Entre Yalitza Aparicio y Ben Shapiro. Sobre los síntomas de lo políticamente correcto

Por: Paris González Aguirre

Ahora que ya ha pasado el furor de los Oscar, que ya se han apaciguado los ánimos, es pertinente hablar del revuelo que causó Yalitza y su nominación por su actuación en la película Roma. Si bien es un acto de discriminación positiva (si es que esa cosa existe), el asunto va más allá. Su raigambre es mucho más profunda y perversa. Nos habla de dos cosas: la primera es que se tiene la perenne necesidad de ser políticamente correctos, que ello se ha vuelto la directriz en nuestras relaciones sociales. La posibilidad de ofender al otro es una constante, lo cual constriñe y vuelve falsas nuestras interacciones, si es que estas están basadas en ser políticamente correctos, aclaro. La segunda y más terrible, es que uno debe tener especial cuidado con lo que dice, dónde lo dice y a quién se lo dice porque ahora, en este momento particular de la historia y debido a las formas de comunicación que tenemos y su inmediatez, podemos ser expuestos en cuestión de segundos, ante un público extenso. La opinión que solía conservarse como íntima, ahora se convierte en un lastre, algo que puede regresar a mordernos el trasero. Basta con ver a Sergio Goyri, un actor de telenovelas y cine mexicano, quien en una cena con amigos se quejaba de Yalitza, refiriéndose a ella de manera peyorativa como india e hizo hincapié en que, según él, ella no sabía actuar, puesto que lo único que hizo fue decir: “sí señora. No señora.” E infirió que eso debió salirle natural, lo que indica que, por los orígenes de Yalitza, lo único a lo que debería aspirar es a ser una trabajadora doméstica, no una actriz. Para su desgracia, su novia estaba grabando en ese momento y tuvimos la fortuna de que lo subiera Instagram. Esto muestra varias cosas importantes: el clasismo mexicano, el doble discurso, la sistemática descalificación y violencia hacia las mujeres, el menosprecio hacia lo indígena, entre otras cosas que se deben señalar. Aunado a eso, emerge una arista que generalmente se da por hecho: el límite entre lo público y lo privado y las consecuencias de externar lo que se tiene en el interior. Eso que uno piensa, la más radical subjetividad, ahora se pone en tela de juicio, en virtud de la buena conciencia, de lo políticamente correcto, de lo que muchos y muchas intuyen que es encomiable o lo que [creen que] piensan que es deseable. Aquí debo declarar que Yalitza no me parece una mujer guapa. Y, como más vale curarse en salud, esto no significa que mi ideal de belleza sea el de una mujer blanca clasemediera anglosajona. Más bien me inclino por la estética que presenta @mexicanomx[1]se acerca más a lo que yo, Paris González Aguirre podría considerar como una mexicana o un mexicano hermosos. Sé que hay a las que Yalitza les parece bonita o guapa. A mí no. Como tampoco me parecen guapas Shakira, Cardi B o las Kardashian. Y punto. Sin embargo, si vemos en las revistas o los noticieros, la forma en cómo se refiere a ella y nos los han hecho saber, ad nauseam: “¡La hermosísima, la guapísima, la bellísima!” uno puede intuir que su postura es artificial, que responde más bien a la tendencia de aceptar lo que en otro momento y contexto, se dejaría de lado. Sobre su actuación no tengo nada que decir, porque no tengo las herramientas, ni mucho menos el conocimiento para emitir una opinión informada u objetiva. Pudo haber sido buena o mala, pero a mí no me pareció terrible, como he escuchado y leído. Roma, me pareció buena (lo digo como un aficionado común). Es muy lenta, mucho, mucho muy lenta, pero hasta ahí puedo emitir un juicio. Sin embargo, esa es mi opinión, desde la ignorancia, por supuesto. Y es aquí donde se encuentra lo preocupante del asunto, que yo tuve que decir todo lo anterior para sustentar mi subjetividad, ante otro que posiblemente pueda leer esto y se sienta ligeramente ofendido y tome cartas en el asunto. Porque linchar a una persona, en la Internet, es muy, muy sencillo. Basta con subir una imagen o video, colgarse de un tema trendy en la Internet (derechos de los animales, "feminazis", secuestros de menores, tráfico de órganos) y alguien, sin duda, lo va a compartir sin pedir más explicaciones. No es gratuito que haya personas compartiendo en Facebookla foto de Mia Khalifa o Jordi ENP bajo el argumento de que son estudiantes de cierta escuela que recibieron un premio, pero nadie se los reconoce. Esto tiene que ver con la confianza que se deposita en la información que se distribuye en la red. Se asume que lo que se dice ahí debe ser verdad. Esto se pone en evidencia cuando volteamos a ver las pasadas elecciones en las que ejércitos de bots, de todos los partidos, se encargaron de descalificar a los candidatos con noticias falsas, memes, datos duros o meros chismes. Sembrar la duda sobre alguien daña la imagen que se tiene, ya sea que se desmienta o no. Esa mancha permanece. Invito a la lectora o al lector que googlee a Sergio Goyri para que den cuenta que no miento.  Esto pone en evidencia la necesidad de reservarse lo que uno piensa, pues se corre el riesgo de que se vuelva en contra nuestra. Y más si esto es publicado en alguna plataforma de la Internet. Es así que la emergencia de personajes como Benjamin Shapiro llaman tanto la atención, pues sus posturas radicales y ultra conservadoras no son sino un síntoma de lo constreñida que está la opinión pública. Con esto no insinúo ni de lejos que estoy de acuerdo con lo que propone, ni mucho menos con su empecinada forma de descalificar a los que piensan diferente a él. Sin embargo, las maneras en que se le enaltece y que haya quien le considere un individuo agudo y acertado, implica que hay cosas que quieren decirse, asuntos que deben ponerse en duda y que pocas personas lo hacen, por miedo al escarnio social, al vituperio. Es bastante difícil hablar con los y las fanáticas, de cualquier rubro, ya sean conservadores, grafiteros, mamás pro lactancia, o, mi caso, aficionados de Star Wars. Cuando alguien cree tener la verdad última, difícilmente habrá un diálogo. Por ejemplo, a mí nadie me va a convencer del orden en que uno debe ver Star Wars. O se ven Rogue One, episodios IV, V y VI, The Clone Wars, Rebels, episodios I, II, y III, VII y VIII o mejor ni para qué acercarse a la saga (ojo. Esto debe leerse con sarcasmo). Lo que intento señalar con esto es que lo liminal de lo público y lo privado se desdibuja, mientras que lo particular se vuelve presa del escrutinio del otro. Nos sentimos con todo el derecho [a veces, hasta con el deber] de señalar las faltas en el otro, como si de entrada careciéramos de defectos y cuestiones que pudieran ser señaladas. Con esto no pretendo colocarme en un lugar moralmente privilegiado. Por el contrario, mis taras son suficientes para hacer un libro, con muchos volúmenes. Mi intención es poner sobre la mesa el asunto de lo políticamente correcto y como ello, llevado a un extremo, puede derivar en que lo dicho por gente como Trump, Bolsonaro o Shapiro tengan eco en tantas personas. Por supuesto que es importante enaltecer el hecho de que una compatriota haya sido nominada para el Oscar, pero, parafraseando a Walter Benjamin, también es menester observar las partes perversas de nuestra realidad, pues eso podría permitir una mayor visión de la realidad en que vivimos. Lo indicado sería que todos los temas estuvieran sujetos a debate, con argumentos sólidos y datos objetivos, en la medida de lo posible. Creo que una de las cosas más interesantes que ha dicho Shapiro es quea los datos no le importan tus sentimientos, aunque claramente no funciona así para él, pues asume que con el simple hecho de decir “no. El género no está desconectado del sexo” ya tiene la razón, cuando es un asunto mucho más complicado que sus sentimientos y posturas personales. El problema es que muchas veces no se aceptan datos que contradigan el propio sentir y se piensa que con desearlo lo suficiente se puede sustentar una postura provocadora. En última instancia, los cuestionamientos no deberían girar en torno a si Bolsonaro, Shapiro o Trump están bien o mal, sino que más bien habría que preguntar ¿Qué tanto de su discurso es alimentado por la cautela que deriva de las “buenas costumbres”? ¿Cuánto de eso que dicen nos causa eco? ¿Qué tanto estamos dispuestos a arriesgar, con objeto de defender nuestra libertad de expresión? Quién sabe, quizá las respuestas puedan sorprendernos.



[1]https://www.instagram.com/mexicanomx/?hl=es-la

Publicado en Análisis social

Si tuviéramos que determinar con rapidez lo prejuicios de una cultura que nos es ajena por completo, no cabe duda que uno de los modos más sencillos e inmediatos sería analizar sus chistes. Un simple vistazo a los chistes en México lo comprueba; ahí vemos desfilar un estereotipo tras otro: los gallegos —que por alguna oscura razón llegaron a representar la estrechez de miras—, las distintas nacionalidades típicamente caracterizadas —mexicano, gringo, alemán argentino, etc—, Pepito —curiosa mezcla de inocencia y obscenidad— y en general todos los presupuestos de género detrás de la práctica del albur.

Pero no es eso lo que me llama la atención de los chistes, sino su mecanismo. Y aquí nos topamos con algo que, aunque se ha dicho muchas veces, no deja de ser sorprendente: culturas por completo ajenas a nosotros en espacio y tiempo han echado mano de los mismos procedimientos o recursos para suscitar la risa. Desde este punto de vista, tal parece que nos gusta emplear —por así decirlo— los mismos cajones o compartimientos una y otra vez pero sólo cambiando aquí y allá el contenido: la estructura se queda igual o relativamente intacta. Veamos si esto es cierto en algunas de las compilaciones de chistes de hace siglos.

Uno de los textos más ricos de la Antigüedad grecolatina para ver con qué reía la gente hace siglos es el Philogelos (El amante de la risa) atribuido a un tal Hierocles y a un gramático llamado Filagrio. Se cree que esta colección —unos 265 chistes— se hizo alrededor del siglo III d. C., aunque hay indicios de que la edición final es de inicios de la época bizantina: siglo VI d. C.

Sabemos que los chistes son capaces de hacer eco de tiempos muy anteriores al momento en que realmente se cuentan. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con los refranes: cuando decimos en México "ver moros con tranchete" estamos actualizando, por medio del lenguaje, una realidad histórica española previa al siglo XVI. ¿O será que lo que está de fondo es la lengua en general como pieza arqueológica viviente? En fin, no me desvío. El punto es que aquellos chistes griegos del siglo III d.C. seguramente se remontan, a su vez, mucho tiempo atrás por medio de la tradición oral.

Para hacer reír, los chistes del Philogelos explotan un procedimiento —o cajón— que conocemos bien en la actualidad: la burla a los vicios o las faltas de la gente. Se trata, como lo seguimos haciendo ahora, de acentuar los rasgos negativos que se consideran característicos de algún grupo. Así, en la antología, vemos desfilar al avaro, al fanfarrón, al necio, al cobarde, al perezoso, al envidioso y al misógino. También entran algunas profesiones características, como médico o peluquero. Entre éstos, el más llamativo es el "erudito pedante" (σχολαστικóς); se trata del profesor e "intelectual" que pretende saber mucho y en realidad no sabe nada. ¿Parecidos con la actualidad?

En fin, veamos algunos. Las traducciones son mías y debo decir que me tomé ciertas libertades para hacerlos comprensibles. El número que aparece al inicio es el lugar en que aparece en la antología:

55. "Un intelectual astuto que estaba falto de dinero se puso a vender sus libros. Escribiéndole a su padre, le dijo:

—Alégrate por mí, padre, pues la escritura ya me alimenta."

104. "Un avaro, al escribir su testamento, se nombró a sí mismo el heredero."

109. "Un necio escuchó que en el Hades se hacían juicios justos. Un día, tuvo un problemilla [de carácter legal] y se ahorcó."

206. "Le preguntaron a un cobarde:

—¿Cuáles son las más seguras de las embarcaciones? ¿Las grandes o las redondeadas?

—Las varadas."

255."Un intelectual, al enterarse de que los cuervos viven más de doscientos años, compró uno y lo cuidó para ver si era cierto."

Notemos que, al menos aquí, la tesis de Henri Bergson sobre la risa —en su famoso libro La risa. Ensayo sobre el significado de lo cómico— es particularmente explicativa. Para él, la risa es un mecanismo o "gesto social" que tiende a reprimir los defectos o las posibles excentricidades de los miembros de un cuerpo social, es decir, tiende a dar agilidad y movimiento a la rigidez o torpeza mecánica que puede ocurrir en la sociedad. La risa es, entonces, un mecanismo de perfeccionamiento o equilibrio social que hace que, entre los dos polos de la agilidad y la rigidez, aquélla gane terreno sobre ésta. En fin, la risa es parte de ese principio vital (el famoso élan vital de Bergson) que nos mantiene en movimiento y en estado de creatividad. Por eso vemos a un avaro llevado a extremos absurdos nombrándose heredero a sí mismo; un intelectual que ni siquiera sabe cuánto puede él mismo vivir para comprobar algo; un necio que entiende todo en el sentido más literal posible, etc.

Así, al igual que la curiosa —y sin duda injusta— caracterización de los gallegos en México, el Philogelos plantea la visión de un griego educado para quien los habitantes de Abdera y de Cumas no podían sino parecer unos brutos:

110. "Entre los abderitas, la ciudad se dividía en dos partes: los que vivían hacia el oriente y los que vivían hacia el poniente. Así, cuando de pronto unos enemigos se lanzaron contra la ciudad y causaron gran confusión, los que vivían del lado oriental se decían entre sí:

—No nos alborotemos, pues los enemigos van hacia las puertas del lado poniente."

164. "Un cumano se sumergió y de pronto empezó a llover. Para no mojarse, se metió hasta lo hondo."

165. "Un cumano compró unas ventanas y preguntó si permitían ver hacia el mediodía."

Pero regresemos a Bergson. La risa que más le sirve a su definición es la que tiende de algún modo a la burla o la satirización. Dice el filósofo francés que nos reímos sólo de lo humano —incluso cuando nos reímos de una cosa o un animal, es porque lo humanizamos en cierto modo—, y tiene sentido, pero Bergson deja de lado algo crucial sobre el chiste, y esto es a lo que quiero llegar con todos estos ejemplos de chistes antiguos. A Bergson le cuesta más trabajo, en su teoría de lo cómico, dar cuenta de un procedimiento típico de lo risible: cuando lo cómico se centra exclusivamente en la lengua y en su enorme capacidad para hacer entrecruces semánticos y generar dobles sentidos. El número 148 es un buen ejemplo al respecto:

"Un peluquero charlatán le preguntó a un gracioso:

—¿Cómo te lo corto?

—En silencio."

Aquí, como gran parte de nuestros chistes actuales, lo central no está tanto en el vicio. El objeto risible aquí ya no es tanto una persona tipificada como tal, sino el lenguaje mismo que se vuelca sobre sí mismo y nos muestra la ambivalencia en una pregunta que utiliza el cómo. Y no se trata del defecto de la anfibología o incomprensión, sino de mostrar la inagotable riqueza semántica de la lengua. Y con esto llego al que me pareció el mejor chiste del Philogelos, pero requiere cierta explicación para entenderse, pues se basa en un juego de palabras casi intraducible. Se refiere a un ὀζόστομος (ozóstomos), alguien a quien le huele la boca:

232. "Un hombre al que le olía la boca no dejaba de besar a su mujer y le decía:

—Mi señora, mi Hera, mi Afrodita,

Y ella, alejando la cara, le decía:

—Oh, apesto-Zeus mío. Oh, apesto-Zeus mío."

Lo que dice al final la mujer es ὀζεύς μου, ὀζεύς μου (ozeus mu, ozeus mu). En griego antiguo, ὄζειν (ózein) significa "oler" y ὁ Ζεúς (ho Zeus) es el dios que todos conocemos. Yo sí me reí, la verdad.

El punto es que aquí se ve con claridad el hallazgo lingüístico en que se basan los chistes con tanta frecuencia. Me cuesta trabajo ver aquí la "función social" de lo cómico, tal como lo caracterizaba Bergson. Para él, toda risa tiene necesariamente un objeto, siempre un "reírse de...", y si ese objeto es el hombre mismo o lo humano, entonces tiene una función social. Esa función es la de un tipo de reprensión o correctivo social, una tendencia a encauzar las fuerzas por donde deben ir: lejos de la rigidez y lo estático. Pero cuando la risa se desprende de un curioso juego de palabras como un calambur, no es tan clara esa función de correctivo social.

¿Calambur? Ah, estoy seguro que usted conoce muy bien el calambur e incluso lo utiliza a veces, sólo que quizá no sabía que hay un nombre para él. Aquí un ejemplo famoso que se le atribuye a Francisco de Quevedo: en una ocasión, Quevedo, que iba a ver a la reina Isabel de Borbón —que era coja—, apostó con unos amigos a que le echaría en cara su defecto físico sin que se diera cuenta. Quevedo consiguió entonces un rosa y un clavel para llevárselos y le dijo:

"Entre el clavel y la rosa

su Majestad escoja".

¿Verdad que es muy frecuente el calambur para generar chistes?

En fin, estoy convencido de que, para todos nosotros, entender es una forma de placer. Al final, ¿no viene de aquí también el tremendo magnetismo con que nos atrae la literatura? En estos casos, de cualquier modo, me parece de poco interés la "función social" de lo risible, más allá del argumento de que reír nos cambia el humor súbitamente o que implica mover los músculos abdominales y que por tanto trae beneficios a la salud. No. Si reímos aquí es porque nos fascina desenmascarar significados ocultos, captar sobre-implicaciones y dobles sentidos. Al menos en este caso, reímos por una especie de hedonismo hermenéutico; nos regodeamos en el propio lenguaje y nuestra facultad para crear y captar la diversidad de significados. En este contexto predominantemente lingüístico, pues, no hay risa sin inteligencia.

Por eso, un chiste explicado siempre deja de ser un chiste; por eso, quizá todos alguna vez hemos dicho que sí entendimos un chiste cuando en realidad no estamos tan seguros. ¿No? Bueno, confieso que yo sí lo hice alguna vez.

Otro de los documentos antiguos más ricos sobre el chiste es un largo apartado que pone Cicerón en el libro II de Acerca del orador (De Oratore, II, 217 y ss.). Muchos dicen que el Philogelos es la colección más antigua de chistes, pero lo cierto es que este apartado de Cicerón es, con toda justicia, un mini-tratado sobre la risa y el chiste, y es anterior por cuatro siglos. Aquí dos ejemplos:

"—¿Cómo juzgarías a alguien que es sorprendido cometiendo adulterio?

—¡Lento!". (De Orat., II, 275)

No hay que explicarlo, ¿verdad? Aquí el otro:

"Un mal orador, creyendo que en el epílogo de su discurso había provocado la misericordia en el público, se sentó y luego me preguntó:

—¿Viste cómo los moví a todos a la misericordia?

—Y vaya que muy grande —le dije—. No creo que haya alguien con el corazón tan duro, que tu discurso no le haya dado lástima." (De Orat., II, 278)

Los dos chistes se basan en equívocos y son análogos por esa facilidad de cualquier lengua para generar dobles sentidos. Aquí cuadra mejor lo que decía Freud, quien, después de analizar en su famoso libro El chiste y su relación con el inconsciente una buena cantidad de chistes claramente elocutivos o verbales, enuncia la regla general que los rige: "De este modo permanece siendo la condensación la categoría superior. Una tendencia compresora o, mejor dicho, economizante domina todas estas técnicas". Es la condensación semántica, al menos aquí, el origen de lo risible. Nótese que digo "al menos aquí", porque seguramente esto no tiene nada que ver con las razones por las que nos reímos al ver secuencias repetitivas o absurdas como en Chaplin o en escenas al estilo de El Gordo y el Flaco, para lo cual mejor consúltese el análisis de Bergson.

Pero mucho antes de Bergson y de Freud, ya había habido en la Antigüedad reflexiones sobre la naturaleza de la risa. Los teóricos grecolatinos —Aristóteles o Cicerón, por ejemplo— hacían una clara distinción entre dos tipos de risa: una baja y grosera, y otra elevada y culta. Se creía que uno de los componentes principales de una persona "urbana", es decir, "educada" y "civilizada" en los ideales culturales de la ciudad y por tanto ajena a la "rusticidad", era precisamente saber hacer chistes; eso sí, que no traspasaran los límites de la prudencia y el "decoro". Incluso el mismo Aristófanes, sin duda el comediógrafo griego más escatológico, defendía en Las nubes un ideal cómico basado en el humor "inteligente".

Risa

Stephen Halliwell, uno de los mayores estudiosos de esto en la Antigüedad, deja en claro con muchos ejemplos que en la Grecia antigua la valoración de la risa dependía de un criterio moral acerca de lo socialmente aceptable y lo que no se podía permitir. Y es que la risa estaba anclada profundamente en las costumbres de los antiguos. Había espacios y contextos —sobre todo los "banquetes"— exclusivamente dedicados a esta risa inteligente y "urbana". La comedia, por su parte, se origina en un marco de festividades religiosas griegas. En los lupercalia latinos, aquella extraña y antiquísima ceremonia donde unos adolescentes corrían semidesnudos después de haber sido untados con sangre y leche y se ponían a dar de latigazos a cuantos se cruzaran en su camino —si le tocaba a una muchacha núbil, se tomaba como un buen presagio de fertilidad—, en esa ceremonia, pues, los jóvenes no podían comenzar con todo eso sin antes haber hecho una "solemne" carcajada ritual.

También, dadas las costumbres y sobre todo la educación de los antiguos, no podían sino llegar a la conclusión de que la risa era una de las mejores maneras de obrar sobre un individuo y persuadirlo. No es en vano, pues, que el gran orador en lengua latina, Cicerón, se haya conocido también como particularmente proclive a los chistes (llamadas "facecias"). Quintiliano nos dice que en su propia época —un siglo después de Cicerón— circulaban compilaciones de chistes del gran orador. La risa es, pues, un medio excelente para discutir y convencer.

Nos cuenta Cicerón que Cayo Lelio, cónsul en el año 190 a. C., discutía un día con alguien que se sabía era nacido de un "mal linaje". Le dijo éste a Cayo Lelio:

—Creo, Cayo Lelio, que no eres digno de tus antepasados.

—Y tú, por Hércules, muy digno de los tuyos. (De Orat., II, 286)

Estamos, pues, ante lo risible como arma en el debate, en la respuesta. ¿Acaso no nos ha pasado a todos que, al presenciar una discusión acalorada, más que basarnos en los argumentos y las ideas como tales de los contrincantes, nos ponemos instintivamente a favor de quien sabe tomarse las cosas con ligereza y muestra incluso ingenio en sus respuestas? El carácter de alguien también pesa mucho en las discusiones.

Por último, si avanzamos en el tiempo, nos damos cuenta de que estos dos rasgos con los que se veía lo risible en la Antigüedad —lo cómico como lo urbano, educado e inteligente, y como un arma utilísima de convencimiento o enseñanza— se retoma con claridad en el Renacimiento y termina siendo un componente clave de la literatura moderna. A partir del siglo XIV, vemos que los chistes y lo cómico en general tienen en Italia un éxito sin parangón. Es la misma oleada de comicidad que veremos en Boccaccio y, después, en Rabelais y en Cervantes (y todavía en el siglo XX, el mejor ejemplo que conozco que retoma claramente esta tradición es Palinuro de México de Fernando del Paso). Las antologías de chistes abundan aquí y allá en la Italia renacentista. Aquí dos ejemplos del Libro de chistes (Liber facetiarum) que, entre 1438 y 1452, escribió en latín Poggio Bracciolini:

200. "Un predicador estaba ante el pueblo en la fiesta dedicada a san Cristóbal y enaltecía al santo con gran profusión de palabras porque había cargado al niño Jesús en sus propios hombros. Preguntaba con insistencia:

—¿Y acaso habría alguien que tuviera tan gran privilegio de cargar al mismo salvador?

Y seguía y seguía con la pregunta:

—¿Qué otro habría podido recibir la misma gracia?

Así que, entre los presentes, un gracioso que ya estaba hastiado de oír la pregunta, le dijo:

—El asno que cargó al hijo e incluso a María."

204. "Deambulaba por la calle un habitante de Perusa [Italia] muy pensativo y triste. Se acercó alguien que iba pasando y le preguntó qué lo tenía tan preocupado, a lo que él respondió que debía mucho dinero y que le parecía imposible pagarlo. El otro le dijo:

—Ah, tonto, deja esas preocupaciones para el otro al que le debes".

Estos chistes ya no son puramente lingüísticos, basados en equívocos o en juegos de palabras. Pero muestran igualmente esa conexión entre risa e inteligencia, que es el punto de este breve recorrido por los chistes antiguos. En ellos se ve con nitidez uno de los procedimientos más populares del chiste: preparar al inicio el terreno para que después venga, al final, un vuelco contra lo esperado, un revés imprevisto. Se nos muestra un aspecto de las cosas siempre nuevo, siempre distinto, y el oyente o lector tiene que dar ese salto mental al otro lado. ¿Hay risa? Es que la inteligencia está jugando.

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