Entre Yalitza Aparicio y Ben Shapiro. Sobre los síntomas de lo políticamente correcto

Por: Paris González Aguirre

Ahora que ya ha pasado el furor de los Oscar, que ya se han apaciguado los ánimos, es pertinente hablar del revuelo que causó Yalitza y su nominación por su actuación en la película Roma. Si bien es un acto de discriminación positiva (si es que esa cosa existe), el asunto va más allá. Su raigambre es mucho más profunda y perversa. Nos habla de dos cosas: la primera es que se tiene la perenne necesidad de ser políticamente correctos, que ello se ha vuelto la directriz en nuestras relaciones sociales. La posibilidad de ofender al otro es una constante, lo cual constriñe y vuelve falsas nuestras interacciones, si es que estas están basadas en ser políticamente correctos, aclaro. La segunda y más terrible, es que uno debe tener especial cuidado con lo que dice, dónde lo dice y a quién se lo dice porque ahora, en este momento particular de la historia y debido a las formas de comunicación que tenemos y su inmediatez, podemos ser expuestos en cuestión de segundos, ante un público extenso. La opinión que solía conservarse como íntima, ahora se convierte en un lastre, algo que puede regresar a mordernos el trasero. Basta con ver a Sergio Goyri, un actor de telenovelas y cine mexicano, quien en una cena con amigos se quejaba de Yalitza, refiriéndose a ella de manera peyorativa como india e hizo hincapié en que, según él, ella no sabía actuar, puesto que lo único que hizo fue decir: “sí señora. No señora.” E infirió que eso debió salirle natural, lo que indica que, por los orígenes de Yalitza, lo único a lo que debería aspirar es a ser una trabajadora doméstica, no una actriz. Para su desgracia, su novia estaba grabando en ese momento y tuvimos la fortuna de que lo subiera Instagram. Esto muestra varias cosas importantes: el clasismo mexicano, el doble discurso, la sistemática descalificación y violencia hacia las mujeres, el menosprecio hacia lo indígena, entre otras cosas que se deben señalar. Aunado a eso, emerge una arista que generalmente se da por hecho: el límite entre lo público y lo privado y las consecuencias de externar lo que se tiene en el interior. Eso que uno piensa, la más radical subjetividad, ahora se pone en tela de juicio, en virtud de la buena conciencia, de lo políticamente correcto, de lo que muchos y muchas intuyen que es encomiable o lo que [creen que] piensan que es deseable. Aquí debo declarar que Yalitza no me parece una mujer guapa. Y, como más vale curarse en salud, esto no significa que mi ideal de belleza sea el de una mujer blanca clasemediera anglosajona. Más bien me inclino por la estética que presenta @mexicanomx[1]se acerca más a lo que yo, Paris González Aguirre podría considerar como una mexicana o un mexicano hermosos. Sé que hay a las que Yalitza les parece bonita o guapa. A mí no. Como tampoco me parecen guapas Shakira, Cardi B o las Kardashian. Y punto. Sin embargo, si vemos en las revistas o los noticieros, la forma en cómo se refiere a ella y nos los han hecho saber, ad nauseam: “¡La hermosísima, la guapísima, la bellísima!” uno puede intuir que su postura es artificial, que responde más bien a la tendencia de aceptar lo que en otro momento y contexto, se dejaría de lado. Sobre su actuación no tengo nada que decir, porque no tengo las herramientas, ni mucho menos el conocimiento para emitir una opinión informada u objetiva. Pudo haber sido buena o mala, pero a mí no me pareció terrible, como he escuchado y leído. Roma, me pareció buena (lo digo como un aficionado común). Es muy lenta, mucho, mucho muy lenta, pero hasta ahí puedo emitir un juicio. Sin embargo, esa es mi opinión, desde la ignorancia, por supuesto. Y es aquí donde se encuentra lo preocupante del asunto, que yo tuve que decir todo lo anterior para sustentar mi subjetividad, ante otro que posiblemente pueda leer esto y se sienta ligeramente ofendido y tome cartas en el asunto. Porque linchar a una persona, en la Internet, es muy, muy sencillo. Basta con subir una imagen o video, colgarse de un tema trendy en la Internet (derechos de los animales, "feminazis", secuestros de menores, tráfico de órganos) y alguien, sin duda, lo va a compartir sin pedir más explicaciones. No es gratuito que haya personas compartiendo en Facebookla foto de Mia Khalifa o Jordi ENP bajo el argumento de que son estudiantes de cierta escuela que recibieron un premio, pero nadie se los reconoce. Esto tiene que ver con la confianza que se deposita en la información que se distribuye en la red. Se asume que lo que se dice ahí debe ser verdad. Esto se pone en evidencia cuando volteamos a ver las pasadas elecciones en las que ejércitos de bots, de todos los partidos, se encargaron de descalificar a los candidatos con noticias falsas, memes, datos duros o meros chismes. Sembrar la duda sobre alguien daña la imagen que se tiene, ya sea que se desmienta o no. Esa mancha permanece. Invito a la lectora o al lector que googlee a Sergio Goyri para que den cuenta que no miento.  Esto pone en evidencia la necesidad de reservarse lo que uno piensa, pues se corre el riesgo de que se vuelva en contra nuestra. Y más si esto es publicado en alguna plataforma de la Internet. Es así que la emergencia de personajes como Benjamin Shapiro llaman tanto la atención, pues sus posturas radicales y ultra conservadoras no son sino un síntoma de lo constreñida que está la opinión pública. Con esto no insinúo ni de lejos que estoy de acuerdo con lo que propone, ni mucho menos con su empecinada forma de descalificar a los que piensan diferente a él. Sin embargo, las maneras en que se le enaltece y que haya quien le considere un individuo agudo y acertado, implica que hay cosas que quieren decirse, asuntos que deben ponerse en duda y que pocas personas lo hacen, por miedo al escarnio social, al vituperio. Es bastante difícil hablar con los y las fanáticas, de cualquier rubro, ya sean conservadores, grafiteros, mamás pro lactancia, o, mi caso, aficionados de Star Wars. Cuando alguien cree tener la verdad última, difícilmente habrá un diálogo. Por ejemplo, a mí nadie me va a convencer del orden en que uno debe ver Star Wars. O se ven Rogue One, episodios IV, V y VI, The Clone Wars, Rebels, episodios I, II, y III, VII y VIII o mejor ni para qué acercarse a la saga (ojo. Esto debe leerse con sarcasmo). Lo que intento señalar con esto es que lo liminal de lo público y lo privado se desdibuja, mientras que lo particular se vuelve presa del escrutinio del otro. Nos sentimos con todo el derecho [a veces, hasta con el deber] de señalar las faltas en el otro, como si de entrada careciéramos de defectos y cuestiones que pudieran ser señaladas. Con esto no pretendo colocarme en un lugar moralmente privilegiado. Por el contrario, mis taras son suficientes para hacer un libro, con muchos volúmenes. Mi intención es poner sobre la mesa el asunto de lo políticamente correcto y como ello, llevado a un extremo, puede derivar en que lo dicho por gente como Trump, Bolsonaro o Shapiro tengan eco en tantas personas. Por supuesto que es importante enaltecer el hecho de que una compatriota haya sido nominada para el Oscar, pero, parafraseando a Walter Benjamin, también es menester observar las partes perversas de nuestra realidad, pues eso podría permitir una mayor visión de la realidad en que vivimos. Lo indicado sería que todos los temas estuvieran sujetos a debate, con argumentos sólidos y datos objetivos, en la medida de lo posible. Creo que una de las cosas más interesantes que ha dicho Shapiro es quea los datos no le importan tus sentimientos, aunque claramente no funciona así para él, pues asume que con el simple hecho de decir “no. El género no está desconectado del sexo” ya tiene la razón, cuando es un asunto mucho más complicado que sus sentimientos y posturas personales. El problema es que muchas veces no se aceptan datos que contradigan el propio sentir y se piensa que con desearlo lo suficiente se puede sustentar una postura provocadora. En última instancia, los cuestionamientos no deberían girar en torno a si Bolsonaro, Shapiro o Trump están bien o mal, sino que más bien habría que preguntar ¿Qué tanto de su discurso es alimentado por la cautela que deriva de las “buenas costumbres”? ¿Cuánto de eso que dicen nos causa eco? ¿Qué tanto estamos dispuestos a arriesgar, con objeto de defender nuestra libertad de expresión? Quién sabe, quizá las respuestas puedan sorprendernos.



[1]https://www.instagram.com/mexicanomx/?hl=es-la

Publicado en Análisis social
Miércoles, 01 Marzo 2017 21:06

Dalí, genio y publicista

“La única diferencia entre un loco y yo, es que yo no estoy loco”.

Dalí

Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domènech marqués de Dalí y de Púbol mejor conocido como Salvador Dalí, es famoso no sólo por sus pinturas alucinantes, sino por ser el precursor del surrealismo y porque su trabajo ponía en el mapa nuevamente a la pintura española. Es también en cierto modo, el precursor de las fotografías de facebook donde la gente para la trompa o abre los ojos lo más que puede como una vaca.  Además se puede considerar un provocador profesional al expresarse de sí mismo en tercera persona como si fuera un dios. Se cuenta que fue expulsado de una importante escuela de arte por decir a los profesores que no eran quien para evaluar su obra. Pero en verdad que este tipo tenía razón y el tiempo hizo que su victoria moral y artística fuera tan aplastante que sus maestros no pudieron hablar cosa alguna con seguridad; ni siquiera si la clase era de los colores primarios. Los elementos ideográficos, simbólicos y técnicos de su obra son tan difíciles aún de comprender y/o interpretar como sobrevivir una quincena en México con el salario mínimo. En serio.

Salvador Dalí nació en una provincia de España en 1904, su familia era de la clase media- alta, cuando Dalí era pequeño sus padres lo llevaron a la tumba de su hermano mayor y le dijeron que él era la reencarnación del difunto hermano –que por cierto también se llamaba Salvador Dalí-, información que Salvador Felipe creyó a la letra. Cuando tenía 16 años su madre murió, y su padre se casó con una hermana de ésta, situación que Salvador desaprobó y que terminó por hacer estragos en la relación, hasta el punto de que años después Dalí dio a su padre un preservativo con semen diciéndole: “Toma, ya no te debo nada”. No sabemos qué más pasó en ese encuentro, pero después se vio a Dalí y todos constataron que tenía todos sus dientes.

En lo referente a su obra se puede contar que Dalí realizó su primera exposición –y con bastante éxito- a los 14 años, tuvo una carrera prolífica y excitante, realizó participaciones en dirección de cine (junto con Luis Buñuel, en “Un perro andaluz” de 1929), en literatura, en escultura, ilustración de libros y otras. En este sentido entabló relación con todos los grandes artistas de su tiempo, el ya mencionado Buñuel, Pablo Picasso, Joan Miró y otros. De sus pinturas se dice que combinó técnicas y simbolismos de los renacentistas, modernistas y otros istas de relevancia, sus pinturas abordan temas fundamentales como la relación del hombre y del tiempo, la consistencia de la percepción de la realidad y la locura.

Dalí fue criticado duramente por su extravagante vestimenta, su bigote enroscado y largo quizá imitando a Velásquez, y su costumbre de exaltar su propia genialidad, recursos todos que según los críticos usaba como auto-publicidad. En conclusión se puede afirmar que repasar la historia de la pintura y del arte en general sin detenerse en la obra de Dalí es simplemente peor que cantinflear.

Como curiosidad. Dalí vino a México donde fue entrevistado por Jacobo Zabludovsky, después al irse, le preguntaron si regresaría a México y Dalí contestó: “No, ¿cómo podría regresar a un país que es más surrealista que mi obra?”. 

Publicado en Divulgación

Para obtener un documento se necesitan varios, ¿quién no ha experimentado el desencanto y la desesperación de solicitar algo tan sencillo y tener que presentar “hasta las perlas de virgen”? Mario Moreno “Cantinflas” protagonizó en 1945 ”Un día con el diablo” donde compartió cámaras con Andrés Soler y Oscar Pulido entre otros iconos del cine de oro mexicano. Aunque esta cinta no fue en su momento ni lo es ahora, una de las más reconocidas o siquiera conocidas “del pelado”, representa un crítica aguda y más o menos velada a la burocracia y a los asegunes institucionales del país – quizá lo juzgará el lector; de otros países también -.

Cantinflas representa un paupérrimo voceador en tiempos de la Segunda Guerra Mundial que al perderse en una borrachera despierta vestido de soldado, se las habían ingeniado para hacerlo tomar involuntariamente el lugar de otro que debía expiar ciertas culpas y que temía ser llamado a batalla. Este personaje sin nombre representa la primera analogía porque el no tener nombre niega la identidad y cualquier peso ante lo institucional, por si fuera poco suplanta -sin querer- a un tal Juan Pérez nombre que el argot se usa para designar un cualquiera, un mexicano genérico.

En la corte marcial se acusa a Juan Pérez, pero al no acreditar que Cantinflas es o no Juan Pérez “regresa” provisionalmente a sus funciones militares. Este es otro momento donde el individuo es insignificante y de un valor meramente conceptual ante la ley, no había un sólo testigo que reconociera que efectivamente él era el susodicho “ante la duda pierde el individuo”. Como era de esperarse enlistan a Juan Pérez y muere en batalla, al llegar al cielo San Pedro le dice que es el número 24 769. Como San Pedro conoce el caso “del sin nombre” decide dejarlo en cielo pero sólo como aspirante, debía trapear, barrer y sacudir “de a gratis”. Dando un paseo encuentra el letrero que invita a conocer las delicias del infierno y decide probar, al llegar se da cuenta de que no es para nada un lugar de espanto, el pobre Diablo no asusta ni a los niños, lo que quiere decir que el concepto del mal no genera ya ninguna culpa y por otro lado el infierno es un lugar tan vacío porque sencillamente nadie quiere expiar sus culpas y hacerse responsable de lo que hace. El diablo sin embargo, es el único ser mortal o inmortal que sabe que Cantinflas no es Juan Pérez, a Dios ni se le ve, ¿cómo ver al jefe de la oficina? Ese nunca está.

Cuando el guardia despierta a Cantinflas, este se da cuenta de que todo ha sido un sueño, después de la tremenda borrachera no supo ni dónde quedó, pero por suerte pudo ir libre a su casa, todo el engorro de acreditar que no era Juan Pérez, desempeñarse como soldado cuando no lo era, morir sin deberla ni temerla,  hacer una fila infinita para un lugar al que ni siquiera tenía que ir, trabajar gratis para evitar la fila a ver si merecía o no el cielo; es decir que se libró de los trámites. Entre el sin nombre y uno mismo sólo hay una diferencia: él se despertó y nosotros seguimos en la fila.

Publicado en Crítica
Martes, 17 Mayo 2016 10:26

Máquinas; la percepción del horror

La transformación del horror en terror es un hilo que fácilmente se rompe en el cine oriental. Hablar de estos conceptos sin ligarlos implica una negación del mismo acto de la asimilación de una película del género. Es en este tipo de cine donde encontramos que el terror natural, aquel que permanece latente desde las edades más insondables del hombre, cobra vida a través del horror de lo cotidiano.

Me gustaría remitirme de lleno a lo que nos atañe: La máquina. La ciencia desempeña un papel vital en el terror actual, pero recordemos que este papel que desempeña tiene un contexto sumamente histórico. Desde el “Frankenstein” de Shelley, podemos observar cómo la máquina es la creadora de este nuevo tipo de terror. A través de la máquina se transgrede la naturaleza y esta se vuelve real y terrorífica en un mundo científico. También tenemos el caso —no de la Máquina sino de la ciencia— del doctor Hyde, quien a través de un descubrimiento, de una fórmula fallida, logra encender los mecanismos del terror; el hombre interviene de forma activa con sus inventos y creaciones para poder hacer perceptible este mundo oscuro. Este acto de hacer perceptible lo oscuro, de echar luz sobre las tinieblas de lo siniestro, es un elemento muy socorrido en la literatura de terror, aun en la detectivesca, donde lo siniestro cobra forma a partir de una investigación, por lo que encontramos que la oscuridad es perceptible a partir de las creaciones del hombre.

Recuerdo El pozo y el Péndulo, de Edgar Allan Poe, donde la máquina, de la inquisición en este caso, es el elemento no fantástico que crea una atmósfera de terror en todo el cuento. Pienso en El retrato oval, del mismo autor, o en el Dorian Grey de Oscar Wilde, y encuentro que la sorpresa, el miedo, siempre va de la mano con las fantásticas cualidades que posee el hombre para crear.

Es en este acto creativo, en esta naturaleza simple, donde Pigmalión da vida a sus monstruos llenos de belleza, hablando extrañas lenguas, donde sucede el verdadero horror. Entre más verosímil, más simple y cercana a nosotros sea creada la obra, la lectura, la experiencia, es mayor la posibilidad que tenemos de estremecernos. La máquina, el invento, la ciencia, nos hacen patente esta posibilidad —tema aparte es el género vampírico—, esa posibilidad con la cual se abre la puerta a otro mundo, un mundo donde el hombre puede ser espectador sólo si mira a través del cristal de la ciencia.

3

En Lovecraft ocurre algo distinto. En él la ciencia no abre exactamente las puertas del terror, tampoco el invento ni la máquina. En él nos encontramos que el terror es más un ser latente, telúrico, que yace dormido en el fondo del planeta como un rito misterioso. En este tipo de terror no nos enfocaremos, sino en aquel que se abre a partir de la mano misma del hombre y que no hubiese sido posible sin su ayuda.

En el cine japonés encontramos algo en verdad curioso, diferente en gran medida del cine de terror norteamericano. Podemos ver que el terror es posible sólo a través del uso de la máquina; no se trata de la creación de lo oscuro, como decíamos en el caso de la literatura, sino de vislumbrar esta oscuridad (más en el sentido de Lovecraft) mirando a través del ojo de la máquina. Encontramos un ser, en cierta medida, deficiente por sí mismo para la percepción, encontramos personajes que no son capaces de distinguir la realidad de la otra realidad. Pongamos un ejemplo. El Aro (Ringu), una de las películas que mayor impacto ha causado en Japón desde que se escribieron los libros en los cuales se basa, logra presentar el terror sólo a través de los ojos de la máquina. Un videocasette, pasado de mano en mano, es lo que hace posible que el terror aparezca. Primero existe el horror del mito urbano, el desconocimiento de la situación, pero, una vez que nos vemos inmiscuidos, el terror abre sus puertas por medio de las imágenes colocadas en un televisor. Es evidente que en una sociedad en extremo desarrollada las historias de fantasmas hayan perdido su vigencia, es imposible llegar a una verosimilitud si no se pone de por medio un objeto inmediato, dejando en la categoría de mediato al fantasma en cuestión.

Un corte. ¿Cómo es posible que en el hombre moderno suscite terror la tecnología, o que esta sea la puerta del terror? La respuesta es muy simple. Si retomamos un poco la cuestión mitológica, podremos ver de lleno este aspecto. Pensemos en el hombre desde un principio, cuando no era creador de las cosas en la tierra, un hombre ya sentía terror de la creación. La Divinidad era la fuerza que creaba este mundo desconocido, mundo oscuro en el cual el hombre se encontraba, donde estaba creada la oscuridad y esta era vista sólo a través del mito. Es este lenguaje —tomando la tesis de Barthes—, el del mito, el que abre la posibilidad de asombro ante el misterio de la creación, ante este aspecto más que soñado donde los hombres se veían incrustados. Ahora, pasando el tiempo, el aspecto de la Divinidad (a no ser por los temas de Lovecraft) se pasa al mando del hombre, se desmitifica cuando es posible el raciocinio a través de ella (Adorno), se vuelve profana y pierde su carácter sacro (Walter Benjamin) y sólo el hombre es el que tiene poder en la creación. El miedo vuelve a ser el mismo; sustituyendo a Dios por el hombre, este se encuentra ante la misma incógnita, que es recogida por los escritores, grandes mitificadores de la realidad, la de la posibilidad de un nuevo objeto que genere o no genere miedo. El hombre nunca se asume verdaderamente como creador de sus obras, de sus inventos, sino que mitifica los aspectos que ante él se encuentran. Negándose a sí mismo la posibilidad divina de la creación, el hombre necesita de la divinidad (esto hablando en términos de la sociedad) para poder explicárselo y, si en ésta no encuentra una respuesta para la creación, se convierte en mito, en terror inmediato que no es explicado. Como ejemplo podemos tomar las reacciones sociales ante objetos tan simples como las cámaras fotográficas y sus explicaciones de carácter divino, recordemos que estas "robaban el alma a los hombres”.

Siguiendo con el cine japonés, con la película de El Aro, específicamente, encontramos cómo la tesis anterior se cumple a su manera. El videocasette extraño llega a las manos de alguien y esta persona obtiene, a través de la cotidianeidad, el horror necesario que abre las puertas del terror, de este mundo lleno de fantasmas y seres que sólo serán visualizados a partir de una máquina. Es aquí donde se cumple, la máquina tiene ciertas propiedades místicas que le son añadidas por fuerzas sobrenaturales. En el caso de la película Están entre nosotros —tailandesa en este caso—, el terror es posible gracias a una cámara fotográfica que es capaz de captar las almas en pena que vagan por nuestro mundo. Estos aparatos son los que abren la puerta a toda la gama de seres inimaginables, y es en este aparato donde se encuentran escondidas propiedades sobrenaturales que no le fueron otorgadas por el hombre.elaro

En el caso de la cuestión científica, tenemos la película de El ojo —china—, en la cual podemos ver que a raíz de un trasplante de ojos, otorgados lógicamente gracias a la ciencia, el personaje es capaz de percibir un mundo de almas al que ningún sujeto “normal” podría vislumbrar. Es en estos aspectos donde las historias se vuelven verosímiles, en esta cercanía que mantienen con nosotros en nuestros actos que comúnmente efectuamos. Recuerdo un anime llamado Shigoku Shoujo, en el cual era posible contactar a espíritus del averno, a la muerte en específico, a través de un sitio web que aparecía después de medianoche.

Es en la máquina, en su poder misterioso que parece no creada por el hombre, en su naturaleza tan extraña y artificiosa, donde se sitúa una gran parte del terror moderno. La máquina abre el camino al terror natural, lo vislumbra con sus cualidades excepcionales y vuelve a despertar aquel mito dormido, latente aún en el imaginario de las personas, los mitos y miedos más simples y terribles de la humanidad: la muerte, los fantasmas y todo aquello que tenga que ver con entes que son propios de nuestro mundo y de nuestras creencias. Al final nos llevan al mismo lugar donde nos deja Lovecraft, pero nos llevan a él de una forma distinta, guiados por la mano de la máquina que ya no es concebible, desde ese momento, como parte de este mundo.

Dios, voluntad creadora, no es fácilmente sustituible en el imaginario colectivo; el hombre creador nunca se adjudica totalmente las facultades de sus invenciones y es por eso que el terror está latente en cada máquina posible, un terror que nos remite más a un tiempo en el que la electricidad no era ni siquiera un sueño, un terror que nos lleva de nuevo a descubrir la oscuridad pulsante de los mitos antiguos.

4

Epílogo, escrito 13 años después

El terror a la tecnología se deja patente desde el propio uso de las redes sociales. Infinidad de artículos, videos, cine en corto, entre otros, han denunciado los “malos” que trae consigo el uso de las nuevas tecnologías de forma recurrente. Seres humanos que se apartan de la sociedad, que viven en constante depresión, debido al abuso de estas herramientas, es la distopía que se nos presenta de manera recurrente.

El temor del ser humano a aquello que desconoce, que no entiende su funcionamiento, que se le ha presentado a la vista sólo como algo existente sin que nadie le explicara de qué se trata, sigue siendo algo normal y, hasta podríamos decir, primitivo. Nuestras creencias permanecen pese al embate de la ciencia y parece que la batalla ya está perdida, pues el terror a lo que ignoramos continuará como un acto de reconocimiento de nuestra propia naturaleza.

Publicado en Multimedia
Miércoles, 10 Diciembre 2014 00:00

Presentan tráiler de "El Principito"

De obra maestra de la literatura al cine. Un tráiler de la nueva cinta animada "El Principito" se dio a conocer en el portal de videos Youtube.

El avance, de casi un minuto y medio, está en idioma francés y ofrece una idea de la cinta en 3D, basada en la obra de Antoine de Saint-Exupéry, y producida por el actor Leonardo DiCaprio.

La película se estrenará el 7 de octubre de 2015 y hasta ahora no se ha publicado el tráiler en su versión inglesa, la cual contará con las voces de James Franco, Benicio del Toro, Rachel McAdams y Ricky Gervais, además de contar con la dirección de Mark Osborne (Kung Fu Panda).

Mira el tráiler aquí abajo en esta página.

 

 

Publicado en Multimedia
Jueves, 13 Noviembre 2014 00:00

Un “Cantinflas” gitano

La película "Cantinflas" no está mal, aunque tiene varios detalles que impiden que alcance sus pretensiones. Decir que no está mal es, ante todo, en comparación con la mayor parte de las mediocres cintas del "nuevo cine mexicano".

La elección de Óscar Jaenada como intérprete del mal llamado "Mimo de México" ha provocado las más burdas reacciones chauvinistas, que no conciben que un actor español encarne a Cantinflas (¿esperaban a Carlitos Espejel?). A decir verdad, la película se sostiene, en gran medida, gracias a la sorprendente actuación del barcelonés, quien consigue replicar gestos, ademanes, timbre de voz y el estilo histriónico de Mario Moreno.

Más lamentable es el resto del elenco, actores mexicanos incluidos. La sola mención de Adal Ramones en los créditos como Fernando Soto "Mantequilla" es suficiente para ahuyentar a muchos cinéfilos, aunque su presencia en el filme dura (afortunadamente) escasos segundos. De hecho, la mayor parte del reparto, que incluye muchas estrellitas de las telenovelas que encarnan a verdaderos actores del cine de Oro -Jorge Negrete, Miroslava Stern, Andrés Soler, Dolores del Río, etc.-, aparecen por algunos segundos y muchos de ellos ni siquiera tienen una línea en el guion; que, para el caso, no sé si podría considerarse el reparto más desperdiciado en el cine nacional o un mérito de la cinta.

El verdadero problema de la película es su desarrollo anti-clímax. El filme avanza con un ritmo parsimonioso, lleno de flashbacks y pequeños segmentos de algunas réplicas de las escenas de las películas originales de Cantinflas, con desarrollos a medias y una culminación que ha decepcionado a más de un crítico y espectador: se presenta la incursión del cómico mexicano en Hollywood como el pináculo de su carrera. Ciertamente, esto remite a una paradójica creencia, ampliamente extendida en la cultura popular, de que la importancia de una figura mexicana radica en su éxito en el extranjero -y hay que decir que la aventura hollywoodense de Cantinflas fue efímera, pues filmó un par de películas, malas en su mayoría-.

Pero honestamente, me parece mejor que la película concluyera ahí. Muy lamentable habría sido ver la decadencia del viejo Mario Moreno en las películas a colores de los años sesenta, setenta y ochenta -como "El padrecito", "El señor Doctor", "El patrullero 777" y demás bodrios-, en las que cambió la irreverencia y el cantinfleo por patéticos discursos moralistas y políticamente correctos -dentro de los cánones de la ideología priísta-, cargados de anacronismo. El mayor problema de la película no es su final, sino su desarrollo.

Sobre todo, "Cantinflas" merece verse quizás por la magistral caracterización de Jaenada, que por otra cosa. Ahí está el detalle...

Publicado en Crítica