer implica entender el texto objetivamente, esto significa que aprender a leer requiere la extirpación de todo prejuicio y la correcta estructuración de una interpretación (mediante metodología analítica), evitando la subjetividad y apuntando hacia la objetividad. Las reflexiones, la inspiración, el pensamiento crítico que una lectura puede ejercer en el lector, se enfrenta a diversos obstáculos que le tensionan y le terminan por doblegar ante el prejuicio existente en el lector.  

Concluyo compartiendo una decepcionante experiencia como estudiante de literatura. Fue muy decepcionante para mí, observar en mis profesores y compañeros que la máxima del filósofo Ludwig J.J. Wittgenstein de su “Tractatus Logico-Philosophicus”, en que propone que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” (paráfrasis), fue considerada, interpretada casi literalmente. Sí, nuevamente aludo al problema de la interpretación como problema esencial de la lectura (no así su consumo).

El problema crece cuando la máxima está en la autoría de una celebridad, tal es el caso de la cita que utilizó como título de su texto, lo que y sin el debido discernimiento académico puede resultar en una falacia ad-verecundiam.

El pensamiento ciertamente sostiene una relación con el lenguaje, sea escrito, oral o visual, pero la relación entre la escritura y el pensamiento no es recíproca, así como no lo es el lenguaje y mi aserción al y en el mundo (figurativo): es decir, leer y escribir no tienen una correlación de reciprocidad, como tampoco existe una correlación recíproca entre la extensión del lenguaje (comunicación) y la extensión del mundo (figuración, pensamiento). La adquisición, por otro lado (del conocimiento), es un proceso significativamente recíproco en su relación con la asimilación, pero este es ya un tema distinto y subraya en los terrenos de la epistemología. 

Publicado en Comunicación
Domingo, 18 Septiembre 2016 19:27

¿Cómo leían los antiguos griegos y romanos?

Imagina que eres un romano de clase acomodada alrededor del siglo I a. C. Como muchos de ellos, tienes una villa en la cual podías distanciarte de la política y de los tiempos tumultuosos que se estaban viviendo en ese entonces (guerra civil, la caída de la república, etc.). Al igual que otros romanos, también, probablemente pasaste un tiempo en tu juventud en Grecia estudiando con filósofos y retóricos, de modo que dominas el griego y seguramente tienes el hábito de la lectura.

Estás, pues, en tu villa alejada de la capital y decides dedicarte por un tiempo a leer y escribir: ése es el distanciamiento que nos legó textos como los de Salustio o las obras filosóficas de Cicerón. Examinas tu biblioteca y digamos que seleccionas a un autor griego específico: Hipérides. ¿Cuál es tu experiencia de lectura?

Veamos lo estrictamente físico en la experiencia: el libro como objeto. Los discursos de Hipérides, uno de los oradores más famosos de su tiempo, los encontrarías en un rollo de papiro. Al abrirlo de manera horizontal, lo que verías sería una serie de columnas de texto escrito de unos 20cm de alto por 5 a 7cm de ancho: muy delgadas. Entre cada una habría unos 2cm de separación y así se extendería el texto a lo largo del rollo. Y he aquí el primer rasgo que distinguiría enormemente aquel libro de lo que ahora leemos: ¡las palabras en el texto no estarían separadas entre sí! Se le conoce como scriptio continua y era particularmente común. No era que los antiguos no supieran separar las palabras, sino que simplemente no lo necesitaban y podían leer cómodamente esas tiras y tiras de letras seguidas. ¿Cómo es posible —nos preguntaríamos ahora— que les pareciera cómodo?

Ejemplo de Scriptio Continua en un texto biligüe griego-latín

En cada columna, por lo angostas que eran, cabían alrededor de 15 o 25 caracteres corridos que podían cortar a media palabra y seguir en la línea siguiente hacia abajo; eso sí, se respetaba la separación silábica en las palabras al hacer esos cortes, con reglas tan estrictas como las que aprendemos nosotros al separar una palabra como a-pren-der. Cada renglón era entonces breve: tenía de 2 a 5 palabras.

Ahora bien, nosotros sabemos actualmente, a partir de los estudios modernos sobre la lectura, que cuando leemos el ojo se mueve de manera discontinua: avanza dando saltos rápidos y luego haciendo breves pausas. Seguramente los has visto también al observar las pupilas de alguien que está en proceso de lectura. La captación de las letras impresas se da precisamente en esos momentos en que el ojo hace las pausas y toma de golpe un bloque de palabras. Cuando leemos en voz alta, gracias a este proceso, el ojo siempre va adelantado con respecto a la voz: tiene que mandar la información al cerebro antes de que realice el siguiente salto. Pues resulta que, por promedio, la cantidad de letras que el ojo logra ver en una de esas pausas es de 20, que es justamente la media de caracteres presentados en un renglón en un texto antiguo de prosa. Esto, por supuesto, no lo sabían ellos, pero sin duda nos ayuda a explicar por qué les podía parecer cómodo leer esas tiras de palabras sin separar: un lector experimentado podía seguramente hacer un salto ocular por cada renglón leído. A esto, agreguémosle el hecho de que el papiro no era barato, y entonces podremos entender un poco más por qué preferían así sus textos. Era más práctico.

Ahora, una vez que abres tu rollo de Hipérides, puedes optar por lo que ahora nos parecería más elemental: leer en silencio y en soledad. Pero además de tal opción, tendrías otra que ahora parece estar progresivamente en desuso. 

Nos dicen los eruditos que, según todos los indicios que poseemos, la literatura antigua estaba hecha muchas veces para ser leída en voz alta. A veces podía ser el lector mismo el que lo hiciera para sí mismo; pero para esto era más frecuente que algún esclavo leyera cuidadosamente para su amo, como vemos que ocurre al inicio del diálogo Teeteto de Platón, donde la “lectura” se vuelve prácticamente una recreación histriónica de algo sucedido. Este esclavo, que con frecuencia podía tener un grado considerable de práctica y especialización, era el llamado anagnōstēs (el verbo griego para leer era anagignōskō, literalmente “conocer de nuevo” o “reconocer”). Dice William A. Johnson, un estudioso de este tema: “Bookrolls were not, in gross terms, conceptualized as static repositories of information, but rather as vehicles for performative reading in high social contexts.”.

Precisamente por estas prácticas de lectura fue como ya en la Antigüedad se elaboraron posturas críticas en torno a la prosa artística: se dieron cuenta de que mantener un ritmo en la prosa análogo al de la poesía era un modo excelente de crear efectos literarios. Y éste es justo mi punto: para un lector-oyente antiguo, la diferencia entre prosa y poesía se daba sobre todo en el sonido, en los patrones musicales que se crearan mediante el lenguaje. Esto es cierto, sin duda, incluso en la actualidad, pero no puedo evitar pensar que siempre le será más fácil hacer la distinción a alguien habituado a oír literatura, que a alguien que sólo la lee en silencio. ¿No será que la razón por la cual actualmente la narrativa goza evidentemente de mayor favor y popularidad —a diferencia de la Antigüedad, donde sin duda lo más aclamado era la poesía— es sencillamente que nosotros ya no estamos tan acostumbrados como lo estaban ellos a oír lo que leemos? Cualquier amante de la poesía sabe que la experiencia de lectura en silencio y en voz alta es muy diferente...

Leer era para los antiguos, entonces, típicamente una actividad donde el oído tenía un papel fundamental. El mito griego de Acontio y Cidipe viene aquí a colación. Acontio era un joven de familia pudiente, pero no noble, que una vez acudió a las fiestas de Delos y quedó pasmado ante la hermosura de una muchacha llamada Cidipe. Enamorado, Acontio la siguió hasta una ceremonia ritual en el templo de Ártemis, y lo que hizo fue muy curioso: recogió un membrillo y con la punta del cuchillo grabó en la superficie: “Juro por el templo de Ártemis que me casaré con Acontio”. En seguida, arrojó el fruto en dirección de Cidipe, quien actuó de manera totalmente inconsciente: lo levantó y maquinalmente leyó la inscripción, por supuesto, en voz alta. De modo que, al pronunciar tales palabras, Cidipe quedó obligada ante la diosa a cumplir su palabra y casarse con Acontio. El padre de la muchacha tuvo que renunciar a sus esperanzas de casarla con alguien más.

Algunos estudiosos han llegado incluso a afirmar que los antiguos acostumbraban leer en voz alta porque no podían leer en silencio. Esto, que ha generado ríos y ríos de tinta, suele apoyarse típicamente en un famoso pasaje de san Agustín donde describe su admiración por san Ambrosio. Aquí en la traducción de Ángel Custodio Vega:

“Cuando éstos le dejaban libre [a Ambrosio], que era muy poco tiempo, se dedicaba o a reparar las fuerzas del cuerpo con el alimento necesario o las de su espíritu con la lectura. Cuando leía, lo hacía pasando la vista por encima de las páginas, penetrando su alma en el sentido sin decir palabra ni mover la lengua. Muchas veces, estando yo presente —pues a nadie se le prohibía entrar ni había costumbre de avisarle quién venía—, le vi leer calladamente, y nunca de otro modo; y estando largo rato sentado en silencio —porque ¿quién se atrevía a molestar a un hombre tan atento?—, optaba por marcharme, conjeturando que aquel poco tiempo que se le concedía para reparar su espíritu, libre del tumulto de los negocios ajenos, no quería se lo ocupasen en otra cosa, leyendo mentalmente, quizá por si alguno de los oyentes, suspenso y atento a la lectura, hallara algún pasaje oscuro en el autor que leía y exigiese se lo explicara o le obligase a disertar sobre cuestiones difíciles, gastando el tiempo en tales cosas, con lo que no pudiera leer tantos volúmenes como deseaba, aunque más bien creo que lo hiciera así por conservar la voz, que con facilidad se le enronquecía. En todo caso, cualquiera que fuese la intención con que aquel varón lo hacía, ciertamente era buena” (Confesiones, VI, 3).

La sorpresa de Agustín ante la lectura en silencio de Ambrosio se debería entonces a que no todos eran capaces de hacerlo. Pero, hay que decirlo, actualmente ya casi ningún estudioso serio está de acuerdo con tal visión. Podría ser sencillamente porque no todos solían hacerlo. Hay una gran diferencia entre incapacidad para hacer algo y la falta de costumbre de hacerlo. La sorpresa ante el silencio de Ambrioso podría incluso deberse al hecho sencillo de que, al haber pupilos frente a él, se esperaba que les leyera y los instruyera. 

En todo caso, lo que es interesante de analizar cómo leían los griegos y los romanos es darse cuenta de que la lectura era un evento muy frecuentemente oral y social. Los antiguos sí leían en silencio, y de esto hay muchas pruebas (pensemos en la imagen aquella de Catón el Joven leyendo apasionadamente el Fedón de Platón justo antes de suicidarse), pero la importancia que le daban a la manifestación oral y social de la literatura es claramente mucho mayor que ahora.

Es cierto que lo social en la lectura sigue ocurriendo en cierto modo. Vamos a presentaciones de libros, lecturas públicas, congresos, conferencias y otros eventos semejantes, pero a veces tengo la impresión de que tales eventos son como piezas arqueológicas de una época en proceso de olvidarse. A todos nos ha ocurrido que vamos a uno de esos eventos y de alguna manera sentimos que no lo entendemos realmente todo porque el presentador o el conferencista sólo está leyendo en voz alta un texto destinado a ser leído en silencio, con las pausas y reflexiones que puede hacer un lector cuidadoso. Sin modular la voz, sin poner énfasis en nada y sin apelar a la atención del público, el presentador no hace, con mucha frecuencia, el mínimo esfuerzo por recrear el texto y darle vida oralmente, porque, claro, sólo los “inteligentes” entenderán. En tales lecturas, en cierto modo es como si cada uno estuviera leyendo solo, pero con la dificultad de hacerlo al ritmo de alguien que de antemano ya entiende el texto (claro, porque él lo redactó). 

Pero en la Antigüedad, donde la formación cultural más elemental de un individuo se centraba en la retórica, esos eventos solían ser auténticos performances. Las recitaciones del círculo de Asinio Polión en la época de Augusto eran famosas. Ahí habríamos visto a un Virgilio recitando-cantando (y no sólo leyendo) sus obras. Ahí habríamos visto en práctica la singular fascinación que tenían los antiguos por el poder de la palabra para hipnotizar a un público y guiarlo completamente en la dirección que se quisiera.

Es ésa la experiencia de la lectura y de la literatura que predominó durante siglos. Imaginemos el año 1605 en el puerto san Juan de Ulúa, en la Nueva España. Llega un barco proveniente de Sevilla con cajas y cajas de libros recién impresos en España, como era tan común en la época. En algún lugar leí que, en uno de esos barcos, venía ya la primera edición de la cumbre de la literatura española: El Quijote. Los tripulantes del barco, ante el mismo tribunal del Santo Oficio, se preocuparon primero por ratificar por escrito —en un documento que hemos conservado— que no llevaban ahí ninguna obra prohibida, pero extrañamente traían la famosa obra de Cervantes a una tierra donde, supuestamente, se prohibían las novelas. Y en el documento, se añade incluso que los tripulantes se mantuvieron “muy entretenidos” durante el viaje con El Quijote. Siempre me acuerdo de esos marineros: seguramente pocos sabían leer, pero daba la casualidad que uno sí sabía, así que se ofreció. Había que matar el tiempo de algún modo en semejante travesía. Se formó un grupo alrededor de él e hicieron de la lectura una experiencia verdaderamente colectiva, porque así es como la literatura se hace música capaz de hechizar. 

Publicado en Divulgación

Es entre los mismos escritores que la fauna literaria da siempre de qué hablar. Lamentablemente fuera de la manada de gatos que se dedican a escribir (o presumen hacerlo) son poquísimos los que se enteran de los ires y venires de la vida literaria.  La selva de los tarzanes intelectuales se balancea entre desgreñadas y mordidas por temas tan diversos como antologías que no incluyeron a perenganito o premios que volvió a ganar merenganito. Sin olvidar que fulanito volvió a escribir una crítica contra chabacanito donde hace gala de un furioso racismo vestido como feminismo progresista. Pareciera que Dios les dio las palabras a los poetas para que las usaran en decir estupideces.

La cadena alimenticia del tejado de los Cuatro Gatos está encumbrada por los novelistas más o menos conocidos. Aquellos que creen que ya la hicieron porque en la tevé y en los diarios les piden la opinión, los mismos que incluso se venden en Sanborns o en los centros comerciales (siempre con descuento porque si no eres Yordi Rosado no eres nadie), y que por tanto ya están en las grandes ligas. Habría que decir que tener éxito en lo literario siempre será parecido a simplemente no tener éxito. La cantidad de lectores a nivel país no puede considerarse un mercado, a lo mucho: un tianguis. Luego de estos especímenes vienen los narradores que tienen un par de premios nacionales, han publicado algunos volúmenes de cuentos y sus coetáneos no les voltean la cara cuando se los encuentran en algún café o cantina. Estos esperan, con suerte y dos o tres contactos, llegar al lugar de los primeros.

En tercer lugar están los poetas multipremiados. Éstos tienen un aura de respetabilidad que les da el hecho de escribir tan pocas palabras a cambio de cantidades estratosféricas de dinero (lo de estratosférico es un decir, claro). Cualquier premio de poesía puede considerarse el apoyo gubernamental para una minoría en situación vulnerable. Al poeta, al menos en nuestro país, se le respeta como se respeta a un discapacitado o a un anciano desahuciado. La diferencia es que los poetas no lo saben y caminan por el zoológico literario moviendo las plumas de la cola con más orgullo que un pavorreal en celo. Obviamente ellos no esperan cosechar costales de dinero, se conforman, sí, con la trascendencia.

Por último, y perdonaran mi burda forma de estratificar a mis colegas, están los gatos que se suben al tejado sin haber sido invitados. Realmente es poco necesario y práctico hacer una distinción entre los escritores inéditos, los poetas con un par de libros publicados, los cuentistas que se reúnen y hacen encuentros culturales, los que han escrito un libro y lo traen engargolado bajo la axila, o los que esperan la fama en la barra de una cantina. Da igual: a ellos nadie los pela. Están en el tejado de los Cuatro Gatos como el eslabón más bajo de la cadena alimenticia. Ellos son los que consumen los libros de los anteriores. Ellos son los que van a los talleres, compran las novelas de los autores jóvenes que están dando de qué hablar; los que creen en la literatura como un medio y como un fin; son ellos, los gatos callejeros que sueñan con ser gatos editados o al menos conocidos en su azotea, los que hacen posible la utopía que llamamos mercado literario o mundo de las letras.

Con lo anterior no quiero decir que los primeros sean más escritores que los últimos. Eso es algo que no podemos saber con seguridad. La calidad literaria está deslindada del reconocimiento público; lamentablemente el título de “escritor” siempre ha estado avalado más por los aplausos y la lambisconería que por una auténtica labor creativa.

Esta nota surge de una tertulia a la que llegué por solidaridad con un amigo. En ella había varios felinos callejeros, algunos habían escrito dos o tres textos en su vida, otros estaban ahí porque “les gustaba leer pero no se sentían capaces de escribir una línea”. Una de ellos habló sobre los poetas, había hecho una reflexión en casa a partir de un texto de Octavio Paz y pensaba que el poeta, “para devenir” poeta, necesitaba de una conexión casi divina con el lenguaje; esta conexión trascendental entre el hombre y la palabra era lo que convertía a un ser humano común y corriente en un Poeta. Mientras escuchaba atento a la muchacha, pensaba en algo: Yo conozco a bastantes poetas, y algunos realmente son buenos; de verdad, se los digo: son buenos. Pero no tienen nada de mágico y algunos ni siquiera utilizarían palabras como “devenir” o “conexión trascendental” en su vocabulario.

La contradicción entre el arquetipo del poeta y el poeta real además de risa, da de que hablar. He leído libros de hombres de ciencia, como mediocremente los llamamos, y libros de hombres de letras. Los primeros, debo decirlo, casi siempre tienen una conexión más espiritual con el mundo que los segundos. El poeta, y voy a ceñirme para no caer en exageraciones, al menos el mexicano y el actual, es casi siempre un gato mundano; busca el reconocimiento entre pares y algo de dinero, y la trascendencia que alardea se limita a dejar un montón de libros publicados con su nombre en la portada. La literatura siempre superará a su autor porque un libro no puede ser mezquino o hipócrita (al menos por sí mismo), mientras que el autor casi siempre lo es.

Pensaba, mientras me encontraba en esa tertulia, en lo que pensaría esa joven que hablaba con tanta pasión de los poetas si conociera a alguno. Como sucede con las mascotas, probablemente terminaría echándolo a la calle una vez que lo conociera mejor. Cuando se diera cuenta que los poetas, para “devenir” poetas, también deben sudar, comer y cagar. Tal vez la palabra no lo sea todo y debamos empezar a guardar silencio.

Hasta ahora no conozco un poeta que no se vea mejor callado. 

Publicado en Crítica
Martes, 17 Mayo 2016 10:26

Máquinas; la percepción del horror

La transformación del horror en terror es un hilo que fácilmente se rompe en el cine oriental. Hablar de estos conceptos sin ligarlos implica una negación del mismo acto de la asimilación de una película del género. Es en este tipo de cine donde encontramos que el terror natural, aquel que permanece latente desde las edades más insondables del hombre, cobra vida a través del horror de lo cotidiano.

Me gustaría remitirme de lleno a lo que nos atañe: La máquina. La ciencia desempeña un papel vital en el terror actual, pero recordemos que este papel que desempeña tiene un contexto sumamente histórico. Desde el “Frankenstein” de Shelley, podemos observar cómo la máquina es la creadora de este nuevo tipo de terror. A través de la máquina se transgrede la naturaleza y esta se vuelve real y terrorífica en un mundo científico. También tenemos el caso —no de la Máquina sino de la ciencia— del doctor Hyde, quien a través de un descubrimiento, de una fórmula fallida, logra encender los mecanismos del terror; el hombre interviene de forma activa con sus inventos y creaciones para poder hacer perceptible este mundo oscuro. Este acto de hacer perceptible lo oscuro, de echar luz sobre las tinieblas de lo siniestro, es un elemento muy socorrido en la literatura de terror, aun en la detectivesca, donde lo siniestro cobra forma a partir de una investigación, por lo que encontramos que la oscuridad es perceptible a partir de las creaciones del hombre.

Recuerdo El pozo y el Péndulo, de Edgar Allan Poe, donde la máquina, de la inquisición en este caso, es el elemento no fantástico que crea una atmósfera de terror en todo el cuento. Pienso en El retrato oval, del mismo autor, o en el Dorian Grey de Oscar Wilde, y encuentro que la sorpresa, el miedo, siempre va de la mano con las fantásticas cualidades que posee el hombre para crear.

Es en este acto creativo, en esta naturaleza simple, donde Pigmalión da vida a sus monstruos llenos de belleza, hablando extrañas lenguas, donde sucede el verdadero horror. Entre más verosímil, más simple y cercana a nosotros sea creada la obra, la lectura, la experiencia, es mayor la posibilidad que tenemos de estremecernos. La máquina, el invento, la ciencia, nos hacen patente esta posibilidad —tema aparte es el género vampírico—, esa posibilidad con la cual se abre la puerta a otro mundo, un mundo donde el hombre puede ser espectador sólo si mira a través del cristal de la ciencia.

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En Lovecraft ocurre algo distinto. En él la ciencia no abre exactamente las puertas del terror, tampoco el invento ni la máquina. En él nos encontramos que el terror es más un ser latente, telúrico, que yace dormido en el fondo del planeta como un rito misterioso. En este tipo de terror no nos enfocaremos, sino en aquel que se abre a partir de la mano misma del hombre y que no hubiese sido posible sin su ayuda.

En el cine japonés encontramos algo en verdad curioso, diferente en gran medida del cine de terror norteamericano. Podemos ver que el terror es posible sólo a través del uso de la máquina; no se trata de la creación de lo oscuro, como decíamos en el caso de la literatura, sino de vislumbrar esta oscuridad (más en el sentido de Lovecraft) mirando a través del ojo de la máquina. Encontramos un ser, en cierta medida, deficiente por sí mismo para la percepción, encontramos personajes que no son capaces de distinguir la realidad de la otra realidad. Pongamos un ejemplo. El Aro (Ringu), una de las películas que mayor impacto ha causado en Japón desde que se escribieron los libros en los cuales se basa, logra presentar el terror sólo a través de los ojos de la máquina. Un videocasette, pasado de mano en mano, es lo que hace posible que el terror aparezca. Primero existe el horror del mito urbano, el desconocimiento de la situación, pero, una vez que nos vemos inmiscuidos, el terror abre sus puertas por medio de las imágenes colocadas en un televisor. Es evidente que en una sociedad en extremo desarrollada las historias de fantasmas hayan perdido su vigencia, es imposible llegar a una verosimilitud si no se pone de por medio un objeto inmediato, dejando en la categoría de mediato al fantasma en cuestión.

Un corte. ¿Cómo es posible que en el hombre moderno suscite terror la tecnología, o que esta sea la puerta del terror? La respuesta es muy simple. Si retomamos un poco la cuestión mitológica, podremos ver de lleno este aspecto. Pensemos en el hombre desde un principio, cuando no era creador de las cosas en la tierra, un hombre ya sentía terror de la creación. La Divinidad era la fuerza que creaba este mundo desconocido, mundo oscuro en el cual el hombre se encontraba, donde estaba creada la oscuridad y esta era vista sólo a través del mito. Es este lenguaje —tomando la tesis de Barthes—, el del mito, el que abre la posibilidad de asombro ante el misterio de la creación, ante este aspecto más que soñado donde los hombres se veían incrustados. Ahora, pasando el tiempo, el aspecto de la Divinidad (a no ser por los temas de Lovecraft) se pasa al mando del hombre, se desmitifica cuando es posible el raciocinio a través de ella (Adorno), se vuelve profana y pierde su carácter sacro (Walter Benjamin) y sólo el hombre es el que tiene poder en la creación. El miedo vuelve a ser el mismo; sustituyendo a Dios por el hombre, este se encuentra ante la misma incógnita, que es recogida por los escritores, grandes mitificadores de la realidad, la de la posibilidad de un nuevo objeto que genere o no genere miedo. El hombre nunca se asume verdaderamente como creador de sus obras, de sus inventos, sino que mitifica los aspectos que ante él se encuentran. Negándose a sí mismo la posibilidad divina de la creación, el hombre necesita de la divinidad (esto hablando en términos de la sociedad) para poder explicárselo y, si en ésta no encuentra una respuesta para la creación, se convierte en mito, en terror inmediato que no es explicado. Como ejemplo podemos tomar las reacciones sociales ante objetos tan simples como las cámaras fotográficas y sus explicaciones de carácter divino, recordemos que estas "robaban el alma a los hombres”.

Siguiendo con el cine japonés, con la película de El Aro, específicamente, encontramos cómo la tesis anterior se cumple a su manera. El videocasette extraño llega a las manos de alguien y esta persona obtiene, a través de la cotidianeidad, el horror necesario que abre las puertas del terror, de este mundo lleno de fantasmas y seres que sólo serán visualizados a partir de una máquina. Es aquí donde se cumple, la máquina tiene ciertas propiedades místicas que le son añadidas por fuerzas sobrenaturales. En el caso de la película Están entre nosotros —tailandesa en este caso—, el terror es posible gracias a una cámara fotográfica que es capaz de captar las almas en pena que vagan por nuestro mundo. Estos aparatos son los que abren la puerta a toda la gama de seres inimaginables, y es en este aparato donde se encuentran escondidas propiedades sobrenaturales que no le fueron otorgadas por el hombre.elaro

En el caso de la cuestión científica, tenemos la película de El ojo —china—, en la cual podemos ver que a raíz de un trasplante de ojos, otorgados lógicamente gracias a la ciencia, el personaje es capaz de percibir un mundo de almas al que ningún sujeto “normal” podría vislumbrar. Es en estos aspectos donde las historias se vuelven verosímiles, en esta cercanía que mantienen con nosotros en nuestros actos que comúnmente efectuamos. Recuerdo un anime llamado Shigoku Shoujo, en el cual era posible contactar a espíritus del averno, a la muerte en específico, a través de un sitio web que aparecía después de medianoche.

Es en la máquina, en su poder misterioso que parece no creada por el hombre, en su naturaleza tan extraña y artificiosa, donde se sitúa una gran parte del terror moderno. La máquina abre el camino al terror natural, lo vislumbra con sus cualidades excepcionales y vuelve a despertar aquel mito dormido, latente aún en el imaginario de las personas, los mitos y miedos más simples y terribles de la humanidad: la muerte, los fantasmas y todo aquello que tenga que ver con entes que son propios de nuestro mundo y de nuestras creencias. Al final nos llevan al mismo lugar donde nos deja Lovecraft, pero nos llevan a él de una forma distinta, guiados por la mano de la máquina que ya no es concebible, desde ese momento, como parte de este mundo.

Dios, voluntad creadora, no es fácilmente sustituible en el imaginario colectivo; el hombre creador nunca se adjudica totalmente las facultades de sus invenciones y es por eso que el terror está latente en cada máquina posible, un terror que nos remite más a un tiempo en el que la electricidad no era ni siquiera un sueño, un terror que nos lleva de nuevo a descubrir la oscuridad pulsante de los mitos antiguos.

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Epílogo, escrito 13 años después

El terror a la tecnología se deja patente desde el propio uso de las redes sociales. Infinidad de artículos, videos, cine en corto, entre otros, han denunciado los “malos” que trae consigo el uso de las nuevas tecnologías de forma recurrente. Seres humanos que se apartan de la sociedad, que viven en constante depresión, debido al abuso de estas herramientas, es la distopía que se nos presenta de manera recurrente.

El temor del ser humano a aquello que desconoce, que no entiende su funcionamiento, que se le ha presentado a la vista sólo como algo existente sin que nadie le explicara de qué se trata, sigue siendo algo normal y, hasta podríamos decir, primitivo. Nuestras creencias permanecen pese al embate de la ciencia y parece que la batalla ya está perdida, pues el terror a lo que ignoramos continuará como un acto de reconocimiento de nuestra propia naturaleza.

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Cuando publicó Las flores del mal, el poeta francés Charles Baudelaire se enfrentó a la descalificación moral de su obra, a una multa y a la censura de algunos de sus poemas. Eso no le impidió publicarlos nuevamente y pasar a la historia de la literatura como una figura de trascendencia por su propuesta temática y estética, y por su visión de la vida, el arte y la poesía. El poeta manifestaba su oposición a la sociedad burguesa viviendo sin restricciones morales una vida de excesos y, a pesar de su satisfacción hedonista y la búsqueda vital de la experiencia de lo sublime, evidenciando el spleen, el tedio o el descontento que le producía el mundo del que se marginaba y en el que encontraba una dualidad entre materia y espíritu, belleza y fealdad, intuición y racionalidad. Es decir, en la obra de Baudelaire encontramos un cuestionamiento a su época. Su obra es producto de su tiempo pero él se convierte en un observador crítico y en un experimentador voraz que debe luchar contra el vacío y la abulia que le genera esa dinámica.
Charles Bukowski, años después y en el contexto estadounidense, fue un escritor prolífico de una literatura soez, descarnada y transgresora. Su obra genera reacciones contradictorias en lectores y críticos, pero algo sobresale entre sus líneas: una voz y una moralidad propias, una luz crítica, irónica y humana, casi dolorosa, que no tiene empacho en mostrar la realidad más cruda de la vida cotidiana, la mirada oscura, lo que muchos verían pero no se atreverían a señalar, sin concesiones y sin adornos lingüísticos. ¿De qué se nutre la poesía de Bukowski? De sus vivencias, pero sublimadas; de la necesidad de llenar sus vacíos con significantes creativos. No se trata de una literatura confesional aunque de pronto lo parezca. No es un hombre tirando su basura a sus incautos lectores. No intenta imponernos ni su moralidad, ni su visión de la vida. Es un hombre que se arroja hacia un abismo oscuro y, mientras cae, describe la vivencia con la única certeza de que no hay modo de volver a la superficie, o quizás no le interese.
El Marqués de Sade, George Bataille, el grupo de la Generación Beat… otros nombres y movimientos forman parte de la literatura de la transgresión. Pero, ¿en qué consiste esta transgresión? Se trata de una postura crítica, una escritura de búsqueda, un intento por cuestionar y trastocar un orden, un modelo ideal, un deber ser. En la violencia, en los excesos, en el impulso hacia la muerte se encuentra la contraparte: el impulso vital, el caos que motiva el cambio o la muerte ineludible. No se trata de textos vacíos. La lectura superficial conduce a la náusea; una lectura más profunda revela un armazón de ideas, trastorna al lector, lo obliga a pensar.
Baudelaire inspiró a Verlaine para crear el concepto de “poeta maldito” y, desde entonces, se ha tendido a colgar el epíteto a muchos de estos poetas transgresores. Sin embargo, los conceptos, cuando son usados con ligereza, tarde o temprano se desgastan y se vuelven vacíos. Ahora encontramos poetas malditos por dondequiera. Su vida disipada es un disfraz o, cuando mucho, un pretexto para escribir. A diferencia de los poetas transgresores, su provocación parte de la confesión, de un regodeo narcisista, del cuestionamiento a lo externo desde sí mismos, desde su propia realidad inconforme. No viven un nuevo orden moral, no hay búsqueda de una estética, no crean nuevos lenguajes ni figuras; son autocomplacientes y les falta autocrítica. Su actividad poética no es más que un performance, una búsqueda de fama, un intento por volverse burócratas de la escritura, pero denunciando siempre la incomprensión de las instituciones para adoptarlos. Esos poetas ejercen la escritura perversa, la que no tiene referentes externos, la que solo ve al lector como un espejo y no como contraparte creadora. Estos poetas perversos arrojan su basura emocional y vivencial, pretendiendo que tienen una moralidad más auténtica y un intelecto más brillante. No admiten, por tanto, la crítica. Si un lector se atreve, es un imbécil, un ignorante.
Retomando lo dicho más arriba, toda escritura es producto de su tiempo. ¿Qué proyecta la escritura de nuestros días?, ¿qué ideas, qué realidades subyacen a esta escritura perversa? ¿Cómo reconocemos en la actualidad los auténticos textos malditos? ¿Qué leemos, qué interpretaciones hacemos y qué nos cuestionamos los lectores? ¿Nos dejamos seducir por una escritura vacía o somos lectores exigentes? No hay escritores sin lectores. Los lectores también debemos ser más malditos y menos perversos.
Publicado en Crítica

“Cuida, administra y preocúpate por tu tiempo libre o alguien más lo hará por ti (la tele, internet, los prejuicios o costumbres arraigados en la sociedad) y comenzará a ser de ese ocio que es la madre de todos los vicios”

 

El tiempo libre es, básicamente, el resultado de la evolución misma del homo sapiens. Al tener herramientas y animales que se encargaran de los trabajos más pesados para la supervivencia -como garantizar alimento o  la protección de otras especies- el tiempo libre se hizo presente.

¿Qué va a hacer este homínido súper desarrollado con el tiempo que le sobra?

Podría seguir haciendo lo que hace para garantizar todavía más su supervivencia, pero evidentemente llegaría un momento dónde él mismo u otros se darían cuenta de que ya no era tan necesario, y que se podría utilizar ese tiempo para otras cosas no tan urgentes, que paradójicamente resultarían ser, después de un tiempo, tan o más necesarias para su supervivencia y desarrollo como especie.

Desde planear estrategias militares o de combate para vencer a enemigos potenciales, o mejorar las herramientas rudimentarias desarrollando técnicas de construcción y experimentando con materiales para hacer armas más letales y efectivas. Revisar las formas mismas en que se organizan, distribuyen y administran los recursos naturales procesados por ellos mismos para relacionarse eficientemente con la naturaleza que les rodea y mejorar los resultados obtenidos hasta el momento.

Cada una de ellas debía ser atendida durante un tiempo: el libre.

Y esto poco a poco ha cambiado, el hombre no sólo quería sobrevivir, sino que ese mismo hastío de “la propia existencia necesaria” le exigió crear formas de entretenimiento y esparcimiento.

Y curiosamente nos detenemos a pensar, ¿fue la humanidad la que creó el tiempo libre?, o ¿fue el tiempo libre el que creó nuestra humanidad? Como sea, estas manifestaciones de aburrimiento colectivo derivaron en costumbres que a la fecha seguimos practicando.

Y es curioso cómo podemos, desde este diario transitar, revisar esa herencia y como aprovecharla o desperdiciarla en nuestra vida cotidiana.

Categoricemos:

Para el problema en cuestión, a criterio personal, es necesario discernir los tipos de “ocio” o tiempo libre del que disponemos para entender el fenómeno a cabalidad. Primera distinción:

1-Tiempo libre improductivo.

2- Tiempo libre productivo.

El primero, entendámoslo como aquel que no podemos evitar. Esos momentos donde simplemente queremos quedar en calidad de “camote encostalado” y no hacer nada de beneficio para nadie. Es inevitable, y al mismo tiempo importante. Pues creo fuertemente que es una forma de recordarnos, aunque sea de vez en cuando, que podemos disponer de nuestra existencia en la más absurda de las empresas “valer para pura ve&%#ga

La segunda, que es la que en realidad me interesa, debemos entenderla como aquel tiempo libre donde tenemos la energía y el ánimo para hacer algo. En sentido estricto, para “CREAR”. Es en aquella donde el término “cultura” (del latín “cultivar” o algo así encontré en Wikipedia) adquiere su sentido literal. Cultivamos algo en nosotros o en otros o en ambos, para beneficio o perjuicio de los mismos.

Lo que me exige una segunda distinción:

3- Tiempo libre en comunidad.

4- Tiempo libre a solas.

En la primera encontramos todas aquellas actividades que compartimos con otros, que más allá de la actividad misma, refuerzan los vínculos sociales (que ya por si mismos son fundamentales para el óptimo desarrollo psíquico y social de los individuos) y que nos ayudan a compartir lo que hemos cultivado por nosotros mismos o en otras comunidades.

Y el tiempo libre a solas, que es en particular el que más llama mi atención por varias razones. Es, como ya habrás podido anticipar, aquellas actividades que realizamos sin el ojo observador de la sociedad, sin las cargas morales o ideológicas sobre el cómo o en qué administramos nuestro tiempo y energía productiva.

Sobre estas 4 categorías me apoyaré para exponer el problema actual que a criterio personal, atenta contra el sano desarrollo del tiempo libre.

¿Hay una lista de actividades ociosamente buenas y una de las malas?

Lo primero que le viene a la mente a uno al pensar en ocio malo evidentemente es ver tele. Aquel “diablo disfrazado en túnicas LED” que nos priva de nuestra libertad y tiempo libre… Pero seamos un poco más profundos en la cuestión y no satanicemos con generalizaciones vulgares que lo único que harán es llevarnos a “lugares comunes” (es decir, a no pensar).

La cuestión más pedestre sería: Es malo ver tele, estar en internet, jugar video juegos o leer comics, mientras que leer novelas, hacer deporte, ver cine de arte, ir a la opera o recitales de poesía sería lo ideal para cultivarnos.

Ya en este punto del desarrollo cultural, debemos reconocer que:

“No toda la tele es mala y no todos los libros son buenos”

Hay programas de televisión que, desde mi perspectiva, pudieron evitarme semestres enteros en la universidad y sagas literarias que están estropeando a las nuevas generaciones en este preciso momento.

Para estas cuestiones, normalmente me gusta usar la expresión

“El problema no es el qué, sino el CÓMO”

A lo que me refiero y quiero compartir en este ensayo es el fascinante fenómeno que estamos viviendo en cuestión del tiempo libre. Ya no es, como hace un par de años, ver la tele con la sosa programación de “teidiotiza” o “tentorpezca” donde el entretenimiento televisivo se reducía a la novela de las 8 que es la misma historia que se ha repetido una y otra vez, o el partido de futbol, que si lo pensamos también es la misma historia que se repite una y otra vez (versión masculina).

El problema con lo anterior comienza desde el hecho de que la programación y contenidos de la televisión pública están perfectamente diseñados para fines políticos y sociales particulares de cada país desde la creación de la radio. El problema es reconocerlo y aceptarlo.

Pero actualmente el fenómeno ha adquirido nuevas dimensiones con la liberación de las redes sociales, donde uno deja de ser simple espectador y abandona la postura de estupor receptivo y adquiere el rol activo de opinión sobre lo que recibe, o que otros pretenden que asimiles sin cuestionar.

Empezando por ese fenómeno, podemos decir que hay un cambio en los hábitos de entretenimiento. Aunado a un aumento en la población que cada vez adquiere una educación de mayor calidad -que a su vez exige contenidos más complejos o elaborados- la cual ha obligado a que cada vez haya más opciones para un público creciente, diverso y exigente.

Por lo que, en cuestión de contenidos para el entretenimiento se refiere, tanto internet (que por sí mismo es un océano de posibilidades en este sentido) como las televisoras, han modificado inevitablemente los hábitos del consumidor.

Por otro lado, no sólo debemos hablar de lo que sale en la tele, la radio o el internet, también debemos poner atención en lo que hacemos por propia cuenta.

Las actividades  en comunidad como reunirse a ver el partido (a aquellos que he acompañado, no me lo tomen a mal), una película, grupos de lectura, vamos hasta ir a misa, son importantes. Yo odio el futbol, pero me gusta ir y disfrutar la compañía de amigos. Me daría lo mismo si fuera patinaje artístico, lo odiaría si detectara la función política que tiene para desviar la mirada de otros temas. Pero lejos de ese ámbito, reconozco que son actividades importantes para el desarrollo cultural y personal.

Podría proponer: “No hay que ver deportes, hay que practicarlos” pero creo que tampoco es el punto al que quiero llegar, digo, he visto señores panzones jugar futbol con la chela en la mano un domingo por la mañana y no creo que sea la idea de hacer deporte.

O podríamos, de igual manera, leer cualquier libro de superación personal, devorar uno tras otro o tomar una saga literaria para pubertos calenturientos, que solamente reafirman los ideales que antes salvaguardaba exclusivamente la televisión.

El problema no creo que sea, en sentido estricto, la actividad que realizas. La cuestión es la toma de consciencia que debemos desarrollar sobre la importancia que tiene el tiempo libre u ocio en nuestra propia existencia.

Es decir, dejar de creer que esas actividades son el residuo destilado de las cosas importantes y que por ende lo que sea que hagamos no tienen importancia o trascendencia en nuestras vidas como tal. Es el reconocimiento de que esas actividades son las que nos definen y distinguen como individuos y que, a su vez, nos acercan o distancian de otras personas dependiendo de nuestras decisiones.

Que es en el tiempo libre donde experimentamos la libertad de poder ser-hacer nuestra humanidad y definimos nuestro estar en el mundo. Abandonar pues, la creencia de que es tiempo perdido, y reafirmar que este es en realidad fundamental para nuestro desarrollo como seres humanos.

Vivimos en una sociedad que nos enseña a no estar solos en ningún momento, a temerle a la soledad. Lo cual, quiero creer que se desprende del temor maternal de que el pinche chiquillo no termine con unas tijeras metidas en la nariz por puro aburrimiento. Pero después de la infancia, ¿por qué temer?

Y digo esto a razón de personas que me han compartido que en sus hogares no pueden experimentar de un momento a solas y eso, evidentemente, se refleja en su personalidad. Y pocas veces tenemos la oportunidad de escuchar una apología del tiempo a solas; que es cuando nos confrontamos a nosotros mismos, a nuestros gustos, nuestras dudas, nuestras molestias. No por nada la regadera termina siendo el lugar más reflexivo que muchos llegan a conocer.

Es indispensable la intimidad con uno mismo y el tiempo para poder experimentar la potencialidad de lo que puede surgir a partir de esa relación de auto-descubrimiento.

Para ponerlo en palabras del que fuera, según Nietzsche el mejor psicólogo de la historia, Fedor Dostoievski:

«No hay peor castigo que prohibirle a una persona estar sola, ni siquiera aislarla, si no, prohibirle en todo momento que se aleje de la multitud» La casa de los muertos

O sea, ¿qué pedo con eso de la Ludosofía?

En primera, es un término acuñado desde la antigüedad por la orden episcopal de pitagóricos fenicios, que desde los inicios de la humanidad (…) Mna, en realidad me lo saque de la manga. Pero creo que es lícito acuñar algún término para definir la idea que intento plantear.

Los que tengan desempolvadas sus referencias etimológicas, sabrán que “Ludo” equivale a juego o diversión y “Sofía” a sabiduría, como comúnmente se entiende. En resumidas cuentas, se trata de establecer una visión sobre el entretenimiento consciente de sí o por hacer que suene más mamerto; sobre “un entretenimiento sabio”.

Es utilizar todos los elementos de nuestra educación o formación para buscar contenidos que nos permitan divertirnos o disfrutarlos para a su vez, acercarnos a nuevos contenidos que nos permitan tener una gama mayor de posibilidades de entretenimiento. Algo así como una “zona de desarrollo próximo-lúdico” en términos de Vigotsky.

Así, quienes entiendan de química, podrán acercarse a contenidos como Breaking Bad, o a quienes ya la hayan  visto, posteriormente podran tener un referente de contenido sobre la angustia de un padre, al querer salvar un patrimonio para su familia ante la idea de la propia muerte.

O por ejemplo, un programa tan inocente como 31 minutos que es sobre marionetas hechas con 3 pesos, abordar problemas políticos, éticos, espirituales, ecológicos con la mayor ligereza posible. En lo personal puedo confesar que entendí cómo funcionaba un golpe de estado jugando Vandal Hearts y Final Fantasy, o la corrupción gubernamental con el MGS de Play Station. Como no reconocer el impacto que puede tener una pelicula como Matrix o Inception -el origen- para comenzar  a interesarte sobre preguntas onto-filosóficas  o  incluso en cuestiones eticas como en La decision mas dificilThe Watchmen.

Una persona que disfruta la literatura, podrá reconocer,  disfrutar o criticar el guion de una serie televisiva o película. Al igual que alguien que tenga conocimientos de historia, al leer una novela clásica, reconocerá los eventos o el contexto del escrito, o incluso identificar el trasfondo en la letra de una canción que le agrade. Y esa canción tendrá mucho más sentido en el soundtrack de alguna película, enfatizando la intención del director al ponerla en una escena en específico. Es decir, todo esto nos acerca poco a poco al lenguaje de los creadores de entretenimiento en una peculiar dialéctica entre el “crear” y “adquirir” entretenimiento.

Es un inevitable vórtice de “entretenimiento-conocimiento-experiencia-desarrollo humano” que nos arrastra a seguir adelante y tener que cuestionarnos de cotidiano sobre nuestros hábitos de entretenimiento y sus efectos en nuestra vida.

Y no es de extrañar, teniendo lo anterior en cuenta, que aquellas personas que tienen un bagaje “intelectual” y cultural más amplio, sean también los que normalmente tienen un bagaje amplio a su vez en cuestiones de la cultura popular  (Recuerdo perfectamente nuestro longevo maestro de neuro-filosofía platicar en clase su fascinación por las películas de Zombies)

Conclusiones:

A final de cuentas se trata de reconocer que el tiempo libre puede ser utilizado de manera eficiente si logramos hacernos de ánimo o el hábito, de recuperar ese tiempo perdido (Digo, este escrito me lo avente en el celular mientras viajaba en camión y después lo terminé a las 7am de un domingo).

Reconocer que un deporte es importante no por el resultado final de un partido entre jugadores a los cuales nuestra vida les vale un sorbete; sino el tomar consciencia de los valores o principios que dicho deporte aportan a nuestra vida si lo practicamos (disciplina, cooperación, coraje, honor, etc.) E insisto en este punto sobre el “tiempo libre improductivo” es válido, pero no debe ser exclusivo.

El cuerpo que habitamos es una maravilla orgánica. Nos da premios químicos si logramos desarrollar nuevas habilidades o si adquirimos nuevos conocimientos (sean profundos o estúpidos): endorfinas, serotonina, dopamina y noradrenalina, que podemos adquirir en lata, sobres y costales para llevar.

Al cerebro le da igual si los adquieres tomando alcohol, consumiendo drogas, escribiendo, dibujando, componiendo música, peleando, inventando dramas familiares o investigando. Él te va a premiar de todas formas.

La diferencia radicará en las consecuencias. Tomando un fragmento de mi psicoanalista hegeliano favorito Igor A. Caruso:

«Aquellas actividades en las que invertimos la energía libidinal para abrirnos  camino y acercarnos a los otros, las denominamos “sublimación” y aquellas que nos aíslan y dificultan nuestro propio desarrollo individual y colectivo, las denominaremos “perversión”» La separación de los amantes

Y para no ponernos muy pseudo-científicos en la cuestión, hay que decir que es una necesidad hasta biológica hacer este tipo de cosas, pero no es indispensable utilizarlas en propio beneficio o de manera consciente. Y es por esto último, la intención de escribir el presente texto.

Dejo las consideraciones aquí descritas para su posterior análisis  y reflexión, ya sean a favor o en contra.

Publicado en Análisis social
Martes, 23 Diciembre 2014 00:00

La poetización de la disfunción eréctil

Hace algún tiempo, mientras leía los Amores de Ovidio, descubrí una curiosidad que me pareció muy significativa —e incluso sintomática— sobre nuestro común acercamiento a los “clásicos”.

Ya sabe usted: Ovidio, ese poeta romano tan conocido por haber escrito hace dos mil años un poema donde aconsejaba paso a paso cómo enamorar a la mujer deseada: dónde buscarla, qué decirle, qué callar e incluso cómo aprovechar los convivios para halagarla tomando el vino como tinta perecedera y trazando piropos en la mesa con el dedo.

“Aquí puedes decir con lenguaje encubierto muchas cosas

para que las sienta a ella misma dirigidas,

y sutilmente escribir piropos con el vino

para que en la mesa la mujer se sepa tuya,

y verla a los ojos con ojos que confiesen tu fuego:

a menudo un rostro callado tiene voz y palabra”

Ovidio, Ars Amatoria, I, 569-575.

El punto es que Ovidio también escribió un libro con una buena cantidad de poemas cortos en torno al tema del amor: amor en un sentido más carnal de lo que quizá podríamos pensar hoy, amor en cuanto impulso casi enfermizo y enloquecedor que hace que el amante esté imposibilitado para pensar en otra cosa que no sea la persona deseada, que provoca que se pase horas y horas rogándole, clamando por su favor y lanzando imprecaciones contra las puertas que se mantienen cerradas ante él. Sí, hay poemas que son literalmente eso: maldiciones contra las puertas de la casa de la amada.

El libro al que me refiero se titula Amores y colocó a Ovidio en un lugar privilegiado en la historia de la literatura: esa visión del amor es la que se prolongará durante los siglos hasta llegar a Petrarca; y de él, a prácticamente toda la literatura occidental. Ahí tenemos, por ejemplo, al hijo legítimo de Hernán Cortés, Martín, en una balbuciente Nueva España aún con olor a sangre y peste, que decide hacer su incursión en el docto mundo literario. ¿Y de qué escribe? Del amor furibundo de un pastorcillo:

“De amor y de fortuna despreciado,

de accidentes mortales combatido,

de congoja y dolor tan apurado,

que el seso le fallece, y el sentido,

iba un pobre pastor desventurado

buscando de una sierra lo escondido;

tanto el tormento ya le desmayaba

que entre un peñasco y otro se arrojaba”

Octavas de don Martín Cortés, en Flores de Baria Poesía, siglo XVI.

Pues bien, la curiosidad de la que hablo ocurrió al estar leyendo los Amores en la edición de una de las colecciones bilingües de clásicos grecolatinos más respetadas académicamente, la Loeb Classical Library de Harvard. La obra de Ovidio está dividida en tres apartados —llamados libros— y tiene un total de 49 poemas o elegías. La edición que estaba leyendo es de 1914, con un tal Grant Showerman como traductor al inglés. El caso es que llegué al poema 6 del libro III y me di cuenta de que el que seguía justo después era el 8. Al principio pensé que era un error y que los editores se habían equivocado en la numeración, pero lo investigué un poco y corroboré que no era el caso: el poema 8 era efectivamente el 8 en cualquiera de las ediciones, así como todos los subsecuentes. De modo que en esta edición en particular se había omitido, sencillamente y sin ningún aviso al lector, el poema 7.  ¿Por qué?

Eso fue lo que descubrí al terminar de leer el libro III. Al final de esa edición aparece el último poema, el 15, con su respectiva traducción, y justo después vemos aparecer el poema antes omitido, el número 7, pero sin versión en inglés. Ahí está el texto, sólo en latín, para que lo descifre el que lo pueda descifrar. Por supuesto que no se podría dar un mejor incentivo para ver qué decía el poema, y sobre todo, para entender por qué el traductor, sin sentir siquiera necesario dar explicación alguna, había decidido no verterlo al inglés. Empecé a leerlo y fue ahí cuando comprendí: el poema era un vivo retrato sobre la frustración de un amante al padecer disfunción eréctil cuando por fin logra estrechar a la amada. En un momento preciso, después de describir su miembro como “moribundo, más lánguido que una rosa tomada ayer”, le habla directamente, lo llama “la peor parte de mí” y lo culpa finalmente de sus desgracias. Será, me imagino, uno de los casos contados —en la literatura antigua— de un vocativo refiriéndose al propio pene, y es justamente una invectiva: pars pessima nostri.

Les dejo mi propia versión al español, más para divulgación que para clasicistas:

“¡Pero qué bella y qué bien formada ella!

¡Cuántas veces la buscó mi deseo!

Pero no pude, lánguido, poseerla;

sólo yací en el perezoso lecho,

ahí, como una calumnia pesada.

Ni pude, deseoso yo y ella también,

gozar de esa parte agradable de mi ingle cansada.

Puso ella sus brazos de marfil en mi cuello,

brazos más blancos que la misma nieve,

y con tal ardor dio besos y besos

donde lenguas batallaban;

su muslo candente a mi muslo acercó;

me hizo mil halagos y me dijo su señor

y hasta esas palabras que a todos excitan.

Pero mi miembro, tocado por fría cicuta,

deshizo flojo mi intento.

Ahí quedé echado, tronco inerte, mera apariencia,

peso inútil, sin saber si era yo cuerpo o sombra.

¿Cuál habrá de ser mi vejez, si acaso soy viejo,

cuando el vigor falta a sus propias reglas?

Ah, ¡vergüenza de los años! Siendo hombre y joven,

ni hombre ni joven me experimentó ella.

Se levantó como casta sacerdotisa

que va hacia los sagrados fuegos,

como hermana respetable con su querido hermano.

Y hace poco cumplí mi oficio al hilo,

dos veces con la rubia Clide,

tres veces con la blanca Pito,

tres veces con Libas.

Ah, y Corina...

que en una breve noche

me hizo sostener nueve embates. 

¿Languidece maldito mi cuerpo

con algún veneno exótico?

¿Algún conjuro o yerba me daña?

¿Grabó una bruja mi nombre en cera ensangrentada?

¿Su aguja sutil en mi hígado insertó?

Encantado, el trigo se hace hierba estéril;

las aguas de la fuente retroceden hechizadas;

las bellotas caen embrujadas de los robles;

las uvas, de las vides;

los frutos vuelan y nadie los mueve.

¿Por qué no puede haber encantamientos

que entorpezcan mis fuerzas?

Tal vez por eso ya no siente este cuerpo.

¡Y encima la vergüenza del hecho!

Lo empeoró todo:

Fue la segunda causa del penoso efecto.

¡Y qué chica ante mí, que sólo vi y toqué!

Pero era como si la tocara su misma ropa…

Al tocarla, se haría joven cualquier viejo;

el más arrugado se encendería con ella.

Mujer así me había caído y yo ni hombre fui.

¿Qué súplicas haré? ¿Qué promesas?

Hasta los dioses se arrepintieron

de ofrecerme ese don que usé tan mal.

Quería que accediera; accedió.

Buscaba yo esa boca; la besé.

Quería tenerla cerca; la tuve.

¿Para qué tal fortuna?

¿De qué sirve un reino sin reinar?

¿De qué, si sólo he sido un rico avaro sin riquezas?

Así muere de sed Tántalo en medio del agua

y tiene a la mano los frutos que nunca tocará.

¿Quién amanece tan puro en el lecho de una chica así,

como si en seguida fuera con los sacrosantos dioses?

Pero no, no acarició como sabía;

no me dio sus mejores besos;

no me buscó con todo su ahínco.

Ella conmovería con caricias a pesadas encinas,

al duro diamante, a las sordas piedras.

Tenía con qué conmover a todo ser vivo, a todo hombre.

Pero yo no era ser vivo, ni hombre.

¿De qué serviría que la mejor voz cantara para oídos sordos?

¿De qué sirve la mejor pintura a un mísero ciego?

¡Y qué placeres no había yo forjado en mi callada mente!

¡Qué posturas no había imaginado y dispuesto!

¿Y mi miembro? Echado vergonzosamente,

moribundo, más lánguido que una rosa de ayer.

Y míralo ahora: tan vigoroso y tan fuerte.

Tan inoportuno.

Ahora busca trabajo, ahora busca su milicia.

¿Por qué no cuelgas mejor ahora, pudoroso, peor parte de mí?

Así me han cautivado antes tus promesas.

Engañas a tu dueño. Apresado por ti, desarmado,

he sufrido tan casto daños funestos.

Y mi muchacha, incluso, no se negó

a estimularlo con su suave mano,

pero cuando vio que no había artificios para reponerlo

y que quedaba ahí, olvidado de sí mismo, dijo:

'¿Por qué juegas? ¿Quién te exigía, enfermo,

poner tu pene en mi cama si no querías?

O una bruja te hechiza con sus hilos de lana

o vienes cansado de otro amor'.

Saltó al instante, vestida con su túnica ligera

y con pies descalzos corrió lejos.

Ay, y para que no supieran sus criadas que salía intacta,

con un baño silenció el agravio.”

Ovidio, Amores, III, 7.

Debo decir que, si a mí me hubieran introducido a la literatura antigua con este tipo de textos, me habría interesado mucho más de lo que me ocurrió al inicio. Me habría parecido menos ajeno y acartonado aquel mundo. Recuerdo ahora las pocas clases que tuve en la Licenciatura en Letras Hispánicas donde vimos directamente a Ovidio y sólo recuerdo letargo y aburrimiento generalizados. La verdad es que sólo me vienen a la mente textos indigestos por la profusión de notas al pie; ya sabemos, esas explicaciones que sólo los clasicistas hacen por afán de exhaustividad académica y que convierten al texto en un amasijo ilegible de referencias que se deben aclarar fuera del texto como tal, o en casos más extremos, en una traducción tan peculiar, que para entender el español es casi preciso saber latín.

Y ése es justamente el punto: que la academia, a la vez que nos ha hecho posible la lectura e interpretación de los autores antiguos, nos ha levantado comúnmente una especie de barrera para degustar esa misma literatura. El caso de la edición de la Loeb de los Amores de Ovidio es ejemplar al respecto: se renuncia de la manera más deliberada a divulgar un poema porque traspasó ciertos límites fijados actualmente. Por supuesto, es una edición de hace un siglo, pero lo cierto es que ese mismo criterio se mantiene —aunque de maneras más sutiles, y por tanto más peligrosas— en traducciones que aún son de uso cotidiano cuando alguien se quiere acercar a los clásicos. Podríamos efectivamente elaborar una historia del pudor con base sólo en las traducciones que se han hecho de Aristófanes: consúltense las distintas maneras en que se han atenuado pasajes donde el gran comediógrafo griego decía algo tan explícito como “pene” —o mejor, con matices más altisonantes como “verga”. ¿Cuáles habrán sido las variantes de traducción de aquel “pedicabo ego vos et irrumabo” de Catulo, que literalmente es “les daré por el culo y me la chuparán”?

Dios Mercurio

En fin, el poema de Ovidio es sólo una muestra de lo que aún pueden decirnos autores de hace dos mil años. El poema nos habla tan directamente como los dibujos de seres membrudos como Príapo en los muros de Pompeya. Quien haya entrado a un baño público sabe a lo que me refiero. Por cierto, ¿sabía usted que en latín hay una palabra específica —sopio, sopionis— para referirse a esos dibujos de hombres caricaturizados con el pene anormalmente grande? Si uno se pone a investigar un poco más, rápidamente se topará con lo que parecería cierta obsesión romana por lo fálico.

De cualquier modo, ese ir y venir contradictorio por parte de la voz frustrada del poema es producto de una evidente cualidad de Ovidio como retratista psicológico: voz que, en medio de su desconcierto, cambia de opinión y vacila; voz que culpa a tantos porque en el fondo sabe que la culpa es sólo de uno. ¿No es, precisamente por esa magnificación psicológica de una tragedia común y trivial, capaz de generar empatía con cualquiera? Pero quizá no es tan trivial: ésos son los momentos en que, por así decirlo, la existencia entera, lo que da sentido a un instante particular, parece pender de un hecho sencillo y banal como la erección. Tragedias antiguas y modernas.

Y pensar que poemas como éstos se conservaron gracias a la docta y diligente labor de copistas monacales medievales…

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Miércoles, 03 Diciembre 2014 00:00

FIL: El imperio de los números

Es, por lo menos, contradictorio que una feria de libros, donde la palabra es la apuesta principal, sea evaluada por la cantidad de cifras que produce. Lo primero que anuncia y presume la Feria Internacional de Libro de Guadalajara (FIL), con lo que abre y cierra cada año, es con números. Números de presentaciones, de visitantes, de actividades, de dinero, de premios, de escuelas y profesionales que la visitan, de editoriales y de muchas otras cosas. La FIL se distingue de otras ferias del país o de la ciudad de Guadalajara por el manejo de las cifras.

Para este año, en conferencia de prensa para hablar del país invitado, la pregunta que saltó de manera inmediata fue sobre el costo de hacer una feria patrocinada por la Universidad de Guadalajara. Y la respuesta va dando una idea de lo grande, que no grandiosa, que es este evento: 72 millones de pesos. Casi 7 millones de dólares gastados durante nueve días. Esto sólo refleja lo que aporta la Universidad de Guadalajara, pues la cantidad de dinero que desfila durante este tiempo alcanza cifras multimillonarias.

Y es que si algo presume la FIL cada año no son los encuentros entre escritores, ni mucho menos los debates o el nivel académico que se presenta dentro de la Expo Guadalajara. Mucho menos se anuncian intercambios de ideas, publicaciones que surgen de los encuentros entre pensadores y escritores, alguna antología con textos que broten de las actividades literarias; no, la FIL es, ante todo y por encima de todo, números. Y este año no es la excepción. Desde hace algunas semanas los autobuses de trasporte, en la publicidad que muestran al exterior, y los espectaculares anuncian números: 9 días, 44 países, más de 750 mil asistentes, más de 1,900 editoriales, más de 650 autores en vivo, 25 premios y homenajes, 550 presentaciones de libros, más de 20,000 profesionales del libros, 64 foros literarios, 34,000 metros cuadrados de exposición, 83 funciones de espectáculos en FIL Niños y más de 1,500 talleres. En la feria de la palabra el imperio es de los números.

El tiempo ha convertido esta feria en un lugar de proporciones enormes, y se recurre a los números para dar esa certeza, pues en su edición 28 la FIL ya no mira hacia dentro de sí, sino que ha puesto la mirada en el exterior, y ese espacio que se busca conquistar no responde al nivel de pensamiento y de ideas sino a la repetición de que ser la más grande de América Latina y la segunda mayor del mundo. Porque cualquier feria, o casi cualquiera, puede tener a Juan Villoro, pero sólo la FIL lo tiene en tres diferentes presentaciones en un solo día. Hay ferias de nicho, como la FILIJ en el Distrito Federal o del libro usado en Guadalajara, pero no todas pueden tener a metros de distancia a autores tan disímiles como Yordi Rosado y Mario Vargas Llosa mientras compiten por llenar los salones en los que se presentan. Además de que ésta feria le ha apostado a la parafernalia de lo famoso, al grado que desde hace dos años ha puesto en sus actividades una mesa para que los autores firmen ejemplares; los convierten de manera automática en una atracción, en un objeto tras la vitrina que no importa lo que piense, sino que pueda dejar una rúbrica sobre un libro recién desempacado.

Se podrá decir que si durante nueve días convergen tal cantidad de personas no se puede ser tan severo con el nivel de presentaciones o encuentros; sin embargo, el reducir la feria a un simple intercambio monetario muestra lo mal que se ha entendido la cultura en torno al libro, o al libro mismo, cuya misión esencial es la transmisión de conocimiento de manera masiva. Porque si en esta feria un candidato a presidente puede trastabillar al nombrar tres libros que hayan cambiado su vida, y autores como Carlos Cuauhtémoc Sánchez convocan a cientos de lectores es que algo se está haciendo mal, y por supuesto que no son las cuentas.

Para muestra basta un botón. Cada año la FIL organiza un evento que tiene como motivo reunir a un autor con una audiencia juvenil, con los chicos de las preparatorias adscritas a la Universidad de Guadalajara; el nombre resume la intención: “Mil jóvenes con…”. Aquí, volvemos, lo que importa es la cantidad de público para poder centrarse en eso, pues cada encuentro tiene como tiempo máximo cincuenta minutos, es decir, cada participante tendría tres segundos para poder preguntar algo, esto sin esperar respuesta del escritor. Nada.  

Finalmente, la FIL ofrece una posibilidad inagotable de actividades para que todo termine por perder importancia. Como se ha dicho arriba, las actividades están estandarizadas en cincuenta minutos, en salones repartidos por toda la Expo, por lo que el asistente debe jerarquizar qué es lo que más le interesa, para después constatar que todo se cruza en tiempo y en espacio. Y ya no mencionar la cantidad de libros a la venta, la gran mayoría de editoriales comerciales que bien se pueden encontrar en las librerías de la ciudad. Pocas novedades, pues en diciembre el mercado editorial ha lanzado ya sus apuestas más fuertes, pocos libros por lo que valga la pena sumergirse en los miles de metros cuadrados.

Es, pues, una feria que no busca generar lectores, ni propiciar un debate cultural, ni mucho menos dinamizar la alicaída industria editorial nacional, ya no se diga local. Es, eso sí, una feria que se admira por la cantidad de números que produce y que supera cada año. Una feria que claudicó a la palabra y que entronizó, quizá de manera irreversible, al número. 

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Sábado, 22 Noviembre 2014 00:00

Hermes: entre la filosofía y la literatura

El término “hermenéutica” proviene del griego “hermeneía” y, según el clasicista  García Gual (2004: 179), “intérprete se dice en griego hermeneús, y hermeneía es el arte de la interpretación y traducción.” En Platón encontramos este mismo uso, en la línea 534 e del Ion posiciona a los poetas como los intérpretes de los Dioses y a los rapsodas, como Ion, intérpretes de los intérpretes, es decir, meta-intérpretes.

y que los poetas no son otra cosa que intérpretes de los dioses. (534 e)

Y continúa

Sócrates

¿No sois vosotros los rapsodos, a su vez, los que interpretáis las obras de los poetas? (535 a)

En Platón, como para cualquier griego, el término hermenéutica proveniente del nombre del dios Hermes, tiene un uso corriente, o sea que no tenía ninguna relación aun con la comprensión de textos, sino que el intérprete solamente era una especie de médium entre el mundo divino y el humano.

En tiempos más cercanos, el término, ha tenido un resurgimiento como una rama de la filosofía que no tiene nada que ver con el mundo divino, volcándose al mundo “textual” y posteriormente de manera exclusiva al mundo humano, “existencial”. Para el filósofo, canadiense y alumno de George Gadamer, Jean Grondin, la hermenéutica  puede dividirse en tres posibles grandes acepciones:

La primera en su sentido clásico, como el arte de interpretar los textos, en especial los textos sagrados,  esta tradición proviene de Quintiliano (30-100) y San Agustín (354-430). Este sentido de entender la hermenéutica ha sido renovado por el protestantismo, inspirándose en la Rhetorica. Se mantuvo más o menos en este sentido auxiliar y normativa hasta el siglo XIX.

La segunda en el sentido metodológico, que inaugura Friedrich Schleiermacher (1768-1834) y de quien hablaremos más adelante, como el método de la filosofía, y continuada por Whilhelm Dilthey (1833-1911), como una reflexión metodológica sobre la pretensión de verdad y estatuto científico de las ciencias del espíritu.

La tercera en su sentido existencial, principalmente con Martín Heidegger (1889-1976), como una filosofía universal de la interpretación, como lo señala Jean Grondin:

Con Heidegger, la hermenéutica cambiará de objeto al no remitirse ya a los textos o a las ciencias interpretativas, sino a la existencia misma; se puede hablar, por consiguiente, de un giro existencial de la hermenéutica. Cambiará también de vocación, porque la hermenéutica no se comprenderá ya en sentido técnico, normativo o metodológico. Tendrá una función más fenomenológica, más <destructora> en el sentido liberador del término, que deriva de su cambio de estatuto: será no solamente una reflexión que se funda en la interpretación (o en sus métodos); será también el cumplimiento de un proceso de interpretación que se confundirá con la filosofía misma. (Grondin, J.; 2008: 45)

A pesar de que tienen diferencias radicales entre sí estas posibles acepciones conservan algo en común, se posicionan en los aspectos positivos que eran atribuidos al dios Hermes. Muy a pesar de lo innovadora y negativa que es la propuesta heideggeriana,no supera el elemento afirmativo de la tradición hermética, o sea, de la tradición proveniente de Hermes.

La tradición que retoma esta línea especulativa proveniente del dios Hermes ha dejado de lado, o no le ha dado la debida importancia a ciertos aspectos que son característicos de esta divinidad en la antigua Grecia, los aspectos negativos. Nos presenta una hermenéutica limpia, como descifradora de un mensaje que está velado a los mortales, por lo que es necesario iniciarse en estas materias, como guía, como un aventurero, etc. Pero recordemos que también Hermes es el dios de los ladrones, es padre de Autólico “el ladrón de ladrones”, el abuelo de Odiseo el astuto, el de los muchos recursos. Veamos que es lo que sabemos de Hermes.

 

El Hermes de la Ilíada

Analicemos, pues, la poesía homérica: la Ilíada, la Odisea y los Himnos Homéricos. Karl Kerényi se pregunta, en su trabajo Hermes el conductor de almas, ¿Por qué aprendemos más sobre Hermes en la Odisea que en la Ilíada y más aun en el Himno? La respuesta, para este, es evidente:

el mundo de Hermes no está tan presente en el mundo heroico de la Ilíada como lo está en el viaje épico de la Odisea, un mundo que aún se hace más patente en el Himno, no a causa de un origen más tardío que el de las dos grandes epopeyas, sino porque tiene al propio dios como héroe. (Kerenyi, K.; 2010: 15)

El mundo de la Ilíada es un mundo del héroe, donde una vida gloriosa y soberana viene acompañada de una muerte igualmente única, una muerte irremediable y con final concluyente. En la Ilíada la vida heroica es individual y sobresale por la muerte fatal e inevitable, se origina conforme a códigos propios de la figura del héroe y desaparece con la muerte misma. El héroe busca inmortalizarse mediante su última hazaña: una muerte gloriosa. La Psique no es seducida por un daimon forastero, sino por su misma condición de héroe. Según Kerenyi “Hermes no aparece en la Ilíada ni una sola vez como raptor o mentor de almas…” (2010: 16).

Su función no es ser mensajero sino guía (pompós), en toda la Ilíada la mensajera de Zeus es Iris. A Hermes le gusta relacionarse y corresponder a lo que le dicen y hacer pasar por inadvertido. Y esto lo podemos claramente comprobar en el Canto XXIV de la Ilíada cuando Príamo, el padre de Héctor, es guiado por Hermes por en medio del campamento de las tropas Aqueas y logran robar el cadáver de el difunto Héctor al daimon de la venganza, Aquiles.

Zeus de ancha voz, no dejó de notar

la aparición de ambos en el llano. Al verlo, se apiadó

del anciano y al instante miró a su hijo Hermes y le dijo:

­“¡Hermes! Ya que tú eres a quien más gusta

escoltar a los hombres y escuchar a quien quieres,

anda, ve y a Príamo a las cóncavas naves de los aqueos

conduce, de manera que no lo vea ni lo advierta ninguno

de los dánaos hasta que llegue a presencia del Pelida.”

                                                                  (XXIV: 330 ss)

Aquiles obedece el dictamen de Zeus y claudica en su necedad de no devolver el cadáver de Héctor. Pero Hermes fue el que, tras adormecer a los guardias de la entrada, propició la solución.

El Hermes de la Odisea

La Odisea a diferencia de la Ilíada es un poema de vida, pero impregnada de muerte. Se cuenta la flotante aventura de Odiseo. En la Odisea aparece la figura del conductor de almas (ψυχοπομπóς) (psykhopompós). En el último canto de este poema Hermes reúne las almas de los pretendientes de Penélope:

Hermes, dios de Cilene, hacia sí convocaba las almas

de los muertos galanes. Llevaba su vara en las manos,

vara hermosa, dorada, que aduerme a los hombres los ojos

si él lo quiere o los saca del sueño. Despiertas por ella

se llevaba sus almas, que daban agudos chillidos

detrás de él, cual murciélagos dentro de un antro asombroso

que, si alguno se cae de su piedra, revuelan y gritan

y aglomérense llenos de espanto: tal ellas entonces

exhalando quejidos marchaban en grupo tras Hermes

sanador, que sus pasos guiaban en las lóbregas rutas.

Del océano a las ondas llegaron, al cabo de Leucas,

a las puertas del sol, al país de los sueños, y pronto

descendiendo vinieron al prado de asfódelos, donde

se guarecen las almas, imágenes de hombres exhaustos.

                                                                            (XXIV: 1-14)

La muerte de los galanes no es la fatal pero gloriosa muerte del héroe de la Ilíada, aquí son asesinados brutalmente sin consideración alguna. Como lo describe Kerenyi al comentar este pasaje:

La muerte de los pretendientes no fue el triste, y a la vez armónico final, de una existencia heroica: sus opíparas comidas terminaron súbita e inesperadamente con el vengativo regreso del esposo. Sacrificados como animales, fueron evaluados según las normas del héroe, y resultaron tan imperfectos en su fulgurante muerte como lo habían sido en sus jóvenes vidas. (2010: 19)

Hermes conjura las almas de los muertos no para obligarlos a volver o algo parecido, sino para guiarlos a los prados de la isla de los bienaventurados de la Ilíada. En este poema aparece la imagen de Hermes como mediador entre dos mundos el de los vivos y el de los muertos, así como entre el mundo divino y el humano.

 

El Hermes del Himno Homérico

El himno inicia describiendo el linaje del que proviene y la región de procedencia, tan característico entre los griegos, como lo leemos en los Diálogos platónicos cuando Sócrates pregunta por algún individuo, ¿de donde es?, ¿de quién es hijo?:

Canta, Musa, un himno a Hermes, hijo de Zeus y de

Maya, soberano de Cilene y de Arcadia rica en rebaños,

mensajero veloz de los inmortales, a quien parió Maya,

venerable ninfa de hermosos bucles, después de unirse

amorosamente con Zeus.

                                                           (HH 4, 1-5)

Sabemos de quien es hijo y donde nació. A continuación se describen sus hazañas:

Maya parió un niño de carácter taimado, hábil en el arte del engaño, salteador, ladrón de vacas, señor de los sueños, vigía de la noche, guardián de puertas, que, enseguida, iba a mostrar sus famosas hazañas ante los inmortales dioses. Nacido al alba, a mediodía, hacía sonar la lira, por la tarde, robaba las vacas del flechador Apolo, todo en el mismo día en que lo parió la augusta Maya, en el cuarto del mes.

                                                           (HH 4, 14-19)

Se presentan varios rasgos que ignorábamos en la Ilíada y la Odisea, como un lado oscuro de Hermes. Hermes es un ladrón, hábil en el engaño, guardián de puertas, un artista defensor de la música, etc., etc. En este fragmento se resume lo que posteriormente el himno describirá con detalles.  

Recuento

En la Ilíada

      Hermes es un guía (pompós)

En la Odisea

      Hermes aparece como el conductor de almas (ψυχοπομπóς) (psykhopompós)

      Hermes siempre viajero y es hallado en todos los senderos, flotante, sin raíces: es una aventura

      Hermes ladrón, se insinúa su parentesco con Autólico el ladrón de ladrones

En el Himno

      Hermes se muestra abiertamente como un ladrón, un pillo, apenas nacido ya había robado el ganado de Apolo su hermano: toma lo que desea siempre

    Hermes es viajero flotante, posee unas sandalias aladas con las que puede desplazarse velozmente a grandes distancias volando

    Hermes es el señor de los senderos

    Hermes tiene el poder de acaecer en sueño o privar de este a cualquiera

    Hermes es diestro en componer discursos irónicos y falsos, cuando fue sorprendido y puesto en evidencia por Apolo ante Zeus, tubo la osadía de negarlo todo.

En resumidas cuentas esos son los rasgos que caracterizan al dios Hermes proveniente de la más antigua tradición que poseemos. De aquí mi desconfianza por la tradición hermenéutica, es decir, proveniente de Hermes, que nos presenta sólo los rasgos positivos de la imagen de Hermes en la antigüedad. Si atendemos lo que hemos aprendido sobre Hermes, tendríamos que considerar ampliar nuestra visión de la Hermenéutica. Sí, como el arte de la interpretación, como guía de la comprensión, como una aventura, como descubridora del sendero perdido, pero también como el arte del engaño, creadora de discursos falsos, con la posibilidad de adormecer para ocultar lo que desee, como el arte de la ironía.

No pretendo descalificar la Hermenéutica, por el contrario, lo que pretendo es que ampliemos nuestra forma de pensar la misma. Que cualquier trabajo hermenéutico, es decir de interpretación, puede ir acompañado del disfraz del engaño. Lo que nos queda como tarea es no quedarnos con la imagen del intérprete que devela el mensaje solo porque este sea un especialista, sino ir nosotros, hacer el viaje personalmente, sin importar que nos engañemos a nosotros mismos y, a su vez, a otros.

 

Bibliografia

Ferraris, M. (2007). Historia de la hermenéutica. México: Siglo XXI.

Grondin, J. (2008). ¿Qué es la hermenéutica?. España: Herder.

Grondin, J. (2002). Introducción a la hermenéutica filosófica. España: Herder.

Homero. (ed. 2000). Ilíada. España: Gredos.

________ (ed. 2000). Odisea. España: Gredos.

Kerenyi, K. (2010). Hermes: el conductor de almas.España: SextoPiso.

V.V.A.A. (2000). Himnos homéricos. España: Akal.

 

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