Lunes, 26 Septiembre 2016 06:29

Entre el rito y la compulsión

Hace un par de años, comprometido con la cordura, decidí abandonar cualquier tipo de acto compulsivo. Así, dejé de huir de la inevitable suciedad: alérgenos y microbios, pero, sobre todo, de consultar el internet cada que encontraba un extraño síntoma en mi cuerpo. Renuncié a estrictos regímenes alimenticios y ejercicio fitness que rayaban en lo súper humano. Dejé de someterme a pruebas de inteligencia y de acumular mares de información impresa o digital. Dejé de justificarme, a mí mismo, todos mis actos. En suma, decidí dejar todo aquello que reforzara las creencias acerca de todo aquello que supuestamente era una amenaza: la enfermedad, la vejez, la fealdad, la estupidez, la abyección, etc.

La purga no terminó allí, arrasé con cualquier conducta mínimamente supersticiosa, que es toda ella compulsiva; como el recibir el salero directo de la mano del otro. Más aun, tomé la costumbre de “provocar a la mala suerte” haciendo lo contrario a la recomendación supersticiosa. Esto, claro está, con la finalidad de demostrarme la falsedad de algunas creencias populares.

Sin embargo, mi guerra contra las conductas que reproducen creencias tan dudosas como inútiles no ha acabó allí. También he estado profanando terrenos que, por alguna razón que no espero llegar a conocer, son convecinos de aquéllas: los rituales. Con la mayor honestidad que me es posible, constantemente me pregunto si de verdad existe una diferencia entre un acto ritual y un acto compulsivo; entendiendo uno y otro como conductas que refuerzan creencias particulares, y muchas veces me es imposible separarlos.

La disertación que de forma exprés hago de este asunto versa más sobre la distancia ontológica que separa al rito de la compulsión que de las implicaciones morales, culturales y estéticas que pueda llegar a suponer la identificación, aunque sea remota de los dos conceptos.

Si partimos, pues, del supuesto de que ambas conductas llevan en su sino el arraigo de una creencia habremos de diseccionar ésta, aún con manos profanas, para buscar algo insustituible que la haga única de todo fenómeno cognitivo. En su médula encontramos esto: la voluntad activa hacia lo ilusorio, hacia lo irracional. ¿Hay diferencia entre una creencia que deviene en actos ritualistas que en la que lo hace en actos compulsivos si ambas se originan de la irracionalidad?; ¿Es distinto persignarme, usar un anillo de bodas o portar el escudo de un equipo deportivo a tomar antibióticos preventivos o a no aceptar el salero de otra mano? Y si lo es ¿en qué los es?

Si bien, no soy el más adecuado para responder la pregunta me aventuraré a hacerlo (mas cuando este texto al formular con claridad la cuestión, si lo hizo, queda por logrado). Lo digo así: el acto ritual es distinto al acto compulsivo, no en la naturaleza de su creencia, ni en las respuestas conductuales emanadas de ésta, si no en un aspecto que destaca en él y que puede designarse con muchos nombres; trascendencia, existencia, muerte… Así, el cariz metafísico por el que está contenido el rito haría que el devoto pusiera sus rodillas y frente en el suelo y no que el paciente psiquiátrico lavara sus manos hasta rasgar su piel.

Quizá por eso, y a modo de epílogo, no me ha sido posible desprenderme de actos rituales ni conocer a nadie que lo haya hecho. El rito como actitud metafísica nos conecta, aún más si fuera de forma ilusoria, con eso tan inescrutable como inevitable que muchos hemos dado por llamar El Misterio.

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